jueves, 14 de marzo de 2019

Presentación EVA EN LOS MUNDOS


“Hacer alma”, decía Jung, “es nuestra única forma de salvarnos”.

No pasa de ser una intuición, y por lo tanto una suerte de nebulosa, esa idea de que existe un amor más allá de la muerte, esa intuición que sugiere que uno no termina de desaparecer en tanto sobreviva el recuerdo del amor que uno ha dado y que le han dado. Se trata de la forma más sencilla, más universal, más asequible, más mundana, la mejor a ciencia cierta, de hacer alma. La idea está en el mejor soneto de Quevedo, ese que termina rezando: “serán ceniza, mas tendrán sentido, / polvo serán, mas polvo enamorado”. Y también en la fiesta de los muertos que con tanta envidia vemos celebrar a los mexicanos. Para quien la desconozca y no pueda viajar al país para celebrarla, les recuerdo el reflejo de la misma que atraviesa la película de Pixar ‘Coco’.

Hacer alma es, por tanto, una forma de traer las sentencias de la ilusión al polvo de la Tierra. El amor, que no existe, dice también Jung, que es una abstracción, dice Jung, pero que, sin embargo, existe el hecho de amar y ser amado, sigue diciendo Jung, el amor no puede desaparecer solo por el estúpido hecho de que uno se muera. No hemos conseguido resolver la duda que nos genera no saber a dónde se va el amor. Pero sabemos, o para ser exactos, queremos saber, que va a alguna parte, que no puede transformarse en nada. Recuerdo que NADA proviene de la expresión latina nulla res nata, cuya traducción literal es ‘ninguna cosa nacida’. Morimos y lo que queda para uno es lo mismo que había antes de nacer: nada. Pero para los demás sobrevive una llamada, la sensación, que no sé si llamar esperanza, de que en algún lugar alguien les acogerá cuando dejemos de ser la materia de la que estamos hechos.

El poeta francés Christian Bobin lo expresa en los siguientes términos:
"Estoy más lejos en el tiempo, pero sigo en el mismo camino. Cada mañana arroja a mis pies los despojos de los perros de la muerte. ¿Cuántas estaciones aún para que el combate siga siéndome favorable? Pienso en esa única vez en que el defensor de mis colores morderá el polvo, cuando se pongan en marcha las bases inmateriales de la carne y tenga que afrontar al jinete negro: mi único recurso, entonces, será lanzarle a los ojos ese puñado de amor apasionado que siempre encerraron mis manos. Esa mirada lenta al niño, al cielo, al vacío."

La intuición, la nebulosa que nos recorre y que puede ser muy acertada, me habla de una última etapa del amor: ese que uno siente hacia el desconocido o, incluso, hacia la multitud desconocida. Ese que azota cuando vemos al pequeño Aylán yaciendo en la playa griega, ese que maldicen algunos críticos cinematográficos cuando atacan a una película como ‘Cafarnaún’. Solo puede atreverse a calificar este relato de pornografía emocional quien no haya paseado por una Villa Miseria, quien no haya conocido los mercados del corazón de África, quien no se perdiera en los barrios de Bombay: lo que cuenta la película no es un truco cinematográfico, es una de las realidades, una de las peores, pero no es inexistente. Es uno de esos relatos que habrían hecho trizas el corazón de Svletana Aleksiévich, de Carmen de Burgos, De Helen Garner, de Rebecca West, de Joan Didion. Uno de esos relatos universales, sin tiempo, que es tanto como decir que pertenece a todos los tiempos, a todas las tristezas.

De alguna manera, nacer y crecer lejos de los centros donde se generan lo que en francés se llama “ideas recibidas”, los lugares comunes, ideas recibidas incluso en el panorama de la supuesta lucha contra la injusticia, permite el desarrollo de un pensamiento más creativo y, no sé si es un atrevimiento decirlo, más libre. Si nos atenemos a argumentos históricos, el hecho de ser mujer ya ha situado a buena parte de la mitad de los seres humanos en esa periferia desde la que verter pensamientos más creativos en la lucha contra la injusticia. Hay que advertir, en estos tiempos en que llueven ladrillos de canto, que dichos centros de poder tienen cada día menos luz, están más dispersos y se van apegando más y más a las pasiones como forma de manipulación. La reciente película ‘Brexit: the Uncivil War’ lo expone de manera contundente. Recordemos: una especie de sociópata muy astuto se hace cargo de una campaña en la que solo termina por importar una palabra: Back: Take Back Control, recuperemos el control, como si alguna vez hubiera estado en nuestro poder, en la capacidad de decidir de la gente.

Pero sin rendirnos, confiamos en esta periferia desprovista de inercias, de lógicas impuestas por el neoliberalismo y eso que llamamos sistema, y de las aspiraciones de lo dominante. Se trata de nadar contra el destino sabiendo que es una guerra perdida, pues este, ya lo hemos aprendido, no es otra cosa que la victoria de los poderosos, de quienes tienen el control, de quienes nos envían las ideas que recibimos. Los que nos dedicamos a la literatura sabemos que las aportaciones de los intrusos, de estas intrusas que nos reúnen, son tan mal avenidas como el aire libre lo era entre los protagonistas de ‘El imperio de los sentidos’, ese retrato de la locura en el que el sexo sustituye a la compañía, esa pareja que no pretendía sino olerse mal para excitar a su amado, que era también un contrincante.

