miércoles, 16 de enero de 2019

DESPUÉS DE LA NIEVE en LA LÍNEA DEL HORIZONTE

Después de la nieve

‘Después de la nieve’ es el nuevo libro de Ricardo Martínez Llorca, finalista del Premio Desnivel 2015. Literatura –en mayúsculas– de montaña. Pero aunque en sus páginas aparezcan nombres como Catherine Destivelle, John Bachar o los hermanos Pou, no es necesario ser montañero para leerlo.


29 de febrero de 2016
Admiro sin disimulo a quienes cuentan algo haciendo con ello literatura, poniendo en la tarea todo el esfuerzo necesario para escribir bien, buscando la belleza que acompaña a algunas palabras y huyendo en cada línea de la forma, plana y aburrida, en la que se redactan los telegramas, aunque a veces contengan noticias capaces de cambiar una vida.
Libros de montaña
Felix Haller, Flickr.
La primera idea que me ha venido a la cabeza nada más terminar la novela, ha sido que acababa de alcanzar el punto y final de uno de esos libros en los que la forma vence abrumadoramente al fondo e inunda de belleza cada rincón de la narración. Inmediatamente, he recordado aquello que dijo Banville: “El estilo es el rey y camina dando triunfales zancadas. La trama es soldado raso y le sigue detrás arrastrando los pies”Pero, al momento, he reparado en que esta primera apreciación –aun siendo bien cierta– no era del todo verdad. No era ni tan siquiera suficiente, y voy a intentar explicarlo. Como me ocurre cada vez que leo una novela de montaña, me he encontrado muy cómodo conforme me topaba con nombres de hombres, o de lugares, que para mí significan mucho y también –al igual que me sucede cada vez que leo algo de este género, si es que existe como tal– me he preguntado qué podría hacer yo, qué estaría en mis manos, para convencer a un buen lector de que no es necesario ser montañero para leerlos. Me gustaría saber explicarles que, aunque entre sus páginas aparezcan Catherine Destivelle o los hermanos Pou, la aguja Dibona, los paredones de Yosemite o John Bachar, si miramos con detenimiento al fondo, no es de ellos de quienes trata la novela, sino de personajes tan de carne y hueso, tan cercanos y humanos, como los que encontramos recorriendo las páginas de Dostoievski. Prostitutas y africanos sin papeles varados en los aledaños de la ciudad y prisioneros de ella sin remedio. Personas que, aunque parezcan caminar, en realidad sólo pueden –como dice Ricardo Martinez Llorca– nadar entre la estopa, y a eso están condenados.Y de entre todos ellos, sobresaliendo entre mendigos y dueños de bares sórdidos, encontramos a Carlos, un apasionado de la escalada en solitario, un amante de la intensidad de la vida, que cuando no escala inventa juegos arriesgados frente al tren y que, cuando se detiene, lo hace para leer a Conrad.
Y lo cierto, es que a mí siempre me han gustado los personajes que se sienten culpables aunque no sepan de qué, los que creen que tener conciencia es un infierno. Esos mismos que, a la luz escasa de una lámpara frontal, recogen las páginas de Lord Jim que un tren, tras arrollar a un amigo, ha dejado desperdigadas entre las vías de una estación de mala muerte, perdida en cualquier parte. Y cuando encontramos un libro así, qué importan las montañas si es una radiografía de la vida lo que tenemos delante.

lunes, 14 de enero de 2019

DIARIOS DE KOLIMÁ


Diarios de Kolimá
Jacek Hugo-Bader
Traducción de Ernesto Rubio
La Caja Books
Madrid, 2018
339 páginas

