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miércoles, 21 de marzo de 2018

BORGES

Con motivo de un número especial sobre literatura argentina, me solicitaron un artículo. Me referí en él a la última visita que había hecho a Buenos Aires, y a mi encuentro con Héctor Yánnover, uno de los libreros míticos, exdirector de la Biblioteca Nacional Argentina y que recitaba a Borges con una perfección fuera de este mundo. Aquí está el resultado publicado en la Revista de Libros de Castilla y León.


Me dio a la vez los libros y la noche

Ricardo Martínez Llorca



Antes de recorrer cien veces las librerías de ocasión de la Calle Corrientes, como estaba destinado a hacer en los días próximos, yo me había acercado hasta la Plaza de Mayo. Confiaba en que entre la atmósfera de la plaza, custodiada por policías con chalecos antibalas y por la fachada de yeso del Cabildo, ondeando en el aire que duerme frente a la Casa Rosada todavía se pudiera respirar el aroma de azahar, amapolas y tulipanes con que las madres de los desaparecidos ungían sus pañuelos blancos. Durante mi adolescencia yo las había visto cientos de veces en imágenes que repetían por televisión, y había dado por supuesto que esas mujeres poseían la extraña virtud de ser mitológicas en vida. Tenían la cara y la memoria curtidas como cuero quemado, y las gargantas tan silenciadas bajo las botas de los ministros de la guerra que no se podían permitir más desafío que el de perfumar sus pañuelos blancos, como si creyeran que las esencias de las flores peinarían el corazón de los gobernantes o incluso, lo que hubiera sido de una justicia divina al tiempo que estremecedora, que a modo de recompensa, de premio a su agónico resto de coquetería expresado bajo la furia sigilosa, alguien les iba a devolver a sus hijos.

