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jueves, 22 de marzo de 2018

PELEA DE GALLOS

Pelea de gallos

María Fernanda Ampuero

Páginas de Espuma
Madrid, 2018
115 páginas

Rara vez, por no decir ninguna, nos habíamos encontrado frente a un escritor que narrara como si estuviera todo el rato describiendo. No hay frase de descanso, no hay reposo en las elipsis, no hay nada que no sea descripción, porque los actos, los gestos, las reacciones están en función de una concepción del mundo en la que nadie se salva. Se es víctima o victimario, pero igualmente participe de una literatura que es un trabajo, convertido en una moral que nos engulle por falta de aire, porque lo pordiosero abunda. Y duele. El estilo es siempre denso y el ritmo concentrado. Y la vida es lo que sucede por haber puesto mal los enchufes: los apagones, los cortocircuitos, los calambres y hasta las muertes. Todos los personajes parecen haberse emborrachado con una sopa que en el caso de los más desfavorecidos se llama bodrio, y en el de la burguesía el bodrio es la digestión que hacen de ella. A los personajes de María Fernanda Ampuero (Guayaquil, Ecuador, 1976) se les podría llamar excipiente de productividad. ¿Suena duro? Lo es. De hecho, cualquier reseña se quedará corta.
Las mujeres están bien jodidas (con perdón). La violencia sucede, los abusos suceden, la sangre sucede, como sucede la muerte y los besos podridos. También la memoria de la infancia, que no pudo ser feliz, por mucho que lo intentara, hasta el punto de que mientras relatan los personajes se dan cuenta de que su memoria ha sido falsa. Su infancia fue sucia, como lo es su realidad. Tristes e insultados, sobrevivieron por la naturaleza de la respiración y la digestión de pan rancio. El mundo es hostil, tanto como para resultar imposible encontrar tu lugar. Hay muchachas a las que no se las quiere ni para el sexo de los borrachos y otras a las que se las hace sangrar con la violencia del sexo. De hecho, el primer relato habla de alguien que elige ser muy desagradable para sobrevivir en este mundo ingrato. Hasta la menstruación hace de las niñas una monstruosidad de cara a la gente con quienes conviven, aterrorizadas por su padre, por las monjas… porque lo religioso también incrementa la sensación de angustia. La violencia llega hasta a las pasteleras que han dedicado toda su vida a fabricar tartas para los cumpleaños. Claro que a quien ya no es niño, una muerte más le trae sin cuidado, porque ya no desea su tarta con forma de Barbie.
El silencio será sinónimo de basura y las mascotas se comen a sus hijos. ¿Rezar? ¿Para qué? ¿Para qué sirve la ilusión de creer que hay un consuelo más allá del mundo de los injustos? Del mundo de las enfermedades venéreas, de la religión, del fetichismo, de la prostitución y del machismo, del exceso de machismo. El odio se instala hasta entre los que podrían sacar provecho, y los ataques de locura son privilegio de los ricos, su forma de destrozar el mejor mundo posible y permitir que continúe la miseria. La superficialidad de la clase alta no se escapa a la mirada de Ampuero. Nos habla de mujeres burdas y obscenas. Después de leer esto, ¿a alguien puede quedarle ganas de atreverse con el libro? Sí, deberían. Porque tal vez el mundo sea feo, pero Pelea de gallos es un libro sincero. Y, desde luego, consigue lo que pretende. Lejos de los convencionalismos, los relatos hacen saltar por los aires las normas del género y nos presentan a una narradora dotada de un oído extraordinario. Alguien que sabe reflejar en un texto lo que registra con la mirada. Una escritora de gran calibre.

Fuente: Culturamas

viernes, 9 de marzo de 2018

EL COLOR AMARANTO

El color amaranto

Cuentos completos

Antonio Ferres

Gadir
Madrid, 2017
402 páginas

Estas son las cosas que nos hacen seres humanos: querer; la nostalgia y haber tenido una infancia o estar teniendo una infancia, no abandonarla a la suerte de la mala memoria; lo que uno sabe y lo que uno ignora; caminar, el paisaje;  los viajes al sur; la justicia, el sentido de la justicia y maldecir la injusticia; la imaginación, un abrazo, descubrir y volver a descubrir lo que uno ya había descubierto; ese punto de miedo que nos salva la vida; el mar; salir de una celda, de cualquier lugar que uno pueda considerar una celda; la fruta; los hijos que tuvimos; el caballo y las estrellas; uno de los pocos momentos bonitos que uno tuvo junto a su madre, un segundo de poesía; el compañero en la guerra y el compañero en esa otra guerra que es la vejez. En definitiva, todas las cosas que siempre han estado allí, y de las que Antonio Ferres (Madrid, 1924) da fe en los primeros relatos de este volumen. Se trata de piezas breves, en muchos casos un paréntesis en la vida que, como sabemos es algo que nos sucede y que no tiene argumento, ni trama ni desenlace.
Poco a poco los cuentos se extienden, porque Ferres pretende y consigue resumir ese trozo de vida que es la vida de una sola persona, por lo general, un desconocido. Pero todas las vidas forman parte del rompecabezas del universo y por tanto todas merecen un relato, detenerse en ellas un poco. Lo más frecuente, lo más normal, lo cotidiano, lo que supone despertarse, desayunar, lavarse los dientes, salir a trabajar y lo que viene a continuación, merece ser reseñado.
Y luego está la guerra real, la de las bombas y los muertos a sangre, la que arrasa con lo poco de humanidad que queda cuando llega el odio. Esa que condicionó la existencia de Antonio Ferres y junto a ella, su literatura. Estamos frente a uno de los grandes escritores de realismo social de la lengua española. La inquietud por el paso del tiempo es el tema del realismo. Como lo es la eterna pregunta de qué sucede tras la muerte, sobre todo tras la muerte de los demás, de aquellos a quienes queremos o que nos han querido. Ferres haya un refugio, en los peores momentos, en una tangencia con los experimentos literarios. El monólogo interior, la monomanía, el surrealismo y la escritura semiautomática, la gente que no tiene con quien hablar y habla sin saber qué decir, los que han llegado al límite pero conservan la voz, las figuras y las imágenes simbólicas que para alguien deben de poseer un significado que conviene rescatar. Unos pocos cuentos que podríamos calificar como vanguardistas.
Hasta que vuelve a su lugar, donde se encuentra como pez en el agua, pero sabe que el agua está contaminada. Vuelve al realismo a través de los emigrantes en Estados Unidos, los chicanos, cuyo lenguaje reproduce de manera depurada y nos relata utilizando el presente. Es un mal que está sucediendo. El ansia de estar vivo es, tal vez, el tema que atraviesa todos sus cuentos, también los últimos, en los que regresa a la España más profunda, allí donde hubo una dictadura cruel a pesar de la cual uno puede contener en su memoria un momento precioso.

