viernes, 13 de marzo de 2026

MI VIAJE CON BYRON

 

Mi viaje con Byron

John William Polidori

Traducción de Javier Fernández Rubio

El Desvelo

Santander, 2026

174 páginas

 



La mayoría de nosotros necesitamos mover todo el cuerpo a la hora de expresar un sentimiento. Solo así conseguimos que los demás comprendan a qué nos referimos y lo importante que es aquello que estamos expresando. Solo unos pocos han aprendido a no gesticular, ni siquiera frotándose las manos, cuando se les viene a la cabeza un pensamiento malvado. Para conseguirlo hace falta toda una educación y mucho entrenamiento, pues la inercia natural es a ratificar lo que uno dice con los gestos más locuaces. Ahí está la cruz de las cejas, con todas las versiones de sus arrugas, para corroborarlo. Pues bien, John William Polidori (Londres, 1795 – 1821) consigue ser una de esas personas capaces de mantener siempre el pulso firme, los rasgos intactos, sea lo que sea lo que le sale al paso, sea la que sea la decisión que tome.

El Desvelo publica esta pieza, los diarios del viaje que emprendió junto a Lord Byron, atravesando Europa, en una edición muy cuidada, traduciendo la del crítico William Michael Rossetti (1829 – 1919), con un aparato de notas a pie de página que no conviene perderse, pues van enriqueciendo el texto y nos transportan a posibles relaciones e interpretaciones históricas y culturales.

Es inevitable estar atento, durante la lectura, a cualquier referencia que nos vuelva a hablar de la relación de Polidori con Byron, o con Shelley o con cualquier otra persona de ese círculo, así como indagar acerca de qué es lo que pudo llevarle a idear al vampiro romántico. Pero esa historia ya se ha contado muchas veces, y aunque en el diario se asome en algún momento, de lo que se trata, sobre todo, es de dibujar un autorretrato involuntario. A lo que Polidori atiende es a reseñar qué es lo que le afecta, pero no descalabra su compostura, y a dejarnos intuir cómo le afecta. Estamos frente a un autor de corte sensitivo, un tipo que busca la belleza y que trata de trasladar al texto qué momentos definen esa belleza, que le llega, mayormente, a través de la vista. Esa es su intención, pero no su constante vital. Porque a medida que avanza, atravesando Europa, a lo que presta atención es a lo diferente, a lo que ve por primera vez, a lo que sospecha que no existe en el lugar de donde procede, en un Londres limpio y un tanto aristocrático. Y por momentos se encuentra con una pobreza que le es ajena y que ve con más espíritu de retratista que empatía. Porque con lo que se identifica es con aquello que llamamos alta cultura, con el arte, que será lo que sí busque a intención.

Hasta que llega a las ciudades italianas, donde sí comienzan las interacciones con otras personas, donde pasa a ser actor además de espectador, hasta el punto de darse una situación con un conato de duelo. De modo que el Polidori que se muestra en estos diarios no es un ser ajeno al mundo, sino que participa de él, y será esa participación la que podamos leer como algo tangencial a la creación de su vampiro romántico, aunque aquí destaca más el adjetivo, romántico, que el sustantivo, vampiro.

El diario se lee a buena velocidad, una con la que nos sorprende el autor, pues contrasta con el ritmo pausado al que debió tener lugar el desplazamiento. Para los amantes de aquel encuentro del que surgieron algunos de los monstruos clásicos, para los amantes de las atmósferas de época, este libro resultará delicioso. Los demás, disfrutaremos de conocer mejor a una de esas personas que tanto contribuyeron, posiblemente sin darse cuenta, a crear una mitología contemporánea. Y esa inmersión merece la pena.

miércoles, 11 de marzo de 2026

EL MENSAJE

 

El mensaje

Ta-Nehisi Coates

Traducción de Paula Zumalacárregui

Capitán Swing

Madrid, 2026

159 páginas

 

 


Siguiendo la estela de autores como James Baldwin o Angela Davis, Ta-Nehisi Coates (Baltimore, 1975) elabora su proyecto literario con una clara intención política: «Pero soy escritor y abanderado. Soy escritor y representante». Preocupado por lo que le atormenta y por qué le atormenta, así como por el sonido y el ritmo de las palabras, sabe que el trabajo de un escritor que pretende dar voz a quien no la tiene, herederos de quienes no la han tenido, es el de esclarecer. No pretende deslumbrar, sino encontrar y transmitir las explicaciones, y oponerse a los embusteros. El mensaje nace bajo el auspicio de unos encuentros con alumnos de periodismo a los que habla en términos literarios, planteando que todos los recursos narrativos y estilísticos están en función de la necesidad, de la historia tormentosa, de afectar al lector con la importancia de lo que nos estamos jugando. Coates es un activista, como lo eran Baldwin y Davis, y, además, nos demuestra en la transcripción de estos tres viajes, un autor de garantías, con potencia, con sobriedad, con recursos. Procede, confiesa él, de una estirpe de escritores autodidactas que sintieron que alguna verdad se les imponía y creyeron su deber atestiguarla.

El primero de los viajes le lleva a Dakar, el puerto desde el que salieron tantísimos barcos cargados de esclavos, de los que desciende él. Es una estancia breve, pero en la que va tomando conciencia de dónde procede y desde donde llegaron los que sufrieron la injusticia de la esclavitud. Hay un trasfondo de inseguridad en su relato, que proviene del hecho de mostrarse como un ser sensible, como alguien que ha ido allí para sentir el lugar y para sentir a la gente. Y después de visitar los lugares principales y encontrarse con el tipo de gente con el que se encuentra el viajero, terminar por hallar al tipo de gente que le enamora, activistas que luchan contra la corrupción del Estado o ahondan en la homofobia.

El segundo viaje le lleva a Carolina del Sur, donde defenderá su posición antirracista en un lugar donde se dieron las leyes más terribles contra ciertas razas. Mientras tanto, nos habla de su educación, formal o no, defendiendo que esta debe de producirse mediante el asombro y no utilizando la fuerza. Y enuncia los principios sobre los que se centra su proyecto como escritor, que tienen que ver con utilizar la palabra contra cualquier movimiento opresor, defender valores éticos que considera absolutos, como los defendía bell hooks, que es otro de sus referentes.

