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lunes, 25 de junio de 2018

FUMIKO


Hayashi Fumiko
Vagabunda en el Japón de posguerra

Cuando uno ha visto la película Nanking, Nanking. Ciudad de vida y muerte, del director chino Lu Chuan, estrenada el año 2009, la impresión sobrevive casi una década después. Ninguna otra película partirá al espectador con el mismo brío, con el mismo descaro. No existe una mayor representación de la crueldad masiva ni una emoción más potente y, por lo tanto, uno se atrevería a afirmar que a su lado, cualquier otra película es una menudencia. Tal vez sea la última obra maestra que ha dado el séptimo arte. Para quien no la haya visto, le desvelaremos algo de una secuencia. La ciudad de Nanking ha sido arrasada por el ejército japonés y un soldado nipón nos acompaña a la hora de presenciar las secuelas. Una de ellas afecta directamente a las mujeres. Hambrientos de sexo, los soldados japoneses exigen que se les entregue a las mujeres refugiadas en la iglesia católica, todavía algo protegidas por embajadores y sacerdotes extranjeros. El pacto final consiste en ofrendar a unas pocas. Se reúnen y ante la perspectiva de la matanza o el sacrificio, unas pocas se ofrecen voluntarias. Apenas se ve nada en los planos posteriores: unos soldados borrachos riéndose y un plano corto de una mujer con la mirada vacía, la cabeza vuelta hacia un lado, y el sonido fuerte de una respiración fuerte. A continuación, vemos cómo los cadáveres desnudos son arrojados, como si se tratara de leña, a un carro que los transportara, sobre el barro, hasta una fosa común. Filmada en blanco y negro, la elipsis, incluida la de los colores, hace de la secuencia un tormento, a no ser que es espectador sea un psicópata.
Hayashi Fumiko (1903 – 1951) fue la primera mujer en entrar en Nanking para, supuestamente, dar testimonio de prensa. Uno está al acecho de leer un testimonio valiente, una denuncia, pero su crónica es una loa a la victoria japonesa, al emperador y contra los malvados chinos. Fumiko era japonesa, pero no fue su nacionalidad ni su educación lo que la empujaron a ser tan inconsciente de forma tácita, por iniciativa propia. Fue el hambre. Fumiko afirmaba que en cuanto cumpliera cincuenta años, revisaría todos sus escritos autobiográficos y narraría su vida de otra manera, como el que ya ha encontrado un consuelo. Murió a los cuarenta y ocho de una insuficiencia cardiaca. Entre su producción literaria nos dejó algún poemario, unas cuantas crónicas de viaje, pocas novelas y un diario, o algo parecido a un diario, porque el título, Diario de una vagabunda, es engañoso. El libro es otra obra maestra de lo cruel que puede llegar a ser la vida y la incompetencia que tenemos para entender las razones. No sabemos por qué nos elige para sufrir y apenas da cuenta de que, siendo niña, la única forma de combatir a esa conciencia de niña sucia que come lodo, es tener fantasías limpias. Aunque recordarlas suponga invocar de nuevo a la tristeza.
Diario de una vagabunda es un testimonio de supervivencia en un país, y sobre todo en su capital, Tokyo, tras las derrotas en las guerras. El libro apenas habla de los demás como satélites que orbitan alrededor de la autora, pero satélites necesarios. Se trata de una búsqueda incesante de paz, un Bildugsroman que comienza mucho antes de tiempo, con una separación de la madre propia de los cuentos de hadas. Pero lo que en los cuentos de hadas es una representación, una transferencia de la separación, aquí es real. Tanto que Fumiko está constantemente hablando de lo que siente, no de lo que piensa, porque ella es algo así como un recipiente que no cesa de vaciarse y debe buscar cómo rellenar de nuevo. Si para un budista que practica la meditación solo existe el presente, porque se puede permitir el lujo de elegir, para ella solo existe el presente, porque tiene que encontrar cómo llevarse algo a la boca. A la suya y a la de su madre, alejada, que representa la patria, las raíces. Fumiko jamás superó eso que hoy se conoce como el síndrome de Ulises, el del emigrante. Siempre creyó estar sola y eso da pie a escribir con una subjetividad sin grilletes.
