viernes, 12 de junio de 2020

EL ARTE DE PERDERSE


Una guía sobre el arte de perderse
Rebecca Solnit
Traducción de Clara Ministral
Capitán Swing
Madrid, 2020
166 páginas

Perderse cubre todos los sueños. Da impulso al sueño de la soledad, al sueño del descubrimiento, al sueño de la metamorfosis, al sueño de la memoria, al sueño del paseo, al sueño de los fantasmas, al sueño del amor, al sueño de la cartografía, al sueño de cualquier canción. Ese es el espíritu que reúne estos ensayos sobre algo que uno, por atrevimiento, llamaría la esencia de vivir: Rebecca Solnit (Connecticut, 1961) no los articula alrededor de nada que no sea haber aprendido, estar aprendiendo, el sueño de aprender. La naturalidad con que están escritos es de una sencillez que da envidia. Lo que destilan es sabiduría de la experiencia, de los sentidos abiertos, de las miradas a los márgenes y la escucha de la música interior. Pero Solnit es bastante más práctica que lo que parecen indicar las expresiones anteriores, Solnit pretende llegar a todos y sugerir que podemos aprender si participamos del mundo. Hay mucha poesía, sin duda, y también un ánimo de ensayo que emparenta estos escritos con Montaigne, con Thoreau, con todos aquellos que han escrito para reconciliarnos y no para azotar nuestro ingenio. Solnit habla a la parte honda de lo que somos, no a la inteligencia que deslumbra. Frente a los que nos fascinan, con demasiada frecuencia sobre pensamientos superficiales, Solnit esclarece.
“Preocuparse es una forma de hacer como si tuviéramos conocimientos o control sobre aquello sobre lo que no lo tenemos, y me resulta sorprendente, incluso en mi propio comportamiento, cómo preferimos las posibilidades truculentas al puro desconocimiento”.
Esa frase destila el espíritu del libro, que pretende ayudarnos en ese malestar que supone desconocer qué existe en el vacío entre las estrellas, en el vacío que sentimos cada vez que no encontramos sentido a nada, que sucede con demasiada frecuencia. Desconocer es natural, como lo son cada uno de los centros de interés que reúnen los pensamientos y emociones expresadas: las excursiones a pie, los bosques, las viejas exploraciones o las hazañas de los exploradores, las crisálidas, los cautivos, la ciudad en ruinas, la muerte de una amiga, el desierto, el amor por las personas que si iguala al amor por una ciudad o la representación geográfica.
En cuanto a perderse, Solnit va certificando, poco a poco, que es una palabra a la que debemos dejar de mirar como una maldición: ha traído renacimientos, descubrimientos y aire fresco. “Es como si los pájaros fueran mis parientes, el lugar fueran mis antepasados y el jugo de las cerezas fuera la sangre de mis venas”, dice sobre sus impresiones caminando por un sendero. “Lo extraño se ha vuelto familiar y lo familiar, si no extraño, al menos sí incómodo o inadecuado, una prenda de ropa que ya no te vale”, comenta, cuando habla de quienes se amoldaron a nuevas culturas. “¿Es que la alegría que nos viene de los demás siempre conlleva el riesgo de la tristeza, pues incluso cuando el amor no sr frustra entra en escena la mortalidad?”, se pregunta cuando las canciones le remiten al pasado, a tiempos con otros amores compartidos.
“Lo que hizo para dejar de estar perdido no fue regresar, sino transformarse”, asegura, cuando habla de Alvar Núñez, Cabeza de Vaca, y sus diez años perdido en América, adaptándose hasta formar parte de la vida y la costumbre de la región, en lugar de tratar de imponer sus fórmulas de convivencia. Esa aceptación, ese saber estar, es la naturaleza de este magnífico libro.

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