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jueves, 11 de enero de 2018

EL CENTINELA DE PIEDRA

El centinela de piedra

Álvaro Osés Arbizu

Premio Desnivel 2003 de Literatura de Montaña, Viajes y Aventura
Ediciones Desnivel
Madrid 2003
180 páginas.

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Inspirada, por lo general, en motivos autobiográficos, la literatura de montaña ha sido lugar idóneo para tratar temas universales, uno de los últimos refugios de la épica, de lo elegíaco, del aire libre –adjetivo que sólo cobra sentido como oposición al aire cautivo de las ciudades-, del culto a la fidelidad como la mayor virtud del hombre, de los relatos de supervivencia, de la declaración máxima del viaje como hazaña y, en definitiva, de la única aventura capaz de conciliar acción y contemplación. Existe la necesidad de reivindicar no ya la literatura de montaña, sino la literatura en la que se regrese a la condición del ser o no ser, en la que se exprese que conocer los límites de lo humano significa conocer lo humano. Acostumbrados a las biografías de los grandes alpinistas o a los relatos periodísticos, poca ha sido la difusión de las novelas y narraciones de ficción que toman a las montañas por escenario y protagonista. En este sentido cabe elogiar esta iniciativa de la editorial Desnivel, sin olvidar que al lector le importa, por encima de que coyunturalmente se trate de libros de montaña, que los libros sean buena literatura. Sería importante que los personajes estuvieran tratados con cariño, como sucede en esta novela; también cabe exigir que exista un tema del que hablar, como pueden ser las distintas actitudes y motivaciones por las que el hombre se acerca o convive con la naturaleza, desde la más lírica y romántica al espíritu deportivo, como es el caso de El centinela de piedra; y, por último, no estaría de más que las descripciones funcionaran remitiéndonos a motivos morales con contundencia, creando imágenes en el cerebro del lector que le empujen a no mostrarse indiferente ante lo que sucede, faceta en la que el pundonor de Osés Arbizu se muestra impotente para deslumbrarnos. Tal vez se deba al hecho de que nos encontramos frente a un montañero que escribe, y no ante un escritor puro, por lo que el texto adolece de cierta pobreza de léxico, de un exceso de frases hechas que le dan a la historia el aire de estar escrita de compromiso. Cierta falta de pericia o de oficio en la redacción enturbia una obra cuyo esbozo apuntaba a mejores soluciones, gracias a la convivencia de mundos tan dispares como un proceso de enamoramiento –descrito en las cartas que se alternan con el texto- con la leyenda de El Futre, una especie de Antiyeti que pasea por las laderas del Aconcagua, y al rigor con que se nos va documentando, a los no iniciados, en el mundo de la montaña a través de historias secundarias de rescates y muertes. En un mundo en el que escasean las oportunidades de respirar un poco de oxígeno puro, se agradecen estas iniciativas, a pesar de que estamos ante una novela que funciona a medio gas.


Fuente: Lateral

martes, 21 de noviembre de 2017

SUTTREE

Suttree

Cormac McCarthy

Traducción de Pedro Fontana
Mondadori
Barcelona, 2004
562 páginas
25 euros


En algún momento, durante la lectura de esta sórdida novela, al lector se le pasará por la cabeza una idea terrible: si la metáfora del río como vida está fuertemente arraigada en la literatura, la interpretación que McCarthy hace de la misma sólo puede llevarnos al infierno, a un infierno espesado con todo tipo de escoria y pestilencias.
¿Qué clase de mente visionaria es capaz de idear unos episodios tan demoledores en unos parajes tan miserables? Y, sobre todo, unos destinos tan estremecedores, más sobrecogedores, si cabe, dada la resignación con que sus portadores los aceptan, como si no cupiera darle importancia a la culpa que les llevó a estrellarse contra el fondo del abismo. Tal vez porque cuando ya no cabe sino sobrevivir, lo único a lo que uno puede dedicarse es a pisar o saltar sin acrobacias sobre la basura, sobre los desperdicios, sobre la violencia. Sobre la mierda que McCarthy detalla con una contundencia expresiva asfixiante, midiendo cada palabra, jugándosela en cada palabra, sacando a cada vocablo su máximo peso hasta el punto de conseguir que una voz como “miel”, por ejemplo, hieda a lo más podrido. En este sentido, cabe elogiar la traducción de Fontana.
Llega otro momento en que el lector se pregunta si esa forma de vigilar la escritura no responde a un proyecto estético, y la respuesta le devuelve el sabor a gangrena: seguramente, detrás de esta novela de McCarthy, uno de los escritores que mejor describen del mundo, se esconda un proyecto poético relacionado con los excrementos y lo marginal, vinculado al odio. Y aquí es cuando debemos regresar al río, por el que desciende la basura arrojada desde una ciudad que aparece al fondo del paisaje, y el lector va dándose cuenta de que ese odio tiene mucho de denuncia, de que esa mente visionaria se corresponde a la de alguien que achaca a las aglomeraciones urbanas la degeneración humana y la suciedad que está invadiendo el paisaje, y, por tanto, la de alguien que añora la inocencia de los espacios naturales. Por fortuna, McCarthy también nos ha dado la Trilogía de la frontera para demostrarnos que esta es una apreciación exacta.
La novela nos narra episodios de la vida de Suttree, un hombre que elige vivir como las bestias solitarias, al borde del río, pescando siluros, negándose a trabajar, alcoholizado y que sufre la inquietante dolencia de tener el corazón a la derecha, episodios que exageran los límites de lo humano y que sencillamente suceden, como pasa el agua del río saturada de condones y miasmas.
Suttree es una soberbia novela monstruosa.


