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martes, 20 de marzo de 2018

PLANO AMERICANO


Plano americano
Leila Guerriero
Anagrama
Barcelona, 2018
563 páginas

A diferencia de la novela, en la obra periodística es mejor no haber llegado a conclusiones. La obra está en marcha, no es un coto vedado, no supone que el ego del autor, a través del narrador sea omnisciente o sea del calado del personaje que nos habla en La caída, de Camus, se vacíe. El ego nos importa bastante poco y eso quiere decir que no hay final. O de haberlo es un final abierto. Incluso aunque termine con la muerte, queda un legado a merced del lector. Un mundo que bascula entre la epifanía y el abismo, dirá la propia Leila Guerriero (Junín, 1967) sobre una de las personas con las que se encuentra. Un mundo “donde se puede ir a la cancha y escribir poemas y cenar felices y, después, querer morir a mediodía”. Casi certifica, como norma o como espíritu del género literario que practica en este Plano americano: el perfil. Y si decimos que casi lo certifica es porque tras la diatriba, ese capítulo se cierra con una confesión de que no es posible, ni deseable, encontrar respuestas a las preguntas. De hecho, ni siquiera queda claro que se haya hecho otras preguntas que no sean las existenciales: quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos. De ahí ese broche: “Eso, a grandes rasgos”. Pero los grandes rasgos son, en manos de Leila Guerriero, los detalles.
No ha llegado a conclusiones, ni lo pretende. A lo que más se arrima es a la realidad. El perfil está fragmentado. Las crónicas periodísticas suelen venir en un envase casi cerrado, en una narración redonda. Pero si el periodismo es un género literario que refleja la vida, el fragmento es la fórmula que mejor la compone, o que mejor la descompone. Es el fragmento lo que le permite acercarnos a las personas a grandes rasgos. Cada fragmento es un detalle: una respuesta al teléfono, un cuadro solitario en la pared, las horas y el paso de las horas. Sobre todo, el paso de las horas. Las obras de Leila Guerriero contienen la maldición del tiempo, esa materia de la que estamos hechos: la gente nace, se acostumbra a vivir y muere. Hay una pieza inédita, larga, sobre Roberto Arlt, en la que leemos, tan bien como en las cuidadísimas crónicas preparadas para ser leídas, cómo la obra está haciéndose. Si Leila Guerriero tuviera que volver a recorrer los mismos caminos, a leer las mismas lecturas para volver a escribir el perfil del enigmático escritor argentino, cada frase sería distinta. Guerriero tiene una facilidad asombrosa para escribir. Todo fluye, la tensión surge con una naturalidad atractiva y las metáforas son tan genuinas como sorprendentes, es decir, solo cabe que sean esas. No hay mejor descripción, pero seguro que no le cuesta deshacerse de sus hallazgos literarios, entendiendo la literatura por la distancia corta, en función de los cambios que impone la obra en marcha. La confianza con la que aparentemente escribe, fruto de muchas lecturas y mucha observación, de la curiosidad y el hígado, volverá a nacer con los cambios.
Guerriero es, tal vez, la mejor periodista de América Latina, al menos la mejor a la hora de hallar la otra historia. En lugar de retratar a Onetti, retrata a su mujer y a su amante, gracias a quienes pudo vivir sin levantarse de la cama o despojarse de su vehemencia a través de los celos. No es corresponsal de guerra, si la guerra es solo el conflicto armado. Porque como sufrientes de guerra trata a los seres sorprendidos en crisis económicas, por ejemplo. Lo cotidiano es una batalla dentro de la cual es capaz de trazar un arco de belleza, que nos deja con la boca abierta, antes de seguir narrando la lucha por vivir, por el oficio de vivir, que diría Pavese, ese mito que se cae en una de sus crónicas. Pues los mitos son también retratados como seres humanos. En ese sentido, se podría hablar hasta del teatro griego, para remontarnos en las influencias de esta escritora. De esta enorme escritora.