Finalmente, Coates llega a Israel cargado de unos principios intensos acerca del sufrimiento del pueblo judío y una necesidad que hay que reparar, pues con la redención no basta. Todo esto está muy bien, pero se da de bruces con la perpetración salvaje de otra injusticia, esta vez sobre el pueblo palestino: «se me ocurrió que seguía habiendo un sitio en el planeta —bajo patrocinio estadounidense— que se parecía al mundo en el que habían nacido mis padres». Su alegato será contra el colonialismo, su conversación con todos los que le salen al paso, en la que destacan los arrepentidos; su investigación se centrará, al margen de en lo vivido, en el relato que ha ido amparando al sionismo, y sobre éste lanza palabras enérgicas, pero el punto justo de cordialidad como para pensar que no le faltan razones: «Quiero deciros que vuestra opresión no va a salvaros, que ser víctima no os iluminará, que pude engañaros igual de fácilmente (…). Así pues, esta es otra historia sobre la escritura, el poder, los ajustes de cuentas; una historia no de redención, sino de reparación». Coates da una lección de periodismo y literatura a un grupo de alumnos, y una lección de defensa del que padece la injusticia a cualquier lector que se acerque, que ojalá sean muchos.


Fuente: Zenda

domingo, 8 de marzo de 2026

LA FOSA ABIERTA

 

La fosa abierta

Brigitte Vasallo

Anagrama

Barcelona, 2026

310 páginas

 



Si la vida tiene mucho de conflicto, también vivir nos ofrece algo con lo que compensar ese daño, y ese algo son las lealtades. Uno es leal a lo que sabe que es bueno, aunque el conocimiento de lo bueno se modifique a medida que comprueba como los actos afectan a las personas. Uno es leal a sus amigos y puede ser leal hasta a su linaje, que es algo que no tendría por qué perjudicar a nadie. Pero es posible que uno sea leal, para siempre, a sus inquietudes, eso que está tan ligado a las pasiones, a los enamoramientos. Esta obra contiene mucho de las lealtades de Brigitte Vasallo (Barcelona, 1973), expresada a través de un intento por explicar lo que supone para ella ser txarnega «desde un lugar que no tenga que ver con la tierra, sino con la emigración», le dirá una amiga. Hay que eliminar todo lo peyorativo que puede contener el término txarnego, para buscar algo más parecido a un asunto de familia, a una identidad familiar.

La piedra que arroja Vasallo al estanque es el intento de contactar con un aristócrata francés, al que atendió su madre como empleada doméstica. La pregunta consecuente, la que se repite en cada mensaje que envía, sin expresarla, es ¿por qué éramos pobres? Ser txarnego, ser pobre. Hablar de los emigrantes, de los campesinos, de los perdedores, y de sus contrarios: «Los que hacen la revolución en la asamblea y después maltratan al camarero. Esos eran, y son aún, los caciques». Y una comparación entre esa emigración y la que ella puede celebrar en propia persona, pues parte de este ensayo está escrito en Roma, donde la autora disfrutó de una beca. En el primer caso, el de los emigrantes, la necesidad era económica; en el suyo será la de establecer distancia, intentar mirar al pasado como se mira a un paisaje.

El espíritu de Vasallo, su inquietud, la llevará a tocar todos los palos, a saltos, transmitiéndonos una aparente actitud nerviosa, pero sabiendo muy bien a dónde quiere llegar, cuáles son sus reivindicaciones, cuáles son las buenas causas. De hecho, va desplegando capítulos cortos entregándonos la impresión de que estamos frente a una autora que es intelectual, a pesar de no querer serlo, de no identificarse con los intelectuales, sino con los emigrantes y los hijos de emigrantes, esos que no saben en qué agua nadar, esos que podrían estar viviendo una vida fragmentada. A la pregunta constante que es de dónde venimos, ofrece la alternativa de quiénes somos, con lo cual nos quedamos en la duda, en la impresión de que la identidad no es algo estable. Así pues, el texto orbita entorno a los temas, sin llegar a otra conclusión que no sea la de declarar su memoria, que es propia y es, al mismo tiempo, plural. Nos hablará de su experiencia y de la de su familia, y también de la historia de los perdedores, esos para los que cada paso es también una forja de la identidad propia y plural.

Vasallo nos demuestra que para aprender hay que tener voluntad. Ha escrito un ensayo vehemente, ocurrente, propio de alguien que sabe que en este mundo hace falta mucha rebeldía y que una demostración de rebeldía es la indisciplina social, porque la disciplina social solo sirve para cortar alas, para colgar bolas de preso en los tobillos.

jueves, 5 de marzo de 2026

GEOGRAFÍA ESCRITA

 

Geografía escrita

Álex Chico

Candaya

Barcelona, 2026

292 páginas

 



Todo comienza, y todo va a seguir sin resolverse, con el mito que supone intentar separar al turista del viajero. La definición ha ido cambiando, pero uno se siente tentado a decir que ante una figura como Marco Polo, todos somos turistas. Tal vez turistas sofisticados, en régimen de viaje barato, casual, pero turistas, al fin y al cabo. Aunque si la diferencia está en los sentimientos, es posible que el viajero sea aquel que cuando regresa prefiere que la gente piense que ha estado tocando el piano en un burdel antes que recorriendo el mundo. Relatar el viaje supone reconocer errores. Pero los errores son algo muy personal, como también son personales las causas que uno defiende. De lo que se trata es de no confundir la sensación de que te perforaba el estómago aquella comida en un mercado de Bombay con una crisis económica mundial. Viajar implica hacerte pequeño, no dar lecciones a nadie, y una cierta conciencia de antihéroe que no te va a permitir presumir ni del viaje ni de la conciencia. Viajar debería ser lo más parecido a desaparecer que pudiéramos lograr sin saltar al otro lado de la tumba. En el viaje ni siquiera va uno a administrar la derrota, así pues, lo que no hace el viajero es considerar su desplazamiento como una victoria. Para hablar de lo que sabe, piensa el viajero, ya habrá tiempo, porque recorrer mundo supone no terminar nunca un doctorado.

Estas reflexiones vienen a cuento de la lectura de Geografía escrita, la recopilación de artículos de Álex Chico (Plasencia, 1980) que con acierto publica Candaya. Chico parece muy consciente de cuál es la posición del viajero, la de la persona que desearía desaparecer, no estar presente, pero no dejar de caminar por un planeta que tiene tantísimas cosas buenas que ofrecer. Se llama aprendizaje, espíritu de aprendizaje, y Chico hace una buena demostración de en qué consiste, sin dejar de atender a sus puntos fuertes como lector de literatura y de parajes: es una personalidad inquieta. «Los nexos entre lo que está fuera y lo que permanece dentro», es el leitmotiv del autor, que va descubriendo despacito lo que es, lo que va siendo y lo que habría podido ser de haber girado por la calle anterior. Reflexivo, sensato, con el punto justo de presunción para no imponer sus pareceres, que quedarán flotando como dudas, Chico va construyendo un mundo particular en el que lo importante es que todo esté bien escrito, y con ello no nos referimos solo al texto en sí: ojalá todo esto tenga sentido.

