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viernes, 21 de diciembre de 2018

JAPÓN INEXPLORADO

Este libro entra directo en los laureles de los libros de viajes. Es una obra extraordinaria, un ejercicio epistolar que deja en meras redacciones de aula las vidas que estamos acostumbrados a leer, en confesión, en esos ejercicios literarios. Para ello Isabella Bird (Boroughbridge, 1831 – Edinburgo, 1904) recorre Japón en una época en la que el país apenas existía para occidente. Es decir, el contacto con Japón se limitaba a ciertas ciudades periféricas, a las que llegaban los barcos mercantes, y que eran visitadas por turistas. Ya en 1878 alguien con otro espíritu para visitar el país, más inquieto, maldecía el efecto del turismo y los toques de colonización occidental. Bird era una viajera con conciencia de voyeur, alguien a quien le hubiera gustado desaparecer para ver con libertad, para ver de cerca. De ahí que el libro esté lleno de fondos de teatro, de descripciones de aquello que se ve en segundo plano, paisajes o actitudes. De ahí que lamente lo que le sucede, sobre todo las pulgas, y que le impide ser testigo de un viaje depuradísimo. Como depuradísimo es el estilo en el que escribe, tanto que podríamos hablar de ausencia de estilo. En ese caso, sirva como elogio, como saber hacer. Para ello le ayuda el género, saber que al otro lado del mensaje hay una persona que leerá las cartas. No se puede ser, en consecuencia, oscuro. Nada de alardes verbales. Se demorará en cada cuadro tanto tiempo como sea necesario para que el lector, en este caso su hermana, participe con ella del viaje.

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lunes, 23 de julio de 2018

GUERRA Y TREMENTINA

La memoria es un laberinto, una cebolla con sus innumerables capas, una mentira en la que nos creemos ser dueños de certezas, un conflicto en el que a nadie le faltan razones, una guerra en la que se igualan los muertos, un sitio en el que lo único que nos unifica es que todos, cada uno a su manera, rezamos un responso. Y rezar es el único verbo del que nadie sale malherido. Hay mucho de responso en esta obra en que la conclusión a la que uno llega en algún momento, a lo largo de la lectura, la expone el propio Stefan Hertmans (1951) cuando dice:
“Acabé comprendiendo que mi abuelo había sido el loco de corazón puro, el inocentón que se había hecho acreedor de mi admiración porque no conocía el egoísmo ni la vanidad o la autocomplacencia, solo aquel servilismo suyo, que para él era algo natural, lo cual lo convertía al mismo tiempo en un héroe y un simplón de intenciones nobles. Cuando comprendí esto (…), comprendí que apenas entendía nada”.
Este podría ser el grado máximo de sabiduría, la duda, la incertidumbre de la corriente de los días, y conseguir aceptar esta incertidumbre, una virtud en la que está puesta todo el empeño de esta obra. Hertman reproduce la vida de su abuelo y con ella la de su entorno a lo largo del siglo XX, sobre todo de los primeros años del siglo XX, hasta que lo quebró la Primera Guerra Mundial. El estilo nos resulta familiar, nos recuerda a Sebald, por ejemplo. Pero lo que en Sebald es un trabajo peripatético, sin que esto quiera decir nada malo, pues no son otras sus intenciones que las de hacer llorar, en Hertman es sinceridad. Sebald oculta cierto cinismo, cierto grado de superioridad moral, cierto complejo, del que Hertman apenas rescata ese tono de crepúsculo trasladado al pasado. De esa manera gesta una paradoja, pues el pasado debería ser amanecer. Pero será esa intención manifiesta de engañarse a uno mismo, dictando que en el pasado la vida era más humana, la que le lleve a la búsqueda de la paz, o de algo parecido a la paz interior. Para ello se vale de la figura de su abuelo y el libro toma un matiz íntimo tanto en lo biográfico como en el retrato social. Es un adagio.
Hasta que se da de bruces con el horror de la Primera Guerra Mundial. La reproducción sórdida que hace de la misma nos resulta un tanto conocida: las trincheras, el barro, las mutilaciones, las ráfagas de metralleta, los muertos uno a uno, la pérdida de cualquier sentido de la ética a favor de la supervivencia animal. Incluso la religión, que había estado presente con anterioridad, se hace a un lado. Solo algún dibujo hecho con el carbón de una hoguera le recuerda que hay algo humano en el interior de su abuelo o en su interior, pues esta parte del libro está narrada en primera persona, desde el punto de vista del abuelo soldado.La presencia de enfermedades de pulmón que matan a seres queridos, nos remite al romanticismo. Pero Hertman describe con sosiego hasta los aspectos crueles, hasta lo desagradable, y en realidad halla mucho de desagradable condicionando la vida. Rescata del olvido colectivo todo lo que puede para experimentarlo como nuevo a través de la literatura. Ese olvido colectivo tiende a apartar los fragmentos más aciagos, que él los trae a manera de descubrimiento. La forma de compensarlo es el arte. La pintura y el dibujo, a los que su abuelo se consagra sobre todo en los momentos en los que necesita ser rescatado, pero no hay nadie allí para salvarle. Así va sorteando la reproducción de los primeros años de vida de su abuelo, de la que apenas dispone de datos como para completar una novela, por lo que se topa con muchas preguntas. Y Hertman vive las preguntas como si fueran abismos. Pero se empeña en acompañar a sus antepasados como si allí él hallara una alegoría de su propia vida. Crea hipótesis sobre la belleza triste y sale a buscar l que tiene que quedar.
El mayor valor de estas páginas es la deconstrucción de una persona que tendrá que volver a levantarse. La inocencia debió haberla perdido, claro. Y como a tantos otros, ese paso de la adolescencia al mundo adulto se les arrebató durante las batallas y el sufrimiento. Siente que hay una pérdida, pero no llega a expresar en qué consiste. Sí la cura a través del amor y luego de la compañía, porque a la muerte de la chica de la que está enamorado seguirá el matrimonio para no quedarse solo. Esta parte de la historia está ya documentada, sí, pero a pesar de todo Hertman tiende a buscar una explicación psicológica en cada gesto y por encima de todo en cada una de las mujeres que marcaron su vida: la madre de su abuelo, la difunta amada, la hermana mayor de esta y su hija, esferas que condicionan tanto, que presionan tanto que busca consuelo en la pintura, donde algo de lo sublime debe de permanecer. O al menos algo de lo bueno que puede tener el ser humano. Esa bondad ingenua y natural es lo que desesperadamente busca a través de cada una de las líneas de este libro un hombre que echa de menos la sencillez en la condición humana.
Fuente: Revista de letras

