miércoles, 2 de abril de 2025

TAL VEZ VIAJAR en ZENDA

 

Viajar es una brutalidad

Viajar es una brutalidad

Tiene este nuevo libro de Martínez Llorca una capacidad, más que suficiente, para arropar a quien viaja y ha hecho del viaje un modo de vida recurrente. El título del libro, Tal vez viajar (La Huerta Grande, 2025) tiene escondido, entre su enunciado, un subtítulo sugerente: Una agenda de jardines, oasis y horizontes. Con esta perspectiva, y con este bosque recién dibujado, se nos arrebata cualquier pretexto para morir, como nos recuerda Robert Louis Stevenson en una de las citas de apertura. Y con este resultado, no hay más sendero que leer, vivir y viajar.

Martínez Llorca estructura su reflexión en torno al movimiento en veinticuatro capítulos. Los dos primeros se constituyen en una afirmación y un prólogo. Capítulos desiguales en extensión y en interés. Así, por ejemplo, el primero destapa una crítica velada al torrente turístico que originan las turbamultas de ciudadanos que deambulan por el mundo “buscando lo pintoresco” atraídos y cegados por lo típico y lo extravagante de los lugares y sitios que visitan, habitan y, permítanme la bajada de registro, defecan. Esta persecución les impide deambular sin rumbo fijo, como hacían los verdaderos musungus o vagabundos que iban por el mundo como si estuviesen perdidos; concepto este del musungu, por otra parte, desarrollado muy bien en el prólogo.

"Solo hay que viajar para conseguir vislumbrar lo que somos. Porque si algo te enseña viajar es que lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos"

Tal vez viajar es un ensayo que se justifica por lo lírico de su tono y por la reflexión que sobre el viaje y su sentido, que sobre el viaje y los sentidos realiza la memoria del autor. Gracias a esta, Martínez Llorca ha podido transcribir, en forma de capítulos breves, las emociones y reflexiones producidas durante los viajes realizados a lo largo de su vida. Ahora nos invita a recorrer esos paisajes inscritos en el palacio de su memoria. Y lo hace entremezclándolos con una fina y sabia cultura literaria que no olvida el texto que le sirvió de referencia y cabeza tractora para decidirse a escribir este ensayo: el Libro del desasosiego, de Pessoa, un verdadero y largo viaje inmóvil.

Las páginas de Tal vez viajar nos advierten de los peligros de mitificar los viajes, e incluso nos revela datos sorprendentes, como aquel que reza que un alto porcentaje de los rescates que se realizan en alta montaña son para salvar a gente que fue allí con la intención de suicidarse en soledad. Solo hay que viajar para conseguir vislumbrar lo que somos. Porque si algo te enseña viajar es que lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos. Esa atracción por pasarlo mal, la decisión de que tu maleta será tu casa termina fundiendo al becerro de oro de la idolatría por el viaje. A través de las páginas del ensayo de Martínez Llorca, se nos obliga a buscar dentro de nosotros lo que otros ya han sido en aquellas remotas montañas, o en aquellos rincones solitarios. Será la única forma de encontrar la conexión con la naturaleza y cuestionar los parámetros de consumismo que hoy mueven la aventura de viajar por el mundo.

"Martínez Llorca recuerda que el estilo literario más profundo es el silencio, y lo hace para revelar la soledad enferma en la que el fenómeno de las redes sociales nos sumerge cuando viajamos"

Me gustaría resaltar que hay una combinación mágica de este ensayo con las experiencias literarias del autor. Y de tal forma las imbrica, con tan natural armonía las cose con el hilo conductor de su razón reflexiva, el viaje, que en ocasiones parece que estás leyendo un sugerente diario de lectura nutrido con sus viajes. Así, son notables las referencias a Rilke y el ya citado Pessoa, a Thoreau y a Conrad, a Bowles y a Zweig y Stevenson; ¡hasta el Shylock! de El mercader de Venecia de Shakespeare aparece. Una maravilla el símil realizado. Aunque de entre todas, hay una referencia que sin duda ha retumbado. Es la que nos recuerda Cesare Pavese cuando afirmaba que viajar era una brutalidad.

