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miércoles, 11 de abril de 2018

HOY HE DEJADO LA FÁBRICA


Hoy he dejado la fábrica
David Monteagudo
Rata Books
Barcelona, 2018
175 páginas

Para el David Monteagudo cronista, de espacios breves, con que nos encontramos en este libro, ser ciudadano es una actividad corporativa. La expresión no es nueva. Como casi todo lo que aportó la literatura del siglo XX a la literatura, estaba en Kafka. Pero también en el cine de Vittorio de Sica. Este libro de escenas y microcrónicas, de retazos de imaginación y vuelos del miedo, es un viaje del realismo social del segundo, al realismo onírico del primero. Un viaje que realizamos por dos vías que corren en paralelo: por un lado está nuestro punto de vista, acompañando al narrador. Con la forma que tienen las secuencias, este no puede ser sino un alter ego de Monteagudo. De hecho, el libro es casi un dietario. Y por otro lado está el viaje de la realidad en la que no participa el narrador: la observa. Desde el principio, pone sobre el tapete su propuesta tipo gótico industrial, crepuscular y decadente. La gente fueron personas. De madrugada, cualquier ente con forma humana es un zombi corporativo, integrado.
La mala noticia es que estar integrado en una sociedad en la que lo mejor que uno puede hacer es dejar la fábrica, aunque lleve treinta años trabajando en ella y suponga segarse a sí mismo la hierba bajo los pies, significa que el mundo está enfermo. No sabemos adónde se dirige, pero sabemos que no nos gusta. De ahí que poco a poco el libro vaya siendo más imaginativo. Va abandonando esa suma de realidades individuales que supone la marea humana a la hora de ir al trabajo, esos arquetipos que conoce, para dar paso a la imaginación. En la imaginación viven sus sueños de la actualidad, pero también su familia, que está ahí atrás, en el pasado, en su infancia. La gente es marea, sí, pero al individuo le registra con la mirada en busca de un apunte de dignidad. Porque como grupo no se salva nadie. Hasta que llega a la conclusión de que si existe algo normal, esto son los fantasmas. Los fantasmas provienen del pasado, como la intuición. Vienen de la experiencia. Y a ellos se aferra la gente cuando la cosa se pone fea. Y se pone fea con demasiada frecuencia, tanto cuando estamos dormidos como al estar despiertos.
El viaje terminará por llevarnos al absurdo. Si uno va siguiendo el hilo que nos propone Monteagudo, llega a la conclusión de que para sobrevivir hay que resignarse y, por tanto, el único viaje que te salva es lo que la gente normal llama el absurdo. Porque la gente normal tiene miedo a tonterías y para ellos la memoria funciona como una máquina. Las máquinas no son exactas, se oxidan, se atoran, se ralentizan, se funden. Todas, excepto una, que es infalible: la de los sueños. No nos referimos a los sueños en tanto que ilusiones, que deseos, sino a los sueños que uno tiene mientras duerme. Monteagudo conoce perfectamente cómo funcionan los sueños, la concatenación indescifrable y el aterrizaje insospechado. Pero sigue siendo, aunque no sepamos qué nos espera, o al menos qué nos espera en concreto, un mundo al que podemos huir para alejarnos de la realidad. En los sueños uno es uno mismo y es otro al mismo tiempo. Monteagudo se permite llevar ese supuesto a la realidad, porque ante el devenir del planeta, o uno se permite esa dualidad, o se vuelve loco al comprobar, cada mañana, mientras va a la fábrica, cómo ha vuelto a cambiar el mundo.