Cuando pasa por Tánger recuerda las palabras de Eduardo Jordá (otro gran viajero y mejor escritor): «patria moral que se han buscado todos aquellos que jamás podrán tener una patria», antes de calificar a la ciudad como el lugar donde desearía encontrarse. Ese lugar es, en cada capítulo, el lugar donde se encuentra —La Paz, Berlín, Lisboa, su natal Plasencia—. En el capítulo dedicado a Lisboa comienza diciendo: «Cualquier escritura corre este riesgo: el de no acceder al objeto que designa, porque es imposible captar la avasalladora plenitud del otro». De eso se trata. A la hora de reflejar el viaje uno debe ser consciente de sus limitaciones y de las limitaciones del lenguaje. Así es como Chico construye este yo desde el que nos habla, un yo que necesita para recordar que ha viajado, aunque es, por otra parte, alguien con el que debatir si uno no debería desprenderse de él a la hora de retratar el viaje. Por todas estas ideas que brotan durante la lectura, Geografía escrita es un libro que se merece la mejor de las suertes.

miércoles, 4 de marzo de 2026

¿QUÉ BUSCAS, LOBO?

 

¿Qué buscas, lobo?

Eva Viežnaviec

Traducción de Andréi Kozinets

Gatopardo

Barcelona, 2026

169 páginas

 



Lo primero es el alcohol y el porqué del alcohol. El personaje que nos presenta de inicio Eva Viežnaviec (seudónimo literario de Sviatlana Kurs, Minsk, 1972) es a una mujer alcohólica, en un grado que la lleva a tener problemas para la integración social, y lo primero que nos preguntamos, nada más empezar la lectura de este impactante libro, ¿Qué buscas, lobo?, es a qué se debe tanta necesidad de alcohol. Ryna, la protagonista, sin querer, de la historia de su aldea, regresa varios años después de una emigración que a medida que avancemos en la lectura nos daremos cuenta de que es un exilio que se impone a sí misma. Pero ni el alcohol, ni el exilio, ni los años han conseguido curar la gran herida que supuso la vida de la aldea. Enseguida nos daremos cuenta de la tristeza incómoda del lugar, y poco a poco iremos conociendo la violencia que allí se ha sufrido durante un largo periodo del siglo XX.

Comenzamos en una época en la que apenas había medios de comunicación, en la que las cartas tardaban semanas en llegar, lo cual permite hacer verosímil este lugar, que Viežnaviec reproduce tras una atenta investigación. Es un microcosmos, una aldea aislada, como lo era Comala o Macondo, solo que este lugar ha existido. Viežnaviec trabaja sobre algo tan real como es la memoria de quienes allí habitaron, para retroceder en el tiempo junto a Ryna. Lo que consigue es un efecto de ficción, de crónica inventada, pero lo que nos aturde es saber que se trata de un testimonio. Otro autor se habría valido de este material para escribir una saga familiar o un voluminoso libro plural, pero Viežnaviec reduce todo lo que ha obtenido a lo que impresiona. Ni siquiera hay adjetivos. Narra sin recursos estilísticos, porque el estilo se pega a lo importante como la piel a los huesos del cráneo. Hay que sobrevivir a tiempos de sangre, de plomo, a las guerras y a las entreguerras, a los pogromos y a las revoluciones. Estamos rodeados por el bosque, que es la marca de la frontera, y así protegemos nuestras costumbres, nuestros prejuicios, pero corremos el riesgo de quedarnos sin aire cada vez que entre una nueva violencia. De hecho, el lugar tiene mucho de los entornos clásicos de los cuentos de hadas que vinieron del Este, pero aquí se ha sustituido cualquier posible magia por un realismo de lo más crudo.

Contamos con el apoyo de seres marginados, entre los que destaca la abuela de Ryna, la curandera, que no debe hacerse notar porque ya pesa demasiado su fama. Todos ellos son seres que ven como su vida se decide desde otro lugar, más allá del bosque, donde están los poderosos. A ellos apenas les queda otra certeza que no sean las viejas supersticiones. Ni siquiera la memoria es un buen refugio, como nos damos cuenta cada vez que Ryna recurre a ella y se encuentra, por ejemplo, con un padre sanguinario o con la trágica ausencia de una madre, pues quedó huérfana desde muy joven. ¿Qué pasa, lobo? es un viaje a los que sufren el efecto de lo miserable. El efecto es de lo más desconcertante, porque uno se da cuenta de que está leyendo algo con forma de apuntes —subcapítulos cortos, toques de atención, miradas breves hacia uno y otro lugar— y, sin embargo, sale de la obra con la impresión de haber estado tratando con alguien que tiene un conocimiento profundo, y ese conocimiento es contagioso. Y es que esta obra contiene, sobre todo, un fuerte impulso vital.

 

Fuente: Zenda

miércoles, 25 de febrero de 2026

TELÉFONO

 

Teléfono

Percival Everett

Traducción de Javier Calvo

De Conatus

Madrid, 2026

290 páginas

 

 


Tal vez esta sea la regla número uno para mantenerse vivo: si te quedas quieto, no eres nadie. No se puede vivir por inercia. En algún momento, por mucho que tu pretendas que todo se congele, lo que sucede a tu alrededor te afecta y te obliga a tomar partido. En esta novela de Percival Everett (Fort Gordon, Georgia, 1956) se utiliza el concepto de necesidad a esa toma activa de postura, y se representa de manera extrema: el azar empuja al protagonista, a nuestro narrador, a querer salvar a un grupo de mujeres sometidas a esclavitud. Eso que hemos designado como azar sucede dentro de un contexto brutal, bajo el empuje de una enfermedad terrible que sufre la hija del narrador, que será el verdadero motor de la acción de nuestro protagonista. La novela, debemos decirlo desde el principio, funciona como una maquinaria perfecta. Hay una tensión que no decrece, hay intriga y hay, sobre todo, unas relaciones entre los personajes que son de muy alto calado humano.