lunes, 21 de mayo de 2018

EL FERROCARRIL SUBTERRÁNEO

El ferrocarril subterráneo

Colson Withehead
El viaje hacia el sur es el viaje hacia la felicidad, hacia el mar y el sol, hacia el tiempo de gracia que a cuentagotas nos ofrece la existencia. Por su parte, el viaje hacia el norte es el viaje hacia la libertad, hacia el desahogo económico, hacia la democracia, sea lo que sea ese término. Los dos viajes son en canal y por tanto comparten algo de sentido, pero alteran la dirección hacia polos opuestos. Esta novela, que se ha hecho con un buen puñado de premios, es un viaje hacia el norte. Por regla general, ese viaje clandestino hacia la libertad es oscuro o sucede durante la noche. En este caso,Colson Whitehead (Nueva York, 1969) sustituye la oscuridad de la noche por el viaje subterráneo. Sustituye las estrellas por la claustrofobia. Se imagina un ferrocarril pequeño que recorre unos túneles bajo el mapa del este de Estados Unidos. A ese ferrocarril solo tienen acceso los esclavos del sur, que se dirigen hacia el norte, sin que tengan la oportunidad de elegir qué parte del norte les tocará en suerte, pues el ferrocarril vagabundea sorteando las zonas de conflictos. Los diferentes ramales cumplen la función de improvisar para eludir a las patrullas que capturan a los cimarrones.

La pregunta que sobrevuela la obra, es en qué consiste un sistema que se sostiene permitiendo ese tipo de obra y ese tipo de caza, cuáles son los fundamentos económicos para que el país se desarrolle gracias a que a los cimarrones se les permite huir sin destino, una metáfora más de la crueldad de la holgura que se permiten los esclavistas. Tal vez porque quienes acuden al ferrocarril subterráneo pasan por los paisajes después de la batalla, y por tanto no pueden obtener ningún beneficio. La destrucción revoca también el futuro y con él las ilusiones. Whitehead redacta la novela como una relación de sucesos, que incluyen capturas y liberaciones, manipulaciones por parte de cada persona que interviene.
La protagonista de la huida es, en este caso, una mujer marginada incluso por los de su raza, una mujer al borde de la locura o de la rebeldía patológica. Y aquí se termina la parte que se corresponde a la imaginación de la novela. El resto es testimonio sobre la crueldad y la estupidez, que en ciertos momentos de la historia, han sido puros hábitos, lo normal, lo cotidiano. La mutilación, la violación o el asesinato de esclavos es algo que hemos visto reflejado en sucesivas narraciones. Whitehead no rehúye de los tópicos: la fuga, los engaños, los cazadores, el blanco bueno, las patrullas tipo Ku Klus Klan, etc. Recopila, eso sí, de otras fuentes escenas semejantes a, por ejemplo, los santuarios de descanso donde se refugian los emigrantes que cruzan México de sur a norte, o el hombre con el collar de orejas que nos remite, por ejemplo, a Cormac MacCarthy, aunque a Whitehead le falta la pegada que tiene el ya clásico americano. Luego regresa a las escuelas para negras analfabetas, a la abuela compasiva, a los ladrones de cadáveres y a las imágenes más escabrosas de las matanzas.
En buena medida, uno tiene la impresión de que Whitehead podría haber arriesgado más. Pero también es cierto que ateniéndose a lo que todo el mundo conoce, vuelve a reclamar la lucha por los derechos humanos y esa afrenta sin fin que es la privación de la dignidad, algo frente a lo que probablemente muchos prefieran la muerte.

martes, 24 de abril de 2018

LA REGATA

LA REGATA

23 abril 2018Revista de letras



Manuel Vicent | Foto: Ricardo Gutiérrez
De las tres formas de agua salada a las que Isak Dinesen confiaba la cura de todos los males -el sudor, las lágrimas, el mar-, Manuel Vicent elige el mar. El mar es un paisaje y una narración. Y fuera del ADN o las injusticias que cometieron nuestros padres, fuera de cómo uno aprenda qué es la amistad, es decir, al margen de los vínculos humanos, son las dos palabras que nos construyen. Contra Paraíso, la mejor obra de Vicent, es el paradigma de esta fe. Vicent se entrega al idilio de su relación con el Mediterráneo, el mar que más narraciones ha gestado, en esta nueva obra, más próxima a Son de mar que a la autobiográfica antes mentada: el Mediterráneo puede devolverle a uno cualquier fantasía, no solo la infancia. Pero ahora el mundo, que nació en el Mediterráneo, está lleno de víctimas como el mar de contaminación.

Alfaguara
Los protagonistas de la obra, enlazando con Desfile de ciervos, son los causantes de tanta decadencia. Son la decadencia a la que asistimos a diario en televisión. Uno no puede por menos que preguntarse cómo es posible que alguien que disfrute tanto del olor de las naranjas encienda la televisión para conocer a ese elenco de culpables, a no ser que sea para facilitar que una amarga ironía subraye alguno de los párrafos. Vicent, siempre lírico y tal vez obsesionado con el estilo, lo cual nos ha dado algunos de los párrafos más hermosos de la literatura española de las últimas décadas, se centra en la denuncia sin importarle caer en la caricatura. El mundo, la televisión, es una caricatura. Eso es real, aunque a uno le hubiera gustado disfrutar de otro ambiente en algunos momentos de la novela. Puestos a ello, Vicent confía todo a su prosa, incluyendo las relaciones de técnicas específicas de navegación o la aparición, que es un tumor, de una patera y un inmigrante muerto flotando, como una contaminación más, en el mar de su pasado, al que recurre para relatar lo grotesco del presente. Grotesco por la falta de dignidad, una virtud que a los actores de la novela les importa una mierda: corruptos y mujeres ciervo que pueblan los distintos barcos de la regata, una regata sin competición, que vamos conociendo saltando de uno a otro. Y en todos ellos lo único que tienen en común es que intentan tapar su conciencia de vulnerabilidad evocando unas desgracias que les alejan todavía más de la realidad del lector. Vicent sigue sabiendo que sus daguerrotipos son un punto fuerte en su proyecto literario.
Por lo demás, nos queda la idea, la ilusión, el deseo de que ojalá el Mediterráneo no sea lo que aparece en La regata, que ojalá siguiera siendo Contra Paraíso. Porque el mar es la música de Vicent, y la música es la conciencia. Observador, esteta, irrepetible, a Manuel Vicent le echaremos de menos el día que nos falte. Tanto como él echa de menos el Mediterráneo de su infancia.

