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miércoles, 10 de enero de 2018

DOS CARAS DE UNA MISMA COREA

Dos caras de una misma Corea
Viaje al paralelo 38
Daniel Wizenberg y Julián Varsavsky
Clave Intelectual
Madrid, 2016
186 páginas


Todo se fundamenta en odiar a los que gritan “¡Al ladrón, al ladrón!”, sin reconocer en realidad el fundamento del supuesto robo. Para robar, es imprescindible que se haya establecido un esquema de distribución de poder, de otra forma, no hay pobre que robe al rico. Desde la época de Napoleón hasta nuestros días, ese sistema se conoce como estado. Los extremos de modelos de estado hasta ahora ingeniados, se dividen en el paralelo 38, separando dos países de poca extensión que son las dos Coreas. “Este libro”, nos dicen los autores, “no habla de los coreanos sino de las relaciones de poder en cada una de las dos sociedades”. Y lo consiguen sin intervención de la ideología, porque no distinguen entre el fin y los medios, porque el periodo de vigencia de los estados que pueden abarcar es demasiado corto como para plantearse otra cosa que no sea los diferentes maquillajes de la sociedad del cansancio. En cualquiera de las dos Coreas, se reproducen las enfermedades del sistema nervioso, los infartos psíquicos, la esclavitud. Con mucho hermetismo en el Norte. Con el sacrificio del individuo en el Sur. En ambos casos, imponiéndose unos sesgos totalitarios, dos versiones del Big Brother: la hiperbólica consagración del líder en el Norte, y el mercado y el Big Data en el Sur. Si en el norte el señor feudal hereda el nombre en una dinastía que solo se remonta tres generaciones, en el sur el señor feudal se llama Facebook.
El libro comienza con el relato del argentino Daniel Wizenberg, que para visitar Corea del Norte no tiene otro remedio que seguir la cuarentena de un viaje organizado. Los guías turísticos responden con consignas ensayadas y apenas se puede visitar nada que no sea faraónico y, por lo general, vacío de personas. Nos describe un país tan gris como frío, en el que para salir adelante uno debe tomar con humor la vida, algo casi imposible. Lo que le muestran es una farsa, una caricatura. Lo único que no pertenece al terreno de lo falsario, son esas pequeñas diapositivas que se ven desde la ventanilla del tren, en la que lo rural apenas ha avanzado en los últimos dos siglos. Mientras tanto, la exageración de los números que certifican la gran nación que les van presentando, hace del discurso un relato nada creíble. La narración es cronológica, y lo más llamativo es conseguir detallar que Corea del Norte es un país con fronteras reales, con protocolos de seguridad geográficos y que truncan la llegada de los media.
Por su parte, Julián Varsavsky nos presenta una Corea del Sur deshumanizada. El índice de suicidio juvenil debido al fracaso escolar es uno de los secretos mejor guardados del país. Si en Corea del Norte a la gente le robaban la humanidad, aquí les roban la infancia por culpa de una sociedad en la que o compites a todo vapor, o mueres. Los monjes budistas, se limitan a actuar según lo previsto, como parte de un decorado. El hiperdesarrollo tecnológico deforma y atrofia las relaciones entre personas, en una intoxicación digital que hace vivir a la gente en realidades virtuales. La multinacional Samsung se presenta como paradigma de la historia de Corea del Sur: las últimas décadas de la empresa y del estado viajan entrelazadas. Uno concluye, tras la lectura del texto de Vasarvsky, que es casi imposible el retorno a lo analógico, donde el ser humano encontraría la salvación.

Y así, con cierto paralelismo y diferente estructura, reconocemos los males, equivalente en cada una de las dos sociedades: frente a la austeridad, el hedonismo; frente al hormigón, los gatos; frente a la psicosis social del pobre, la psicosis social del rico; frente a la pasividad, la obediencia; frente al nivel de sacrificio, la deshumanización. La distancia que encuentran los autores para exponer y denunciar, es la que precisa aquel que antes de gritar “¡Al ladrón, al ladrón!”, piensa en que tal vez el ladrón se esté ganando las gachas del día, o que el robado practica, a su vez, otra forma de latrocinio.

