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viernes, 22 de diciembre de 2017

DIOS ES ROJO

Dios es rojo
Liao Yiwu
Traducción de María Tabuyo y Agustín López Tobajas
Sexto piso
Madrid, 2016
252 páginas

Acompañado por un amigo, el doctor Sun, Liao Yiwu (Sichuan, 1958) ha visitado la ciudad de Dali, en el suroeste de China. La intriga que le despertó su viaje le empuja a regresar tanto a la capital como a algunas aldeas de la región en el año 2009. Su curiosidad se despierta sobre los rastros de los primeros cristianos de origen chino, los primeros conversos o de segunda generación, gente que representaba para él el germen de una probable sociedad pacífica. Sucede que Dali fue utilizada como campo base desde el que internarse en otras poblaciones donde predicarían su fe. Yiwu sostiene que en este viaje encontró una satisfacción inédita, pues consiguió alejarse de la depresión que le embriagaba desde su etapa en la cárcel, algo que ya relatara en su obra Por una canción, cien canciones. Entendió que en la actitud de estos cristianos de nacionalidad china había esa clase de heroísmo que se contagia, que uno ve a su alcance, que estimula sin espolear. Estimula, por ejemplo, a reflejar la experiencia de los encuentros durante el viaje en un libro como Dios es rojo. Yiwu entiende que aquí Oriente se encuentra con Occidente, produciéndose el efecto idéntico, pero en sentido contrario, al que nosotros consideramos que provocan las meditativas religiones orientales en nuestros países: el cristianismo estaba ahí para instalar la paz dentro de la jaula de las costillas de muchas personas. Al menos él encuentra esa paz en la práctica cristiana, en la identidad de los cristianos chinos.
Hay que decir que Yowu habla de comunidades, familias e individuos que han sufrido. En cada episodio que ha arrasado china a lo largo de las últimas décadas han sido los grandes perdedores, bien sea este de carácter político –la llegada de Mao al poder, la Revolución Cultural, la Reforma Agraria-, bien de índole meteorológica, como las épocas de hambruna por sequía o inundación. Pese a tanto sufrimiento, que incluye las torturas y los asesinatos, la marginación y cualquier forma de violencia, los individuos que componen la comunidad cristiana se agarran a la fe para no perder la razón. Al igual que Yiwu acude humildemente a las montañas para conocerlos, ellos acuden al rezo para conservar una humildad solidaria. Esto da al libro un tono inédito. Donde cualquier otro escritor se hubiera agarrado a la fuerza de unos pasados en los que se justificaría cualquier versión del odio, Yiwu, y los testimonios de los entrevistados a través de la prosa de Yiwu, eluden el resentimiento, la venganza, el deseo en su peor versión, la culpa ingrata, la maldición, el ardor de estómago y la enajenación mental. No existe nada de esto en este libro. Solo queda la serenidad, una forma de vivir poéticamente, conmovido por los intentos de los cristianos de compartir su despertar espiritual en un régimen chino que hereda lo peor de las dictaduras y lo peor del capitalismo.
Yiwu deja que hablen las gentes que va conociendo, que no son, por norma general, figuras destacadas. Hay una monja anciana arrojada a la indigencia, un tibetano cuya presencia es un misterio, un anciano que repite la bondad de los primeros cristianos hasta el dolor de la resaca, un moribundo comido por el cáncer que respira el consuelo de la fe, una sugestión comunitaria por la que Dios calma el miedo. O en los pueblos viven un médico que se ha convertido él solo en una ONG capaz de llegar a fuerza de voluntad donde no va nadie, el hijo de un mártir que representa las injustas denuncias de traición basadas en poseer un ejemplar de la Biblia, un viejo torturado, un pastor que sobrevive mágicamente a los asesinatos al azar durante la implantación de Maoísmo. Todo eso en Dali y las montañas de los alrededores.