lunes, 16 de abril de 2018

OBJETO DE AMOR

OBJETO DE AMOR

16 abril 2018Fuente: Revista de letras

Edna O’Brien | Foto: Guardian | Lumen
La literatura de Edna O’Brien (Irlanda, 1930) está atravesada por una forma piadosa de rencor. John Berger menciona el dolor de la memoria. Tal vez sea el mismo concepto. Las relaciones entre sus personajes y su vida parecen navegar de la mano. Por ejemplo, los protagonistas comparten el miedo a darse cuenta de que carecen del apoyo de los demás, algo que solo puede haber nacido del estudio del propio pasado. Al menos si, como es el caso, se recibe con tanta sinceridad como se leen los relatos de O’Brien. El ambiente en el que se sumergen la mayoría de los relatos que componen este volumen es el de la infancia de la autora: una vida rural no elegida, donde las miserias brotan de forma inevitable. En buena medida, es la destrucción amable del mito del Beatus Ille. Esa costumbre, por ejemplo, de los adultos de culpar de todo a los niños, a sus hijos, de hacerles sentir mal, pecadores, de estar jodiendo la vida de sus padres, viene dado por la lejanía del mundanal ruido, el de las calles de las ciudades. Ellos han nacido con ese estigma. O, para ser más exacto, ellas, pues son las mujeres las principales protagonistas. Si ser niño es un infierno, ser niño y del género débil supone carecer de paraguas contra cualquier arrebato. Y en un lugar donde a los adultos no se les pone trabas, donde la ley está tan lejos como en las películas del Oeste, un lugar aislado por las tierras campesinas, nadie te ampara. Y en caso de hallar algún consuelo, como por ejemplo a través de una profesora, una monja, este será un mito que, como tal, se vendrá abajo el día en que caiga la infancia.
“Mary deseaba ir a América en avión, pero se lo pensó mejor y pidió ganar mucho dinero para comprarles a sus padres una casa junto a la carretera principal”.
Lumen Ediciones
De este género es el deseo de las niñas cuando soplan las velas de la tarta de cumpleaños, puramente condicionados por el imperio de los adultos. Entre las páginas de los relatos, porque O’Brien es por encima de todo una narradora, se distinguen algunas frases que apuntan a un estudio psicológico de ese entorno social y de esas edades y géneros: “la acuciante convicción de no haber vivido aún” o “la extenuante costumbre de mantener la esperanza”, son dos ejemplos que hacen explícito lo que vivimos junto a los personajes, a las personas, a los individuos. En cuanto surge el plural, se da por terminada la ilusión del carácter propio: la gente es feligresía, el grupo es feligresía y como tal se comportan en cualquier reunión. Una cierta cualidad de secta, en la que los protestantes son apestados, por ejemplo, en la que es imposible encontrar tu sitio si no aceptas todos y cada uno de los preceptos, una maldición que acribilla los pequeños bildugsroman que son muchos de los relatos del libro: la niña se hace mujer, y lo hace con dolor, sin apoyos. Si los dramas los vivimos como pequeños es porque nos parece ver esa vida de lejos. Pero son superiores a cada humanidad de cada niña. Es decir, son enormes.
Obligados a vivir atormentados bajo los ojos de un dios del Antiguo Testamento, tener una amiga supone compartir soledades. Ese dios se interpone como mito y a través de los adultos. Los adultos, los padres y las madres, son grises, convencionales. Ellos pueden permitirse el lujo de la violencia y a ellas se les impone la certeza de vivir para ellos, de carecer de ilusiones propias. Ya no prodigan afecto, tal vez porque han aprendido a no sentirlo. No son los protagonistas principales, pero sí sus condiciones y los vaticinios de en qué se pueden convertir ellas: tullidos emocionales que se casan apresuradamente y viven con afán de censurar. Madre, padres y trabajo es la santísima trinidad que preside sus vidas. De esta manera, la infancia es todo lo contrario a lo que debería ser: alegría, libertad, juego y acontecimientos extraordinarios. A pesar de todo, insistimos, O’Brien cierra heridas, pero no hiere.
“Me suicido por falta de inteligencia y porque no sé ni he aprendido a vivir”, reza una nota de un personaje que demuestra que lo que él llama inteligencia puede conocerse, también, como sensibilidad.
Hay una frase final de uno de los magníficos relatos que componen este volumen, en ocasiones a la altura de autores como Flannery O’Connor, que dicta las que tal vez sean las voluntades que impulsan la escritura de Edna O’Brien mejor que cualquier análisis:
“La casa, las piedras calientes del camino, el fulgor del agua asomarían de vez en cuando a su memoria, sin duda; pero de él se olvidaría y lo relegaría a un rincón oscuro de su mente, al lugar donde acechan los fracasos”.

