lunes, 6 de marzo de 2023

POMBERO

 

Pombero

Marina Clos

Páginas de espuma

Madrid, 2023

158 páginas

 



El reto de reinventar la literatura puede que pase por escribir sin adherencias, es decir, saber desprenderse de lo que uno ha leído, ha escuchado en la radio y ha oído de sus profesores. Uno podría limpiarse por dentro de lo que se supone que ha aprendido acerca de la literatura y elegir ensuciarse con lo que le sale al camino, con la espuma de todos los días. Se podría hablar de llegar desnudos a tu propio proyecto literario, pero esa desnudez está tapizada con el barro que nos sale al camino. No todo lo que nos entra por los ojos está limpio, no todo son alimentos naturales. Eso sí, hay que reconciliarse con ello para poder expresarlo, ser conscientes de que uno va a poner en negro sobre blanco algo que puede doler, pero tiene que soltar porque no le cabe dentro. En realidad, estamos hablando de que el gran valor literario olvidado, el que deberíamos rescatar, es la inocencia. La hay en Kafka, y gracias a ella revolucionó toda la historia de la literatura. La hay, por qué no decirlo, en los relatos de Marina Clos (Posadas, 1990), que nos sorprenden por esa naturalidad que sobrevuela un mundo pesimista.

Se reconoce un proyecto que intenta transmitir lo universal a través de lo regional: uno apenas puede conocer nada que no sea lo que tiene a su alrededor, que generalmente supone relacionarse con un lenguaje sencillo. Pero en lo que encuentra en su entorno puede estar todo el planeta, porque no hace falta viajar muy lejos para darse de bruces con todas las emociones y todos los sentimientos. Ni con la lucha por vivir, con los constantes desencuentros, o encuentros con choque frontal, que supone el empeño de no querer despegarnos del mundo. Marina Clos nos sitúa tras los ojos de unos personajes que se cuestionan cuál es su afán en esto que llamamos vida, y nos lleva con ellos a través de un ritmo que por momentos nos resulta entrecortado, porque uno no respira siempre con fluidez.

Nos hablará acerca de las criaturas del bosque, que miran a su alrededor y no pueden sino contemplar una mera parte del paisaje. Nos hablará de la incertidumbre que supone la conciencia del futuro a través de una muchacha que pierde la virginidad con dolor. Nos transmite la idea de que la transformación, a través del choque cultural que supone la colonización, por decirlo suavemente, supone la creación de engendros. Se referirá al miedo a ser madre, miedo o vaya usted a saber qué, a través de una mujer desubicada y, por tanto, enfrentada a la soledad. Expondrá la imposible adaptación de una transexual o la incapacidad para modificar el amor de una inmigrante que es capaz, eso sí, de curar casi cualquier mal, incluida la muerte, por unos tratamientos de los que desconocemos su ciencia. Y nos llevará, por último, a la belleza tan sobrecogedora que provocará la imposibilidad de integración social, porque es complicado hacer común algo excepcional, algo que por su mera existencia impide el descanso cómodo, aunque sea por exceso de bien.

Da la sensación de que Marina Clos no ha escrito una serie de relatos que luego ha unificado en un libro, sino que se propuso escribir un libro de relatos que contemplara lo que ella destaca entre las personas con las que convivimos, que son el origen de la literatura. Es como si nos invitara a viajar a un lugar que no se nombra, pero que tendría un empaque vital similar al de Yoknapatawpha, y no se nos ocurre mayor elogio que éste.

UN PAÍS BAÑADO EN SANGRE

 Un país bañado en sangre

Paul Auster y Spencer Ostrander

Traducción de Benito Gómez Ibáñez

Seix Barral

Barcelona, 2023

192 páginas

 