Pero el libro cierra capítulos dedicando los últimos encuentros a cristianos que viven en Beijing o Chengdú. Aquí la cultura religiosa está más comprometida a la hora de integrarse con naturalidad. El artificio de la vida urbana, descabellada en las grandes ciudades chinas, nos muestra un malestar próximo a la resignación. Pero eso no evita que todos los entrevistados y, suponemos, el propio Yiwu, sigan entendiendo que cuando mencionan fe quieren decir bondad: “Debo rezar por los otros y, si estoy profundamente comprometido, el Señor me ayudará sin que lo sepa”, comenta uno de los entrevistados en este libro de breves autobiografías orales, en este proyecto noble, honesto y carente de rencor. Lo cual quiere decir que va sobrado de valores éticos en una época bastante amarga.

Fuente: Culturamas

martes, 28 de noviembre de 2017

TRILOGÍA NEGRA DE PEKÍN

Trilogía negra de Pekín
Diane Wei Liang
Traducción de Lola Díez
Siruela
Madrid, 2017
685 páginas

La excelencia de Diane Wei Liang está en su pasión documental, que da la impresión de verdad y no cae en la deformación amarga o irónica de la vida ni en la tesis política explícita. La frase es prestada de una reseña de Justo Navarro. En nuestro caso, es necesaria.
Por lo general, se conoce como novela urbana a lo que es novela negra: varias personas de una misma ciudad y diferente trabajo o estrato social, se reúnen alrededor de un cadáver. En este caso, esas personas definen Pekín. “Así puedo hacer que mi detective toque cada capa de Pekín y mostrar sitios que de otro modo no podría. Me da muchas más posibilidades para retratar la vida de allí”. Dice la autora.
Y Pekín se ha convertido en la gran urbe donde todos los males de la ciudad inmensa se gradúan de forma exponencial, siendo la cifra exponente muy alta. El anonimato y el ruido, la dificultad para moverse y la imposibilidad de conocer al otro, el amor sin rozarse o la violencia polisémica, son parte de Pekín. Como lo son las autovías de doce carriles, la contaminación que equivale a fumar dos paquetes de tabaco al día, las megalópolis verticales en las villas miseria, las estructuras faraónicas y los rincones con farolillos rojos bajo los que se comen verduras tradicionales y que o bien engañan a los turistas, o bien son puestos callejeros que no superarían el corte más absurdo de una inspección sanitaria. Todo ello, el viaje a Pekín, con sus aromas atorados de rugidos, con sus ciudadanos sin mirada porque mirar supondría locura en las calles, para enfrentarse al tráfico y el disparate y la convivencia de los anacronismos.
Diane Wei Liang, nacida en un campo de trabajo, estudió en la universidad de Pekín, marchando a Estados Unidos como consecuencia de haber participado en la revolución estudiantil de 1989. Allí se doctoró en Administración de Empresas en la Universidad Carnegie Mellon de Pennsylvania, impartiendo clases posteriormente. Más tarde viajó a Londres, donde continuó dando clases hasta dedicarse de lleno a la escritura.
¿Gracias a la novela negra puede mostrar cómo es verdaderamente la vida en su país? Sí, definitivamente, sí. Esta es la mejor manera. Porque este género es muy accesible para el público. En esta novela el lector encontrará un retrato del Pekín posolímpico y también de cómo funciona el sistema judicial en la China actual.
Responde la novelista. “Es cerrado, está totalmente politizado y no representa a la justicia, no si esta entra en conflicto con los intereses políticos”. Comenta a continuación.

EL OJO DE JADE
En El ojo de jade, novela policiaca que transcurre en el Pekín de hoy, la protagonista es Mei, una mujer joven e independiente que tiene su propia agencia privada de detectives. Cuando un cliente le pide que encuentre un valioso jade de la dinastía Han, sustraído de un museo en plena Revolución Cultural, Mei se verá obligada a profundizar en ese oscuro periodo de la historia de China. Su investigación revela una trama que tiene mucha más relación con el pasado y la historia de su propia familia de lo que podría haber esperado. Esto la llevará a la trastienda de Pekín y a un secreto tan bien guardado que, desenterrarlo, amenazará con destruir lo que Mei consideraba sagrado...

