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miércoles, 20 de diciembre de 2017

DIARIO DE UN VIAJE A LAS HÉBRIDAS CON SAMUEL JOHNSON

Diario de un viaje a las Hébridas con Samuel Johnson
James Boswell
Traducción de Antonio Rivero Taravillo
Pre-textos
Valencia, 2016
558 páginas

James Boswell (1740 – 1795) es el mejor prosista de la historia. O al menos tan bueno como el mejor. Lo es en inglés y en traducciones como la de Rivero Taravillo, que respeta mucho el sonido purísimo del original. Esa es la razón que hizo de él un autor de referencia para Robert Louis Stevenson, quien confesaba leer cada día unas pocas páginas de la biografía que Boswell de dedicó a su amigo Samuel Johnson (1709 – 1784). Es posible que en ese género tan áspero, sea la mejor biografía jamás escrita. Al menos eso consideran quienes disfrutan leyendo biografías. El tono de esa obra inmensa, de casi dos mil páginas, es idéntico al de este libro de viajes por Escocia, un proyecto más modesto pero otra loa a la sabiduría de Samuel Johnson. A fecha de hoy, para comprender bien este libro debemos enmarcarlo en el siglo XVIII: entonces existían paredes de granito que separaban las clases sociales, y uno de ellos tiene que ver con la erudición, con el acceso a la educación, con la especie intelectual. El acceso a ella dependía en buena medida de la cuna.
“El doctor Johnson no quiso ver el bosque. Siempre decía que no había ido a Escocia a ver lugares bonitos, de los que había suficientes en Inglaterra, sino cosas salvajes: montañas, cascadas, costumbres peculiares; cosas que no hubiera visto antes, en suma. Creo que en ningún momento sintió demasiada afición por la belleza rural. En cuanto a mí, la que siento es bien escasa”. ¿Costumbres peculiares? ¿A qué se refiere con ese adjetivo, si luego no se acerca al entorno rural? ¿Negarse a ver un bosque porque no es salvaje? El párrafo es demoledor si nos atenemos al juicio actual. No debemos caer en esa trampa. Al igual que no debemos caer en la universalización de los juicios de Samuel Johnson. Buena parte del libro está montado sobre los diálogos que mantenía con los teólogos, abogados o filósofos que iban conociendo. Y cada diálogo termina con el buen juicio de Johnson sobre uno u otro asunto, aunque siglos más tarde su posición sea difícil de mantener: “mi ánimo siempre se impresiona con admiración ante personas de alta alcurnia”, es un complejo del autor que no aceptamos con agrado. Pero no sigue vigente su forma de razonar, que reproduce en buena medida la prosa: serena, permitiéndose pensar lentamente, escuchando, emulando a Sócrates, quien, sin duda, y tal vez sin saberlo Johnson, fue su maestro. Para ser sublime sin interrupción, uno tiene que expresarse deliberadamente despacio.
Queda en evidencia que el viaje a Escocia es un pretexto para hablar del alto valor moral que puede alcanzar el hombre. En este caso, representado en Samuel Johnson, quien huye de cualquier forma de violencia, incluida la burla o la sátira, prefiriendo reflejar sus pensamientos en juicios claros, hablando solo de aquello sobre lo que ha tenido tiempo de reflexionar, hasta el punto de permitirse tener una opinión propia. En su momento, pocas mentes debían estar tan alejadas de los lugares comunes, a pesar de ser cristiano hasta las cachas, lo cual le obliga a sostener un parecer que no contradiga su fe. Boswell busca que el lector admire a Johnson y a este le concede carta de naturaleza para decir lo que quiera en sus especialidades: la abogacía, la ética, el discurso poético, la teología y algunas variedades del saber que todavía no habían alcanzado el grado de especialidad, como la comprensión del hombre en tanto que ser social, o la refutación del ingenio como fuego fatuo, a favor de la conciencia moral que respete al prójimo.

Escrito en forma de diario, sereno, este libro complementa al que el propio Johnson escribió: Viaje a las islas occidentales de Escocia. En cuanto a otros términos literarios podría debatir cuál es mejor de los dos. Pero en cuanto a la prosa, el alumno aventaja al maestro.