Pavese me obliga a subrayar uno de los mejores capítulos que tiene el libro: “Las redes, maldita sea”. En realidad es una denuncia al pensamiento jíbaro al que nos han acostumbrado las redes sociales. Y no solo el pensamiento se ve sometido, sino la actitud demostrada por el viajero y el turista del selfi. Martínez Llorca recuerda que el estilo literario más profundo es el silencio, y lo hace para revelar la soledad enferma en la que el fenómeno de las redes sociales nos sumerge cuando viajamos. El autor menciona a Olivia Laing, autora de La ciudad solitaria, para glosar que quienes deseen de verdad purificar los porqués y las razones de sus viajes tienen que sopesar que el viaje debería ser una forma de rebeldía, pero en las redes sociales pasa a ser un instrumento de rentabilidad, una rentabilidad que tiene que ver con la vanagloria. Viajar se convierte, entonces, en una brutalidad. El narcisismo asociado a esta actitud, como nos refiere, no cesa de generar problemas por exceso y por defecto: pudre.

He de concluir esta reseña sobre Tal vez viajar, y quiero hacerlo volviendo al pensamiento que Martínez Llorca relaciona con su manera de viajar: “El estilo literario más profundo es el silencio”. Una cita que daría para otro ensayo. Y un enunciado que podría ser el mejor motivo para quien decide viajar trascendiendo lo físico con el fin de abandonarse en lo que de emoción verdadera y filosofía tiene sobrevivir en la naturaleza de los lugares sin que estos sangren. Así que, valga el oxímoron, nos advierte el autor, viajar es alcanzar una gloria anónima.

—————————————

Autor: Ricardo Martínez Llorca. Título: Tal vez viajarEditorial: La Huerta Grande. Venta: Todos tus libros.

EL INCIDENTE

 

El incidente

Daniel Jiménez

Seix Barral

Barcelona, 2025

345 páginas


 


Es posible que la estupidez sea hacer tanto énfasis en la salud mental. Y también es posible que debiéramos tomarnos más en serio los problemas que conlleva. En cualquier caso, lo que debemos cuestionarnos es si conviene seguir como estamos, hacia dónde nos lleva la actual tesitura, que no apunta a soluciones ni a rebajar el malestar. Lo que está claro es que no nos encontramos frente a una ciencia exacta, como lo demuestra que nadie pueda entrar a valorar la estabilidad mental de los profesionales que atienden a la nuestra. Estamos en un momento en que a lo que más se parece el compendio de psiquiatría y psicología es a una religión sin dios, pero con algunos santos, cuando la corriente mundial es la de verificar todo con certezas científicas, pero esta ciencia está en pañales. «Es curiosa la hipertrofia de la razón, como si nos permitiese controlar algo, cuando el noventa por ciento de nuestras acciones las rige la emoción», comenta un psiquiatra jubilado con el que se entrevista Daniel Jiménez (Madrid, 1981) en el proceso de investigación de este libro.

Antes de seguir, cabe señalar que para escribir un buen libro, y este lo es, de hecho es muy bueno, elaborado con retazos de la realidad y pretendiendo que esta quede reflejada, hace falta tener una gran motivación. Daniel Jiménez la tiene y no la esconde: una muerte en la familia. Pero ese detonante no es la única gasolina que alimenta el motor de este proyecto, pues detrás está, también, la propia reconstrucción tras una vida en la que uno puede llegar a pensar que se ha respetado poco a sí mismo. El detonante que mueve la narración, sin embargo, es exterior. El incidente al que se refiere el título no parece ser un suceso exagerado: un psiquiatra en edad de jubilarse sale de sus casillas y agrede a un joven paciente capaz de sacar de quicio a cualquiera; ante un brote psicótico se responde con un abuso de poder. Sin embargo, esto se supone que no debería de ocurrir jamás, por la profesionalidad y la edad de uno, por los recursos que están al alcance de los profesionales de un hospital. Pero sucede y da pie a un proceso de identificación del autor, que comienza una investigación en la que busca resolver algo muy personal, esclarecer lo que significan los tratamientos para la cabeza en una sociedad que permite y facilita el disparate. El libro contiene una seria reflexión acerca del ámbito de la salud mental, y para ello Daniel Jiménez demuestra una capacidad de transmitir tensión narrativa sin provocar estrés y, lo que es más complicado, mantenerla a lo largo de más de trescientas páginas en las que recurre a diferentes estrategias de comunicación: la entrevista, el diario, el testimonio guionizado, el diálogo o la conferencia, los audios de voz y hasta las conversaciones por WhatsApp.