A lo largo de los años, de salto en salto, nos habla de su crecimiento, de su paso a mujer y a amante, incluso de su inclusión, también como amante, en círculos artísticos y literarios. En realidad, eso no importa. Se impone el tono sombrío que da unidad a la obra, que da unidad a su vida. Tan sombrío como para corresponder al periódico que la envía a Nanking redactando una crónica de lugares comunes sobre el ejército de un emperador hijo del mismísimo sol. Incluso cuando parecía que la suerte laboral se enderezaba, Fumiko seguía pasando hambre. Sus alarmas estaban siempre tan erizadas, que apenas permitía a los demás acercarse y alejarse sin que sepamos cómo. Jamás narra cómo entran y salen los demás en su vida, a pesar de que el diario está reescrito para una edición posterior, en la que se unificaron los tres cuadernos que fue publicando. La sensación que transmite es que entabla relaciones humanas pensando ya en cómo salir de ellas. Posiblemente debido a que sabe, porque lo ha vivido en la carne y en la sangre de la que estaba hecha esta pequeña mujer, que la gente miente. También ese desengaño le dio carta de naturaleza para mentir en sus crónicas. Con ese estigma, será imposible encontrar su lugar en el mundo.
Escribe poesía contra el vacío o para explicar el vacío, no sabemos muy bien. Al fin y al cabo, se trata de una erudita autodidacta, una mujer que ejerce la mendicidad en compañía de Chéjov o de Schnitzler, una lectora ávida, apasionada por el estudio que, sorprendentemente, escribe un libro memorable sobre todo lo que es la condición humana fuera del intelecto. Hay muchas formas de ejercer una transferencia buscando la cura que Freud creyó hallar en el psicoanálisis. Una de ellas es la confesión escrita. Es algo que uno ejerce en soledad, figurándose que no hace falta psicoterapeuta, pero que necesita que alguien lo sepa, como si cualquier lector pudiera sanarla. La sanación, o el poco de sanación que consigue, es gracias a sus expresiones, a ser capaz de formularlas, no a nuestra lectura.
Fumiko no poseía ni siquiera una foto de infancia, pasó varios días de juventud sin comer y para distraer el hambre intentó algo parecido al suicidio. La expresión es de ella, porque sabe que existen dos tipos de suicidas: los reales y aquellos que lo que quieren es dormir un rato y despertar en un mundo mejor. Ese es su caso. Dicho de otra manera: no se rinde y sigue confiando en que los lectores la escriban cartas bonitas y su madre se encuentre bien. La felicidad quedará reducida a eso. Ni siquiera, afirma, quiere ser amada. Pero todos sabemos que una expresión así solo puede salir desde el miedo. Y este pudo tener su origen en el día en que abandonó el hogar de su padre cuando metió en casa a una geisha, estando ella y su madre delante. Luego recuerda haber vivido en poblaciones que se parecían a trenes de carga, pasarse horas en sitios a los que la gente acudía para emborracharse, donde las mujeres tenían mirada enfermiza. Pero “sobre las esteras de paja, los niños jugaban desnudos como cebollas peladas, encaramándose unos sobre otros”. Existía la felicidad de la niñez, que se le negó a ella, pues se veía obligada a ser una mera espectadora de la de los demás.
Fumiko aseguraba que solo en el retrete sentía que su cuerpo era suyo. Crece y comienza a leer libros. Quiere estar más cerca de Chejov que de las prostitutas de Kioto. Se da cuenta de que ella no es como los demás: “¿Acaso este maestro no sabe que aun los tréboles que comen los caballos dan unas hermosas flores blancas?”. Lo que para los demás es forraje, para ella es belleza. Ha sido capaz de darle la vuelta al refrán que dicta que no hay rosa sin espinas. Sabe que estamos en el abismo, a punto de caer, pero también en el umbral de la luz y la esperanza. ¿O puede que al invertir los términos encontremos a la verdadera Fumiko?
“En el foso del palacio centellean las luces del Teatro Imperial. Me imaginaba los raíles por los que iba corriendo el tren. Todo, absolutamente todo, está quieto. ¿Habrá paz en el mundo?”
La cita es sencilla, como los cuentos de Chejov. Pero resulta que lo complicado es ver las cosas de forma sencilla: un teatro que es la fiesta, un tren que es el viaje, y todo está quieto. La interrogación es una expresión que significa lo que la abruma pensar en lo inmenso que es todo lo que está más allá de su cuerpo. No es capaz de concebir que exista una medida para el mundo. Se implica un poco en los movimientos de izquierda del momento, presididos por intelectuales (otra vez la palabra maldita), inquieta, a la caza de alguna pista que la ayude a superar esa sensación de ser hormiga. La decepción es enorme.