No es frecuente hallarse frente a alguien no domesticado. Nos creemos libres, creemos estar haciendo alma, y nos limitamos a seguir unos rituales. La osadía es un atributo en declive, entre otras razones porque los centros de poder lo han colocado junto a la ignorancia, y descalifican sin piedad a la ignorancia. La sorpresa surge con lo insólito, y lo insólito es hermano de la ignorancia. Ahí está, por ejemplo, la virtud de reconocer la increíble capacidad de no entender nada, y por tanto discurrir desde una forma que no habíamos previsto, que no se podía imaginar, o que al menos no la veíamos venir quienes asentamos nuestro culo y nuestra cabeza en ideas recibidas. Sean bienvenidas las personas no adiestradas, la gente de pensamiento que, a falta de otra palabra, uno llama contraintuitivo, de pensamiento contra la experiencia o lo que creemos que dicta la experiencia, ese soliloquio de un solo compás, de un único sonido, de una única verdad o de una única mentira, capaz de hacer que ambas, verdad y mentira, sean la misma cosa. La rebelión, aunque no sea intencionada, sigue siendo fundamental en el avance del relato.

He mencionado la película ‘Cafarnaún’, siamesa de los libros de Svletana Alekxiévich o los diarios de vagabunda de Hayashi Fumiko, donde expresa lo que no pudo decir siendo testigo de la violación de Nanking. Hablo de la película ‘Brexit’ y recuerdo algunos artículos de Joan Didion y de Janet Malcolm contra el imperio de los rituales, contra el Derecho mutilado o torcido, contra los lugares comunes. Menciono ‘Coco’ y se me pasan por la cabeza las emociones de los cuadros rústicos y tiernos de Edna O’Brien y, por supuesto, la poesía de Marina Tsvetaieva, que posee una ingenuidad a prueba de la Revolución de octubre de 1917, como se comprueba en sus diarios y su correspondencia. Helen Garner traduce la injusticia a un grado en el que nosotros nos implicamos emocional e intelectualmente; Rebecca West sorprende por el análisis contraintuitivo de un territorio fragmentado en el que se cultivó buena parte del guiso que es Europa; Carmen de Burgos, Annemarie Scwarzenbach o Sofía Casanova hicieron de su biografía una obra maestra de la literatura y del pensamiento no domesticado… escritoras todas ellas en la periferia, en lo insólito, en la osadía. Gente con la increíble capacidad de reconocer que no están entendiendo nada.

Durante la lectura de su obra, uno se da cuenta de que poseen una gran virtud: cuidar la rebelión, sí, pero sin añadir demasiada presión moral a quienes, como a ellas, ya les muerden los tobillos otras presiones: económicas, laborales y de civilización. Porque saben que si a los que no eligen el destino se les presiona demasiado a “ser morales” y alguien con autoridad pública los liberara de golpe de esa carga de trabajo, la culpa reprimida y el consecuente alivio psicológico se pueden transformar en agresividad social o sociopolítica: en racismo, en machismo, en xenofobia, en ultranacionalismo. En cualquier soporte falsamente ideológico que sustituya al humanismo.

La pregunta que me hago ahora es, en consecuencia, ¿qué diablos es el humanismo? La respuesta es la afirmación de Jung: hacer alma, la única forma de salvación. En la película ‘A Private War’, el biopic sobre la reportera de guerra Marie Colvin, el director del periódico para el que ella trabaja, le ruega que no abandone su labor como periodista que da testimonio del fracaso de la humanidad, una tarea que creará alma, pero a costa de que la suya le duela horrores. El argumento del director del periódico es incontestable: “Si tú pierdes la convicción, ¿qué nos queda a los demás?”.

Nos queda la cobardía, que en este caso es lo genuinamente nuestro, una de las pocas cosas que poseemos si nos dejan desnudos. Por eso necesitamos de estas voces, de este amor que entregan a los desconocidos, que somos, ahora, nosotros; ese amor que sobrevive a la muerte, el recuerdo de lo que uno ha dado y le han dado. Ese amor que contiene rabia, sí, porque cuando nos fallaron todas las demás tablas de náufrago, nos queda la rabia para mantenernos a flote. La rabia que empujaba a Marie Colvin a vivir para nosotros lo que nosotros no nos atrevíamos a vivir. Recuerdo, por último, que en la película Marie Colvin muestra en más de una ocasión quién es su escritora de cabecera: Martha Gellhorn. Y confieso, no sin pudor, que aprendí a escribir perfiles de las lecturas de Leila Guerriero.

Me gustaría, para terminar, decir que ojalá este libro sirviera para que los demás caigan en el insólito y osado pecado de leer a nuestras hijas de Eva.


miércoles, 13 de marzo de 2019

EL VERANO EN QUE MI MADRE TUVO LOS OJOS VERDES


El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes
Tatiana Tìbuleac
Traducción de Marian Ochoa de Eribe
Impedimenta
Madrid, 2019
250 páginas