MARIPOSAS PARA LOS MUERTOS
Los 25.000 lectores que han conocido y seguido a Mei Wang por el Pekín de El ojo de jade, no deberían perderse este nuevo caso de la detective china. Es un juego peligroso el de investigar la verdad en una sociedad que aún está poniendo al día los secretos de su pasado.
En lo más remoto de China, un activista político encarcelado tras la masacre de Tian’anmen es puesto en libertad. Atormentado por los recuerdos de sus días en la cárcel, se dirige a la capital del país, donde espera enfrentarse con sus propios demonios de una vez por todas y para siempre. La detective Mei Wang, entretanto, acepta investigar la desaparición de una deslumbrante y joven estrella llamada Kaili. Desde el glamour y la riqueza del Pekín moderno, llegará hasta los viejos callejones -o hutongs- que aún existen en los límites de la ciudad. Allí, Mei se encuentra no sólo buscando a Kaili, sino también tras la pista de una delicada mariposa de papel que ha desenterrado en el apartamento de Kaili. Poco a poco se dará cuenta de que la verdad no siempre nos hace libres; y cuando por fin aparece el cadáver de Kaili, su asesinato destapa unos vínculos con el pasado que obligan a Mei a enfrentarse con algunos de sus propios demonios.

LA CASA DEL ESPÍRITU DORADO
A sus 33 años, soltera y económicamente independiente, Mei Wang se mueve en un Pekín donde la desigualdad entre pobres y ricosaumenta cada día y donde todos rivalizan por el poder o el dinero. Un Pekín post olímpico, ajetreado, ruidoso, muy rico y muy corrupto en el que Mei conoce por casualidad a un joven abogado. Éste le encarga la investigación de un caso para una empresa que fabrica unas píldoras capaces de curar los corazones rotos. Los dueños, una familia de fuera de la ciudad, han contratado sus servicios para que investigue qué está pasando con su dinero. Mientras tanto, un inspector procedente de un departamento del gobierno se presenta en su despacho con la orden de cerrarle la agencia de detectives. Una excelente trama policiaca que es también una ventana abierta al fascinante Pekín actual.




 Fuente: Culturamas

lunes, 27 de noviembre de 2017

LA REPÚBLICA DEL VINO

La república del vino
Mo Yan
Traducción de Codra Tiedra
Kailas
Barcelona, 2010
451 páginas