Fuente: Culturamas

viernes, 8 de diciembre de 2017

EN ISLAS EXTREMAS

En islas extremas

Amy Liptrot

Traducción de María Fernández Ruiz
Volcano
Madrid, 2017
260 páginas
Del mito de Pigmalión existe una versión muy difícil, que ni siquiera el teatro más vanguardista, con monólogos apelmazados, ha conseguido fraguar: aquel en el que solo existe un actor. Escultor y escultura que cobra vida por intermediación de un dios, sin que exista dios. Ese es el reto del que Amy Liptrot sale con todas las medallas literarias en esta obra. A lo largo de su vida, solo ha existido ella para destruirse y construirse. Su padre era un maníaco depresivo, y su madre una fanática religiosa, que la llevaron a criar a uno de esos lugares, las islas Orcadas, donde nadie en su sano juicio elegiría vivir, aunque solo fuera porque el viento vuelve loca a la gente. Sin embargo, a lo largo de esta historia de desdicha y rescate, el regreso del viento será la metáfora de la terapia de sanación. Liptrot no tiene ningún reparo en desnudarse y narrar con pelos y señales sus años de alcoholismo en Londres. Pero entre lo que ofrece la ciudad y los acantilados, tenía bien claro que sus mejores opciones estaban en la ciudad: se reía más, follaba más, bebía hasta perder la noción de quien era, y aun así siempre había alguien dispuesto a darle una nueva oportunidad en un trabajo. Pero el alcohol es destrucción, por mucho que el borracho vea el arco iris. Liptrot se pierde emocionalmente y en un arranque de cordura, tras un par de años de vicio, se da cuenta de que lo que está haciendo es tapar una tristeza patológica. Y comienza su labor de Pigmalión esculpiéndose a sí misma, desde la terapia de desintoxicación al aprendizaje sentimental de los pequeños momentos. Un baño de unos segundos en el mar del Norte, será suficiente como para justificar un día de vida y purificarla de cara a la siguiente jornada.
En su regreso, Liptrot reniega de su infancia y no se arrima a sus padres, pero sí al cielo. Aunque sea gris y aunque llueva, es un cielo en el que el viento está presente, es armónico, da paz o, por usar una expresión de ella, es pura geometría líquida. Liptrot regresa para construir su granja, que derivará en agricultura y ganadería ecológica, aunque acepta trabajos de meses en los lugares más inverosímiles, los más alejados del resto de la humanidad, vinculándose siempre a la ecología. La astronomía, las auroras boreales, la música del mar, la luz, la geomorfología de la costa escarpada, los bosques de algas bajo las olas, toda una isla que puede recorrer libremente a pie o rodearla nadando, la liberan de su atadura al alcohol. Existen, sí, muchas frustraciones. Incontables, pero de todas ellas sale con la alternativa de reírse, no como en la civilización. La civilización, en buena medida, llena el tiempo que cubre una vida, pero no permite afrontar el vacío existencial, tan lógico, tan humano.
Y sí, lo humano también está presente en las islas. Son pocos los habitantes, pero no existen escalas generacionales, ni separaciones de casta ni nada por el estilo. Cualquiera puede ser tu compañero. En ese sentido, Liptrot se muestra como una voyeur o una etnóloga, no sabemos bien a qué carta quedarnos. Y de lo humano, también rezuma lo telúrico, lo arqueológico, algo fundamental en una persona en reconstrucción. Primero debe conocer sus propias ruinas, como va descubriendo las de las islas. Esta versión de Pigmalión representa al hombre o a la mujer como una isla. Cada encuentro con cada parte de la isla, es un reencuentro con una parte de ella misma. Y comprueba que se sostiene sin recurrir al elixir del olvido. Un ejercicio literario de mucha altura, puro aire fresco.
Fuente: Culturamas

domingo, 12 de noviembre de 2017

ISLAS DES-CONOCIDAS

Mitos, misterios, fantasmas y fraudes

Islas des-conocidas’ es uno de esos libros para regalar. Con aspecto de libro ilustrado, en el que se impone lo gráfico, se trata sin embargo de un texto muy atractivo acerca de la evolución de las islas en el imaginario y en la ciencia, desde la prehistoria hasta Google Maps.