lunes, 5 de marzo de 2018

AUTOGOL


Cide Hamete Benengeli es el supuesto nombre del supuesto autor de una recopilación a partir, suponemos, de lo que le dicta alguien que presenció las aventuras de Alonso Quijano. Ese alguien no podría ser otro que el analfabeto Sancho Panza, pero quien finalmente da con el manuscrito, lo traduce y consigue que se publique es Cervantes. Una acrobacia parecida da pie a esta novela y aunque parezca revelarse al final, desde las primeras páginas ya se está confesando parte de ella: alguien que se ha quedado mudo quiere dejar constancia, en forma de memorias, de parte de su biografía, sobre todo de los días que se suceden desde que Escobar, el defensa colombiano que metió un gol en propia puerta durante el mundial de Estados Unidos y, esto sí es real, acabó siendo asesinado por ello, y ese día, en el que se cumple el sueño del asesinato. Pues no es otra la intención del protagonista, la de matar a Escobar para recuperar la voz. Sería un asesinato doblemente catártico, pues se gana la vida precisamente como locutor de radio. Pero para redactar las memorias precisas de un periodista, alguien atrevido, tal vez el propio Ricardo Silva Romero (Bogotá, 1975), tal vez otra persona que le entregue el manuscrito a Silva Romero o a un editor. En cualquier caso, el libro está escrito a cuatro manos, supuestamente, y debe poseer ese tono de locutor de radio colombiano: los giros semánticos y sintácticos propios de Colombia, las hipérboles que llaman la atención, el lenguaje oral que sigue funcionando con rigor y personalidad en la escritura, y, por encima de todo, la ilusión de narrar, del amor al relato en el que los lectores son tan invisibles como los radioescuchas, pero uno sabe que se dirige a ellos, a todos.
Silva Romero escribe un libro estupendo en el que, bajo la dirección antes explicada, se mantiene como gran estilista incluso en frases cortas:
“Dejé escapar dos sílabas de aire”. “Si uno lograba abrirse paso en el calor, que era como abrirse paso en un armario plagado de abrigos”. “De dientes para adentro, no iba a hacerle nunca el favor de perdonarla”.
En ningún momento, el libro pierde este pulso, el que nos recuerda que en Colombia parece que todo el que escribe, lo hace muy bien. El ficción, pero podría ser periodismo. Más aún cuando, hemos tardado en mencionarlo, el periodista, el locutor de radio, solo sabe hablar y solo sabe hablar de deportes, a ser posible de su gran amor, que es el fútbol. El autogol le deja mudo y con pocos recursos para salir adelante entre los más de cien kilos de grasa que es. Le queda convencer al lector de la necesidad de su propósito.
Aquella selección colombiana, que se contaba entre las favoritas para ganar el Mundial de 1994, degeneró, nos explica, en una pandilla de torcidos pendencieros, de haraganes engreídos. Y el hecho que da pie a su enfermedad, una somatización, casi seguro, se repite una y otra vez. Durante las primera cien páginas del libro, el partido está constantemente volviendo a empezar y terminando con el autogol. Al mismo tiempo, relata algo de su vida y los alrededores de su vida. Entendemos que él es, a su vez, tan cínico como sincero, misántropo pero cordial, un pequeño canalla gordito y por tanto risueño, al que la gente aprecia o, como él dice, aguantándose el veneno de la ira que ha ido acumulando desde chiquito. Tal vez la que le lleva a tomar la decisión de asesinar a uno de los mejores defensas del mundo.
La navaja suiza Editores
Mientras tanto, como si se tratara de una alfombra de cientos de kilómetros, va desenrollando cada capítulo, cada párrafo, descubriéndonos las miserias y venturas de Colombia: habla de la dictadura de los carteles, del sometimiento de los políticos, de la traslación de deseos de la gente al fútbol. Porque eso es necesario, imprescindible, para entenderle. En ese sentido, Silva Romero sigue la estela de Eduardo Galeano, que amaba el fútbol porque creía que era un deporte que pertenecía a la gente. Y si se falla, se falla al pobre. El adinerado, el mafioso del cartel, no tarda nada en reponerse, pero quien, como el protagonista, ha fiado sus pequeños ahorros a la victoria de Colombia, si su equipo pierde, pierde la vida, la ilusión y la realidad de la vida. Se deja llevar por la neurastenia, por la patología que apenas se da en territorios del pueblo, como el fútbol o la música. Mencionada aquí o allá, la música es uno de los elementos fundamentales en este libro. Aunque solo sea por el sonido con que la prosa marca un ritmo en nuestra cabeza. Escribir, a fin de cuentas, es cuestión de oído. Lo peor que le puede pasar a un escritor es quedarse sordo, que sería el equivalente a quedarse mudo para un locutor de radio.
El protagonista regresa a Colombia y nos muestra su corazón al desnudo, su tragedia y su sentimiento de culpa. Y la culpa nos mata de a poco. Para él, la vida se ha acabado con el despido por parte de la compañía de radio y una denuncia que le llega desde Estados Unidos, por una absurda situación en la que aparece él en albornoz en un pasillo y coincide con una camarera de hotel. En su ataque para la redención, nos describe un itinerario que es un resumen de Colombia, o al menos de la Colombia de hace veinte años. Para ir a Medellín, elige el automóvil, donde puede portar una pistola. Y atraviesa un territorio que está lejos de cualquier lugar donde se pueda regular algo por ley o por derecho. El policía corrupto, en la aldea perdida, es un síntoma más de lo inabarcable que es el país y, por tanto, de lo imposible que es evitar que caiga en manos del más fuerte. Colombia está a caballo entre la realidad y la magia, pero con frecuencia es un país de derrotados. Como él, que irá descubriendo que un plan tan sencillo como citarse con el defensa a quien culpa de sus males y disparar, no es tan fácil de llevar a cabo. Y cuando nosotros nos queremos dar cuenta de que el final llega de manera inesperada, agradecemos haber leído un libro de estos que nos transportan a otro lugar con autonomía para construir su verdad y su relato aunque no coincidan.

Fuente: Revista de letras

martes, 6 de febrero de 2018

SALVAJE

Salvaje
George Monbiot
Traducción de Ana Momplet Chico
Capitán Swing
Madrid, 2017
352 páginas


Hay una escena en la película I Origins, de Mike Cahill, en la que los dos protagonistas, enamorados, se encuentran en el laboratorio donde trabaja él. Ella, una joven modelo, se aferra al mundo espiritual, pero sin que se exprese ninguna religión. Es decir, da a la espiritualidad el don de lo humano, no de lo divino. Él es un científico cuya fe es la pura razón, nada de especular sin pruebas, que trata de demostrar la evolución a partir de la posible creación de órganos de la vista en gusanos ciegos. En un momento dado, ella le pregunta cuántos sentidos tienen los gusanos. “Dos”, le contesta él, “el tacto y el gusto”. El razonamiento de ella le desborda: si los gusanos tienen dos sentidos, pero nosotros sabemos que existen cinco, si los gusanos ignoran que existe la luz porque carecen de la vista, entonces, ¿por qué no podría existir un sexto sentido que percibiera algo que no concebimos? Ese sentido sería la espiritualidad. Ese sentido, humano, repetimos, no divino, y por tanto tan sagrado como lo es lo propio de los humanos -la amistad, el amor, la justicia, la memoria, la ilusión-, es sobre el que trabajan los escritores que defienden al hombre en tanto que naturaleza y a la naturaleza en tanto que algo insuperable en el plano emocional, y lo más decente del universo humano. Para ello, lo que solicitan es otra de las cualidades sagradas propias del hombre: el respeto.
George Monbiot (Londres, 1963) se sitúa en este terreno tanto en su proyecto literario como en su proyecto humano. Más científico que, por ejemplo, Robert MacFarlane, su poesía no está en las líneas que escribe, sino en lo que deducimos de ellas. Al margen de sus experiencias en la naturaleza, no siempre virgen, con las que corrobora sus hipótesis, hay que señalar su fobia por las ovejas, como epítome de una forma de pastoreo que destrozó lo salvaje, pero deja tras de sí una falsa naturaleza que los conservacionistas reclaman dejar tal y como ahora se encuentra. Monbiot es partidario de algo que él llama neosalvajismo, una corriente de pensamientos y sentimientos favorable a permitir que la naturaleza se imponga. A diferencia de resalvajizar, Monbiot no termina de decantarse por la imposición, a través de la intervención humana, que retrocede a los lugares hasta el inicio de la aparición del hombre sedentario.
Sus razones son concluyentes y donde mejor se expresan es en el capítulo que dedica a los niños:
“De entre todas las criaturas en el mundo, las que necesitan la resalvajización tal vez sean nuestros niños. El desplome de la relación de los niños con la naturaleza ha sido aún más rápido que el desplome del mundo natural. La vida al aire libre en la que muchos estábamos inmersos ha desaparecido en el cambio de una generación a otra”, se lamenta.
Y más adelante define algo con lo que no podemos estar más de acuerdo:
“El mundo interior es mucho más peligroso que el exterior que tanto temen los padres, y en vez del peligro casi inexistente de los desconocidos, tenemos el peligro real y traicionero del distanciamiento. Confinados en sus hogares, los niños se distancian de los demás y de la naturaleza. La obesidad, el raquitismo, el asma, la miopía, el declive de la función cardiaca y renal parecen estar relacionados con la vida sedentaria de puertas adentro”.