Un empacho y otras imprudencias

Guan Moye, cuyo seudónimo como escritor, Mo Yan, significa No hables, la consigna que le transmitió su padre durante la Revolución Cultural, se dio a conocer en Europa gracias a la adaptación de su novela Sorgo Rojo, llevada al cine por Zang Yimou. Aquella historia recreaba con belleza la China de los años 30, al tiempo que reflejaba sin concesiones la violencia de la guerra. Se trataba de una novela magnífica, que dio pie a que la editorial Kailas se atreviera a recuperar la parte más importante de la producción de este autor: la novela río Grandes pechos, amplias caderas, donde la vida doméstica se combina con la épica para retratar, con un personaje femenino firme frente al sufrimiento al que se homenajea, la historia de China durante el siglo XX, constituyendo la que tal vez sea su mejor obra junto a Sorgo Rojo. Las baladas del ajo, una obra comprometida políticamente, donde se plantea la ausencia de compasión en un mundo creado sin espacio para las ilusiones individuales. Y La vida y la muerte me están desgastando, otra fábula de la resistencia frente al igualitarismo totalitario.
Recientemente ha llegado a las librerías La república del vino, otra obra satírica, cruda, fantástica y simbólica, en la que se rastrean influencias de lo real maravilloso, pero también de Kafka e incluso de Boris Vian y, en la minuciosidad física de las descripciones, de William Faulkner. A todo esto cabe añadir las referencias culturales asiáticas, de complicado acceso para el lector no familiarizado con la literatura y el arte chino. Y también, en cierta medida, las de Rabelais, autor de Gargantúa y Pantagruel, dada la exageración con la que aquí está tratado el tema de la comida, del alcohol e incluso del sexo, con exuberancia e incluso con estrépito, hasta el punto que se transforma en un texto tan hiperbólico que a veces caería en lo grotesco de no ser por su contenido escatológico y con frecuencia sádico. De ahí que resulte complicado comulgar con la propuesta de Mo Yan, ser su cómplice en la narración y construir un ente creíble en la mente de quien lee, antojándose una farsa estúpida, algo que, por otra parte, en confesión del narrador, es la intención del libro.
La república del vino cuenta la historia del inspector Ding Gou’er, a quien se le encarga certificar la veracidad de un rumor que acusa a los habitantes de cierto territorio de practicar una antropofagia doblemente perniciosa, dado que el menú lo constituyen niños y estos se cocinan con esmero, para que lo degusten los mejores gourmets. Al llegar a dicha región, Gou’er descubre que sus habitantes están tan familiarizados con el alcohol como cualquier persona con el oxígeno que inhala. Mientras tanto, uno de esos habitantes, un especialista en licores con pretensiones de convertirse en literato, intercambia epístolas y reflexiones sobre la creación literaria con el propio Mo Yan, a partir de unos cuentos cuya catalogación da pie a interpretar las intenciones del autor con esta obra, pues los califican como realismo crudo, realismo diabólico, realismo salvaje o neorrealismo. En cualquier caso, inciden en los efectos de fuerza que rodean el relato de un viaje absurdo, en el que un inspector de policía no consigue encontrarse a sí mismo o, tal vez, en el que Mo Yan no sabe muy bien qué hacer con su personaje. Es posible que esta fábula esté escrita sin un plan previo, confiando demasiado en la imaginación de un autor con la autoestima por las nubes. Aunque también es posible que la lectura metafórica sea la que salve la novela: el mundo aparece como un lugar fuera de control, el narcisismo del protagonista es tan débil como potente su lujuria, el alcohol que domina no deja de ser una droga equiparable a la propaganda de un régimen agresivo, y la elección de niños en el menú provoca tanta repugnancia como la colonización de las mentes a que se somete a tanta gente desde la cuna. Lo mejor de esta novela es que da pie a preguntarse si esta forma de colonización no se produce también en regimenes articulados por eso que se llama democracia.


Fuente: Quimera

domingo, 26 de noviembre de 2017

EL MAPA DEL TESORO ESCONDIDO

El mapa del tesoro escondido
Mo Yan
Traducción de Blas Piñero Martínez
Kailas
Madrid, 2017
111 páginas