Al contrario de lo que uno espera, esta combinación de recursos facilita la verosimilitud que debe tener este tipo de textos, tan pegados a lo cotidiano, o a lo que podría estar sucediendo en nuestro entorno inmediato. A la hora de la verdad, solo conocemos fragmentos. Es casi imposible llegar a conocer el cuadro completo, así pues, nos enfrentamos a toda la periferia. Será visitando el entorno, a los profesionales, recopilando más impresiones que información, orbitando alrededor de los personajes, como les vayamos conociendo. Podemos estar hablando de un drogadicto psicótico, como en el caso del muchacho, el paciente, pero nos quedará bien claro que estamos ante una persona sensible. Tal vez sea esta, la sensibilidad, la gran virtud que nos quedará tras la lectura de esta obra, en la que vamos destacando muchos puntos fuertes de valor literario mientras estamos leyéndola. Porque, a fin de cuentas, importa más lo que nos digan las células que rigen la emoción, sean estas las que sean, que esas que dirigen la razón hipertrofiada.


Fuente: Zenda

martes, 1 de abril de 2025

LUNA PARK

 

Luna Park

Marina Perezagua

Páginas de espuma

Madrid, 2025

125 páginas

 



El tema, el asunto que da energía a la obra, es a qué tipo de mundo estamos trayendo vida. Esa es la consistencia de este conjunto de relatos que Marina Perezagua (Sevilla, 1978) publica tras su impactante novela La playa, donde una madre se enfrentaba a durísimas circunstancias en los primeros días de vida del bebé. Uno afronta la lectura de Luna Park inquieto, dado que espera a ver qué sucede al combinarse el talento de esta escritora con el paisaje al que estamos acostumbrados en las últimas décadas, esas regiones de Estados Unidos más pobladas. El conjunto de narraciones forma una cartografía, que se nos presenta en un tono más bien explicativo, aunque este va cambiando a medida que avanzamos en la lectura. Podría decirse que los relatos más puros, aquellos que abren un paréntesis en una vida y son circulares, con su final sorprendente, se guardan para el final. Antes asistimos a la revelación de momentos excepcionales, en los que los niños, desde el neonato a los de cuatro años, ocupan el eje alrededor del cual orbitará el resto de los movimientos. Y estos movimientos vendrán protagonizados, con frecuencia y como ya es habitual en las obras de Marina Perezagua, por personas que no parecen enteras, como si alguna circunstancia no les hubiera permitido que terminada de crecer una parte de ellas.

Estos seres incompletos, cuyas carencias dan potencia al cuadro, le sirven para reflexionar sobre temas tan fundamentales como las raíces, la necesidad de tenerlas y construirlas, así como la necesidad de la tribu, una familia y su entorno, que es lo que nos facilita un suelo. De lo contrario, podríamos caer en las neurosis que caracterizaban a los indios desplazados de su territorio. Aunque siempre estará presente la cura posible por amor, en este caso por amor a la vida que uno puede traer. En el relato que da título al libro, se nos presenta la búsqueda de la soledad, paseando por Coney Island en invierno, a través de una madre primeriza que ante la situación de acompañar a un hijo mientras tiene al otro en una incubadora siente que la maternidad no es fácil de compartir, por no decir imposible. De hecho, en algún momento nos irá planteando que el exceso de celo puede guiarnos hasta la locura, incluso a una suerte de secuestro por parte del padre, o que las personas demuestren que no son normativas, algo que no deberíamos de entender como una tara. Será hacia la mitad del volumen cuando nos descubra directamente cuál es la falla sentimental de la que se desprenden todas estas inquietudes, y que vuelve a ser la emoción que mueve el mundo, que es el miedo, expresado a través de la cercanía de los pederastas. El único recurso que la civilización nos ofrece para afrontar los temores es el de intentar colorear sin salirse de las líneas, para que el mundo no parezca tan feo, ni siquiera en casos de suicidio, como el que puede llegar a encontrarse una madre y profesora que halla en la educación en la naturaleza una forma de sanación, por su sencillez, por su naturalidad. En realidad, acompañando a un hijo, lo que estamos protagonizando son descubrimientos, incluidos los que brotan de la nueva forma de ver a los amigos y sus síndromes.

