jueves, 11 de junio de 2026

NEGRO

 

Negro

Destellos de un no color

Alain Badiou

Traducción de Susana Prieto Mori

Siruela

Madrid, 2026

95 páginas

 



El negro es el color del tanatorio y también de la amnesia. Su opuesto sería, entonces, el placer de los sentidos. Aunque esta afirmación contiene, eso sí, un poco de maniqueísmo: el negro es el color de la muerte, y por tanto su opuesto es vivir. La dalia negra, el humor negro, la viuda negra, e incluso la oscuridad como boca de lobo, pueden ser temibles, pero el negro sirve, también, para vestir a alguien con elegancia. Tal vez pueda achacarse que en este caso el tipo llevaría un atuendo aburrido, elegante pero aburrido. Uno podría seguir desarrollando este tipo de ideas durante varias páginas, y esa es, seguramente, la intención de Alain Badiou (Rabat, 1937) en este ensayo sobre ese color, o ese no color si nos atenemos a los colores luz, donde el negro es la ausencia de color. Sin embargo, en la paleta de un pintor la suma chapucera de todos los colores da como resultado el negro. Y así, de nuevo, nos embarcaríamos en disquisiciones, que es la intención, repetimos, de Badiou, completar este ensayo con nuestra experiencia y los datos que hemos recogido a lo largo de nuestra vida.

Al fin y al cabo, Badiou se vale de la suya para escribir, en buen orden, sus impresiones acerca del negro. Observamos que utiliza constantemente proyecciones, impresiones propias acerca del color, lo que él ha aprendido y no oculta. De este modo, lo que se nos revela es una confesión acerca de la construcción del pensamiento, y esa es la parte más sugerente de este libro. Para ello compara constantemente la cultura contemporánea y la sociedad actual con el pasado y entre sí, entre lo que sucede en diferentes geografías. Como no puede ser menos, las páginas recogen buena parte del simbolismo, sobre todo del simbolismo occidental. Debemos advertir aquí que en el idioma original en que está escrito, francés, la palabra que define negro, noir, también se emplea para oscuridad: le noir. Tener eso presente nos ayudará en un par de ocasiones a comprender mejor a lo que se refiere Badiou, porque navega por lo religioso, lo legendario, lo político y hasta un poco por lo sexual, además de comentar lo que supone este color en ciertos escritores.

Y luego está todo lo referido al racismo, al humanismo y a la siempre vigilante idea de igualdad, esa que es como el horizonte: a medida que uno cree acercarse a ella, vuelve a alejarse sin remedio. Negro. Destellos de un no color es un libro diletante y ecléctico, una invitación a pensar, a no dejar de poner en marcha esos mecanismos de análisis, aunque sea en cosas no relevantes, que serán los que nos pongan a resguardo cuando tengamos que afrontar los capítulos más atronadores de nuestros días. Negro puede ser el color de la corbata, pero también el motivo para comenzar una redada esclavista.

miércoles, 10 de junio de 2026

LLAMADA POR LAS MONTAÑAS

 

Llamada por las montañas

Anuradha Roy

Traducción de Gala Sicart Olavide

Fiordo

Madrid, 2026

165 páginas


 


Hay libros que no necesitan nada más que la bondad para explicarse. El riesgo es intentarlo y verter, sin darse cuenta, parte del trabajo en el tarro de lo cursi, que nos alejará de la belleza. Evitar esto es obra de algunos pocos, que han conseguido transmitir los mejores sentimientos: Mary Oliver, Annie Dillard, Henry Beston, Amy Liptrop, William Fiennes, Nick Jans… y ahora Anuradha Roy (Calcuta, 1967), que en este hermosísimo libro, Llamada por las montañas, nos habla de lo que estamos hechos, de cómo sentirnos bien cuando conseguimos convivir con lo que de verdad nos construye, que es la naturaleza. Después de veinticinco años viviendo allí, en una ciudad del Himalaya indio, Roy decide relatar parte de sus memorias en unos textos que tienen la extensión propia de los artículos de revista. Es cierto que tanto su dedicación como las condiciones de vida contemporáneas se lo permiten: Roy tiene, junto a su marido, una editorial pequeña, que para sostenerse no necesita las condiciones de vida y de economía que ofrece una ciudad como Nueva Delhi. Así pues, deciden marcharse a la montaña, al encuentro con la naturaleza, y con todas las promesas que la naturaleza ofrece y que tienen que ver con la felicidad y con la belleza.

