miércoles, 24 de diciembre de 2025

EL PATIO MALDITO

 

El patio maldito

Ivo Andrić 

Traducción de Marc Casals

Xordica

Zaragoza, 2025

388 páginas

 



Para saber en qué consiste eso de ser humano, nada mejor que encontrarse con situaciones dramáticas, situaciones que en algunas sensibilidades podrían rozar la crueldad. Lo sabe Ivo Andrić (Travnik, Bosnia, 1892 – Belgrado, Serbia, 1975), como sabe que la forma mejor en que nos afecte es la de convertirse en un narrador puro, de modo que sus creaciones, sus personajes, nos acompañen emocionalmente, como nosotros los hemos acompañado durante la lectura. Conocer a Fray Petar, por ejemplo, tendrá una intensidad que podría compararse a la que supone conocer al buen soldado Svejk o al mismísimo Alonso Quijano. Petar es un fraile que va contando con más protagonismo a medida que avanzamos en la lectura de estos relatos, hasta llegar al último, El patio maldito, que por extensión podría ser una novela corta. Pero este final, de casi cien páginas, es un regreso al espíritu de Scheherezade: en una cárcel claustrofóbica, presidida por un alcaide brutal, se encuentran unos personajes que conservan cierta inocencia, y esos encuentros darán pie a lo solidario y al regreso de la necesidad de narración propia de la infancia, y también de la infancia del hombre. Se narrarán unas historias que serían maravillosas de no ser por el realismo que contienen. Será, de hecho, este realismo el que imponga su tono a lo largo de todo el libro.

Ivo Andrić nos lleva de regreso a su tierra, a los Balcanes, y a esos periodos de conflicto en los que lo propio de la convivencia de diferentes culturas era en enfrentamiento y el mestizaje estaba mal visto. Acabamos de decir diferentes culturas, pero bien podríamos habernos significado por diferentes religiones. Hay una pequeña tentación a amonestar el belicismo entre religiones, pero lo que se va imponiendo, relato a relato, es la humanidad buena y sentimental, que acabará teniendo su mejor reflejo en nuestro fraile tan bien dotado para la narración oral y la memoria. La impresión que terminará por imponerse es que el volumen puede no tratarse de una novela, pero sí tiene una continuidad, como sucedía en esa obra maestra que se titula Un puente sobre el Drina. Entre las razones que nos llevan a considerar esa unidad está, por un lado, el territorio, fronterizo, alejado, intemporal: «y dado que la tierra es mucho más grande, fuerte y duradera que la vida humana, uno se olvida y se pierde cada vez más en ella»; y, por otra parte, también esa inmersión en los seres que se debaten entre los conflictos propios del ser humano:

«—¡Cuánto mundo he visto, Yekaterina! ¡Cuánto mundo he recorrido!

» Ni él mismo sabía si alardeaba o se estaba lamentando, así que se detuvo.»

Ese debate entre vanidad o autocompasión bien puede simbolizar la idea que tiene Ivo Andrić sobre la entereza humana o la fragilidad humana. La pregunta que aflora, constantemente, es qué les falta a estos seres que, como nosotros, están tan incompletos. Andrić se valdrá para ello de la ética en tiempos de supervivencia, de los traumas o del estrés postraumático, de la violencia, de los atolladeros por ley, de los últimos instantes de vida, del sentimiento de culpa. Nos indicará que la vida que tenemos no tiene nada que ver con la vida que merecemos, nos descubrirá los mundos ajenos, incluso los lugares donde se ofertan milagros, y los enredos cotidianos entre quienes se supone deben prodigar rezos y bondad. Llegaremos, incluso a preguntarnos de qué vale pecar cuando acompañemos a un religioso que se adentra en el monte para confesar a un bandido. Hay una vehemencia contenida en las narraciones de Andrić, muy bien contenida, porque lo que se impone es el puro relato, próximo a la oralidad, y todo el contenido de humanidad que puede haber dentro de las reacciones de cada personaje. Traer a nuestro país El patio maldito es uno de los más grandes aciertos editoriales de los últimos tiempos.