“Incluso así, de todos los recuerdos-preciosos que me llevo invariablemente conmigo a la espera de un buen día -después de escapar de este borrador de vida que llevo ahora- se conviertan de nuevo en realidad, solo uno es el corazón. Solo uno tiene el poder de disolver lo negro, el moho y la desesperación.
“El girasol.”
Pero su madre, la madre del narrador, le llevó a un campo de girasoles para anunciarle que un cáncer estaba devorándola por dentro. Cuando el narrador está a punto de confesar que le puede salvar la poesía, resulta que ésta también pertenece al mundo en defunción, a un mundo que va, poco a poco, perdiendo colores, formas, alegría. Si es que alguna vez la tuvo. Pues los colores son propios de una infancia que al narrador se le ha negado. No pudo ser niño por culpa de una muerte, la de su hermana; no podrá ser adolescente por culpa de otra muerte, la de su madre, los momentos en los que se centra la novela. Y, dado que la obra se narra desde el futuro, no podrá ser adulto a causa de otra muerte que navega por los bajos fondos de una novela triste, en lucha contra el nihilismo que, al parecer, sería la tabla de salvación, porque ninguna otra, ninguna emocional, le ha sido facilitada. Ni siquiera el perdón, que intenta ser el tema de la obra.
La novela entra dentro de un círculo existencialista, aunque con voz propia. La obsesión por la madre, por una suerte de psicoanálisis sobre la figura de la madre, nos recuerda, aunque sea en la distancia, a El extranjero. La estructura en capítulos cortos, algunos de una sola línea y referidos a los ojos de la madre de la familia Bundren que va a ser enterrada por su marido y sus hijos en Mientras agonizo. Un cierto autodesprecio, que se combate con una forma de narrar tan visceral como contundente, nos remite a lo mejor de Agota Kristoff, y también a una actualización del narrador de La náusea. Como en cualquiera de las obras antes mencionadas, en esta se abren muchas preguntas, se establece una relación de amor y odio con la poesía de la derrota. La novela nos refiere, como en el teatro clásico, la injusticia de haber nacido y la pregunta sobre a qué se debe esta falta de justicia.
La búsqueda de la posibilidad de amar, ese resquicio que le salve, entre tanto desamor, apenas consigue que se vayan apartando las nubes, que son el tema real de la novela. Pero no lo suficiente como para que regrese el sol. El tiempo apenas sirve para mitigar rencores y el psicoanálisis que practica el narrador, poniendo en negro sobre blanco la historia de la relación con su madre y con las ausencias, la imposibilidad incluso de haber pasado por una etapa edípica, ni siquiera le reconcilia con el relato. De ahí que la novela posea tanta potencia como las de Kristoff, Faulkner, Camus. Hay que tener en cuenta que ese anhelo por regresar al útero materno y nacer de nuevo, en condiciones, realizado, bien hecho, produce un efecto rebote que el narrador lanza, en forma de furia, contra el mundo. Cuando alguien maldice haber tenido una infancia, se provoca un extrañamiento que no se resuelve sin fango: “Se rio largo rato, con ternura, como yo descubriría años después que se ríen las madres con los chistes estúpidos de sus hijos inútiles, pero amados”.
Inmigrante polaco, el narrador no puede apartarse de los cruces con la muerte o la desaparición. También con el deseo de desaparición de un energúmeno, que es la figura paterna, la supuesta referencia de la que se intenta desprender como uno se desprendería de la brea pegada al cráneo. Con todos estos ingredientes, y alguno más, Tatiana Tìbuleac (Moldavia, 1978) nos consigue confundir: este sería un libro imponente si se tratara de literatura testimonial. Pero, ¿qué más da si es invención o pasado?, se trata de una obra creíble, real. Se trata de una autora que escribe con el lápiz de la sinceridad.


LA REINA DE DIAMANTES

 La reina de diamantes
Bennasar, Llort, Macip, Moreno
Delito
Barcelona, 2019
189 páginas

El suspense consiste en hacerse cargo de que no sabemos qué va a ocurrir dentro de un segundo, y mucho menos dentro de veinticuatro horas. Un día hay vida y al siguiente no. Un día emprendes, con valor, una empresa, y al día siguiente te das el batacazo por culpa de un catarro. Un día estás harto de vivir y al siguiente nadas en la gloria entre brazos de un amante. Los narradores de suspense han sabido aprovechar la incertidumbre para contarnos historias que van girando, en cada capítulo, en cada secuencia, con un nuevo imprevisto. El hecho es que cada uno de los personajes, como cada una de las personas en la vida real, intenta forjarse el destino, una forja que suele ser incompatible con la que pretenden los demás. Todos defienden sus intereses, que es tanto como decirnos que todos practicamos una u otra forma de egoísmo en uno u otro grado de afectación. Lo que ocurre en novela o cine negro es que ese egoísmo se lleva al extremo: poco importa no la suerte de los demás, sino hasta su vida.
La reina de diamantes es un thriller con sus dosis de intriga, en el que se retratan las condiciones del género. Cuatro autores se relevan en la obra, pero todos mantienen la misma tensión y, podría decirse, casi hasta la misma voz narrativa, la dura, la seca, la directa, la propia de un mundo de hampones en un barrio catalán: barriobajeros sin otra formación que no sea la de las calles, inmigrantes doloridos dispuestos a empuñar un arma, prostitutas y mujeres que utilizan su sexo para conseguir sus objetivos, torpes individuos que explotan negocios nocturnos y no saben elegir amistades, una historia de decadencia que aproxima a alguien al abismo y antes de dar el salto opta por hacer una última pirueta, sabiendo que pone en riesgo su vida. Así se van trenzando los cuatro puntos de vista que componen la novela, que pretende retratar no ya al mundo de la prostitución, las drogas y la violencia nocturna, sino a las obras que, a su vez, retratan el mundo de la prostitución, las drogas y la violencia nocturna.
La novela funciona a toda pastilla, sin alardes estilísticos, que es tanto como decir con un buen estilo, pues en nuestro país acostumbramos a llamar estilo al exceso de estilo. Cuando la acción en sí está a punto de desfallecer, el relato da una nueva vuelta de tuerca y nos engancha el suspense. El thriller está servido, pues nadie tiene reparos en comportarse con la brutalidad de un asesino si llegara a ser necesario.
Junto con Lemmings, esta novela es la presentación de la editorial Delito en el territorio en que se habla castellano. El proyecto empieza con buen pie y mejor tono. El lector tendrá que celebrarlo.