La hipótesis de que en algún lugar llevamos genes del salvaje que una vez fuimos, no es suficiente. Monbiot precisa de principios científicos. En un momento en que ya nadie discute el deterioro y su gravedad por causas humanas, aunque esté abierto el debate sobre la celeridad de las consecuencias, Monbiot busca y construye hipótesis reactivas. El ecologismo ya ha denunciado bastante y es hora de que se ponga en marcha un proyecto que sume, en el que intervenga la ciencia, el trabajo y la esperanza. Desde luego, no es capaz de hacer un spoiler de lo que sería de los lugares con la reintroducción, que siempre sería parcial, de las especies. De ahí que pida el cese de la hegemonía de la explotación fácil, de los monocultivos, la ganadería de una sola especie y del cercamiento de la Tierra. En Europa todo esto ha sucedido a un ritmo que apenas nos ha dado tiempo a percibirlo, pero en los países en desarrollo, como en Kenia, donde convivió con los Masai, se ha acelerado hasta el shock. En el Reino Unido se trata a lo supuestamente natural, a lo supuestamente salvaje, como si fuera un jardín. En África se acaba con todo, a favor de la explotación, dejando alguna reserva que, por otra parte, también es sobreexplotada por el turismo.Supongamos, por un momento, que la última frase es una metáfora: alejarnos de la naturaleza supone raquitismo mental, miopía de horizontes en proyectos de vida, un corazón debilitado frente a lo que se le venga encima y una mala filtración del agua, que es el origen de la vida. Sobre la obesidad, mejor no hablamos. Hay demasiada grasa en las mentes y en los vínculos entre personas. Monbiot trabaja sus preceptos a partir, como MacFarlane, de la campiña británica, aunque no deja de cotejar experiencias en otros lados del planeta, como en los bosques polacos o eslovenos, como en los trópicos. Gales parece ser el lugar idóneo para el estudio, dado que se vende como la reserva natural del Reino Unido y, sin embargo, nada de lo natural asoma a la superficie, rasgada por la explotación ganadera y agrícola. A mayores, se impone la ley del adinerado, del terrateniente, que recibe sus comisiones de la Unión Europea o reserva espacios para crear parques en los que fomentar un deporte tan atroz como puede llegar a ser la caza.
Monbiot va cuestionando, una y otra vez, y ateniéndose a los descubrimientos fósiles o de restos que esconde el subsuelo, la ciencia medioambiental tal y como la hemos conocido hasta hoy. Las cadenas tróficas no son pirámides y se organizan tal y como nos habían enseñado. El mundo natural es más complejo y de una riqueza que lamenta no haber presenciado. Le queda, eso sí, unas dosis enormes de imaginación, un deseo de una vida más salvaje y feroz que posiblemente sea universal, y se esté sublimando a través de otros empujes: el salvajismo urbano no tiene la misma salud que el de la convivencia con los bosques. Así es como nos vemos obligados, constreñidos a vivir mansamente en las ciudades, donde la conciencia nos convierte a todos en cobardes. Tal vez porque desconocemos las formas de libertades que el neosalvajismo podría ofrecer, ese en el que dejaríamos que la naturaleza decidiera. Y no como ahora, en el que se la mantiene, al menos la más accesible al hombre, en estado de atrofia, como un tarro de pepinillos:
“Los ecosistemas resultantes no se llamarían tanto salvajes como pertinaces, gobernados por sus propios procesos, en vez de por la gestión humana”.

jueves, 18 de enero de 2018

EL VALLE FELIZ

El valle feliz
Annemarie Schwazenbach
Traducción de Juan Cuartero Otal
La línea del horizonte
Madrid, 2016
173 páginas


“La luz ya está recorriendo el cielo, inmensamente alto, sin estrellas, sin campanas, sin incienso”. Ese es el recorrido de la literatura del ángel desolado, que es como Thomas Mann calificó a Annemarie Schwazenbach (Zurich, 1908 – Sils, Engandina, 1942). Ahí está presentes los tres sentidos sobre los que se construye casi toda la literatura: la vista con un cielo negro, el oído con su silencio, y el olfato que no percibe ninguna fragancia. Y ese será el tono que desplegará, como banderas al viento de la nostalgia, en esta obra, El valle feliz, donde la felicidad se identifica con la tristeza, con una despedida que se demora, que nunca termina de producirse: “¿O es que quieres contar tu dolor para conmover el corazón de la gente y conseguir una sentencia benévola?”, se interpela a sí misma hacia el final del libro, cuando no sabe cómo ponerle fin, porque el libro sucede en el tiempo de la memoria, y ese, bien lo sabemos, es una sucesión permanente de sensaciones. Como las que percibimos por la vista, por el oído y por el olfato. Aunque si uno tuviera que elegir, diría que Schwazenbach es en primer lugar auditiva. Pero detrás de la sensación vendrá la emoción, que se gesta como si brotara la lluvia en sus entrañas, para luego, por fin, remitirnos a la imagen. Al fin y al cabo, Schwazenbach recorre el mismo camino que los sueños: primero atraviesa nuestro cuerpo el sentimiento, y luego lo asociamos a una imagen onírica. De ahí que las enunciaciones de los sentidos, que no cesan, sean siempre presentimientos, premoniciones. Al igual que las evocaciones, traen aquí, al presente que es la escritura, lo lejano. Escribir es para ella una tortura y un alivio. Ambos se hacen presentes en nuestras vidas de múltiples maneras, así pues, debemos afrontarlos: “Unos debería elegir sus enemigos igual que sus objetivos: de acuerdo con las fuerzas de que dispone”, reflexiona.
Con el objetivo de facilitar los azotes de la memoria, pues El valle feliz no es el cuaderno de campo de su visita a Persia, a lugares de la actual Siria, sino un libro íntimo a partir de aquel viaje, Schwazenbach crea una segunda voz que aparecerá a mitad del libro. Es una voz que tiene algo de profeta, pues alude al amor perdido sobre una tierra en la que vertió sus sentidos, sus razones, sus creencias, sus ilusiones. Una tierra que se caracteriza por la paradoja inhumana de ser un lugar arqueológico, un oficio que ella desarrolla allí, sobre antiguos asentamientos, pero sobre la que viven pueblos en constante emigración. Así pues, de alguna manera Schwazenbach se refugia abrazando la nostalgia y un espíritu anárquico. Es una persona que rechaza lo que representa la ley y el orden. Una persona cuyo consuelo es la belleza. Y cuya maldición es el arrepentimiento. Vierte lágrimas en el desierto mientras pasa sed.
Existe algo de lirismo autocompasivo, sí. Posiblemente merecido y verdaderamente bien justificado, que impone el tono del texto. En ocasiones, cuando acude a lo más cotidiano de su experiencia, nos hace recordar obras como Los alimentos terrestres, de André Gide. Pero ese tono obedece a la tristeza que supone la búsqueda de su identidad, cuestionarse por qué fue más feliz allí que en ningún otro lugar que hubiera pisado. Y ella sabe que nadie puede bañarse dos veces en el mismo río, que por mucho que regrese, no recuperará ese sentimiento de plenitud.
De esta manera, a Schwazenbach le queda su prosa poética para seguir luchando contra su aliento. Lamenta la soledad en el desierto, que es precisamente el escenario simbólico de la soledad. Pero sabe que es allí donde debe someterse a un acto de bautismo, a una ceremonia en la que renazca. Aunque ignora cómo ejecutar dicha ceremonia. De hecho, lamenta esa difusa frontera entre la religión y la espiritualidad. No quiere encerrarse en la primera, pero ansía que cada célula de su cuerpo sea algo más que pura biología. Schwazenbach escribió un libro de viaje diferente, pues por encima de todo, está el alma. Hablar de otra cosa, es volver la espalda al universo.


