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jueves, 12 de abril de 2018

EDNA


Las sillitas rojas
La luz del atardecer
Trilogía de las chicas del campo
Un lugar pagano
Objeto de amor
Memorias


Después de los dinosaurios, llegó la inquisición, que sigue quemando libros en público. En la España de los cuarenta y cincuenta sucedía por imperativo militar, mientras que en la Irlanda de Edna O’Brien (Tuamgraney, County Clare, Irlanda, 1930) lo que ocurría era lo mismo que en los territorios que marcan fronteras: son extensiones sin ley, en la que el orden lo impone el rigor del músculo, por lo general al servicio del exceso de alcohol, y algún sacerdote desalmado. Porque para dejar de querer a las criaturas que forman parte de tu tribu, uno tiene que haber perdido el alma. Y a la bondad la sustituyen unas reglas estrictas.
El sacerdote fanático y el borracho coinciden en que ambos se sujetan a unas paredes sin ventanas. Más allá de su habitáculo con forma de confesionario o de botella verde, no existe nada digno de respetar. Si se les obliga a asomar la punta de las pestañas al otro lado del muro, el pico de alfiler a la que se ha reducido su corazón les empujará a la violencia. En este caso el alcohólico es un padre que azotará a su mujer y a su hija pequeña, y el párroco un tipo tan grotesco como para pensar que al mismo tiempo que se reunían multitudes en Woodstock o que los estudiantes levantaban los adoquines en las calles de París, todos ellos con intención de encontrar el mar y con la ilusión de emprender viajes al sur, la verdad dictada por un dios con las cejas juntas le impelía a quemar en la plaza, frente a la fachada de la iglesia, tres ejemplares de Las chicas del campo, la primera novela de Edna O’Brien. El libro retrata la estricta sociedad rural, pero lo hace sin resentimientos. La escritura es serena y por tanto inteligente, escrita, como dijo John Berger, desde el dolor de la memoria. Pero la historia sigue siendo dura, tanto como para precisar de las dosis exactas de candor y sencillez. Donde cualquier otro hubiera escrito con odio, O’Brien cierra las heridas sin necesitar puntos de sutura ni anestesia. Da la sensación de que siempre hubiera estado reconciliada hasta con el infierno.
Para encontrar Tuamgraney uno tiene que mirar muy de cerca el mapa. La localidad donde nació Edna O’Brien, y donde sitúa la parte más significativa de su obra, es una línea de asfalto con unos pocos tejados bordeándola. Luego están las casas dispersas y el verde. Es una tierra de campiña, de labradores, a la que no había llegado la Revolución Industrial cuando Edna decidió abandonar la región. Todavía vivía, y siguió haciéndolo durante décadas, en una época en la que no existían los aspiradores. Entonces se barría a mano, con escobas de paja, y si uno tenía la suerte de disponer de alfombras, como por ejemplo el sacerdote, podía meter la mugre debajo para que no se viera. Con ese espíritu Edna O’Brien nos relata historias de mujeres, con el de la escritora que deja a la intuición del lector la parte más fea de la experiencia a partir de la cual convoca a sus fantasmas mientras escribe.
Edna O’Brien sabe que el amor es la única sustancia que nos convierte en dioses. Gracias a ello podemos leer con agrado esa parte de la obra que nace de la infancia: Trilogía de las chicas del campo, Las sillitas rojas, sus relatos, Un lugar pagano y sus memorias: Chica de campo. También gracias a la distancia de suponer, equivocadamente, que nosotros no vivimos tanto desamor. Edna no solo necesitó que pasara el tiempo, una materia plegable de la que uno no puede fiarse, sino que tuvo que reinventarse varias veces a lo largo de su vida, un tema que está presente en su obra, pero sobre todo en cada capítulo de Chica de campo. Pasó por un internado en un convento y creyó que quería ser monja, porque el único refugio que encontró allí fue la sonrisa de una de las hermanas.
