El
romance de la Vía Láctea
Lafcadio
Haern
Traducción
de Emilio Jaramillo
Satori
Gijón,
2026
178
páginas
El
mundo siempre ha tenido sus miserias y los agoreros de sus miserias. Ante ellos
cabe la postura, que es la que elige Lafcadio Hearn (Santa Maura, isla de Léucade, mar
Jónico, Grecia, 1850 — Tokio, 1904) en esta obra, de prestar más atención
a los mirlos que a las voces que anuncian que el infierno ya está aquí. De lo
que se trata es de dejarse deslumbrar cada día, y de encontrar lo hermoso allí
donde otros ven lo cotidiano. Adaptado a la vida en Japón, a donde emigró con
cuarenta años, Hearn no cesa de escribir desde allí, sobre la vida de allí y,
al mismo tiempo, de reproducir los relatos que allí va aprendiendo. Corre
cierto riesgo de caer en interpretaciones orientalistas, es cierto, pero él
ignora qué diablos son esas suposiciones sobre las que escribió Edward Said. En
cualquier caso, para transmitir su amor por Japón será siempre muy respetuoso.
En
esta obra, El romance de la Vía Láctea, combina unos apuntes sobre la
cultura y la literatura popular japonesa con alguna leyenda que ha ido
recogiendo. El resultado es delicioso, tanto como para merecer esta cuidada
edición que Satori ha preparado, una de las editoriales que mejor cuidan al
libro en nuestro país. Es muy complicado tratar de analizar cartesianamente una
obra que no está elaborada desde el razonamiento. Hearn no es ajeno al
pensamiento crítico, pero elige la entrega pasional y sabe transmitir desde esas
pautas. Todos podemos ir imaginando, junto a él, ese país delicado, en el que
es fácil caminar, en el que los cantos de los mirlos se sobreponen a las voces
de los chatarreros. Y cualquiera que lea este hermoso libro, deseará largarse a
esos lugares para sentir el descanso que la lectura transmite.
Es
posible que en el Japón que Hearn conoció hubiera barro, miseria, violencia,
pero su elección es clara y es honesta: indicarnos que hay un camino para
purificarse y que este camino está sembrado de encanto. Será este concepto,
encanto, el que se imponga en la lectura, el que nos traslade, durante un buen
rato, a un lugar en el que no nos importaría vivir. Y no es posible un elogio
mayor que éste: el de garantizar que la obra transmite la paz que existe en
algún sitio al que podemos trasladarnos.