Conviene recordar que Estados Unidos es también la tierra por la que pasearon los beatniks, huyendo detrás de su sueño, o en la que reventó la literatura de Faulkner, el arte de Hopper y las cancines de Bob Dylan. Luego podemos leer ese poema que Paul Auster (Nueva Jersey, 1947) reproduce en su integridad y del que está sacado el título de esta reseña, Vamos a rezar y a disparar, antes de caer en la amargura de un pozo del que la memoria nos podrá rescatar. Auster se propone explicar brevemente, y con claridad, cuál es la razón por la que en ese país sigue viéndose con tanta naturalidad la posesión y el uso de las armas, a pesar de que se hayan producido, y sigan produciéndose, tantas matanzas. Aunque se centre en los asesinatos masivos, de vez en cuando nos recuerda que las muertes por armas de fuego no son únicamente estas que ocupan tantos espacios en los medios de comunicación: están también los asesinatos individuales, como a los que atendía Gary Younge en su excelente libro Un día más en la muerte de Estados Unidos, están también los suicidios y están, como comenta en la introducción a la obra, los disparos con que su propia abuela acabó con la vida de su marido.

A partir de ahí teje un libro en el que se atiende a los frentes más importantes en el análisis de un fenómeno psicosocial: la historia y la secuencia de aprendizaje, la división del país en dos bandos, conocer qué sucede dentro de la mente del asesino, y los trastornos que se entrelazan con la ideología y esa piel de la ideología que llamamos política institucional. Debemos advertir que para leer esta obra uno debe tener en cuenta que está ante un autor muy crítico con la cultura en la que ha respirado, pero que no deja de pertenecer a ella: hay un momento en el que Auster nos narra cómo un ciudadano, un «ciudadano de bien», según sus palabras, detiene a alguien que estaba perpetrando una masacre en un templo valiéndose, a su vez, de un arma de fuego, disparando e hiriendo al agresor. La mentalidad de Far-West no es del todo ajena a este escritor a quien, por otra parte, no le falta razón cuando argumenta que de no haberse interpuesto el vecino, los muertos habrían sido muchos más. Su conclusión es que esa deducción por la que debemos armar a la gente de bien para combatir a los demonios armados se cae en el momento en que no se puede armar a los demonios.

«Sin la pistola no habría sido un héroe, solo un niño», dice refiriéndose a los juegos de infancia. Tal vez la mentalidad que va retratando tenga mucho de inmadurez y eso se refleje en la violencia. Nos habla de los colonizadores y los derechos a matar que se atribuían, y de la esclavitud y el derecho a disponer de otras vidas, como la creación de un paradigma insuperable en la mentalidad del país en el que las vidas de las minorías no valen lo mismo que las de la mayoría blanca. Menciona el deseo de ver tiroteos en las películas. Se refiere a los párrafos de las Enmiendas cuya interpretación puede dar lugar a crear milicias. Estudia la soledad autodestructiva, insoportable. Y termina lamentando esa creación de los dos países dentro de Estados Unidos, que está haciendo pedazos a la gente, y que enfrenta a los intereses individuales y al bien común, que llega a su máxima expresión cuando aparece Donald Trump en escena. La pregunta que queda en el aire, «¿qué nos espera?», parece resolverse con las fotografías de Spencer Ostrander (Seattle, 1984), que nos presenta los espacios donde tuvieron lugar las matanzas como lugares muy vacíos, poseídos por esos silencios que nos dejan sordos.


Fuente: Zenda

jueves, 2 de marzo de 2023

LA SELVA HERIDA

 

La selva herida

Martín Ibarrola

Pepitas

Logroño, 2023

170 páginas




De vez en cuando uno siente eso que Richard Francis Burton llamó «el diablo interior» y tiene que salir a conocer mundo para sofocarlo. Eso le sucede, según su propia confesión y atribuyéndole el mal al amigo al que acompaña, a Martín Ibarrola (Bilbao, 1992), que en este relato, La selva herida, da cuenta de su paso por una región de Perú alejada de lo que conocemos como civilización. La civilización, deducimos, tiene que ver con el orden: allí donde hay civilización guardamos las formas y nos atenemos a las normas que nos permiten movernos sin llegar al caos; en la civilización se respetan los semáforos y no se escupe al suelo. Pero con frecuencia la civilización nos impide vivir a ras de dicha y por eso necesitamos algo que, a falta de una palabra más adecuada, llamaremos aventura. Aquí la aventura consiste en adentrarse en un territorio sin ley, lo cual nos lleva a ser exploradores. Pero al darnos cuenta de que no somos los únicos, ni los primeros, seremos algo así como re—exploradores. Y más en este caso, en que Ibarrola sigue a un amigo que es para él una leyenda, del que dice que perseguía la gloria en su sentido más victoriano y ansiaba reflejar «la autenticidad de Percy Fawcett, el espíritu aventurero de Alexandra David-Néel, la sed de fama del doctor Livingstone, la nobleza del capitán Scott, el amor por la adrenalina de Amelia Earhart».