lunes, 19 de febrero de 2018

UNA HISTORIA SENCILLA


Una historia sencilla
Leila Guerriero
Anagrama
Barcelona, 2013
147 páginas

En medicina, se ha olvidado eso que se llamaba ojo clínico, esa intuición que hacía que un gran médico fuera aquel que diagnosticara con acierto solo con escuchar una tos por teléfono. Ahora se llevan los protocolos, un artificio que sirve para que los facultativos se cubran las espaldas en materia legal y hacer pasar a un paciente de una enfermedad rara por mil perrerías, y unos cien millones de píldoras, antes de controlar los síntomas. Lo de curar queda para los fisioterapeutas y los psicólogos, y estos lo consiguen apenas durante un rato. En periodismo sucede algo parecido. Si uno quiere apostar sobre seguro, ahí tiene que revolver entre las crisis económicas, las disputas histéricas de ministros, los banqueros falsamente arrepentidos, asesinos de tribus enteras o secretarios encarcelados. El ojo clínico del periodista sería el de quien descubre la hazaña de vivir entre los camiseros de una bocacalle, un pintor muy mediocre, un fotógrafo adicto al hachís, una cantante sin canciones o el grupo de travestidos que acuden a un concierto de Mocedades, aunque Mocedades ya no exista.
Cuando todos los demás nos han fallado, nos queda Leila Guerriero (Junín, 1967). Las ganas de comprender no atañen tanto a las leyes de la entropía o al sistema financiero, sino a la condición humana. Las historias son sencillas o se convierten en monstruos marinos varados en una playa de una isla desierta, de los que se reproduce una imagen por satélite en todos los medios de comunicación. En este caso, una competición de Malambo, un baile típico de los gauchos, atrae la atención de Guerriero por varios motivos. En primer lugar por lo ignorado que resulta, en un país que ha buscado más su identidad simulando que la capital se parece a Europa que en dejarse llevar por el flujo de lo natural, que es ser miembro de una tribu. En segundo lugar por el tipo de baile, que exige un esfuerzo y un entrenamiento que dejan a Míster Olimpia en un mero aprendiz. En tercer lugar por el efecto abeja: quien gana, como la abeja que pica, deja de existir, termina su carrera en algo que le ha llevado a arrastrarse por las calles del sufrimiento físico y, con frecuencia, a pasar hambre. Eso sí, las garantías de poder sobrevivir formando bailarines de Malambo, en lugar de paleas tierra, se incrementan y aseguran la pervivencia de este festival, que tiene lugar en medio de ninguna parte.
Guerriero sigue a uno de los participantes hasta llegar a quererlo como si fuera su hermano. Tal vez para un periodista que está preparándose para retratar a alguien en un perfil la condición de hermano sea provisional, pero al menos no traiciona. Entre esa hermandad efímera y las que leemos en el antiguo testamento, sin duda la efímera es más sincera. Y así es como Guerriero relata, con sinceridad esta historia de amor por un baile, en la que la escritura refleja tanta ilusión como la del protagonista. De otra forma, no merecería la pena arrimarse a un oficio que, como el de los médicos, echa de menos ese ojo clínico.

