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domingo, 4 de febrero de 2018

TIEMPOS OSCUROS

Tiempos oscuros

John Connolly

Traducción de Vicente Campos
Tusquets
Barcelona, 2018
480 páginas

La saga del detective Charlie Parker, que ya cuenta con quince volúmenes, es como la nueva temporada de una serie, que ya contara con quince. John Connolly (Dublín, 1968) es un narrador de los que no dejan cabos sueltos, de los que cercan su territorio y de los que consigue, en lo que es un ejercicio magistral, que una descripción suponga un avance en la acción del libro. Desde su presentación en Todo lo que muere, hasta la presente Tiempos oscuros, poco a poco ha ido introduciendo cambios imprescindibles en la vida del protagonista y del narrador. El primero es el de haber abandonado, parece que de manera definitiva, los momentos en que le daba la voz al propio Charlie Parker, alternando con el narrador omnisciente. La sensación que da es que Parker carezca del impulso juvenil y ahora, tras el paso por el pabellón del otro mundo en una novela anterior, prefiere no invertir más energías de las necesarias. Sus compañeros de batalla, Louis y Angel, a los que tenemos un cariño que se nos antojó imposible cuando los presentó, ya no aguardan a que pase la mitad del libro para hacer acto de presencia. Desde la primera página son sus compañeros, sus muletas.
Otro de los cambios notables es que lo gore ha cedido su paso al realismo. Las muertes siguen siendo atroces y ruines, y siguen siendo baratas, pero ya no se trata con personajes que se ensañen en destrozar cuerpos de formas inhumanas, despiadadas, psicopáticas. De hecho, los personajes ya no obedecen tanto a descripciones que provocan terror solo con su presencia. Ahora Connolly recurre a lo que ya conocemos todos, en cierta medida, para centrarse en lo que le interesa: las formas del mal. En esta novela, la referencia a la comunidad de Walcot, aquella secta que terminó con una matanza total, es evidente y hasta los personajes la expresan. No resulta complicado imaginar el arquetipo de comunidad, de secta oscura, apartada, regida por sus propias leyes, autónoma, endogámica, separada del mundo por un fenómeno natural, en este caso el denso bosque, y en lo que se ha transformado después de décadas de esa perversión. Hay un dios y un líder. Y el imperativo de que la pervivencia de la secta está por encima de cualquier otra cosa, incluso de una guerra atómica. La comunidad responde a un arquetipo y a una desviación hacia el mal.
Próximo a la comunidad está una pequeña población, en un rincón del noreste de Estados Unidos, el lugar al que nos lleva de viaje Connolly en cada entrega. La población es un lugar tranquilo y de esconder maldad, será un caso aislado y oculto, un topo de la secta. Mientras tanto, las relaciones entre Parker y las fuerzas del orden no precisan de ser explicadas ni de recurrir al cinismo. Los secundarios de la policía estatal o del FBI que conocen a Parker apenas necesitan cruzar una mirada con él. Saben que es un superviviente y saben que, rigiéndose por sus instintos, no se salta la ley. De hecho, en esta novela hay un momento en que anuncia que puede obrar al margen de lo legal y se le permite hacerlo, porque eso supone la única forma de dar fin al mal.
Con su personal estilo, diferente al habitual en la novela negra, con más subordinadas y menos impacto buscando la frase crítica, seguimos sin saber si Connolly, el autor, no el narrador, cree en el mal. Alguien que lo mira desde esa distancia parece que desconfía de su existencia. Pero el narrador no cesa de mencionarlo sin explicar nada que no sea lo que todos deducimos: el mal existe en lo que existan los actos de maldad. Por norma general, en la vida suceden como resultado de la cobardía de la gente. En Tiempos oscuros se alterna ese espíritu del mal, informe, que los malvados proyectan sobre una figura de un dios, el Rey Muerto, con la cobardía a gran escala. Porque muchos de los personajes antagonistas se orientan por cobardía: prefieren lo conocido, la secta, que les ofrece paredes y techo a modo de cobijo, en un mundo que va hacia el colapso, a enfrentarse a lo que queda fuera de su hogar. Aunque eso suponga el sacrificio de sus hijos.