lunes, 11 de marzo de 2019

SIMBAD


Simbad
Gyula Krúdy
Traducción de Adan Kovacsics
La Fuga
Barcelona, 2019
158 páginas

El nombre puede ser un cepo, una forma de cazar a la espera, una trampa que muerde los tobillos. En una obra literaria, sustituye al rostro del protagonista, a la imagen con que le conocemos. El peso de llamarse Ulises, por ejemplo, se suma a la nobleza del nombre: uno parecería obligado a comportarse con respeto hacia quien lo llevó por primera vez. El caso de Simbad es una propuesta arriesgada, una invitación a la aventura en formato fantasía, al viaje inusitado, el de la mente por los vericuetos de lo imposible. Tal vez el auténtico heredero de Simbad en occidente haya sido Indiana Jones. Pero hay intentos anteriores, como este conjunto de relatos, que en realidad configuran una novela, que se reúnen por estilo, por temática y, sobre todo, por la presencia de la figura de Simbad, a quien conocemos de niño y vemos crecer.
Los primeros relatos configuran un Bildugsroman en el que asistimos a lo que será la esencia del nuevo Simbad: es más lo que se sugiere que lo que se narra. Las fábulas funcionan como un tiro, sin una trayectoria al margen, directas a la intención de mostrarnos una educación sentimental, una inquietud, que no obsesión, por las mujeres. En las obras de aventuras, al menos hasta la fecha en que está escrita esta obra, al hombre se le reservaba el viaje y la hazaña, a la mujer las aventuras de salón, los lances amorosos. El cuerpo de uno era dinámico, el de la otra estática. Gyula Krúdy (Nyíregyháza, 1878 – Budapest, 1933) otorga al varón el valor de la aventura sentimental sin filos, de los encuentros con pasión o con amor, o con intenciones de sumar una muesca más en el revólver de las conquistas, o con auténtico enamoramiento, más divino que humano. Simbad es quien actúa y quien padece. No siempre dueño del destino, que le lleva a vagas por las calles de Buda y de Pest, y por el Puente de las Cadenas, que aquí cobra un sentido metafórico, uniendo el mundo del sosiego con el de los amantes. Simbad no encuentra otra forma de equilibrio que cruzar de un lado a otro. Y es que el equilibrio está a mitad de camino entre la compensación y la descompensación. Krúdy decide que su héroe cruce de una a otra y nos regala estos cuentos, relatos con una ambientación costumbrista en los que no se desperdicia una sola frase en otra cosa que no sea en aras de la narración, sobre la búsqueda y, por tanto, sobre la soledad. Porque al final quien busca lo hace siempre solo, una imagen, como la de Simbad, este, no el clásico oriental, que a pesar de la incitación a la aventura conlleva un punto de tristeza. Tal vez debido a la imposibilidad de abandonar, como diría Pascal, su habitación.

jueves, 7 de marzo de 2019

EVA EN LOS MUNDOS y un punto de rabia

“La buena literatura contiene una dosis exacta de rabia, como la buena cocina contiene un punto de sal”

Charo Ruano entrevista a este autor salmantino, enamorado de la montaña y los viajes, que acaba de publicar ‘Eva en los mundos’