Fuente: Culturamas

jueves, 22 de febrero de 2018

RELATOS DEL MAR


Relatos del mar
AA.VV.
Alba
Barcelona
Mayo, 2014
583 páginas



Existen algunas metáforas de la vida elaboradas con acierto: la lucha puede ser una de ellas. Aunque nos gustaría elevar a reina en los altares la vida entendida como viaje. Y luego está la intervención de la geografía en nuestra cultura para entender qué es la vida: un río. Un río que va a dar al mar, que es el morir. Entender el mar como la muerte es apartarlo de su anterior designio, privarlo de lo que significó para la humanidad antes de que se colonizaran los reinos del interior, las mesetas, las montañas, los desiertos. El mar, la mar, era entonces la madre de la vida, la fuente de riqueza, las rutas del comercio y el comienzo de la aventura. Y vivir una vida sin aventura es una manera de vaciarla de contenido. O de vaciarla de felicidad. Pero el mar sigue siendo una forma de felicidad en los cuadros de Sorolla, en los versos de Alberti. Puede haber otras versiones de la felicidad, como en el chocolate caliente con la niebla pegada a la ventana, la música de fiesta bajo un emparrado o la solidaridad frente a las tragedias. Pero muy pocas pueden competir con el mar muy azul.
Tal vez no en todos los modelos con que representamos el mar haya felicidad, pero es casi imposible eludir la exégesis romántica. Por muy gótica y oscura que sea su representación, siempre habrá un aspecto emocional que llevará al límite nuestra sensibilidad, nuestros miedos y nuestros deseos. No existe un fenómeno geográfico que lo iguale, o que lo haya igualado hasta la fecha en el mundo literario, a no ser que la abundancia de novelas y relatos urbanos nos obligue a emparejar a la invención de Caín con los fenómenos naturales. Resultaría complicado elaborar una antología de literatura de montaña o de literatura de desiertos, a pesar de la maestría de Paul Bowles o Theodor Monod, del calibre de este Relatos del mar. De Colón a Hemingway, que recientemente ha traído la editorial Alba a nuestras librerías. A no ser que consideráramos el planeta dividido en dos fenómenos geográficos básicos, dada su extensión: el mar y la tierra. Y resultaría más difícil tal propósito si nos atuviéramos a los criterios de edición de esta antología, meditadamente occidental, mezcla de crónicas y ficción, y referida al tiempo contemporáneo, el que abarca desde el descubrimiento de América a nuestros días. Puede señalarse un carácter un tanto eurocéntrico, excepto por las intervenciones de los escritores norteamericanos, y un poco anglófilo, dada la abundancia de autores en lengua inglesa. Pero la literatura del mar más cercana debe demasiado a esos viajeros y escritores, hasta el punto que resultaría comprometida una antología elaborada con otros criterios.
Apenas cabe hacerle algún reproche a la selección. Parte de Antonio de Pigafetta y su relación de la primera vuelta al mundo, y termina con Roald Dahl y sus bromas macabras. Por el medio, la variedad da fe de lo versátil que es la presencia del mar: danzan las leyendas, varían las crónicas personales, nos visitan brutales piratas reales, se da pie al estudio de la condición humana y su carácter moral, se nos introduce en el miedo y el extrañamiento de los esclavos; arribamos a las sensaciones góticas y al mundo de los fantasmas, se desencadena toda la fuerza de la naturaleza, nos hace creíble cualquier presencia en su inmensidad, nos presenta hasta la posibilidad del milagro; se alienta el terror hacia las bestias y los tiburones, afrontamos el horror extremo en los naufragios, nos convertimos en melancólicos observadores que viven en el pasado, aguardamos a lo desconocido con miedo hasta de la calma chicha; el terror alcanza escalas planetarias, la orilla viene a recordarnos la membrana que separa la vida de la muerte, o el mar se convierte en un decorado imprescindible; conocemos a los marineros canallas y vividores, a los capitanes heroicos, a los amotinados de la Bounty cuya leyenda se alimenta de la realidad; un espejismo nos lleva al deseo del mar; mezclamos lo trágico y lo grotesco del hombre en situaciones al límite; exploramos la supervivencia, nos adentramos en la dureza del mundo de los pescadores; viajamos sobre el mar, porque el mar es un camino, agonizamos, confundimos realidad y ficción; el sueño de la libertad se transforma en un peligro o el mar en un reposo; nos encontramos en soledad y la soledad es la aventura; pasamos al otro lado de la tumba, recibimos una lección de surf como una forma noble de relacionarse con el mar; vemos cómo el mar se inmiscuye en territorios secos a través de lo espectral, rescatamos tesoros, descubrimos las horribles tesituras morales en las que nos coloca la guerra, e incluso luchamos por sobrevivir con un habitante de las profundidades.
De la relación de varios de los autores cabe esperar lo mejor –Conrad, Stevenson, Henry James, Hemingway, Maupassant, Melville, Tolstoi, etc.-, y también el descubrimiento de obras significativas en la literatura del mar, como diarios de piratas reales o de traficantes de esclavos. Cabe cuestionarse un poco la inclusión del cuento de Kafka, en el que la presencia de una barca entre los dos lados de la tumba nos remite más a Caronte y la laguna Estigia que a los océanos, haciendo de esta elección algo forzado. Y, como siempre, dentro del excelente nivel que presenta el libro, hay que destacar la aportación de Chejov, quien con su relato, Gúsiev, justifica todas las horas que uno quiera dedicarle a la lectura de un volumen mucho más que recomendable.