jueves, 28 de diciembre de 2017

MÚSICA NOCTURNA

Fuente: Oculta Lit

Música nocturna
John Connolly
Traducción de Victoria Ordoñez Diví
Tusquets
Barcelona, 2017
445 páginas

Años después, y todavía guardando la sorpresa que supuso el primer volumen de la saga del detective Charlie Parker, Todo lo que muere, uno descubre que las razones del apego hacia Connolly no se deben solo a lo oscuro y a la intriga. Se deben a la literatura. Todo lo que muere representa una revolución en la novela policiaca: tiene mucho de thriller, una trama perfecta, un pulso de altísimo voltaje y añade un trasfondo fantasmagórico. ¿Mezcla de géneros? Tal vez. En cualquier caso, una novedad en las sagas de novela negra: resulta que la razón no es lo que se impone, que no existe una explicación del todo sensata a la resolución del problema. La puerta abierta a otro mundo, uno desde el que llega a la Tierra la maldad, o el origen de la maldad, acierta a dejarnos con el aliento encogido, con ganas de conocer en profundidad a estos personajes. Chalie Parker, el protagonista de la saga, es un tipo normal al que se le atribuye una supervivencia que no es de este mundo. Y los otros personajes, los colaboradores, los amigos, esos sí, esos son creíbles, pero no totalmente verosímiles: contienen un punto hiperbólico que es parte de la propuesta literaria de Connolly. Nuestro consejo es aceptar el pacto y seguir leyendo su obra.
Los siguientes volúmenes de la saga mantienen el tono, que no evita lo gore, lo descarnado, lo atroz, lo sobrecogedor. Aunque le resulta difícil mantener el pulso a lo largo de los ya catorce volúmenes, todos de más de cuatrocientas páginas, en la última entrega, La canción de las sombras, recupera lo mejor de sí mismo y vuelve a azotar a nuestro ingenio y a nuestra razón. A Connolly hay que leerle con todos los órganos del cuerpo, incluida el alma que, para él y para los habitantes de la saga, es un órgano más.
Pero si algo nos ha ido llamando la atención, al margen de la inmensa calidad de quien tal vez sea el mejor autor de novela negra vivo, son los agradecimientos que figuran al final de cada volumen. La cita a numerosos libros, algunos de ellos de compleja relación con lo que acabamos de leer, epata. De ahí que aconsejemos, vivamente, leer esta Música nocturna, un volumen de relatos y un ensayo, que vive al margen de la región noroeste de Estados Unidos, donde habitan tanto Charlie Parker, su detective, como Stephen King, su héroe de adolescencia. Por fin podemos dar fe de las lecturas de Connolly y de que entre las razones por las que seguimos leyéndole, seguimos queriéndole, al margen del cariño que sentimos por los personajes, es la literatura. En este volumen se recogen unos relatos y un ensayo que explican de dónde viene esta dedicación, este enamoramiento. Ser fiel a la adolescencia, sí, a Stephen King, su refugio durante la etapa de formación, su Bildugsroman particular. Pero también a muchos clásicos. Entre ellos a Poe, a Stevenson, a Henry James, a Lovecraft o a cierta parte de Lovecraft, a W.W. Jacobs, a Mary Shelley tan juvenil como demoledora en su Frankestein, a Conan Doyle o a M.R. James, su favorito. Pero también a series como Doctor Who o La cúpula, a clásicos más allá de los mencionados, capaces de crear mundos paralelos, como los creaba Borges, como los creaba Chaucer. Todo ello, y mucho más, está contenido en la literatura de Connolly, que no se queda, como tantos autores de novela negra, en el entretenimiento. Connolly quiere saber la razón del mal, porque nadie, ninguna religión, otro asunto presente en su obra, le ha conseguido explicar no ya de dónde viene, sino en qué consiste. Nadie ha definido qué es la maldad y por tanto no puede saber nada de ella. Así se presentan estos relatos, alguno de ellos encadenados por un libro que representa el infierno o la apertura a la puerta del infierno para que este entre en la Tierra, algunos más suaves, más juegos literarios.
La confrontación de la justicia con el mal, o contra el mal, queda flotando, amargamente, en la obra de Connolly. Ambas pertenecen a otros mundos. En este, tenemos la razón y tenemos la ley. Con un éxito sin precedentes en la historia de la literatura, en su obra conviven ambos mundos, sin que la frecuencia de la literatura choque: coinciden las ondas y monta unos artefactos que nos consumen como lectores. Cuando llega el siguiente volumen de Connolly, los demás libros se apartan. Es él quien mejor explica, en el breve ensayo, cuál es el tema que atraviesa sus páginas: “Sentía curiosidad por la disparidad entre la ley y la justicia, la diferencia entre nuestro imperfecto sistema humano de justicia y la posibilidad de una justicia divina, y las consecuencias que la existencia de esta última podría tener para con los orígenes del mal. También me interesaba crear nuevos formatos literarios, híbridos de tradiciones ya existentes, porque creía que en la experimentación residía el riesgo”. Entonces la literatura se le imponía. Hoy, a pesar de estar catalogado como un autor de género, es él quien dicta en qué consiste la literatura. Hoy, John Connolly es uno de los grandes escritores vivos. Lástima que la academia solo preste atención a lo solemne.



