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domingo, 5 de noviembre de 2017

BROOKLYN FOLLIES

Brooklyn Follies
Paul Auster
Traducción de Benito Gómez Ibáñez
Anagrama
Barcelona, 2006
320 páginas
18 euros

Bucles de la segunda vida


“Estaba buscando un sitio tranquilo para morir”. Así comienza la última trampa que Paul Auster tiende al lector, una trampa con un truco muy similar al de sus últimas obras y en la que uno debe caer si quiere entregarse a la magia narrativa. Porque Paul Auster es eso, un narrador puro, y posiblemente el que ha creado más escuela entre las jóvenes generaciones de escritores americanos -y no americanos-. Uno supone que esa facultad para empapar a otros creadores se debe a su capacidad de hipnosis.
A estas alturas sus trucos nos resultan de una naturalidad que uno se pregunta cómo es posible que no se le hayan ocurrido a él antes: las formas de enredar las tramas, tomadas de la novela negra; las segundas historias y vidas resumidas de los personajes, cargadas de sorpresas; una prosa de fácil lectura que empuja a leer la siguiente frase, pensada para el lector, es decir para la comunicación, es decir para la literatura; unos personajes caracterizados en el filo entre los arquetipos humanos y sus caricaturas… Y, sin embargo, pocos imitadores se han acercado a la calidad de sus mejores novelas (Leviatán, La trilogía de Nueva York, La música del azar y, sobre todo, El Palacio de la Luna) por alguna razón que no estaría de más estudiar.
Comencé a leer a Paul Auster por uno de sus libros más escondidos: La invención de la soledad. Ahora, tras consumir casi toda su obra, me doy cuenta de la importancia que tuvo en la génesis de toda su obra. Aquí consagraba más de doscientas páginas a retratar a un hombre invisible, su padre, cuya muerte despierta en Auster la sensación de que todo es un misterio: vivir, haber vivido y conocer a quienes viven o han vivido. Aunque se relatan hechos familiares, la búsqueda de claves de la existencia hace de este libro una reflexión en la que la memoria pasa a ser el instrumento que nos convence de que estamos vivos. Y la escritura pasa a ser, a su vez, el instrumento de la memoria. Tras el impacto de esta obra, cayó en mis manos otra de las menos consideradas: El país de las últimas cosas. Acaso prescindible para el lector de Auster que haya revisado sus obras más definitivas, no conviene perder de vista que esta larga carta de una muchacha que busca a su hermano (de nuevo aparece aquí la familia) en un país devastado, en el que la supervivencia es un ejercicio que se ejecuta por necesidad, y que define el territorio imaginativo de Auster: hay que asombrar al lector, pero sin perder de vista la realidad. De ahí que alguien se haya atrevido a calificar a su literatura de un traslado del realismo mágico a Nueva York. Y aquí, sobre estos pilares, comienza a construir obras como El Palacio de la Luna, donde se encuentra casi todo el mundo literario de Auster: unos clanes, grupos de individuos, en los que las dificultades de comunicación entre personas, las dichas y avatares que la comunicación provoca, incluidas las cuestiones acerca de la identidad, gesta bucles que les suceden en una segunda vida. Como le sucede a Nathan Glass, el protagonista de Brooklyn Follies.
Tanto Marc Stanley Fogg (El Palacio…), como Quinn y los hombres con nombres de colores de la Trilogía…, o los escritores que protagonizan El libro de las ilusiones y La noche del oráculo (otra vez la escritura como herramienta de reflexión sobre las razones de vivir), e incluso los secundarios que les acompañan a lo largo de tantas páginas que uno no debe perderse, han vivido una primera vida cuyas claves poco a poco se irán desvelando, y en el momento en que empieza la narración se encuentran en trance de iniciar una segunda vida, que ésta sí, merecerá la pena ser novelada, y por lo tanto leída, y por lo tanto vivida. Y esa es, a mi juicio, la clave de la literatura de Auster, en la que difícilmente encuentra un seguidor: que cualquiera puede vivir una vida que merezca la pena, y que, como apunta en sus últimos libros, en los que los seres parten de la derrota (“Estaba buscando un sitio tranquilo para morir”), basta con consagrarse a la búsqueda de la felicidad, el único derecho incuestionable del hombre, ese que nos dirigirá a la sensación de estar viviendo.
Incluso la obra que rompe con esta estructura, Mr. Vértigo, trata este asunto de forma más directa: es la más lineal de todas, pero la que versa sin ambages sobre el deseo de volar. Si cabe cuestionar esta afirmación en alguna obra, será en la más absurda (absurda en un sentido kafkiano) de todas: La música del azar. Aunque esa particular prisión que nos presenta, no deja de ser el reverso de la misma lucha, la expresión de los peligros de no dominar por completo la vida en la búsqueda que nos propone.
Común a todos los seres nacidos en la cabeza de Auster, es la soledad y la escritura para dar sentido a una vida, aunque sea escribiendo el Libro de los desvaríos humanos, como hace el protagonista de Brooklyn Follies, un hombre de sesenta años que está de vuelta tras superar un cáncer de pulmón, pero que no atosiga con existencialismos ni cinismos de ninguna catadura. Se limita a enamorarse de una camarera jovencita, a recuperar a su sobrino y a su sobrina y a su hija y a la hija de su sobrina (de nuevo la reflexión sobre ser padre), a concebir que esta narración que hace de su segunda existencia sea un reflejo de la idea de que la literatura es un remedio contra la paranoia del mundo en que hemos caído, el mismo mundo en que se mueven los personajes de Auster. Esa es la raíz de la conciencia de Auster.
Es posible que lo que nos diga en esta novela ya lo haya expresado anteriormente. Pero eso no puede considerarse un inconveniente, pues siempre nos quedará la impresión de una buena lectura, de una narración que no pierde el deseo que debe tener toda literatura: dejar buen sabor de boca. En cuanto al final, en el que Auster toma partido por lo bonito que es vivir, cabe advertir al lector de que tal vez no vuelva a decidirse por estas sendas literarias, pues ciertos hechos cambian el mundo y por tanto ya no se podrá volver a escribir igual que antes.

 Fuente: Culturas/Tribuna

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