Jacek Hugo-Bader (1957) escribe como una forma de fidelidad. Este Diarios de Kolimá es una obra maestra, como lo era su anterior entrega de crónicas y viajes por la Rusia remota, El delirio blanco. En el libro no abandona ese imán que parece tener para encontrarse con personajes pendencieros, algunos ricos, los más pobres. Con un estilo directo, que nos lleva a vivir lo que él está sintiendo gracias al relato, no a la descripción sentimental, viaja por carretera, sí, pero sobre todo viaja de ancianos a médicos, de ladrones a burócratas, de mafiosos a camioneros, de la hija de uno de los comisarios del pueblo asesinados por Stalin hasta el tipo que sacó un bisonte entero, milenario, en un trozo de hielo y se lo va comiendo poco a poco. Hugo-Bader se asienta en lo estrafalario y hace de ello una forma de literatura. Lo más extraño es todo lo creíble que resulta un mundo sin ley, un territorio como Kolimá, célebre gracias a los relatos de Salámov, a los que no cesa de referirse y, en buena medida, atribuir los méritos literarios de esta obra, en un alarde de humildad que le transforma en mejor periodista.
Porque estamos frente a uno de los mejores cronistas de viajes del momento, un polaco obsesionado por la decadencia de lo que fue el imperio vecino. Lo vimos y leímos en Kapuściński, donde siempre se impone el conocimiento directo, y este no puede ser más que a escala humana. Uno puede llegar a saber algo sobre un delincuente, pero no sobre la delincuencia, que es plural y casi solar, locura. De ahí, por ejemplo, que mientras relata sus pasos por las carreteras que conducen hacia ninguna parte o sus encuentros con gente que padece síndromes sin diagnóstico, se intuya el pasado del aparato represor, el pasado del territorio, el cementerio que hay más debajo de la tierra que pisan, con el que ya tienen el hábito de convivir. Hugo-Bader se centra en la humanidad de los marginados, pues no otra cosa pueden ser las personas que va conociendo. Hemos mencionado síndromes sin diagnóstico, pero vamos sabiendo que tienen algo que ver con la distancia, con la lejanía en las cuatro dimensiones, con lo extraño y, seguramente, con el trastorno de estrés postraumático. Aunque no hay certezas, solo preguntas, que son una forma de necesidad en un lugar donde la democracia es un concepto lunar, donde la mayor parte de la gente, como todos los rusos, afirmará Hugo-Bader, están enfermos de indiferencia. Tal vez el peor de los males, que él procede a comprender mejor que nadie practicando un tipo de periodismo en el que se obliga a sentir la soledad del reportero.
El libro, como no podía ser de otra manera, trata sobre la dignidad. Es decir, se pregunta si la dignidad no es un lujo que no se pueden permitir en lo remoto, si alguna vez pasó por allí, si ha desaparecido junto con los supervivientes de los gulags que retrató Shalamov, cuyo fresco compone un desgarrador cuadro de la civilización carcelaria que se comprime en tres mandamientos: no creerás, no tendrás miedo, jamás pedirás nada. La forma que toma la derrota, en ocasiones elegida por personajes que huyen de su pasado, es un espíritu que, tristemente, carece de belleza ni de pretensiones de alcanzar un poco de belleza. En Kolimá apenas hay nada sagrado, teniendo por sagrado todo aquello que somos y nos rodea y que está al margen de la carne humana. Y en ocasiones, ni eso.
Este libro se hizo con un galardón tan importante como el English Pen Award. Y debería hacerse con el de formar parte de los libros más extraordinarios de nuestra biblioteca. Es una hazaña sin un salvador de vidas ni de almas.