Fuente: La línea del horizonte

lunes, 5 de febrero de 2018

MUNDO EXTRAÑO

Mundo extraño

José Ovejero

Páginas de espuma
Madrid, 2018
185 páginas

Hace poco reseñábamos aquí el libro de Carlos Frontera, Andar sin ruido, un conjunto de relatos concebidos como unidad, con estilo, forma y contenido que hacían de él algo compacto, no una mera recopilación de obras breves extraídas de aquí y de allá. En ese sentido, obras como la de Frontera se hallan en un territorio que tiene mucho en común con la novela. Lo que define como relatos a la obra es una cuestión de distancia con todas sus consecuencias: el conflicto se apunta, no se extiende, o se cierra el libro varias veces, con finales inesperados, y no una sola; la novela crea un continente, el relato una isla. Este Mundo extraño es una recopilación. La unidad del volumen hay que buscarla en otro lugar que no sea la predisposición, las intenciones del autor. Hay que buscarla en la personalidad de José Ovejero, o al menos en la personalidad a la hora de escribir relatos a lo largo del tiempo que le llevó en escribirlos. Se trata de saber si detrás existe un proyecto literario. Y para resumirlo de una forma que la mayor parte de la gente entienda, este es al relato lo que los hermanos Cohen es al cine.
El cine, como la novela, crea un continente, un mundo. De hecho, le ha robado ser el mejor medio narrativo. Pero a estas alturas, el cine influye en la literatura en la misma medida en que bebe de ella. Todavía podemos rastrear la influencia de Maupassant en buena parte de la cinematografía occidental, por ejemplo. De ahí que Mundo extraño sea un proyecto lícito, que pertenece a un género que podríamos llamar realismo grotesco. Lo verosímil se lleva al límite y si la escritura no está en función de algo, se corre el peligro de caer en el manierismo. Digamos que eso es lo que distingue a Fargode El gran salto, por mantenernos dentro de la filmografía de los Cohen. Tal vez exista algún relato en Mundo extraño que tropiece un poco, pero en un conjunto que reúne más de quince piezas, es casi hasta fundamental permitir que el autor, y con él los lectores, se relaje: no se puede ser sublime sin interrupción. Lo que queda, a la postre, es el mejor de los relatos y el sabor a los límites de la realidad que presenta el conjunto. Ovejero recurre a narradores que le obligan a un ejercicio de estilo, pero no a un ejercicio de exceso de estilo. Estamos en la mente y la boca de uno de los personajes y nadie piensa con frases como las que escribía Borges. El cinismo se impone cuando la clase social es alta, así como otras facultades que la herencia puede permitir: vivir para llamar la atención o ser, sencillamente, idiotas, cada uno en su especialidad. Así abre el volumen, que continuará con la exploración del arte, influido por la realidad, y la realidad, influida por el arte, a través de un oficio de poca consideración en ese aspecto, excepto en los concursos de Navidad, como es el de escaparatista.
En el libro hay una serie de relatos sobre la familia, o la farsa de la familia, pero también otros en los que se encuentran desconocidos. Entre estos se establece una relación que, intuimos, guarda un secreto, como la demencia senil de los dos ancianos que atienden a un vendedor de seguros o el rollo hortera que se establece entre un músico y una cubana, durante la gira del primero por el país de la segunda, con mucho sexo y las intenciones de conseguir un visado para que ella viaje a España. Entramos en la dinámica de una pareja sadomasoquista o en la cabeza de una mujer secuestrada por sus hijos, con el sentido del oído y de la imaginación hiperdesarrollados, hasta el punto de hacer de las estatuas de jardín, las que representan a dioses griegos, su ilusión, su resto de vida. Al final del libro nos quedamos con un tipo desnortado hasta el extremo, con su vida hecha pedazos y él escondiéndose, ocultándolo, con la mente también hecha pedazos, digresiva y sin control. Antes hemos estado con adolescentes de ciudad y de pueblo pequeño, todos en crisis emocional, porque crecer duele. Y el conjunto se sostiene sobre el temperamento de la literatura de Ovejero, o al menos de la literatura en tanto que distancia corta, pues una novela escrita con esta predisposición habría que leerla con cuidado, no fuera a sacarnos de la realidad para meternos en la farsa que es la realidad.

Fuente: Culturamas

viernes, 2 de febrero de 2018

FURTIVOS

Furtivos

Tom Franklin

Traducción de Javier Lucini
Dirty Works
Barcelona, 2017
230 páginas

Donde no llega la realidad, tiene uno que valerse de la ficción. Para regresar al lugar de origen, con los dos polos magnéticos activos en la memoria, o recurres a la imaginación o vas a pasar por una crisis que deja a la adolescencia en un juego de niños. Los condados boscosos que se extienden entre los ríos Alabama y Tombigdee son los protagonistas de este conjunto de relatos que, ya se encarga Tom Franklin (Alabama, 1963) de aclararlo en la introducción, acapararon su infancia y adolescencia, a los que regresa siendo adulto porque necesita cierta reconciliación. Como uno no puede volver a vivir su pasado, recurre a la recreación a través de relatos en los que la caza y la devoción religiosa, sobre todo la caza, ocupan el primer plano. Para que el realismo sea más patente, conviene exagerarlos un poco. El lenguaje es muy propio del relato americano, al que está acostumbrado el lector americano y que ya se está imponiendo en todo el planeta, es Carver y es Cheever. Un lenguaje de recursos reducidos al hueso. De él se sirve para ocultar que está exagerando un poco lo que sería el realismo, para ocultar el manierismo, aunque aquí viene a cuento recordar la frase conocida que dicta que la realidad supera a la ficción. O al menos la iguala. La realidad bebe de la ficción en la misma medida en que la ficción bebe de la realidad. Lo que importa no es que estos relatos se manejen en lo que fue, sino en lo que pudo haber sido.
Para Tom Franklin, volver al territorio boscoso y a los humedales de la caza, “es un poco como cazar furtivamente en una tierra que ya no me pertenece”. Sentirse extranjero en cualquier tierra, incluyendo las de la infancia, es la mayor sabiduría. “Regreso con todo lo que he aprendido. Vuelvo a donde la vida muere con lentitud y cazo historias como un furtivo. Cazo como un furtivo porque quiero recuperar los senderos antes de que sea demasiado tarde, antes de que retumben los últimos camiones madereros y las viejas y oscuras costumbres queden taladas para siempre”. Este volumen es, en buena medida, un acto de dar fe de un mundo, otro más, que agoniza. De ahí que muchos de los seres que lo pueblan estén deshumanizados: borrachos, violadores, racistas y hasta asesinos. Que solo algún retazo de amistad salve a alguna persona, rodeada de actos ilegales, ilícitos, que no son de recibo, fronterizos, propios de almas enfermas, de gente que no quiere saber nada de la gente. En ese sentido, el grado de humanidad con que se expresa es semejante al de Faulkner que es, sin duda, su maestro.
Como en Faulkner, la sociedad provinciana en la que se mueve, impermeable, como si la justicia se encontrara a mil kilómetros de distancia, los estratos sociales son parte de la enfermedad: “Compra revistas Playboy, las hojea una vez y luego me las da. En eso consiste ser rico”, dice uno de los narradores, en una frase que resume mejor que cualquier ensayo el contenido de la injusticia social. Llevada al extremo, es de lo que se sirve para el relato, largo, que da título al libro y con el que lo cierra. Tres hermanos se han criado solos en el bosque, en el pantano: su madre murió tras el parto de una hija muerta y su padre se suicidó. No tienen otra moral que la de un anciano que regenta una tienda en la que todos los productos han caducado, la única persona dispuesta a ayudarles. Como los productos, el cáncer hace de él un hombre caducado. Escrito a modo de Thriller, el relato nos lleva a un mundo tétrico, oscuro, al territorio del mal. Nos recuerda a John Connolly, por ejemplo. Previamente, hemos asistido a la codicia en una mina de grava: nada hay más alejado del sentido de la riqueza que la piedra sin valor.
O en lugar de plantearse relatos redondos, con su muerto o su mentira, sigue a un niño o a un adulto que repasa qué tipo de gente se encuentra a su paso, minúsculas biografías decantadas de la conciencia de un territorio hostil en el que el tiempo con un buen amigo anula la maldad. Porque no todos los relatos son redondos. Franklin es capaz de escribir un relato sobre un relato que no sucede, de postergar la acción pero mostrarnos el contenido. Así y todo, sus personajes idealizan el modo de vida americano, y se valen de él para engañar a un viejo que regenta una gasolinera, al que le compran un rinoceronte disecado, su reclamo, regalo de un hijo a un padre, para que otro hijo se lo regale, a su vez, a un padre, o para que dos parejas, que no sabemos en qué medida se conocen, jueguen al póker. Para los amantes del relato, para los amantes de la literatura americana y para los que quieran descubrirla, Tom Franklin resulta ser uno de los mejores entre los más recientes.