Lo primero que sabremos es que el narrador es consciente de que va a contar algo que es muy interesante. A pesar de ello, tarda unas cuantas páginas en soltar la noticia, la enfermedad de su hija, que le lleva a plantearse que todo lo que es, todo lo que ha sido durante cuarenta y dos años, no sirve de nada. La niña tiene doce años cuando la diagnostican una enfermedad rara, degenerativa y si tratamiento. Pero durante esas cien primera páginas hemos asistido a lo cotidiano como construcción de lo que va a salirse de lo cotidiano, manteniéndose, eso sí, dentro de los cauces de la realidad. Un profesor universitario mantiene una bonita relación con su hija, en la que cobra especial importancia las partidas de ajedrez, mientras nos va describiendo una vida en la que nos preguntamos qué traumas le han construido y cuáles son los límites de su personalidad. Es un tipo que está descontento con casi todo y no tiene ningún reparo en expresarlo. Apenas le saca de su rutina las insinuaciones de una alumna y la relación con una colega. Mientras tanto, vamos recibiendo, desde un segundo plano, una relación con su mujer que está construida sobre la rutina familiar. Hay respeto a la vez que costumbre, y sospechamos que, de haber escuchado la voz de ella, ese respeto sería mutuo. No sabríamos decir si existe una crisis de pareja.

Pero a partir de la noticia, asistimos a un cambio de percepción del narrador, que se preocupa más por los detalles, sin terminar de interpretarlos, y también se preocupa por la afectación sobre su familia. La sensibilidad hacia su mujer y la extrema preocupación por su hija, se imponen. La demostración es el viaje a París, el sueño, el mito, pero también el último deseo. Al protagonista le sigue resultando imposible naturalizar la muerte, que ha sido, en buena medida, lo que le ha inmunizado contra tantas cosas, pues las de sus progenitores fueron trágicas, la del padre, y complacida, la de la madre. En cualquier caso, inusuales y prematuras. Hasta que una nota encontrada en una camisa comprada por internet le lleva hasta un lugar perdido de Nuevo México, donde comienza una investigación en la que tendrán lugar nuevos encuentros, con gente que le apoya o le advierte, y también con dos personajes cuya aparición nos lleva a recordar la de otros dos tipos siniestros que serán la asfixia del protagonista de Victoria, la novela de Conrad. A partir de ahí, y contra cualquier desarrollo posible de los acontecimientos, lo que se impone es la necesidad. Necesidad de salvar, necesidad de sentir que salva, ya que no puede hacer gran cosa por la persona que más quiere. La novela tiene un desarrollo que nos intriga y mantiene atados a ella, pero es, por encima de todo, una representación muy emocionante de las relaciones humanas.


Fuente: Zenda

martes, 24 de febrero de 2026

A MEDIA LUZ

 

A media luz

Joyce Carol Oates

Traducción de Carme Camps

Lumen

Barcelona, 2026

712 páginas

 



En algún punto de las tripas de esta extraordinaria novela, Joyce Carol Oates (Lockport, Nueva York, 1938) hace decir a uno de sus personajes: «Quizá Lionel quiere salvar su propia vida, cariño». Sobre esto trata A media luz, la obra que recupera Lumen, publicada por primera vez, en el idioma original, hace veinticinco años. Nos encontraremos acompañando a un grupo de personajes que han superado los cincuenta años o tienen una relación muy especial, de enamoramiento, con personajes que han superado esa edad y contienen mucho magnetismo. De hecho, la acción se inicia con la heroica muerte de un hombre al que admiran y quieren varias mujeres de una localidad que hasta ese momento bien podría haber sido un ambiente cerrado. No sabemos nada del pasado de este personaje, y averiguar algo sobre él será la misión final de alguien que se ha visto muy afectada por la desaparición. Pero antes hemos ido siguiendo a cada una de las personas que han orbitado en ese ambiente casi de aldea, en el sentido en que podrían ser ambiente de aldea los lugares donde suceden los relatos de Carver, y hemos ido descubriendo que cada uno de estos personajes es dueño de su propia novela. Lo que sucede es que todas las vidas orbitan, a su vez, en las vidas de los demás, y no solo a través de los enlaces con el tipo muerto.

Joyce Carol Oates teje con maestría esta estructura en la que se impone la sensación de lo imposible que es rellenar con nada ciertos vacíos. Pero, a pesar de todo, no conviene bajarse del tren de vivir y cada uno de los personajes buscará una forma de reinventarse. Todo comienza con el empuje de la muerte, de ese sentido de lo efímero que a uno le queda al tomar conciencia de ella. Algo que cobra especial relevancia al encontrarnos en una sociedad media tanto por la clase social, aunque varios tengan la vida demasiado bien resuelta, como por la edad y la formación. Y luego está este misterio coral en el que todos parecen participar, y que tiene que ver con la atracción que el personaje ocasionó entre mujeres que necesitaban salir de una vida más bien gris. Carol Oates se va deteniendo en las reacciones, físicas y emocionales, de cada personaje, que van alternando el protagonismo según comenzamos un nuevo capítulo. La verdad es que consigue darles tal empaque que al lector le parece que lo más interesante es lo que le está sucediendo al personaje con el que trata en la página en la que se encuentre.

Pero el retrato coral es el retrato de la mediana edad, en la que casi todos han elaborado una doble vida, la segunda con aspecto volátil, porque en esa segunda vida el combustible es el deseo. Nos encontraremos con las luces y las sombras, con las pequeñas miserias y con un desarrollo que bien puede tener final trágico o feliz, o no tener un final. En cualquier caso, todos pretenden que algo se desencadene en su vida, y, en buena medida, a partir del fallecimiento deciden que algo, pequeño o grande, tienen que hacer para provocarlo. Tal vez un enamoramiento, tal vez intentar seguir la estela artística de este hombre que hacía esculturas con la técnica del object touvée, tal vez idealizar la soledad, tal vez la adopción insensata de perros cuando tu marido, que tiene alergia al pelo de las mascotas, se ha alejado, tal vez comenzar un romance con una amante punki, tal vez huir intentando no dejar rastro. Como suele suceder al terminar las novelas de Joyce Carol Oates, uno sale observando a su alrededor con un espíritu diferente, considerando que debería conocer el relato completo de la vida de cada persona con la que se cruza y tener en cuenta que está, muchas veces sin darse cuenta, elaborando su propio relato.

miércoles, 18 de febrero de 2026

DIARIOS INDIOS

 

