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lunes, 18 de diciembre de 2017

DE VIAJE: LA INDIA Y AMÉRICA

De viaje: la India y América
Stefan Zweig
Traducción de Francisco Uzcanga
Sequitur
Madrid, 2016
94 páginas

No se deben valorar los relatos de viaje igual que el resto de los libros. Porque pueden ser objeto de una doble lectura: la que se hace movido por la curiosidad o la que persigue un afán verificador (…). Sólo aquellos libros de viaje (…) que son capaces primero de encender la fantasía y de certificar después lo vivido, pueden ser considerados realmente valiosos.

Las frases son un extracto de la introducción a este volumen en el que se recopilan las crónicas que Zweig (Viena, 1881 – Petrópolis, 1942) dedicó a su paso por la India y por América del norte. A continuación, Zweig hará una defensa de la manera de documentarse, no mucho, pero sí lo imprescindible antes de emprender viaje, reflexionando sobre los libros leídos, y el imperio de elegir un lenguaje y una estructura sin florituras ni privilegios literarios. Pues una crónica de viaje debe ser un ejercicio de escritura al alcance del entendimiento de cualquier lector.
Los dos primeros capítulos los dedica a sendas estancias en la India, una Gwalior y la otra en Benarés. Se trata de escritos de juventud, algo engolados y que no abandonan la mirada neocolonial, esa que traduce lo pintoresco, enamorándose de ello con ilusión, al tiempo que lamenta la europeización. Porque siente que el país va perdiendo su identidad, ese lienzo al que presta atención, esa India entre lo mágico y lo decadente, o entre lo mágico y lo siniestro.
El grueso del volumen está dedicado a Estados Unidos y Canadá. De Québec destaca, con un estilo más maduro, sus sensaciones, una buena forma de sentirse acogido en un territorio que, no se explica cómo, ha conservado la francofilia a pesar del acoso de la conquista inglesa primero, y norteamericana después. A Nueva york le dedica varias páginas en las que destaca que esa ciudad no es paisaje: es movimiento. Su impresión conserva verosimilitud, e incluso se ha visto incrementada esa tensión muy alta que le atraviesa en las calles de la Gran Manzana. Al contrario que las ciudades europeas, que son paisaje, Nueva York es electricidad, fugacidad, sucesos a todo trapo. Eso en una ciudad en la que en un paréntesis para asistir a una ópera de Wagner y descansar entre lo alemán, encuentra que el público masca chicle durante la representación.
Luego recorre las obras del canal de Panamá, para hacer una loa a la era de la máquina, un elogio desenfadado y triste, pero elogio al fin y al cabo de la actividad de los monstruos mecánicos. Se muestra orgulloso de ser testigo de la transformación del mundo.
Cuando aterrice en Detroit, años más tarde, ya será un escritor consagrado. Y allí se centrará en el proceso de fabricación de los automóviles, sintiéndose guiado en una visita a una fábrica en la que no parece existir ninguna persona. La mecanización le lleva a resaltar la figura del Edison inventor.

Más tarde dedicará unas reflexiones, tras su paso por varias ciudades del sur de Estados Unidos, al problema racial. Este capítulo es sonrojante y solo cabe perdonárselo por la juventud que tenía el siglo XX. La postura de Zweig hacia el problema de la integración de la gente de raza negra no termina de ser digna, sobre todo al compararla con la que tiene respecto a otros no integrados, los judíos. Vaticina un final trágico al ascenso social de los negros, debido a sus instintos primarios, y considera que están cómodos en esa situación precaria tanto en lo social como en lo cultural. Pero no hay que darle importancia, pues a fin de cuentas, no deja de ser la idea de un solo hombre la que figura en las últimas páginas de este libro.