 Fuente: Lateral

miércoles, 8 de noviembre de 2017

EL HOMBRE DEL SÓTANO

El hombre del sótano

Walter Mosley

Traducción de Héctor Febles
Barcelona, 2005
253 páginas


El individuo que tiene conciencia de que su vida no se dirige hacia ningún sitio, confía en que un día suceda algo que dé sentido a su tránsito por el mundo o que al menos le resuelva económicamente los años que le reserva su futuro. Y pocas son las inversiones que él hace para acomodar su situación al flujo de lo cotidiano. Aunque puede estar sucediéndole como al protagonista de esta narración, un hombre negro que jamás ha terminado nada de lo que empezó, cuyas decisiones sobre cómo actuar están en manos de los otros o de las señales imperantes en las circunstancias. Hasta que alguien dotado con los poderes del mal le elige precisamente por haber vagado así por la periferia del mundo.
La primera parte de esta novela está dedicada a comentarnos quién es este tipo, alguien que no se aleja demasiado de los arquetipos de los personajes frecuentes en la literatura americana de nuestros días, y que él mismo, con su voz, se encarga de resumir: “Sentía que me perseguían y no sabía por qué. ¿Por qué estaba vivo, y veía, y pensaba, y soñaba, si en el mundo sólo había semáforos y televisores, exámenes y fracasos, vino tinto y muerte?” (p.100). Es un tipo que cree estar refiriéndose a lo universal al figurarse que es la cámara que registra la realidad de una vida que no deja de ser provinciana por más que se nos repita en libros y películas. Para conseguir su objetivo, Mosley le hace hablar con frases cortas en las que abundan golpes de efecto de cierta potencia: “Mi mente se va a la deriva cuando en la misma página hay oraciones difíciles o muchos datos” (p.119). Y así da inicio a la novela comentando la aparición del personaje demoníaco que le hará cambiar, pero entreteniéndose, en cuanto encuentra una referencia, en capítulos de su vida y en diálogos en que se muestra algo decadente y algo descarado, lo insuficiente como para darnos pistas acerca de la cantidad de peso que suponen sus sentimientos de desesperación.
En la segunda parte Mosley despliega el misterio: un blanco ha alquilado el sótano del protagonista durante varios meses para someterse a un encierro claustrofóbico. Sabemos que algo va a cambiar en el carácter del protagonista. ¿Pero qué? De entrada debe aprender a controlar su miedo. Y será el conocimiento, que va adquiriendo gracias a las fórmulas más elementales de diálogo, la de preguntas y respuestas, desplegadas en la tercera parte de la obra, como se invente la confianza en sí mismo. Saber cosas de su rival, de los instrumentos de la expansión del horror en el planeta, le libra del miedo.
La novela comienza planteándonos hasta dónde podemos llegar por dinero, y trenzando la trama con historias secundarias, con la lujuria, el pasado de raza de los afroamericanos y el poder de quienes deciden qué sucede en el mundo, termina tratando el tema de la redención moral. El hombre del sótano es la obra de un escritor que supera los préstamos de la realidad.