viernes, 14 de julio de 2017

EL FANTASMA DEL REY LEOPOLDO

El fantasma del rey Leopoldo

Una historia de codicia, terror y heroísmo en el África colonial

Adam Hochschild

Traducción de José Luis Gil Aristu
Malpaso
Barcelona, 2017
515 páginas

Existen diversas denominaciones de origen para el odio: el de los amantes contrariados, el de los teólogos, el de los eruditos también contrariados y el de la codicia. Seguramente cada odio tenga, a su vez, versiones poliédricas y cara únicas, no universales. De niño, uno creía que para odiar hasta el fondo hacía falta ser Alí-Kan, el malvado a quien perseguía el Gerrero del Antifaz, o más tarde alguno de los personajes de las películas de Disney cuyo único propósito es hacer desaparecer al protagonista movido por los celos. Pero leyendo este extraordinario ejercicio de historia, narrativa e investigación, uno concluye que existe un odio particular que no es necesario ejercer en nombre de un dios ni de los complejos de un ser con defectos, como el fantasma de la ópera. Hay un odio muy personal en el rey Leopoldo II de Bélgica, que tiene que ver con la codicia, pero no con la que es tan frecuente en los regentes, vinculada, aunque sea con artificio, a la teología o al patriotismo. Se trata de la única versión conocida de la colonización con fines de ampliar la riqueza personal, en la que corrieron ríos de sangre sobre la mancha del Congo. No hay silogismo que valga. Leopoldo aspiraba a poseer su propia colonia y la encontró en el último vacío de un mapa del mundo. Leer este libro y pensar que es imposible que el rey Leopoldo no fuera consciente de su maldad, nos lleva a pensar que los límites de la psicopatía superan con creces a los de los asesinos a sueldo o los lobos de Wall Street.
Este libro guarda todos los registros, sin entrar a fondo en los horrores particulares. Hace poco Ediciones del Viento publicó La tragedia del Congo, en el que algunas de las personas que aparecen en esta obra dan testimonio de la vesania: Mark Twain, Roger Casement o Arthur Conan Doyle entre ellos. De hecho, Casement fue el principal divulgador de la impunidad con que se torturaba y asesinaba en el Congo, durante la época en la que el caucho era mucho más preciado que el oro. Algunos cálculos hablan de diez millones de muertos y casi otras tantas amputaciones.
Cuando en 1876, Leopoldo II de Bélgica creó la Asociación Internacional Africana y financió luego la expedición de Stanley al río Congo (1879-1884), se estaban poniendo las bases para una de las mayores tragedias de la humanidad. Al principio, tanto Europa como los Estados Unidos apoyaron lo que creyeron que era una misión humanitaria y civilizadora. Pero en realidad se estaba permitiendo que uno de los peores monstruos de la historia, diese rienda suelta a sus ansias de riqueza sin que nadie supiera lo que estaba de verdad ocurriendo en “el corazón de las tinieblas”: el exterminio cruel de los habitantes de la región. Sólo cuando comenzaron a surgir textos de denuncia, la opinión pública empezó a ser consciente de la realidad. La obra sigue todos los pasos, desde las expediciones de Stanley, otro psicópata armado con un látigo, hasta el reflejo desordenado de Joseph Conrad, que no supo expresar lo que vio sino en una novela, El corazón de las tinieblas, y un personaje, Kurtz, cuyo temperamento satánico es más una cocina a partir de los ingredientes temperamentales de los oficiales que regentaban puestos a lo largo del río que una invención del escritor. Stanley, la forma en que se conquistó y colonizó, los sobornos a periodistas y embajadores para compensar las denuncias, los engaños a misioneros y la odisea de la construcción de vías de ferrocarril y barcos a vapor… todo eso está contenido en el libro, en un orden cronológico y con una forma de expresarse que convierten a Adam Hoschild (Nueva York, 1942) en uno de los grandes cronistas de todos los tiempos.
Si quieren leer un libro imposible de soltar, agárrense fuerte a este El fantasma del rey Leopoldo. Y descubran uno de los crímenes de lesa humanidad, por codicia de un loco, que jamás se hayan cometido. Stalin o Hitler, sus compañeros de viaje, se parapetaban detrás de un fallido concepto de estado o de raza. Leopoldo no dispone ni siquiera de una careta para disfrazar su vergüenza.