Hay un par de elipsis que nos intrigan a lo largo de la lectura: la más evidente es la escasa, casi nula, mención a su compañía humana en estos años, a su pareja, aunque sí habla en primera persona del plural muchas veces, enfocando su conciencia en el nosotros, en algo así como la familia; y la segunda es la omisión de las calidades del lugar del que salen despedidos, de la gran ciudad. Roy opta por centrarse en lo que ocasiona bienestar, al margen de la mala oferta vital que se ha ido gestando en buena parte del planeta. De ahí que cada movimiento que ella va protagonizando se transforma en un descubrimiento, en una sorpresa. Aprender, nos dice, significa aprender cosas buenas. Sus descripciones, que abundan, tienen como función dar fe de la forma respetuosa con que interacciona con la naturaleza. Se preocupa por lo que tiene que ver con la botánica, o por las aves, pero apartando el conocimiento científico para centrarse en la observación.

Esta forma de vida, compasiva, que va exponiendo tiene otros protagonistas, que son los perros. Adora a los perros, que va adoptando o que, en alguna ocasión, parece que son ellos los que la eligen. Hay más compañeros en este viaje vertical. Escribirá sobre alguno de ellos, como la anciana con la que está inevitablemente ligada a vivir, pero parece que serán los perros leales los seres con los que más se identifique. Hasta el punto de que la enigmática pérdida de uno de ellos nos podría llevar al llanto, de no ser por la aceptación con que lo expone, entendiendo que forma parte de un ciclo natural. Aunque no natural del todo, dado que los animales se ven obligados a cambiar de hábitat por el empuje de los cambios forzados por el hombre, entre los que destaca el cambio climático.

Ojalá todo esto no se pierda, parece ser la conclusión de la lectura del libro. Roy se expresa con muchísima sencillez, como una persona que anda sin correa, en expresión que ella misma utiliza. Demuestra ser una persona sensible, una escritora sensible —«Como siempre, cuando compiten la ciencia y la emoción, a mí me gana el sentimiento»—, y nos enseña que alejarse de la civilización no significa aislarse si uno posee el don de la mirada, si uno entiende que vivir no es lo mismo que abundancia de estímulos, incluidos los estímulos culturales. Roy pertenece a esa estirpe de escritores que están convencidos de que no hay más cultura en un aria de ópera que en el canto de un zorzal. Y sabe cómo mostrar esa enseñanza encauzando una gran sensibilidad.


Fuente: Zenda

martes, 9 de junio de 2026

MAL DE BOSQUE

 

Mal de bosque

Izaskun Gracia Quintana

Alberdania

Irún, 2026

103 páginas

 



Es posible que la narración que nos lleva a explorar los límites del terror sea necesaria para aprender a convivir con el miedo. Ahí están los relatos infantiles, donde estamos acostumbrados a que el terror se atenúe, muchas veces gracias a las imágenes que los acompañan. Pero si nos detenemos a pensar en ello, pocos cuentos dan más miedo que El flautista de Hamelin o Hansel y Gretel. Abuelas extrañas, adultos inexplicables, niños en riesgo o el bosque, el tupido bosque que parece un ser que digiere lo que entra en él, en vez de un lugar hermoso, son algunos de los elementos comunes a estas historias. En cuanto a su función psicológica en la educación infantil, ya ha quedado explicada por autores como Bruno Bettleheim. Sobre lo que tal vez no se haya tratado tanto es sobre lo que significa esa semántica cuando hablamos de literatura para adultos. Por eso nos siguen intrigando cuentos como La pata de mono, de W. W. Jacobs, o películas como La semilla del diablo, de Polanski. Esta novela, este Mal de bosque, tiene algo en común con Hansel y Gretel, pero también con La semilla del diablo. Y de nuevo nos habla sobre cosas que nos importan, aunque no sabemos bien por qué, ni en qué grado, ni siquiera si deberían importarnos. Como todo lo que sale a la luz durante una psicoterapia en condiciones.

Se supone que la narradora y su hermana acuden a un caserío rodeado de bosque en un momento de duelo, para liquidar una herencia. Lo primero de lo que nos advierte la narradora es que la familia es una farsa. Luego comenzaremos a sospechar que hay un secreto que condiciona toda su vida, desde la concepción hasta lo que vendrá después, incluso después de terminada la última página de la novela. Como en todo buen relato, ese secreto no se le confiesa al lector, pero a medida que se avanza en la lectura va cargando más y más la atmósfera, un tanto cerrada, en la que se mueven las protagonistas. Que se nos hable de una familia, de amor entre hermanas, de la losa que supone en ellas el suicidio de la madre, del extraño comportamiento de la abuela o la incomprensible presencia de un padre bastante ausente, consigue que nos importe el destino de estas mujeres. Al fin y al cabo, lo que ellas viven solo se distingue de lo que vivimos cualquiera de nosotros por las licencias literarias. Ahí está, sin ir más lejos, el miedo a la oscuridad, el que todos hemos sentido, y que forma parte de la cascada de sensaciones que la narradora nos va describiendo que acuden a medida que indaga.