Fuente: La línea del horizonte

lunes, 10 de julio de 2017

LA ACUSACIÓN

Fuente: Culturamas

La acusación
Bandi
Traducción de Héctor Bofill y Hye Young Yu
Libros del Asteroide
Madrid, 2017
242 páginas

En un epílogo breve y en verso, Bandi, un escritor del que apenas sabemos que logró escapar de Corea del Norte, algo insólito, menciona la vida de autómata que allí se lleva y la indignación que solo puede expresarse al abandonar el críptico país. También confiesa que su intención no es hacer gran literatura, sino escribir con los huesos calados de sangre y de lágrimas. Áridas, rudas, dañadas, toscas… así califica él sus historias. Pero todo esto uno lo ha podido deducir durante la lectura de un libro cuyo interés es la descripción de la vida en Corea del Norte. Y esa descripción no es una película de terror, es, más bien, una invasión continua, pero da miedo. Hay un verbo que aparece constantemente como la condición a la que están sometidos los habitantes del país: obedecer. ¿Obedecer por qué, para qué o a quién? Da igual. Obedecer. Sí menciona al gran líder, pero más a un sistema en el que los funcionarios ocupan su lugar en una pirámide y ejercen las órdenes porque sí, aunque ello le suponga la vida a una persona. Porque la despersonalización, la conversión de la gente en grupo, en casta animal, es imprescindible para el éxito del sistema. Si no fuera cierto lo que narra, parece que asistimos a una escenificación del teatro del absurdo, algo más allá de Kafka, porque en las historias de Kafka uno tiene derecho a fruncir el ceño. Aquí lo primero a lo que hay que obedecer es a mantener una sonrisa perpetua, como los maniquíes.
Los relatos de viaje por Corea del Norte que hasta la fecha habíamos leído, reflejaban nada más que lo que se les permitía ver, una gloria amenazada por Estados Unidos. Excepto en uno de los capítulos de Hijos del monzón, de David Jiménez, en el que se refleja la historia de un niño que ha cruzado la frontera tras encontrar un punto ciego. Pero aquí asistimos a la temeridad de la herencia de los estigmas a lo largo de generaciones, por ejemplo. O se centra en el miedo que sienten los niños, a quienes se les intenta anular la curiosidad para convertirlos en autómatas. Y mientras el régimen se autoelogia en fiestas faraónicas, la paranoia de los norcoreanos se divide en dos: la de la extrema precaución o la de los que comulgan con el estilo de vida, si es que esa vida posee algún estilo. Que la administración no tenga alma, es algo que sucede en cualquier país. Pero que no exista un miembro de la administración que sortee el sistema para poner una tirita sin que el herido tenga los papeles oportunos, es un mal extremo. Algo que llega a su punto más alto cuando suceden las olas de frío y el pueblo, sencillamente, muere. Y sin derecho a llorar a los muertos, porque el llanto se considera un acto de sedición.

La humillación a que se somete a la gente es, por tanto, inadmisible, un delito de lesa vida. Será el estado el que escriba las biografías de sus ciudadanos, incluidas las bondades, escasas, en que ayuda a una anciana o a un hombre severamente lesionado. Las biografías de la gente pasan a ser un acto de propaganda. Una película como La invasión de los ladrones de cuerpos es un mal chiste comparado con los relatos de Bandi. Aquí la lucha tiene lugar hasta en los sueños, que no reparan. No existe ni siquiera un agente que muestre otra forma de humanidad que no sea la burla.

miércoles, 14 de junio de 2017

LA VEGETARIANA

Fuente: THE NEW YORK TIMES
POROCHISTA KHAKPOUR
Nos gusta tanto esta reseña de una de las mejores novelas del año, que no nos resistimos a reproducirla.

