miércoles, 29 de septiembre de 2021

EL SENTIDO DEL ASOMBRO

 

El sentido del asombro

Rachel Carson

Traducción de María Ángeles Martín R-Ovelleiro

Encuentro

Madrid, 2021

85 páginas

 


Pánico viene del dios Pan, que era quien asustaba a los pastores y caminantes escondiéndose en el bosque para provocar ruidos aterradores. Nadie puede sentir temor en el bosque cuando estos ruidos forman parte de su vida, han sido uno de los fundamentos de su educación sentimental. Sentados en cómodos sillones, estos primos de los monos que ahora somos dejaron de comulgar con los árboles de los que descendió nuestro antepasado para agarrar un garrote. Ahí arriba siguen habitando aves e insectos, seres medianos y pequeños que forman una población sanísima, que se integra con una vegetación siempre dispuesta a curar sin necesidad de que sus principios activos se destilen en fármacos. Es necesario recuperar nuestra capacidad de convivir en la naturaleza para eludir las neurosis que hemos inventado enlazadas a la civilización que fuimos creando. La propuesta de Rachel Carson es muy sugerente: apartar los datos que confundimos con conocimientos para quedarnos con la esencia vital. Y para ello, sugiere, el adulto debe abandonar esa pose de maestro que tiene algo de solemne, y dejarse llevar por el sentido del asombro que tuvo siendo un niño, el que conserva el niño que camina a su lado.

En la antigua Grecia la instrucción se destinaba a los esclavos, en tanto que los hombres libres eran educados según la paideia, que proviene de la palabra niño y es el origen de lo que hoy conocemos como pedagogía. Tal vez no haya sido buena idea transformar la paideia en una ciencia. De hecho, la instrucción que recibían los esclavos se asemeja mucho a las fórmulas educativas actuales, las más académicas, las que no han recibido ninguna reforma contundente desde la época de la Revolución Industrial. Se forman alumnos como se extraía carbón o se montaba un coche en una línea de trabajo fordiano. Carson propone olvidar el contenido y atender al proceso. ¿Qué pretende, esencialmente, este proceso? Algo tan sencillo como mantener una curiosidad purísima, la que uno necesita para madurar, para crecer. Refugiarse en los datos que llamamos conocimiento, no implican mejorar a la persona, y en lo que atañe a la madurez no cabe quedarse estancado: si uno no progresa, retrocede, se hace cada día más pequeño.

Carson acude al bosque, de la mano de un niño, para conversar con él, como conversaban los hombres libres, los que se estaban formando como ciudadanos, en el ágora. Lo que sucede es que la conversación con la naturaleza no es igual al diálogo socrático. Se trata de un modo de conversar en el que uno se funde con el paisaje, convencido de que el paisaje nos construye más de lo que creíamos. Como lo demuestran las neurosis vinculadas al mundo urbano. Como lo ha demostrado Thoreau, Amy Liptrop o Wendell Berry.

No hay comentarios:

Publicar un comentario