Fuente: Zenda

miércoles, 17 de diciembre de 2025

LAS MENINAS

 

Las Meninas. La habitación de los secretos

José Luis de Nó

Rialp

Madrid, 2025

321 páginas


 


Alguien enunció, hace tiempo, la frase que dicta que la vida sin pasión es menos vida. Hay una serie de pasiones que no mueven a desengaños ni a traumas: la poesía, el cine, todas las versiones del arte, todas las que tienen que ver con el mundo contemplativo. Podemos tener decepciones, pero no desengaños. Las hemos creado, porque son creación humana, para irnos haciendo conscientes de que vivir significa aprender a vivir, a disfrutar del hecho de estar vivo. Este libro que hoy tenemos entre manos, Las Meninas, es una revelación de todo esto, es un examen a la misma conciencia que nos va enseñando que la vida con pasión es más vida. José Luis de Nó (Salamanca, 1966) está enamorado de la que puede ser mejor obra pictórica de la historia, y a través de un análisis detalladísimo nos transmite ese amor. Si uno lee el índice, da la sensación de que nos iremos a un examen cartesiano que, debemos decirlo, existe, pero no es esa la impresión que va dejando la lectura del libro. Lo que el autor hace es un viaje emocional que no nos impedirá volver a quedarnos parados frente al cuadro, unas cuantas horas, con una sencilla actitud de desconcierto, de entrega y de admiración.

Se nos va a desmenuzar la obra pieza a pieza, desde una visión histórica a una filológica. En ese estudio entrará en juego todo: el recorrido histórico del cuadro, las técnicas pictóricas de época, las revelaciones que atienden a las áreas de la percepción, las restauraciones, quiénes son los personajes, la biografía de Velázquez y hasta un estudio de la moda, de las vestimentas, que nos va desvelando unas relaciones de jerarquía social. Vamos entrando a cada capítulo con una incertidumbre un tanto incómoda, esperando encontrar ahí un rigor científico que nos termine de desvelar el misterio por el cual nos sentimos tan atraídos por este cuadro. Pero ese temor se va diluyendo, porque el propio José Luis de Nó sabe, y de alguna manera nos lo traslada, que tanto estudio sobre cada componente no enturbiará el aprecio. Al fin y al cabo, lo creado por nosotros, como el mismo hecho de ser humanos con cada episodio que nos compone, es mucho más que la suma de las partes.

Uno puede afrontar este tipo de ensayos convencido de estar revelando verdades o, como prefiere hacer el autor, dignificar el estudio a través de la humanización en carne propia. Resultan gratificantes, en grado de empatía, las confesiones personales que introduce, sin apabullar, acerca de su propia biografía y su aprendizaje —en las aulas de la facultad, en sus visitas al museo, en su experiencia laboral—, pues aportan un factor de cercanía: quien nos habla es uno de nosotros, alguien de nuestro entorno. Sobre lo que nos habla, eso sí, no deja de ser un misterio, un misterio acogedor, eso sí. La mayor muestra de admiración, que es también el mayor reconocimiento de nuestras limitaciones, es la intriga por el reflejo de los reyes en el espejo. Uno puede analizar en profundidad su posibilidad cartesiana, valorar la intriga incluso haciendo desaparecer esa parte de la imagen, y hasta reproducir la composición a tamaño real, pero seguirá siendo lo inexplicable lo que nos atraiga. Es muy posible que todo sea licencia de Velázquez, es muy posible que todo lo que aquí esté apuntado estuviera en la cabeza del pintor, pero también es muy posible que, sencillamente, el inmenso talento de quien puede haber sido el mejor pintor de la historia fuera tomando decisiones por motivos que tenían que ver más con la intuición que con la matemática. Esta obra, como todo gran ensayo, lo que consigue es aportar más belleza a lo estudiado, a un cuadro que no podremos evitar volver a ver tras encontrarnos con todo el amor que aquí transmite José Luis de Nó.