DESPUÉS DE LA NIEVE en CULTURAMAS

Por Adolfo Muñoz.
Después de la nieve
Ricardo Martínez Llorca
Desnivel
Madrid, 2016
96 páginas
Ricardo-Martínez-Llorca-presenta-nuevo-libro (1)La contracubierta de Después de la nieve (Desnivel, 2016), el último libro de Ricardo Martínez-Llorca, termina diciendo que “como en los clásicos de la literatura, esta obra no se sostiene sobre ningún tipo de trama, sino sobre el conflicto”. Esto es una exageración palpable en lo que se refiere a la primera parte la afirmación (entre los clásicos de la literatura hay una enorme cantidad de obras que se sostienen sobre la trama), pero no lo es en lo que se refiere a Martínez-Llorca, cuya literatura procede de Melville y de Faulkner, pero sobre todo, creo yo, de Joseph Conrad. Literatura de conflicto reducida a su más pura quintaesencia, pues el conflicto que aflora en las obras de Martínez-Llorca no es primordialmente social sino personal: el conflicto de un hombre enfrentado a su existencia. Ese hombre contempla el mundo como contempla el mar de nubes el viajero de Caspar David Friedrich: como una plasmación de su propio ser, de su propio conflicto.  
La literatura de Martínez-Llorca es una literatura de personajes o, más bien, de personaje, pues, del mismo modo que cada nuevo libro suyo parece una profundización del anterior, sus protagonistas parecen en el fondo uno solo, y su comportamiento particular, una variación del comportamiento extraño de sus anteriores personajes. Carlos Marín, el lobo estepario, el holandés errante de esta novela, es un escalador de solo integral, especialidad que es a la escalada lo que la ruleta rusa es a la ruleta. Después de ganarse el respeto del mundillo escalador, Carlos se convierte en un sin techo, viviendo en los descampados de la ciudad sin pertenecer a ella. Es un ejemplo más de ese personaje que vive una vida al límite, como proyección de un conflicto interior que nunca se resuelve.
Sospecho que en la vida de Ricardo Martínez-Llorca ha habido dos días especialmente importantes: el día de la muerte de su hermano en los Alpes, que dio origen a su primera novela, Tan alto el silencio, y en cierto modo a todas las demás; y el día en que, en un largo viaje por Mongolia, sintió una especie de ataque de angustia, o de vértigo, relacionado con la lejanía a su tierra y, más contundentemente, con la ausencia de una tierra propia; es una sensación que puede producir la contemplación de las estrellas y la ausencia de una verdadera casa.
Se acaricia la muerte para darle celos a la vida, objeto casi imposible de nuestros intentos de conquista. Los personajes de Martínez-Llorca viven en ese mundo que el común de los mortales apenas alguna vez nos atrevemos a contemplar, viven entre la atracción de la muerte y la desorientación en el espacio.
Es curioso que, siendo este el mundo literario de Martínez-Llorca, lo haya afrontado siempre con un lenguaje muy barroco, cargado de metáforas que no siempre logran lo que pretenden, dar vida y color al conflicto. Con los años, el lenguaje de Martínez-Llorca se ha ido despojando de lo más superficial de ese barroquismo: hay, sobre todo, menos adjetivos en su prosa, y aparece aquí, como elemento muy destacado, la doble negación, un rasgo igualmente barroco que resulta en él mucho más interesante que la anterior abundancia de adjetivos, pues el enfrentamiento de espejos nos conduce, mediante la mise en abyme, al conflicto esencial de su literatura: a la caricia de la muerte y a la angustia de las estrellas.

domingo, 13 de enero de 2019

DESPUÉS DE LA NIEVE en LIBRES DE LECTURA

DESPUÉS DE LA NIEVE - RICARDO MARTÍNEZ LLORCA

Poco es tan cómodo y accesible para vivir otras realidades como lo es un libro. En Después de la nieve (Finalista Premio Desnivel 2015), del que hablamos hoy, Ricardo Martínez Llorca nos lleva de la mano – y nunca mejor dicho, ya que él es el narrador – por un paseo esclarecedor alrededor de la vida de un extraño a la vez que respetado escalador: Carlos Marín. Con ellos, nos introduciremos en el mundo de la montaña, en sus tecnicismos, su entorno y toda la filosofía vital que desprende y atrapa a tantos seres anhelantes de teñir de verde unos ojos poco acostumbrados al gris de la ciudad. 

Poniéndose en la piel de un periodista especializado en aventura, el narrador nos sumerge en una investigación acerca de la sombra de ese Carlos Marín al que ve en un hospital tras contemplar, atónito, sus huellas en la pared vertical del edificio. Lo que para el periodista será una locura – entrar al hospital escalándolo – se convertirá en la chispa que encenderá la llama de su curiosidad. De esa manera, dejando – eso sí – un poco de lado para la sensación del lector al hermano hospitalizado, Ricardo se da a la aventura, la de seguir el rastro e indagar todo lo posible sobre aquel introvertido escalador. Poco a poco, recabando información sobre la figura del montañista y encontrándose con las pocas personas de su entorno, el narrador irá descubriendo la realidad urbana de un personaje hecho para la montaña. Poco a poco irá dándose cuenta, a la vez que el lector, de que Carlos Marín ha dejado de bañarse en naturaleza para darse al asfalto, el cual recorre de vagabundo. Como una bajada al infierno para redimir los pecados. Como una expiación de algo que esconde. 