Fuente: Lateral

lunes, 23 de octubre de 2017

ADIÓS A SIDONIE

Adiós a Sidonie

Erich Hackl

Trad. Esperanza Romero y Richard Gross
Pre-Textos
Valencia 2002
119 páginas
12 euros

Adiós a Sidonie es un libro que no debería haberse escrito nunca. Porque es un libro que reniega de su propia existencia, que maldice su razón de ser. Porque es un libro humano que nos recuerda nuestras propias debilidades, un libro en el que frente a los hombres y mujeres que combaten por la justicia y por la protección de sus seres queridos en un mundo que se derrumba, surge el atributo humano más infeliz, que es el miedo, esa cobardía triste –más triste aún porque resulta posible comprenderla- que transforma a las personas en algo parecido a mala gente.
Y Erich Hackl, consciente de que no cualquier causa justifica un relato, comienza por escoger el mejor de los motivos para ponerse manos a la obra: dar voz a los que no la tienen. En un mundo que se viene rigiendo por los principios del “arte por el arte”, que tantas veces sirven para justificar lo banal creado por los poderosos, la historia de una niña gitana desfavorecida, sobre la que se va cerrando el cerco de la mala fortuna y de la pesadumbre, es una apuesta valiente porque obliga a su autor a construir un libro necesario, en el sentido en que son necesarias las emociones, y un libro sincero pues se ve obligado a transformar en creíble la siempre inverosímil realidad. Para ello Hackl ha escrito una obra a caballo entre la crónica y la novela breve; en Adiós a Sidonie conviven la historia de una población pequeña y pobre sobre la que cae como una sombra la época de la Segunda Guerra Mundial, con la vida de una familia que adopta a una niña gitana en un acto de heroicidad sencillo, en una demostración de que el acto épico más meritorio es mantener la dignidad frente al desaliento. Así, al tiempo que se nos relata el acoso y derribo al que se va sometiendo a los débiles, y se despliega frente a nosotros una época de desgracias en la que cualquier clase de amor o de fracaso es posible, conocemos a unos personajes sencillos, definidos con rasgos básicos y por tanto bien reconocibles, que no son dueños de su destino: la vida irá decidiendo por ellos, y cada vez que lo haga lo hará en su contra. El gran mérito de Hackl es conseguir que estos dos registros, los recursos periodísticos y los narrativos propios de la ficción, se desplieguen con naturalidad, convivan sin que se noten las costuras.
Espero que el lector no se confunda: no estamos ante un libro cuya utilidad es enviarnos a la cama con una nueva forma de depresión. Hackl lo evita recurriendo a una dosificación de sucesos que nos hace digerible la historia y, sobre todo, con un lenguaje escueto, funcional, que nos ayuda a mantener la entereza durante la lectura, aunque una vez cerrado el libro nos damos cuenta de que esa falta de expresividad nos ha dejado sordos.


Fuente: Lateral

viernes, 20 de octubre de 2017

LA LUZ DEL DÍA

La luz del día

Graham Swift

Anagrama
Barcelona, 2004
313 páginas
16 euros

Resulta verosímil pensar, tras leer las últimas novelas de Graham Swift, que nos encontramos frente a uno de los mejores escritores del mundo en activo, aunque sólo sea debido a que pocos se atreven a asumir tantos riesgos como él, y casi ninguno logra salir tan bien parado. Pocos son capaces de cambiar de fórmulas y registros novelísticos sin modificar un mundo personal que refleja uno de los planteamientos más puros de un narrador: la inquietud que provocan las relaciones humanas, los afectos, la falta de armonía, la obsesión por mantenerse como un ser autónomo, dotado de personalidad, pese a las mellas y hachazos a que nos somete la convivencia. El autor de esta extraordinaria y exigente novela nos obliga a levantar las defensas de nuestra inteligencia arriesgando en la voz, construida con frases entrecortadas, directas, dubitativas y en ocasiones irritantes por su montaje incompleto, para representar al narrador que observa, a un detective presa de su ofuscación, hasta tal punto que le será vedado fabricar con palabras el relato de su relación con la persona que tanto le gusta, precisamente por estar inmerso en esa relación y no ver sus límites y aristas. Y arriesga al edificar narrativamente el resto de las historias secundarias, de modo que el lector no puede dejar de verlas y así conocerlas, hasta el punto de que llega a comprender la necesidad que tiene George Webb, el detective, de contar su historia: si no se explica frente a las personas que todavía le respetan, como su hija, su secretaria o un antiguo compañero del cuerpo de policía, revienta. Swift también arriesga en una estructura fragmentaria, al desplegar con meticulosidad, por aquí y por allá, las esquinas de los trapos de la historia, saltando de una a otra secuencia temporal con idéntico capricho al que rige la memoria, creando imágenes e ideas que se van sosteniendo en nuestra mente a medida que avanzamos en la lectura, como si pretendiera ocultar lo global, algo así como si un cámara de televisión nos fuera enseñando las piernas de los futbolistas por un lado y otro del campo, consiguiendo, al mismo tiempo, que nos enteráramos del partido. Y no deja de correr riesgos en la forma como va decelerando la acción, hasta acabar en un apogeo del conflicto descrito a una velocidad tan perturbadora para el narrador como desesperante para el lector: otra sorpresa que sirve para generar inquietudes, para preguntarnos en qué medida nos debe intimidar el porqué de las relaciones. Porque, al fin y al cabo, recordar las relaciones humanas, al igual que leer verdadera literatura, es un riesgo que merece la pena correr.