Acostumbrados a las novelas de Mo Yan, tan largas como para introducir toda la historia de China en el siglo XX mientras cuenta cómo madura y envejece una mujer, por ejemplo, acostumbrados a su creación de mundos, hasta el extremo de que pocos autores son tan capaces de hacerte viajar como Mo Yan al corazón de una cultura, acostumbrados a la obra maestra que es Sorgo Rojo, por ejemplo, sorprende encontrarse con un volumen que uno tiende a pensar que se trata de una Nouvelle. Y, sin embargo, a lo que más se parece es a un cuadro de una exposición, con un estilo aparentemente costumbrista, o a una obra de teatro en prosa. O, incluso, a un duelo de cuentacuentos, que en buena medida es el género literario más sincero, el que reconoce que la realidad se alimenta de la ficción y la ficción se alimenta de la realidad. Y en este caso, Mo Yan es especialista en la realidad y la ficción de China, de los callejones donde China todavía no está inundada de franquicias ni se ven las autopistas de ocho carriles. Este Pekín es tradición, sí, pero Mo Yan no entiende que por ser tradición sea mejor. De hecho, en algunos pasajes del libro la vemos como grotesca o macabra.
El libro presenta una situación muy sencilla: dos amigos se reencuentran y deciden comer en un restaurante tradicional, regentado por dos ancianos que suman más de doscientos años. El origen campesino y la adaptación a la urbe, está presente en los corazones de los personajes. Y junto a este tema, lo estará la riqueza y la pobreza, y la lucha de clases que no siempre es horizontal, porque hasta en Pekín han conseguido que el pobre se enfrente al pobre. Pero, eso sí, la novela contiene el único tema sobre el que, a la postre, merece la pena hablar: la dignidad. Se reflexiona, para el lector, no entre los protagonistas, sobre qué tipo de dignidad le concierne a cada hombre, a cada casta. Estamos frente a la dignidad atribuida socialmente, que se confronta con la del mero hecho de ser humanos. Una es local, la otra universal.
En lugar de elegir una forma de diálogo semejante a la del teatro, Mo Yan consigue confundir al lector que no esté muy atento. El texto sigue las conversaciones de corrido, pero es que, en realidad, quién hable, por momentos, no es lo que importe. Lamentamos los juegos de palabra perdidos en la traducción y agradecemos la labor de Blas Piñero en las notas a final de obra. Pero lamentamos perder el valor de ciertos referentes, porque se trata de un texto denso, mentados por los personajes. Como en las leyendas, por ejemplo, que pueden ser cotidianas o mitológicas, y que tanto unas como otras pueden ser creídas o no, porque son realidad y son ficción, porque el tigre mítico no es menos real, en términos literarios, que el mendigo o el oficinista. Pero entre ellos, entre los personajes, saben entenderse, incluso cuando se desencuentran. En el callejón de Pekín se conserva la dignidad de barrio, el sentido de comunidad, saber que se comparte lo común.

Y mientras tanto nos hablan de cirujanos patosos, de pelos de tigre, de milicias tan torpes que solo saben cazar conejos, de la ignorancia que Mo Yan consiga hacernos dudar sobre si se trata o no de un error. Todo es un tanto hiperbólico, de manera que, si lo traducimos a la vida que creemos real, solo confiaríamos en que es cierto la mitad de la mitad del pasado sobre el que divagan y que les ha transformado. En cualquier caso, estamos frente a la magia de la literatura, que son las licencias literarias. Mo Yan no pierde la idea de que su trabajo es escribir, pero tampoco el fin último que busca la obra, que es el de dejar una pequeña huella para poder marcharnos en paz de este mundo. La confrontación entre los ancianos y los comensales, de la que se sirve, es metafórica: la diferencia entre la adaptación y la conservación. En definitiva, Mo Yan vuelve a sorprendernos con literatura, con algo que nos azota desde unas premisas y unos referentes que nada tienen que ver con nuestro uniforme y patético mundo occidental.

Fuente: Culturamas

jueves, 6 de julio de 2017

EL MAPA DEL TESORO ESCONDIDO

Fuente: Culturamas

El mapa del tesoro escondido
Mo Yan
Traducción de Blas Piñero Martínez
Kailas
Madrid, 2017
111 páginas