Ibarrola nos ofrece un relato sobre la última oportunidad que tenemos de ver lo que sería lo auténtico: las tribus perdidas del Amazonas y los asentamientos donde se impone lo salvaje, poblaciones donde el crimen es constante e impera la ley del machete. En realidad, las dificultades que se encuentra al verse dentro de la creación del hombre, las poblaciones, las ciudades, le resultan mucho más violentas que las trabas y el desconocimiento del lugar que impone la naturaleza feroz.

Nos adentramos en ese rincón del planeta a través de un intento de comprender a los nativos, y salimos de allí conociendo la sobreexplotación, el acoso al débil, la miseria de unas vidas que no valen nada. Ambos son territorios sin ley, es decir, sin orden, sin civilización, pero la agresividad del territorio conquistado a la naturaleza es menos comprensible, mayormente porque supone la tortura del más débil, del desfavorecido. Mientras que al encontrarse con la selva amazónica y sus pobladores, a uno se le ha permitido sentirse viajero, y así intentar formar parte de la extraña vida del río. A la hora de la verdad, hoy en día es casi imposible encontrar a un viajero, pues si el turismo destaca por algo es por las huellas que quedan a su paso, y resulta imposible caminar sin dejar rastro. Pero la intención de Ibarrola es sana y mantiene el buen juicio.

Existe, eso sí, el riesgo a presentarnos una mirada neocolonial cuando uno trata de librarse de la maldición de lo colonial: «Al final de nuestro viaje comprendí que para estas tribus, la sacralización de la selva no era solamente una reivindicación cultural, se había vuelto una cuestión de supervivencia». Aunque este no sea un defecto que se le pueda achacar a la obra. Tal vez sí el que se vean demasiado las costuras, pues Ibarrola intenta integrar los recursos que son tan propios a los actuales libros de viajes, como todo lo que es fruto de la documentación o la incursión en el terreno de la crónica. No es nada sencillo encadenar con naturalidad esos párrafos al eje del texto, que es el viaje propio, y por lo tanto no cabe sugerir que esto es un defecto en un libro que, por lo demás, nos llevará con una alta motivación a una región que de otra manera no nos atreveríamos a visitar.

 

Fuente: Zenda

 

lunes, 27 de febrero de 2023

LA ISLA OCULTA

 

La isla oculta

Abraham Jiménez Enoa

Libros del K.O.

Madrid, 2023

296 páginas

 

 


Podemos atribuir a las personas la edad a la que llegan al uso de la razón, pero difícilmente podemos trasladar esa meta a la historia de un país. ¿Cuándo alcanza la madurez una nación entera? Hemos creado el Estado para intentar configurar ese momento, o al menos esas fueron las intenciones de gente como Montesquieu. El Estado trataría de implantar la sombra del árbol de la ciencia del bien y del mal por todo el territorio, y así los ciudadanos crecerían con algo de dicha, con mejor suerte. Pero la vida de la gente está a merced de las sensaciones y no de ninguna ciencia, ni siquiera la del bien y del mal. Aunque, eso sí, se lucha socialmente por una construcción moral, tal vez desde los poderes del Estado y también desde la resistencia, que es una actitud personal en la que uno se une a los demás a través de lazos amistosos. De esta construcción moral nos habla Abraham Jiménez Enoa (La Habana, 1988) al reunirse en un volumen estas crónicas de su país, Cuba. «Aquí en el hospital me han ayudado porque ya entendí que mi vida sí tiene sentido; el sentido de mi vida es mejorar mi propia vida», comenta uno de los suicidas en el reportaje que les dedica.