domingo, 2 de julio de 2017

‘La casa grande’, de Álvaro Cepeda Samudio

Fuente: Culturamas. Texto de Gabriel García Márquez. Novela extraordinaria

La casa grande

Álvaro Cepeda Samudio

La Navaja Suiza
Madrid, 2017
187 páginas

Después de leer esta extraordinaria novela, en la que lo experimental es puro realismo, la impresión que queda es de una tristeza elíptica. Álvaro Cepeda Samudio (Barranquilla, 1926 – Nueva York, 1972), pertenece a la estirpe de escritores latinoamericanos que acabaron con el realismo, a la vez que lo nombraban, Hay tanto de crónica como de experimental. Pero todo, en realidad, es un solo conflicto. Todo está enfocado a la denuncia social a la par que a la escritura. Pocos libros se publicarán este año que nos descubran de nuevo lo que es la literatura. Intentamos escribir una reseña, pero nos encontramos con que la introducción de Gabriel García Máquez era tan perfecta y tan breve, que no hay mejor manera de sugerir al lector que dedique una tarde a este libro. Hay mucho arrepentimiento histórico, pero no rencor. Hay mucho deseo y la ilusión de modificar el mundo con la literatura.
UN EXPERIMENTO ARRIESGADO
Gabriel García Márquez
La casa grande es una novela basada en un hecho histórico: la huelga de los peones bananeros de la Costa Atlántica colombiana en 1928, que fue resuelta a bala por el ejército. Su autor, Álvaro Cepeda Samudio, que entonces no tenía más de cuatro años, vivía en un caserón de madera con seis ventanas y un balcón con tiestos de flores polvorientas frente a la estación de ferrocarril donde se consumó la masacre. Sin embargo, en este libro no hay un solo muerto, y el único soldado que recuerda haber ensartado a un hombre con una bayoneta en la oscuridad no tiene el uniforme empapado de sangre «sino de mierda».
Esta manera de escribir la historia, por arbitraria que pueda parecer a los historiadores, es una esplendida lección de transmutación poética. Sin escamotear la realidad ni mistificar la gravedad política y humana del drama social, Cepeda Samudio lo ha sometido a una especie de purificación alquímica y solamente nos ha entregado su esencia mítica, lo que quedó para siempre más allá de la moral y la justicia y la memoria efímera de los hombres. Los diálogos magistrales, la riqueza viril y directa del lenguaje, la compasión legítima frente al destino de los personajes, la estructura fragmentada y un poco dispersa que tanto se parece a  la de los recuerdos, todo en este libro es un ejemplo magnífico de cómo un escritor puede sortear honradamente la inmensa cantidad de basura retórica y demagógica que se interpone entre la indignación y la nostalgia.
Por esto, La casa grande, además de ser una novela hermosa, es un experimento arriesgado, y una invitación a  editar
sobre los recursos imprevistos, arbitrarios y espantosos de la creación poética. Y es, por lo mismo, un nuevo y formidable aporte al hecho literario más importante del mundo actual: la novela latinoamericana.
1967

domingo, 21 de mayo de 2017

BUSCANDO UN PÁJARO AZUL

Un libro maravilloso, publicado por Automática, que en su día reseñé para Quimera

Buscando un pájaro azul
Joseph Wechsberg
Automática Editorial
269 páginas
Abril, 2014

Rapsodia para la bohemia


Buscando un pájaro azul pertenece a la envidiable categoría de libros felices. Se trata de uno de esos textos que a cualquiera le gustaría haber escrito. Porque narra anécdotas en las que nos gustaría haber participado. Y para hacerlo recurre a un tono que participa de la alegría de vivir. De hecho, tal vez de esto, precisamente, traten estos textos, de la alegría de vivir. De ahí que transmita felicidad al lector, una dosis de entusiasmo muy recomendable para el próximo fin de semana. Una dosis que nos hace desear que algún editor se anime a recuperar algún otro texto de Joseph Wechsberg (Ostrava, 1907 – Viena, 1983). Sabemos que escribió ensayos y libros de viaje, y también cientos de crónicas y artículos para revistas como The New Yorker o Esquire. Algunos de los cuales se encuentran dentro de este Buscando un pájaro azul. Y confiamos en no tardar mucho en toparnos con ellos. También sabemos que de todas las profesiones que ejerció, aquella con la que se identificaba, a la que confió esa suerte bohemia que consiguió crearse, fue la de músico. Wechsberg ejerció como violinista en orquestas, bares y barcos. Pasó meses sin ver la luz del sol, pues trabajaba de noche en algún garito parisino, y recorrió millones de kilómetros de océano con el compromiso de tocar a diario la Marsellesa.
Y así, a través de sus escritos nosotros descubrimos un mundo al que no podríamos aproximarnos de otra manera. Hay una segunda bohemia, alejada de las buhardillas de pintores y escritores malditos. Y esta es la de los vividores. Como Wechsberg, cuya audacia se caracteriza por el deseo de vivir. Un hombre de ingenio, con recursos para adaptarse sin perder el sentido de humor que conviene preservar para sostenernos en el mundo con dignidad. Y con una capacidad de improvisación notable. Como notable es su empatía, su compasión, su talento, en definitiva, para prestar atención a los detalles de humanidad que dan empaque a las anécdotas que relata, a su estilo, mundano, humilde, ocurrente pero nada mendicante, para buscarse el pan de cada día. De ahí que, por ejemplo, dedique varios episodios a otros humildes exiliados con los que topa en los barcos, como los camareros asiáticos. De ahí que su simpatía se vuelque hacia los que puede considerar sus congéneres, hacia los sencillos.
Siempre reconociendo que vivir es permanecer en el presente, Wechsberg puede llevarnos a su llegada a Nueva York sin olvidar el extrañamiento del desahuciado, que transforma en humor gracias a ese preludio del futuro que podemos llamar fantasía. O nos lleva de la mano a conocer a un pianista en permanente narcolepsia. O convierte a un coro de un local en un protagonista algo decadente, debido a que actúa entre los gestos de la comedia de cine mudo y la nostalgia de lo que ojalá no hubiera tenido lugar. Consciente de su membresía en la comunidad de supervivientes, nos lleva junto a sus compañeros de la claque de la ópera de Viena, desvelando sus manipulaciones con tintes de gamberrada juvenil, y otorgándolas el prestigio de la memoria. Y para combatir las dificultades que tiene a la hora de encontrar su lugar en el mundo, siempre acude al refugio de la amistad. Porque esta le facilitará la verdadera patria. Cabe preguntarse, durante la lectura de sus episodios como músico de barco, qué tipo de exilio es al que se somete, qué carácter se corresponde a quien elige ese desarraigo. Pero ese es un asunto que esperamos resolver el día en que caigan en nuestras manos nuevos textos de Wechsberg. Por lo pronto, sólo cabe recomendar a todo el mundo que el próximo fin de semana no se olvide de colocar Buscando un pájaro azul en su mesilla de noche o en el interior de su maleta.