Fuente: Zenda

miércoles, 10 de diciembre de 2025

LOS ÁRABES DEL MAR

 

Los árabes del mar

Jordi Esteva

Galaxia Gutenberg

Barcelona, 2025

547 páginas


 


En ocasiones la literatura de viajes puede construir mucha nostalgia, tanta que haría empalidecer al tipo que se comía una magdalena que le llevaba a recordar toda la infancia. Porque aquí hay un lamento por los mundos perdidos, un espíritu melancólico que el autor comparte con el lector: es posible que el viaje parezca aventura, pero la esencia es que lo que hemos visto será el agua del río que va a parar al mar que, dijo el poeta, es el morir. En algún momento de este maravilloso libro de viajes, Los árabes del mar, Jordi Esteva (Barcelona, 1951) lo enuncia, lamentando que cada día resulte más difícil la experiencia del viaje como conocimiento, porque antes «cada paisaje, cada rostro, cada personaje nuevo suponía un hallazgo», mientras que el mundo se vuelve cada vez más homogéneo: «Desaparecieron aquellos periodos en los que uno se hallaba maravillosamente incomunicado». Ya no resulta tan fácil regresar enriquecido, cambiado. Esta confesión nostálgica es, a la vez, una confesión de su anhelo, un porqué de la razón para sus viajes. La necesidad de aprendizaje late en cada párrafo de la obra, que nos recompensa, una y otra vez, con la amistad, que tal vez sea la mejor razón para seguir viviendo.

Los árabes del mar se publicó por primera vez hace casi veinte años y el rescate se estaba haciendo imprescindible para los amantes de la literatura de viajes. Esteva entra de lleno a recordarnos que todavía existen costas ignoradas y que descubrirnos que no todo el territorio de los viajes es terreno millones de veces pisado. Su inquietud le llevó a un Egipto nada turístico a finales de los años ochenta y a retomar esa misma esencia veinticinco años más tarde, acercándose a Omán y Zanzíbar. Estábamos convencidos de que el territorio de los árabes tenía más que ver con desiertos, cuando llega Esteva a hablarnos de su labor como pioneros de la navegación. Y para ello emprende este viaje a lugares que no habíamos sospechado que pudieran ser tan dignos de conocerse, aunque siga existiendo magia en el nombre de Zanzíbar. El plan del autor es de conocimiento y no encuentra otro sentido para el viaje que no sea el de vivir cada momento con los sentidos abiertos, dispuesto a reconocer qué puede aportarnos, qué es eso que no era nuestro y que estamos llevando a nuestro interior, la que será en el futuro una nueva magdalena de Proust.

Sorprende, gratamente, reconocer que hay alguien capaz de viajar sin arrastrar ningún prejuicio con él, si bolas de preso que le impidan compartir la vida que le va saliendo al paso. De ahí que el grueso del libro sea la descripción del viaje, que es diletante con lo que está sucediendo. De hecho, las digresiones las integra en el texto apuntándolas dentro de diálogos, de manera que los momentos estáticos también se convierten en aprendizaje. Esteva camina llevado por la curiosidad, pero consigue transmitir, con su buen hacer escribiendo, la impresión de que no aparenta ser curioso, de que los encuentros, con personas o paisajes, se imponen como una necesidad, la misma que lleva a destacar su debilidad por la literatura oral, por los relatos que en otro tiempo compartíamos junto al fuego y heredábamos con calma y entusiasmo. Una energía juvenil late en cada página, pero no nos desborda, sino que nos provoca cierta nostalgia, la que da pensar que si fuéramos hasta allí ya no podríamos encontrar la vida tan natural que él reconoce. Esa memoria que implica a lo que no hemos conocido, y que consigue que echemos de menos a medida que compartimos lo que él va viviendo, es uno de los mejores elogios que se pueden hacer a un libro de viajes. Este es una joya escrita por un tipo que ha sabido encontrar el equilibrio perfecto entre ser poeta y pirata, en el sentido legendario y romántico que podemos darle a ambos términos.