Ni todas las advertencias del mundo bastarían para preparar al lector para los traumas de La vegetariana, de Han Kang (Seúl, 1965), galardonada con el Man Booker Internacional 2016. Puede que, para empezar, uno se fije en el título, recorra la inofensiva frase del principio -“Antes de que mi mujer se hiciera vegetariana, nunca pensé que fuera una persona especial”-, y piense que, en este caso, el mayor peligro es la conversión al vegetarianismo. Los horrores que se agitan dentro y fuera de esta feroz novela, con su impresionante reivindicación de la muerte, no tienen fin.
Cuando Yeong-hye se despierta una mañana de un sueño inquieto, descubre que se ha convertido en una monstruosa… vegetariana. Y aquí se acaba el eco, sencillo en apariencia, de este punto de partida clásico. La novela, estructurada en tres partes, zigzaguea entre el suspense doméstico, la parábola de transformación y la meditación dendrofílica relatados desde los puntos de vista del deplorable marido de la protagonista (1ª parte), de su obsesivo cuñado artista (2ª parte), y de su saturada hermana mayor (3ª parte). Los tres personajes se caracterizan por lo que hacen para ganarse la vida, mientras que Yeong-hye deja de hacer prácticamente todo.
“He tenido un sueño”, dice en uno de sus pocos momentos de diálogo directo como única explicación de su reciente condición de herbívora. Al principio su familia y sus amigos reaccionan con un desdén distraído. Durante la cena, un conocido pasivo-agresivo proclama: “Odio compartir una comida con alguien que considera que comer carne es repugnante solo porque ellos mismos lo piensan… ¿No te parece?” Pero su forma física no tarda en crear el espacio negativo tan temido por su círculo más próximo: pérdida de peso, insomnio, disminución de la libido y, finalmente, abandono de la vida cotidiana “civilizada”.
No se puede decir que este sea un libro ascético. La novela está llena de sexo dudosamente consentido, de alimentación forzosa y purgas de toda clase que, en el fondo, son abusos sexuales y desórdenes alimentarios, aunque nunca llamados por su nombre en el universo de la autora. Una reunión familiar en la que Yeong-hye es agredida por su propio padre por el tema de la carne evoluciona para adquirir tintes bastante más tenebrosos al penetrar en el territorio de la autolesión, si bien esta no será la última vez que un hombre (o ella misma, de hecho) viole su cuerpo. Sin embargo, la violación de la mente es un asunto distinto.
La vegetariana necesita toda esta carnicería porque, en el universo de la novela, la violencia está conectada con el sustento físico en el consumo de carne, las relaciones sexuales e incluso los cuidados. La intervención externa de la familia, los amigos y los médicos actúa para moderar la realidad de esta historia, pero, al final, los esfuerzos de todos ellos son anémicos.
Publicado originalmente en Corea del Sur en 2007 e inspirado en el relato corto The Fruit of My Woman [El fruto de mi mujer], de la misma autora, La vegetariana fue la primera obra de Han que se convirtió en una película. En su país, Han ha recibido merecidos elogios que la califican de visionaria. Aquí se corre el riesgo de prestar atención solo a los aspectos etnográficos y sociológicos. En Gran Bretaña, las reseñas intentaron encontrar sentido a su rareza atribuyéndola a la cultura. Hubo críticos que trataron de poner el acento en que en Corea del Sur el vegetarianismo es imposible.
Asimismo, desde un prisma feminista occidental contemporáneo se podría condenar la novela tachándola de ejercicio de degradación de la mujer o de “porno horror”. Pero con ello se estaría asumiendo igualmente una normalidad problemática, utilizándola como vara de medir para la novela. Fuera de Occidente hay todo un universo literario que no se adapta a nuestros mercados, no se debe a nuestras tendencias ni se pliega a nuestra política.
Antes bien, el espléndido tratamiento que da Han a la capacidad de actuar, a las decisiones personales, a la sumisión y a la subversión encuentra su forma en la parábola. Los géneros literarios breves -la novela tiene menos de 200 páginas- tienen la particularidad de que en ellos lo alegórico y lo violento extraen una potencia especial de sus pequeños contenedores. Uno tiene la sensación de que La vegetariana guarda relación con obras breves tan diversas como Lazos de sangre, de Ceridwen Dovey, o Bartleby, el escribiente, de Melville. También me ha recordado a El búho ciego, obra maestra del terror y novela de culto de 1937 escrita por el iraní Sadegh Hedayat. Y, por último, ¿cómo no remitirnos a Kafka? Más que La metamorfosis, por el texto rondan los diarios del autor y su relato Un artista del hambre. Además, Kafka tal vez sea el vegetariano más conocido de la historia de la literatura. Al parecer, en una ocasión le declaró a un pez en un acuario: “Por fin puedo mirarte en paz. Ya no te como”.
De todas maneras, el de Han Kang no es un cuento con moraleja para omnívoros, ya que el viaje vegetariano de Yeong-hye dista mucho de ser feliz. Abstenerse de comer seres vivientes no lleva a la iluminación. A medida que Yeong-hye se desvanece, la autora, como un auténtico dios, deja que nos batamos con la pregunta de si deberíamos ponernos de parte de la supervivencia de la protagonista o de su muerte. Una pregunta que viene acompañada por otra, el interrogante último sobre el que nos resistimos a reflexionar. “¿Por qué es tan malo morir?”, pregunta Yeong-hye. En el capítulo siguiente se responde como un eco: “¿Por qué es tan malo morir?”