Pero en Cuba, en la Cuba que aparece en este La isla oculta, uno se debe a la supervivencia, tanto a la hora de buscarse el pan como a la de sentirse más o menos libre: «La vida es como el boxeo: no pierdes si te caes, pierdes si no te levantas», sostiene la mujer que quiso ser boxeadora y se le negó, porque en Cuba se les niega a las mujeres el derecho a boxear. De ese cariz es el carácter de la gran mayoría de la gente a la que acompaña la mirada de Jiménez Enoa. Encuentra a personas cuyo relato no podíamos imaginar, aunque sí su dedicación, como los jineteros o los que atienden en las farmacias y quienes aguardan cola frente a ellas, pero también algunos cuya vida sorprende, como el hombre que se gana la vida imitando los cantos de los pájaros o la comunidad que sólo cree en el agua como salvación. Todas las crónicas están construidas con oficio y escritas sin que en ningún momento desfallezca el tono ni el estilo. De hecho, se van dosificando los datos y detalles que nos sorprenden, haciéndolas así muy atractivas para el lector. Y mientras tanto, percibimos que estamos leyendo un país de otro siglo, de hace cien años o, al menos, del siglo XX. Hasta que de repente nos orienta hacia el pasillo marginal donde sí han llegado las nuevas formas de comunicación a través de internet. Allí el mundo es el mismo en el que habitamos nosotros, al menos durante un rato. Porque enseguida regresamos a la gente que debe inventarse, superarse, a tipos que sobrenadan en un país aturdido y oscurecido por el régimen político, además de empobrecido a causa de las fuertes caídas del producto interior bruto. Convivir, aunque sea literariamente, con estas personas nos hace preguntarnos qué es lo que queremos, qué es lo que soñamos.

Escritos, como apunta John Lee Anderson en el prólogo, con mucha sensibilidad social, y con una empatía que necesitaríamos todos para entendernos, la suma de las crónicas nos habla de una vida al margen, o al menos al margen si tomamos como referencia el mundo occidental. En cierta medida, a ello nos invita el autor, que se desnuda mucho en un epílogo en el que habla sobre sus primeros pasos en este mundo occidental que no menciona ansiar nunca, pero que le servirá de escapatoria, y en el que se representa a sí mismo como un pulpo en un garaje y, por tanto, dispuesto también a cuestionarlo de buena fe. Nuestro árbol de la ciencia del bien y del mal tampoco produce la mejor sombra.

 

 Fuente: Zenda

jueves, 23 de febrero de 2023

EL MAR VIVO DE LOS SUEÑOS DESPIERTOS

 

El mar vivo de los sueños despiertos

Richard Flanagan

Traducción de Alberto Moyano

Piel de Zapa

Barcelona, 2023

256 páginas

 



Una cosa es perder y otra dejarse la anatomía por el camino. De todas las metáforas de la vida que hemos conocido, la que se impone es la lucha. En la lucha podemos quedarnos sin una pierna, por ejemplo, pero a menos que en la pierna sea donde está la dignidad o la gloria, continuaremos avanzando por muy cuesta arriba que nos pongan el camino, por muy embarrado que esté el suelo. Sobre esta idea de la vida como lucha y la pérdida como antónimo de dignidad se han escrito muchos relatos, a los que ahora se añade este El mar vivo de los sueños despiertos, de Richard Flanagan (Tasmania, 1961) que ya demostró ser uno de los grandes novelistas vivos en sus anteriores obras, El libro de los peces de William Gould o El camino estrecho al norte profundo. Aquí coge el rábano por las hojas y nos sitúa, junto a la protagonista, en una situación extrema, en la que la lucha en y por la vida está en el centro de nuestras decisiones, y la pérdida se refleja en algo tan concreto como ir dejándose, misteriosamente, piezas de la anatomía por el camino.