Fuente: Lateral

martes, 17 de octubre de 2017

PEQUEÑAS BIENVENIDAS

Fuente: Lateral

Pequeñas bienvenidas

Alejandro Palomas

El Cobre
Barcelona, 2005
132 páginas
13 euros

Para desconocer a las mujeres


Por suerte, el territorio de la joven narrativa española ha ido abandonando esos asuntos facilones, de horizontes cercanos, fuertemente centrados en el mundo de la marcha nocturna, las drogas, los ligues y desligues, que pretendían representar una actualización del existencialismo a través de una visión nihilista, y se quedaron en meras anécdotas tangentes a la literatura. Otros autores –y, en ocasiones, los mismos que intervinieron en reventar el mundo editorial con sus tramas nocturnas- han venido a ocupar la plaza generacional con planteamientos más serios, más rotundos. Entre estos pretende estar, aunque no con una fortuna contundente, Alejandro Palomas, que se presenta con este libro de doce relatos en el que cada una de las pequeñas bienvenidas, que dan título a la obra, supone la presentación en público (por mor de la escritura) y en privado (por la acción descrita) de doce mujeres a las que tímidamente se da la bienvenida en nuestras vidas.
El libro comienza con una referencia metaliteraria, dando la bienvenida al arte de contar historias y de conocer amantes, revelando sin trabas el tono lírico que Palomas parece identificar con la narrativa más sincera. Y así, siguiendo ese trabajo con el lenguaje, nos indica que para las mujeres, que son las protagonistas de la historia, el amor es un sentimiento con dimensiones extraordinarias por motivos poéticos; por alusiones elípticas, un lector podrá entender que para los hombres esos lances son menos trascendentes, es decir, más carnales. En este libro los amantes se descubren, las manos cobran una importancia sobrenatural, muy por encima de los tópicos ojos, y para reflejar la melancolía recurre una y otra vez al adjetivo cansado, y para representar los escollos del amor enuncia una y otra vez el sustantivo espalda. Pues será este trabajo del lenguaje, al que posiblemente Palomas ha dedicado muchas horas de taller, lo que acabe traicionándole: los diálogos o comentarios de los personajes resultan tan forzados, con intenciones tan preciosistas, que acaba por ser difícil digerirlos como creíbles, los narradores abusan de su condición de enamorados, hasta el punto de que su tesis de amor sincero se tambalea, y así el tono vital cae en lo afectado: “Dicen que nueve son los meses que tarda en llegar el primer llanto, en abrirse las hebras de la primera cicatriz; nueve son los meses que tarda en estallar el adiós más triste, la distancia última, la de adentro hacia más adentro”.
Una lástima. Porque en realidad nos encontramos frente a un escritor inquieto, muy inquieto, a la búsqueda de los detalles y datos minúsculos que afecten a sus relatos significativamente, y que en la mayoría de estos casos se centran en la relación del hombre con su entorno, con la idiosincrasia de una ciudad como Budapest, idónea para el amor lésbico, o de Amsterdam, tan apropiada para que la amistad entre jóvenes sea imposible de estropear ni por un triángulo amoroso ni por la aparición de un extraño que nos engaña. El desarrollo del relato se ve condicionado porque las Meninas sea el cuadro de fondo donde se hallan los personajes, o recurriendo, sin ningún problema, a la aparición de un fantasma producto del delirio de la mujer maltratada. Incluso cuando el uso de la primera persona no termina de adaptarse a sus necesidades, Palomas coge el toro por los cuernos y plantea un narrador exterior, impreciso pero no neutral. Y en todas las narraciones, sabemos y desconocemos, en diferente grado, el pasado de los personajes, que se nos obliga a imaginar para hacer nuestra la situación. En definitiva, que es una lástima que la herramienta de la escritura sea el lenguaje, pues éste le da un tono de adolescente romántico que no favorece mucho a los propósitos del autor.

