miércoles, 27 de marzo de 2019

INSÓLITAS


Insólitas
VV.AA.
Páginas de espuma
Madrid, 2019
490 páginas

En la introducción de este libro, esta gran idea que es Insólitas, se nos comenta que “lo interesante es que lo insólito desenmascara la naturaleza relativa y arbitraria del sistema social, se oponen al orden institucional y expresa los impulsos de que deberían ser reprimidos desde la perspectiva de lo normativo”. Lo más interesante de la lectura de estos relatos es la indagación que se hace en cuál es el sustrato de ese sistema social, en qué consisten las bases de la farsa en la que vivimos o que hemos creado, o que han creado otros por nosotros. Porque el sistema social, a fin de cuentas, no deja de ser una obra a beneficio de los que deciden, que son los más ricos, los más fuertes y, casi siempre, los más malos. En la mayoría de las voces destaca la reducción del sistema social al ámbito privado, al más humano, a lo próximo, a lo que podemos reconocer, a esa fábula que acostumbramos a llamar familia. Por las páginas de esta antología desfilan hermanos, padres, madres, primos y hogares, muchos hogares, que son el continente donde se encierra la realidad, la imaginación y hasta la fantasía, pues las intenciones de esta última son, con frecuencia, utilizar un recurso para salir de la pesadilla tradicional.
Lo que ocurre, en algunos de estos casos, es que las pesadillas son, a su vez, gestores de nuevas pesadillas. La fantasía tiene sus riesgos, y uno de ellos es que no somos dueños de nuestro destino. Sí de la voluntad, pero una voluntad individual, a pesar del mensaje que se nos lanza continuamente sobre el sueño americano, desde La Cenicienta hasta las películas de Marvel, apenas puede mellar lo que han decidido por nosotros. El destino está ligado, demasiado ligado, a la naturaleza relativa y arbitraria del sistema social, y a medida que uno va descubriendo, que uno va leyendo, se cuestiona si esa arbitrariedad funciona con el mismo caos para los que sufren el relato, nosotros, que para los que construyen el relato, los fuertes, los ricos, los malos. La maldad, es tradición, forma parte inequívoca del relato fantástico. Para ello los narradores, también estas narradoras, se acercan a la humanidad más desvalida, dejando claro cuál es la intención de denuncia: al niño, a la mujer, al discapacitado. O a la niña, que es doblemente víctima, por sufrir a los adultos y por sufrir el patriarcado, y que si de esto somos conscientes en la realidad, la debilidad se agudizará aún más cuando las hipérboles transformen esa realidad en una fantasía que bebe de lo real. En alguno de los relatos beberán hasta del realismo social, en otros de ese género que acostumbra a predecir la ruta torcida que hemos elegido, ese género que llamamos ciencia ficción.
Todos los géneros caben en estas veintisiete historias, desde la fábula hasta la pesadilla, desde la mitomanía hasta el erotismo, desde la mitología hasta el terror psicológico. Se trata de un mapa de la lengua que nos une, en el que cada relato suena con una música diferente, procurando, mérito de las antólogas, que cada música se corresponda a la historia que se está contando. Los relatos están escritos desde diferentes oídos, incluyendo los clásicos y los que se adaptan a nuevos temas. Aunque todos ellos nos mencionan, al fondo, alguna de las diferentes formas de neurosis que existen: no hay lesiones en el sistema nervioso, pero se presentan alteraciones emocionales tanto en los protagonistas como en el lector: histerias, fobias, trastornos obsesivos, depresiones, hipocondrías, melancolías… Todo un panorama de enfermedades, curables, eso sí, aunque sea gracias a la literatura, que se significan por la distancia entre la civilización y el individuo, por la distancia entre el alma y el sistema social, el orden institucional. Lo fantástico delata los riesgos de lo que somos frente a lo que estamos viviendo. De ahí la necesidad de afrontarlo con imaginación, de ahí la necesidad de tener una serie de puntos de fuga por los que librarnos, aunque sea momentáneamente, de aquello que nos muerde los tobillos. Con la fantasía nos movemos, pero podemos regresar al sitio de partida en un parpadeo. Huimos y nos escondemos sin que el bienestar de los demás peligre. De ahí que los buenos hombres buenos, las buenas mujeres buenas, ejerzan este oficio, en lugar de tratar de sumarse a los más fuertes, a los más ricos, a los más malos a la hora de escribir el destino, que no deja de ser una estupidez, pues el futuro, lo saben desde hace siglos los monjes budistas, no existe.


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