martes, 28 de noviembre de 2017

TRILOGÍA NEGRA DE PEKÍN

Trilogía negra de Pekín
Diane Wei Liang
Traducción de Lola Díez
Siruela
Madrid, 2017
685 páginas

La excelencia de Diane Wei Liang está en su pasión documental, que da la impresión de verdad y no cae en la deformación amarga o irónica de la vida ni en la tesis política explícita. La frase es prestada de una reseña de Justo Navarro. En nuestro caso, es necesaria.
Por lo general, se conoce como novela urbana a lo que es novela negra: varias personas de una misma ciudad y diferente trabajo o estrato social, se reúnen alrededor de un cadáver. En este caso, esas personas definen Pekín. “Así puedo hacer que mi detective toque cada capa de Pekín y mostrar sitios que de otro modo no podría. Me da muchas más posibilidades para retratar la vida de allí”. Dice la autora.
Y Pekín se ha convertido en la gran urbe donde todos los males de la ciudad inmensa se gradúan de forma exponencial, siendo la cifra exponente muy alta. El anonimato y el ruido, la dificultad para moverse y la imposibilidad de conocer al otro, el amor sin rozarse o la violencia polisémica, son parte de Pekín. Como lo son las autovías de doce carriles, la contaminación que equivale a fumar dos paquetes de tabaco al día, las megalópolis verticales en las villas miseria, las estructuras faraónicas y los rincones con farolillos rojos bajo los que se comen verduras tradicionales y que o bien engañan a los turistas, o bien son puestos callejeros que no superarían el corte más absurdo de una inspección sanitaria. Todo ello, el viaje a Pekín, con sus aromas atorados de rugidos, con sus ciudadanos sin mirada porque mirar supondría locura en las calles, para enfrentarse al tráfico y el disparate y la convivencia de los anacronismos.
Diane Wei Liang, nacida en un campo de trabajo, estudió en la universidad de Pekín, marchando a Estados Unidos como consecuencia de haber participado en la revolución estudiantil de 1989. Allí se doctoró en Administración de Empresas en la Universidad Carnegie Mellon de Pennsylvania, impartiendo clases posteriormente. Más tarde viajó a Londres, donde continuó dando clases hasta dedicarse de lleno a la escritura.
¿Gracias a la novela negra puede mostrar cómo es verdaderamente la vida en su país? Sí, definitivamente, sí. Esta es la mejor manera. Porque este género es muy accesible para el público. En esta novela el lector encontrará un retrato del Pekín posolímpico y también de cómo funciona el sistema judicial en la China actual.
Responde la novelista. “Es cerrado, está totalmente politizado y no representa a la justicia, no si esta entra en conflicto con los intereses políticos”. Comenta a continuación.

EL OJO DE JADE
En El ojo de jade, novela policiaca que transcurre en el Pekín de hoy, la protagonista es Mei, una mujer joven e independiente que tiene su propia agencia privada de detectives. Cuando un cliente le pide que encuentre un valioso jade de la dinastía Han, sustraído de un museo en plena Revolución Cultural, Mei se verá obligada a profundizar en ese oscuro periodo de la historia de China. Su investigación revela una trama que tiene mucha más relación con el pasado y la historia de su propia familia de lo que podría haber esperado. Esto la llevará a la trastienda de Pekín y a un secreto tan bien guardado que, desenterrarlo, amenazará con destruir lo que Mei consideraba sagrado...

