Los
filos de la noche
Manuel
Rico
Huso
Madrid,
2026
221
páginas
El
asunto que atañe a lo que somos, frente a lo que nos gustaría ser, consiste en
darnos cuenta de que somos seres infelices. La vida es una cosa muy seria. Si
pensamos así, no hay bromas suficientes para cambiar este principio: enfrentar
la realidad con lo que nos gustaría que hubiera sido la realidad nos hará infelices.
Sobre el filo de esa navaja se mueve el protagonista de esta novela, que Manuel
Rico (Madrid, 1952) ha reescrito décadas después de su aparición. El tipo tiene
muy claro que su anhelo es el de convertirse en escritor, y que el mundo ofrece
una caterva inmensa de posibilidades de acoso. Es alguien que se ha decantado
por los mitos, como el del espíritu poético y el del Beatus Ille, pues elige retirarse
a la aldea donde fue feliz o donde creyó haber sido feliz. En cualquier caso,
lo que más quiere es la tranquilidad. Esa que no le han dado ni las parejas ni
los amigos.
Estamos
en los momentos de transición, en el final de la dictadura de Franco y los
inicios de la democracia. Eso lo sabremos pronto, lo cual nos empuja a pensar
que asistiremos a un despliegue generacional y a una novela política. Pero
tampoco resultarán exactas esas afirmaciones. Hay un grupo de gente,
universitarios con inquietudes, y hay una atmósfera política que afecta a sus
vidas. Nos limitaremos a asistir a estos días entre ellos y, sobre todo, a la
evolución del personaje central, que estará tratando, constantemente, con el
pasado que no sabe si ha terminado de poner en orden, e ignora en qué medida va
a terminar de construirle. De lo que no cabe dudas es de que la obra intenta
rendir cuentas, hablar sobre lo que transformó al protagonista, que lleva el
significativo nombre de Abel, y que, es posible, tenga que ver con lo que
transformó al narrador. Manuel Rico opta por hablar en segunda persona, pero en
estilo libre indirecto, lo cual nos lleva a entrar dentro de las cabezas de los
actores y asistir a sus planteamientos vitales, con los que se dialoga. El
efecto es una sucesión incómoda, en el sentido en que son incómodas las cosas que
nos hacen crecer, de reproches y culpas. En la voz del narrador los azotes del pasado
son muy efectivos, aunque desfallecen un poco cuando permite a los
protagonistas ponerlos en sus voces, por un exceso de afán literario en sus
expresiones, que borra un poco la credibilidad. No importa, de lo que se trata
es de retratarlos y es así como quedan retratados.
El
tema de la novela bien puede ser la construcción de una soledad. Para que
exista la soledad tienen que existir los otros y, a ser posible, tienen que
haber sido muy importantes en nuestras vidas. El riesgo de tratar con el pasado
es semejante al que corrió la mujer de Lot, que es volverse una estatua de sal
de tanto acumular nostalgia. Abel trata de acompasarse a una nueva vida de
solitud en la que el pasado no moleste. Hasta que reaparecen quienes construyeron
esa parte del pasado tan llena de ilusiones. Su mayor problema, a la hora de reconciliarse
con él, es la creación de resistencias por tratar de combatir los recuerdos: «Rehúyo
la ciudad, no quiero saber nada de lo que quedó atrás, nada de Elia, nada de
ti, ni de Iríbar, ni de nadie que pueda avivar un tiempo maldito, abrasador,
lleno de renuncias, frustraciones, miedos y desengaños… Imprescindibles, sin
duda, pero tan imprescindibles como devastadores». Uno tiene que aceptar que no
es dueño de sus días y de sus noches, de lo contrario el malestar puede
terminar por devorarle. Aunque siempre estará la gran tragedia, la tragedia
innombrable, para recordarnos que esas pequeñas tragedias que nos han ido
tejiendo son, exactamente, pequeñas. Manuel Rico explora, con acierto, la
condición humana.
Fuente: Zenda

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