Diarios indios

Chantal Maillard

Tusquets

Barcelona, 2026

209 páginas



 

Para relatar un viaje es necesario estar quieto. Los aventureros que supieron dar forma literaria a sus viajes lo hicieron cuando se hallaban quietos, en sus casas, alejados de las colinas africanas o las selvas del sur de América. Richard Burton escribió su paso por las Montañas de la Luna en el mismo sitio en que redactó un manual de esgrima. Pero sí existe un género en el que combinar literatura y viaje, y este es el de los diarios. Ahora recuperamos los de Chantal Maillard (Bruselas, 1951), preciosos, que son poemas en prosa, que están diseñados para leer despacio y nos lleva a preguntarnos, en consecuencia, a qué velocidad viajó esta mujer. «Cuanto más desacostumbradas sean las situaciones a las que tengamos que enfrentarnos, más sencillo es proceder a la observación de la propia mente», explica en el prólogo, aclarándonos cuál debe ser el fundamento del viaje. «En Jaisalmer (…) experimenté con intensidad los límites de lo acostumbrado. En Bangalore me inicié en la dureza de la compasión y comprendí que este sentimiento nace más de la fiereza que del dulce y decadente apiadarse propio de la burguesía cristiana, pues, lejos de ser una modalidad del enternecimiento, arranca de la conciencia del dolor ineludible y del mal de existir», aclara, un poco más adelante, para que sepamos qué debería suponer viajar a la India. Estamos frente a una autora que nos hablará sobre los sentidos, los sensitivo, lo sensible, y lo hará con un tono lenitivo, de esos que consiguen que veamos las emociones: «Aprendo mis límites proporcionalmente al deseo que tengo de convertirme en mirada y descansar en ella».

La constante es preguntarse quién es uno y luego relativizar esa pregunta, porque uno es el que está aprendiendo y aprender no puede suponer estancarse. De ahí que la cuestión de la identidad esté siempre en movimiento. Pero sí busca una verdad, y esa verdad tiene que ser poética, a la fuerza tendrá que ver con la poesía y con la transformación perenne. El presente es infinito y, nos atreveríamos a decir mientras leemos a Maillard, debe de ser eterno. Como la poesía, que se centra más en lo que es o en lo que está que en el punto de vista: «Estamos donde nos proyectamos. Fuera. El error fue establecerse dentro». Por tanto, hay que centrarse en lo que nos afecta, que son más las dudas que las soluciones. Solo podemos seleccionar de entre las dudas, de entre lo que se cruza por nuestra mirada, contemplarlo, antes que resolverlo. Afrontamos así lo inestable, lo vulnerable: «A menudo la locura deja de parecerlo cuando forma sistema. Su verdad es su eficacia. A menudo también el sistema se convierte en locura cuando pierde su unidad infringiendo sus límites».

Pero ¿cómo ser observador y sentir compasión sin intervenir? Primero lo poético, después vendrá lo político, porque lo poético hunde sus raíces en el respeto y lo político corre el riesgo de romperlo si no ha conocido antes la poesía. De ahí que convenga comenzar por libros como este, donde Maillard muestra los movimientos del pensar, las intuiciones y las contraintuiciones, deseando un ojo inocente. Será crítica con las religiones desvelándolas sin rencor, y regresará mostrándose menos asombrada, pero más limpia, tanto como para atreverse a versificar. De lo que trata estos diarios, en definitiva, es de la necesidad de construir un templo interior. ¿Por qué un templo? Porque es el edificio humano más respetable, donde todos tienen cabida, menos los mercaderes.

martes, 17 de febrero de 2026

KOLJÓS

 

Koljós

Emmanuel Carrère

Traducción de Juan de Sola

Anagrama

Barcelona, 2025

449 páginas

 



Pasamos por esta vida siendo muchas cosas, pero lo que es común, tal vez lo único que es común, es que todos somos hijos. Es posible que gracias a ello estemos sobreviviendo al colapso al que asistimos. Si nos centráramos en ser padres, en que mucha gente es padre o madre, no sería soportable vivir con la conciencia del mundo que se destruye. Otro factor común es la sensación de que el tiempo es el lugar donde la luz se ha tejido y destejido a lo largo de nuestra vida, lo cual supone que pensamos y sentimos a partir del pasado, de la memoria, donde las cosas no estuvieron tan mal, algo que recobramos con especial interés a medida que se acerca el otoño de la edad. Ahí es donde se ve Emanuel Carrère (París, 1957) que ya es consciente de que muchos trenes partieron hace tiempo hacia su destino y la vida le ha dejado, como a todos, heridas en la memoria amarilla. La más importante, la vida que compartió su madre con él, una persona que ya no está y a la que le debe un rescate, un homenaje en el que duda sobre la calidad de la discreción con que debe estar escrito. En cualquier caso, Carrère no puede dejar de ser fiel a sí mismo, a su estilo y a sus estrategias, ni siquiera cuando la época de los sentimientos es más intensa. Koljós está escrita con su energía, que es la que necesita para hacer algo de justicia a título póstumo.

Como en su obra anterior, nos encontraremos con algo de biografía, algo de historia, algo de periodismo, apuntes entrelazados que atienden a los detalles, pero que todos unidos nos hablan de algo general, de la imposibilidad de separarnos de los demás y de lo que sucede en nuestro tiempo. Descubrimos la gente excepcional que ha ido rodeando los días de su madre o los propios, o de la que ha tenido noticia y quiere representar como tal. Lo que cobra valor es su mirada, la construcción que hace a partir de lo que recibe, esa impresión que uno tiene al leerle de estar leyendo lo que le ha construido a él literariamente. Su intención es la de poner orden en el caos, porque la memoria puede ser mucho caos dado que todo está almacenado en el mismo estrato. A la hora de reflejarlo por escrito, es obligatorio ir tomando partido, dar prioridad a lo que sea en cada momento, porque no es posible hilar de otra manera este amontonamiento que son los sucesos y las angustias, esa sensación que uno tiene durante los viajes a la memoria en la que todo está sucediendo al mismo tiempo.