MARIPOSAS PARA LOS MUERTOS
Los 25.000 lectores que han conocido y seguido a Mei Wang por el Pekín de El ojo de jade, no deberían perderse este nuevo caso de la detective china. Es un juego peligroso el de investigar la verdad en una sociedad que aún está poniendo al día los secretos de su pasado.
En lo más remoto de China, un activista político encarcelado tras la masacre de Tian’anmen es puesto en libertad. Atormentado por los recuerdos de sus días en la cárcel, se dirige a la capital del país, donde espera enfrentarse con sus propios demonios de una vez por todas y para siempre. La detective Mei Wang, entretanto, acepta investigar la desaparición de una deslumbrante y joven estrella llamada Kaili. Desde el glamour y la riqueza del Pekín moderno, llegará hasta los viejos callejones -o hutongs- que aún existen en los límites de la ciudad. Allí, Mei se encuentra no sólo buscando a Kaili, sino también tras la pista de una delicada mariposa de papel que ha desenterrado en el apartamento de Kaili. Poco a poco se dará cuenta de que la verdad no siempre nos hace libres; y cuando por fin aparece el cadáver de Kaili, su asesinato destapa unos vínculos con el pasado que obligan a Mei a enfrentarse con algunos de sus propios demonios.

LA CASA DEL ESPÍRITU DORADO
A sus 33 años, soltera y económicamente independiente, Mei Wang se mueve en un Pekín donde la desigualdad entre pobres y ricosaumenta cada día y donde todos rivalizan por el poder o el dinero. Un Pekín post olímpico, ajetreado, ruidoso, muy rico y muy corrupto en el que Mei conoce por casualidad a un joven abogado. Éste le encarga la investigación de un caso para una empresa que fabrica unas píldoras capaces de curar los corazones rotos. Los dueños, una familia de fuera de la ciudad, han contratado sus servicios para que investigue qué está pasando con su dinero. Mientras tanto, un inspector procedente de un departamento del gobierno se presenta en su despacho con la orden de cerrarle la agencia de detectives. Una excelente trama policiaca que es también una ventana abierta al fascinante Pekín actual.




 Fuente: Culturamas

miércoles, 1 de noviembre de 2017

LA CANCIÓN DE LAS SOMBRAS

La canción de las sombras
John Connolly
Traducción de Vicente Campos González
Tusquets
Barcelona, 2017
444 páginas