Marchó a Dublín para licenciarse en farmacia, algo que nunca terminó, pero los estímulos de la capital arañaron ese lugar donde se guardan las emociones hasta el extremo de vivir casi con el síndrome de Stendhal, si es que el síndrome de Stendhal supone un despliegue de adrenalina incluso ante lo que de haber nacido en otra cuna te hubiera parecido muy feo. Donde mejor lo representa es en Chicas felizmente casadas, la tercera parte de la trilogía de Las chicas del campo. Escrita décadas después de los dos volúmenes anteriores, presenta a las amigas protagonistas, Kate y Baba, en situaciones de distinto compromiso de pareja, ya instaladas en Dublín. Las reseñas definen que se pierde el lirismo de las otras dos partes, pero ese error se ha convertido en un tópico. No se puede reproducir con la misma energía la campiña tipo Constable que el Dublín que uno conoce tras haber leído el Ulyses, de James Joyce. En realidad, O’Brien jamás pierde el lirismo, porque siempre habla desde la verdad de lo que siente. Siempre es sincera. Lo que ocurre es que el tráfico de hora punta y la posibilidad de cambiar de amante cada noche, sugiere que la novela debe desprender más ácido láctico, como un campeón de halterofilia durante las horas de entrenamiento.
En Dublín vivió un matrimonio con un escritor que no fue capaz de perdonarla que supiera mejora que él en qué consistía eso que conocemos como literatura. Tuvieron dos hijos, y soportó sin desahogo el acoso constante de su marido, que la incitaba a una pelea de gallos. Pero Edna O’Brien ya estaba titulada en el máster de los ojos brutales. Eran los mismos que había conocido en su padre y que más tarde observaría en la madre de la familia de zorros que acampó en su jardín de la casa de Londres, defendiendo a la camada. Porque tras atravesar el Rubicón del matrimonio, que se prolongó diez años, un tiempo en el que ella siguió demostrando su valía como escritora pero, por encima de todo, como lectora, optó por instalarse en Londres. Y también en la felicidad de los años sesenta, cuando las fiestas en las casas poseían una inocencia lábil, al servicio de la leyenda. Los sesenta fueron años de cambio fugaz en el planeta Occidente, y también estuvieron al servicio de nombres como los que pasaban por el salón de su casa para servirse un whisky, desde Robert Mitchum a Sean Connery, pasando por Harold Pinter y editores, dueños de periódicos y productores de cine, y hasta John Houston. Cuando habla de ellos lo hace sin emitir juicios de valor. Generalmente, se refiere a cada uno con las palabras que escuchó en boca de los demás y que le parecieron acertadas. Y, eso sí, siempre con cariño. Al fin y al cabo, ¿qué daño pudo hacerle una noche de amor con el protagonista de La noche del cazador? El rastro que dejaron en ella esos momentos es tan delicado como el beso que posó sobre sus labios el mismísimo Jude Law -Adonis, en palabras de ella-, siendo ya una mujer entrada en años y el actor un tipo con una belleza demasiado perfecta. Un momento que ella no quiso prolongar, llena como estaba ya, después de tantos años, de excesos de emociones.
Su etapa en Londres fue una época productiva, en la que leía y redactaba informes de lectura para editoriales, escribía obras de teatro, columnas en periódicos e incluso comenzó alguna biografía tan atrevida como la de Lord Byron o la de James Joyce. Fueron los años en los que la autoestima que mellaron la presión del catolicismo estrecho, del maltrato del padre borracho o del marido con un trastorno obsesivo y complejo de inferioridad, se pudo rellenar con certezas.
Un relato zen cuenta que un maestro preguntó a quienes pretendía ser sus discípulos cómo harían para mantener siempre lleno un cubo taladrado por miles de agujeros; durante años, los aspirantes buscaron la respuesta hasta que el maestro, yaciendo en su lecho de muerte, pronunció sus últimas palabras resolviendo el misterio: arrojad el cubo al mar. Ese cubo es la autoestima y lo que Edna O’Brien hizo en Londres y Nueva York fue arrojar el cubo al mar. Hasta el punto de que fue capaz de mantenerle el pulso al mismísimo Norman Mailer durante una conversación. Mailer fue un hombre poliédrico, aunque cualquiera de sus múltiples caras tenía la pegada de un especialista en lucha callejera. Pero cuando se conocieron, Edna ya se había profesionalizado como escritora. Continuaba con su dinámica de dar y asistir a fiestas, pero esta vez sabía que había algo de mercenario en ellas. Lo asumió, como había asumido su mala cabeza para lo económico.