Fuente: Revista de letras

lunes, 8 de enero de 2018

LA DUQUESA CIERVO

Uno lee torres, espadas, magos, dragones y toda la magia y la inocencia del mundo de las caballerías, y se siente tentado a pensar en que la narración aprovecha el reflujo de El señor de los anillos. Cuando lo que caracteriza a la obra de Tolkien es, precisamente, el salirse del mundo de las caballerías, con sus dragones más puros y sus encantamientos tan sencillos como el de una mujer que se transforma en ciervo. La duquesa que es ciervo no nos remite a un libro como El señor de los anillos, tan mal leído después de la horrorosa adaptación al cine, porque se trataba, en buena medida, de la primera gran reivindicación ecológica de la literatura, y ahora es una sucesión de monstruos. Nos remite a Ovidio. Porque hasta él tenemos que remontarnos durante la lectura de La duquesa ciervo. Las metamorfosis, frecuentes, en este relato, homenaje a la literatura de magos y espadas, son de carácter metafórico. La magia no está tanto en que un personaje se transforme en un gorrión, como en que sea un gorrión el ave elegida. O un águila. Las connotaciones de cada animal pertenecen al mundo de la fábula. De ahí que Andrés Ibáñez(Madrid, 1960) no precise extenderse en explicaciones.

Por otra parte, Ibáñez es fiel a los cuentos clásicos. Los druidas son sabios, hombres que han vivido. Pero los protagonistas de la literatura celta, por ejemplo, no son los druidas, sino sus aprendices. Se trata de Bildugsroman, un término no acuñado cuando la literatura era oral y al calor del fuego:En la columna de agradecimientos, Ibáñez nos da cuenta de las lecturas que le han influido: sobre druidas, sobre vikingos y sobre las leyendas británicas. Y las obras que le empujaron al mundo medieval, donde las salamandras sobrevivían en las hogueras y el unicornio no es un caballo con una prótesis en la frente, sino un animal que comparte las virtudes de los ciervos en las fábulas y en los cuentos clásicos. Pero la lectura nos hace inevitable recordar alguna otra novela. Uno piensa, precisamente, en El unicornio, de Manuel Mújica Laínez, con quien comparte no solo buena parte del mundo clásico del misterio medieval, sino la prosa, el gusto por encontrar algo estético, incluso dulce, en una época famosa por su oscurantismo y su brutalidad. Como Mújica Laínez, Ibáñez no tiene prisa por escribir, por describir, por darnos a conocer el mundo. Como el autor argentino, disfruta demasiado escribiendo, y sabe transmitir ese deleite, como para preocuparse por la larga distancia que adquiere cada una de sus novelas y si podría decirse lo mismo con menos palabras: no, no podría, porque no sería la obra de un esteta, y escribe para quienes disfrutan leyendo. Y también se viene a la cabeza Ursula K. Leguin, no solo por su ciclo de Terramar. También por la introducción de un elemento de ciencia ficción, que define la luz, la eternidad y la pureza, y se sostiene en el aire. Ursula K. Leguin consiguió que el agua y el aceite de la literatura de fantasía y la de ciencia ficción se mezclaran. Es posible que Ibáñez no haya leído estas obras, pero es probable, tratándose de un escritor que es capaz de leerse un océano.
“La magia, según me explicó el Tatuado, es la capacidad de ver, la capacidad de asombrarse y la capacidad de hacer, y todos los que hacen algo, sea un poema o sea un zapato, participan de alguna forma de la magia, alta o baja”.
El narrador, es fácil adivinar, es el aprendiz de druida. Este joven, sin apenas experiencia ni en la magia ni en la vida, que vienen a ser casi lo mismo en la novela, se interna en tierras arrasadas por bárbaros formando parte de una extraña comunidad, como lo era La Comunidad del Anillo en el libro de Tolkien, no elegida por sus méritos en batalla. Pero antes Ibáñez nos ha enseñado el mundo de las metamorfosis. Hay unas frases claves que se enuncian para designar el objetivo que debe proteger dicha comunidad, unas frases que son, por efecto de contradicción, una declaración de principios literarios de Andrés Ibáñez, empeñado en hacer de cada obra una marea distinta, pero siempre una gran marea, en ocasiones, sobre todo en las primeras novelas, tal vez demasiado grande. Dictamos:
“Sólo en el corazón del hombre arde una llama pequeña y escondida que desea ser libre. Hemos de apagar para siempre esa llama. Debe ser destruida y el hombre sojuzgado. Es necesario matar esa luz de la conciencia que crea en un vulgar animal la sensación de ser un individuo único y distinto de todos. La imaginación del hombre es la lepra del mundo. Lo que la ayuda, el amor, la soledad, la memoria, la música, el arte, han de ser erradicados y rendidos. Vivir es vivir con cadenas”.
Sea pues. Esto se llama hipérbole y ya sabemos que quiere decir exactamente lo contrario de lo que enuncia.

viernes, 5 de enero de 2018

LAS DEFENSAS

LAS DEFENSAS

Gabi Martínez
Seix Barral

Fuente: Revista de letras
Lo peor de estar enfermo, es que los girasoles le dan a uno la espalda. Todo el mundo sabe que el girasol se encara siempre hacia el astro que da vida al planeta, al que nos da luz y calor, y que durante la noche pulsan el interruptor de stand-by. Lo que sueñen los girasoles no cambiará el mundo, pero sí la dirección a la que apuntan a lo largo del día. La gente no soporta la enfermedad y mucho menos si el enfermo es un ser querido: “te quiero tanto que me duele tanto verte enfermo, y por lo tanto prefiero no verte”, es una frase real, escuchada en más de una ocasión desde el lado hacia el que miran los girasoles. El enfermo está solo y sus sueños sí marcan la diferencia con el sano: sueña con llevar una vida normal, con tener amigos y una familia. Tal vez encuentre algún amigo, como el protagonista de esta novela lo encontró en Gabi Martínez (Barcelona, 1971), pero la familia hará una demostración de que es una farsa y se diluirá como se diluye el hidrógeno en el aire.