viernes, 5 de mayo de 2017

UNA VUELTA AL TERCER MUNDO

Una vuelta al Tercer Mundo. 
Juan Pablo Meneses
Debate. Barcelona, 2015. 215 páginas
Por Ricardo Martínez Llorca
Fuente: Culturamas
¿Es la inocencia o es el hambre lo que separa a los ricos de los países del Tercer Mundo? Si el hombre fue feliz mientras su carne era yerba, si la felicidad se truncó el día que cambió las nueces por la cecina o el conejo a la brasa, existe una mirada colonial, con el gesto algo estúpido de la caridad, de los habitantes de los países desarrollados hacia los pobres. Y es así como estamos convencidos de reconocer el orgullo de la pobreza, cuando, tal vez, lo que estamos observando son expresiones de orgullo herido. Es posible que esa dificultad para distinguir la versión del orgullo, que a su vez confundimos con dignidad, sea lo que unifique la identidad global tercermundista. Al menos para quienes no padecemos hambre, quienes conseguimos no superar las catorce horas seguidas sin echarnos algo a la boca.
De este cariz parecen ser las conclusiones que uno extrae de la lectura de Una vuelta al Tercer Mundo, excelentemente escrita por el periodista chileno Juan Pablo Meneses (1969). Y sostenemos que son conclusiones nuestras porque Meneses, finalmente, solo aclara una duda: que cada viaje nos aleja un poco más del resto.
En este recorrido, Meneses nos lleva en primer lugar a Italia para atender a la investidura del primer Papa latinoamericano. En este capítulo, sigue reflejando la pervivencia de un sentimiento latinoamericano de país único. No importan las fronteras interiores, Latinoamérica es una única nación, y sabe que no es de las poderosas. Esa utopía sirve para conservar el derecho a la ilusión, privilegio de los ofendidos. A continuación viajamos a Brasil, a la ciudad donde se asentó Mengele y en la que la metáfora de la sobrepoblación queda expresada en la enorme presencia de hermanos gemelos. Aquí ya comienza a aparecer la palabra que imperará constantemente, incansablemente: crisis, crisis, crisis. Pero en realidad llamamos crisis a lo que es una guerra. De Brasil saltamos a Dakar, que ya no es Dakar desde que el más famoso rally, una de las grandes aventuras, abandonó esta ciudad como meta para largarse a Sudamérica. Ahí radica la identificación de la derrota, en que sobre algo que los países ricos inventaron se cimentó una identidad, que hasta los propios habitantes de Dakar llegaron a creerse.
En Addis Abeba se revisa el fenómeno del capital humano. Meneses se aloja en hoteles de lujo para demostrar que la conciencia social, con la que nos educaron, no es la misma que la conciencia sentimental. Meneses sabe que está ejecutando un acto casi grosero, irónico, intencionadamente provocador. Frente a él, transcurre como en el cine el orgullo del hambriento. Pero también existe la muerte, la muerte estúpida, como las que tienen lugar a diario en la frontera entre la India y Pakistán. Aquí Meneses nos ofrece la estampa de una sobreactuación con muertos reales, a la que asisten los espectadores como si vivieran un partido de fútbol, sentados en gradas enfrentadas, chillando.
De su paso por Kuala Lumpur destila la pobreza kitsch de la ciudad. Se trata de una ciberurbe tercermundista, llena de chatarra tecnológica y lucecitas. Los detalles que simulan bienestar, evolución, prestigio, son tan pródigos que no dejan de dar la impresión de fracaso para salir del pantano de la miseria. Sin salir de Asia, busca ese lugar donde poder disparar cinco balas de un AK-47 en las proximidades de Ho Chi Min, como si se tratara de un miembro del vietcong. Se trata de un capítulo colmado de datos bélicos, porque la guerra es un horror del que no puede desprenderse el Tercer Mundo. Tampoco de cierta idea de revolución romántica, cuyo epítome es Chiapas, la revuelta encabezada por el Subcomandante Marcos, de la que sobreviven flecos. Flecos cuya representación viene dada por los voluntarios que se acercan al sur de México para arrimar el hombro.
El último tramo del recorrido de periodismo portátil que practica Meneses tiene lugar en Sudamérica. Primera parada en la ciudad de El Alto, próxima a La Paz, para conocer a las guerreras de lucha libre con su atuendo del altiplano. Allí tropieza con unos turistas que asisten a esa representación de la lucha y se cuestiona en qué consiste el turismo de pobreza; los turistas dejan dinero para ver algo que ellos catalogan como pintoresco, y eso no deja de ser otra grosería. Luego, en Chile, Meneses acompaña a uno de los 33 mineros que sobrevivieron meses enterrados y que ejerce, cuando puede, de guía turístico. Y mientras tanto, en su memoria revive una y otra vez el caos, el infierno. Pero los mineros no dejan de ser otra figura mítica que representa al Tercer Mundo, a la pobreza. Son, en buena medida y a su pesar, leyenda. Finalmente, Meneses doblará el Cabo de Hornos a bordo de un buque ucraniano, otro país pobre. Hasta el punto de que el buque admite pasajeros para sufragar los gastos de una expedición que transformará a la tripulación en marinos con todos los galones.
A todo esto, en cada parada Meneses se pregunta si existe un pensamiento global tercermundista. Y lo más cerca que está de consignarlo es en esta frase: “De los cincuenta basureros más grandes del mundo, dieciocho están en África, diecisiete en Asia y trece en América Latina y el Caribe”. Y, sin embargo, nadie produce más basura que el Primer Mundo.