Cubierta por un cielo de miel azul, la Plaza de Mayo me recibió con un silencio de gorriones en celo y el zurear de una brigada de palomas. Me acerqué hasta las rejas metálicas que impiden a los manifestantes asaltar la Casa Rosada, y al pasar junto a los policías, unos muchachos de mirada dulce en la que brillaba, con amor y miedo, la tímida pobreza y el respeto más cauteloso, me llegó a la nariz un olor a perro mojado cuyo origen no me molesté en buscar pues, me dije, seguramente acaba de salir de uno de los cajones de mi memoria.
Miré el reloj, y al comprobar que tenía todo el día por delante, decidí que antes de encerrarme entre estanterías y pilas de libros a la búsqueda de algún chollo firmado por Ricardo Piglia o Isidoro Blaisten, permitiría que esa misma memoria de mi adolescencia que tiró de mis pasos hacia la Plaza de Mayo, me sedujera para revisar otra de las caras de su poliedro. Alguien me había comentado que, en su momento, en los barracones y diques de Puerto Madero se pudo respirar un oxígeno moribundo la decadencia de un desuso miserable con posos mortecinos. La semejanza del nombre con Puerto Astillero fue suficiente como para que al encaminarme hacia allí yo evocara la lectura de Onetti, muy a mi pesar o, para ser precisos, a pesar de que Onetti no fuera argentino, como yo deseaba en ese momento. De camino al puerto fui acordándome del juramento que hice a los dieciséis años, cuando me propuse que si algún día pretendía suicidarme, mi último acto sería volver a leer “El Astillero”. Con esa atmósfera de nubes bajas, densas, como pelo de rata y depresivas estrujándome los pulmones, llegué a Puerto Madero para darme de bruces con una hamburguesería de cristales impecables. En los bajos de los barracones de ladrillo se han instalado restaurantes de lujo, y desde sus terrazas se puede observar cómo se va extendiendo el moho y la herrumbre que tiñen de ronchas grúas inútiles, grandes como monstruos prehistóricos. Protegido de los chillidos de ese tráfico intenso, que iguala el ambiente de todas las grandes ciudades del planeta, a la puerta de los viejos barracones uno puede zamparse el más tierno bife de chorizo, junto a una pareja de turistas alemanes, al tiempo que se enfrenta al sentimiento contradictorio que acaba de gestarse en su estómago: por una parte, cabe alegrarse de que a un puñado de edificios les hayan lavado la cara para que en un recodo de la ciudad se respire un aire limpio con girones de ozono, pero por otro lado, el viajero se lamenta de que sea el puerto la zona rescatada, el otro lugar mítico donde esperaba encontrarse una lúgubre decadencia, el ocaso de las historias, las narraciones que pudieron conseguir que rebrotara en su diafragma la sensibilidad romántica de su tonta adolescencia.
El desencuentro entre la realidad y el deseo me produjo una impresión de cráneo desocupado, y así, mientras subía por la Calle Corrientes, resolví que el símbolo del deterioro de Buenos Aires eran sus aceras. Yo caminaba preocupado por no torcerme el tobillo al encajarlo en una de las millones de grietas que, como capilares de la ciudad que reventaran apareciendo desde el subsuelo, forman sobre las aceras y el asfalto el dibujo de las ramas y las raíces. Entonces comencé a cuestionarme si la médula de la personalidad de este país estaba en las letras de los tangos que dos maniquíes bailaban sobre el decorado de Caminito, o en el polvo que se acumula sobre la superficie de un continente que parece ir quedándose dormido, o en la confrontación que debe germinar entre los bolsillos y los cerebros de toda esa gente que llena las librerías de viejo y que, tras manosear dos docénas de volúmenes, sale de allí con las manos agarradas a la espalda. Seguramente los pocos pesos de los que disponían para la compra de libros han quedado atrapados en los corralitos.
El día anterior yo había estado dándole vueltas en la cabeza al asunto de los corralitos. Tras una devaluación salvaje, que había arrastrado la moneda hasta un tercio de su valor, los poderosos ordenaron que se acorralaran los ahorros de los demás, de casi todos los argentinos. De golpe, la gente se encontró con que era tres veces más pobre y ni siquiera podía disponer de esa pobreza. Como yo era incapaz de entender qué había ocurrido con esos dos tercios del capital que los argentinos perdieron por un camino que anduvieron sin moverse, escribí un correo electrónico a un amigo economista. Su respuesta sirvió para que engordara mi perplejidad: afirmaba que hoy por hoy el dinero no es, en realidad, sino la confianza del gran inversor, y que en este caso el índice de confianza mundial en la economía del país se había reducido en casi un setenta por ciento. Su respuesta fue algo parecido a éso. Como yo seguía sin comprender nada, me armé de insensatez y concluí que la pureza y la magia de un país como Argentina radicaba en su lenguaje, y más en concreto en el uso del diminutivo: corralito. Si en España llegara a suceder algo que nos impidiera disponer de nuestro dinero, el neologismo popular con que se designaría tal canallada aspiraría a poseer una sonoridad brutal, como si con el estrépito se fuera a conseguir derribar los muros acorazados de los bancos.
Pero al margen de la visita a la Plaza de Mayo y a Puerto Madero, yo tenía otro capricho. No estaba dispuesto a abandonar Buenos Aires sin que alguien me relatara una anécdota de Borges, algo propio, original, que no pudiera hallarse en sus biografías. Así pues, me dirigí a un locutorio para llamar a Héctor Yánover, un librero que había dirigido la Biblioteca Nacional en la década de los ochenta. Uno de mis editores en España me había facilitado el teléfono de su librería.
-¿Tiene algo que hacer? –le pregunté.
-Esperarle a usted para tomar un café juntos –respondió con una voz mansa, serena como el río que por fin llega a su desembocadura -. Venga cuanto antes.
Asalté un taxi para que me llevara hasta el cementerio de La Recoleta, junto al cual quedaba el negocio de Héctor.
Siempre he sospechado que Borges tocó el cielo de la literatura en su poesía, y no en sus narraciones. Confirmé mi intuición cuando Héctor Yánover, durante nuestra conversación, aprovechaba cualquier idea para asociarla a las inquietudes que Borges mostró en sus versos, y recitaba con mansedumbre:

Torne en mi boca el verso castellano
a decir lo que siempre está diciendo
desde el latín de Séneca: el horrendo
dictamen de que todo es del gusano.

Y también:

Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.

