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martes, 18 de septiembre de 2018

MI DEUDA CON EL PARAÍSO (CULTURAMAS)

Aquí os dejo algunos apuntes sobre la primera reseña de 'Mi deuda con el paraíso'. Gracias a los amigos de Culturamas y a Teresa Rivas, que ha tenido la inmensa paciencia de leerlo.


Mi deuda con el paraíso
Ricardo Martínez Llorca
Desnivel
Madrid, 2018
240 páginas



La vida ha permitido a Martínez Llorca terminar uno de esos proyectos para los que se Requiere mucha paciencia y mucho sacrificio. Mucha ilusión, aprendizaje y un alarde imaginativo sorprendente. Un escritor de oficio, un novelista puro.

Es una novela de aventuras al estilo más clásico.

Martínez Llorca no renuncia a uno de sus puntos fuertes: la descripción.
Nada se le escapa al ojo de la memoria de nuestro narrador.

Y están las figuras africanas, siempre dignas, a las que se trata con un respeto reverencial.

A los lectores de la literatura de piscina sentimos lastimarles: no hay una palabra barata.
Rogamos que nadie se acerque a él con prejuicios. Es pura novela, literatura científica y poética.

Artículo completo AQUÍ.







jueves, 22 de marzo de 2018

PELEA DE GALLOS

Pelea de gallos

María Fernanda Ampuero

Páginas de Espuma
Madrid, 2018
115 páginas

Rara vez, por no decir ninguna, nos habíamos encontrado frente a un escritor que narrara como si estuviera todo el rato describiendo. No hay frase de descanso, no hay reposo en las elipsis, no hay nada que no sea descripción, porque los actos, los gestos, las reacciones están en función de una concepción del mundo en la que nadie se salva. Se es víctima o victimario, pero igualmente participe de una literatura que es un trabajo, convertido en una moral que nos engulle por falta de aire, porque lo pordiosero abunda. Y duele. El estilo es siempre denso y el ritmo concentrado. Y la vida es lo que sucede por haber puesto mal los enchufes: los apagones, los cortocircuitos, los calambres y hasta las muertes. Todos los personajes parecen haberse emborrachado con una sopa que en el caso de los más desfavorecidos se llama bodrio, y en el de la burguesía el bodrio es la digestión que hacen de ella. A los personajes de María Fernanda Ampuero (Guayaquil, Ecuador, 1976) se les podría llamar excipiente de productividad. ¿Suena duro? Lo es. De hecho, cualquier reseña se quedará corta.
Las mujeres están bien jodidas (con perdón). La violencia sucede, los abusos suceden, la sangre sucede, como sucede la muerte y los besos podridos. También la memoria de la infancia, que no pudo ser feliz, por mucho que lo intentara, hasta el punto de que mientras relatan los personajes se dan cuenta de que su memoria ha sido falsa. Su infancia fue sucia, como lo es su realidad. Tristes e insultados, sobrevivieron por la naturaleza de la respiración y la digestión de pan rancio. El mundo es hostil, tanto como para resultar imposible encontrar tu lugar. Hay muchachas a las que no se las quiere ni para el sexo de los borrachos y otras a las que se las hace sangrar con la violencia del sexo. De hecho, el primer relato habla de alguien que elige ser muy desagradable para sobrevivir en este mundo ingrato. Hasta la menstruación hace de las niñas una monstruosidad de cara a la gente con quienes conviven, aterrorizadas por su padre, por las monjas… porque lo religioso también incrementa la sensación de angustia. La violencia llega hasta a las pasteleras que han dedicado toda su vida a fabricar tartas para los cumpleaños. Claro que a quien ya no es niño, una muerte más le trae sin cuidado, porque ya no desea su tarta con forma de Barbie.
El silencio será sinónimo de basura y las mascotas se comen a sus hijos. ¿Rezar? ¿Para qué? ¿Para qué sirve la ilusión de creer que hay un consuelo más allá del mundo de los injustos? Del mundo de las enfermedades venéreas, de la religión, del fetichismo, de la prostitución y del machismo, del exceso de machismo. El odio se instala hasta entre los que podrían sacar provecho, y los ataques de locura son privilegio de los ricos, su forma de destrozar el mejor mundo posible y permitir que continúe la miseria. La superficialidad de la clase alta no se escapa a la mirada de Ampuero. Nos habla de mujeres burdas y obscenas. Después de leer esto, ¿a alguien puede quedarle ganas de atreverse con el libro? Sí, deberían. Porque tal vez el mundo sea feo, pero Pelea de gallos es un libro sincero. Y, desde luego, consigue lo que pretende. Lejos de los convencionalismos, los relatos hacen saltar por los aires las normas del género y nos presentan a una narradora dotada de un oído extraordinario. Alguien que sabe reflejar en un texto lo que registra con la mirada. Una escritora de gran calibre.