miércoles, 29 de marzo de 2017

‘El mar es tu espejo’, de Catalina Gayá Morlá

El mar es tu espejo. Historias de tripulaciones abandonadas en el Mediterráneo.

Catalina Gayá Morlá

Libros del K.O.
Madrid, 2017
150 páginas

El Mediterráneo es un mar envenenado y una mitología. Su travesía sigue siendo la de Ulises y la de Eneas, pero en el fondo de las aguas pegadas a las costas, la polución se ha hecho dueña del territorio donde deberían bañarse las anguilas y los pulpos. A pocos mares se vierte tanta basura como al Mediterráneo, y de pocos lugares esperamos unas puestas de sol que contengan una belleza milenaria. Sin embargo, al margen del Mediterráneo de las pateras y las reservas de poseidonia, existen otros mares que conviven con él. Apenas quedan puertos pesqueros puros ni islas sin explotar, apenas cabe la posibilidad de perderse en un mar de sirenas y de Caribdis gracias al GPS, pero junto a todo ello, convive un mar en el que barcos varados no tienen futuro. Catalina Gayá Morlá ha escrito uno de los libros de viajes y periodismo más interesantes que hemos recibido en años. “En Italia hay doce tripulaciones abandonadas. En Estambul me han dicho que hay cien barcos a la deriva”. Y sobre esos barcos, de bandera de conveniencia y tripulación cosmopolita, si es que queda la suficiente gente como para llamar a sus habitantes tripulación, versa este recorrido por puertos del Mediterráneo, desde Ceuta hasta el canal de Suez.
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