Y así hasta llegar a los impactantes últimos relatos, donde no tiene reparos en confrontar algunas de las situaciones humanas más duras que uno puede imaginar, como los asesinatos de recién nacidos, con la adopción de un perro, en unos momentos que nos acercan al relato de terror. Pero todos, el conjunto, nos van presentando una cartografía emocional, incómoda, a la que traer vida, que es algo que debería ser emocionalmente grato, una pasión. Esa confrontación da potencia a un libro en el que Marina Perezagua vuelve a demostrar que es una de las voces que más merece la pena seguir en nuestra literatura actual.

lunes, 31 de marzo de 2025

ÁFRICA REDONDA

 

África redonda

Xavier Aldekoa

Península

Barcelona, 2025

261 páginas



 

Fue Rafael Azcona quien dijo que vivir es desayunar. Para mucha gente, ese desayuno solo supone una vida completa si mientras tanto puede charlar sobre fútbol. Habría que revisar los afanes, incluidos también los propios del mundo intelectual, que con frecuencia apartan estas charlas de sus prioridades por banales, por intrascendentes, por insignificantes. Ningún gol de chilena va a salvar el mundo ni mejorar los razonamientos. Sin embargo, vivir no es únicamente desayunar, por mucho que se empeñe el bueno de Azcona. En realidad, no se vive si no se comparte, y compartir supone que esa charla, sobre lo que sea, suceda con gente con la que merece la pena pasar el rato, y no necesariamente con quien nos va a llenar la cabeza de contundente erudición. Ahí radica la importancia de la cháchara sobre fútbol. Ahí y también en concebir que esta pertenece a la gente, a las personas que pueblan sobre la piel de la tierra cubriéndola de lucha y de amor. Lo supo entender muy bien Eduardo Galeano, cuyo espíritu recoge ahora un cronista como Xavier Aldekoa (Barcelona, 1981).

Tanto Galeano como Aldekoa nos demuestran, a través del fútbol, de qué lado están: de los que sufren la historia, por seguir la expresión que utilizó Camus. África redonda recopila artículos escritos por el periodista barcelonés, autor de algunas de las mejores páginas que nos han transportado por este continente en los últimos años: Quijote en el Congo, Hijos del Nilo, Océano África, Indestructibles. Enamorado de ese continente, Aldekoa nos demuestra que viajar no es conocer lugares, sino conocer a través de encuentros. Y el fútbol, incluido su entusiasmo por el F.C. Barcelona, le sirve para romper barreras, abrir voluntades, intimar y dar pie a lo que supone vivir, que es, lo hemos explicado antes, la convivencia. Como cabe suponer, los lugares a los que nos lleva Aldekoa, en los que habitan estas personas de vida tan intensa, no son cómodos, pero poseen todos los enigmas, todas las pasiones, todas las luchas. Vivir también es luchar, y vivir sin sentir pasión es amortiguar la vida.

Este libro no se debe leer pensando en términos literarios. En realidad, es una de esas obras que se han ido construyendo a lo largo de muchos años y que nos llevan a cuestionarnos nuestra propia existencia, el camino que hemos diseñado. Dan ganas de volver a empezar y escoger una ruta más semejante a la del autor, poder compartir todo esto, hacer que estas vidas no sean solo palabras escritas. La mayor virtud de África redonda es que una vez hemos cerrado el libro, nos quedamos preguntado si nuestra vida no será un artefacto de juguete, algo que es casi más una imitación que una realidad, ese tipo de sueños que comulgan mucho con la mentira. Por suerte, podemos volver a leer las crónicas de Aldekoa, para compartir, aunque sea meramente en lectura, esos trozos de pura vida.

THIS IS MUSIC

 

This is Music

Juan Manuel Zurita

Comba

Barcelona, 2025

315 páginas


 


El subtítulo que lleva esta novela de Juan Manuel Zurita (Chillán, Chile, 1978) nos sincera con parte de sus intenciones: Historia particular de un infame. Borges, y con él su Historia universal de la infamia, le dio un buen revolcón a la historia de la narrativa, demostrando que se podía hacer literatura a partir de las inspiraciones que provocaba la propia literatura. Hasta entonces, la fuente de la que bebían casi todos los narradores y pensadores era la realidad, la observación de la realidad. A partir de Borges, se eleva a categoría taxonómica la obra cuyo sustrato son las lecturas. Zurita es consciente de esto, pero también es consciente de la literatura que existió antes que Borges. Y así escribe esta obra que apunta en algún momento a lo borgeano, tal vez incluso a Bolaño, pero sin dejar de rebelarse contra el maestro. ¿Puede uno seguir la estela de Borges demostrando que la realidad sigue siendo el humus de la creación? Zurita lo intenta y, debemos decirlo, sale muy airoso del propósito. Estamos frente a una novela muy bien construida y que refleja con acierto algunos rincones de lo natural, de lo que somos.