Flanagan toca el tema del patetismo cuando nos señala las relaciones entre tres hermanos que deben tomar decisiones sobre la última suerte de la madre: enferma de manera incurable, hay que pensar en mantenerla con vida, aunque sea vegetativa, confiando en un milagro, o dejar que la naturaleza continúe su curso natural, el que sería en caso de no existir esta medicina, ayudando a que no sufra con paliativos mientras se termina de apagar. Mientras tanto, ella, la hija, pierde un dedo, por desaparición inexplicable, y a continuación una rodilla y un pecho. O eso es lo que ella cree percibir, que ha perdido partes de la anatomía de una manera absolutamente inexplicable. Así pues, no sabemos si acompañamos a alguien que padece realismo mágico o paranoia. En cualquier caso, la presión vital la sobrepasa hasta justificar cualquier forma de demencia o serenidad, si es que en casos tan extremos la serenidad es lo contrario a la demencia.

La vida actual, comida por el mundo digital, empaña cualquier conato de humanidad, apareciendo constantemente a lo largo de la obra, y siempre empañando cualquier síntoma de salud, que es el contacto humano. La vida digital aparece como una salida, un escape, una farsa. Porque lo que sí existe es un pasado a partir del cual generar los remordimientos actuales, mientras ahí afuera sucede uno de los peores veranos de la historia de Australia, en el que los grandes incendios arrasan con cientos de miles de hectáreas del país, y los animales fallecen con horror en medio de ese infierno. Mientras tanto, el cuerpo de la madre no cesa de deteriorarse, pero se niega a morir. Así pues, mientras el eje sobre el que pivotan las decisiones de los protagonistas es un enigma tozudo, ellos saben o sienten que han envejecido, que están envejeciendo, y se preguntarán quiénes fueron, sobre todo esta hija a la que acompañamos, y se preguntará, también, para qué sirve esto de vivir o haber vivido: «La joven doctora de Sri Lanka dijo que comenzaba a entender lo que un doctor veterano le había contado cuando estudiaba medicina; que la medida de nuestro valor no es lo que decimos o pensamos, sino lo que somos cuando nos pone a prueba el sufrimiento».

Esta agonía y este compromiso, esta indecisión o decisión equivocada, se mantendrá en vilo el tiempo suficiente como para que el resto del planeta siga evolucionando y se sucedan otras tragedias. Mientras tanto, los protagonistas se debaten entre ser lo que siempre han sido o evolucionar, si la evolución es posible. Estamos frente a otra gran novela de Richard Flanagan, que debería comenzar a sonar como uno de los grandes candidatos a los mejores panteones literarios.

martes, 21 de febrero de 2023

EL FONDO DEL PUERTO

 

El fondo del puerto

Joseph Mitchell

Traducción de Álex Gibert

Anagrama

Barcelona, 2023

240 páginas

 

 


El mar tiene memoria, y el puerto es la forma que el hombre ideó para comenzar nuestra relación con él. Un puerto, en concreto el puerto de Nueva York, puede tener en las crónicas de Joseph Mitchell (Carolina del Norte, 1908 – Nueva Yorkl, 1996) un aroma a cementerio marino lleno de vida, con perfume a sal bajo un cielo azul. Leyendo los reportajes que componen El fondo del puerto comprobamos que aquellas personas que poblaron un lugar tan lleno de vida hoy forman parte del sustrato sobre el que creamos pequeñas leyendas. Estamos ante un periodista romántico, alguien para quien los filtros sobre los que construir la literatura, que tiene tanta relación con lo que está viviendo, son los paseos y la memoria. No hay intención de epatar, de sorprendernos con pequeños párrafos potentes. Las crónicas actuales tienen esa pegada, entre otros motivos debido a que el cronista está obligado a expresarse en poco espacio. Mitchell escribió estos párrafos hace setenta años y carece de esa prisa, tiene a su disposición docenas de páginas en las que entretenerse y entretenernos, con lo cual en lugar de intensidad lo que transmite es serenidad. El resultado posee una naturalidad discreta, pertenece al mundo de lo común y es, a la vez, esa región de lo común que estábamos deseando descubrir para entender que nuestras vidas también son especiales.