NOCTÁMBULOS

Noctámbulos

Cristina Cerrada

IV Premio Casa de América de Narrativa
Lengua de Trapo
Madrid 2003
160 páginas
13,50 euros

De los dieciséis relatos que componen el volumen pocos son los que se alejan de la ciudad como decorado narrativo, y cuando lo hacen siempre es de forma que esa ciudad ausente los justifique: es el caso de Tránsito, por ejemplo, que sucede en un autobús en marcha, y la carretera siempre puede considerarse como una prolongación de la materia urbana; y también está La cantera, que cierra el volumen, donde nos encontramos con los personajes en un ambiente casi rural que les aburre tanto como para que opten por rellenar su tiempo, se nos insinúa, con tramas y actos turbios. Y así, en un ámbito conocido, tomando como referentes unos autores de sobra visitados (se nos advierte sobre la influencia de los ubícuos Carver y Salinger), Cristina Cerrada construye un libro de relatos que bien podrían ser episodios de una novela de vidas cruzadas sin necesidad de ampliar la extensión del volumen, pues maneja los registros más conocidos, más divulgados, los que conviene matizar con imaginación para evitar caer en lugares comunes: los personajes actúan según los cánones previsibles (fuman, ponen la mano en el hombro, bajan la cabeza); los fenómenos meteorológicos representan los estados de ánimo que todos esperamos que representen, sobre todo la lluvia y el viento, símbolos de la melancolía; los decorados son reconocibles hasta para un lector dormido, como también lo son las descripciones físicas; los borrachos son perdedores... incluso anochece cuando todos esperamos que anochezca. De hecho, hasta los diálogos aparentan ser lugares comunes, si bien son un fiel reflejo de diálogos reales, voces creíbles, preguntas y réplicas cuyo acierto radica en la verosimilitud. Si a ésto unimos el abanico de estrategias de composición –acciones paralelas, resolución en diálogos, combinación de transcursos temporales, etc.-, cabe preguntarse qué aporta el libro de una autora que conoce bien la tierra que pisa. Sin que ninguno de los relatos sea dañino, cosa que, en los tiempos que corren ya es todo un elogio, lo mejor del volumen se encuentra en lo que no se nos dice en alguna de las historias, en esa segunda trama que aflora cada tres o cuatro párrafos, en ocasiones en frases muy breves, y que nos sugiere cuáles son las pequeñas tragedias de los protagonistas, por qué se ven obligados a considerar que no viven, sino que se sobreviven a sí mismos. Ahí está el caso de la coja que parece ser el segundo personaje en el excelente cuento que da título al libro, y cuya relación con el alcohol y con su pierna queda meramente esbozada, tan poco explícita como para obligar al lector a que sea él quien ponga su imaginación al servicio de la lectura; posiblemente, ésta sea la razón por la que también el lenguaje es reconocible, para evitar que sea un obstáculo en el trabajo del montaje especulativo en la mente del lector. Ahí es donde Cristina Cerrada demuestra su talento, cuando no apuesta por lo seguro.


Fuente: Lateral

NEW YORK SHITTY

Fuente: Lateral

New York Shitty
Germán Sánchez Espeso
El Tercer Nombre,
Madrid, 2004
348 págs., 18 euros

Pese a situarnos en Nueva York, Sánchez Espeso retoma unos referentes peculiares de cierta narrativa española, la que se ocupa del esperpento, la de Valle Inclán y Pedro Almodóvar. La cuestión que debe resolverse es qué ocurre cuando ese planteamiento se traslada a una urbe en que las dimensiones no son humanas, y que aquí se soluciona inflando hasta lo caricaturesco las magnitudes obscenas y anales de los personajes y la acción. New York Shitty es una novela desvergonzada, chistosa y que transcurre a toda pastilla, sin permitir descansos para cosas tan necesarias como la belleza. Con la apariencia de una gamberrada, con el estilo de la novela negra de serie B en la que la voz del narrador es la de un matón barato, presenciamos una cadena de sucesos impíos en la que los protagonistas pasan a segundo plano, dejando que los dueños de la novela sean las hemorroides, las erecciones, la pornografía que se oye o los artículos chocantes de las sex shops. Los hombres son priápicos, las mujeres ninfómanas y todos padecen problemas de incontinencia por culpa de alguno de los agujeros por los que se segregan sustancias desagradables que produce nuestro organismo. No se respeta ni a los muertos, ni a los niños ni a los animales (cuyo principal atributo es que cagan). Ni se respeta la vida que es algo así como el remolino del desagüe del fregadero.

