sábado, 18 de mayo de 2019

AMA


Ama
José Ignacio Carnero
Caballo de Troya
Barcelona, 2019
230 páginas

Edipo quiso, en el fondo, dejar de ser el mismo, o al menos de parecerlo. O, para ser más concretos, que no le sucediera el destino que los dioses habían escrito para él, un deseo tan noble como necesario: la condena a ser lo que alguien ajeno ha decidido por nosotros es una cárcel. En el caso de Edipo, dio nombre a un síndrome sobre el que mantenemos una vigilancia latente hasta el final de los días. Pero hasta el final de los días propios, pues ni siquiera la desaparición de la madre nos libra de la maldición de los fantasmas interiores, si es que esos fantasmas existen. En cualquier caso, la atención a las diferencias entre el amor natural y los síndromes naturales, pueden dar lugar a conflictos emocionales, de esos que uno medita y consume en soledad. Es la soledad lo que da pie a esta novela, Ama, más que la resolución de un Edipo que, a juzgar por el texto, el autor tiene bien trabajado. Aunque en manos de un psicoanalista, la lectura pudiera dar lugar a una falsa interpretación. Sea como sea, el movimiento de piezas que surgen del fallecimiento de la madre da pie a una obra con bastante potencia emocional, y eso es lo que importa.
Si tratáramos sobre síndromes, en realidad el que se impone es el síndrome del miembro fantasma, ese que lleva a quienes sufren una amputación a creer que el miembro sigue presente debido a la forma de procesar y transmitir información del sistema nervioso. Para solventar este síndrome se han creado estimuladores que se implantan en la médula. Eso resulta más o menos acertado siempre y cuando lo que nos falte sea algo orgánico, biológico: piel, carne, huesos y sangre. Todavía no se ha inventado el aparato que nos evite el síndrome de miembro fantasma cuando el que desaparece es un ser querido. Y, de hecho, en caso de existir apenas convencería a nadie para ponérselo. Nada más triste que evitar sentir una tristeza que pertenece al rango exclusivo de la sensibilidad. El intento de José Ignacio Carnero (Portugalete, 1986) es algo parecido al de cauterizar a través del espacio literario. El problema no es la novela a la que da lugar, que contiene buenos mimbres y merece la pena ser leída, sino que la catarsis a través de la escritura jamás se ha producido. Aunque esa limitación pertenece al terreno de lo personal, tal vez de lo psicológico, a alguna de las etapas del duelo, y no es el que nos ocupa.
En lo que se refiere a Ama, la obra se nos presenta con un existencialismo sobre los cimientos de lo cotidiano: el narrador es un hombre integrado en la estupidez social, y descubre que es estupidez cuando le azota un suceso que recoloca cada emoción en su lugar: frente a la muerte de un ser querido, su madre, todo lo demás se queda muy alejado de lo que somos. Como a Edipo, se nos plantea que eso que hemos ido construyendo es algo que los dioses escogieron por nosotros y renegamos de ello hasta el punto de que firmaríamos sacarnos los ojos para evitarlo. La novela retrata a una generación a través de una sintaxis en la que Carnero sabe que lo más importante no son los alardes, sino no equivocarse. Y la presencia de la madre le lleva a un planteamiento que lo aleja de uno de los referentes del autor: ese Knausgard peripatético y ambicioso que casi cae en la falta de emoción queriendo abarcarlo todo.
Frente al autor escandinavo, Carnero elige la idealización del pasado. La solución frente al destino trazado por los demás es relatar el pasado con el lirismo de la memoria. Sabe que el éxito sería algo muy personal, pues como confiesa en las primeras páginas en varias ocasiones, las cosas se limitan a suceder. Pero el empeño no desfallece, la búsqueda de consuelo se va imponiendo, se va imponiendo el lirismo frente a la parte más existencial de sus días: frente a Netflix o Tinder, que apenas sirven para mantenernos entretenidos en un tiempo que no deberíamos dejar que sucediera sin que nos afectaran las caricias de las alas de los ángeles y de los rabos de Satán.

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