martes, 31 de enero de 2023

MODULORAMA

 

Modulorama

Nieves Mories y Francisco Jota-Pérez

El Transbordador

Málaga, 2022

240 páginas

 



Entre los años 1905 y 1911 Winsor McCay publicó en el New York Herald algunas de las mejores páginas de la historia del cómic, bajo el título Little Nemo in Slumberland. En ellas, un pequeño se acostaba cada noche para sumergirse en un mundo onírico en el que todo podía ocurrir. Sujeto a una destreza gráfica limpia, académica y muy versátil, McCay utilizaba este recurso para dejar que la imaginación se desbordara y nos sorprendiera constantemente, recordándonos que existe un mundo en el que las sensaciones son tan reales como las de la vigilia, pero que no podemos controlar. Durante los periodos de sueño somos reos de una libertad creativa que nos puede saturar, pero que nos permite librarnos de tantos acosos, depurarlos a través de la pérdida de control. Ahí podemos expresar nuestros miedos y nuestros deseos sin tener que someternos a ninguna frontera.

En ese sentido, los autores de este Modulorama retoman el reto y nos llevan a un espacio tan caótico como podía ser Slumberland, una población llamada Reparación no por casualidad, ya que los sueños reparan el trabajo de la mente durante el día en la que las imágenes se sucederán creando sorpresas crueles y denunciando el horror, la fealdad. El esquema es en cierto modo iterativo, como en los cómics de McCay: allí era el pequeño el que se sumergía en el sueño, aquí será el lector el que se disponga a recibir el impacto creativo al que asiste acompañando a Lucas, el recién llegado, un tipo que quiere tocar la guitarra, y a Anna, que será el personaje de la población que muestre interés por construirse. Lucas, por su parte, es una representación de la necesidad que tenemos de descubrirnos, y para ello no está mal confrontarnos con lo difícil.

«Los picos de los albatros crepitan (clac, clac), imitan el sonido de su mechero. Sobrevuelan los tejados de ese pueblo ocre, arenoso, lanzan sus sombras en picado desde las azoteas, pero nunca bajan a ras de suelo».

Hay una música más barroca que gótica en esta obra, en la que la descripción de ese territorio busca confrontarnos con lo absurdo a partir de la suma de focos de atención. Esa parte, el desplazamiento a través del texto, nos remite a El Bosco y sus simbólicas representaciones de dolores e infiernos. Aquí estamos en un lugar claustrofóbico, un sitio que desde hace décadas no crece ni decrece, una población estancada en 512 habitantes que esperan. ¿A qué esperan? No se aclara, porque seguramente ellos mismos lo ignoren. Esa postergación de lo que sea que deba salvarles, de la parusía de una gente sin religión, será parte de la crisis de sensaciones, de la decadencia, será una metáfora del temor que tenemos a estar viviendo los momentos previos al fin.

«No le importó que pareciese la zona de exclusión tras el impacto de una bomba nuclear, como tampoco le molestó el olor salobre, o que la salina destrozara sus mucosas poco a poco».

Allí nos espera el deterioro, en un terreno que jamás sufre el beneficio del sol, por el que los autores nos llevan con una libertad inusitada tanto en el manejo del lenguaje como de las asociaciones. Estamos ante una novela posmoderna, en el sentido más académico del término: se ha terminado el racionalismo y se han liquidado los grandes sistemas filosóficos; estamos en tiempo de relativismo y nos cuestionamos toda objetividad. Como hizo Winsor McCay, pero aquí, dejándonos un sabor inquietante en la memoria.

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