Esta comedia, a veces solamente sensacionalista, se organiza atendiendo, en la mayoría de los capítulos, a lo que hace un personaje del grupo cerrado de figuras, lo cual provoca una sensación de teatralidad que impide hacernos creíble la historia. La estructura de eslabones permite a la casualidad de los encuentros hacerse ama y señora de las calles, pues en una ciudad tan grande no hay lugar para que la gente se conozca. De hecho, ni siquiera se folla en la cama sino allí donde coincidan los personajes. Sánchez Espeso apuesta por una insegura combinación de sarcasmo y decadencia, sin salir del todo bien librado: podría haber algo más que entretenimiento empaquetado en esta novela, podría traslucirse algo de elogio o denuncia dado que Nueva York es el paradigma de las ciudades occidentales. Pero, ¿puede un narrador que es un viejo verde ser crítico?, ¿no recurrirá al ingenio, al sarcasmo o al cinismo, apuntando que hay algo corruptamente atractivo en la juerga utilizada para describir la sociedad? ¿Y por qué no proponer alternativas? ¿Acaso esto se deba a que otras opciones no existen? Así pues, riámonos de un Nueva York imposibilitado para superar la fase anal.




lunes, 16 de octubre de 2017

LOS CUARTELES DE LA MEMORIA

Los cuarteles de la memoria

Xuan Bello

Debate
Barcelona 2003
284 páginas

He aquí un libro que plantea una interesante versión de la fenomenología: en lugar de proponer que no existe la verdad, sino solamente las verdades, sugiere que no existe la realidad, sino solamente las realidades, y que de éstas no nos queda sino el polvo de la memoria. Es evidente que la memoria lo es todo para Xuan Bello. Acaso demasiado evidente. Pues si en su obra anterior Bello marcaba un territorio geográfico y un tiempo lírico que podía ser todos y ninguno, en esta decide afrontar el culto a los recuerdos que le construyen observándolos con la pose del espectador que fija su mirada en un crepúsculo, con los codos tiernamente apoyados en el alféizar de la ventana. Para comenzar señalando el mal que salpica con frecuencia las páginas del libro, la repetición constante de esta pose, la supuesta hipersensibilidad nostálgica del narrador, cansa hasta el punto que acaba por delatar cierto narcisismo melancólico: en un libro en el que la identificación del autor y el narrador se hace evidente (pues no puede tener otra intención una obra de estas características que la defensa y exposición de lo que le ha ido construyendo), reflexionar sobre la memoria se convierte en un ejercicio en el que la inteligencia trata sobre la propia inteligencia. Y, a mi juicio, esa presunción es una pose narcisista.
Ahora bien, una vez que nos olvidemos de esas meditaciones, algunas bastante tópicas y que podrían haberse suprimido para que ganara en intensidad la secuencia de historias, anécdotas y cuadros que componen la cartografía personal de Bello -o de Bello hecho escritor- es fácil comprobar un importante avance respecto a su anterior obra; si en Historia universal de Paniceiros las mejores piezas eran aquéllas en las que tomaba posición de testigo y reflejaba pensamientos que no pretendían responder a ninguna pregunta, al estilo de Pla, en ésta son los relatos los que destacan por su imaginación y facilidad narrativa; aquí la ficción pura, independientemente de que los cuentos narrados sean invención total o reinvención vital o un refrito, sale indemne de la batalla contra el tiempo que tanto esfuerzo le supone vivir al narrador. En algunas ocasiones el cuento no supera las tres frases y en otras, como en el buen relato titulado Una historia vulgar, alcanzan las cuarenta páginas, y en todas ellas el que siente no haber perdido el tiempo registrándolas es el lector.
Es una lástima ese repetido y explícito elogio hipocondríaco de la memoria, que debería traslucirse únicamente de la narración, y que es arena en el engranaje de un libro del que lo mejor que puede decirse es que no hace daño.