Leídas a fecha de hoy, estas crónicas poseen el encanto del viaje al pasado, a un lugar donde, además, se fraguaron algunas de las fábulas de la cultura occidental contemporánea. En su día, representaron el interés por visitar un lugar que no se nos presenta como hermoso, pero sí como digno de ser querido. Encontraremos ratas, contaminación y decadencia, junto a las formas humanas que construyen nuestra educación sentimental: «Yo odiaba la escuela (…). No sé qué me enseñarían allá, pero aprendí muchísimo más en el viejo muelle de pescadores. Un día mi padre tiraba un barril al agua al final del embarcadero y me enseñaba a arponear un pez espada sin que la cuerda se me enrollase entre las piernas…».

La curiosidad de Mitchell, que leyendo estos textos sólo podemos catalogar como una virtud, nos permite conocer la historia del puerto de Nueva York, que será la suma de las historias individuales, sobreponiéndose al empuje general, a lo que sería la historia oficial, la que se podría contar en un libro de texto. Porque a lo expuesto en los libros de texto es muy complicado mostrarle afecto, pero sí nos encariñamos con los que muestran humanidad, con los que luchan por sobrevivir y con los que nos hablan con cortesía, con interés. Este interés es de tal calado, que Mitchell reproduce los diálogos a través de extensas intervenciones de su contertulio. Se nos muestra como un tipo que escucha, lo cual es un valor vinculado, repetimos, a la virtud de la curiosidad. Así va desenmascarando a gente como ésta, que nos resulta tan amable conocer: «Por último no tiene el menor deseo de acumular riquezas. Se gana bien la vida y con eso le basta. Tiene un barco, un automóvil, una casa con jardín, setenta y cinco libros, una trompeta, una navaja y un traje de domingo, y no se le ocurre qué más podría desear».

El puerto de Nueva York es un lugar lleno de unas paradojas que en lugar de inquietarnos otorgan un carácter al sitio que raspa el fondo de la memoria, sacándole brillo a las cenizas: «Es un cementerio antiguo, muy frondoso, donde se respira paz, aunque en todos sus rincones pueda percibirse el trepidar incesante de la maquinaria que lo rodea». No hemos podido conocer este lugar en vivo y en directo durante los años en que él lo visitaba, las décadas de 1940 y 1950, pero ahora sabremos por qué nos hubiera gustado estar allí y descubrirlo.


Fuente: Zenda

miércoles, 15 de febrero de 2023

LIBRES

 

Libres

Ana Santamaría

Comba

Barcelona, 2023

122 páginas

 



No es tan sencillo tener un paraíso propio. Fuera de la cabaña en el árbol de la infancia o la siesta tostada en la playa adolescente, apenas queda refugio y si uno aspira a inventárselo, por mucho que ponga toda la carne en el asador ha de ser consciente de que la vida te va a azotar con fatalidades. A eso que se conoce como destino, que significa no ser dueños de nuestro futuro, que apenas sirva de nada sembrar y labrar para garantizar la cosecha, que estemos al desamparo frente a todas las plagas, es a lo que se refiere la suerte de los personajes que Ana Santamaría (Burgos, 1970) reúne en este volumen. Libres es, precisamente, lo que tanto les cuesta ser. Frente a la realidad, y estos cuentos son de carácter realista, sólo existe una libertad auténtica, que no es la de querer, sino la de querer querer. Debería bastarnos con saber qué nos gustaría ser, para disfrutar de nuestros días: el valor del sueño no es que se realice, sino soñarlo. Pero aceptar esto supera casi todos los atributos que podemos poner en juego. De ahí que no nos quede más remedio que idear conceptos como la saudade y pensar que esta forma parte inevitable de nuestra vida. Y a partir de ella, crear un proyecto estético, saber convivir con la belleza, que puede ser triste, pero es acogedora. Y saber materializar esta idea a través de palabras es literatura.