El narrador, un chileno que ha superado los treinta años y al que todavía le cuesta afrontar la idea de que hace tiempo que debió terminar de crecer, de asumir lo que socialmente se conoce como responsabilidades (económicas, de independencia, fundar una familia), se embarca en la aventura de cursar un máster en Barcelona, a donde llega con el presupuesto demasiado ajustado. Allí se encuentra con el otro protagonista de la obra, el que da pie al subtítulo, alguien a quien conoció años antes durante una fiesta en Chile, país de origen de ambos. Mientras se desarrolla frente a nosotros la tenue trama de supervivencia, nos vamos adentrando en la personalidad de este otro tipo, capaz de burlarse de todo, con un esnobismo carente de empatía, en palabras del narrador. Algo se deja intuir acerca del motivo que le lleva a la práctica del sarcasmo, algo que bien podría ser un fondo autocompasivo, que en cualquier caso facilita el conflicto que sentimos debe padecer, ese que nos lleva a preguntarnos, todo el rato, si es alguien muy inteligente o un cretino. Aunque lo que más apunta a esta idea es el final de la vida de nuestro infame, marcada por una forma de suicidio que implica a más gente, un acto que el narrador intentará reconstruir utilizando la banda sonora del suicida.

Zurita elige para la narración un tono que conlleva cierta melancolía, el propio de alguien que se dispone a relatarnos esos momentos del pasado en que la vida era un tanto más pura, más sincera, más llevadera. Era la época de los sentimientos y los vínculos que establecíamos venían marcados por la ilusión. Habrá, pues, algo de elegíaco en el relato: elegía por el tiempo pasado, elegía por el personaje que se fue, aunque no terminaremos de descubrir que sentimientos nos producía o nos produce su recuerdo. La obra, como todo lo que representa un recuerdo, va construyéndose a sí misma a medida que avanzamos en el tiempo, aunque el tiempo esté partido entre el recuerdo de esos días en Barcelona y la temporada posterior al suicidio, de regreso a Chile. Nos vamos cuestionando si lo que se construye merece la pena, o si estamos, estuvimos, frente a un personaje que se caracterizaba por el mero detalle infantil de intentar llamar la atención, y para ello se esfuerza en mostrarse divergente: «conocía muy bien los límites de su inteligencia, por lo mismo intentaba parecer siempre fresco, siempre sarcástico».

Tal vez sea el propio autor, en voz de su personaje, quien mejor exprese las intenciones y el logro de este libro, que da la sensación de beber en lo vivido: «Juan José —y ahí aquella ingenuidad— decía que, entre realidad y ficción, él se quedaba con lo último, que de eso se trata la literatura, de ser más verosímil que verdadero, de ser coherente. Eso es lo que buscaba ser, convertirse él mismo en un “relato coherente”».


Fuente: Zenda

viernes, 28 de marzo de 2025

CUENTOS ESCOGIDOS

 

Cuentos escogidos

Israel Yehoshua Singer

Traducción de Rhoda Henelde y Jacob Abecasís

Xordica

Zaragoza, 2025

301 páginas

 



Cada uno de los relatos que compone este libro no está basado en una historia real, está basado en muchas. Nos habla de una época de pobreza, de una gente pobre, de una singularidad que empobrece. Nos habla de algo que nos afecta, porque la mayor parte de nosotros sobrevivimos en situaciones semejantes, agarrándonos a la vida con lo que podemos, con lo que nos queda a mano, y tratando de ser alguien, ese alguien con quien nos sentimos cómodos. Tal vez la expresión que mejor se ajuste al espíritu de los personajes que crea Israel Yehoshua Singer (Bilgoray, Polonia, 1893 – Nueva York, 1944) sea la que en alguna ocasión utilizó Jung: hacer alma.