Fuente: Lateral

lunes, 9 de octubre de 2017

EL MALESTAR AL ALCANCE DE TODOS

Fuente: Lateral

El malestar al alcance de todos

Mercedes Cebrián

Caballo de Troya
Madrid, 2004
158 páginas
12,50 euros


Una estrategia inteligente de comunicar es confesar de entrada cuáles son las intenciones del autor, pero sin decirlas; proponer el pacto de sinceridad, imprescindible en la literatura que pretende ser creíble, sin denunciarlo. Según Mercedes Cebrián, alguien acabó por reducir todo a extrarradio. Y así, ella reúne veinticinco extrarradios que componen un tablero sin centro ni objetivo, pero que nos acerca, a todos, lo que todos somos o podemos ser: nuestros aspectos más mediocres, los que vistos desde fuera delatan en qué consiste la estupidez humana, los que nos arriman al malestar que acecha en la periferia que entre todos hemos construido. Para evitar que esa mirada irónica se exprese con una suficiencia que nos resultaría síntoma de vanidad, Mercedes Cebrián se protege tras la primera persona en sus relatos y, sobre todo, tras los sutiles detalles de observadora de la realidad tangible y los personajes perfectamente definidos en dos brochazos, detalles y seres que configuran un estilo de vida que también es el suyo, pues únicamente la experiencia directa puede habérselos prestado. Ahí proyecta sus finas dosis de amabilidad, las que bastan para no deprimir al lector con los mordiscos de la crueldad que viene de lo verídico. Implicándose de lleno en los relatos y poesías, Cebrián consigue ese paradójico equilibrio de escribir sin compasión pero sin desprecio, tan difícil a la hora de tratar sobre lo cotidiano, sobre la realidad que no se puede compartir. Posiblemente estos sean los motivos que han llevado a la autora a decidirse por los cuentos y poesías para su primera obra, porque esta fórmula se adapta a las intenciones de su manera de mirar, a un clima espiritual que de espiritual tiene poco, como queda reflejado en sus poesías, en las que los referentes de la vida urbana incrustados en lo que se supone debe ser un programa estético nos hacen preguntarnos hacia dónde se dirige todo esto, esta ciudad que ha fracasado, tan afable y satíricamente descrita sumando casillas de la periferia que versan sobre cómo hacer la vida imposible a otro por estar demasiado lejos o demasiado cerca, o las vulgares esperanzas del fracasado, o la realidad del presente frente al deseo de los recuerdos, o los estúpidos detalles con que se rellena una casa para sustituir a la familia, o sobre lo incómodo que resulta saberse prescindible o cuestionarse la identidad.
Caballo de Troya entra en las librerías descargando un libro que podría agrietar las defensas de la literatura clónica. Que siga.



sábado, 20 de mayo de 2017

EL LADO FRÍO DE LA ALMOHADA

La de dolores de cabeza que me trajo en su momento el publicar esta reseña. Lo curioso es que, una vez expuse mi opinión en 'Lateral', otros muchos se sumaron a ella. Contra viento y marea, sigo queriendo, y mucho, a Belén Gopegui. Esta confianza se acrecentó en obras posteriores, como compartiendo el deseo de ser punk.