Acostumbrados a las novelas de Mo Yan, tan largas como para introducir toda la historia de China en el siglo XX mientras cuenta cómo madura y envejece una mujer, por ejemplo, acostumbrados a su creación de mundos, hasta el extremo de que pocos autores son tan capaces de hacerte viajar como Mo Yan al corazón de una cultura, acostumbrados a la obra maestra que es Sorgo Rojo, por ejemplo, sorprende encontrarse con un volumen que uno tiende a pensar que se trata de una Nouvelle. Y, sin embargo, a lo que más se parece es a un cuadro de una exposición, con un estilo aparentemente costumbrista, o a una obra de teatro en prosa. O, incluso, a un duelo de cuentacuentos, que en buena medida es el género literario más sincero, el que reconoce que la realidad se alimenta de la ficción y la ficción se alimenta de la realidad. Y en este caso, Mo Yan es especialista en la realidad y la ficción de China, de los callejones donde China todavía no está inundada de franquicias ni se ven las autopistas de ocho carriles. Este Pekín es tradición, sí, pero Mo Yan no entiende que por ser tradición sea mejor. De hecho, en algunos pasajes del libro la vemos como grotesca o macabra.
El libro presenta una situación muy sencilla: dos amigos se reencuentran y deciden comer en un restaurante tradicional, regentado por dos ancianos que suman más de doscientos años. El origen campesino y la adaptación a la urbe, está presente en los corazones de los personajes. Y junto a este tema, lo estará la riqueza y la pobreza, y la lucha de clases que no siempre es horizontal, porque hasta en Pekín han conseguido que el pobre se enfrente al pobre. Pero, eso sí, la novela contiene el único tema sobre el que, a la postre, merece la pena hablar: la dignidad. Se reflexiona, para el lector, no entre los protagonistas, sobre qué tipo de dignidad le concierne a cada hombre, a cada casta. Estamos frente a la dignidad atribuida socialmente, que se confronta con la del mero hecho de ser humanos. Una es local, la otra universal.
En lugar de elegir una forma de diálogo semejante a la del teatro, Mo Yan consigue confundir al lector que no esté muy atento. El texto sigue las conversaciones de corrido, pero es que, en realidad, quién hable, por momentos, no es lo que importe. Lamentamos los juegos de palabra perdidos en la traducción y agradecemos la labor de Blas Piñero en las notas a final de obra. Pero lamentamos perder el valor de ciertos referentes, porque se trata de un texto denso, mentados por los personajes. Como en las leyendas, por ejemplo, que pueden ser cotidianas o mitológicas, y que tanto unas como otras pueden ser creídas o no, porque son realidad y son ficción, porque el tigre mítico no es menos real, en términos literarios, que el mendigo o el oficinista. Pero entre ellos, entre los personajes, saben entenderse, incluso cuando se desencuentran. En el callejón de Pekín se conserva la dignidad de barrio, el sentido de comunidad, saber que se comparte lo común.
Y mientras tanto nos hablan de cirujanos patosos, de pelos de tigre, de milicias tan torpes que solo saben cazar conejos, de la ignorancia que Mo Yan consiga hacernos dudar sobre si se trata o no de un error. Todo es un tanto hiperbólico, de manera que, si lo traducimos a la vida que creemos real, solo confiaríamos en que es cierto la mitad de la mitad del pasado sobre el que divagan y que les ha transformado. En cualquier caso, estamos frente a la magia de la literatura, que son las licencias literarias. Mo Yan no pierde la idea de que su trabajo es escribir, pero tampoco el fin último que busca la obra, que es el de dejar una pequeña huella para poder marcharnos en paz de este mundo. La confrontación entre los ancianos y los comensales, de la que se sirve, es metafórica: la diferencia entre la adaptación y la conservación. En definitiva, Mo Yan vuelve a sorprendernos con literatura, con algo que nos azota desde unas premisas y unos referentes que nada tienen que ver con nuestro uniforme y patético mundo occidental.