Fuente: Culturamas

lunes, 1 de enero de 2018

LA SABIDURÍA DE QUEBRAR HUESOS

La sabiduría de quebrar huesos

Pablo Matilla

Témenos
Barcelona, 2017
156 páginas


Este, lo decimos ya, es un libro de lector. Entra en la categoría que denota el bagaje de lecturas de las que puede presumir su autor, Pablo Matilla (Mieres, 1986). Cada uno de los relatos que lo componen corresponde a un recurso diferente, cada uno nos recuerda a un autor diferente, y cuando está a punto de dejarnos de sorprender, recurre, entonces sí, a la personalidad propia, que es la que atraviesa el libro y tiene mucho de melancolía. Sorprende, porque el lenguaje que utiliza y los temas que trata no parecen tocarla ni de lejos: desde el minimalismo distante de Carver a la parte desagradable de la vida y, sin embargo, lo que uno reconoce en el libro como mundo propio de alguien que todavía tendrá que construir su obra, es la memoria. Y nada es más propio de la memoria que la melancolía.
No importa qué personaje sea el que ponga voz, ni que el relato sea más o menos fantástico. Lo que se impone, una vez leído cada uno de los relatos, es el pasado, lo viejo o los viejos, o las ruinas, incluso el oficio de forense nos remite a la melancolía, por muy crudo que sea sacar ojos de los muertos. También está Bogart, cuya forma de encender cigarrillos es la más melancólica de la historia del cine en blanco y negro, la ópera y un pintor como Degas, que lamentaba tanto haber dejado de ver a las bailarinas, sin mirarlas directamente, sin contemplar el cuadro completo, que las pintaba con una delicadeza con la que solo se trabaja el mimo de nuestros mejores recuerdos. Hay un circo que, como no podía ser menos, es decadente, un viejo músico pobre que triunfó quién sabe cuándo y en qué lugar de América, un manicomio, donde la melancolía es patológica también para los amigos y pariente de los reclusos, y está, no podía ser menos Edgar Alan Poe. Uno tiene la sensación de que tal vez esta no haya sido la intención de Matilla al escribirlos, de que él trataba de hacer pura literatura, con referencia a Poe, sí, pero también a Cortázar, a Borges (¿quién no ha querido ser Borges en algún momento de su vida literaria?) y al género fantástico que frecuentó junto a su amigo Bioy Casares, tal vez el autor al que está más próximo, finalmente, el propio Matilla. Como él, practica la pasión por el cine negro, la lectura y las preguntas acerca de los cadáveres. Como él, su estilo es tan popular como intrigante resulta lo que esconde. En algún momento, puede que sospechemos de la presencia de un espíritu, con toda la polisemia de este término. Y también existe la realidad, por supuesto. Pero en la realidad de Matilla cada individuo no comparte la suya con los demás. Da la sensación de tratarse de realidades tabicadas.
Pero estas no son las únicas paredes. La violencia no traspasa la piel. Está contenida y termina por transformarse en una forma de locura. De hecho, en alguno de los relatos el detonante es un tipo que piensa que para triunfar se precisa ser agresivo y mata la melancolía, mata el pasado. No es un reproche, pero nos encontramos frente a un autor que hace de los temas una literatura reaccionaria: las cosas fueron un día mejor que como son ahora. ¿Hasta dónde podrá llegar la literatura de Matilla? Es mejor no preguntárselo, porque también contiene esa monomanía de la literatura de actualidad, que es la identidad, preguntarse por algo tan evidente que, dado que la literatura no es el arte de ver, jamás se terminará de resolver en términos de texto. Pero por ahora, eso sí, nos deja unos cuantos monstruos que llevan dentro unos cuantos personajes, entre los que cualquiera de nosotros podríamos ser uno de ellos. Este libro es, lo comentamos al principio, un viaje por la literatura.

jueves, 28 de diciembre de 2017

MÚSICA NOCTURNA

Fuente: Oculta Lit

Música nocturna
John Connolly
Traducción de Victoria Ordoñez Diví
Tusquets
Barcelona, 2017
445 páginas

