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martes, 12 de septiembre de 2017

INFANCIA

Infancia

Jona Oberski

Traducción de Jan Schalekamp
Ediciones B
Barcelona, 2.005
127 páginas
16,90 euros

El precio de haber nacido


Este es un libro autobiográfico sobre cómo murió una infancia sin llegar a haber sido. Y, lo más difícil de todo, escrito sin odio. O al menos sin pretender denunciar el odio, los traumas, los pleitos y las conclusiones horrorosas de uno de los procesos más infames de la historia de la humanidad. Se nos dice que el autor, Jona Oberski, sobrevivió entre los cuatro y los ocho años a un campo de concentración. Cerca de cumplir los cuarenta, se decide a escribir sobre aquello utilizando como único instrumento documental su propia memoria. Como no podía ser menos, los protagonistas reales del libro son los padres, unos seres que durante la infancia forman parte inseparable de nuestra alma. De ahí que Oberski haya decidido colocar la dedicatoria al final del libro, y no al principio. Un final sorprendente que no revelaremos y que atañe al complejo camino que es el seguir vivo.
Oberski no aturde con complejos truculentos, ni denunciando episodios de violencia extrema ni nada por el estilo. Todo eso queda al margen de lo registrado. Sí es cierto que el texto provoca angustia, pero es más bien debida al conocimiento de lo explícito, de lo que está ocurriendo fuera de lo narrado, que posee el lector. Los límites de los textos breves que componen esta pequeña novela, son los mismos límites que tienen los ojos de un niño: los párpados y el alcance al que llega la vista. Unido a este acierto, está el lenguaje pulcro, de corto aliento, bastante neutral, que de alguna manera nos remite a la obra de Imre Kertesz, Sin destino, con la cual se complementa de una manera sorprendente: lo que en Infancia es la inocencia pueril que justifica el orden flemático del lenguaje, en Sin destino será la pérdida de esa inocencia en la juventud, sustituida por el cinismo, el motivo de recurrir a una voz indiferente. En cualquiera de los dos libros, hechos trágicos, como la muerte, son cosas que sencillamente suceden.
Pero Oberski no obvia, pese a su lenguaje, el contenido lírico que debe tener una infancia, aunque sea la suya, aunque esté maltratada, y como todo texto que se precie escrito desde la memoria, desde “la verdadera patria de un hombre” (así definió a la infancia Rilke), el descubrimiento del mundo adquiere matices líricos. En este caso definidos a través de uno de los cinco sentidos: el de la vista. Desde ahí Oberski descubre qué recibe de sus padres, cómo explicar la presencia de personajes secundarios o de grupos de personajes que se comportan como un solo ente, o presta atención a los restos de humanidad que como girones de alma rasgan el espacio del campo de concentración (expresión que en ningún momento aparece) aquí y allá, y que son los que sobrevivirán en la memoria del superviviente. El conocimiento parcial se ve supeditado a su relación con los adultos, cuya única expresión para transmitirle que están viviendo en guerra, es la costumbre de posponer las explicaciones, hecho que no es infrecuente en la educación de cualquiera. De hecho, por algo Oberski narra como si su infancia no hubiese transcurrido hundido en el horror hasta las rodillas, sino al igual que si su aprendizaje fundamental fuera el de cualquier otro niño. De ahí que lo mejor de esta obra sea esa conclusión del aprendizaje, que es que no merece la pena sentir odio. Oberski nos lega la idea de que su vida se hubiera visto abocada a la destrucción interior de guiarse por esta fiebre. Sin embargo, no ha podido dejar de escribir un libro que no cierra heridas, sino que hecha bálsamo y las acaricia. La lectura de Infancia es la primera noticia que he tenido que la existencia de Jona Oberski, pero juraría que se trata de una buena persona.

Fuente: Culturas/Tribuna


sábado, 2 de septiembre de 2017

TRAGAR MERCURIO

Tragar mercurio

Wioletta Greg

Traducción de Karolina Todorova
:Rata_ Books
Barcelona, 2017
191 páginas

En este mundo apocalíptico, lo difícil no es abrir la ventana y gritar que la vida es una mierda. Eso lo puede hacer cualquier todólogo durante las sesiones de radio matutina, sabiendo que quienes le escuchen afirmaran con la cabeza. En este mundo lo verdaderamente complicado es encontrar el aroma a canela en las natillas o, lo que viene a ser lo mismo, reconocer que la infancia de uno es un tumor en la memoria. Hacerlo, además, con el estilo de los grandes, que es el de quien no cesa de buscar la poesía debajo de la alfombra, donde los demás esconden la basura, es tarea heroica. Wioletta Greg (Polonia, 1974) pertenece a esta estirpe, la de los malditos y la poesía, la de los que utilizan la literatura como psicoanálisis apartando cualquier indicio de autocompasión, la de los escritores que son capaces de entablar con el lector grandes paradojas como es, en este caso, igualar la infancia y la pubertad con la decadencia. Da la impresión de que al poco de nacer Greg hubiera conocido en qué consiste el crepúsculo de la raza humana y hubiera tomado nota para advertirnos. De hecho, leer Tragar mercurio nos obliga a reconsiderar nuestros propios días felices, la patria de la infancia.
Los relatos que componen el libro están ambientados en una Polonia rural en la que lleva sucediendo la postguerra durante décadas. Hay algo que uno llamaría costumbrismo, si fuera capaz de generalizar, porque la desdicha de ser niño, la dificultad de ser niña que ella padece, es algo muy personal. Como en todo amor, se confronta la realidad con el deseo. Como en los amores, la memoria impone cuál será la forma de relacionarte con el otro. En este caso, el otro es el yo, la desilusión del realismo social y, sobre todo, la falta de consuelo que no se le debería negar a ningún niño. Los adultos no permiten que los niños tengan voz y así, alejada de los otros niños, con quienes el desencanto en lugar de uniformarlos les hace ser particulares, esta obra es una de las grandes descripciones de la soledad que uno puede leer.
Por los textos circulan animales feos, la religión espantosa, el frío y las llagas del frío, los sueños que definen que dormir es algo incómodo, las relaciones casi a garrotazos, las trabas sexuales propias de cualquier bildugsroman, la tradición grotesca, los reproches incesantes, la enfermedad, el alcohol y el programa del estado o de algo que las personas llaman estado. Con todo ello debemos saldar cuentas. Pero por mucho que uno se empeñe en escribir, en divulgar, en asomarse a la ventana y gritarlo, la soledad que se ha padecido a lo largo de una infancia siempre será una segunda piel enferma, a la par que un corazón transformado de músculo a papel arrugado y que, por la mera necesidad animal, no cesó de latir.
Este libro, se nos anuncia, fue finalista del Man Booker Iternational 2017. Sorprende que no se alzara con el premio.

Fuente: Culturamas