El porqué de ese abandono, la realidad que sacude el interior del escalador y el peso de las pocas palabras del reservado aventurero, son placeres que solo podrán degustar aquellos que se decidan a escalar este libro. Porque Después de la nieve es una escalada, en este caso horizontal, hasta el final de una narración que puede ser absorbida del tirón. Después de la nieve es una novela corta a modo de crónica periodística - «el relato del escalador atormentado» - a la que se le agradece una prosa que en ocasiones roza lo poético, descripciones pensadas y elaboradas tanto de la realidad social y el pesimismo que bañan las ciudades, como de la libertad y el fluir del tiempo en enclaves montañosos concretos. Mediante un narrador bebedor de té y siempre escudado por una imperante y en ocasiones incómoda humildad,Después de la nieve es un buen soplo de aire verde para todos aquellos que tenemos a los pulmones tratando de desprenderse del olor a gasolina. 

Víctor González.

ENTREVISTA CAPOTIANA

Entrevista capotiana a Ricardo Martínez Llorca

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Ricardo Martínez Llorca.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Como supongo que no puedo elegir algo del tamaño de un continente, no me queda más remedio que elegir algún sitio por el que pudieran pasar mis amigos a verme y donde pudiera conocer a gente nueva. Me veo abocado a la barra del bar.

¿Prefiere los animales a la gente?
Si los animales son los mosquitos, prefiero a la gente. Si la gente es George Bush, prefiero a los animales. Pero así, en general, como compañía, prefiero a la gente.

¿Es usted cruel?
No. ¿Serviría para algo?

¿Tiene muchos amigos?
Una docena. Lo que sí tengo son muchos colegas. Pero amigos, una docena. Creo que en eso soy un hombre afortunado.

¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Parece tirar la pelota contra la pared para que le rebote al entrevistador, pero busco la amistad. Eso implica, sobre todo, la lealtad. No importa cuánto te critiquen y lo equivocado que yo esté, se trata de que estén siempre junto a ti.

¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Sí. Y me alegro. No son personas divinas ni mascotas.

¿Es usted una persona sincera? 
Solo miento cuando puedo ayudar a alguien con la mentira, si es que ese alguien se merece que se le ayude.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Sería un lujo disponer de tiempo libre. Pero como la pregunta es sobre cómo prefiero ocuparlo, diré que estando con mis amigos.

¿Qué le da más miedo?
De niño tuve un accidente y estuve en coma. El recuerdo de esa experiencia es escalofriante. No hay nada. No sucede nada durante el coma, porque no hay un durante. Pensar que la muerte es como ese coma, pero sin despertar, da mucho miedo.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
La traición. Que alguien te diga, por ejemplo, que estando enfermo no eres una buena compañía. Eso me ha sucedido.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
De no ser escritor me dedicaría al dibujo. Pero eso también es creativo. No, lo ideal sería una labor manual, tipo carpintería. O, lo que de verdad me hubiera gustado de haber tenido un buen tono físico, me habría dedicado a la escalada.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Lo he hecho durante años. Ahora se me ha venido el proceso de envejecimiento encima, demasiado deprisa, y estoy adaptándome a él. Pero sí salía a correr y a escalar en cuanto podía.

¿Sabe cocinar?
No. Ahora lo ponen demasiado fácil para los que no nos gusta cocinar. No entiendo el éxito de esos concursos de televisión. ¿De verdad le importa a la gente que la morcilla de burgos combine con espuma de berenjena tostada?

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Espartaco. Sin duda.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
No me cae demasiado bien la esperanza, tal vez por eso elija “espejismo”.

¿Y la más peligrosa?
Dócil, sumiso… Cualquier sinónimo de ellas.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No, tanto como eso, no. Pero sí partirle los dientes.

¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Creo que ahora se llama socialismo libertario. Pero yo defiendo algo parecido a lo que defendía el personaje elegido: Espartaco.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Yo mismo, pero bien hecho, no con este conglomerado de fallos que me hacen tan impreciso como un colador para recoger agua.