Años después, y todavía guardando la sorpresa que supuso el primer volumen de la saga del detective Charlie Parker, Todo lo que muere, uno descubre que las razones del apego hacia Connolly no se deben solo a lo oscuro y a la intriga. Se deben a la literatura. Todo lo que muere representa una revolución en la novela policiaca: tiene mucho de thriller, una trama perfecta, un pulso de altísimo voltaje y añade un trasfondo fantasmagórico. ¿Mezcla de géneros? Tal vez. En cualquier caso, una novedad en las sagas de novela negra: resulta que la razón no es lo que se impone, que no existe una explicación del todo sensata a la resolución del problema. La puerta abierta a otro mundo, uno desde el que llega a la Tierra la maldad, o el origen de la maldad, acierta a dejarnos con el aliento encogido, con ganas de conocer en profundidad a estos personajes. Chalie Parker, el protagonista de la saga, es un tipo normal al que se le atribuye una supervivencia que no es de este mundo. Y los otros personajes, los colaboradores, los amigos, esos sí, esos son creíbles, pero no totalmente verosímiles: contienen un punto hiperbólico que es parte de la propuesta literaria de Connolly. Nuestro consejo es aceptar el pacto y seguir leyendo su obra.
Los siguientes volúmenes de la saga mantienen el tono, que no evita lo gore, lo descarnado, lo atroz, lo sobrecogedor. Aunque le resulta difícil mantener el pulso a lo largo de los ya catorce volúmenes, todos de más de cuatrocientas páginas, en la última entrega, La canción de las sombras, recupera lo mejor de sí mismo y vuelve a azotar a nuestro ingenio y a nuestra razón. A Connolly hay que leerle con todos los órganos del cuerpo, incluida el alma que, para él y para los habitantes de la saga, es un órgano más.
Pero si algo nos ha ido llamando la atención, al margen de la inmensa calidad de quien tal vez sea el mejor autor de novela negra vivo, son los agradecimientos que figuran al final de cada volumen. La cita a numerosos libros, algunos de ellos de compleja relación con lo que acabamos de leer, epata. De ahí que aconsejemos, vivamente, leer esta Música nocturna, un volumen de relatos y un ensayo, que vive al margen de la región noroeste de Estados Unidos, donde habitan tanto Charlie Parker, su detective, como Stephen King, su héroe de adolescencia. Por fin podemos dar fe de las lecturas de Connolly y de que entre las razones por las que seguimos leyéndole, seguimos queriéndole, al margen del cariño que sentimos por los personajes, es la literatura. En este volumen se recogen unos relatos y un ensayo que explican de dónde viene esta dedicación, este enamoramiento. Ser fiel a la adolescencia, sí, a Stephen King, su refugio durante la etapa de formación, su Bildugsroman particular. Pero también a muchos clásicos. Entre ellos a Poe, a Stevenson, a Henry James, a Lovecraft o a cierta parte de Lovecraft, a W.W. Jacobs, a Mary Shelley tan juvenil como demoledora en su Frankestein, a Conan Doyle o a M.R. James, su favorito. Pero también a series como Doctor Who o La cúpula, a clásicos más allá de los mencionados, capaces de crear mundos paralelos, como los creaba Borges, como los creaba Chaucer. Todo ello, y mucho más, está contenido en la literatura de Connolly, que no se queda, como tantos autores de novela negra, en el entretenimiento. Connolly quiere saber la razón del mal, porque nadie, ninguna religión, otro asunto presente en su obra, le ha conseguido explicar no ya de dónde viene, sino en qué consiste. Nadie ha definido qué es la maldad y por tanto no puede saber nada de ella. Así se presentan estos relatos, alguno de ellos encadenados por un libro que representa el infierno o la apertura a la puerta del infierno para que este entre en la Tierra, algunos más suaves, más juegos literarios.
La confrontación de la justicia con el mal, o contra el mal, queda flotando, amargamente, en la obra de Connolly. Ambas pertenecen a otros mundos. En este, tenemos la razón y tenemos la ley. Con un éxito sin precedentes en la historia de la literatura, en su obra conviven ambos mundos, sin que la frecuencia de la literatura choque: coinciden las ondas y monta unos artefactos que nos consumen como lectores. Cuando llega el siguiente volumen de Connolly, los demás libros se apartan. Es él quien mejor explica, en el breve ensayo, cuál es el tema que atraviesa sus páginas: “Sentía curiosidad por la disparidad entre la ley y la justicia, la diferencia entre nuestro imperfecto sistema humano de justicia y la posibilidad de una justicia divina, y las consecuencias que la existencia de esta última podría tener para con los orígenes del mal. También me interesaba crear nuevos formatos literarios, híbridos de tradiciones ya existentes, porque creía que en la experimentación residía el riesgo”. Entonces la literatura se le imponía. Hoy, a pesar de estar catalogado como un autor de género, es él quien dicta en qué consiste la literatura. Hoy, John Connolly es uno de los grandes escritores vivos. Lástima que la academia solo preste atención a lo solemne.



martes, 19 de diciembre de 2017

ANDAR SIN RUIDO

Andar sin ruido

Carlos Frontera

Páginas de espuma
Madrid, 2017
156 páginas

La noche es más inverosímil a medida que pasan los sueños. Las primeras imágenes parecen todavía querer agarrarse a la realidad y no nos resulta difícil descifrarlas e incluso interpretarlas. No precisamos de un diván vienés para saber qué significa que nuestra madre se esté ahogando en un pozo y no podamos rescatarla. Pero los sueños no funcionan con la lógica de la realidad y detrás puede venir una langosta en tierra seca o te ves desnudo en medio de la Plaza Mayor. Algo parecido les sucede a los cuentos que forman este libro, que van perdiendo verosimilitud a medida que los leemos. Como si Carlos Frontera (1973) se permitiera a sí mismo la libertad de ir revelando su mundo, a corazón abierto, según va ganando la confianza del lector. Porque, eso sí, la gana. Llega un momento en que uno no sabe cómo catalogar los relatos. Si existe el realismo sucio, ¿existe el onirismo sucio? Pues en ocasiones lo roza e incluso lo crea. Lo que seguro que existen son las ideas azules oscuras, casi negras, que a la fuerza o vienen con humor o son insoportables.
El humor de Carlos Frontera es inteligente, pero es también común. Lo que ocurre es que él se atreve a atravesar unas puertas que nos parecen prohibidas por culpa de la conciencia. Y la conciencia, a la hora de la verdad, es un contrato social. Hay que romperlo y para ello nada mejor que tratar sobre lo más cercano, el padre, la madre, la pareja. Excepto en un par de casos, los más atrevidos, uno de ellos en grado de violencia y escatología, la voz es la de un hombre que está en edad de casarse o ha estrenado matrimonio no hace mucho. Y, claro, están los suegros. Todos juntos forman una semifamilia, una familia incompleta. Que la familia es una farsa es una idea que debería calar ante de evitarnos más disgustos. El día que Carlos Frontera se plantee decirlo en serio, nos hallaremos frente a una obra que romperá la tradición comedida de un país que, en ese sentido, sigue siendo conservador. Aquí el humor, surrealista o próximo en ocasiones a ciertas revistas cómicas, sirve de enlace para que el lector no se abrume con esta idea.
Frontera escribe, si nos ponemos serios, con rizomas sintácticos. Se reirá al oír esta expresión, pues él se limita a ponerle puertas al lenguaje del narrador y repetir las palabras en un juego de ideas encadenadas. Se permite ser normal y volver a la casilla de salida tantas veces como lo manden los dados, algo para lo que hace falta mucho talento. Algo que sucede, siempre, en las relaciones de pareja, tanto en los monólogos como cuando les expones los problemas a los amigos. Las novias son una manifestación egoísta del amor, no por culpa de ellas, sino por el hecho de que nos plantea en qué consiste estar enamorado si no sirve para fines propios. En ese sentido, y gracias a su estilo y su mundo sencillo, se permite decir lo que todos hemos pensado sin que parezca una falta de educación. Aunque los personajes, sobre todo los narradores, no esconden sus taras y sus déficits a la hora de querer y dejarse querer. Bueno, en realidad, no se sabe bien si alguno de los personajes se atreve a dejarse querer. No da esa sensación y la mutilación se los lleva por delante. Hasta tal punto que, debemos advertir, alguna de las piezas no son relatos puros. Algunas son piezas breves, pero nada de presentación, nudo, desenlace. Gestos o arrebatos por delante de lo puramente narrativo. Para lo cual, repetimos, Carlos Frontera posee un talento que el día en que se le imponga otro tipo de obra, nos va a sorprender, otra vez, a todos.
Fuente: Culturamas