Habituados a su peso dentro de un panorama de novela negra bastante uniforme, a John Connolly (Dublín, 1968) se le obliga a ser oscuro. Y a ser posible, el más oscuro. Pero la oscuridad no está en los arañazos que sacuden al lector en los párrafos más violentos, los más sanguinarios, de sus primeras obras del detective Charlie Parker. La oscuridad tampoco está en las atribuciones que los otros personajes le adjudican al protagonista de la mayoría de las novelas de Connolly. Ni siquiera en eso que en este caso ya apunta más explícitamente, que es un flujo de vida, de carácter más bien feo, entre esta vida y un supuesto más allá, donde no existe un paraíso. El ángel que viene a visitarles, no muestra su rostro debido a lo horrible de la máscara que ya se ha unido a la piel. Si es que es piel lo que poseen los cuerpos astrales.
La oscuridad está en el míster Hyde que se pasea por los personajes. Incluido a Charlie Parker, que siempre mantiene una especie de vigilia para comprobar que éste no se adueñe del cien por cien de lo que es. En esta novela, La canción de las sombras, regresa el mejor Connolly. Hace tiempo que estábamos deseando que retomara el pulso que caracterizó las primeras obras de la saga. De entrada, asistimos al doloroso renacer del detective. Y nacer duele. Duele y mucho. Y afecta al estado de vigilia, hasta el punto de que en algún momento lo traslada hacia otra persona, su hija, quien tiene algo más que humanidad en su voluntad y sus deseos. O algo distinto a humanidad.
Por otra parte, Connolly sigue en su doble línea de género. Es novela negra porque es una novela de detectives, con su intriga y su final inesperado, con la intuición de los sabuesos y los giros argumentales, con la correspondiente dosificación de datos; pero también es un thriller, con la intensidad que dan esos malvados a los que cabe aplicar aquello de que el sueño de la imaginación produce monstruos. De ahí la inacabable inventiva de Connolly, que bebe de las mismas fuentes que El Bosco.
Dado que Parker acaba de nacer, nos encontramos también frente a una novela de transición. Al principio, y fuera de lo acostumbrado, Parker no puede dominar los actos a su alrededor. Ni siquiera los propios. Parker está aplastado por la vida y condenado a ser un mero espectador. No caben manipulaciones. De ahí hasta el final, el proceso de regeneración se solventa en la voluntad y en lo inexplicable. O lo que al menos no debe conocer el lector de esta reseña. La nueva aportación es un tema real, al que Connolly trae a la actualidad: ¿qué sucedió con los nazis, soldados y militares de alto rango, que emigraron de Alemania tras la Segunda Guerra Mundial y vivieron ocultos en rincones perdidos del mundo? Porque el noreste de Estados Unidos no deja de ser un mundo aparte: un lugar de clase media alta, con muchos rubios -ideal para refugiarse los arios-, en el que el respeto pudoroso al vecino y la lealtad a un párroco y una religión, imperan. Un lugar en el que apenas existe mucha más delincuencia que la que Connolly crea en la ficción.
Algunos de aquellos nazis, torturadores, asesinos, consiguieron llegar a este recodo, y viven desperdigados, sí, pero forman una comunidad que ocultan incluso a sus propios hijos. En algún momento, incluso Connolly se acerca a las tesis que Hanna Arendt expone en Eichmann en Jerusalén: ellos se limitaban a cumplir órdenes; si el mal estaba en la orden, no era su misión definirlo y denunciarlo. Pero los tipos que aparecen en La canción de las sombras ya han vivido su vida, y durante este tiempo sí han podido decidir su suerte. Condicionados por la necesidad de esconderse, eso sí, pero les cabe sortear cada pequeña decisión de cada día. Les cabe la opción de meter en un cofre a su míster Hyde. O tal vez no. Tal vez, el haber sido un fanático y haber disfrutado de la sangre, como explica Stevenson en El doctor Jekyll y míster Hyde, te deje en ese lugar de por vida. La única solución es la muerte. Y de eso, de la forma de morir, como siempre en Connolly, hay unas cuantas versiones en esta novela tan brutal como magnética.


Fuente: Culturamas

martes, 17 de octubre de 2017

MUERDE ESE FRUTO

Muerde ese fruto
Aharon Quinconces
Tolstoievsky
Alicante, 2016
140 páginas

La novela urbana es como un cadáver con prótesis de plástico: por más que uno se empeñe en enterrarla, una buena parte de ella no se degrada. Las razones pasan por la falsa expectativa que supone la novela urbana: catalogamos como tal a obras que suceden en las ciudades, porque las ciudades permiten reunirse a gente de diversa condición, distinto estrato social y con variados oficios, en un espacio limitado por las calles. Dado el origen, con frecuencia desconocido, de cada uno de los que intervienen, el protagonista desconfía de todos. La desconfianza se traduce en la manía de expresarse con paradojas, un juego casi cínico en el que los escritores se mueven como pez en el agua, pero un juego, al fin y al cabo, tan limitado como el espacio de las calles. Sin embargo, una novela urbana tendría que ser un ladrillo enorme en el que la principal característica fuera la que define a una ciudad: que la gente no se conoce. Mientras tanto, asistiremos a ese cadáver con más prótesis que órganos, que es la novela que reúne a gente de estirpes variadas por lo general alrededor de un cadáver. Y el cadáver suele aparecer en la primera página.
Aquí es donde Muerde ese fruto, novela urbana, se desliga de las demás, pues el cadáver aparece hacia el final del relato, y no es lo que más peso tenga en la trama o, para ser más precisos, en el desarrollo de la novela. Porque Muerde ese fruto es una novela con más desarrollo que intriga. No importa tanto si existe un culpable en la muerte de ese futuro cadáver, como las etapas urbanas por las que pasa el protagonista. Este va saltando de escenario a escenario, cada uno de ellos caracterizado por un elemento clave: la música pop, la droga, el bar que no podía echarse en falta, el hospital, las putas, el periodista y, sobre todo, el tipo de gente a la que atiende un periodista de provincias, cabezas de ratones, o de ratoncillos o de ratas, como concejales de urbanismo o toreros. Y también está a la gente que sí conoce, con bastante convicción, el protagonista, que fueron sus compañeros de instituto, con los que queda a cenar.