domingo, 7 de mayo de 2017

‘La violación de Nanking’, de Iris Chang

La violación de Nanking

Iris Chang
Traducción de Álvaro g. Ormaechea
Capitán Swing
Madrid, 2016
319 páginas
“El holocausto olvidado de la Segunda Guerra Mundial”. Así reza el subtítulo de este libro, escrito en 1997, cuando este holocausto, este círculo del infierno que dejó en mero juego de niños los versos más truculentos de Dante o la imaginación más sanguinaria de El Bosco. Por fortuna, mucha gente conoce ya los sucesos de Nanking. Por fortuna, también, disponemos de este libro, demoledor, sin el cual no hubiera sido posible que llegara a cualquier hogar la existencia de ese horror, un horror inimaginable para el narrador de Joseph Conrad en El corazón de las tinieblas. Exagerado hasta mucho más allá de lo inhumano. Solo citaremos una frase: “Pocos saben que los soldados empalaban a bebés en bayonetas y los arrojaban, todavía vivos, a calderas de agua hirviendo”. Podemos asegurar que no es la descripción de una atrocidad más severa que contiene este libro. Para estómagos más delicados, si quieren conocer algo más sobre un episodio que dejó cerca de 400.000 cadáveres asesinados en los más altos grados de lo siniestro, pueden ver la película Flores de la guerra, de Zang Yimou. Y si superan la prueba, vivir aquello tan intensamente como se vive en las páginas de este extraordinario libro a través de otra película: Nanking, ciudad de vida y muerte (2009), de Lu Chuan, tal vez la última obra maestra que se ha realizado en la historia del cine.
Los pasajes que observamos en Nanking, ciudad de vida y muerte están, en su mayor parte, recogidos de La violación de Nanking, o beben de las mismas fuentes: la documentación recogida para los juicios posteriores o los informes de los ejércitos, algún testimonio de supervivientes o los registros de los protectores de la zona de refugio, occidentales que se agruparon, en 1938 sin importar el origen ni la ideología, para proteger a la población; desde un diplomático alemán nazi a un americano misionero protestante. Ellos salvaron a tantas vidas como pudieron, aupando a niños escondidos bajo capas de muertos durante cinco días, con heridas de bayoneta, o mujeres violadas hasta desangrarse. Este libro bebe del mismo espíritu que la película. Pretende ser una denuncia con fundamento, con intención de advertir sobre la posibilidad de que se repita el espanto. En la película, el protagonista es un soldado japonés que asiste atónito a la masacre, con rostro de cera, registrando tantas barbaridades en su memoria que su honor terminará por no permitirle vivir con ello. El libro es, por su parte, un reportaje con tintes de visión antropológica, si es que la antropología sirviera para explicar lo que allí tuvo lugar. O la psicología.
En realidad, quien más cerca estuvo de dar en el clavo para explicar por qué nadie se rebelaba cuando recibía la orden de decapitar a un civil tras otro, de violar a una niña y luego entregarla a los perros para que le arrancaran la garganta, por ejemplo, fue Hanna Arendt. Sus hipótesis sobre la obediencia a la autoridad como agua en la que se disuelve el azucarillo de la conciencia y los escrúpulos morales, analizando el caso de Eichmann, podría aplicarse a la representación a la que asistimos aquí, crónica tras crónica, narradas de manera que nos resulta imposible no trazar la imagen de un degüello o una inhumación en nuestra cabeza. Eichmann y la obediencia como fuente de mal, como justificación de actos inevitables, se estudiaron en el conocido “experimento de Milgram”, en el que un psicólogo estadounidense sugería a los voluntarios, y desde el momento en que eran voluntarios se sentían obligados a participar hasta donde se les empujara, aplicar descargas eléctricas a un actor que simulaba recibirlas cada vez que no podía responder a una pregunta. Los espeluznantes resultados señalan que la mayoría de los voluntarios no titubeó cuando tuvo que alcanzar la máxima potencia de 450 voltios. Esta condición de voluntarios es, tal vez, según las hipótesis de Iris Chang (Princeton, 1968 – San José, 2004), junto a la supervivencia que suponía la academia y el aprendizaje militar en Japón, y su sentido del honor y la hipnosis de pueblo elegido, la que apenas retuvo dos o tres brazos a la hora de asesinar a sangre fría, en menos de una semana, a la mitad de la población de Nanking, que no tuvo tiempo de huir. El debate está y estará siempre abierto. Pero lo que no es prescindible, de ninguna manera, es la lectura de un libro como éste. Por mucho que nos arda el estómago.
Fuente: Culturamas