Fumiko habla de cómo vive, en la sencillez extrema: dos tatamis, unas ollas de barro, unos tazones, un recipiente de cartón para el arroz, una canasta con tapadera y un escritorio, cosas que perseveran “como si fuesen las deudas de toda mi vida”. Y habla de una habitación iluminada diagonalmente por el sol matutino, que brilla a través de un tragaluz, de ese tipo de tragaluces con listones que dejan pasar líneas de brillo en la que flota el polvo. Pero luego se pregunta, sin ambages: “¿Qué es la revolución? ¿Por dónde soplan los vientos? Ellos conocen bastantes palabras refinadas. ¿Será que los intelectuales japoneses y los socialistas japoneses imaginan cuentos de hadas?”. Hasta ahí lleva su decepción: renegar de la utopía, eso que sirve para caminar sin alcanzar nunca el horizonte. Hubo demasiado realismo en su día a día, trabajando de esto y de lo otro, apresurada, inclinada y sin sentarse ni cuando vende en la calle ni cuando cose banderines para el Ejército de Salvación. Y mucho menos cuando explota su cuerpo en un cabaré, donde se arruinan las mujeres hasta parecer estropajos. “No es necesario pensar en nada”, concluye a una edad en la que los adolescentes tardíos están de vuelta sin haber ido a ninguna parte. “Todos hablamos mucho”, sostiene, para compensar, porque habiéndose codeado con gente que maneja dinero, ella sigue siendo parte del ejército de los pobres y sostiene esa conciencia con dignidad: “Cuando somos pobres, nos abrimos mutuamente y nos convertimos en uno solo, más allá de la amistad”.
“Todas somos solitarios cuclillos de montaña”. La expresión, triste, se refiere a las vagabundas que peregrinan de trabajo en trabajo, que pasan hambre y se duelen de las heridas, en las calles de Tokio. Pero ella tenía que sembrar esa definición de lirismo. Ya ha decidido que esa será su religión, que hablará con ojos húmedos a un dios, pero que ese dios será la luna indiferente que se ve fuera de la deforme ventana. Vivir así es tedioso y se plantea la prostitución como alternativa, cuando consigue publicar sus primeros artículos y sus primeros versos. A pesar de todo ello, ¡maldita sea!, uno echa de menos el arrojo suficiente como para denunciar los abusos en Nanking.
A los diecinueve años, Fumiko ya había escrito sus primeras líneas. Su prometido la arrojó a los pies de los caballos echándola de casa, por culpa de la diferencia de clase. Fue amante del actor Tanabe Wakao, un hombre casado, mantuvo relaciones con el enfermo poeta dadaísta Nomura Yoshiya y casi con un vecino anónimo, feo, quizás el único hombre que le trajo algo de paz a cambio de nada. Hasta que se casó con el artista Tezuka Masaharu, con quien intercambió caricias y a quien engañó varias veces manteniendo simulacros de amor con otros hombres. Tras el éxito de su Diario de una vagabunda, viajó a Europa y pasó hambre en París durante dos meses. Después de Nanking cubrió otros frentes de batalla de la Segunda Guerra Mundial, como Indonesia, Singapur, Java o Borneo. Pero siempre guardará predilección por Dalat, la población de las montañas del norte de Vietnam, donde encontró algo de reposo. Su novela más famosa, Nubes flotantes, es un recorrido del sosiego a la mala muerte a medida que Dalat va quedando más lejos en la memoria de la pareja protagonista. Lejos de Dalat lo que vive no pertenece a la naturaleza. Será extranjera en la ciudad y apurará cada alegoría del mundo natural que permite la literatura japonesa para reflejar en qué consiste la felicidad. No hay libertad sin ese toque de alegría que producen los paisajes y los pájaros, el sol y el agua. La vida que hemos construido en las ciudades fue un vacío del que no supo salir, pero que nos dejó uno de los testimonios más relevantes de las consecuencias de las grandes guerras. Diario de una vagabunda trata sobre la mutilación, sobre las heridas de guerra perpetuas. Su lectura nos remite a la actualidad, a esos fenómenos que llamamos crisis, pero cuyo resultado es idéntico al de la guerra. Hoy hay miles de vagabundos, en el mismo sentido en que Fumiko fue la vagabunda fragmentada que ella se representa con una potencia descomunal en un libro clave de la literatura del siglo XX, repartidos por los callejones del planeta.