Fuente: Culturamas

domingo, 18 de marzo de 2018

YUGOSLAVIA, MI TIERRA


Yugoslavia, mi tierra
Goran Vojnovic
Traducción de Simona Skrabec
Libros del Asteroide
Madrid, 2017
363 páginas

¿Qué distingue el lamento del odio? Posiblemente nada. Cuando uno siente, y siente mucho, todo es una sola conciencia, dura, durísima. Pero no existe una palabra para designarla. Si la ira es tan intensa como la pena, lo que cuenta es la intensidad, no el carácter. Lo que cuenta es que la piel no sea suficiente como para contener lo que sea que uno sienta, las emociones, más grandes que el cuerpo. Uno, entonces, se sabe inevitablemente solo. Ese tipo de soledad, que es un energúmeno, es lo que invade al narrador de Yugoslavia, mi tierra. Un narrador que es no solo alter ego de Goran Vojnovic (Liubliana, 1980), sino que intenta serlo de toda una generación. Han sucedido las guerras de los Balcanes y Yugoslavia se la atomizado. Donde antes existía mestizaje, relación, vínculos comerciales, amistad, ahora se han implantado unas líneas de demarcación que obligan a la gente a considerarlas impermeables. La familia del narrador, como tantas familias del momento, ya no lo es, porque los orígenes geográficos se imponen. La norma que se establece es la de que no existe la familia ideal. De hecho, ni siquiera existen lazos familiares. La norma es la no-familia, incluida la brutalidad de la no-madre que sufre el narrador. Que es, casi con seguridad, la norma que se impuso en un territorio que ahora se llama Bosnia y Eslovenia, y Serbia y Macedonia y no sé cuántas cosas más, porque ya las aldeas reclaman su singularidad. Esa que mata lo humano, porque lo humano es querer y ser querido. La decadencia, con forma de desprecio, es el tema de esta novela de crecimiento, de aprendizaje. El protagonista no puede dejar de ver la estupidez humana en lo que se conoce como demarcación fronteriza. Ni en la segregación escolar o laboral.
De ahí que decida viajar al pasado, revisar sus años clave, su primera juventud, cuando la guerra le impone pérdidas que, se supone, ha debido superar a lo largo de los años, hasta la fecha en que se decide a escribir sobre ello. En ese sentido, la literatura de Vojnovic es una rendición de cuentas. No es un gran estilista ni el mejor de los psicólogos. Pero es que el libro, que trata sobre el desarraigo, no permite ningún lujo literario. Casi hasta no permite la literatura. Es gris, porque trata sobre lo que viene después del relato de una guerra que escribieron los muertos, no los superviviente, no los vivos que aman y creen que deberían llamar hogar al techo que los cobija. Por eso es tan compleja esta confesión, por las resistencias que existen a confesarse a uno mismo que aquello que sucedió entre vecinos era una guerra. No hay balas, no hay cañonazos. Lo que se impone es la conversión de la gente en horda. Incluido un padre al que busca para, en términos psicoanalíticos, poder matarlo, que es tanto como decir que necesita encontrarle para llenar tantos huecos sin explicación.
El narrador es bidimensional, se caracteriza por ser leal y por ser violento. Se caracteriza, pues, por el conflicto. Pertenece a esa raza de los que no pueden permitirse el lujo de dos segundos de debilidad al día. Pero es que esta novela, en la que él habita, es todo lo contrario de lo que debería ser una novela. En tanto que lo normal es que la narrativa sea una evasión frente a la realidad, aquí lo que nos encontramos es unos minutos de realidad al día, los que dedicamos a leer la novela. Nada de geopolítica, porque eso es una abstracción. Lo que Vojnovic pretende es reflejar esa época que vivieron los adolescentes, que o se dejaban llevar por los prejuicios, que era lo frecuente y cuyas consecuencias el narrador padece, o no hay versión de la historia y de la realidad que no se cuestione, venga de quien venga. “Ningún relato de esta guerra se narra desde el principio”, comenta. Como también comenta los logros de la psicopatía implícita: “Para mí, la imagen de los sanguinarios balcánicos tiene ese componente emocional. No me los imagino como unos fríos y desalmados ejecutores de órdenes ajenas. No, en mis pesadillas, esos hombres son una pandilla de amigos borrachos que mientras torturan a los prisioneros se “aligeran” entonando las mismas canciones que siempre hablan de amor. Esa es mi metáfora de la guerra en Bosnia”. No más palabras.