Ricardo Martínez Llorca, escritor
Hablar con Ricardo Martínez Llorca siempre tiene un punto de aventura y de complicidad, aventura porque siempre está implicado en empresas nuevas, que narra con fruición y complicidad por eso de que nos conocemos hace tiempo y sigo fervorosamente sus recomendaciones lectoras.
La literatura, el montañismo, la naturaleza, los viajes y la amistad son los bastones en los que asienta su vida, una vida que no puede explicarse sin los renglones de un libro de Stevenson, de Conrad, de tantos otros. Escritor con mayúsculas al que deberíamos un reconocimiento mayor  y lector y crítico exigente…Un placer
.-En pocos meses tres libros y muy diferentes, este último Eva en los mundos ciertamente muy particular
La verdad es que este libro surgió casi sin darnos cuenta, pero supuso mucho esfuerzo terminarlo. Sucede con frecuencia con los libros: que los amores no son eternos. Este surge de un impulso potente, pues las primeras propuestas, de la mano de Alfonso Armada, eran casi una urgencia: Janet Malcolm, Joan Didion, Svletana Alexievich y Leila Guerriero. Eran perfiles que surgían de la obra, de las lecturas y de las entrevistas. Casi se escribían solos de tanto como las ha ido uno queriendo a lo largo de los años.
.-En realidad lo que le interesa es hacer literatura eso está claro
Sí. Lo que me cuesta es definir qué es literatura. Sé que tiene que ver con la sinceridad, sobre todo porque se nota cuando una obra no ha surgido por el impulso, porque al escritor se le ha impuesto. Es una suerte que uno vaya cambiando, y que su concepto de literatura vaya cambiando con él. Pero sigo sin soportar los fuegos artificiales si detrás no hay nada que no sea el ánimo de prosperar como intelectual.
.-Creo que a usted se le puede aplicar sin duda, eso de ser un escritor con una obra muy personal, alejado de modas y vanguardias, que igual escribe un  libro de viajes, que una novela de lo más intimista sobre la infancia…
Debería decir eso de que no leo obras contemporáneas y cosas por el estilo, pues empañarían mi mundo personal. Pero mentiría. Cuando uno escribe invoca todo lo que es, pero uno no es nada si no se encuentra en el mundo. Y eso supone saber qué se escribe, aunque solo sea para saber contra qué se escribe. Antes he hablado de sinceridad, pero la buena literatura, creo, contiene una dosis exacta de rabia, como la buena cocina contiene un punto de sal.
.-Me ha gustado la introducción del Génesis la necesidad de morder el fruto y el imperativo viaja, explora, busca
En el Génesis están buena parte de las metáforas de lo que somos, en tanto que seres sociales. Y está la maldición de la conciencia, que parece impuesta por Dios cuando en realidad es una construcción social. La idea del paraíso perdido que nos obliga a aventurarnos en la vida es uno de los grandes logros ocultos del Génesis: la vida como aventura es la metáfora con la que nos gustaría entender nuestros días y nuestras noches, y no la vida sedentaria en el diván de un jardín ideal.
.-Cómo eligió a sus Evas, porque no se trata solo de mujeres especiales, sino de mujeres con una especial mirada y un especial arte para contar
Alfonso Armada tuvo buena culpa de esas elecciones. Comenzó por sugerirme a Janet Malcolm, hace algún tiempo. Luego a Joan Didion y entonces hablamos de una serie de perfiles. Más tarde, buscando otras figuras de esa envergadura le pregunté a Pilar Rubio, la editora de La línea del horizonte, a quien le encantan las cronistas históricas: Martha Gellhorn, Rebecca West, Carmen de Burgos… Se interesó tanto que me habló de la posibilidad de publicar el libro. Yo elegí a algunas escritoras que me parecieron más tangenciales al género del periodismo, pero sin cuya presencia no entenderíamos buena parte del mundo actual, como Edna O’Brien y sus libros autorreferenciales sobre el mundo rural y Marina Tsvetaieva, una poeta inmensa con mucho fondo de tristeza, cuya correspondencia esconde, tras las confesiones de amor, la historia de la condición humana de la mitad del planeta durante el siglo pasado.
.-Son mujeres que hablan de la guerra y hablan de lo cotidiano, mujeres que hacen crónica de lo que ocurre y también literatura y a las que la historia casi ha borrado
La historia no pone a cada uno en su sitio. Nos han colado muchos goles y seguro que se nos han escapado demasiadas cosas buenas. La verdad es que casi es una suerte no pasar a la historia, que está hecha un asquito. Basta con asomarse un poco a ella para comprobarlo. Pero eso no importa. Por suerte, tengo la impresión de que se va equilibrando mucho la balanza en el tema de género. Estas autoras han hecho literatura, y de muy alto voltaje y en diferentes géneros, incluso con su biografía. Me llamó la atención la posibilidad de que fueran Evas, pero por mis amores personales. Cuando leo no me planteo el género de la persona que está detrás de lo escrito. Lo que importa es la empatía, la compasión. ¿Son cualidades más bien femeninas? Es posible. La cultura patriarcal, al menos, así las atribuye. Espero, eso sí, que nadie se olvide de estas mujeres. Su obra merece mucho más que respeto.
.-Me imagino que no me va a decir su o sus preferidas, yo reconozco mi debilidad absoluta por el retrato que hace de Carmen de Burgos, pero a medida que avanzaba todas me iban conquistando, es decir nunca decae el interés y cuando llegas a Svletana Alexiévich o Leila Guerreiro, vivas aún, te dan ganas de llorar a gritos y de aplaudir