Ana Santamaría comienza recordándonos que reconstruirse tras la batalla puede ser imposible, y que para darnos cuenta de nuestra limitación nada hay más oportuno que la falta de intimidad. Estamos demasiado expuestos. Nos hará acompañar a gente que entiende que la tristeza ya es irrevocable y vive al borde del suicidio. Nos recordará que sueño y vigilia provocan sensaciones que son igual de veraces. Aterrizará en la idea de que el tema central en cualquier relación entre seres humanos es la comunicación, su falta o la comunicación en diferente frecuencia. Será capaz de detenerse a contar un mero instante, que será lírico y representa el desencuentro, es decir, de hacer un relato donde no debería haber relato. Nos desnudará al mostrar que ejecutamos constantemente el pensamiento a través de proyecciones: ese oso polar desubicado es como yo, soy yo, un hombre de aldea en una ciudad. Vagará por la sana fantasía infantil a través de la niña que quiere ser sirena, mostrando cuál debería ser la pureza del deseo que perdemos al hacernos adultos. Nos expondrá ante la idea de que no somos capaces de dominar nuestro entorno, pues ni siquiera podemos dominar qué llamadas recibimos. Tendremos que volver a pensar si el otro es el que es o el que yo creo que es para mí (creo o quiero). Tratará con la idea de la disonancia cognitiva a través de alguien que intenta justificar un abuso a través de un psicoempacho, atorado de sustancias y presión social y sociolaboral. Hablará sobre cómo crea un pueblo una leyenda antes de terminar recordándonos lo duro que es saber que uno tiene más vida por detrás que por delante, y que con tanta nostalgia se hace muy difícil vivir.

El tema de la libertad es uno de los asuntos centrales de un relato, así como el de la dignidad lo es de la psicología o la narración psicológica. Ana Santamaría nos ofrece una serie de cuentos que son algo más que apuntes sobre ese eje central, sobre ese sentimiento que buscamos como se busca el aire bajo las mantas. Con un estilo sereno y sobrio, nos dejará un sabor a inquietud, una de esas sensaciones que a uno le invitan a seguir investigando, a seguir curioseando, a no vivir a través de la inercia. Y eso es mucho.

jueves, 9 de febrero de 2023

CINCUENTA PALABRAS PARA DECIR NIEVE

 

Cincuenta palabras para decir nieve

Nancy Campbell

Traducción de Claudia Casanova

Ático de los libros

Barcelona, 2023

237 páginas

 



«El lenguaje nos permite, como a Marcovaldo, deshacer nuestras ciudades y soñarlas diferentes».

Marcovaldo, el personaje creado por Italo Calvino, quería ver en la ciudad algo muy diferente a lo que la ciudad es en su inmensa mayoría. Marcovaldo veía los retazos de naturaleza y con ellos componía su propio paraje, su lugar habitable. En estas Cincuenta palabras para decir nieve, Nancy Campbell (Exeter, 1978) se intenta construir un mundo, algo que abarque toda la geografía, habitable a través de rescatar lo mejor de nosotros mismos, lo mejor que hemos creado cerca del lenguaje. Campbell elige cincuenta palabras de distintos idiomas que tienen relación con la nieve, que describen los copos o los muñecos, pero también las formas de la geografía física o los fenómenos de la naturaleza. Lo que permanecerá será la naturaleza y los misterios que siempre acompañan a la naturaleza, mientras recorremos Japón, Dinamarca, Irlanda, Siberia o Noruega, pero también Nueva Guinea o las regiones maoríes.

El volumen que resulta es delicioso. Se trata de un artefacto que nos reconcilia con las lecturas de corto aliento, unos párrafos que contienen mucha poesía, porque la poesía sirve para hacernos sentir mejor. Es un libro que nos reconcilia con la lectura y con la respiración. Campbell hace todo un alarde de libertad creativa, de libertad expresiva, de libertad de asociaciones rompiendo los cercos de lo que entendemos que debería ser más académico, y nos orienta a través de un mundo en el que habitan los renos, las nubes con todas sus formas y vaticinios, la belleza, los pastores, las amenazas, las leyendas y los viajeros. Atenderemos a la música de los lugares y las personas que los habitan, a las creaciones artificiales del hombre, a los árboles, a la espiritualidad de cielo y tierra, al leopardo de las nieves, a James Joyce, a las flores y los esquíes. Conoceremos al fotógrafo Vittorio Sella, el batido de chocolate, el algodón que tanto se asemeja a la nieve, la inmigración galesa en la Patagonia. Volveremos a Andersen y su reina de las nieves, al loto blanco, a la luz de Grecia e incluso a la intrusión de las tropas napoleónicas en Lituania. Todo redactado con un gusto exquisito por el trabajo que está haciendo. Eso es lo que se conoce como literatura, acercarnos al frío y con él a las demás sensaciones, a los colores, a las costumbres y las historias narradas, a lo que sería esa parte de la estética que nos ayuda a estar en el mundo, que nos sostiene. A eso se dedica Nancy Campbell en esta obra, que nos mantendrá en guardia y con ganas de recibir la próxima sorpresa durante su lectura. Un libro precioso.