Fuente: Culturamas

viernes, 16 de marzo de 2018

VIVA


Viva
Patrick Deville
Traducción de José Manuel Fajardo
Anagrama
Barcelona, 2016
251 páginas

Dar por concluida una novela puede ser el polo opuesto a dar por madura una fruta. Además, es difícil que caiga por su propio peso. En ocasiones, vuela, aunque sea en vuelo bajo, levantando tras de sí un rebufo de polvo entre el que se deja ver el caos de la faceta creativa, o tal vez el fundamento ideológico de la anarquía. El rito de su composición parece una liturgia de arrebatos, de ataques furibundos contra uno y otro lado del folio transformado en cuadrilátero, provocando la energía de un galope. Y la sensación de que para escribir la novela hay que picar la carne antes de tragarla. En estos casos, el trabajo sucio nos lo hará el tiempo. El lector solo debe conservar la paciencia mientras se deja llevar por tanta aglomeración de datos y personajes avasallando, hasta que comprende que o el autor se enfrasca en un enciclopedia, o ha hecho el mejor trabajo descuartizando para presentarnos lo más eficaz, en cuanto a tacto narrativo, para nosotros.
Esa es la impresión que da este Viva, de Patrick Deville (Saint Brevis Les Pins, 1957), una obra menos estructurada, cronológicamente, que su anterior y excelente Peste y Cólera. O, para ser más precisos, menos dirigida en cuanto a desarrollo temporal. Porque la estructura de la obra es más elaborada, exige una respuesta del lector para que vaya asociando los momentos temporales, obligados por las elipsis que existen al saltar de un personaje a otro. La sensación de mosaico diseñado por un orate, pero perfectamente planificado, da la impresión de que la obra estuviera escrita a vuelapluma. Pero para escribir Viva es necesario tener una erudición imposible como para soportar esa estrategia de escritura. Viva nos sitúa en el México de la primera mitad del siglo XX. Se trata de un país que no sabemos hacia dónde se dirige, que esperamos que vaya hacia donde vaya y con la velocidad que sea, triunfe, se desarrolle o vuelva a ser lo que era cuando tras el paso de todos estos personajes el polvo haya vuelto a reposar sobre el suelo. Porque no se trata de personajes cualquiera. Se trata de Frida Kalho y de Malcolm Lowry, se trata de León Trostky y de Diego Rivera, se trata de Sandino y de Graham Greene. Y tantos y tantos otros. Muchos de ellos conocidos, aunque sea por el seudónimo, como Bernard Traven. Pero en realidad, “como si la literatura debiera ser inventada bajo diferentes seudónimos por un solo escritor exiliado”, es un único amor, un amor plural. La obsesión de Deville por la documentación solo iguala a la que tiene por seres que no dejen rastro. Lo cual lleva a un tour de forcé que nos mantiene en vilo a lo largo de toda la obra.
Porque sin ser nada, ellos contribuyeron a que México fuera todo o la promesa de todo. Él mismo, Deville, viaja a México queriendo rastrear ese tiempo de cambios donde resultaba imposible el mestizaje. Porque sus personajes son egos impermeables. Son cronologías contra la amnesia. De ahí que el mensaje final pudiera ser una relación de este estilo: hambre, opio, boxeo, alcohol, timadores, poetas, decadencia, revolución, burdeles, un dios que nos abandona, la conciencia pequeñoburguesa, el psicoanálisis, exiliados, anarquistas, arqueólogos, abatidos, enfermos, escritores, más anarquistas, surrealismo, celos…Y una invitación a que el lector añada tantos sustantivos y adjetivos como quiera a esta provocativa novela.


