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martes, 4 de julio de 2017

FADE OUT

Fuente: Culturamas

Fade Out

Tatiana Goransky

Comba
Barcelona, 2017
150 páginas

Producir silencio. Esa es la expresión que más se repite en esta novela de Tatiana Goransky (Buenos Aires, 1977). Producir silencio en un mundo en el que impera la música, no únicamente en las vidas de las tres mujeres protagonistas, sino en la propia escritura. De ahí ese cuidado, esa vigilancia constante, que no fallece en ningún momento, por una prosa suave y con una cadencia de violín. “Así como el sonido nos transporta, el silencio nos da la capacidad de quedarnos donde estamos”. En este caso, esa escritura silenciosa, pues el silencio de un solo de violín es mayor que el de una sordera, nos mantiene dentro de la novela. La ejecución es difícil, pues el silencio es propio del aire libre y la obra sucede en ciudades como Buenos Aires y su versión completa europea, que tal vez sea Barcelona. Como si un lugar imitara al otro. Aunque en Buenos Aires topamos con certezas y en Barcelona con promesas. Por eso a los personajes les resulta fácil adaptarse al sonido que les transporta de una urbe a la otra. Y estos personajes son tres mujeres de una misma familia: madre, madre e hija, hija. La primera obsesionada con la música, la última muda.
La trama, en realidad, es muy tenue. Goransky sigue a las tres, da voz a las tres, una voz interior en la que más que acontecimientos suceden sensaciones. De hecho, se expresan mucho por la piel, que es donde se conservan las células más reactivas del cuerpo. Aunque la novela es pretendidamente auditiva. La piel, en cualquier caso, al igual que la música, que siempre nos remite a los recuerdos, incluso siendo recién nacidos, es donde se guardan los secretos. Tal vez este sea el tema del libro: el pudor y el intento de hablar de los encuentros y desencuentros, más que los propios actos. En algún momento, se asocia el secreto a la cajita musical.
Pero sigamos hablando de las sensaciones, que es el conflicto de la obra. Las interiores y las exteriores se confunden, las confundimos. Porque tienen la misma importancia vital. De ahí que no existan los diálogos que nos sacarían de los cuerpos. Hay cierto tono de flujo de conciencia, como en cualquier persona que se oriente por el oído, y el de Goransky es, sin duda, delicado. Lo que irrumpe, sin molestarnos, es la fragmentación, los saltos de voz, comprobar que los personajes crecen muy deprisa, esas elipsis que, de no producirse, enturbiarían la armonía, la naturaleza, hacer el amor como éxito del silencio. La aparición de los padres, por ejemplo, descubriría secretos. Y para Goransky el pudor es todo un tema, es complejo, hasta el punto de terminar el libro con una suerte de reflexiones sobre la traición que supone escribir, un acto en el que conjuramos toda nuestra memoria. Pero el pudor no es lo mismo que la confidencialidad. Y de esa línea difusa, permeable, incómoda y musical, trata esta bella novela que nos trae, una vez más, un descubrimiento desde el otro lado del Atlántico.

domingo, 21 de mayo de 2017

BUSCANDO UN PÁJARO AZUL

Un libro maravilloso, publicado por Automática, que en su día reseñé para Quimera

Buscando un pájaro azul
Joseph Wechsberg
Automática Editorial
269 páginas
Abril, 2014

Rapsodia para la bohemia


Buscando un pájaro azul pertenece a la envidiable categoría de libros felices. Se trata de uno de esos textos que a cualquiera le gustaría haber escrito. Porque narra anécdotas en las que nos gustaría haber participado. Y para hacerlo recurre a un tono que participa de la alegría de vivir. De hecho, tal vez de esto, precisamente, traten estos textos, de la alegría de vivir. De ahí que transmita felicidad al lector, una dosis de entusiasmo muy recomendable para el próximo fin de semana. Una dosis que nos hace desear que algún editor se anime a recuperar algún otro texto de Joseph Wechsberg (Ostrava, 1907 – Viena, 1983). Sabemos que escribió ensayos y libros de viaje, y también cientos de crónicas y artículos para revistas como The New Yorker o Esquire. Algunos de los cuales se encuentran dentro de este Buscando un pájaro azul. Y confiamos en no tardar mucho en toparnos con ellos. También sabemos que de todas las profesiones que ejerció, aquella con la que se identificaba, a la que confió esa suerte bohemia que consiguió crearse, fue la de músico. Wechsberg ejerció como violinista en orquestas, bares y barcos. Pasó meses sin ver la luz del sol, pues trabajaba de noche en algún garito parisino, y recorrió millones de kilómetros de océano con el compromiso de tocar a diario la Marsellesa.
Y así, a través de sus escritos nosotros descubrimos un mundo al que no podríamos aproximarnos de otra manera. Hay una segunda bohemia, alejada de las buhardillas de pintores y escritores malditos. Y esta es la de los vividores. Como Wechsberg, cuya audacia se caracteriza por el deseo de vivir. Un hombre de ingenio, con recursos para adaptarse sin perder el sentido de humor que conviene preservar para sostenernos en el mundo con dignidad. Y con una capacidad de improvisación notable. Como notable es su empatía, su compasión, su talento, en definitiva, para prestar atención a los detalles de humanidad que dan empaque a las anécdotas que relata, a su estilo, mundano, humilde, ocurrente pero nada mendicante, para buscarse el pan de cada día. De ahí que, por ejemplo, dedique varios episodios a otros humildes exiliados con los que topa en los barcos, como los camareros asiáticos. De ahí que su simpatía se vuelque hacia los que puede considerar sus congéneres, hacia los sencillos.
Siempre reconociendo que vivir es permanecer en el presente, Wechsberg puede llevarnos a su llegada a Nueva York sin olvidar el extrañamiento del desahuciado, que transforma en humor gracias a ese preludio del futuro que podemos llamar fantasía. O nos lleva de la mano a conocer a un pianista en permanente narcolepsia. O convierte a un coro de un local en un protagonista algo decadente, debido a que actúa entre los gestos de la comedia de cine mudo y la nostalgia de lo que ojalá no hubiera tenido lugar. Consciente de su membresía en la comunidad de supervivientes, nos lleva junto a sus compañeros de la claque de la ópera de Viena, desvelando sus manipulaciones con tintes de gamberrada juvenil, y otorgándolas el prestigio de la memoria. Y para combatir las dificultades que tiene a la hora de encontrar su lugar en el mundo, siempre acude al refugio de la amistad. Porque esta le facilitará la verdadera patria. Cabe preguntarse, durante la lectura de sus episodios como músico de barco, qué tipo de exilio es al que se somete, qué carácter se corresponde a quien elige ese desarraigo. Pero ese es un asunto que esperamos resolver el día en que caigan en nuestras manos nuevos textos de Wechsberg. Por lo pronto, sólo cabe recomendar a todo el mundo que el próximo fin de semana no se olvide de colocar Buscando un pájaro azul en su mesilla de noche o en el interior de su maleta.