A lo largo de mucho tiempo fue capaz de administrar el dinero, cuando le entraba en grandes olas, arrojándolo al caos. Se decapitó económicamente en más de una ocasión y se veía trasladando sus pertenencias de una casa a otra más humilde. Hasta que recibía un nuevo cheque por una adaptación de un guion o por el anticipo de su nuevo libro, y se lanzaba de nuevo al estanque. Se compraba una casa con piscina que vendería al poco, pero durante mucho tiempo se negó a abandonar esa ciudad con un magnetismo tan neurótico como es Nueva York. A la altura del diafragma, en cada inspiración, sabía que seguía siendo la niña de vida rural que se reconocía, a la hora de la verdad, en el ruido de las ranas en las acequias, antes que en el tráfago de taxis amarillos de Manhattan.
La fascinación duró tanto como la energía, porque un día, con el cansancio de vivir, decidió volver al campo. Creyó que se había curado y creyó en el mito del Beatus Ille. Creyó en la cabaña de Walden, esa que Thoreau se hizo construir a una distancia tan prudente de la casa de su madre, que podría ir a comer andando, sin problemas, hasta en los días de más frío invierno. Edna buscó su Walden en un condado costero de Irlanda. Sí, intentó regresar a una Irlanda que en algún momento debió ser un factor bueno en la ecuación de su infancia, pese al registro de la memoria, pues en algún lugar tenía que estar enterrada la semilla de quien era. Compró una casa con vistas al mar y sufrió la soledad en las tormentas.
La soledad.
A la hora de la verdad, ese es el gran tema de su obra y de su mejor novela, que es su vida. Tal vez no le salió lo mejor posible, porque le salió una vida con mucha soledad que intentó compensar con demasiada gente alrededor. Pero mucha gente no es siempre mucha compañía. Su vida alejada del mundanal ruido, al final, está en el jardín de su casa de Londres, donde vive de alquiler. Puede que en la vejez hallara un sitio donde establecerse, pero raramente algo que consideraría un hogar. El adjetivo, o el sustantivo, flota en las entrevistas que concede y en las narraciones que escribe, pero debe haberlo escrito dos o tres veces en toda su vida. El concepto es el que se corresponde a la palabra sagrado. Un hogar debería ser sagrado o lo sagrado debería convertirse en su hogar. Casa tras casa, ciudad tras ciudad, persona tras persona, Edna O’Brien es capaz de llorar mientras lee o escribe. Para ella su hogar, lo sagrado, es la literatura. Ahora lo sabe, como reconoce que su sintaxis no es la propia de los ingleses, por mucho que viva en su país. Cuando escribe, regresa la desafortunada huérfana del condado de County Clare.
La soledad es algo a lo que uno no se acostumbra, aunque los demás sí se acomoden a la soledad del otro. Tal vez la literatura sea uno de los pocos lugares donde quien se siente en soledad puede construir un hogar. La literatura no defrauda, ni hace falta pasarle el trapo del polvo para evitar que críe telarañas. Al menos si la tratas con amabilidad. La literatura entra con esa elegancia en el hogar con la que entran muy pocas cosas: la tristeza y el amigo al que no ves desde hace diez años. En Londres, donde vive pasados ya los ochenta años, sigue sintiéndose sola, pero como si se tratara de un exilio voluntario. Habla la misma lengua que sus vecinos, pero la utiliza con otra vitalidad. Su soledad es la consecuencia de la vida de mujeres en tribulación, la misma que pueblan sus relatos, en las que son una némesis, un espejo con azogue no del todo cristalino en el que se reflejan los hombres. Una soledad que apenas entendemos, eso sí, cuando leemos el dato de que se trata de la menor de cuatro hermanos. La pregunta sobre su paradero ni siquiera se plantea en la Wikipedia, y mucho menos en su libro de memorias.
No es de extrañar que busque consuelo, ese concepto minusvalorado, en una compañía que está más allá de este mundo. “A veces voy a misa”, confiesa. Y confiesa que le gusta escuchar la música de la iglesia. Y que nunca ha perdido la costumbre de rezar: “Rezar es bueno. Al menos no estás maldiciendo a nadie, ni odiando a nadie, ni ofendiendo a nadie. En el rezo hay sinceridad”. La sinceridad que nace de la ternura. Porque uno reza a favor de las personas de las que se acuerda, y que al recordarlas le despellejan un poco. En ese sentido, Edna es de las personas que viven para afuera, que viven para las personas que quiere.