Fuente: Culturamas

jueves, 15 de marzo de 2018

KURTYKA

Kurtyka. El arte de la libertad

Bernadette McDonald

Traducción de Rosa Fernández Arroyo
Desnivel
Madrid, 2018
325 páginas

El mundo del alpinismo le debe la vida a Voytek Kurtyka. El subtítulo que acompaña a su apellido, hace referencia a un deseo de los vivos. Es decir, la libertad es un privilegio restringidísimo: solo lo poseen las personas durante un corte espacio de tiempo. Y la inmensa mayoría, cree carecer de él. Que se califique como arte, significa que hace falta ser muy creativo, porque ese sentimiento no viene como regalo en el ADN. Algo que no es totalmente cierto. Hay personas que nacieron con el don de sentirse libres hasta en un calabozo, y otras a las que les basta la piel para creer que los muros la contienen sin remisión. Lo único que sabemos, con certeza, es cuando nos sentimos libres. Y sobre ese sentimiento se podría hacer un análisis sociológico que distinguiera claramente algunos lugares: la naturaleza, por norma, ayuda a gestar la sensación de libertad con más frecuencia que la invención de Caín. Aun así, uno debe estar tocado con el don que es llevar esa sensación siempre consigo. De eso es de lo que trata esta biografía.
Bernadette McDonald nos había regalado un par de libros preciosos, corales, sobre los alpinistas polacos y eslovenos. Pura épica. Sorprendentemente, encerrado en la ciudad, encerrado en casa, en un día de lluvia, iluminado por un flexo, sabiendo que al día siguiente uno tiene que apagar el despertador para ir a trabajar, leyendo Guerreros alpinos uno se siente muy libre. Sus protagonistas son nuestros compañeros y si ellos son libres, nosotros lo somos a su lado. Quedaba por saber cuál iba a ser el planteamiento de McDonald a la hora de centrarse en una sola personalidad, en alguien con fama de misántropo, arisco pero cortés, muy exquisito a la hora de elegir compañeros de cuerda, fuerte e inteligente, y sobre todo, alguien que ha salvado vidas al innovar en el alpinismo, haciendo de él una actividad más ligera y rápida, menos expuesta, y dando a sus congéneres más ocasiones para ser libre.
Kurtyka es un hombre parco. Estrecho y preciso. Retirado a la soledad de su jardín. Pero con un bagaje alpino incuestionable. Es una de esas personas que nació para la gran montaña. Si el terreno no es vertical, el espíritu no es libre. Excepto si uno ha conseguido decantar la sabiduría de su experiencia en la escalada. Ese es el caso de Kurtyka, que a cuentagotas nos va dejando saber que para él el alpinismo es una meditación. Pensar poco, en el vacío, respirar y saberse en el mundo. Y confiar en un compañero. Este es el punto donde McDonald se muestra más respetuosa. Los vínculos que Kutyka establece con cada uno de sus amigos son de una categoría que apenas asoma en el libro. Es posible que él mismo se muestre críptico, para lo bueno y para lo malo, más aun cuando ha sobrevivido donde otros cayeron. Pero también que McDonald no quiera intuir. Apenas esboza la condición humana, en tanto que, para los amantes de las aventuras, se extiende en condiciones, con un pulso envidiable, al detallar las ascensiones más significativas del alpinista polaco.
A Kurtyka no le gusta la competición, ni los patrocinadores, ni los registros. Ha querido más a sus aventuras piratas que a las de pago. Ha sido siempre fiable y seguro, pero nunca ha dado la sensación de entregarse a fondo a los amigos. Al menos esa sensación da, que siempre ha guardado cierta distancia con Loretha, con Kukuzka, con Porter… excepto con Alex Macintyre, su alma gemela, fallecido demasiado joven. Son pocos y excepcionales los momentos de libertad que él ha conquistado. Sí, pero ha aprendido a mantener esa respiración en casi todos los momentos de su vida, de su vejez. Eso se parece mucho a la sabiduría, y la sabiduría se parece mucho al aire, que al parecer no es nada. Pero goza de toda la libertad.

VIAJE AL MACONDO REAL


Viaje al Macondo real
Alberto Salcedo Ramos
Pepitas de calabaza
Logroño, 2016
320 páginas

