lunes, 25 de marzo de 2024

EL MURMULLO DEL AGUA

 

El murmullo del agua

María Belmonte

Acantilado

Barcelona,

 196 páginas

 



«Y es que sumergirte en el agua es, como en el sexo, cruzar una frontera y penetrar en un nuevo territorio, en una atmósfera distinta donde rigen otros valores más elementales que refractan el tiempo y los sentidos; es una experiencia total, entras en otro elemento, te sumerges en otra dimensión. Y mientras nos esforzamos por mantenernos a flote, en el agua recuperamos nuestra olvidada condición de animales».

El delicado proyecto literario de María Belmonte (Bilbao, 1953) vuelve a pasar por lo más clásico, y tal vez lo mejor, de la cultura del sur de Europa. Hablamos de alta cultura, pero no de cultura de élite, de cultura noble, de belleza, en el sentido en que la belleza es una creación artística. Que, en este caso, contiene una buena parte de inspiración natural, pues será el agua y la incursión del agua en las artes la que ejerza de eje creativo. El libro lleva por subtítulo Fuentes, jardines y divinidades acuáticas, lo cual nos vuelve a llevar hasta los mitos griegos o los artistas del Renacimiento. Será inevitable encontrarse con Ovidio y con Bernini, pero también con la construcción de los grandes acueductos romanos.

El Mediterráneo quedará como el lugar al que va el agua que nutre el espíritu del libro. Y, como en las anteriores obras de Belmonte, la forma la irán dando los estudios sobre los clásicos. En ese sentido, el libro es un regalo para amantes de las interpretaciones mitológicas o la historia de los siglos XVI y XVI, además de para quienes estén interesados en proyectos de ingeniería urbana. De vez en cuando, se permite alguna incursión en anécdotas de viaje, en sucesos personales, pero donde mejor se desenvuelve es cuando toca aquello que, aparentemente, más ama, que es la cultura que busca belleza. Las formas de arte, que es a lo que nos referimos, que han ido construyendo unas piezas del entorno urbano que nos remiten al agua. El trabajo de erudición es magnífico, como siempre, porque consigue dar orden a algo que no pareció ir creciendo para ordenarse bajo el centro de interés que ella construye. Las fuentes y los jardines han sido privilegios de clases altas durante siglos, que es algo que condiciona el tipo de cultura a la que atañe el texto. Pero sí existen apuntes a esa parte de la historia y a dónde encontrarla. Lo que ocurre es que aquí nos sumergimos en delicadeza, y para ello conviene evitar el barro, que también se forma con agua. Estamos, en definitiva, ante un ensayo sobre lo sublime en el que interfiere, eso sí, la condición humana, sobre todo la de los que intentan organizar desde arriba. Esa parte de la historia gesta interés en los momentos en que lo descriptivo no es suficiente. Y se agradece.

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