jueves, 23 de febrero de 2023

EL MAR VIVO DE LOS SUEÑOS DESPIERTOS

 

El mar vivo de los sueños despiertos

Richard Flanagan

Traducción de Alberto Moyano

Piel de Zapa

Barcelona, 2023

256 páginas

 



Una cosa es perder y otra dejarse la anatomía por el camino. De todas las metáforas de la vida que hemos conocido, la que se impone es la lucha. En la lucha podemos quedarnos sin una pierna, por ejemplo, pero a menos que en la pierna sea donde está la dignidad o la gloria, continuaremos avanzando por muy cuesta arriba que nos pongan el camino, por muy embarrado que esté el suelo. Sobre esta idea de la vida como lucha y la pérdida como antónimo de dignidad se han escrito muchos relatos, a los que ahora se añade este El mar vivo de los sueños despiertos, de Richard Flanagan (Tasmania, 1961) que ya demostró ser uno de los grandes novelistas vivos en sus anteriores obras, El libro de los peces de William Gould o El camino estrecho al norte profundo. Aquí coge el rábano por las hojas y nos sitúa, junto a la protagonista, en una situación extrema, en la que la lucha en y por la vida está en el centro de nuestras decisiones, y la pérdida se refleja en algo tan concreto como ir dejándose, misteriosamente, piezas de la anatomía por el camino.

Flanagan toca el tema del patetismo cuando nos señala las relaciones entre tres hermanos que deben tomar decisiones sobre la última suerte de la madre: enferma de manera incurable, hay que pensar en mantenerla con vida, aunque sea vegetativa, confiando en un milagro, o dejar que la naturaleza continúe su curso natural, el que sería en caso de no existir esta medicina, ayudando a que no sufra con paliativos mientras se termina de apagar. Mientras tanto, ella, la hija, pierde un dedo, por desaparición inexplicable, y a continuación una rodilla y un pecho. O eso es lo que ella cree percibir, que ha perdido partes de la anatomía de una manera absolutamente inexplicable. Así pues, no sabemos si acompañamos a alguien que padece realismo mágico o paranoia. En cualquier caso, la presión vital la sobrepasa hasta justificar cualquier forma de demencia o serenidad, si es que en casos tan extremos la serenidad es lo contrario a la demencia.

La vida actual, comida por el mundo digital, empaña cualquier conato de humanidad, apareciendo constantemente a lo largo de la obra, y siempre empañando cualquier síntoma de salud, que es el contacto humano. La vida digital aparece como una salida, un escape, una farsa. Porque lo que sí existe es un pasado a partir del cual generar los remordimientos actuales, mientras ahí afuera sucede uno de los peores veranos de la historia de Australia, en el que los grandes incendios arrasan con cientos de miles de hectáreas del país, y los animales fallecen con horror en medio de ese infierno. Mientras tanto, el cuerpo de la madre no cesa de deteriorarse, pero se niega a morir. Así pues, mientras el eje sobre el que pivotan las decisiones de los protagonistas es un enigma tozudo, ellos saben o sienten que han envejecido, que están envejeciendo, y se preguntarán quiénes fueron, sobre todo esta hija a la que acompañamos, y se preguntará, también, para qué sirve esto de vivir o haber vivido: «La joven doctora de Sri Lanka dijo que comenzaba a entender lo que un doctor veterano le había contado cuando estudiaba medicina; que la medida de nuestro valor no es lo que decimos o pensamos, sino lo que somos cuando nos pone a prueba el sufrimiento».

Esta agonía y este compromiso, esta indecisión o decisión equivocada, se mantendrá en vilo el tiempo suficiente como para que el resto del planeta siga evolucionando y se sucedan otras tragedias. Mientras tanto, los protagonistas se debaten entre ser lo que siempre han sido o evolucionar, si la evolución es posible. Estamos frente a otra gran novela de Richard Flanagan, que debería comenzar a sonar como uno de los grandes candidatos a los mejores panteones literarios.

No hay comentarios:

Publicar un comentario