jueves, 9 de julio de 2020

CORAZÓN DE PERRO


Corazón de perro
Mijaíl Bulgákov
Traducción de Marta Sánchez-Nieves
Mármara
Madrid, 2020
184 páginas

Que nacer duele, es algo más que un mito de los libros de autoayuda. Es cierto que debemos estar reinventándonos perpetuamente, y que el esfuerzo, que con tanta frecuencia ejecutamos contra el ritmo de la vida, duele. De ahí esa manía de vivir por inercia que prodiga la gente. Pero vivir por inercia no es vivir, o al meno no es vivir humanamente. Tal vez podamos referirnos a la vida de un vegetal como vida por inercia; muchas más dudas surgen cuando hablamos de la vida de un perro. En este caso, se trata de un perro cruce de varias razas, es decir, impuro, al que se transforma en humano. Como en La isla del doctor Moreau, la metamorfosis pasa por el quirófano, es traumática, duele tanto como puede doler un parto. Ni H.G. Wells ni Bulgákov tuvieron ocasión de conocer el mundo de los transgénicos, por ejemplo, que hubiera hecho de sus bestias otro tipo de experimento, menos quirúrgico, pero más inquietante: a un animal se le injerta, mediante un virus, un gen humano. El resultado, en cualquier caso, es un nuevo tipo de vida, y una vida manipulada por el hombre y, seguramente, condenada al fracaso.
En el escritor inglés la idea parte de una fábula que, al margen de la fantasía, tiene una lectura metafórica acerca de la sociedad creada por el hombre jugando a ser dios. En Bulgákov, la sátira sirve para denunciar esa idea supremacista que supone la creación, también por parte del hombre o, para ser más concretos, de varios hombres, de un nuevo espíritu, el del servidor soviético. El espíritu en gracia de la Revolución, el que creará una nueva ilusión por una vida que ya no volverá a ser absurda, el que nos redimirá del servilismo y nos guiará por la nueva libertad. Ante esa presión, el médico protagonista de la novela crea la mejor de sus obras: convierte a un perro en un hombre. Esa es la idea con la que concluye el intercambio de impresiones con los miembros del nuevo país, dispuestos a rebajar sus beneficios para disponer de ellos en aras de lo común. Pues bien, si ellos creen ser capaces de crear a un hombre nuevo, él les demostrará que hay otras maneras de hacerlo: y si la materia prima es un perro, la conclusión será un hombre renacido con las virtudes del can, como la lealtad o el servilismo sin condiciones. Pero nadie domina ni siquiera aquello que crea, por mucho que controle, a punta de fusil o con pericia de cirujano, todo el proceso. El perro no irá siendo el humano previsto y leer el disparate no cesará de recordarnos el fracaso que vaticinaba Bulgákov, con tanto acierto. Su talento para la literatura, la sátira y la metáfora tocaron techo con El maestro y Margarita, sí, pero estas otras obras, de aspecto menos aunque sólo sea por el número de páginas, bien podrían figurar como capítulos de esa obra maestra, una de las mejores novelas del siglo XX.

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