Tenemos el cóctel que conforman las leyendas, la superstición, la dosificación de datos acerca de la madre, que parece ser la persona con mayor peso en el relato, para ir creando, a su vez, un fantasma que es el propio relato, lo que tal vez esté oculto, lo que las aísla y convierte en seres especiales. Pero ¿especiales para quién? De eso se trata, de ir descubriendo ese vínculo que aterra, ese pasado que atemoriza, esas deudas pendientes. Lo que importa, en estos casos, es narrar sin perder el pulso a la narración, la intensidad que debe ir agrandándose a medida que pasan las páginas. Izaskun Gracia Quintana (Bilbao, 1977) lo consigue, nos regala una sencilla e inquietante novela corta que no desmerece en nada a los mejores relatos de misterio y terror que hemos leído o visto en televisión, como La pata de mono o La semilla del diablo.

miércoles, 3 de junio de 2026

ANUNCIOS

 

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Camila Cañeque

La uña rota

Segovia, 2026

239 páginas

 

 


El efecto que consigue Camila Cañeque (Barcelona, 1984 – 2024) es sorprendente: en una novela construida sobre todo a dos voces, una de las dos voces es muda. Es más, no solo es muda, sino que es nuestra voz, la voz del lector, que actúa exactamente igual a como actúa el narrador, que es tanco como decir observando. Cañeque divide la novela en dos secuencias que van alternándose. En la primera, quien actúa, al que llaman Don, está encerrado en su mísera buhardilla junto al narrador, al que escucha. La segunda secuencia tiene lugar en un bar y será, como es previsible, más plural. En la primera a lo que asistimos es a un extrañísimo monólogo; en la segunda casi llega a suceder un diálogo.

Pero antes que nada conviene ubicarse: estamos en Nueva York, la ciudad por excelencia donde suceden los grandes males de la civilización: la neurosis, las miserias, la soledad entre cuerpos, la supervivencia, el empuje hacia el nihilismo, la agresividad consecuente a la necesidad de salir adelante a toda costa, la fábrica de sueños junto con la frustración por la imposibilidad de conseguirlos, las diferentes versiones de la maldad, incluidas aquellas que triunfan. En esta ciudad Don intenta abrirse paso, desde hace años. Es músico, pura melomanía, y es un excéntrico, alguien que se pretende un vividor, pero que esta pose no parece ser nada más que una forma de justificar su estado de vida: no puede ni pagar el alquiler de una buhardilla tan minúscula que no es posible estar de pie en ella. Allí es donde se produce la actuación, delante de la narradora, que nos contará el monólogo interviniendo para poco más que acotar.

La narradora también acompañará a Don al bar, donde poco a poco se sumarán otras voces, otras personas que intuimos que son, también, corazones solitarios. Aun así, la narradora no abandonará su postura, su intención de limitarse a dar fe, a ser espectador, a acotar de vez en cuando, como podríamos estar acotando nosotros, los lectores, si deducimos el humor de quien está hablando a partir de la literalidad de sus palabras. Lo que sucede es que la vida al margen no es potestad de una sola persona, pero para vivir al margen es imprescindible saberse una persona única, y no parte de un rebaño.

Hay una participación también del alcohol en la obra, pues tanto Don como los otros personajes van bebiendo. Ahí es donde entra ese conflicto que es todo un clásico, acerca de si el que ha bebido más de la cuenta dice cosas muy sensatas o se limita a referir ideas extrañas, esas que nadie proferiría estando sobrio. En realidad, lo que lleva a esta gente al alcohol tiene que ver con el otro gran protagonista de esta novela, que es un protagonista elíptico, ausente, y que es la ciudad. Algo así de extraño, incluida la decisión de la narradora de guardar silencio y limitarse a ser testigo, solo puede ocurrir en el corazón de una civilización a la que en algún momento se referirán, un lugar que se trata sin cuartel, porque aunque sean escasas las veces en las que se refieren a factores ambientales, cuando lo hacen deducimos la crueldad de los mismos.

Somos lo que pretendemos ser, pero también lo que no nos queda más remedio que ser. Camila Cañeque compone aquí una interesantísima novela, no solo por hallazgo formal que encuentra, y que nos sorprende, sino también por ese trasfondo de denuncia, que bien podría estar afectándonos a todos en diferentes grados. La sensación que tenemos es la de haber sido nosotros los autores de este libro, porque somos nosotros los que asistimos a la representación, y esta contiene mucho, muchísimo magnetismo.


Fuente: Zenda