Y, sin embargo, se alejó de ellas porque necesitaba poner tierra de por medio con una atmósfera nacionalcatolicista y con demasiado alcohol. Edna O’Brien también vive para adentro. Salió al exterior gradualmente: Dublín, Londres, Nueva York, la costa irlandesa, otra vez Londres, para ver lo que había ahí, afuera, tantas emociones que sentía que a ella le faltaban, y luego traerlas consigo. Hasta que supo que ya no podía vivir tan sentimentalmente. Las sensaciones se imponían en una mujer a la que se le pueden achacar muchos defectos, pero no la carencia de sensibilidad. Y con las sensaciones no se bromea: hay sensaciones que matan. Y no necesariamente de dolor. Basta contemplar el Éxtasis de Santa Teresa, de Lorenzo Bernini, para figurarse una muerte por exceso de belleza, por pura espiritualidad, casi búdica.
En sentido contrario, su sensibilidad sufrió el conflicto de Irlanda del norte hasta el extremo de intentar explicarlo una, cien, mil veces en distintos artículos y hasta a través de una novela, porque lo que publicaban los medios de comunicación tendía al reduccionismo. Mancharse las manos le sirvió para ganarse algún desprecio. El perfil de Gerry Adams que escribió en los noventa para The New York Times, cuando se anunciaba ya la paz en Irlanda del Norte, fue una especie de misil Tomahawk que rebotó contra su propio tejado.
Edna escribe sin servirse de una fórmula. Ha sido una mujer que, en buena medida, ha pasado la vida guarecida detrás de la mirada. Lo importante es toda la humanidad que contiene su literatura. Las relaciones entre sus personajes y su vida parecen navegar de la mano. Por ejemplo, los protagonistas comparten el miedo a darse cuenta de que carecen del apoyo de los demás. Y está esa costumbre de los adultos de culpar de todo a los niños, a sus hijos, de hacerles sentir mal, pecadores, de hacerles creer que están jodiendo la vida de sus padres: “Mary deseaba ir a América en avión, pero se lo pensó mejor y pidió ganar mucho dinero para comprarles a sus padres una casa junto a la carretera principal”, dice de una de las protagonistas de un relato. Hay que tener un sentido de culpa muy arraigado, muy embravecido por la presión de los adultos, para dejar de ser niño incluso en los sueños. Ella menciona a padres incapacitados para ser niños. Es decir, a la maldición del olvido sentimental, a la falta de compasión e incluso de la piedad cristiana que predican. La niña crece con dolor y sin el cariño de unos padres. Madre, padres y trabajo es la santísima trinidad que preside las vidas de sus personajes más inocentes. De esta manera, la infancia es todo lo contrario a lo que debería ser: alegría, libertad, juego y acontecimientos extraordinarios. A pesar de todo, O’Brien cierra heridas, pero no hiere.
“La casa, las piedras calientes del camino, el fulgor del agua, asomarían de vez en cuando a su memoria, sin duda; pero de él se olvidaría y lo relegaría a un rincón oscuro de su mente, al lugar donde acechan los fracasos”. “Me suicido por falta de inteligencia y porque no sé ni he aprendido a vivir”. Las citas provienen de dos relatos distintos. Su combinación es abrumadora si uno piensa que se trata de la misma persona, de su amigo, de su hermano. En la que tal vez sea su mejor novela, Un lugar pagano, demuestra que ese dolor de la memoria no tiene por qué llevar al suicidio. Hay algo terapéutico y hay algo cauterizante en esa obra. Y nada de ello se muestra con desmesura. Se trata de la novela de alguien que ha aprendido a no echarse la culpa y luego se ha olvidado en qué consistía la necesidad de perdonarse a uno mismo. Vuelve la memoria con tanta tristeza como serenidad.
“Cuando alguien me observa, me vuelvo muy torpe”, dice Kate, la protagonista de la trilogía Las chicas del campo. Con una expresión tan sencilla, contiene toda su vida. “Cuando alguien me observa, me vuelvo muy torpe”, una frase que cualquier escritor desearía haber fraguado, porque aniquila la costumbre y la tentación de sentir lástima por uno mismo, sin renunciar a reconocer que nuestros días no han sido tan felices como deseamos recordar.