Héctor recitaba recordando los días en que pidió a varios escritores argentinos que prestaran su voz y sus poemas para una colección de discos de vinilo. El propio Héctor había creado una compañía discográfica sólo para llevar adelante su proyecto, una empresa que se mantuvo gracias a que en aquella época pasó por Buenos Aires un humorista español, cuyas historias tambíen fueron recogidas y publicadas en un disco del que se vendieron más de doscientas mil copias. El humorista en cuestión se llamaba Manuel Gila.

Borges, totalmente ciego, esperaba a que Olga, la mujer de Héctor Yánover, terminara de leer cada verso para repetirlo. Con posterioridad se masterizaría la voz. Cuando Borges escuchaba a Olga leerle lo que vendría a continuación:

Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua.

Exclamaba: “¡Qué difícil! Nos vamos a estar toda la mañana con ésto”. Y luego recitaba verso a verso.
Al escuchar los poemas completos, después de la masterización, Héctor y su mujer se sorprendieron porque no se percibía la más pequeña costura en la declamación de Borges: todo parecía recitado en un contínuo.
Cuenta Héctor que a lo largo de los días que duró la grabación insistió a Borges en que introdujera glosas teóricas, reflexiones acerca de cada poema, a lo que el escritor se negó una y otra vez sin aducir razones, como si ya no pudiera leer sus propias frases tan puramente elaboradas en las pantallas de su pensamiento, como si la vejez le hubiera borrado los días en que tuvo conocimientos y memoria.
La última mañana, ya a punto de salir del estudio de grabación, Héctor le imploró a Borges:
-Por favor, don Jorge, aunque sólo sea por razones económicas, grábeme algún comentario a sus poemas.
-¡Ah, bueno! –respondió Borges-, si es por razones económicas pues entonces sí: porque yo de economía no tengo ni idea.
Me despedí de Héctor tras dos horas largas de conversación. Entonces me encaminé hacia su librería para comprar una de sus obras publicadas: “Memorias de un librero escritas por Héctor Yánover librero establecido”. Nada más abrir el volúmen me encuentro con esta joya:

“-¿Tiene diccionarios inglés-español, español-inglés?
“-Sí.
“-¿Y están traducidos?”

Junio 2003

lunes, 19 de febrero de 2018

UNA HISTORIA SENCILLA


Una historia sencilla
Leila Guerriero
Anagrama
Barcelona, 2013
147 páginas

En medicina, se ha olvidado eso que se llamaba ojo clínico, esa intuición que hacía que un gran médico fuera aquel que diagnosticara con acierto solo con escuchar una tos por teléfono. Ahora se llevan los protocolos, un artificio que sirve para que los facultativos se cubran las espaldas en materia legal y hacer pasar a un paciente de una enfermedad rara por mil perrerías, y unos cien millones de píldoras, antes de controlar los síntomas. Lo de curar queda para los fisioterapeutas y los psicólogos, y estos lo consiguen apenas durante un rato. En periodismo sucede algo parecido. Si uno quiere apostar sobre seguro, ahí tiene que revolver entre las crisis económicas, las disputas histéricas de ministros, los banqueros falsamente arrepentidos, asesinos de tribus enteras o secretarios encarcelados. El ojo clínico del periodista sería el de quien descubre la hazaña de vivir entre los camiseros de una bocacalle, un pintor muy mediocre, un fotógrafo adicto al hachís, una cantante sin canciones o el grupo de travestidos que acuden a un concierto de Mocedades, aunque Mocedades ya no exista.
Cuando todos los demás nos han fallado, nos queda Leila Guerriero (Junín, 1967). Las ganas de comprender no atañen tanto a las leyes de la entropía o al sistema financiero, sino a la condición humana. Las historias son sencillas o se convierten en monstruos marinos varados en una playa de una isla desierta, de los que se reproduce una imagen por satélite en todos los medios de comunicación. En este caso, una competición de Malambo, un baile típico de los gauchos, atrae la atención de Guerriero por varios motivos. En primer lugar por lo ignorado que resulta, en un país que ha buscado más su identidad simulando que la capital se parece a Europa que en dejarse llevar por el flujo de lo natural, que es ser miembro de una tribu. En segundo lugar por el tipo de baile, que exige un esfuerzo y un entrenamiento que dejan a Míster Olimpia en un mero aprendiz. En tercer lugar por el efecto abeja: quien gana, como la abeja que pica, deja de existir, termina su carrera en algo que le ha llevado a arrastrarse por las calles del sufrimiento físico y, con frecuencia, a pasar hambre. Eso sí, las garantías de poder sobrevivir formando bailarines de Malambo, en lugar de paleas tierra, se incrementan y aseguran la pervivencia de este festival, que tiene lugar en medio de ninguna parte.
Guerriero sigue a uno de los participantes hasta llegar a quererlo como si fuera su hermano. Tal vez para un periodista que está preparándose para retratar a alguien en un perfil la condición de hermano sea provisional, pero al menos no traiciona. Entre esa hermandad efímera y las que leemos en el antiguo testamento, sin duda la efímera es más sincera. Y así es como Guerriero relata, con sinceridad esta historia de amor por un baile, en la que la escritura refleja tanta ilusión como la del protagonista. De otra forma, no merecería la pena arrimarse a un oficio que, como el de los médicos, echa de menos ese ojo clínico.