jueves, 14 de diciembre de 2017

CUENTOS DE KAMANTE

Cuentos de Kamante
Memorias de África
Traducción de José Luis Fornieles Alférez
Confluencias
Almería, 2015
155 páginas

Viajaba en el metro una mañana de otoño en que llevaba bajo el brazo un portafolios con muestras de mi trabajo para ir presentando a las editoriales cuando escuché a dos jóvenes mantener la siguiente conversación:
-¿Memorias de África? Esa película es un pastel
-Si una parte de la película es un pastel es porque la historia pretende ser un pastel. Que tú no seas goloso no es ningún criterio cinematográfico.
 Aunque la película nos aproxime a la figura de Karen Blixen y a sus años de vida en Kenia, en realidad sus cimientos no son el libro que lleva idéntico título. Si uno lee las cartas de la baronesa, encontrará más lazos con la historia que Sidney Pollack llevó a la pantalla que con ese Memorias de África impreso, uno de los mejores libros del siglo XX.
Pero tanto en la película como en el libro existe un personaje fundamental, la representación, hecha hombre, de los engranajes emocionales de Isak Dinesen con África, con su plantación de café, con los paisajes y el tiempo reposado y las puestas de sol, como un nudo rojo que cae a toda pastilla, en África. Ese hombre es Kamante, su mayordomo, su amigo.
Años después de su partida de África, esa que en la película sabe a despedida, el fotógrafo y escritor Peter Beard, enamorado del texto, pensó en añadirle una pata más a la silla sobre la que nos sentamos a vivir África cuando leemos a Isak Dinesen: faltaba el testimonio de la melancolía que se quedó allí, muriendo un poco. Beard se puso en contacto con Kamante y le sugirió que si escribía sobre las memorias que conservaba de la baronesa, los fantasmas que nos unen al pasado cobrarían una más afortunada vida. Mientras Kamante escribía estos párrafos, intensos, orales, ingenuos y por tanto sinceros, en los que eso que uno llamaría amor, de no estar la palabra tan sobada como para perder su sentido, es el tema de su pensamiento, Beard recopilaba fotografías y dibujos de los tiempos en que Karen Blixen vivió allí.
Un libro en el que alguien como Kamante pone su corazón al desnudo por cariño a otra persona, ornado con hermosas imágenes, incluidas las dibujadas por el hijo de Kamante para ilustrar fábulas de Esopo, se merecía esta hermosa edición que Confluencias lleva a las librerías. La cubierta ya reproduce la de la primera edición de Memorias de África, y el formato es el de un álbum ilustrado. Desde el bitono sepia al tacto del papel, parece que estuviéramos estrenando un libro casi viejo.
Karen Blixen, o Isak Dinesen, es, quizás, la escritora que aúna mayor respeto por todo el mundo, incluido quien no la ha leído pero ha visto, por lo general más de una vez, la película Memorias de África. Y este libro, estos Cuentos de Kamante, al igual que el libro de memorias que comienza recordando que ella tuvo una granja en Kenia, nos hace sentir esa melancolía purísima. Por alguna razón que no es posible traducir en palabras, nos hace recordar todos los buenos seres que fuimos, y solo los buenos seres que fuimos, en el pasado.


 Fuente: Culturamas

domingo, 10 de diciembre de 2017

HABITACIONES CON MONSTRUOS

Habitaciones con monstruos

Ángeles Sánchez Portero

Talentura
113 páginas
Estas habitaciones no son exactamente un libro de relatos. Son estampas a las que se les suma la condición del tiempo, que es tan infame como inevitable de aceptar si uno pretende estar cuerdo. Porque el punto fuerte de la literatura de Ángeles Sánchez Portero, o al menos el que da a entender que será su cimiento, son las descripciones fabricadas en secuencia, a base de enumeración. En realidad, aunque los centros de interés varíen, el grupo está unificado no solo por esa pretensión, sino por la cadencia de una prosa que reproduce la secuencia, a su vez, con que sucede lo que sucede en las ciudades, que es donde el tiempo se embala. Hay, sí, un juego de fantasía, en la que los límites de lo creíble los definen los propios relatos y no el exterior, algo que también debemos agradecer, pues no son tantos los que fían la verosimilitud al interior de su propia obra. Sánchez Portero es una escritora que promete. También promete cierta tristeza que entra y sale, pero que en muchas ocasiones es inevitable, pues el relato se agarra al final de una o dos vidas. Si es que esto que supone existir en una ciudad occidental es la única vida, pues las puertas a una nueva dimensión no quedan cerradas. La intuición de que exista algo más allá de la muerte, una intuición que carece de la precisión de la esperanza, está vigente en esta escritura verbal. Pues la redacción de Sánchez Portero da prioridad al sonido frente a la creación de imágenes.
A eso se le conoce como coherencia. Si formara imágenes, en tanto que, a la par, no termina de cuadrar lo que nos narra con lo que llamaríamos realismo, sentiríamos cierta descompensación. Los relatos, o estampas, o momentos, no desfallecen. Para ello se refugia, con frecuencia, en la sintaxis anglicista del uso de la segunda persona para generalizar: en lugar de escribir, por ejemplo, “uno piensa” o “se piensa”, elige: “piensas”. La fórmula está integrada en nuestra literatura, con mucha naturalidad, desde Juan Goytisolo. Ahí se termina su comunión con el clásico. Porque Sánchez Portero presta atención a las infancias compartidas y sus secuelas en los últimos años, o a la identificación de la unidad de un solo cuerpo con la de un mundo, este mundo. También es capaz de integrar una comunidad de vecinos disparatada como la Rue del Percebecon la influencia de El Aleph sin perder el sentido de la estética, o puebla el cerebro en formol de Einstein de todo lo que acumuló en sus días y sus noches y que se niega a morir. Enreda a un pasajero con la voz de locución de un autobús en un pasaje tan claustrofóbico como el corto La cabina, de Antonio Mercero. Estudia los vínculos que supone la maternidad frente a la personalidad, los miedos y la neurosis, o define el hecho de ser ciudadano con un detalle tan común como es portar una bolsa de plástico. Todo ello sin perder la cadencia, atenta a las palabras, al ritmo y, sobre todo, a la memoria. Como si el pasado significara todo para ella. Como si, incluso, pudieran coexistir dos pasados, el de la ciudad en la que llueve y la gente se guarece, y el de la ciudad en la que sale el sol y la gente hace vida en la calle. Así es como pone punto final a esta creación de buena literatura.

