lunes, 3 de abril de 2023

LAS SEPULTURERAS

 

Las sepultureras

Taina Tervonen

Traducción de Iballa López Hernández

Errata Naturae

Madrid, 2023

234 páginas

 



¿Qué levanta nuestra civilización en el aire? Básicamente, lamentos. Eso es lo que uno piensa cuando viaja a un país en el que encontrar una fosa común, donde yacen víctimas de una guerra, es una buena noticia. De eso trata este libro, Las sepultureras, que Taina Tervonen (Espoo, 1973) construye mientras elabora un documental sobre el trabajo de Senem y Darija, una antropóloga forense y una investigadora que intentan identificar quién vivió sobre los huesos humanos que aparecen en las fosas comunes. Estamos en Bosnia-Herzegovina. Las posibilidades de desfallecer en brazos de la pornografía emocional son muchas, porque las guerras de los Balcanes nos afectaron demasiado de cerca. Pero Tervonen se refugia en el lenguaje que registra, en la sobriedad, eludiendo cualquier tentación al lirismo o, para decirlo con más propiedad, a la farsa de lirismo. Su proximidad será a estas dos trabajadoras, no a la muerte, a las que irá visitando a lo largo de varios años.

«He pasado tanto tiempo en esta región que el silencio ha acabado afectándome también a mí. Me ando con cuidado con las palabras que empleo, con los temas que abordo. Alguna vez he llegado a reemplazar el término «limpieza étnica» por «los acontecimientos», preocupada por que no quisieran seguir hablando conmigo y a la vez avergonzada de contribuir a la negación de la historia».

No podemos estar más incómodos en esta situación en la que uno debe esforzarse por vivir contra el silencio. Tervonen va conociendo a estas dos mujeres, y a las consecuencias de los acontecimientos, o de la limpieza étnica, a través de su mirada. Pero ellas no hacen un trabajo de campo para desvelar los sucesos, ellas se limitan a ejercer una tarea que consideran de justicia. Porque la ética de estas dos mujeres, incansables, será el telescopio y el microscopio a través del cual veremos la realidad que se está viviendo. Y esta realidad es de duelo, de duelos incompletos, de dudas, de ese tipo de malestar que a la gente le siega la yerba bajo los pies. A la hora de la verdad, cualquier resolución ha quedado estancada y corre severo riesgo de caer en olvido.

Se busca una complicidad narrativa con las familias, pero a la mayoría de las personas les pesa demasiado el silencio que «transforma el dolor de los recuerdos en pesadillas, en migrañas, en arrebatos de violencia». «A veces el silencio es el precio que hay que pagar para sobrevivir», comenta, convencida de que el tiempo de la palabra todavía no ha llegado. Lo que sí llega es la humanidad como flujo moral, que es lo que va llenando los espacios entre quienes habitan sobre la superficie y aquellos a los que se quiso enviar al olvido.

Tras recorrer esa distancia, comprobamos que la buena gente ha aprendido a vivir sin rencor, que quien sufrió pérdida no odia, y no podemos sino cuestionarnos por qué. Si hay una emoción que se impone a lo largo de este libro, esa es el respeto. Y también nos preguntaremos si el respeto es una emoción. Sabemos, y así nos lo recuerda algún entrevistado en algún momento, que el miedo no es una emoción muy constructiva. Y en el ambiente en que se mueve nuestra autora el miedo sería la ruta normal. Así pues, cabe concluir que debe existir una emoción que uno construye para librarse de ese miedo, que esa emoción surge por voluntad propia y por sensatez, por las ganas de vivir que uno extiende a su alrededor, y esa emoción tiene que ver con los demás tanto como con uno mismo. De eso trata este libro impactante, del respeto, que será esa emoción que nos ayude a neutralizar el miedo y a su hijo el odio.


Fuente: Zenda

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