Fuente: Culturamas

sábado, 16 de diciembre de 2017

DE LA PATAGONIA A MÉXICO

De la Patagonia a México
Hebe Uhart
Adriana Hidalgo Editora
Buenos Aires, 2016
248 páginas

De la Patagonia a México: la desaparición

En realidad, lo que desaparece es todo lo que sobra. Que es mucho. Cualquier otro periodista, escritor, reportero o mochilero con un cuaderno de campo, se empacharía a rellenar páginas y páginas. En el mercado, un libro se mide por su capacidad para aguantar más peso del mueble que está mal calzado. En el caso de este De la Patagonia a México, de Hebe Uhart (Moreno, Buenos Aires, 1936), la virtud de lo escueto, de seleccionar el detalle preciso, de conquistar con una prosa resumida pero de buen criterio, sobre todo para el oído, transforma sus crónicas de viaje en un ejemplo de cómo debería trabajar el viajero: para algo debe servir la memoria sentimental. Con uno o dos detalles puede quedar retratado un sitio, aunque uno de ellos sea un cartel de “no fumar”, dependiendo de su sorprendente aparición. Uno o dos gestos resumen la vida doméstica, porque así es como Uhart entiende lo que sucede en la calle, como vida doméstica en el exterior y no como lo cotidiano. De este modo, su prosa retrata lo que ve, pero su afán de arrimarla a la poesía retrata lo que imagina, que es el pegamento que da coherencia a lo que ve. O a lo que oye, pues sus crónicas están también llenas de giros lingüísticos y localismos bien avenidos. A todo ello cabe añadir una cierta melancolía, la sensación de que Uhart cree que el tiempo pasado fue mejor. Como si sintiera una lástima piadosa por lo que no se ha podido conservar. Donde se expresa con mayor claridad esta claridad que no esconde, y que nos es común a tantos, es en sus crónicas rurales. Pues la mayoría de las componen este libro son eso: visitas a la propia Argentina, el país de origen de Uhart. Lo que sucede es que Buenos Aires y el resto de Argentina son países diferentes.
Bariloche, Los Toldos, General Villegas, Almagro, San Juan de la Vera, Corrientes, Tucumán, y los alrededores de estos lugares son los sitios que Uhart visita. Más tarde, leeremos la crónica dedicada a Asunción y Paraguay, y la de México. Esta última es de lo más espontánea y la que se sostiene sobre el humor de la diferencia del país y del idioma. Sorprende leer el pequeño ejercicio antropológico o etimológico de los giros del idioma que se supone común a nuestros países. Todo ello partiendo del hecho de que acudió a México con intención de participar de la feria del libro de Guadalajara. Pero tanto allí como en el D.F. siente que el país le abruma. Todo es un exceso, desde la historia del país, que intenta leer a pedazos, hasta la parte más truculenta y escasa del periodismo carroñero. Da la impresión de que quien aterriza en México no proviene de Argentina, sino de Marte.
En Paraguay, sin embargo, enuncia la sucesión de estímulos, como si visitara el país a toda pastilla: un poco de sociedad, de historia, de política, de cultura, de religión… algo relativo a los menonitas, a los guaraníes y a su idioma, a la violencia de género y la denuncia de la colonización de los sojeros. Todo ello, en pocos párrafos, deja la impresión de haber viajado a un país de alucinados y melancólicos.

En sus crónicas dentro de su propio país es donde debe poner más atención en eliminar los ruidos innecesarios. De Bariloche, los bohemios y lo payadores; de Los Toldos, las pequeñas leyendas que alejan a la población de Buenos Aires tanto como si se tratara de Macondo; de Almagro, un bar y un atasco en un autobús; de Corrientes, los peregrinos, el carnaval y una lengua guaraní que se vive con vergüenza por quienes la hablan; de Tucumán, el interés por lo cultural y lo étnico, los personajes de Tafí del Valle, de los valles calchaquíes, algo de lucha obrera y unas brevísimas crónicas que transforman el periodismo en el arte del gesto. Porque la literatura sigue siendo saber resumir.