Los cambios de pareja, la terapéutica pasión por las montañas, los hijos, entre los que se encuentra la que parece ser su favorita, una adolescente cuya intención es vivir de okupa y hereda el sentimiento de justicia social de mayo del 68, son una fuente de ingresos en el conflicto. Y este es la conciencia de los sentimientos que tiene, frente a los que debería tener. Es decir, la vida contra la sociedad. Porque vivir es salud y enfermedad. La sociedad no es nada más que un acuerdo mediático que diferencia el bien y el mal, seguramente sin precisión. Mientras tanto sus sentimientos, los que vemos reflejados en lo que vivimos, pueden acomodarse a un trastorno obsesivo, o a un existencialismo pocho, o a la neurosis del miedo a una herencia en el ADN. Por momentos, es imposible no volverse un hipocondríaco. Las alarmas truenan en cuanto surge un síntoma y da al traste con toda la buena labor que el protagonista hace como profesional y como amante. Hasta tal punto llega a alarmarse, que en algún momento entra en catatonia vital y abandona la montaña y hasta los asuntos clínicos entre los que se mueve como pez en el agua.Lo que pone sobre el tapete Gabi Martínez en Las defensas es mucho más que una novela y que una biografía. Es un ejercicio literario que sorprende por su alta tensión en un autor que nos ha acostumbrado a la literatura de viajes. No hay mucho más movimiento que el que se produce entre unas pocas calles, pero, eso sí, por las que circulamos nosotros, y no Gabi Martínez. Para relatar el caso del neurólogo que padece una enfermedad idiopática, al menos durante cuatrocientas páginas, elige la primera persona. Gabi Martínez nos convierte en el enfermo que no queremos ser. Son nuestras sus pasiones y sus amores, pero también sus arranques de una locura violenta. Nos identificamos con él y queremos comprenderle, pero no somos él, en tanto que somos lo que estamos leyendo. Porque la biografía de un cuadro polimorfo y cambiante es la nuestra gracias a la formación literaria de Gabi Martínez, que sabe cómo dosificar datos y entregarnos una vida a nuestro alcance. Nada de excesos de estilo: el estilo es la historia. Y lo que nos preocupa, página a página, es que nuestra historia debe tener un futuro. El protagonista da la sensación de ser tan hedonista como paranoico. Pero Gabi Martínez nos muestra que la locura, si es que es tal, tiene su coherencia, o al menos debería tenerla, como la tienen los girasoles.
Pero, aunque solo sea por la insistencia de los demás, él sabe que padece un trastorno. La inexistencia de un juicio clínico solo sirve para torturar. Los girasoles cada vez le dan más la espalda. El sol que da vida se le niega. Y sin sol, el cuerpo no responde y él se vuelve más y más vulnerable. Es tanta la renuncia a una vida normal, incrementada por un claro caso de acoso laboral, que el alcohol aparece como un chupete en un bebé. Y también el sexo a través de páginas especializadas, esas que unen a la gente por patologías. Los arranques violentos, que se manifiestan al principio en la resignación por la renuncia a su familia, se van incrementando hasta que le internan encadenado. Y nosotros, mientras tanto, hemos padecido el sacrificio y el malhumor, porque Gabi Martínez consigue que seamos Camilo Escobedo, que el nombre con el que figura el neurólogo en la novela. Solo un golpe de suerte puede cambiar su destino. No desvelaremos más, pero ese golpe de suerte puede dar pie a la tragedia o a la comedia, en el sentido más clásico del término: al final el protagonista estará mejor o peor que al principio. Pero sin necesidad de recurrir a la pornografía sentimental o a un trance bélico, como en los grandes clásicos, acudiendo al conflicto nuestro o de nuestro vecino, o de aquel a quien le hemos dicho que nos duele tanto verle enfermo que preferimos no verle, Gabi Martínez construye una novela tan clásica como vanguardista. Su talento no tiene límites.