Fuente: Culturamas

martes, 28 de noviembre de 2017

HIJOS DE CAÍN



LOS PERROS DE TESALÓNICA

Los perros de Tesalónica
Kjell Askildsen
Traducción de Kristi Baggethun y Asunción Lorenzo
Lengua de trapo
Madrid, 2006
107 páginas
13,95 euros

El corazón baldío

Esta es la tercera entrega de la obra del noruego Kjell Askildsen que nos facilita la editorial, Lengua de trapo. Si la literatura se dividiera en función de las naciones donde habitan los escritores, tendríamos que decir que Askildsen representa a uno de los géneros, el escandinavo, más desconocidos en nuestro país. Por fortuna, la literatura no se cataloga así. Si existen clásicos, estos pertenecen a todo el mundo. Cualquier obra de un premio Nobel, es una obra universal. Un estilo de escritura, inventado en la región del mundo que sea, será un estilo que podrá heredar un autor de las antípodas. De ahí que a nadie pueda extrañarle, a estas alturas, que un autor del norte de Europa recoja el estilo mínimal más propio de California, y se invente cómo acoplarlo a su visión particular del mundo humano. Al igual que en los dos volúmenes anteriores, Un vasto y desierto paisaje y Últimas noticias de Thomas F. para la humanidad, en los siete relatos que componen este volumen, narrados en un estilo austero, seco, sin virtuosismos que indiquen rastros poéticos en las vidas de los seres que los pueblan, se refleja un pesimismo desolador, una sensación de vacuidad y sin sentido, de forma que esa tendencia de la humanidad, a la que se ha visto abocada por una fuerza superior que uno llamaría destino de no ser porque mirando al planeta con una visión más amplia se da cuenta de que sí hay otras formas de vivir, otras posibilidades de elección. Ese destino, ahora sí, más propio de ciertas sociedades, como la noruega, es el que condena a los seres humanos, de Noruega y los países semejantes, a poseer un corazón baldío. “Tenemos que estar contentos con lo bien que vivimos”, ha declarado Askildsen, “dice la gente, la mayoría vive peor. Y luego toman pastillas contra el insomnio. O contra la depresión”.
Los protagonistas de estos relatos son unos seres desnortados, embarcados en un mundo del que ellos no poseen el timón, y que parecen haber aceptado ya ese escenario, hasta el punto de perder lo que confirma que el hombre vive, que es la habilidad y la pasión del deseo. Estos tipos, en los que ser solitario es sinónimo de estar asolado, no registran ningún rubor al hacer o decir lo contrario de lo que piensan o de lo que sienten, si es que les queda algo de sensibilidad en su conciencia, si es que, en realidad, el libro no trata sobre la desidia de lo cotidiano, cuya conclusión es, finalmente, la estupidez de tener conciencia. Todos ellos han fracasado en un proyecto de vida, cuyo origen o intención no se descubre, pero que se reconoce en los propósitos de mantener contacto con la gente, de relacionarse, que tuvieron en su momento. A lo largo de los fragmentos de lo cotidiano que se recopilan aquí, carentes de descripciones físicas, estos protagonistas de los relatos ya no lo son de sus días, y se duda de que el compartir espacio con otro equivalga a relacionarse.
De esta manera, la saturación de la rutina les ha convertido en algo indefinido: se diría que ellos se consideran unos cínicos, y que el lector les tendrá por unos cretinos. Y si uno pudiera preguntarle a Askildsen, probablemente este se contentaría con decir que son una caterva de imbéciles.”Pensé: Ahora hará como si nada hubiera pasado. Luego pensé: En realidad, no ha pasado nada. Nada que ella sepa”. Porque en realidad no pasa nada, excepto en el interior de estos tipos, que rumian su pesimismo convencidos de que en algún lugar existió una crisis entre humanos, pero la cual, si es que existió, el autor nos oculta. Ahora bien, uno no llega a saber si esconder así la génesis de la situación es un valor literario, o una simple estrategia para despertar una intriga que el lector debe confundir con el interés literario. Uno no sabe si este tipo es un maestro a la hora de calibrar lo que existe y lo que se ve en un relato, o tan solo pretende participar de la denuncia de un mundo estéril.


