Yoshe
Kalb, el pecador
Israel
Yehoshua Singer
Traducción
de Rhoda Henelde y Jacob Abecasís
Xordica
Zaragoza,
2026
270
páginas
Nos
movemos en un mundo que es pura caricatura. Hemos creado una serie de
paradigmas que solo sirven para congestionar nuestros días. Todo es una
deformación, una serie de convenciones sociales que damos por verdades, cuando
se trata de maldiciones. No es posible que la vida sea algo tan rígido. Sobre
esto parece estar protestando, todo el rato y sin misericordia, Israel Yehoshua
Singer (Bilgorai, Polonia, 1893 – Nueva York, 1944) construyendo una buena
novela en la que nos enfrenta a la realidad, y en la que nos enfrenta, al mismo
tiempo, a la inmovilidad y la imposibilidad de fuga frente a esa constreñida
realidad.
Nos
trasladamos a una sociedad judía en la que la tradición se ha instalado sin
saber cuáles serán las consecuencias de la misma. Los principios de los dogmas
deben respetarse, sin que se justifique por qué se crearon ni cuáles son sus
verdaderos beneficios. En realidad, parece que se ha impuesto el fanatismo, como
se impone en muchos relatos distópicos. En la primera parte de la novela nos
encontramos con un adolescente que se casa, pero al que le atrae la nueva mujer
de su suegro, mucho más joven que su marido. Está rodeado de una multitud o,
para ser más precisos, está rodeado de tumulto, de personas que forman un mar
agitado. Si meternos en su cabeza, solo guiándonos por las reacciones que el
autor describe, sabremos que se cuestiona toda la rigidez que acompaña a su
modo de vida. Y eso incluye a la familia que, nos da a entender, es una
institución de mentira, una farsa, una imposición. Ante tanta duda, a él solo
le cabe ayunar y rezar, dos actos bastante inútiles para superar un malestar
tan profundo, porque a lo que se enfrenta es a su naturaleza desde la
convicción de su condicionamiento, que es bastante extremo. El personaje se
dibuja como alguien inseguro, alguien que terminará por actuar de forma
imprevisible, pero silenciosa.
La
segunda parte nos traslada a otra aldea, a la que llega un mendigo. Es un lugar
que padece el mismo fanatismo, el mismo malestar. Aunque cambie de nombre, no
será difícil imaginar que ese mendigo es el mismo protagonista de la primera
parte, que está ejerciendo el que considera su mayor derecho: la libertad de
imponerse una penitencia en condiciones. Pero a la población a la que llega
sufre una epidemia, en la que fallecen niños, y entre la confusión se buscarán
culpables. La culpa debe de ser de quien actúa de forma divergente, y este
tiene que ser alguien que ha venido de fuera, dado que los habitantes del lugar
nacieron con la vida ya escrita. Entonces se acusará al extranjero de haber
mantenido relaciones con una muchacha deficiente, y le obligarán a casarse con
ella. Todo contiene una exaltación religiosa que más bien parece histeria, que
es un tanto violenta, pero que quien vive dentro de ella, quien la respira,
considera que eso es lo natural.
La
tercera parte consistirá en el choque entre los dos mundos, las dos
poblaciones, las dos miserias, de un modo que no desvelaremos. Lo que importa,
lo que nos afecta, es darnos cuenta del mal que supone el fanatismo, ese que
corremos el riesgo de entender que es nuestro ambiente natural, como para el
pez lo es el agua. Ese que los grandes escritores, que son grandes observadores,
no pueden dejar de ver como una caricatura, porque han sido capaces de tomar
distancia y de hacerse las preguntas adecuadas. La publicación de esta novela
es uno de los grandes aciertos de esta temporada, a la vez que un grito de
advertencia.
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