¿Cuáles son sus vicios principales?
Pedir que me dejen tranquilo y querer estar con la gente al mismo tiempo.

¿Y sus virtudes?
Cualquiera de las parejas que he tenido te diría que ninguna. Pero creo que si la generosidad es una virtud, me apunto a ella.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
En una excursión, también de niño, me tiré a un río que corría muy deprisa porque mi hermano se había caído y se estaba ahogando. No pensé lo que hacía e inmediatamente comencé a ahogarme yo. Mientras tragaba agua y sentía que me llevaba la corriente, solo pensaba en mi hermano. Suena a tópico, pero él ha sido lo mejor que me ha pasado. Cuando lo perdí fue como perder la familia que tendría en el futuro, cuando luego cada uno hacemos la guerra por nuestra cuenta. De volver a ahogarme, volvería a pensar en él.

T. M.

DESPUÉS DE LA NIEVE en Revista de Letras

DESPUÉS DE LA NIEVE

Juan Luis Conde11 marzo 2016CríticasPortada

Ricardo Martínez Llorca | Foto cedida por el autor
Ricardo Martínez Llorca escribe como una forma de fidelidad: fidelidad a una actividad, la del escritor, naturalmente, que nos ofrece cada poco, en un goteo permanente de opúsculos magros, rara vez por encima de las doscientas páginas y en ocasiones, como la presente, con menos de un centenar, una muestra de ese trabajo constante de quien cree en lo que hace, a pesar de maldecirlo con fundamento. Pero también fidelidad a sí mismo, lealtad a su experiencia personal y al sentido de esa experiencia. Por eso sus textos, desde el primero de todos ellos, Tan alto el silencio, al amparo de sus títulos, dan vueltas siempre alrededor de los mismos paisajes: los hermanos y sus relaciones, la montaña y sus aventuras, los grandes temas existenciales (la cobardía y la culpa y sus contrarios, el valor y la inocencia), los verdaderos temas de la actualidad, esos asuntos de los que hay por fuerza que hablar (las vidas que salieron fallidas y concluyeron en desahucios, las que se refugiaron en las drogas, la existencia de los cabezas rapadas como excrecencia del sistema, el tráfico de órganos como monstruosa realidad en la que se citan las vidas fallidas y las excrecencias del sistema). Girando sobre esos temas, orbitándolos como rapaces, sus textos han terminado por apropiarse de ellos. Quienes crean que la escritura esta hecha, como los colores, para entretener la vida variando, lo encontrará sin duda obstinado. Quien crea, al contrario, que la literatura no es un mero matarratos, sino una responsabilidad vital del escritor y un momento de iluminación para el lector, no podrá evitar la sensación de encontrarse ante uno de los pocos y buenos.
Desnivel Ediciones
En Después de la nieve, el lector que conozca su obra volverá a sentirse atrapado por las mismas armas que el autor nunca deja de emplear para enhebrar sus historias. Es un libro dedicado a sus hermanos en el que las conflictivas relaciones entre otro juego de hermanos marca el campo de acción. Su anterior entrega novelística, Hijos de Caín, constituía una estupenda sucesión de entrevistas ficticias a super-héroes derrotados, quitados de enmedio de un plumazo, aplastados como una mosca por la vida. Esas entrevistas y sus contenidos resultaban tan reales que, si el libro no llevase en la portada el rótulo de novela, podrían llegar a engañarnos. Quien leyera aquel relato de ficción periodística se dará cuenta de que el proceso de investigaciones aisladas ha cuajado en trama aquí. Gracias a la presencia de avalistas de lo real como los hermanos Pou, la guerra de Siria o las secuelas del ladrillo, y de la mano de un narrador que se llama inevitablemente Ricardo, volvemos a conocer a un personaje singular, Carlos Marín, una personalidad de la práctica montañera conocida como solo integral -la escalada cara a cara con la montaña, en solitario y sin ayuda de otros medios que los dedos, las uñas y unos mocasines que se llaman pies de gato. Si algo hubiera que destacar de él es su integridad y su bondad: como tantos otros de los personajes llorquianos (y perdón por el adjetivo), Carlos detesta el consumo, la productividad y la fama. Corroído por la solidaridad y la fraternidad, su empeño irresistible es ayudar a otros. Y padece, por así decirlo, las represalias del sistema, empeñado en combatir el mal ejemplo de esa pureza y desleír su integridad. Ricardo lo encuentra cuando es él, Carlos, quien necesita con urgencia la ayuda de sus hermanos.
Para abrirse camino por la narración, el lector volverá también a gozar de la misma poética en que los períodos se quiebran, atomizando las ideas y sacando de cada una de ellas voluptuosos relieves. Cada vez que Ricardo Martínez Llorca abre una comparación con el adverbio como al lector se le abren las pupilas a la espera de la sorpresa, la belleza y la fuerza. Para los amantes de la calderilla, siento decepcionarles: no hay ni una sola palabra barata.