El lado frío de la almohada

Belén Gopegui

Anagrama
Barcelona, 2004
236 páginas
15 euros

Para mantener el calor de los sueños




Creo recordar que fue Octavio Paz quien ante las imágenes del derribo del muro de Berlín exclamó: “Han caído algunas respuestas; quedan en pie las preguntas”. Seguro  que Belén Gopegui tendría algo serio que responder ante una sentencia que busca contentar tanto a los que creen que es lícito esgrimir el término democracia con el afán de los cruzados invocando a Dios, como a los que no han desesperado en la lucha por la justicia que sembró la filosofía de Marx. Y lo más digno de admiración en Gopegui es que alguien de su contundencia intelectual y su habilidad para la observación de los conflictos personales y mundiales, sea capaz de darse tiempo para reflexionar y exponer, cuando tantos otros en su lugar se arrojarían al cuello de aquellos que los descalifican acusándoles de defender el fracaso. Y lo consigue sin llamar a nadie a engaño, lejos de la bonhomía y de la caridad, pero sin abandonar la ternura; ahí están, para demostrarlo, las reflexiones que pone en boca de un personaje acerca de la tristeza que le producen los que acusan a la globalización de un reparto desigual de la riqueza y piden que los poderosos entreguen parte de su dinero a los necesitados. Al mismo tiempo, Gopegui enfrenta sus razones ideológicas a una voz lírica (recuperando un poco la compostura del narrador de su primera novela) que razona sobre las pulsiones de su vida y la conciencia de su fracaso, recurriendo a unas cartas que llegan a la novela desde el otro lado de la tumba.
Gopegui hace una exhibición de honradez ideológica sin echarnos a la cara fundamentos fáciles, eludiendo los datos con que se argumentan los logros sociales del gobierno cubano, como los referidos al desarrollo sanitario y a la alfabetización. Incluso se niega a mirar al futuro, y no otorga más victoria al caballo por el que apuesta que la posibilidad de que los servicios de inteligencia cubanos engañen –es decir, sean más inteligentes que- a los de Estados Unidos. El único augurio entrevisto es la inevitable pérdida del sueño que fue Cuba bajo la presión del capital que entra a través del turismo. El punto de vista político de Gopegui puede ser discutible, incluso aplastado, con frecuencia, bajo bloques de lugares comunes por la razón que explica Belén:
“-Las tiendas, vacías o llenas, están a la vista. Pero los que sufren se esconden.”
¿Le reprocharemos a Belén Gopegui que desconoce gran parte de la realidad cubana y bla, bla, bla? Creo que no procede por un motivo sencillo: esto es una novela cuya acción tiene lugar en un terreno casi neutral, Madrid, que funciona según el sistema económico neoliberal. Si la autora hubiera pretendido hablar sobre la realidad cubana, no podría haber elegido un escenario menos apropiado: no resulta posible leer tal cosa actuando los personajes sobre las calles de Madrid porque ni siquiera es un lugar opuesto al que le interesa: al fin y al cabo, sus habitantes comparten el idioma con los de Cuba, y es precisamente con el lenguaje con lo que se construye una novela.
Lo primero que se cuenta es que algo huele a prodrido en Madrid: un accidente que encierra un asesinato que encerrará algo más de lo que resulta difícil sospechar a no ser por el carácter melancólico de la protagonista, Laura Bahía. De ella sabemos que tiene veintiocho años, que utiliza su energía para luchar por cambiar el mundo con un idealismo romántico, y que en su pasión amorosa por un hombre maduro se compagina el fuego carnal y la búsqueda de la calidez de otra piel. El otro actor es un estadounidense maduro, espía de espíritu práctico que rehúye toda ideología, que se limita a trabajar para los que le pagan (un país reducido a un grupo de corporaciones pisando fuerte), que se enamora de una mujer más joven como un profesor se enamora de una alumna, y que es tan conservador que no aspira sino a conservar la que considera que es su última adquisición: Laura. A grandes trazos, así es como cabe describir a los personajes. ¿Le reprocharemos a Gopegui el no haber sabido dar unas dimensiones menos comunes a estos personajes? Esta vez sí cabe hacerle el reproche, porque ya sí entramos en lo puramente novelístico. Cualquiera sabe que esa relación sólo puede ser incómoda. Para sortear el riesgo de que el lector caiga en el tedio, Gopegui recurre a uno de sus puntos fuertes: las maniobras con las distancias entre las personas, la catalogación y descripción de los espacios y contactos entre amigos o amantes. En otras ocasiones se deja llevar por lo más evidente en una novela de espías, como la muerte en el portal o la conversación en lo oscuro que sostienen dos espías. A una escritora tan creativa como para imaginar la novela Tocarnos la cara, cabe exigirle más personalidad.
Al tiempo que se narra la historia de amor supuestamente desesperada, se va desplegando, aquí y allá, la trama de una intriga, como si no diera mucho de sí y se hubiera decidido reservar la emoción para las cincuenta últimas páginas. Ni la historia de amor ni la trama de intriga consiguen que el lector despegue de su asiento. Algo no parece estar trabajado con el rigor con que Gopegui construyó y escribió La conquista del aire, su novela más compacta. El interés prestado a lo político obvia el formato narrativo que debe tener la novela. Algunos pasajes parecen estar redactados sin la atención debida, como ciertas transiciones en que el personaje está aquí y de pronto está allí, como si en una película un paso del tiempo que requiere un encadenado estuviera resuelto con un cambio de plano. Otros defectos de la prosa nos hacen pensar que al texto no le hubiera venido mal una revisión. Odio tener que apuntar estas cosas, pero encuentro que una frase como “rompieron el hielo muy despacio, como si sólo tuvieran para romperlo cosas romas, caramelos, bufandas, gomas de borrar” (p.33), aturde nuestro entendimiento si tenemos en cuenta que ni siquiera metafóricamente se puede romper el hielo con una bufanda, y que esta ruptura es también una metáfora; me resulta complicado entender qué lleva a la asociación “El whisky era la melancolía, pensó Laura, como salir a la calle y saber que no la habían seguido”(p.35); ante el enunciado “Arrieta unió en un segundo la mirada al espejo derecho y a Hull” (p.79), el lector recurre a reconstruirla para descifrarla; en esa misma página la palabra esperabilidad es un bache en la fluidez de la prosa, como algunas rimas involuntarias, cacofónicas, y un puñado más de errores que se pueden censurar en una escritora de la que conocemos sus virtudes manejando formas literarias. Aunque estos tropezones no son fundamentales en la sustancia de la novela, no dejan de estorbar. Puede que hubiera merecido la pena esperar un par de meses antes de presentar una novela en la que la textura nos impide saborear su consistencia. Para cerciorarse acaso merezca la pena volver a leer la novela de Belén. Claro que quizá merezca más la pena volver a leer alguna de sus excelentes obras anteriores.