Todo esto, como es fácil suponer, da como consecuencia el costumbrismo. Pero un costumbrismo que está en función de algo. En primer lugar, de delatar que las relaciones raramente son buenas. Ni siquiera las de pareja. De hecho, las relaciones entre hombre y mujer suelen venir enlatadas en dominación o con la etiqueta de sexo. Y los matrimonios son una situación falaz, algo falso, algo social, que la mujer, más que el hombre, necesita creer como quien se confía al ancla en un tifón. Pero donde Quincoces da en el blanco es en la constante presencia de los ansiolíticos y las pastillas para dormir. Estas nuevas drogas son, junto al hecho de que la gente no se conoce, lo que caracteriza a la ciudad. Las neurosis urbanas te las resuelve Bayer. Por esa razón las descripciones de la ciudad que atraviesa el protagonista se atienen a las partes del cuerpo que no son prótesis: carne, sangre o virus, son algunas de las fórmulas que utiliza para relatarla. Y luego está la necesidad de denunciar el sistema sanitario, tan podrido en esta novela como en El jardinero fiel. Y que es el detonante de la acción, antes de que aparezca el cadáver.

Fuente: Culturamas

viernes, 13 de octubre de 2017

LA CLAVE PINNER

Fuente: Tribuna/Culturas

La clave Pinner

Andrés Pérez Domínguez

Roca Editorial
Barcelona 2004
238 páginas
17 euros



Ser espía a pesar de la condición humana


Pinner es el apellido de alguien que elige convertirse en un despojo humano, un borracho que lamenta sus fracasos para no afrontarlos, grandote y de pelo bermejo, a quien el servicio secreto británico le ofrece una oportunidad para salvar su honra sirviendo a su país en una acción clave que puede darles la victoria en la Segunda Guerra Mundial. Pero él acepta por motivos bien diferentes, acepta para correr al encuentro de sus fantasmas, trabajando así por amistad y superando con un resto de entereza su senilidad prematura, enfrentándose a unos fantasmas agazapados en los recuerdos de episodios que vivió durante la Guerra Civil española. A Pinner se le encarga la misión de localizar a un antiguo amigo, un republicano peleón, el último resistente, asegurándole que posee información básica sobre los planes aliados, y que de caer ésta en poder de Alemania la guerra se resolverá a favor del Eje. El amigo de Pinner, Carmona, está huyendo de las fuerzas de seguridad de la España de posguerra, al tiempo que él le persigue los talones, convencido de saber cómo encontrarlo a través de una mujer, la esposa de un compañero caído luchando contra los insurgentes. Y así, los dos primeros tercios de la novela se resuelven en unas secuencias de acciones paralelas en las que Pérez Domínguez (Sevilla, 1969) no corre más riesgo narrativo que el hecho de que no sean tan paralelas, pues las referidas a Carmona, el perseguido, han sucedido tres, cuatro o seis días antes a las que atañen a Pinner pisando los mismos lugares, sin que el autor tenga reparos en recurrir a saltos de tiempo mayores cuando necesita retroceder años para contar un lance sin el cual sería imposible comprender por qué los personajes hacen lo que hacen. A partir del momento en que ambos confluyen en el lugar estratégico, un bar regentado por la mujer, las piezas que Pérez Domínguez ha conjurado ya están dispuestas sobre el tablero y sólo cabe manipularlas con oficio para no desvelar antes de tiempo el final del relato.
La clave Pinner es una novela de espías en la que prima, por encima de los demás aspectos de la literatura, la trama. De ahí que convenga exponer el argumento y dejar que luego sea el lector el que escoja hasta qué punto resultará de su interés la obra. Que nadie confíe en topar con personajes de una atormentada profundidad psicológica como los de Dostoievsky, o unos fuegos artificiales verbales propios, por ejemplo, de Joyce. Esta novela no pretende nada semejante y, en palabras de Raymond Chandler, “la honestidad es todo un arte”. La propuesta del autor, en este caso, no le convierte en un artista –con mayúsculas- si no en un buen cocinero.
El planteamiento de Pérez Domínguez pasa por no aburrir y por programar cómo será el vestido con que unas tramas al estilo de John Le Carré se disfrace el traje típico español. De ahí las reuniones frente al vino y el jamón, los nombres al estilo Artemio, Rosa, Dolores o Lacruz, las playas de Huelva, las corridas de toros y, sobre todo, la aparición en segundo plano de El Caudillo. Y de ahí, también, que elija la España de posguerra como un tiempo representativo de nuestro país. Tal vez cabría pedirle una visión menos tibia de esa España, dado que pertenece a la primera generación que podría hablar libremente sobre esta época. Aunque, insistimos, la vitalidad de su labor narrativa se condensa en la acción y como consecuencia de ésta en los rasgos propios del género: las fronteras como línea de terror y la aventura de los contrabandistas, las huidas tan relacionadas con la noche, los vínculos entre los estados y los traficantes de armas, el acoso de los fracasos y de los viejos amores, los supuestamente terribles episodios de torturas y extorsiones, la traición, o la presencia de una prostituta que enamora.