Yehoshua Singer refleja encuentros culturales (o contraencuentros culturales), a través de la emigración; expresa la disonancia que suponen muchos encuentros entre la religión y la vida cotidiana; nos habla de los riesgos del autoengaño y de los esfuerzos por salir adelante; sabe que buscarse la vida supone lo contrario a la bohemia; se enfrenta a los peligros latentes de quien se queda sin suelo y sin destino; o nos expone frente a la situación de quien elige la infelicidad, dejándonos con la duda de si no será la infelicidad la que le elija a uno. Los cuentos, algunos lo bastante largos como para poder hablar de novelas cortas, son unas narraciones de desarrollo natural, que nos deja con la impresión de que nos está hablando un narrador puro, una de esas personas que tienen tanta facilidad para el relato como Stevenson o Chejov. No hay fisuras, pero tampoco hay falta de consistencia. Yehoshua Singer tiene temas de los que hablar, como por ejemplo el exceso de presencia de los demás en alguien que se sabe campesino puro, o la soledad rural, mientras nos expresa cómo es la vida de quienes no son burgueses.

Estos cuentos escogidos recogen dos libros que se publicaron originalmente por separado: Primavera y Cuentos póstumos. Lo que comprobamos es que en ningún momento pierde el autor sus inquietudes, como la de sentir que uno no puede hacer casi nada contra las mayores fuerzas que rigen el planeta, que son las voluntades de los demás y la voluntad de eso que, a falta de otra palabra mejor, llamaremos destino. Para ello elabora unos relatos colmados de desplazamientos, de gente que camina hacia algo, pero que no nos atreveríamos a decir que lo hace huyendo. Cabe señalar, por otra parte, la atmósfera que impone el modo de vida judío de esa época, y esos lugares, que si uno se molestara en analizar, comprobaría que bien podría haber sucedido bajo los fundamentos de cualquier otra cultura religiosa. Pero lo más importante, lo que se impone durante y tras la lectura de este magnífico libro, es la impresión de esta conociendo seres humanos, gente que brega por hacer alma. Se trata de una de las grandes obras que leeremos este año, pura literatura.

 

miércoles, 26 de marzo de 2025

MUJER Y NEGRA

 

Mujer y negra

Tsitsi Dangarembga

Traducción de Cristina Lizarbe Ruiz

Plankton Press

Málaga, 2025

134 páginas


 


El primero de los tres ensayos que componen Mujer y negra comienza con estas palabras: «La primera herida para todos los que estamos clasificados como “negros” es el imperio». Desde el título sabemos que se nos va a hablar acerca de la multiplicación discriminatoria que supone haber nacido con la condición desigual de género y de raza, además de en el lugar y el tiempo equivocado, ese lugar que no termina de encoger y ese tiempo que no termina de cerrarse. Tsitsi Dangarembga (Zimbabue, 1959) es hija de la primera mujer negra que estudió en la universidad de su país, vivió varios años de la infancia acogida por una familia inglesa, estudió medicina en Cambridge, psicología en Harare y cine en Berlín. En nuestro país pudimos leer hace unos años alguna obra que pasó desapercibida, y que hubiera merecido mejor suerte. Ahora nos llegan esas páginas que no son solo una reivindicación, sino una muestra de una extraordinaria capacidad expresiva, de un solvente manejo de recursos y un talento extraordinario para mantener la atención del lector. Para ello, Dangarembga entreteje sus argumentos con su experiencia personal, con la historia de su país, con la trayectoria de su familia, con todo lo aprendido en la academia, con el estudio sociológico y con el análisis político. Está claro que esa intención, que ella expresa, de servirse de la escritura como herramienta para aprender a estar en el mundo, como apoyo a la convivencia con uno mismo, ha sido un logro de alto vuelo en su caso. Aunque, no debemos olvidar, el asunto que fluye a través de los textos sigue representando alguna de las peores facetas de la especie humana, cosa que se encarga bien claro de irnos recordando en cada una de las páginas.

Estamos frente a un libro contra la invisibilización, estamos con la voz de alguien que ha decidido hablar, y que tiene algo importante sobre lo que hablar: la interconexión entre la historia personal y la de su país en la que el proceso de escritura es una forma de elaborar el pensamiento; la colonización y la poscolonización, y cómo cada característica de estos periodos ha podido afectar a las mujeres en los ámbitos públicos y privados no solo por su condición femenina, sino también por su condición humana; los riesgos de la descolonización mal llevada, mal gestada y en riesgo de seguir favoreciendo a un imperio por la imposición de un discurso, evitando así una implementación sana, que facilite la inclusión y la distribución equitativa de bienes. Son dos los males intrínsecos al hombre que no cesan de asomar a lo largo de las páginas, la codicia y la violencia, a los que responsabiliza de las heridas que se han ido generando a lo largo de la historia y a lo largo de su biografía. Lo que Dangarembga intenta, con un temple digno de elogio, es tomar conciencia y estimular al lector a tomar conciencia, sincerándose, para reconocer las necesidades, para saber que debemos enderezar el junco torcido de la justicia. En buena medida, y sugiriendo hacer de ella nuestra mejor baza y la más serena, por lo que se aboga es por la rebeldía. En una sociedad enferma, lo sano es tratar de modificarla, comenzando por modificarnos a nosotros mismos.

