viernes, 7 de abril de 2023

ENTREMUROS

 

Entremuros.

Sergio Missana.

Ediciones Lastarria & De Mora.

Valladolid, 2023.

295 páginas

 



Las distopías funcionan de manera contraria al mecanismo que rige la memoria: allí, en nuestra cabeza, desechamos los malos recuerdos, por la sencilla razón de que necesitamos sobrevivir, y fijamos en las evocaciones los buenos momentos, los instantes de placer y felicidad que hemos vivido. Las distopías son ilusiones creadas por agoreros que aseguran que lo más importante no fueron las películas de Charlot, sino la Gran Depresión. En los tiempos felices jugaban algunos personajes con ser dueños de su destino, y es a ellos a quienes prestamos atención y no a los predicadores de la oscuridad que anunciaban tragedias. Pero a la hora de la verdad, a cualquiera que se le pregunte te dirá que vivimos tiempos sombríos y se avecina una tormenta. Parecemos condenados a vivir entre los recuerdos salvíficos y las predicciones agoreras. Tal vez a eso se reduzca nuestro alimento básico. Sergio Missana (Santiago de Chile, 1966) se suma a los apóstoles de lo sombrío en esta novela, Entremuros, en la que también se manejan los principios básicos de las novelas policiacas.

Escrita a varias voces, nos sitúa en una ciudad en ruinas donde todo el mundo parece estar en guerra contra todo el mundo. No hay espacio para respirar aire puro, no hay espacio para la libertad. A no ser que uno consiga huir hacia un territorio prometido, que resultará ser poco más o menos tan consistente como un campamento de refugiados. El mundo que crea Missana es un lugar donde no parecen existir leyes explícitas, un lugar donde se supone que hay una administración, tal vez hasta un gobierno, pero su debilidad alcanza tal grado que se diría que se ha diluido. Si no existe un referente oficial, las leyes serán implícitas. Y las leyes implícitas las dicta, ya lo sabemos, el más fuerte. Se suele conocer a este fenómeno como ley de la selva, y aquí la selva son los escombros. Ni siquiera tenemos el descanso de la naturaleza al fondo.

Se nos entrega una obra que maneja todos los lugares comunes de este tipo de novelas, sitios que parecemos más estar revisitando que conociendo por primera vez. Ahí está la cárcel claustrofóbica, por ejemplo, o el secuestro de las mujeres; y también tendremos al coyote que ayuda a emigrar, como los que atraviesan Centroamérica y México en canal; se nos hablará de desaparecidos sin rastro posible de seguir, y de prófugos de la justicia, cuando la justicia es algo demasiado débil; acompañaremos a personajes en fuga, por tierras inhóspitas, como es inhóspito el desierto; asistiremos al asalto a una comisaría defendida por dos policías, por parte de unas bandas armadas que pretenden liberar a su jefe; los últimos poderosos se refugiarán en torres como quien se libra así del acoso del mundo zombi y la única salvación posible estará en un lugar legendario, en el que no hay más idilio que mantenerse al margen de la violencia. Este país, este planeta, está más bien regido por organizaciones clandestinas en las que uno no puede sino estar en guardia, pues la traición es la norma. En realidad, cabe preguntarse por qué son secretas, dado que no existe nada contra lo que ser secreto: no hay Estado, no hay dirección central, no hay un sistema de justicia implantado por ninguna administración.

La salida que se ofrece a los personajes, el escape a este mundo tóxico, es el mito, la fantasía. En algún lugar se podría ser feliz. En algún lugar uno puede vivir lejos de seres que emergen de las sombras, llenos de tatuajes, con los dientes de una calavera dibujados en los labios y círculos vacíos en torno a los ojos, portando machetes y un collar de dientes humanos. No sólo los lugares son territorios que revisitamos, también los personajes son gente a la que nos parece haber conocido en otros relatos, algunos cinematográficos, donde este tipo de narración funciona como un tiro.

 

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