Estamos en un mundo en el que la clase social condiciona, en el que la madre de Carrère llegará a ser una intelectual bien considerada, una autoridad francesa en un asunto que será tan valioso para explicar el planeta como es la historia de Rusia. Pero previamente ha estado presente en las épocas duras, en esas en las que el adjetivo convulso es un eufemismo. Pero los retratos de estos periodos están construidos tras darse cuenta de qué es lo que le ha afectado a la gente y, sobre todo, en qué puede haber afectado a la piedad filial, que es la obsesión de Carrère que flota a lo largo de toda la obra, al margen de lo que esté hablando, incluso cuando termina centrándose en la guerra de Ucrania. El caso es que mientras indaga, mientras investiga, el autor va topándose con escollos de diferente graduación. Para él, cada obstáculo es un motivo más para afrontar el reto, sin reparar en cómo de discreto debería mostrarse si estos atañen a las figuras de sus padres, por ejemplo. Carrère, ya lo sabemos, se muestra como un autor que considera que todo pudor es un falso pudor. Ni siquiera se detiene ante lo que pudo suponer la herencia del síndrome de Ulises en sus progenitores, descendientes de exiliados georgianos, un condicionamiento que también atraviesa Koljós.

Un cierto sentimiento de culpa se va trasluciendo, como si Carrère no estuviera del todo conforme por lo que le ha configurado. La pregunta que surge es, por qué escribir, entonces, si el libro no va a despejar nada, no va a arreglar esa sensación que tiene de que no pertenece a la época que le ha tocado vivir. Es posible que de eso trate la obra, de considerar que el mundo no está donde debería estar ni en el momento en que debería estar, de que figuras como Putin son realidad cuando deberían ser ucronía, de que no está ocurriendo lo que se supone que debería ocurrir. Y, a pesar de todo, en las distancias que atañen a las relaciones entre padres e hijos, no dejamos de tener presente lo importante que es quererse.

lunes, 16 de febrero de 2026

CRUZ DEL SUR

 

Cruz del Sur

Claudio Magris

Traducción de Pilar González Rodríguez

Anagrama

Barcelona, 2026

161 páginas

 



Tal vez exista la felicidad de la niebla en las ventanas junto a la de los vuelos de las golondrinas, al igual que puede existir la felicidad de la música de la verbena y la comer higos a la sombra de un árbol. Puede que existan muchas formas de felicidad, algunas que nos resulten increíbles, algunas que tengan lugar en lugares tan remotos y con un clima demoledor, donde respirar es un riesgo, como sucede, o puede suceder, en la Patagonia. Sobre todo en la Patagonia de hace unos cuantos años, en el tiempo en el que no estaban trazados todos los mapas y el que llegaba allí, el que estaba descubriendo, podía inventarse mientras inventaba el mundo. Eso es lo que les sucede a los personajes a los que presta atención Claudio Magris (Trieste, 1939) en este libro, Cruz del sur, que, como cabe esperar de cada obra del autor italiano, es una lectura maravillosa. El adjetivo maravilloso no es un adjetivo cualquiera: se refiere tanto a digno de admiración como a fenómenos mágicos. Magris mantiene su estrategia narrativa intelectual para atraparnos con las historias de tres personas que quisieron hacer de la Patagonia su tierra: fundando una cultura, como rey o entregándose a ella religiosamente. Relata sus vidas sin dejar de mostrarnos que está investigando sobre ellas. Es capaz de integrar las referencias y las fuentes de información sin que nos demos cuenta de que ha interrumpido el relato biográfico, porque la propia investigación es también relato.

Estamos en un tiempo en que comenzó a inventarse el mundo moderno, en que se apuntaba a formas de colonización —cultura, política, religiosa— que podían fracasar si se intentaban en lugares inhóspitos. Se trata de un territorio donde campa la pobreza, ingrato a causa del clima, en un tiempo en que no ha llegado ninguna administración y se puede dar cualquier situación de injusticia. Allí vamos a conocer otra cultura, que es tanto como decir, deduciendo del planteamiento de Magris, otra sinceridad. Magris no oculta su admiración por ciertas pasiones, que podrían antojarse difíciles de admirar, como la locura ridícula de quien pretende hacerse rey por el sencillo hecho de nombrarse rey. «También los grandes ríos desconciertan con frecuencia a los potamólogos», concluye al finalizar su primer relato, el de Benigar, que luchó por construir una sociedad en lo que el autor califica de ingenua utopía. Y es que la ingenuidad va quedando entrelazada con la pasión en estas biografías. Pero hay que recordar la etimología de la palabra ingenuo, que viene del latín ingenuus, que quiere decir nacido libre. Magris escribe para recordarnos el significado de esta palabra, ingenuo, para lo cual construye tres pequeños poemas épicos. Tal vez de corte un tanto intelectual, pero poemas al fin y al cabo.

Magris nos recuerda que vivir es plantearse una vida salvaje, es una combinación de sensibilidad y resiliencia, es sostenerse en la última frontera. Y para llegar a estas conclusiones practica otra pasión, la de la lectura. Se convierte en un narrador que no olvida su condición de lector, nos recuerda que no es posible crear, en este caso literatura, sin haber construido un sustrato en condiciones: «Cada capa que se considera la última revela siempre otra debajo; del mismo modo, cada historia abra una trampilla hacia otras historias más escondidas». Así es como se estructura una investigación, que en algún momento cabe dar por completa, o al menos lo bastante completa como para dar por bueno el relato con todo lo que desea comunicar. Cruz del sur es un libro híbrido, mestizo e intelectual, de difícil encasillamiento en ningún género. Pero eso poco importa, cuando lo que tenemos delante es una obra que atiende a las pasiones y a la inteligencia, sin decepcionar a ninguna de las dos.


Fuente: Zenda

miércoles, 11 de febrero de 2026

COSECHADORA UNIVERSAL

 

Cosechadora universal

John Darnielle

Traducción de Javier Calvo

Aristas Martínez

Badajoz, 2026

314 páginas

 



Uno aprende a guardar imágenes de seres queridos para sentir el testimonio de que estuvieron ahí, para asegurarse de que fueron importantes y con la esperanza de que ocupen el hueco que dejaron al marcharse. Pero esto puede llegar al paroxismo cuando lo que hacemos es buscar a seres queridos, porque un día desaparecieron sin abandonar este mundo. Dado que tampoco sabemos los motivos de su desaparición, la herida no parece que vaya a resultar fácil de cerrar. Pero puede motivar lo bastante como para emprender una búsqueda que tiene mucho de narración, de construcción de un relato que, como en este caso, tiene lugar en tres diferentes décadas. La narradora tendrá una motivación suprema para elaborar esta obra, que aparenta estar narrada desde la omnisciencia pero que, nos hace sospechar de vez en cuando, es una novela construida por alguien que está investigando. Esta estrategia le da mucha verosimilitud a la ficción, a la que cabe añadir la aportación de los picos de intriga, bien dosificados, y la relación de vidas cotidianas, o casi cotidianas, que ocupan buena parte del espacio sin que el interés de la lectura decaiga.