Sobre el autor

Juan Luis Conde
Juan Luis Conde (Ciudad Rodrigo, 1959) es Doctor en Filología Clásica por la Universidad de Salamanca y en la actualidad es Profesor Titular de la Universidad Complutense de Madrid. Ha combinado actividades literarias como crítica, ficción o ensayo. Como autor de ficción ha publicado las obras 'El largo aliento', 'La ascensión al hoy', 'Un caso de inocencia' y 'Hielo negro'. Como ensayista destacan 'El segundo amo del lenguaje' y 'La lengua del imperio: la retórica del imperialismo en Roma y la globalización', premio Rosa María Calaf de investigación social, entre otros.

sábado, 12 de enero de 2019

DIARIO RURAL


           DIARIO RURAL. Apuntes de una naturalista.
Primavera – verano
Susan Fenimore Cooper
Traducción de Esther Cruz Santaella
Pepitas
Logroño, 2018
305 páginas

Cuando se quiere mucho algo, las ideas deberían ser claras, pues el sentimiento no puede ser más sencillo. Así brota, como brotan las flores a las que tanto admira Susan Fenimore Cooper (1813 – 1894) la escritura de este hermosísimo diario, con naturalidad, sin artificios. La literatura sencilla es la más agradable, la que viene a ocupar los mejore momentos en la lectura, en horas de nuestro tiempo. Ese es el gran mérito de este libro en el que la defensa del mundo natural se desgrana a través de enunciados, no de pensamientos. No es un ensayo, es una mirada llena de cariño y ternura. Es un ejercicio literario dificilísimo, pues nadie decanta todo lo que sabe para meterse en párrafos farragosos. Se trata, en realidad, de una forma de sustituir la falta de aire libre cuando el ambiente está cerrado, cuando llevamos demasiados días inmersos en el aire millones de veces respirado de la ciudad. Estos diarios son una canción y, como tal, rezuman armonía, una virtud escasa, un valor que estamos dejando olvidado en aras de ejercicios de estilo sin suelo bajo los pies. Para hacernos una idea de en qué consisten estos diarios, podríamos atrevernos a compara la suma de las páginas a un cuadro de Constable. Valga esa frase para resumir el inmenso valor de este libro.
Fenimore Cooper se adelanta a Emerson, a Thoreau y a John Burroughs, pero a diferencia de ellos, no hay nada de crítica a otras formas de vida ni de apología a la rural. Fenimor Cooper se limita a registrar con una especie de alma animista: cada árbol y los bosques, las aves y los cantos de las aves, el agua y las formas del agua. En definitiva, los detalles pequeños, de los que no excluye la vida rural, las formas de vida agrícolas y ganaderas en las que se respeta el medio ambiente. En ese sentido su ecologismo, un concepto que ella desconocía, es naturalista, no de la corriente puramente conservacionista, como el de John Muir. Para ella cada pétalo y cada vuelo tienen tanta personalidad como cada ser humano. Son dignos de respeto y solo cabe enfrentarse a ellos con humildad, pues serán nuestros maestros. La cultura, venimos a concluir, no se limita a recitar sonetos de Shakespeare, sino que también surge cuando vamos aprendiendo a reconocer de qué flores liban las abejas.
En este volumen se recogen las estaciones más agradables: en primavera van naciendo las formas de vida a medida que se alargan los días y la luz se impone. En verano, el tiempo se tranquiliza, un tiempo cuya forma de transcurrir es muy diferente a las versiones que conocemos: más lento, más digno de reconocer, un tiempo en el que la espera es un valor por sí misma. Fenimore Cooper tiene la suerte de vivir en un mundo que, al contrario que el urbano, se puede conocer, porque conocerlo no presenta caras amargas, hostilidad ni neurosis. Hay un espíritu religioso, sí, pero lo invoca en contadas ocasiones. Lo que sí existe, sin duda, es un sentido espiritual, una lección de humildad literaria y vital. Este Diario rural es un libro para mantener siempre en la cabecera de la cama y recurrir a él cuando nuestra jornada no ha sido agradable, algo que sucede con demasiada frecuencia. De ahí que sea un libro necesario.

