Sirenas,
leones y otros encuentros inesperados
Jacinto
Antón
Salamandra
Barcelona,
2026
334
páginas
Lo
primero que se puede decir, tras leer esta recopilación de artículos de Jacinto
Antón (Barcelona, 1957), es que nos engañaron, que la geografía no consiste en
la enumeración de cabos siguiendo el contorno de la península en el sentido de
las agujas del reloj: la geografía es, en mano de Antón, la ciencia más entretenida,
lo que más merece la pena estudiar, conocer. Y, a ser posible, de primera mano.
Uno quisiera haberse dado cuenta antes, cuando estaba a tiempo de saltar de
lugar en lugar, de interés en interés, para llevar ese tipo de vida que se
refleja en las palabras de Antón: a tono con el buen humor, con la curiosidad
más sana, mostrando que vivir supone no enfadarse y dejarse sorprender incluso
por aquello que uno esperaba encontrar, que es algo que contradice un poco el
título de la obra: Sirenas, leones y otros encuentros inesperados. No
importa. De lo que se trata es de llenar la vida de energía, de esa energía que
nos transmite que pasar por este planeta es interesante, es estar en las cimas.
Nuestro punto de vista, nuestra postura, será la que nos libre de la idea de
que hemos venido al mundo a sufrir, a penar en este valle de lágrimas. Por eso
leemos agradecidos a Jacinto Antón. No pudimos protagonizar nosotros estos
recorridos, pero no se nos niega disfrutarlos a través de los cinco sentidos de
los demás.
Dado
que el espacio del que dispone el autor es limitado, al tratarse de textos que
se reproducirán en un periódico, vamos a encontrarnos con lecturas que son más
explosivas que líricas, y de una épica muy a ras de tierra, con la que resulta
sencillo identificarse. No es fácil reproducir un trozo de mundo, una
experiencia transformadora, en un número limitado de caracteres, así pues,
Antón elige hacerlo mostrándose como el coprotagonista, siendo el otro partícipe
de la crónica el centro de interés que le lleva al destino: un suceso
histórico, un personaje, algo extraño, un animal. Asistimos al reencuentro con
leyendas, expresados de tal manera que tenemos la sensación de que el trabajo
de Antón se asemeja al de los paleontólogos, desenterrando leyendas que ya
existían y que estaban un poco echadas en el olvido. El oficio de aprender es
aquí el oficio de recordar lo que un día se supo. La única lástima que sentimos
es esta impresión que va quedando de que los desplazamientos serán breves, intensos,
pero demasiado breves. Aunque lo que importa es lo que han significado para el
autor, cuya suerte compartimos. En realidad, estamos aprendiendo junto a él.
Tal
vez el alma del libro sea el ansia de libertad o de las libertades, pues esta
emoción no es única, como iremos comprobando a través de los encuentros que
conoceremos. De hecho, no podemos dejar de sospechar que tras estas libertades
está un cierto espíritu de gente valiente, en el sentido en que son valientes
los héroes de las películas: «El esplendor y la noche se precipita para
devastarnos, el amor y su desintegración; lo que hemos vivido», concluye cuando
habla de James Salter. Aunque es más concluyente, en este sentido, cuando
reproduce las palabras de Fenimore Cooper: «Carecía de ese valor moral sin el
que ningún hombre es verdaderamente grande». Salter, Fenimore Cooper, pero
también Conrad, Patrick Leigh Fermor, Jan Morris, las lecturas, los autores
míticos, la otra cara del viaje, sin la cual no podríamos saber nada de ello ni
de la aventura, que es la de quien supo sentarse luego a escribir, dar testimonio
de que uno ha vivido, o al menos ha vivido momentos tan buenos como para que
merezca la pena compartirlos.
Fuente: Zenda

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