Fuente: Tribuna/Culturas

martes, 21 de noviembre de 2017

OBJETOS FRÁGILES

Objetos frágiles

Inés Mendoza

Páginas de espuma
Madrid, 2017
97 páginas

Lo más frecuente es que un escritor confíe la unidad de su libro de relatos a un estilo, a una monomanía que, sin él quererlo, se impone, a su personalidad, en función de la arrogancia o a la mera recopilación de obras compuestas a lo largo de décadas que sirven para engordar su currículo de publicaciones una vez que ha tenido éxito. Lo extraño es que alguien se plantee escribir un libro de relatos en el que más que un tema lo que exista sea una sugerencia, un punto metaliterario de esos que confían buena parte del acierto al ingenio. Ser ocurrente no es lo mismo que ser inteligente, pero se parece mucho a ser sensible. Aunque sea con una sensibilidad de clase media alta. Pero será esa sensibilidad la que hará que la sugerencia nos obligue a leer los cuentos dos veces, sobre todo los más cortos. Inés Mendoza confía en buena medida en ese círculo que tiene en común con el lector, que es el Mediterráneo, y en los diversos niveles de lectura, en función de los conocimientos. Mide el abuso de los mismos, para no estropear una prosa que se arrima a la poética, excepto en los instantes en que nos pretende arrancar del sueño que estamos viviendo, leyendo.
Se enfrente al mar con frecuencia, a un velero, por ejemplo, un medio de transporte romántico que solo sirve para el desguace y que por tanto ya solo será nostalgia. Pero la nostalgia vive más que nosotros. O a la despedida, que también se puede representar mirando al mar o tras un último trago, pero que es un acto tan desgarrador como honesto. El apunte, breve, le vendrá bien a tanta gente que prefiere mirar hacia otro lado cuando sus seres queridos se van, como si eso supusiera que comienzan a haber vivido, así, en pretérito. Mendoza se mete en la cabeza de un tipo de un cuadro de Hopper, bidimensional y sin detalles, todo silencio y todo inamovible, sin rostro. O juega al juego de Paul Valéry, a esa frase que dictó para excusar que no escribiera una novela, aduciendo que no tenía sentido perder tinta en escribir ‘la marquesa salió a las cinco’, porque habría que saber qué decide a la marquesa, una desconocida, a salir a las cinco, precisamente a las cinco.
Cierto goticismo o Art Nouveau visto desde nuestro año, como fantasmas que no saben si lo son, presencian rituales cotidianos, como el que algo deje de ser para comenzar a ser recuerdo. Rompe reglas como las de negar que exista pasión allí donde no hay sol, o lleva el encuentro entre enemigos al punto de fuga, que es un sitio que siempre está en el horizonte. Ciudades portuarias y rosas nos remiten a las narraciones de las orillas del Mediterráneo, y la postergación de la llegada del enemigo a Dino Buzzati. Nos previene contra el mal de vivir en un museo y pone los pies en tierra de las mujeres que se dirigen hacia el faro, como las protagonistas de la famosa novela, posiblemente borrachas, fumadoras de hachís y que se dedican a ir y venir con la única finalidad de entretenerse hasta que se acabe el día. Todo ello escrito con un rigor que da gusto, con un lenguaje preciso y que cambia de tono sin perder la armonía. Así da gusto leer un libro de relatos.

Fuente: Culturamas

viernes, 17 de noviembre de 2017

MANUAL PARA MUJERES DE LIMPIEZA

Manual para mujeres de limpieza
Lucia Berlin
Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino
Alfaguara
Madrid, 2016
429 páginas

Exagerar y mentir



En uno de los relatos seleccionados para recuperar y presentar a Lucia Berlin (Alaska, 1936 – California, 2004) la narradora dicta: “Exagero mucho, y a menudo mezclo la realidad con la ficción, pero de hecho, nunca miento”. A la hora de la verdad, esta definición que el alter ego de Berlin suelta para justificar la crudeza del relato, es el propósito de casi cualquier proyecto literario. Pero el propósito no es lo mismo que el resultado. De hecho, si tomamos el rábano por las hojas, lo que importa es la coda final de la frase: la sinceridad. Se trata de escribir no ya con la razón, con las ideas, con la lógica, con los recursos verbales, con los juegos literarios. Para que la literatura sepa a sí misma, debe ser transparente, sincera. Es imposible imagina a Faulkner intentando escribir con la prosa y las estructuras de Stendhal, por poner un ejemplo clarificador. Y, sin embargo, los dos suenan igual de sinceros. Ese es el punto fuerte de Lucia Berlin. No le importa, incluso, repetirse o repetir secuencias y escenas en diferentes relatos. Lo que le importa es lo que sale de las tripas, aunque sea mentira, será su verdad. Y la verdad es algo inaprensible porque, precisamente, mezcla realidad y ficción, mezcla lo que nos entra por los sentidos con el pegamento que lo ensambla, nutrido de esa parte narrativa que todos llevamos dentro. Que es, por otra parte, la que da coherencia.
Queda, pues, saber si Lucia Berlin exagera mucho. Y la respuesta es que esa sí es una licencia que se permite para, precisamente, poder permitirse cualquier licencia. Es cierto que los casos que llega a presentar, durísimos, llenos de violencia y desgarro, de drogas y las llagas de la muerte, pueden parecer una exageración. Casi nadie ha vivido el asesinato de un bebé por su madre. Parece una exageración, pero existen casos. Y eso es solo una minúscula parte del relato. Porque de haber exageración en algún sentido, es en la sensación de acumulación que transmite al narrar. No hay espacio entre los átomos. Excepto en dos o tres casos, no da tiempo a sentir que respiramos mientras leemos a Lucia Berlin. El efecto es el de estar inmerso en un mundo lleno de sucesos y detalles, de imágenes y actos que no suman un todo coherente. Porque sus relatos no son redondos, al igual que no es redonda la realidad. La ficción que aporta no apunta ni siquiera a un relato con un principio, un desarrollo y un final. Con frecuencia, Berlin recorta un trozo de vida por aquí y por allá, solo para darle una extensión concreta a la historia. Nos muestra trozos de vidas más allá de la nuestra, de alcohólicos sin romanticismo, de gente del abismo o niños pijos que no conocen el honor. Y todo ello extraído de su propia experiencia vital: Berlin vivó en México y en las fronteras, en Chile y en la ruta 66, en Nueva York y en las salas de urgencia de los hospitales. Perteneció casi a la oligarquía durante los años de la horca en Chile, y también conoció el binomio inseparable de la soledad y el alcohol.
Nada de su vida al límite la impidió seguir remitiéndose, una y otra vez, a ser sincera, a contar su verdad. Destacan, sí, las extremas heridas de los pobres, pero también la miseria moral de los ricos. Pues Berlin muestra, constantemente, un ávido interés por un mundo que no le gusta. Y utiliza la literatura como forma de conocer el mundo, de ir colocando piezas, inquieta, hasta erizar el espinazo, por la imposibilidad de comprender el mundo, el absurdo rompecabezas que no encaja. Que no encajará jamás. Del que ella nos señala las huellas trazadas en carne viva sobre los caminos de algunos de los que pisamos el planeta. Lo que uno realmente desea una vez que cierra este volumen, es largarse a vivir a otra realidad, más allá de nuestra galaxia, a ser posible.


Fuente: Revista de letras