martes, 22 de junio de 2021

LOS ÚLTIMOS PIANOS DE SIBERIA

 

Los últimos pianos de Siberia

Sophy Roberts

Traducción de Ramón Buenaventura

Seix Barral

Barcelona, 2021

445 páginas

 


No se construye una leyenda sobre el vacío. Sophy Roberts se entusiasmó con la leyenda de Siberia y salió en su búsqueda, durante dos años, mientras se entregaba a otra pasión, la de la intriga musical. De ahí surge este volumen, Los últimos pianos de Siberia, que es uno de los libros de viajes que se pueden leer con más encanto, entendiendo por encanto un atributo que pertenece al mundo de la proyección del lector sobre el texto, de los publicados en las últimas temporadas. Los últimos pianos de Siberia nos sorprende por múltiples motivos, como las varias capas de lectura que se integran con gran facilidad y mucho oficio: se nos habla de la historia de Rusia y la URSS, pero se nos habla de dicha historia tanto en lo referido a los movimientos políticos institucionales como a la afectación social; se habla sobre el amor a la música y a los músicos, y sobre el amor a unas profesiones, la del luthier o la del afinador de pianos, que contienen el tipo de dedicación artesanal que genera la mejor música, en sentido real y metafórico; se habla sobre la situación actual de la población, que se expresa a través de las historias personales que va narrando, pequeños relatos que son grandes crónicas; se habla sobre la necesidad de tener un motivo para viajar y sobre la dificultad de vivir o sobrevivir en un territorio hostil, que  genera un amor tan inhóspito como para provocarnos intriga, algo imprescindible a la hora de seguir un periplo de viajes narrado a través de un texto. Y se nos habla del tema que contiene a todo el libro, que es la necesidad de vivir las experiencias con intensidad. Ese es el tema del libro, la intensidad de la experiencia, que nos deja un extraño poso al terminarlo: seguramente no hubiéramos querido acompañar a la autora durante cada minuto del viaje, que es tan difícil que por momentos se vuelve imposible desplazarse unos pocos metros, pero de lo que no cabe duda es de que nos hubiera gustado haberlo terminado con ella para poder, a su vez, narrarlo también nosotros.

El libro comienza con leyendas, la de Siberia o la de los pianos que sale a perseguir por el territorio más extenso del planeta –“Estos instrumentos no solo cuentan la historia de la colonización de Siberia por los rusos, sino que también ilustran la capacidad de los seres humanos para soportar las más extraordinarias calamidades”-. Y es en boca de una de las personas con quien comparte el tiempo Sophy Roberts donde encontramos el ánimo para emprender la aventura: “el único modo de que ocurra algo interesante es intentar algo difícil”. En seguida se nos habla de la historia de la aristocracia en la época de los zares, que va compartiendo lugar con historias privadas, para las que la labor de la autora es mucho más gratificante, y mucho más compleja: surgen de las entrevistas, de los encuentros, de la memoria propia y no de la documentación y la memoria prestada. Hasta que llega la revolución y todo se transforma, pues serán estas vidas privadas las que se impongan, gracias a que quien comparte con ella el viaje, los que allí habitan, ejercen de Cicerones geográficos y humanos. Se va imponiendo la cercanía, la empatía, una forma de amor que es hacia toda la humanidad, no sólo hacia el amigo o el familiar, una madurez a la que llegan muy pocas personas. Los pasados que vamos conociendo, los de cada individuo, son terribles por las condiciones de vida y por los motivos que hicieron de Siberia una leyenda. Ahí están las referencias a Solzhenitsyn y, sobre todo, a Shalamov, el autor de esa obra maestra que es Relatos de Kolimá, y que sirven para ubicarnos en el sustrato que dará lugar a leyendas, en las que no son ajenas otras figuras, como Dersu Uzala o el Chéjov que viajo a la isla de Sajalín cuando ésta era una colonia penitenciaria.

Siberia es tierra de exilio y tierra de destierro. Esto da lugar a un constante pulso entre la libertar y la servidumbre, que mantiene un tenso duelo al que podemos asistir a lo largo de las páginas del libro. El duelo nos ayuda a sentir que no debemos abandonar el relato, pero no hay que suponer que se trata de una tensión dañina: Roberts nos habla con serenidad y sabe confiar en lo positivo que brotará de la experiencia. Nos lleva a lo extremo, sí, como a la gente que calla o la gente que intenta olvidar. Y, sin embargo, la esencia de su trabajo es recuperar memoria: cada instrumento que va encontrando contiene muchos vínculos, algunos simbólicos, como los ligados al viaje y a los lugares, y otros más humanos, como los que se refieren a unos propietarios que tienen mucha alma, o el “extraño nudo que uno a un país con su pasado”: “Yo había venido a Sajalín en busca del Becker de la señora E, o al menos de algo que me hablara de los tiempos de Chéjov, cuando la cultura rusa del piano se imponía en todo el imperio. En lugar de ello había encontrado amor y humanidad en la última casa del final de la última calle del callejón sin salida de Rusia, donde, en un momento dado de la historia, la muerte alcanzó sus medidas más tétricas”.

Si la literatura nos enfrenta a la dualidad de la memoria -echar de menos o aprender-, aunque no renuncia a la melancolía, Sophy Roberts opta por aprender, que es lo que nos ancla al presente y nos anima a la hora de enfrentar el día, a la hora de ventilar nuestros instintos y nuestros prejuicios.

Fuente: Revista de letras

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