La primera parte nos llevará al tiempo en que alquilábamos películas VHS en los videoclubes y a un lugar donde la gente siente afición por la pesca. Estamos a finales de los noventa en una localidad de seis mil habitantes, un poco apartada de las leyes que rigen en Chicago o Baltimore. Y el protagonista de estas páginas tiene veintidós años, una edad en la que hay que arrojarse al vacío de hacerse mayor, y vive con su padre tras la desaparición de su madre, años atrás. Este muchacho emprende una investigación sin medios, entre los vecinos, cuando descubre que algunas de las cintas están adulteradas por trozos de vídeos domésticos grabados sobre la película original.

En la segunda parte seguimos a una pareja con una hija, que tienen una vida de presupuesto ajustado. Sentimos ciertos problemas de comunicación entre ellos, entre los tres miembros de la familia. Pero ella, la madre, comienza a asistir a oficios religiosos como medio de compensar la crisis que le embriaga. Esto ocurre años antes de la historia que aparece en la parte anterior. En la tercera, se plantea un relato coral, en el que varias personas normales dan la sensación de tener vidas normales, en un tiempo más contemporáneo al de la escritura de la novela. Una familia encontrara videocasetes con grabaciones antiguas, grabaciones de la calle, de algo que aparentemente no es nada. ¿Cómo dar coherencia narrativa a todo esto? Joh Darnielle (Bloomington, Indiana, 1967) posee mucho talento, es un buen narrador, como ya había demostrado en La casa del diablo, y se vale de esa facilidad para no enunciar frases vacías, estructurando la novela en capítulos más bien cortos. Pero a medida que uno va adentrándose en la lectura, irá descubriendo el valor que cobra un personaje secundario, que se construye en hilo que cose la narración. No queremos desvelar nada más sobre este personaje. La sensación que transmite Darnielle es que su preocupación es describir, a través de unas situaciones extrañamente especiales y con su dosis de angustia, cómo es la vida en un lugar aislado, a pesar de las carreteras. Hay algo que permanece a lo largo de las décadas, y ese algo, esa definición de cotidiano, es lo que le preocupa, porque considera que es lo que talla a los personajes y, posiblemente, a las personas que habiten en tantos territorios americanos que se asemejen a esta localidad.  Cosechadora universal es una novela que no decepciona, como no decepcionan las personas que quieren ajustar cuentas sin molestar a nadie. Un libro que merece la pena leer.

DESPEDIDAS

 

Despedidas

Julian Barnes

Traducción de Jaime Zulaika

Anagrama

Barcelona, 2026

213 páginas


 


Uno se da cuenta de que ha vivido con escamas en los ojos cuando llega la hora en que debe afrontar desnudo lo que le queda por vivir. Se trata de la vejez y se trata de la relación directa con la muerte. Aquí lo han titulado Despedidas, pero en inglés el título que Julian Barnes (Leicester, 1946) elige para su último libro bien puede tener otros significados: Departure(s), que bien podría ser algo así como Partida(s), que no se antoja muy comercial. Pero a estas alturas, este no es un criterio para leer a Barnes, un autor que cuenta con un buen número de seguidores fieles, y al que deberían descubrir quienes todavía no se hayan atrevido a leerle. Lo más lamentable de este libro, es que Barnes confiesa que será el último que escriba. Ya tiene edad para despedirse, para partir sin necesidad de cambiar los pies de sitio, y opta por una obra en la que se reflexiona sobre la senectud, las vísperas de la muerte, el amor y la memoria. En realidad, vuelve a ser un libro muy vital, una celebración del pequeño acto de levantarse de la cama cada día para afrontar una nueva mañana. Barnes ha resultado ser uno de nuestros mejores compañeros en el oficio de vivir y es con este espíritu con el que le leemos.

Despedidas comienza con una reflexión directa sobre la memoria en la que no podía dejar de estar presente Proust. También un poco Virginia Woolf. A diferencia de los dos autores que tanto aprecia, el estilo de Barnes es directo, va al grano, no se enreda ni busca preciosismo. Es autobiográfico y sentimental, pero da la sensación de que escriba de una manera tan depurada que elimina toda tentación al exceso de estilo, lo cual le transforma en un escritor que sabe que hay que depurar el lenguaje, y en eso consiste su estilo. Es difícil poner una sola pega a la forma de escribir de Barnes, que funciona como el mecanismo de un reloj a disposición de los asuntos sobre los que quiere hablar. En este caso, y tras la memoria, será el amor de juventud, reflejado en una pareja de amigos universitarios, a los que él mismo presentó. Mientras tanto, mientras recuerda, tiene que hacerse consciente del desgaste de su cuerpo cuando le anuncian un cáncer en la sangre que, para mantenerlo a raya, le obligará a mantener una dosis de quimioterapia oral el resto de sus días. En realidad, lo que trasluce el texto en estas páginas es la consagración de la amistad como el bien más preciado, como el motivo que sostiene en nosotros todo lo que ha merecido, merece y merecerá la pena vivir.

De hecho, Barnes pasará a continuación a reflexionar sobre el amor y las relaciones de pareja, sobre querer y quererse, sin olvidar que está narrando y que se está dirigiendo a unos lectores que le entienden y que quieren entenderle. Es entonces cuando nos damos cuenta de que a lo largo de toda su obra, hemos estado leyendo a un autor que destaca por su inmensa capacidad de percepción. Tal vez sea esta cualidad la principal característica de su literatura: haber estado atento y saber cómo transmitirnos lo que ha ido descubriendo, separando el grano de la paja y sabiendo que al lector hay que sorprenderle respetando su inteligencia. Es entonces cuando termina por desvelar qué sucede con sus amigos, la pareja universitaria, que se separaron en la juventud y se reencuentran en la vejez, para volver a ser pareja a través, nuevamente, de la intervención de Barnes. El resultado, como en las últimas obras de este autor, es un libro híbrido, una obra que añade luz, pero sin deslumbrar, porque lo hace es esclarecer, apartar tinieblas y mostrarnos que todo lo que atañe a la muerte, al amor y a la memoria, a la condición humana, sigue siendo un tema sobre el que no se escribirá jamás la última palabra.