lunes, 6 de febrero de 2023

EL ESPLENDOR DE LA SEÑORITA JEAN BRODIE

 

El esplendor de la señorita Jean Brodie

Muriel Spark

Traducción de Laura Ibáñez

Blackie Books

Barcelona, 2023

190 páginas

 



Creamos al narrador que posea el superpoder de entender el orden de lo que nos está contando, porque conoce el futuro, y podemos llegar a introducir esa versatilidad en la narración, sin modificar un ápice los avatares a los que asistimos. Así es como planifica Muriel Spark (Edimburgo, 1918 – Florencia, 2006) esta novela, en la que asistimos al crecimiento, o al dudoso crecimiento, de un pequeño grupo de jovencitas en el periodo de entreguerras. Todo lo que está sucediendo tiene sentido porque ha tallado el presente, desde el que narra, ubicado unos años más tarde. En un principio, da la sensación de que la media docena de muchachas son bastante parecidas, están cortadas por un patrón semejante, pero enseguida se nos advierte de que una destacará por su facilidad para el sexo y otra terminará entrando en un convento de clausura. Cada una dará salida a su crisis de identidad en función de otras circunstancias que no son las que nos expone en la novela. Porque aquí de lo que nos habla es de algo que tendrán siempre en común, la presencia, como referente primario, de una maestra poco convencional en los últimos años de su educación primaria.

La maestra será la señorita Jean Brodie, y al contrario que sus compañeros, cree en una educación alternativa, en la que ella se presenta a sí misma como modelo, en la que establece una complicidad gratificante con las muchachas. La historia comienza cuando ellas tienen diez años y la señorita Brodie está en lo que ella califica como ‘su esplendor’. ¿Qué es ese esplendor? Es la edad ideal, que siempre será la que esté cumpliendo ella, y es una suerte de narcisismo que parece obedecer a un efecto rebote contra la presión social: debería ser sumisa, debería ocultarse más, debería actuar de acuerdo a la moral que tanto ha costado construir y se fundamenta en tradiciones absurdas. Frente a todo ello, la señorita Jean Brodie opta por confesar sus emociones personales y enfrentarse a la corriente de pensamiento que se impone, aunque para ello tenga que alabar a Mussolini. Para ella querer ser progre significa llevar también la contraria.

Pero las niñas pronto comenzarán la pubertad, y a continuación la adolescencia, en un relato en el que a medida que crecen se nos expresa su condición con menos detalle. Eso sí, entrarán en la edad de la razón a la vez que en el despertar sexual, que se expresa por el interés que muestran en el tema, sobre todo a la hora de hablar sobre la vida de su maestra, a la que irán dejando atrás, con la que irán encontrándose fuera de las aulas. La novela nos habla del gran referente que siempre permanece, en que más nos ayuda a crecer, el platónico. No se busca que posea una traba destacable, porque la evolución necesaria y comprometida será conflicto suficiente sobre el que gestar la acción y la evolución de los personajes. Todas las chicas maduran, pero la señorita Brodie se empeña en seguir siendo la misma, la que vive siempre en su esplendor. Detrás del relato se esconde la educación de las mujeres tapadísimas en esa época, sobre lo que sucede bajo la capa de la sociedad visible, que es la que componen los hombres. Un lugar que, al igual que en el estrato visible, es frágil, debido a las debilidades de los seres humanos, que podrán incluso provocar mala suerte en el destino de quienes queremos. A Muriel Spark no le falta un buen tema al que agarrarse para idear esta novela, que se lee con una facilidad que sólo podemos agradecer.