Dangarembga empareja patriarcado y miedo, y nos advierte que esta condición ha ido creando un camino hacia la independencia, personal y de los países, lleno de trampas. Su combate parte de una idea esencial, la de poner a la mujer negra en el centro, y no olvidar ese eje sea cual sea la faceta de mejora en la que estemos inmersos. Estas facetas deberían afectar a la opresión, independientemente del grado, que es consecuencia de la colonización, el racismo o la posición social, tres males que con frecuencia son el mismo y que provocan que haya gente que con frecuencia llega a considerar que no son personas. Aprendiendo en su propia carne y trasladando este aprendizaje a los demás, incluso a los desconocidos, Dangarembga escribe un ensayo muy estimulante contra cualquier forma de opresión.


Fuente: Zenda

lunes, 24 de marzo de 2025

EL FINO ARTE DE CREAR MONSTRUOS

 

El fino arte de crear monstruos

Silvana Vogt

Hurtado y Ortega

Barcelona, 2025

133 páginas


 


Lo que queda atrás son las ruinas, lo cual quiere decir tanto como el vacío. Entre aquellas piedras un día resonaron voces, por aquellas calles corrían los niños detrás de las lagartijas y en aquella iglesia un cura celebraba la eucaristía con vino peleón antes de que todo el mundo se fuera a comer arroz a la zamorana. De todo eso, lo único que está vivo es lo que sigue habitando nuestra memoria, que es la auténtica fuente de la que mana todo aquello que nos impide sentir que la vida está vacía. En realidad, somos nosotros los que la rellenamos. Esta novela, El fino arte de crear monstruos, no es la primera ocasión en la que un autor trata de acercarse a estos temas, que son muy afectivos, y cabe destacar, antes que nada el acierto de Silvana Vogt (Morteros, 1969) a la hora de resolver la que tal vez sea la tarea más complicada en este tipo de obras: crear una voz que concilie infancia y memoria, y conseguir que esa voz no desfallezca en ningún momento a lo largo del relato.

El pasado puede ser magia, la memoria puede ser magia, pero lo que es magia, seguro, es la infancia. Si la revisitamos, nos daremos cuenta de lo que suponía descubrir cuando uno todavía no estaba colmado de prejuicios. Ni siquiera una niña que nace con un extraño rostro, que es fea, y que eso le generará, en algún momento a lo largo de su vida, impulsos autodestructivos. Su registro no ha sido objetivo, no pretende ser objetivo, sino el de dar testimonio de que una vez conoció uno de esos lugares en los que los habitantes crean, involuntariamente y gracias a cierto aislamiento, sus propias leyes: leyes de convivencia, sí, pero también leyes de crecimiento personal. Cabe destacar que nuestra narradora nos da muestras, aquí y allá, de ser consciente de que uno no aprende si no se equivoca. Pero debería haber un aprendizaje colectivo porque «Morteros estaba rodeado y nosotros estábamos dentro. Éramos náufragos de un pueblo que, a veces, daba toda la impresión de ser culpable».

En algunos de los episodios más significativos que va reseñando la narradora, lo que destaca es el agua: tormentas, pero, sobre todo, inundaciones. El agua debería ayudar a limpiar esa culpa sin objeto, una culpa sin concretar, algo que no debería ser ajeno a cualquier otro lugar, pues aunque Morteros tenga su punto de encanto, también lo tiene de posible. La narradora pasará su personal Bildugsroman en un momento, cuando se ve a merced de una tormenta, y creerá que el pueblo tiene ocasión de limpiarse, como en un bautismo, el día que se inunda sin que caiga agua, como si esta viniera filtrada desde el subsuelo. En Morteros ocurrirán desapariciones, lo cual supone tanto como decir que asistiremos al nacimiento de fantasmas, lo cual implica, a su vez, la aparición del miedo a lo que nos resulta imposible explicar.