Agradezco mucho el elogio. Con Leila pude comunicarme, aunque no nos conocemos personalmente. Es tan interesante como lo que escribe. La verdad es que si le dieran un premio importante, como el merecidísimo de Svletana Alexiévich, me parecería fenomenal. Sí tengo mis debilidades entre los perfiles, pero, efectivamente, no voy a confesarlo, excepto el caso de Janet Malcolm, porque fue la primera. Lo de Carmen de Burgos merece mucho más que este perfil. Todavía se me pone la piel de gallina cuando recuerdo cómo narra algunas de las situaciones que se dieron en su viaje por Europa, cuando estalla la Segunda Guerra Mundial. Una vez en manos del lector, la obra le pertenece; estaría bien que cada uno tuviera su propio perfil favorito. Yo puse mucha buena voluntad y un montón de horas de trabajo.
.-En realidad hay algo que une a sus Evas y es la soledad, pero cada una, una soledad particular e intransferible
Es que esa es la gran maldición, la soledad, la expulsión auténtica del paraíso, la que hace que alguien se rebele y sin rebeldía somos una miseria, un patrón animal. La soledad es una sucesión de batallas que hay que luchar, todas, incluso las que sabemos perdidas. O sobre todo esas, las perdidas. La dignidad está en lucharlas. Nacemos solos y morimos solos, por muy mal que nos siente. De no tener una soledad única, no tendrían un mundo propio en el que merece mucho la pena sumergirse.
.- En estos viajes por el mundo de la mano de estas mujeres que aprendemos diferente a lo que nos hubiera contado un hombre, es una mirada, una sensación, otra forma de contar… o no hay diferencias
Me cuesta admitir que en el año 2019 hay diferencias. No sé si existen entre las cronistas y las escritoras actuales, comparado con los cronistas y los escritores de hoy, ni si las que existen son importantes. Pero varias de las Evas son y han podido ser precisamente por esas diferencias o a pesar de ellas y esforzándose más que si hubieran nacido varones: en ese contexto hay que valorar mucho a Sofía Casanova, por ejemplo. Incluso la propia Martha Gellhorn, conocida por haber estado casada unos años con Hemingway, una temporada en la que ella narraba el rostro de la guerra mientras él bebía ron en las playas de Cuba. No quiero minusvalorar a Hemingway, aunque, con el debido respeto, cabe decir escribió algunas novelas muy malas (no El viejo y el mar y sus relatos cortos son magníficos), pero Martha merece un espacio propio, de hecho, no he leído un solo párrafo de ella que no merezca la pena. En buena medida, es la precursora del reportaje de conflicto contemporáneo. Marie Colvin, la periodista famosa por su parche en el ojo y por su militancia contra la guerra llegando hasta el corazón de quienes de verdad la luchan, que son los civiles, la tenía por escritora de cabecera. No me extraña.
.- Y a usted como le han sorprendido o impresionado lo que estas mujeres hicieron
Me sigue sorprendiendo. Basta con abrir uno de sus libros para darse cuenta: leas lo que leas, uno lo hace como si estuviera sucediendo ahora mismo. Me sorprende mucho su literatura. El libro de Rebecca West, Cordero negro, halcón gris, es una experiencia descomunal, por mucho que uno se cuestione los principios sobre los que se asienta. Yo me lo creí, y eso es lo que importa. Sé de gente que no ha sido capaz de terminar un libro de Alexiévich, de tan impactante como resulta. No me extraña. A uno se le viene el sistema solar encima cuando piensa en las razones que la llevaron a escribirlos.
.- No debió ser fácil elegirlas, habrá más historias sobre mujeres como estas
Me encantaría. Hay todavía un terreno por explorar: las Evas que no nacieron para escribir, pero completaron sus vidas escribiendo: alpinistas, aviadoras, navegantes… Tal vez más adelante. Ojalá.
Ricardo Martínez Llorca nació y vive en Salamanca donde se licenció en Bellas Artes y donde ejerce como profesor de dibujo. La escritura vinculada al mundo de la montaña, la naturaleza y los viajes ha jalonado la biografía de sus últimos años. Como reseñista y articulista ha publicado en diferentes medios y, actualmente, lo hace en la revista Quimera.  
Desde su primera novela, Tan alto el silencio, 1998, en la que evoca la figura de su hermano David, fallecido en el ejercicio del alpinismo, ya asoma su predilección por un género al que aporta una singular maestría literaria. Al mismo tema, pertenece su libro El precio de ser pájaro. Grandes tragedias del alpinismo español, 2000 y, en los siguientes, ya sea a través de la novela o el relato, la realidad inspira muchas de sus ficciones: El paisaje vacío, 2002, galardonado con el Premio Jaén en 2001, El carrillón de los vientos, 2008 y la última, Hijos de Caín, 2013. Al género de viajes pertenece Cinturón de cobre. Un encuentro con Zambia, fragmentos y ficciones, 2001 y el presente Al otro lado de la luz. Una experiencia en Mozambique, 2013
Escritor, crítico literario, alpinista y viajero impenitente. Suyos son los libros 'Tan alto el silencio' (finalista del premio Tigre Juan), en 1998, su primera novela. 'El paisaje vacío' (premio Jaén), 'El carillón de los vientos', 'Después de la nieve', 'Cinturón de cobre', 'Al otro lado de la luz', 'Hijos de Caín', 'El precio de ser pájaro' y 'Luz en las grietas'. Es crítico literario en Quimera, Revista de letras, FronteraD, Oculta Lit, La línea del horizonte, Sal&Roca / Público / Nueva Tribuna, y dirige la sección "Viajes y libros" en  Culturamas. “Hasta la frontera de mi sueño” y “ Mi deuda con el paraíso”  en 2018, son sus libros más recientes, hasta este “Eva en los mundos” que acaba de ver la luz