viernes, 11 de enero de 2019

LA MECÁNICA DEL AGUA


La mecánica del agua
Silvana Vogt
Entre Ambos
Barcelona, 2019
204 páginas


Que vivir es difícil es una instrucción que uno aprende nada más nacer. Ser capaz de respirar al asomarse al aire desde la cueva amniótica, es un arte que requiere una fuerza casi inhumana, una batalla que nos dejará memorias sensoriales a las que tendremos que recurrir una y otra vez a lo largo de los días. El que apuesta por vivir, vive, y eso supone que debe renacer casi a diario. Tener que reinventarse en momentos duros es un arte de lo más sagrado. Se merece todo nuestro respeto, especialmente cuando la persona se ve en trances de desarraigo por motivos económicos. El dinero no debería formar parte de esa lucha tan espiritual, pero la condiciona hasta el límite de imponer una mala ley.
Y así, la existencia va viniendo a oleadas, sin rigores de mareas, en fragmentos, que es como se expresa Silvana Vogt (Morteros, Argentina, 1969) a la hora de estructurar esta novela, desgarrada pero sin rencor, un ejercicio de poesía costumbrista, algo que uno está tentado de llamar autopsia de los días pasados desde que se cayó en la trampa de ser adulto, de asumir responsabilidades. El amor por el lenguaje salva la obra de caer en el desasosiego, pues en buena medida se imponen las pérdidas de los diferentes espectros del amor, desde el barrio a la figura paterna. Ni la buena mascota sobre la que proyecta todo un bagaje de pensamiento, de nombre Kantiano, ni la brillante pareja serán suficientes como para rellenar los huecos. Ocupan un espacio más que importante y gracias a ellos recuerda la apuesta por vivir, pero no rellenan los vacíos. Tampoco lo hace la literatura. A la hora de la verdad, uno debe integrar los huecos para salir adelante y pisar la calle, día a día, hecho un queso gruyere.
Silvana va focalizando, aquí y allá, la vida con referencias a lo que ya es mitología contemporánea, desde Pink Floyd a Bach, por ejemplo, mientras persigue a una protagonista para la que observar es lo mismo que meditar, una protagonista que “cuenta las olas que rompen, tratando de descifrar la mecánica del agua”. La imagen es melancólica, propia de un emigrante. Cambia Buenos Aires por Barcelona y los motivos no pueden ser luminosos. Pero sí lo es la lucha, abrirse camino. Flota, sobre la cabeza de la protagonista y sobre la de los dos hombres que la acompañarán de forma sucesiva, una nube de duelo. Se anuncia una tormenta que no va descargando, propia de los romances, que no terminan de fraguar. En cierta medida, es una novela sobre las posibilidades, no sobre las certezas. Es una obra sobre el intento, inexcusable, de superar los desconsuelos, sobre gente que vive en el pasado, a pesar de las patentes intenciones de mantenerse anclados al presente y de imaginar un futuro. Se puede perseguir un sueño, si uno se puede permitir algún lujo, fuera de la necesidad animal de seguir respirando. Así los personajes se van haciendo a sí mismos, construyéndose sin remedio, esperando a confirmar que no es cierto que la realidad nos ponga a cada uno en nuestro sitio.


martes, 8 de enero de 2019

LA VUELTA AL MUNDO DEL REY ZIBELINE


La vuelta al mundo del rey Zibeline
Jean-Christophe Rufin
Traducción de Javier Ignacio Gorrais
Armaenia
Madrid, 2018
370 páginas