Después de libros tan maravillosos como Atlas de islas remotas Fuera de mapa, uno sigue deseando que aterricen en su mesa de trabajo más libros con ese espíritu.





miércoles, 25 de octubre de 2017

Islas des-conocidas

Islas des-conocidas

Un archipiélago de mitos, misterios, fantasmas y fraudes

Malachy Tallack | Katie Scott

Editorial: GeoPlaneta
Temática:
 
Colección: Atlas
Número de páginas: 144
Un viaje por 24 islas que en su día se consideraron reales pero que ya no están en los mapas porque fueron producto de la imaginación, de engaños o de errores humanos.
Sinopsis de Islas des-conocidas:
Cada una de estas islas “des-conocidas” tiene su propia historia. No hay dos exactamente iguales… Algunas de ellas han contribuido a forjar culturas, mientras que otras no han despertado la atención de casi nadie. Unas son extrañas y fabulosas, mientras que otras son plenamente verosímiles. Todas ellas reflejan de algún modo los valores de su tiempo, y todas ellas han enriquecido la geografía de la mente. Este libro es un homenaje a estas islas perdidas y, con ellas, quiere narrar la historia de cómo se ha creado la imagen del mundo.

martes, 3 de octubre de 2017

LA OTRA CARA DEL MAR

La otra cara del mar

Louis-Philippe Dalembert

Traducción de Manuel Serrat Crespo

El Cobre
Barcelona, 2004
186 páginas
15 euros

El pueblo de la isla


Esta es la historia de Haití a lo largo del siglo XX, el país más pobre de América, porque es la historia de sus habitantes. Es fácil olvidar, ante imágenes de catástrofes o informaciones políticas y de actuaciones militares, ante cifras de miseria o el impacto visual de una jaula de costillas en la foto de un niño hambriento, que la gente también se quiere, que la gente tiene familia, que un nieto adora a su abuela y que una abuela se desvive por su nieto. Como Grannie y Jonas, los dos protagonistas y narradores de esta novela en la que el sufrimiento queda más allá de la narración, en algún lugar oculto por el silencio que produce una falta de diálogos que es todo un tributo a la tierra donde nació Dalembert. Pues aunque él, Dalembert, haya elegido o se haya visto obligado a residir fuera de Haití, los dos personajes deciden vivir en una ciudad que no tiene nombre, pero en la que es sencillo reconocer a Puerto Príncipe: ella, la anciana, tras sobrevivir a las tragedias esclavistas del exilio, y él, el joven, pese a tener el alma dividida por culpa del amor. De alguna manera, esta novela trata sobre la necesidad de tener raíces.
Estructurada en tres tiempos, como una sinfonía en la que el segundo movimiento actúa de bisagra para aclararnos a qué se debe el cambio de voz, a la vez que se explican las razones que hacen de la relación entre abuela y nieto, la expresión simbólica de la ternura, un hecho digno de reseñar. En el primer capítulo, tal vez el mejor, la anciana recuerda su vida como el que cierra los ojos y deja que sean las imágenes las que vayan acudiendo a las pantalla de sus párpados, esforzándose, muy levemente, en otorgarlas un orden cronológico. Durante su infancia la familia huye de la ciudad por la salida que no cubren los invasores o el mar, es decir, hacia las colinas y los sueños. Sobreviven a la esclavitud y a la cacería humana, en unas secuencias bellamente narradas, a las que asistimos desde el recuerdo parcial de la mirada de la niña aunque, por un buen hacer narrativo, somos capaces de comprender todos los acontecimientos. La vida continúa desplegándose alrededor de esta niña, con la resignación de quien acepta el dictado de un Dios inclemente que ha decidido que ellos sean pobres, y pretende responder a la pregunta de si esos sucesos que ha vivido son una vida, no disponiendo de otra herramienta que no sea su memoria.
A continuación, el segundo capítulo es un paseo por una ciudad oscura, violenta y pobre, acompañando al nieto, Jonas, en el que se nos explica que su abuela es para él un faro sólido, endurecido por su pasado, al que agarrarse cuando se flota sobre el mar podrido.
En el tercer capítulo será el nieto quien nos hable de su juventud, de su debate entre el amor adolescente, el primer amor que será el verdadero, y la resistencia política. Al tiempo que se descompone su ciudad, asiste al envejecimiento de su abuela, hasta que el final, trágico, sucede: la gente se encomienda a Dios y se embarca para buscar la otra cara del mar, ante los ojos incrédulos de una anciana, que regresa a su condición de verdadera protagonista de la novela: tras sobrevivir durante su infancia al drama del desarraigo, al viaje a pie por las colinas y la selva perseguidos por cazadores y perros, y a la pérdida de un hermano, acaba asistiendo, por televisión y vía satélite, pese a que aquello está ocurriendo a pocos metros de donde ella se acuna en una mecedora, a la muerte de un pueblo entero. Aquel al que pertenece Louis-Philippe Dalembert y del que nada sabríamos de no ser porque editoriales como El Cobre se preocupan por testimoniar para nosotros su existencia.

Fuente: Tribuna/Culturas