Llamada
por las montañas
Anuradha
Roy
Traducción
de Gala Sicart Olavide
Fiordo
Madrid,
2026
165
páginas
Hay
libros que no necesitan nada más que la bondad para explicarse. El riesgo es
intentarlo y verter, sin darse cuenta, parte del trabajo en el tarro de lo
cursi, que nos alejará de la belleza. Evitar esto es obra de algunos pocos, que
han conseguido transmitir los mejores sentimientos: Mary Oliver, Annie Dillard,
Henry Beston, Amy Liptrop, William Fiennes, Nick Jans… y ahora Anuradha Roy
(Calcuta, 1967), que en este hermosísimo libro, Llamada por las montañas,
nos habla de lo que estamos hechos, de cómo sentirnos bien cuando conseguimos
convivir con lo que de verdad nos construye, que es la naturaleza. Después de
veinticinco años viviendo allí, en una ciudad del Himalaya indio, Roy decide relatar
parte de sus memorias en unos textos que tienen la extensión propia de los
artículos de revista. Es cierto que tanto su dedicación como las condiciones de
vida contemporáneas se lo permiten: Roy tiene, junto a su marido, una editorial
pequeña, que para sostenerse no necesita las condiciones de vida y de economía
que ofrece una ciudad como Nueva Delhi. Así pues, deciden marcharse a la
montaña, al encuentro con la naturaleza, y con todas las promesas que la
naturaleza ofrece y que tienen que ver con la felicidad y con la belleza.
Hay
un par de elipsis que nos intrigan a lo largo de la lectura: la más evidente es
la escasa, casi nula, mención a su compañía humana en estos años, a su pareja,
aunque sí habla en primera persona del plural muchas veces, enfocando su
conciencia en el nosotros, en algo así como la familia; y la segunda es la
omisión de las calidades del lugar del que salen despedidos, de la gran ciudad.
Roy opta por centrarse en lo que ocasiona bienestar, al margen de la mala
oferta vital que se ha ido gestando en buena parte del planeta. De ahí que cada
movimiento que ella va protagonizando se transforma en un descubrimiento, en
una sorpresa. Aprender, nos dice, significa aprender cosas buenas. Sus
descripciones, que abundan, tienen como función dar fe de la forma respetuosa
con que interacciona con la naturaleza. Se preocupa por lo que tiene que ver
con la botánica, o por las aves, pero apartando el conocimiento científico para
centrarse en la observación.
Esta
forma de vida, compasiva, que va exponiendo tiene otros protagonistas, que son
los perros. Adora a los perros, que va adoptando o que, en alguna ocasión,
parece que son ellos los que la eligen. Hay más compañeros en este viaje
vertical. Escribirá sobre alguno de ellos, como la anciana con la que está
inevitablemente ligada a vivir, pero parece que serán los perros leales los
seres con los que más se identifique. Hasta el punto de que la enigmática pérdida
de uno de ellos nos podría llevar al llanto, de no ser por la aceptación con
que lo expone, entendiendo que forma parte de un ciclo natural. Aunque no
natural del todo, dado que los animales se ven obligados a cambiar de hábitat por
el empuje de los cambios forzados por el hombre, entre los que destaca el
cambio climático.
Ojalá
todo esto no se pierda, parece ser la conclusión de la lectura del libro. Roy
se expresa con muchísima sencillez, como una persona que anda sin correa, en
expresión que ella misma utiliza. Demuestra ser una persona sensible, una escritora
sensible —«Como siempre, cuando compiten la ciencia y la emoción, a mí me gana
el sentimiento»—, y nos enseña que alejarse de la civilización no significa
aislarse si uno posee el don de la mirada, si uno entiende que vivir no es lo
mismo que abundancia de estímulos, incluidos los estímulos culturales. Roy
pertenece a esa estirpe de escritores que están convencidos de que no hay más
cultura en un aria de ópera que en el canto de un zorzal. Y sabe cómo mostrar
esa enseñanza encauzando una gran sensibilidad.
Fuente: Zenda

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