Fuente: Zenda

miércoles, 3 de diciembre de 2025

LA LUNA NÓMADA

 

La luna nómada

Leonardo Valencia

La Huerta Grande

Madrid, 2025

242 páginas


 


Hace mucho tiempo que se escribió el cuento perfecto, tal vez algún relato de Maupassant, por ejemplo, o la mayoría de los de Chejov. Pero aun así, cientos de escritores han seguido tratando de escribir otro relato con otro tipo de perfección: la ingeniería verbal e imaginativa de Borges, la sorprendente inquietud de Kafka, el extrañamiento ambiguo de otras geografías en Paul Bowles, la potencia de James Joyce, la acción deshuesada de Carver o cualquier experimento posmoderno, nos hablan de la inquietud permanente por este género. Se trata, eso sí, de mantener sus valores, a cualquier precio, con cualquier recurso: el galope hacia el final sorprendente, la intensidad de sugestión y la concentración narrativa, prescindiendo de digresiones. Leonardo Valencia (Guayaquil, Ecuador, 1969) sabe muy bien todo esto, como sabe que no debe abandonar la energía concisa o la evocación de los espacios que nos remiten a la realidad. Su compromiso será con la literatura, con toda la historia de la literatura y las estrategias narrativas que se han ideado, y así nos lo hace saber a través de este proyecto, La luna nómada, que está abierto, que está en marcha.

Escribir un cuento perfecto no es una meta, sino una ruta. Así pues, lo que debemos emprender es un camino de aprendizaje, nos sugiere el autor, a través del descubrimiento. Cada generación ha tenido sus innovaciones, y todo lo aportado le sirve para idear. Al fin y al cabo, sabe que por mucho que cambien las estrategias, las palabras serán las mismas. Esta versatilidad se verá reflejada a través de cada uno de los relatos, de manera que se nos entrega un libro en el que lo que se imponen son las lecturas del autor. Al lector inquieto no le será complicado rastrear la influencia en cada una de las propuestas, un juego al que se entregará con deleite, porque las sorpresas brotan una y otra vez, porque Valencia es dueño de la varita mágica de lo imprevisible. El interés surge en la primera línea, bien porque estemos frente a una factura clásica o frente a un cuento con forma de diálogo o dietario, y se gradúa a lo largo de cada párrafo. Pero hay una conocida teoría sobre la narración que aquí apunta con maestría, nos referimos a la del iceberg. Es cierto que lo que asoma es muy poco, porque el resto está bajo el agua, pero el reto será inquietar al lector lo bastante como para que tenga ganas de sumergirse y explorar lo que se esconde en un mundo frío y en el que impera el silencio. Para facilitar la empatía con cualquier lector, Valencia nos va trasladando por distintos lugares geográficos, por escenarios, a la vez que por momentos vitales en los que nuestro paso por la tierra no está resultando nada cómodo. No aturde, pero sí nos pone sobre ascuas, lo bastante como para querer conocer el resto del iceberg.

Estamos frente a un autor culto, que se dio a conocer con la primera versión de esta obra, en 1995, a la que se han ido añadiendo otros cuentos y se han ido revisando los ya existentes. Conservar sea paciencia y ese amor por lo creado nos habla de alguien que adora leer y escribir, alguien cuyo empeño es literario. Pero la realidad se alimenta de la ficción y la ficción se alimenta de la realidad. De ahí que nos afecten estas invenciones, esta creación en marcha, escrita poniendo todo el cuidado posible en cada una de las narraciones. Y editada, no podemos dejar de decirlo, con un gusto exquisito por La Huerta Grande, que vuelve a acertar en esta apuesta literaria, en este conjunto de relatos que merecía la pena rescatar, devolver a la vida.


Fuente: Zenda