La literatura perdió parte de su sentido cuando el cine se convirtió en un medio mejor para narrar historias. Sin embargo, sigue existiendo como fuente inagotable de lectura, pues lo propio de la literatura le es ajeno al séptimo arte. La poesía, por ejemplo, es un alma que pueden compartir, pero no reflejar de idéntica manera. Ni el pensamiento, ni cierta versión de la imaginación, que se refleja mejor con palabras, con demora o con versiones del conflicto más o menos explícita. Así y todo, existen unos pocos libros que nos reconcilian con la pureza narrativa y nos invitan a apagar el televisor. Este La vuelta al mundo del rey Zibeline es uno de ellos. Las fuentes de las que bebe son las propias del relato de aventuras. No es un atrevimiento colocarlo a la altura de Stevenson, de Dumas y, aunque parezca mentira, de Borges. El argentino es un claro ejemplo de cómo la literatura se separa del cine, pero sigue siendo narrativa. Al contrario que él, Jean-Christophe Rufin no nos intenta deslumbrar con adverbios y adjetivos; de hecho, apenas existe ninguno que nos sorprenda en las casi cuatrocientas páginas de la novela. Sin embargo, al igual que el Borges de Historia universal de la infamia, Rufin ha buscado un personaje de una potencia tal, que es inevitable dejar volar la imaginación y la prosa para narrar su leyenda.
August Benyovszky se presenta, junto a su amada, a Benjamin Franklin y a lo largo de varios días, a dos voces, relatan su vida. Desde una infancia bajo la influencia de un tutor filósofo francés, a la guerra entre Polonia y Rusia, su etapa de convicto en Kamchatka, de navegante por el Pacífico, el Índico, sus días en París y, finalmente, su coronación como rey de Madagascar. La historia es asombrosa y apenas dura cuarenta años. Rufin recrea un tanto un lenguaje que resuene a siglo XVIII o, al menos, a una cierta historia, a pasado, pues la narración parte de la boca de sus dos protagonistas. Cuando narra él, nos enredamos en batallas, viajes, exploración, aventuras varoniles. Cuando narra ella, la aventura no decrece, pero el primer plano lo ocupa el amor, el romance. Él refleja los movimientos físicos, ella los del alma. Las voces son mecánicamente iguales, invitando al lector tanto a continuar el libro, hasta terminarlo sin interrupción, como a poder apartarlo y retomar la lectura con idéntico espíritu al que recordaba, un espíritu bastante atractivo. En algún momento de la novela se habla de la preocupación por la objetividad y el prudente respeto de August Benyovszky por los temas que tocan a los sentimientos; las intervenciones de ella salvan este escollo, que no pretende nada más que ayudar al que escucha, pues el relato es muy oral, a conservar la calma y no perder la atención.
Como en toda novela de aventuras, los personajes se perfilan en pocas pinceladas, con un físico que denota la personalidad. Como en las buenas novelas de aventuras, los temas que navegan por todas las páginas tienen relación con el honor, con el conflicto entre el bien y el mal, y, sobre todo, con la libertad. Hay un infinito anhelo de libertad en esta historia y en el deseo de relatarla, que se transmite a la perfección al lector: uno lamenta, con rigor, vivir esta época en la que se le niega la posibilidad de la aventura, pues cualquier viaje que protagonicemos será una versión sofisticada del turismo comparado con el beneficio de las biografías de August Benyovszky y su mujer. Que Rufin se atreva a novelarlas, es un regalo del que no podemos prescindir. Basta esa idea que gesta de sí mismo, en la que reconoce que en él deben convivir dos caras: la brutalidad de su padre y la fuerza de sentimiento de su preceptor, que debería servirle de guía en las elecciones morales. Por suerte o desgracia, no todas las elecciones son morales y el pesar de la dureza no cesa de gobernarle, aunque su deseo fuera el de abandonarse a la dulzura. Así pues, al contrario que lo que ocupa el formato de la narrativa actual, y del cine y las series, se impone el conflicto, no la trama. Eso se define como sinceridad en literatura, en narrativa, en confesión, en la vida.