martes, 29 de septiembre de 2020

TROL

 

Trol

Luis Pérez Ochando

El Transbordador

Málaga, 2020

173 páginas

 


Uno se pregunta cuál es el peso de la naturaleza, la madre naturaleza, en tiempos de Nintendo. El miedo a la naturaleza habita en nosotros desde que el primer mono supo agarrar un garrote gracias al dedo gordo y comenzó a desarrollar nuevas formas de inteligencia. Algo debería haber evolucionado desde aquellos que se escondían en las cuevas por temor al oso, hasta estos que sobreviven entre asfalto, cemento y cristal, con la calefacción de gas ciudad y haciendo compras a través de Amazon. Pero el miedo resulta ser un factor común, más eterno que universal. Tememos a lo desconocido y en la naturaleza se nos siguen escapando demasiadas cosas: para evitar el miedo, intentamos controlarla. Sin embargo, las expresiones del miedo siguen vigentes en las leyendas, en mitos, en sueños. Se idearon criaturas que nos mantenían a raya, vivos, cuyas formas eran concretas en los relatos de terror o en los cuentos de hadas. Ahí están, por ejemplo, los troles. ¿Sería posible convivir con uno de ellos?

Luis Pérez Ochando (Requena, 1982) nos propone un relato en el que una niña tiene por hermano a uno de ellos. Las interpretaciones que se nos van ocurriendo a lo largo de la lectura son varias: desde que se trate de una invención de la niña, debida al exceso de celos por culpa del síndrome del príncipe destronado, hasta que sea real y los padres se equivoquen al verlo, por culpa del deseo de tener un hijo hermoso. Al fin y al cabo, no hay padre que no considere que su hijo es guapo. Poco importará la resolución final, pues a lo que atendemos es a una transformación en la que se confunden niños y bestias. Cabe resaltar que en los sucesos irá influyendo la desaparición de la vida de la pequeña de un perro: perdemos a la figura antitrol, a la bestia amable, al amigo, y aparece la bestia cercana, el hermano, un anuncio de algo terrible. La convivencia irá dando lugar a diversos sucesos más o menos previsibles, más o menos imaginativos, en los que la figura que representa nuestro miedo a la naturaleza retuerce una vida costumbrista. Pero a medida que avanzamos, el deseo de ser naturaleza, aunque en ocasiones eso implique ser salvaje, se impone.

Esta novela breve funciona mucho como un relato audiovisual, como si estuviera pensada para transformarse en un episodio de una serie fantástica, en la que lo extraño se inmiscuyera en nuestras vidas sin permiso. Estamos habituados a narraciones de este calado, por lo que nos resultará cordial la lectura, que no pretende lucirse estilísticamente. Todo está en función de la relación con el lector, que asiste al pequeño teatro preguntándose para qué creamos a los monstruos si no es para que nos resuelvan los enigmas que la ciencia y la técnica no es capaz de doblegar, a no ser destrozando la parte salvaje de nosotros, que deberíamos tratar de conservar con cuidado, pues sólo así podremos reconciliarnos con aquello que no conocemos, que es la fuente de la que mana el miedo.

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