martes, 18 de julio de 2017

LA URUGUAYA

Fuente: Culturamas

La uruguaya
Pedro Mairal
Libros del Asteroide
Barcelona, 2017
142 páginas

Solo a un escritor de talento se le ocurre que un personaje le diga a otro: “si no podés con la vida, probá con la vidita”. A la gente, incluidos los personajes en pleno error, como es la crisis de la mediana edad, hay que ponerla en su sitio. Uno se cree que se va a comer el mundo y para eso nada mejor que el viaje al espejo. La metáfora resulta de lo más oportuna: al otro lado del espejo estás viendo una farsa de lo que eres, pero una farsa modificada por el deseo. En el caso de esta novela, el otro lado del espejo es lo que se conoce como la vecina orilla, entre los habitantes de Argentina y Uruguay separados por el río de la Plata. El protagonista, cuarenta y cuatro años, regresa a la adolescencia y viaja a Uruguay para bautizarse en la crisis de la mediana edad. Ahí está el alcohol, los porros y las juergas, pero sobre todo ligar. Conoce a una joven uruguaya y obviando la vidita que tenía en Argentina, se lía la manta a la cabeza. Saca del banco todos sus ahorros para embarcarse en una aventura amorosa que enderezará su vidita, directo al cielo de la vida.
Al principio, todo sucede muy deprisa: el viaje, el paisaje, la gente. Se acumulan las descripciones. Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970) demuestra su categoría literaria en descripciones a través de la selección, del enunciado consecutivo. Los elementos del inventario que reconoce el protagonista son sugerencias para activar la vida, y un dechado de virtudes sonoras en la prosa de Mairal. De hecho, cada frase se aprieta hasta conformar casi un aforismo. Pues en realidad estamos conociendo el mundo, o el mundito, a través de los ojos de un escritor en plena vorágine sexual. Le puede, y mucho, el deseo. Encuentra en Montevideo lugares comunes a Buenos Aires, pero sin el peso de su matrimonio ni de su paternidad. Hasta que el protagonista llega a la playa, La uruguaya es una novela barroca.

Pero en la playa surge la tentación y él la eleva a la máxima potencia. Es imposible que nadie le dé con la puerta en las narices, parece decirse, porque ya ha superado todas las barreras y ya conoce todo lo que es preciso conocer en la vida. Pero no sabe cómo dirigir su vidita. Sí que de nada sirve planificar el futuro si uno no tiene presente. Pero su conclusión cae en la torpeza de la codicia. Cree que su cartera y su labia son suficientes para mantener a flote una aventura, después de que su mujer le haya dejado por otra, sin saber siquiera si es lesbiana. Sea como sea, la crisis de la mediana edad, empujada por necesidad o porque a uno le quitan el suelo de debajo de los pies, pretende resetearse. Atrás quedará Borges, y por delante Onetti, a quien tanto debe Mairal. De ahí ese tono de flujo de conciencia aplicado a los hechos: como si las cosas sucedieran subjetivamente. Pero eso es irreal. De ser así, uno tendría potestad para dirigir las cosas hacia su deseo. La vida vendría por sí sola. Pero no, uno tiene que seguir en vilo pues lo único que es capaz de construir es una vidita. Y eso supone que los deseos son las antípodas de los sucesos. En el aire queda la cuestión de qué es la realidad.