La
aguja dorada
Montserrat
Roig
Traducción
de Gemma Deza Guíl
Consonni
Barcelona,
2026
267
páginas
«En
el otro lado hay una mitad de nosotros mismos», dicta una de las últimas frases
con las que Montserrat Roig (Barcelona, 1946 – 1991) culmina este viaje. La
aguja dorada contiene viaje, sí, pero viaje en todos los sentidos, en
desplazamientos geográficos y en revitalización interior, en aprendizaje y en
descubrimiento, en desarrollo y en divulgación, en lo que supone aguantar y en
lo que supone emocionarse. Corre el año 1980, cuando todavía no sospechábamos
que pudiera caer el muro de Berlín, y Roig emprende un viaje a Leningrado con
intención de escribir un reportaje sobre el sitio de la ciudad durante la
Segunda Guerra Mundial, cuando el ejército nazi tomó la decisión de rendirla
por hambre y frío. No es nada extraña esa confesión que hace al principio,
cuando habla del miedo que sentía: «Miedo a pasar por aquel país sin retener las
“cosas” y no los hechos, las personas y no las fechas, la vida y no la
historia, sin pisar las calles con la mirada de los pies, de verdad, cuando los
pies te hacen de ojos y te conducen hacia lo que desconoces perro que eliges de
manera inconsciente». Tal vez ese miedo sea necesario para construir la segunda
parte de este libro, una magnífica decantación, tras varias entrevistas, de lo
que supuso la guerra en la población, persona a persona, de la ciudad. Roig
conocerá a gente que vivía con la muerte y, sobre todo, con demasiado recuerdo
de la muerte.
Pero
antes ha tenido que superar varios episodios y algunas barreras. La primera de
ellas la forma la propaganda. Cabe recordar que 1980 es el año en que se
celebraron Olimpiadas en Moscú, y a ese país, la Unión Soviética, llegó Roig: todo
debía ser un escaparate, por mucho que la trastienda estuviera vacía. Le
facilitarán un intérprete bravucón, borracho y empachado de ideología y
tradición, obsesionado con los agentes que le espían en todos los rincones. Con
él conformará una pareja que podría igualar en intensidad narrativa a Don
Quijote y Sancho Panza, de no ser por la incomodidad que genera y que Roig sabe
contener a la hora de expresarla. De hecho, Roig se vale de esta incomodidad
para hablar acerca de los conflictos con la época que les está tocando vivir a
los soviéticos. Pero la presencia del intérprete, fatigosa, impide a Roig
encarar su trabajo, atender al arte, a la vida cotidiana y a la historia en
condiciones. Lo que se impone es el choque de civilizaciones, una adaptación
que a Roig le resultará imposible.
Roig
coloca un interludio en el viaje para hablarnos de Pushkin y de Sostakóvich,
mientras aguarda a un nuevo intérprete. Resulta galante encontrarse con el
poeta y el músico, y con los conflictos y la supervivencia, gracias al estilo
sereno de la autora. Pero el plato fuerte vendrá a partir de entonces, cuando
el nuevo intérprete, un tipo ingenuo, resultará ser alguien que le facilita el
trabajo, gracias al cual puede comenzar la verdadera labro, la de conocer gente
y ver el lugar y la guerra a través de sus ojos. Y con lo que nos vamos a
encontrar es con otra de esas experiencias literarias que quitan el aliento.
Con una tristeza que desborda, va narrando episodios de la vida, si es que aquello
se podía llamar vida, de supervivientes. Roig hace gala de una capacidad
narrativa muy humana, se identifica con el sufrimiento sin caer en excesos
sentimentales, y refleja todo con una empatía que nos llevará a preguntarnos si
no es precisamente esto, la empatía, el principal atributo por el que debemos valorar
una obra literaria. La tentación es a responder que sí, porque Roig escribió
uno de esos libros inolvidables gracias a ella.
Fuente: Zenda