60 GRADOS NORTE

60 grados norte

Malachy Tallack

Traducción de María Fernández Ruiz
Volcano
Madrid, 2018
265 páginas

El tiempo no existe. El tiempo no es una dimensión. La suma de un minuto más otro minuto no es, necesariamente, dos minutos, excepto en el vulgar efecto del reloj. El pasado no corre a la velocidad que sugiere o impone el calendario, y en el recuerdo hay días que jamás han existido. También momentos que no cesan de suceder. Es el tiempo el que provoca el efecto de la conocida expresión de Heráclito: nadie puede bañarse dos veces en el mismo río. A pesar de que coincidan las coordenadas o de que apenas haya transcurrido un segundo entre una inmersión y otra. Pura paradoja, la memoria nos hará creer que sí, que estamos sumergidos hasta el cuello en el mismo río, porque la memoria parece estar hecha de la misma sustancia que el tiempo. El volumen de agua, que sí es una dimensión, será diferente, como lo será el recuerdo que reúne en un mismo instante, en una única sensación, las veces que uno se bañó en ese mismo lugar, en ese río diferente. Es la sensación la que termina por dictar, amable o ácidamente, que no se puede repetir una experiencia.
Pero la sensación, traducida a sentimiento de tanto elaborarla, de tanto padecerla, nos lleva a creer que retornar a casa, al líquido amniótico, nos devolverá un espacio de confort que nos niega la brutalidad del mundo en el que habitamos. También en el que vivimos, aunque la acción de este segundo verbo es más bien voluntaria. Sentirse bien en un mundo que consiente tantas injusticias no puede ser sano, no puede indicar que uno tiene la cabeza en su sitio. No nos arrebatarán la sonrisa, pero tampoco la rabia. De todo esto trata el libro de Malachy Tallack (Escocia, 1980), 60 grados norte. Tallack nos engaña cuando afirma, al comienzo de la obra, que es un libro sobre las relaciones entre las personas y los lugares, la tensión del amor y las formas que esta tensión puede adoptar. Nos engaña, hasta cierto punto. La narración se basa sobre dos ejes: su sentido de la vista y su memoria única. La descripción de los lugares que visita, recorriendo el paralelo 60, al norte, de los lugares por los que pasa intentando amar, y los apuntes sobre un pasado en el que sigue viviendo y que sueña con recuperar. Uno puede reproducir las sensaciones e incluso sentir con idéntica intensidad, pero jamás repetir la experiencia. Tallack se llama a sí mismo a reflotar su vida, una y otra vez.
Para ello recurre a un viaje en el que en distintos lugares se reproduce la supervivencia de su infancia: un clima hostil, un entorno duro, el aislamiento. Lo propio de las islas Shetland, donde muy poca gente elige quedarse. Y se pregunta quién es él, que es uno de esos pocos, y si existen otros motivos diferentes a los suyos. Porque es complicado reconciliarse con las montañas, la tundra, la taiga, el hielo y las tormentas. En ese sentido, a quien más intenta asemejarse es a Robert MacFarlane cuando habla de la naturaleza. Su viaje no le lleva solo a entornos naturales: Groenlandia lo es de manera inevitable, aunque la despoblación hace preguntarse a los habitantes si deben luchar contra una pérdida de identidad que apenas reconocen ya en el mar. En Canadá se centra en las rutas históricas, no en el presente; se centra en los colonos y el agua, ríos y lagos, como rutas de colonización. En Siberia, de un recuerdo de Kamchatka y de la terrible Kolimá dan a su razón empujones terribles para desencajarle. Y en Finlandia, el lugar donde parece sentirse más cómodo de los retratados, reconoce que a 60º norte se puede ser feliz, siempre y cuando uno identifique felicidad y libertad, algo de lo más sensato. En Finlandia la libertad se expresa en el derecho a caminar, en el derecho a moverse, en el derecho de tránsito.
Los pasos por los diferentes lugares son breves. De ahí que se imponga la pintura y apenas aparezcan diálogos. Tallack se encuentra inmerso en conversar consigo mismo, con esa parte de nosotros que se cree que estamos hechos de tiempo. Se pregunta cómo reconocerá que ha encontrado su lugar en el mundo, cuando parece pertenecer a la estirpe de quienes no se reconocen en ningún lugar. Y se busca en el viaje hacia el norte, hacia los lugares alejados de la civilización y del paraíso, hacia el frío, lo inaccesible y el desarraigo. Eso lo dicta el mito, y Tallack necesita verlo y recordárselo, una y otra vez, para certificar que su búsqueda del retorno al hogar tal vez sea un intento determinado a fallar siempre. Pero vivir no es encontrar. Las vidas no se cierran como se cierran las películas. Siempre quedarán vacíos y lugares por descubrir. También entre los alvéolos de nuestros pulmones.

miércoles, 6 de marzo de 2019

HOMO TENUIS


Homo Tenuis
Francisco Jota-Pérez
El Transbordador
Málaga, 2019
196 páginas

Existen muchas formas de dejar de existir, pero todas terminan en lo mismo, en la nada, en algo que no es ni siquiera oscuridad, que es desaparición en el mismo sentido en que el tiempo anterior a la memoria no es nada, ni siquiera tiempo, ni siquiera anterior, pues eso presupondría la existencia del tiempo. Este ensayo nos habla de una forma de desaparición, consistente en imbricarse. La arquitectura del discurso a que nos somete Francisco Jota-Pérez (Barcelona, 1979) nos guía a través de la oscuridad, que es otro método para desaparecer. Las propias palabras elegidas, que pretenden afirmar un ensayo psicodélico, abundan en imbricaciones de todo tipo: neologismos, desinencias, prefijos, etc., que hacen al texto transcurrir a una peligrosa velocidad, sin descanso, o sin el descanso que nos deberíamos permitir para asumir el contenido. No faltan formaciones próximas al surrealismo –“HIPEROBJETO INTERDIMENSIONAL, TRANSARMÓNICO, VIOLENTADOR ONTOLÓGICO”- aunque en este caso no son formaciones sin función, pues están al servicio de unas hipótesis que sustentan tanto la maldición de nuestra cultura actual como sus bendiciones. En cierta medida, al autor contemporáneo que se encuentra más próximo es a Germán Sierra.
Jota-Pérez ataca a la época contemporánea, que llama Capitaloceno, donde la cultura está al borde de la desaparición. Parte de una figura que se ha hecho legendaria tras varios memes publicados en internet: Slenderman. Se trata de un moderno mito de terror, a través del cual entramos en los paradigmas de la cultura o civilización que crea la difusión. Llamamos hiperstición a la superstición más allá de… creencias o vínculos con la lógica. Para ello debemos saber qué es lo real: “un fluido medioambiental de signos, apariencias, preceptos y comportamientos, constantemente actualizable y ecosistema en el que algo simplemente verosímil puede convertirse en verificable previa naturalización de su veracidad”. Así, bajo esta premisa se expone la nueva alfabetización, que se corresponde a la nueva realidad, en la que participan objetos que se definen a través de una narrativa o, para ser precisos, narrativas que crean el objeto.
De esta manera nos encontramos en otra etapa en la que no es posible, como siempre, superar el miedo al vacío, que es la constante que atraviesa este ensayo. El futuro es una bestia y el presente se construye a base de predicciones, narraciones, que acotan el futuro que, es inevitable, nos traerá sorpresas. Pero esa bestia creará los paradigmas a los que nos aferramos y que aquí se acumulan en sentencias que se suceden sin cesar, creando en el lector un efecto de bola de nieve. Pero se trata de una bola de nieve que ha sido fragmentada y vuelta a montar una y otra vez. Así nos embarcamos en una lectura de un libro en movimiento, una especie de cáscara de nuez en medio de un tifón, que pretende definir una cultura, civilización, que agoniza, pero a la que todavía le queda el mito, esas atribuciones que creamos para hacer positivas las destrucciones de la identidad, la autoridad y la credibilidad, dice Jota-Pérez.