sábado, 6 de mayo de 2017

Trilogía negra de Pekín

Trilogía negra de Pekín

Diane Wei Liang

Traducción de Lola Díez
Siruela
Madrid, 2017
685 páginas
La excelencia de Diane Wei Liang está en su pasión documental, que da la impresión de verdad y no cae en la deformación amarga o irónica de la vida ni en la tesis política explícita. La frase es prestada de una reseña de Justo Navarro. En nuestro caso, es necesaria.
Por lo general, se conoce como novela urbana a lo que es novela negra: varias personas de una misma ciudad y diferente trabajo o estrato social, se reúnen alrededor de un cadáver. En este caso, esas personas definen Pekín. “Así puedo hacer que mi detective toque cada capa de Pekín y mostrar sitios que de otro modo no podría. Me da muchas más posibilidades para retratar la vida de allí”. Dice la autora.
Y Pekín se ha convertido en la gran urbe donde todos los males de la ciudad inmensa se gradúan de forma exponencial, siendo la cifra exponente muy alta. El anonimato y el ruido, la dificultad para moverse y la imposibilidad de conocer al otro, el amor sin rozarse o la violencia polisémica, son parte de Pekín. Como lo son las autovías de doce carriles, la contaminación que equivale a fumar dos paquetes de tabaco al día, las megalópolis verticales en las villas miseria, las estructuras faraónicas y los rincones con farolillos rojos bajo los que se comen verduras tradicionales y que o bien engañan a los turistas, o bien son puestos callejeros que no superarían el corte más absurdo de una inspección sanitaria. Todo ello, el viaje a Pekín, con sus aromas atorados de rugidos, con sus ciudadanos sin mirada porque mirar supondría locura en las calles, para enfrentarse al tráfico y el disparate y la convivencia de los anacronismos.
Diane Wei Liang, nacida en un campo de trabajo, estudió en la universidad de Pekín, marchando a Estados Unidos como consecuencia de haber participado en la revolución estudiantil de 1989. Allí se doctoró en Administración de Empresas en la Universidad Carnegie Mellon de Pennsylvania, impartiendo clases posteriormente. Más tarde viajó a Londres, donde continuó dando clases hasta dedicarse de lleno a la escritura.
¿Gracias a la novela negra puede mostrar cómo es verdaderamente la vida en su país? Sí, definitivamente, sí. Esta es la mejor manera. Porque este género es muy accesible para el público. En esta novela el lector encontrará un retrato del Pekín posolímpico y también de cómo funciona el sistema judicial en la China actual.
Responde la novelista. “Es cerrado, está totalmente politizado y no representa a la justicia, no si esta entra en conflicto con los intereses políticos”. Comenta a continuación.

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