Fuente: La línea del horizonte

miércoles, 13 de diciembre de 2017

CRÓNICAS DE LA AMÉRICA PROFUNDA

Crónicas de la América profunda
Joe Bageant
Traducción de Pablo Manzano
Lince ediciones
Barcelona, 2017
264 páginas

Nos enfadamos y lo decimos a todo volumen: “Con la mitad de su población situada en la alfabetización mínima y el analfabetismo funcional, la verdad está condenada a caer bajo la guadaña del rumor y el deseo lascivo del espectáculo”. Eso escribe Joe Bageant en el capítulo dedicado al fundamentalismo religioso, ultracristiano y ultraconsevador, estúpido y profundamente egoísta, de este libro que es un retrato de la región de un país que decide la política mundial. El libro, digámoslo ya, es tan demoledor como los documentales de Michael Moore, pero con mucho más estilo. De hecho, contiene grandes dosis de literatura: con el estilo del verbo hablado, el análisis del pensamiento de las masas y la facilidad del hombre como rebaño, el porqué de acogerse voluntariamente a la falta de criterio, y el contacto directo que establece puenteando el retrato de la América sin otra voluntad que la reaccionaria porque sí, y el lector que descubre lo que temía, es literatura. Es crónica y es sociología, pero es antropología y es, con todo, humor. Porque Bageant tiene dos opciones: o refugiarse en el humor o morir descalzo. Eso de morir con las botas puestas, es otro de los tópicos de arrabal de un territorio que confunde la dignidad con la tradición. Y la tradición la inventaron ellos sobre la ignorancia.
Uno ha visto miles de veces los fabulosos dibujos de Norman Rockwell, pero en contadas ocasiones se ha preguntado por la realidad de esos individuos y por cómo serían las cabezas de sus herederos. Aquí está la respuesta, en esta clase obrera que presume de clase media y que vive con poco más que lo puesto y un saco de palomitas de maíz. Bageant se toma muy en serio el trabajo de composición de este libro. Él viene de esa América y se pregunta cómo es posible que ellos elijan seguir en ella. Los conoce bien, pero pretende conocerlos mejor, de ahí que viaje y se instale de nuevo en la región de su infancia. Estudia el fenómeno de la globalización y cómo les afecta, la miserable vida en las caravanas que aparece en las películas casi como un idilio zen de tanta austeridad, la cultura de las armas, el estado teocrático y la impermeabilidad tozuda, lo que él llama gulags para ancianos y pobres y, en definitiva, el teatro sobre el que se representa la vida americana, un hechizo en la pantalla, un holograma para la gente que no pone en marcha la materia gris ni la empatía por quienes viven a miles de kilómetros.

Aunque el artículo comienza con un despecho de rabia, Bageant siente piedad por ellos. Pero la piedad es un mal sentimiento. La piedad la puede sentir el rico sobre su siervo, por ejemplo. O, en este caso, alguien que ha conocido mundo y lo ha estudiado, y se da cuenta que eso que se conoce como ser una persona de principios es muy peligroso. Los principios se los han impuesto y son inamovibles, hasta el punto de presumir de ignorancia como parte del orgullo nacional. Si es que saben qué quiere decir nación, fuera de aplaudir al final de las películas de Rambo. Bageant explica, en la medida que puede, la política desde el punto de vista del ciudadano pequeño: el neoconservadurismo zombi, los esquemas simplistas, las consignas reiteradas que creen salvar conciencias. Todo ello, denuncia, es propaganda administrativa. De esta manera, en la América profunda, lejos de los lugares donde pudo existir algún movimiento altermundista, se establece un estado feudal en el que el señor se llama Wall-Mart. Y Wall-Mart, Monsanto o Facebook, nos han convencido de que la estatización es abominable. Pero la estatización implicaría mayor gasto social y cobertura médica. En la América profunda, eso es una aberración. Ellos creen que lo ideal es vivir con endeudamientos criminales y sueldos de hambre, viendo la Fox y sembrando de patriotismo los discursos de los profesores en los colegios. Incapaces de entender que otros sistemas de valores contengan tanta o más moral que el suyo, los habitantes de la América profunda se aferran a la teología del fin de los tiempos. Este libro lo describe con inteligencia y humor, pero lo denuncia con lástima. Porque no encuentra la puerta de salida.