lunes, 4 de marzo de 2019

QUE MI GENTE VAYA A HACER SURF


Que mi gente vaya a hacer surf
Yvon Chouinard
Traducción de Rosa Fernández-Arroyo
Desnivel
276 páginas

Es probable que no sepamos definir en qué consiste la dignidad, pero lo que nos resulta posible valorar es quién ha vendido su alma al Diablo. La dignidad, como todo lo bueno, es inconmensurable, no se puede medir, de hecho, ni siquiera podemos valorar cuánta gente hay digna y saber cómo afectan al bien de los demás. Pero la segunda, la venta de almas al Diablo, no sólo se puede contabilizar, sino que, además, podemos calibrar su impacto, porque la maldad se puede contar. No sabemos cuántas vidas, ni de qué modo, han salvado los paseos por los bosques o a la orilla del mar, pero sí guardamos registro exacto de los muertos que provoca una bomba. Bajo esta premisa están escritas las memorias de Yvon Chouinard, fundador de la empresa Patagonia Inc., dedicada a la ropa de deportes de aire libre.
A lo largo de las páginas que se reúnen en Que mi gente vaya a hacer surf, no cesa de exponerse una bella declaración de intenciones: Chouinard sabe que su labor como empresario, que su paso por el planeta, deja una huella inevitable, pero pretende rebajar los efectos negativos para Gaia. Y la humanidad es parte de Gaia, de hecho, parte de la humanidad es quien ha fundado la hipótesis de Gaia, el espíritu de la Tierra como un único ente sensible. Sin embargo, Chouinard no entrará en debates de esfera espiritual. Es un tipo con sentido práctico y que maneja una información tan demoledora como abundante. El libro sería una práctica zen, y de hecho el espíritu zen aparece mencionado en más de una ocasión, de no ser por la militancia contra la huella ecológica. Sabemos que este planeta, tal y como lo conocemos en la actualidad, está abocado al colapso, que la civilización posterior a la Revolución Industrial morirá de éxito en lo que apenas es un latido en el ritmo del universo, de ahí que se conviertan en imprescindibles valores ecológicos y ese atributo tan humano como la dignidad, que se conoce como imaginación. Tampoco podremos calibrar el impacto de la imaginación en la bonhomía que encontramos entre los hombres. Se nos proponen actos concretos: sobre la organización humana de una empresa, por ejemplo; sobre las donaciones y actos de salvamento ecológicos; sobre el activismo y la militancia; sobre una expresión que Chouinard dice que responder a la democracia ciudadana, y que es, en realidad, algo semejante al socialismo libertario: la actuación del pueblo a pequeña escala, para reivindicar causas de justicia.
La historia, nos dice Naomi Klein en el prólogo, posee el atractivo de intentar conciliar, sinceramente, la tensión entre la demanda de crecimiento infinito de los mercados y la necesidad de respirar del planeta. En ese sentido los postulados sobre la expansión y el desarrollo agrícola, próximos a los de organizaciones como Vía Campesina, son demoledores. La lucha de Chouinard está en el equilibrio entre amores y pasiones: amor por la naturaleza, pasión por los deportes de naturaleza.  Y nosotros, la gente, como parte del entramado de ese amor, de la naturaleza, a la que pertenecemos y por la que seguimos sintiendo una nostalgia que se va haciendo perenne.
“Si todos llegáramos a contemplar nuestros productos de consumo como herramientas que nos ayuden a vivir nuestra vida real, en lugar de meros sustitutos de esa vida real, necesitaríamos muchas menos cosas para ser felices. Y conservaríamos durante más tiempo las que ya tenemos”. La declaración vuelve a ser de Naomi Klein, sí, pero a partir de las impresiones de un empresario obsesionado por el fracaso del crecimiento económico y del triunfo de la obsolescencia programada. Dos formas concretas de vender el alma al Diablo: “el indicador por el que se guían los gobiernos para valorar la salud de sus economías es el PIB”, dice Chouinard, “que mide la salud económica de un país por el valor de los bienes que produce, y no por la limpieza y la disponibilidad del agua, la salud del suelo, la biodiversidad de los ecosistemas o la temperatura de los océanos”. Es decir, ya va siendo hora de inventar algo que sustituya a los rígidos principios de la actual economía, que se tiene por algo así como valores universales, como tablas de la ley, cuando son, en realidad, otro invento de los hombres. Si echamos imaginación, como ha hecho Chouinard, si echamos un arrojo ciudadano y ecologista, la ficción que dice que las empresas, y los países, no pueden regirse de otra manera pasará a ser una realidad. Cambiaremos el ansia de amasar riqueza por las garantías de que los niños crecerán en entornos libres de productos químicos. Chouinard nos habla de un ambiente sano, de la vida de este planeta, de buenas comunidades buenas. Nos habla de una posibilidad real de vivir haciendo surf.