martes, 2 de mayo de 2017

LOS TRES DIOSES CHINOS

Fuente: Culturamas


Los tres dioses chinos
Toni Montesinos
Fórcola
Madrid, 2015
166 páginas
Por Ricardo Martínez Llorca
La mala prensa entre la población viajera se ceba, por encima de todo, en los viajes organizados. Cualquiera que haya pasado dos meses recorriendo Tailandia con una mochila de dos kilos que contenía una caja de aspirinas y un bañador, las chanclas y el cepillo de dientes, se denominará a sí mismo como viajero, o como mochilero si no ha superado los treinta años. A su juicio, esas parejas que emprenden lunas de miel en circuitos organizados se están perdiendo la esencia del viaje. Un recorrido programado desde una agencia es, a sus ojos, una cuarentena. Para conocer la India uno debe haber comido pescado podrido y saturado de especias en un mercado a las afueras de Nueva Delhi, y no limitarse a bajar de un autobús con aire acondicionado para fotografiarse delante del Taj Mahal. Los mochileros, los viajeros que abandonan su país con nada más que el billete de avión y la guía Lonely Planet bajo el brazo, creen que esos otros turistas no están cumpliendo sus verdaderos sueños. Que no se atreven a otra cosa que no sea traicionar los auténticos ideales.
Sin embargo, cualquier forma de viaje, cualquier recorrido atravesando geografías antes desconocidas, no deja de ser una forma más o menos sofisticada de turismo. Como indica Toni Montesinos, que en este libro en que relata su paso por Nueva York, Pekín, Xian, Shangai y Hong Kong en un circuito organizado, el formato no implica que las sensaciones sean más o menos laberínticas o despejadas. O, para igualar cualquier versión del viaje, cita a Schopenhauer: “La vida nómada, que caracteriza al grado más bajo de civilización, vuelve a aflorar en el más alto merced al fenómeno del turismo, que hoy todo el mundo practica. La primera nació espoleada por la necesidad; el segundo, por el tedio”.
Pero, necesariamente, esta elección lleva a Montesinos a un viaje en el que el protagonista es el “yo” que recorre los lugares. No hay apenas encuentros, no hay diálogos, no hay personas. Hay paisaje. Hay hedonismo, que se compensa con la sabiduría de Montaigne o de Thoreau, siempre presente en el pensamiento de Montesinos. Esa combinación es lo que le da su forma de ver, una estética que define cómo ha aprendido a vivir. Para llevarnos de la mano, relata en presente y a un ritmo veloz, con una prosa desatascada. Acumula datos, referencias, registros, sin pausa. Así se obsesiona por dar forma a una voz, porque es la que define lo que ve, que en buena medida son lugares comunes a cualquier turista, pero tamizados por una pequeña dosis de anhelo por ser crepuscular, y por mostrar admiración. Montesinos es consciente de que está visitando la máscara del país. Como ejemplo más claro de ello, se refiere a la transformación del budismo en atracción para los turistas. Así pues, no le queda más remedio que buscar los detalles que hablen del corazón del país: el respeto, la delicadeza. El libro se convierte, así, en un contraste entre la desolación y la ilusión. Una ilusión que implica incrustar digresiones subjetivas, divagar, ensoñar, reflexionar.
Toni Montesinos viaja a China sabiendo con certeza la fecha de regreso. Con demasiada certeza. De ahí esa necesidad de pasarlo bien por la conciencia de lo efímero. Y al igual que cualquier otro turista, en estos tiempos, ve más los paisajes a través del vidrio de la cámara de fotos o de la pantalla del Smartphone, Montesinos siente la compulsión de escribir con inmediatez aquí y allá; para él es fundamental esa sensación de objetividad que da el ser espontáneo. Gracias a lo cual, el lector puede relajarse con la frescura con que está escrito este libro.