viernes, 28 de mayo de 2021

NIADELA

 

Niadela

Beatriz Montañez

Errata Naturae

Madrid, 2021

338 páginas

  


Recuperar el bien de la naturaleza y recuperar el bien de la soledad, ese es el propósito de Beatriz Montañez (Almadén, 1977) que se expresa en esta obra, Niadela, encuadrada dentro del género de escritura de naturaleza -o escritura en la naturaleza, o desde la naturaleza o sobre la naturaleza- o Nature Writting. Montañez nos devuelve la ilusión por los mitos y enfoca la atención en los beneficios de la lucha por ellos: en el retiro hacia su particular Walden, se aproxima a Thoreau, sí, y también a Edward Abbey en El solitario del desierto, o a Annie Dillard y John Muir, o a nuestro queridísimo Henry Beston, el autor de La casa más lejana. Al enunciar a estos autores nos damos cuenta de que todos ellos pertenecen al país más desarrollado, Estados Unidos, y nos preguntamos si ese desarrollo, esa supuesta civilización, no tiene algo que ver con el efecto rebote que provoca la huida de estos autores tan sensibles. Y entonces recordamos la obra extraordinaria de la británica Amy Liptrot, En islas extremas, más cercana a nosotros y a la vez tan alejada al suceder en un lugar también mítico, en una isla cerrada por las tormentas, que nos habla de la sanación a través del paisaje y de la esencia humana que podemos encontrar en nuestro interior, la que nos libra de la patología neurótica, y entendemos mejor a Beatriz Montañez, que no huye ni se esconde, que se limita a encontrarse. Y a encontrarse a través del mito.

La cabaña de Walden se encontraba a una distancia de la ciudad de Concord que permitía a Thoreau bajar a comer con su madre y pasear saludando a vecinos en cuanto la soledad le comprimiera. Aquí, en este lugar que Montañez bautiza como Niadela, no aparecerá casi ningún viaje, al menos a lo largo del primer año de estancia, que es el que aparece reflejado en el texto. Si Liptrop necesitaba sanar y expresa la sanación con una energía que se integra en un flujo de movimiento de la naturaleza en el que va reconociendo una forma de entregarse a él con armonía, Montañez muestra una cierta resistencia que se irá aclarando a medida que pasen los días. La sensación que da es la de esfuerzo, un esfuerzo contra la maldición psicológica, que tiene mucho que ver con el ambiente, que le ha llevado hasta allí; un esfuerzo contra la decisión de aislarse y un cierto esfuerzo por entender qué es la naturaleza, ese lugar lleno de insectos y arácnidos que no ponen la comodidad al alcance de la mano. Las expresiones de Montañez, que en ocasiones tiende a refugiarse en lo lugares conocidos del mito, dejan de ser resistencia a lo que vive, que es, a su vez, resistencia a lo que ha vivido, para verse como más poesía cuando se expresa con sencillez. La sinceridad no siempre está en el estilismo, excepto cuando leemos a Azorín o a Gabriel Miró. Sigue sin ser posible ser sublime sin interrupción, y agradecemos a Beatriz Montañez que se muestre humana, con frecuencia juvenil, en sus reflexiones. Al fin y al cabo, se trata de un aprendizaje. En ese sentido, esta experiencia biográfica no deja de tener un buen componente de Bildungsroman.

Antes de asentarse en los bosques, Montañez participó de otra búsqueda mítica: la meditación entre los monjes de Asia. Esto nos llevará a preguntarnos cuál es la función de los mitos. En Niadela vamos comprobando que tal vez no se puedan constituir en fórmulas universales, pero que bastante valor tiene el mito si es capaz de ayudar a rescatar una vida. Por su parte, la literatura nos permite compartir ese rescate. A pesar de los bichos, cuya lucha de la autora por entenderlos e integrarlos en el día a día como un trozo de vida, se nos puede antojar una metáfora del deseo de abandonar un espíritu misántropo, pues nosotros somos bichos de asfalto. Será en los bichos donde mejor practique el espíritu de observación que constituye la mirada sanadora. Si uno es capaz de tratar con cariño a una araña cargada de crías, está a salvo de casi cualquier forma de odio o de rabia. Ha vencido las resistencias del lugar, se ha adaptado, sabe respirar. Esa expresión que en alguna ocasión utiliza Montañez, la de las crudas leyes de la naturaleza, deja de tener sentido: la naturaleza no es el lugar donde los pollos pasean crudos, como diría Cortázar, es el lugar donde nosotros paseamos desnudos, siendo la desnudez un atributo del hombre libre. En otra época viajábamos al sur o creíamos que Hotel California era una canción que los Eagles cantaban sólo para nosotros. Eran momentos en que catalogábamos los estímulos por un sencillo ‘me gusta’ o ‘no me gusta’. Hasta que nos dimos cuenta de que al preguntarnos por qué nos gusta algo, muchas veces nos topábamos con lo peor de uno mismo. Comenzamos a dudar de nosotros y supimos que no éramos seres puros.

Niadela es más una inspiración que un incendio en el lector. Sabemos que Beatriz Montañez ha sobrevivido con naturalidad a esos primeros trescientos sesenta y cinco días, y que sigue viviendo, cinco años después, en esa cabaña en los bosques. Ha ido adaptando el lugar, porque se ha ido integrando en una forma de vivir que no interrumpe ninguna otra expresión de bondad que pueda regar el planeta. Uno puede pensar que el eremita es un egoísta, porque se aleja de la lucha contra la injusticia, por ejemplo, esa que tiene lugar en la calle, esa contra la que los estudiantes de París levantaron adoquines en 1968. Pero el cariño que uno siente hacia la naturaleza, de la que hemos renegado, maldita sea, y a la que podemos encontrar gracias a estas expresiones literarias, no pueden sino hacernos desear a gente como Amy Liptrop o Beatriz Montañez, la mejor de las suertes. Y a nosotros arrepentirnos de nuestra cobardía y proponernos aprender a convivir con ella, a respirarla, a encontrar la sanación de la piel hacia dentro y a través, cómo no, de la bonhomía.


Fuente: Revista de letras

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