Vogt nos lleva por esta geografía sin muchas descripciones del espacio, encadenando personajes, encadenando historias, cuadros, momentos que podrían ser cada uno de ellos un relato independiente, pero que quedan unidos por la voz de la narradora. Esa voz que nos habla de un autor que está escribiendo por impulsos, por necesidad, porque se le imponen las palabras y las imágenes. Una voz que nos recuerda, por ejemplo, a la de Alfanhuí. Hablamos del tipo de voces que nos recuerda que todos deseamos, en muchos momentos, habernos quedado en la inocencia, pero el miedo, la culpa, o el momento en que perdemos la virginidad, nos obligan a ir creciendo.


Fuente: Zenda

domingo, 23 de marzo de 2025

NARCOTOPÍA

 

Narcotopía

Patrick Winn

Traducción de Cristina Mimiaga

Amok

Madrid, 2025

473 páginas

 



Estábamos convencidos de no haber dejado ningún rincón del planeta sin explorar, porque todos habían sido pisados y, lo que es más significativo, no había un metro cuadrado, al margen de las bases militares, perfectamente definido por el ojo de los satélites que dibujan los mapas de Google. Pero el territorio no viene marcado solo por ese aspecto, que es textura, dado que contiene también una historia, un registro y hasta ha sido, y sigue siendo, una olla donde se cuecen almas humanas. Cualquier lugar que queda fuera de nuestro confort se convierte en frontera, en un sitio ideal para lo que conocemos como relatos de frontera: aquellos territorios donde lo que no se nos había ocurrido que pudiera suceder, sucede, o ha sucedido. Allí no rigen las mismas leyes que en nuestras calles, donde los semáforos pasan del verde al rojo y cualquiera te puede llamar la atención por no recoger las heces de tu perro. Hablamos de lugares desconocidos, que al saber de ellos no podemos dejar de elevar las cejas, y por instantes hasta de levantar la vista del libro para preguntarnos ¿pero qué diablos…? Merece mucho la pena enfrentarse a ellos, porque nos amplían la mirada y nos sacuden las ganas de seguir adelante: tengo que vivir más tiempo, se dice uno mientras tiene noticias de estas últimas fronteras, al menos hasta que consiga llegar allí.

Ese efecto mágico sucede durante la lectura de este Narcotopía, que es una obra descomunal, tal vez el mejor libro que vayamos a leer este año. Patrcik Winn viaja hasta la región del Triángulo Dorado, sobre todo en la zona de Myanmar, nombre de la actual Birmania, donde ha sobrevivido un cartel de la droga a los intentos de acabar con él de la CIA y la DEA estadounidenses. Winn nos traslada a ese lugar no como si se tratara de un sitio peligroso, sino de un Estado sin país, poblado por la etnia wa, que posee su propio ejército y tiene una extensión lo bastante significativa como para poder constituirse en nación. El viaje de Winn tiene la intención de recrear la historia de este lugar desde los años sesenta hasta nuestros días, una historia en la que intervienen los departamentos americanos antes mencionados, pero también los regímenes militares del país o la influencia de China desde el otro lado de la frontera. Pero una historia en la que los protagonistas son ellos, los habitantes de la región, cuyas biografías se reproducen con la intensidad de los grandes relatos de aventuras. Entre los personajes destaca «el valiente e implacable» Saw Lu, «creador de la historia de la nación wa», a juicio del autor, que comienza por intentar abolir la práctica de cazar cabezas entre los habitantes del lugar, para más tarde iniciar un movimiento contra el cultivo del opio. Saw Lu hila buena parte del relato que tenemos delante, va siendo quien cose los distintos tapetes del patchwork, terminando por convertirse en un héroe trágico, pues nos encontramos antes la narración de algo que evoluciona, no ante una novela o una película con su correspondiente final.

Patrick Winn ha ejecutado una extraordinaria labor de investigación y entrevistas, un trabajo del cual da fe en pocas ocasiones a lo largo del texto, momentos en que nos lleva a recordar qué es lo que tenemos delante: una crónica periodística perfecta, un relato histórico revelador, una narración fronteriza cautivadora y sorprendente, además de un juego de detectives y poder que en ocasiones nos recuerda a autores como John Le Carré. Estos libros son necesarios porque nos ayudan a ampliar el mundo, nos llevan a los lugares que nos gustaría conocer, en el mismo sentido en que nos gustaría ser  más valiente; es un libro que contiene todos los polos magnéticos, escrito con el pulso de los grandes escritores, de los grandes divulgadores y de los grandes periodistas.