Fuente: Culturamas

miércoles, 5 de julio de 2017

AMÉRICA ALUCINADA

América alucinada
Betina González
Tusquets
Barcelona, 2017
252 páginas

En "América alucinada", la escritora Betina González construye una trama cruzada por tres historias, en una ciudad sin nombre, pero no en una ciudad cualquiera. El escenario es un lugar que está al filo del abismo de la extinción, una distopía que casi no pretende serlo, donde el desencanto y la falta de sensibilidad impera. En la novela se impone el lenguaje y el pulso narrativo, terreno en el que Betina González (Buenos Aires, 1972) se mueve como pez en el agua, ya que se trata de una novela de situación o, para ser más precisos, de una novela de atmósfera, por encima de temas como la familia y la desintegración familiar. El filo de la realidad, la furia y el inconformismo se reflejan en esta especie de ciencia ficción en la que se denuncia un sistema que se ha digerido a sí mismo, que ha dejado atrás eso que hoy conocemos como capitalismo pero que en la obra resulta irreconocible.
En la ciudad parecen habitar más ciervos que personas, y las personas que se encuentras son críos y jóvenes reunidos en una suerte de secta, adictos al LSD, o su contrapunto, los habitantes del bosque próximo, que han elegido ser salvajes. El tejido de la ficción enlaza la peripecia de la niña Berenice, presuntamente abandonada por su madre, con la de Vik, un inmigrante que descubre que tiene una intrusa escondida en su casa –“tan pequeña y silenciosa como las arañas”– y la anciana Beryl, una ex hippie que funda un perturbador club de caza para eliminar a los ciervos: “Nunca había mezclado tres historias. Aunque hay una primera persona, también hay un narrador en tercera. Puede parecer una pavada porque yo lo utilizo para escribir cuentos, pero en la novela el narrador en tercera tiene otra complejidad”, comenta Betina en una entrevista sobre esta novela.
El caso de Vik, se trata de una persona extranjera que facilita ver la ciudad con mucha distancia, un espectador al igual que lo es el lector. Miss Beryl es pura metonimia de la vejez rebelde en una sociedad donde los ancianos viven solos, mientras se presta atención a la juventud. Existe un trasfondo surrealista cuando habla de los ancianos, hasta el punto de que la novela toma un aspecto teatral en el mejor sentido: no es la realidad, sino la representación de la realidad lo que impera. Lo cual nos sugiere algo más cierto y terrible. Pero no contenta con ello, Betina se inspira en noticias reales. Da la impresión de haber coleccionado noticas a lo largo del tiempo para encajarlas en el espíritu de la novela. De alguna manera, lo que leemos no es tanto investigación como miedo, tal vez los propios de la autora, tal vez una advertencia. Y esa es la que configura un universo propio, que se desarrolla con una prosa de una facilidad pasmosa, esa que es fruto de mucho trabajo a la par que de mucho talento. De hecho, uno no percibe las exageraciones como tales, a no ser que vuelva a leer cada párrafo. Lo que debería ser una novela fantástica, es un viaje a una realidad posible, porque no cabe otra posibilidad que el horror o la alucinación. Es como si tratáramos con una realidad que vive al otro lado de nuestra puerta, que es nuestro vecino, pero que hemos elegido no prestar atención, una realidad donde los dioses tienen nombre de fármacos y el deterioro está en la juventud, donde los personajes interpretan a sus propios personajes, pero buscan distintas salidas a un problema colectivo. Pero el problema colectivo acaba allí donde termina la ciudad, donde termina la suma de nombres que somos capaces de guardar en la memoria.
La sociedad de este lugar donde se abandonan bebés y se cazan ciervos, donde los ciervos, emblema de la belleza del bosque, son, a su vez, asesinos, es una especie de reprogramación. Betina González ha sido capaz de resetear el mundo, pero sabe que no puede detener su marcha hacia una descomposición o recomposición con aspecto descompuesto. Hasta el punto que hace de ideas convenidas como verdades absolutas, la mayor de ellas el amor incondicional de una madre por sus hijos, una mentira. Y eso es una apuesta valiente. Tan valiente que el colapso ecológico que ha empujado a la situación de la ciudad queda en segundo plano. Como queda el grotesco museo antropológico o la colección de muñecas rotas, o el sexo entre ancianos. Porque América alucinada es una apuesta por el extremo, por la decisión que tenemos que tomar en el último momento, cuando ya no nos queda otra que decidir entre el bien común o el propio. O entre el mal común y el propio. Una apuesta arriesgada. Una novela que funciona como una cirugía sin cloroformo.


Fuente: Culturamas