jueves, 4 de enero de 2018

CONRAD, NARRATIVA BREVE COMPLETA

TODOS LOS MARES AZULES


La muerte constituye una fuente inagotable de mala literatura. Y este valle de lágrimas en el que caen toda suerte de chaparrones da pie a morir de muchas maneras, aunque la más frecuente se produce durante la vida, es decir, antes de que a uno le den sepultura. He conocido a un inglés, durante un viaje, que confesaba que en el baño de su casa había clavado en el techo un mapamundi geográfico, en relieve, de modo que mientras se bañaba revisaba los lugares del planeta que había ido visitando y aquellos que le gustaría recorrer. Su criterio lo marcaban las cordilleras, los espacios abiertos teñidos de amarillo, las cuencas de los ríos históricos y, por encima de todo, la lejanía de las aglomeraciones humanas. De alguna manera, ese inglés utilizaba la bañera de catafalco, como Drácula utilizaba el sarcófago para morir durante el día. El tipo consideraba que estar vivo era viajar. En buena medida, cualquiera de nosotros ha abierto un Atlas con intenciones semejantes a las del inglés, en algún momento de sus días, aunque a estas alturas ya resulta complicado marcar con precisión un espacio vacío al que acudir. Conrad lo hizo siendo un niño y consiguió alcanzar su sueño. Otros exploradores, como Richard Burton o el Duque de los Abruzzos repitieron idéntica operación, pero ninguno de ellos tuvo que sufrir una muerte en plena mitad de la existencia, pues ninguno de ellos abandonó del todo el viaje. Conrad sí lo hizo y fue así como se vio obligado a renacer, enfermo, con los ojos lavados de tanto mirar, pegando sus restos de vida a la existencia a través de la literatura.
Ya no era el joven huérfano que vagaba por los muelles del sur de Francia o del Támesis buscando un barco en el que le aceptaran en dirección a los mares del sur, que en cierta manera era su patria, pues venía de un lugar del frío en el que la disputa por arañar kilómetros a las rayas de la frontera le hubieran convertido en un nómada aunque no hubiera salido de casa. En lugar de verse obligado a aceptar ese pasado, eligió inventarse uno y este no fue otro que todos los mares azules. Pero, por encima de los demás, los mares de calor húmedo que ocupan la franja tropical del globo terráqueo. Fue un marinero feliz por haberse sacudido la caspa de un exilio nada voluntario para cargarse a la espalda la del exilio en el que los canallas de los puertos repartían miradas lapidarias y los comerciantes lucían un papagayo sobre el hombro derecho. En ese mar y en esos puertos había lucha, alguna honrada y noble, pero otra en los callejones, a base de puñaladas traperas, y ahí fue donde comenzó a sentirse libre. Incorporó a su alma las islas y las ensenadas donde se comerciaba legalmente con ron e ilegalmente con armas, y ascendió hasta primer oficial de la marina británica, un cargo que le permitió ver a los hombres nobles y a los desalmados como a un paisaje del que debía extraer el espíritu con todos sus atributos.
Hasta que la enfermedad, el cuerpo hecho una ruina, le hizo morir y construyó una tumba que era un hogar en los riñones de Inglaterra, para calzarse un bombín y un bastón y comenzar a reflejar lo que había aprendido en una lengua que adoptó como nueva patria. Escribía con una tensión reverencial, a la que se veía obligado por dos razones: en primer lugar porque cada palabra pesaba como una losa dentro de una lengua que iba descubriendo como quien aparta escombros para abrirse paso, y en segundo porque era incapaz de apartar de su cabeza la convicción de que la raíz ética se encuentra enlazada al mar. El reto más grande de un escritor es batirse en duelo y en reconciliación con el mar. Estos principios morales de Conrad consiguieron que en su literatura no hubiera una sola línea que rozara el ridículo, por mucho que en ocasiones le costara descifrarla al lector.
Y así construyó uno de los más grandes proyectos literarios de la historia, pegado a la existencia o, para ser más exactos, a la parte que importa de la existencia que es la vida. Aquejado por deudas y obligaciones, Conrad se vio en la tesitura de tener que escribir novelas voluminosas, para ser leídas por entregas o para complacer a los editores, en las que, con frecuencia, la trama y la acción se van rindiendo a medida que pasan las páginas, pero que conseguía sostener sobre los pilares de lo puramente literario, sobre eso que separa a la literatura del cine en el arte narrativo. Lord Jim, que tal vez sea la mejor de sus grandes novelas, se lee con mucha más avidez durante la primera mitad, en la que presenta el infierno que es tener una conciencia, que durante la segunda, en la que se trata acerca de la redención por la aventura. En El agente secreto se echa de menos el mar o las secuelas de los viajes. Salvamento no deja de ser un culebrón, pero la historia de amor con el calor pegajoso del trópico y el aislamiento y el lenguaje denso, hacen de ella una novela de escrutinio del alma. Tal vez sea en Victoria donde mejor dosifica los clímax de acción para mantener en vilo al lector, aunque el ansia de poder presente en Nostromo consiga un efecto parecido.
Pero será en la media distancia donde Conrad se instalará en un trono del que no ha existido escritor capaz de arrebatarle el primer lugar, aunque Henry James consiga en ocasiones desplazarlo. Esa media distancia es la de la novela breve o la del cuento largo, la que ocuparía en su momento entre cuarenta y ciento cincuenta pliegos manuscritos. Esta recopilación que Sexto Piso saca a la luz reúne todas las piezas que pertenecen al mejor Conrad. Para que los veintinueve relatos almacenen idéntico empuje, todos ellos han sido traducidos de nuevo por Carmen M. Cáceres y por Andrés Barba, quienes acometen el trabajo con el esfuerzo de saber que a Conrad no basta con traducirle: hay que reescribir de modo que su prosa no pierda consistencia. No cabe flaquear ante ese narrador de Conrad, siempre dotado de una verborrea en ocasiones tan inverosímil como para hacer de ello una virtud y mantenernos en vilo a lo largo del trayecto por el río Congo hasta el corazón de las tinieblas. Aunque escriba en tercera persona, su narrador siempre será más omniscente en lo que atañe al alma humana, o a las almas de sus personajes, que a las hazañas o desventuras. Sabrá ocultar parte del mundo de manera que postergue el punto álgido, sin que se pierdan las referencias que nos atan al relato, como por ejemplo sucede en, Gaspar Ruiz, donde uno sabe, porque así nos lo mencionan, que el protagonista es capaz de gestas sobrehumanas, pero no se imagina hasta qué extremo hasta que no llega a leer el brutal desenlace.
Son, por otra parte, los hombres nobles en la debilidad, conscientes de que su nobleza mantendrá su integridad, aquellos por los que siente y logra que sintamos especial ternura, situándolos en un segundo plano, pues por delante quedan las querellas. Como ocurre en La línea de sombra con el cocinero Bascombe, que es el que sobrevivirá en nuestra memoria después de leer un relato de fantasmas sin fantasma. O el capitán Whalley de El fin de las ataduras, un hombre incompleto que posterga la muerte para dejar una herencia a su hija, en la que las quinientas libras son una metáfora de redención por haber sido marino, alejado de la familia gran parte de su vida, y su serang ese compañero sin el cual la vida carece de sentido: es preferible vivir sin ojos que sin compañía. El cómplice secreto atosiga por la desesperada experiencia que vive el capitán que acoge a un intruso en su barco.
Hasta la estupidez está presente como una parte inseparable de la condición humana en relatos como Una avanzada del progreso y, por qué no, en la motivación que lleva a unos oficiales a postergar su destino de enfrentarse a punta de sable en El duelo. Quizá sea esta obra la única que se ha llevado al cine con éxito, si bien para ello se hubo de depurar el texto hasta el hueso, para luego reinventarse la historia, pues de ese calibre es la escritura de Conrad, tan puramente literaria. La experiencia la repitió con éxito Coppola en Apocalypse Now, donde muy a su pesar tuvo que añadir un trasfondo bélico para traducir la consistencia del horror con una intensidad semejante a la novela en la que se inspira.
JuventudTifónLa posada de las dos brujas o El alma del guerrero son algunas de las obras de las que uno guarda gran recuerdo porque también llega a leerlas como impresiones físicas. En la descripción, Conrad ha sido el gran maestro, tanto para lo siniestro como para lo noble o los duelos del corazón. Por todo ello, esta recopilación merece figurar en nuestra mesa de lectura durante unos buenos meses y, quién sabe, tal vez volver a leer cada página después de haber cerrado por primera vez el volumen. Decir que aquí está todo lo mejor de Conrad equivale a decir que aquí está todo lo mejor de la literatura que importa, la que nos contiene como seres morales, la que duda de un destino teledirigido por drones, la que nos hace torpes frente a la batalla, testarudos en las convicciones de generosidad y débiles de corazón. Pero conocer nuestra debilidad nos hará más fuertes.