Fuente: Zenda

miércoles, 4 de febrero de 2026

AUTOBIOGRAFÍA DE MIS PERROS

 

Autobiografía de mis perros

Sandra Petrignani

Traducción de Andrés Catalán

Nórdica

Madrid, 2026

219 páginas


 


El problema que se destila de la denuncia de este libro de memorias, el asunto que se denuncia es cuánto hay de farsa en las relaciones personales. Sandra Petrignani (Piacenza, 1952) elige a los perros como eje vertebrador de la obra, pero lo que se deduce es el aprendizaje necesario para relacionarse con las personas, sobre todo con las parejas, aunque también con algún amigo íntimo. Con los perros las relaciones son más sinceras, especialmente para alguien que demuestra toda su sensibilidad en el cariño hacia las mascotas, entre las que también se incluye algún gato: «Y quién sabe, tal vez si hubiéramos llevado nosotros también una máscara habríamos encontrado el valor de seguir otro destino aunque solo fuera por el espacio de un día». El comentario, que surge a partir de una vivencia durante los multitudinarios carnavales de Venecia, podría ser también una metáfora acerca de nuestra actitud en las relaciones: gracias a las máscaras podemos disimular, podemos transformarnos, podemos eliminar de nuestro interior hasta los sentimientos de culpa, pues, al fin y al cabo, todo fue una actuación.

Autobiografía de mis perros es uno de esos libros que los autores consideran imprescindibles, pues algún capítulo ha quedado sin cerrar y les gustaría revisitarlo. Petrignani hace una demostración de sensibilidad a lo largo de cada página, en la que despliega un estilo funcional, más de registro que con intenciones expresivas. Su talento no está ahí, sino en la selección de episodios significativos, esos que uno atesora, esos que le han modelado y que, a la fuerza, no pueden haber significado nada malo. De hecho, las asociaciones y el orden nada cronológico que sigue, nos habla de una persona que por fin se da libertad a sí misma, y esa libertad, que no es la de las grandes aventuras, que es cotidiana, la comparte con el lector. Como comparte que el espíritu creativo tenga muchos vínculos con los catálogos de amores. Aunque el impulso, la chispa que ha encendido este motor, nos golpea hacia el final del libro, un episodio que no desvelaremos, pero que justifica con creces la necesidad de relatar a través de la compañía de las mascotas, mientras nos describe también la compañía de las mascotas. Petrignani en realidad está hablando de las dificultades de lo civilizatorio, lo que construimos los humanos, incluidas las relaciones, frente a lo natural de lo poco salvaje que se nos permite en las ciudades, que son los animales de compañía. Cada perro y cada gato ha sido una amistad fiel, constante, sin altibajos, sin farsa, sencilla, mientras que las de las personas están sujetas a demasiados desencuentros, a demasiados malentendidos, a demasiados despechos innecesarios.

Al final conviene poner en su sitio nuestras propias leyendas. Recordamos a cada persona que hemos conocido con una estatura que, sin darnos cuenta, hemos adjudicado. Conviene preguntarse si esa estatura es la que les corresponde, si hemos atinado en la creación de nuestros mitos, si la memoria acierta, si no nos convendría reconciliarnos ajustando nuestro pasado, que es tanto como decir los vínculos que fuimos creando y la calidad de esos vínculos. El problema, que Petrignani trata de solventar, es el de extraer la parte más tierna de cada relación y ponerla por delante de cualquier tipo de malestar. Sabemos que no existe posibilidad de decepción cuando hablamos de nuestros perros; sabemos que el único inconveniente que tiene su compañía es el dolor de la pérdida; sabemos que nos dirigen un cariño incondicional y que está justificadísimo eso de llamarlos el mejor amigo del hombre; ahora se trata de poner en su sitio, precisamente, a quienes deberíamos responder con la misma lealtad, a quienes deberíamos aprender el sentido de la amistad de estos animales. Autobiografía de mis perros es un libro sencillo sobre un tema que nos acompaña desde que el ser humano aprendió que somos seres tan pensantes como sintientes: por qué no cerramos las heridas que se provocaron en las relaciones con los demás.


Fuente: Zenda

domingo, 1 de febrero de 2026

EL ROMANCE DE LA VÍA LÁCTEA

 

El romance de la Vía Láctea

Lafcadio Hearn

Traducción de Emilio Jaramillo

Satori

Gijón, 2026

178 páginas

 



El mundo siempre ha tenido sus miserias y los agoreros de sus miserias. Ante ellos cabe la postura, que es la que elige Lafcadio Hearn (Santa Maura, isla de Léucade, mar Jónico, Grecia, 1850 — Tokio, 1904) en esta obra, de prestar más atención a los mirlos que a las voces que anuncian que el infierno ya está aquí. De lo que se trata es de dejarse deslumbrar cada día, y de encontrar lo hermoso allí donde otros ven lo cotidiano. Adaptado a la vida en Japón, a donde emigró con cuarenta años, Hearn no cesa de escribir desde allí, sobre la vida de allí y, al mismo tiempo, de reproducir los relatos que allí va aprendiendo. Corre cierto riesgo de caer en interpretaciones orientalistas, es cierto, pero él ignora qué diablos son esas suposiciones sobre las que escribió Edward Said. En cualquier caso, para transmitir su amor por Japón será siempre muy respetuoso.

En esta obra, El romance de la Vía Láctea, combina unos apuntes sobre la cultura y la literatura popular japonesa con alguna leyenda que ha ido recogiendo. El resultado es delicioso, tanto como para merecer esta cuidada edición que Satori ha preparado, una de las editoriales que mejor cuidan al libro en nuestro país. Es muy complicado tratar de analizar cartesianamente una obra que no está elaborada desde el razonamiento. Hearn no es ajeno al pensamiento crítico, pero elige la entrega pasional y sabe transmitir desde esas pautas. Todos podemos ir imaginando, junto a él, ese país delicado, en el que es fácil caminar, en el que los cantos de los mirlos se sobreponen a las voces de los chatarreros. Y cualquiera que lea este hermoso libro, deseará largarse a esos lugares para sentir el descanso que la lectura transmite.

Es posible que en el Japón que Hearn conoció hubiera barro, miseria, violencia, pero su elección es clara y es honesta: indicarnos que hay un camino para purificarse y que este camino está sembrado de encanto. Será este concepto, encanto, el que se imponga en la lectura, el que nos traslade, durante un buen rato, a un lugar en el que no nos importaría vivir. Y no es posible un elogio mayor que éste: el de garantizar que la obra transmite la paz que existe en algún sitio al que podemos trasladarnos.