El centro del universo es ese lugar que está en ocasiones en nuestro paladar y en otras, unos segundos más tarde, en el estómago. Ahí dentro no sucede nada digno de relatar, porque el hedonismo no es un manantial de géneros narrativos. Sin embargo, a medida que nos alejamos de ese centro surgen los relatos, más y más historias. Hasta el punto de que en la periferia, allí donde acaba el universo conocido, al borde de la Nada, lo que sucede ya no son anécdotas o versiones más o menos lúcidas, más o menos interesantes de la vida. Allí lo que ocurre son dramas.
Allí eso que se conoce como aldea global tiene más de aldea que de global. Puede que en un quiosco te vendan Coca-Cola o una cerveza, pero la historia de la familia del quiosquero no será la misma que la del habitante de raza media de un barrio de Valladolid. En las aldeas, como en Macondo, las leyes se construyen sobre sí mismas, sobre el suelo de laterita, los chaparrones de ranas, el paso del tiempo que pierde un orden cronológico o un sentido de patria geográfico que nada tiene que ver con la continuidad del territorio en el mapa. Por ejemplo, la patria de Alberto Salcedo Ramos (Barranquilla, Colombia, 1963) tiene que ver con el idioma común que se habla en México, El Salvador o la selva del país que le dio un pasaporte. Dotado de un oído tan exquisito como los grandes escritores colombianos –García Márquez, Álvaro Mutis, Fernando Vallejo, etc.-, Salcedo Ramos no se inventa esas aldeas. Las visita. De esta forma esa prosa caribeña, esas metáforas, ese ritmo, está al servicio de un realismo social que da voz a los pobres. Como debe hacer cualquier persona honesta.
En esta recopilación de artículos que es Viaje al Macondo real, el primer bloque se centra en personajes concretos. La mayoría de ellos se distinguen por haber sido pendencieros, peleones, bravos, salidos del arroyo y ahora difuminados tras un paso efímero por los tabloides. Salcedo Ramos no se limita a entrevistarles, les conoce, pasa un tiempo con ellos. Y así es como surgen unos perfiles que en nada tienen que envidiar a los de Leila Guerriero o Alma Guillermoprieto.
Los personajes que copan el segundo bloque son seres solitarios, en el sentido en que nadie ha sabido de su existencia, fuera de un círculo familiar, local. Un bufón que se gana la vida contando chistes en los velatorios, un equipo de fútbol de travestis incapaces de darle al balón con el pie, un boxeador cuya victoria, tras recibir una paliza, es poder pagar la deuda que mantiene con el colegio donde está escolarizada su hija. El cariño hacia los perdedores nos habla de la dignidad de la derrota. Y ese es un asunto al que deberíamos prestar más atención cuando celebramos cualquier éxito: porque siempre hay un damnificado.
Finalmente, agrupa unas crónicas que ya no se atienen a un personaje, sino a un coro. Una aldea masacrada, que es una de las crónicas más estremecedoras que se han escrito, para estómagos valientes, da inicio a estos episodios. Es en ellos donde se nos habla de Macondo real, de la aldea que, se dice, inspiró a García Márquez, convertida en un parque temático. Pero esa crónica sigue siendo una anécdota, como lo demuestra el compararla con la reseña de los mutilados por minas antipersona que todavía se esconden en ciertos senderos del país. Viaje al Macondo real es un libro que deberían leer no solo los aficionados al periodismo. Es un ejercicio literario de altura, de grandeza, entre otras cosas porque no hay nada más grande que ponerse del lado de los perdedores, y además hacerlo con un proyecto moral que es la fuente de la que bebe su gran estilo.


Fuente: Culturamas

domingo, 11 de marzo de 2018

VARADOS EN RÍO


Varados en Río
Javier Montes
Anagrama
Barcelona, 2016
305 páginas

Para considerar que una urbe del tamaño de Río de Janeiro es un Shangri-Lah, una Arcadia, una Ítaca o un paraíso, uno debe hacer un ejercicio de estilo con las corrientes eléctricas en el cerebro, reduciéndolas a la postal. A estas alturas, nadie desconoce los riesgos de dejar la cartera sobre la toalla en la arena de Copacabana o de salir de los metros que separan la ciudad turística, aunque solo sea asomando la punta de un pie en el territorio de las favelas. A pesar de todo ello, un paraíso puede ser cualquier sitio del que todavía no conozcas sus miserias en vivo y en directo, cualquier lugar en el que no hayas estado o en el que no estés. O en el tuviste un momento de dicha junto a un amigo que se quedó truncado por la salida del tren. Río de Janeiro ofrece la posibilidad, eso sí, de ser tan grande que resultará imposible conocerla entera, y un nombre legendario en la enunciación de paraísos terrenales, de esos que junto al susto que sufrimos se adhiere, como animal simbionte, el afecto. Como si no pudiera haber enfado sin admiración.
En este libro, Varados en Río, Javier Montes (Madrid, 1976) sigue la huella de unos pocos escritores, ninguno brasileño, que dejaron algo de rastro en la ciudad, como desterrados a la fuerza o viajeros voluntarios, o cualquiera de los enigmas que existen entre uno y otro lado de la elección: “¿qué podemos hacer cuando nos sorprendemos desterrados en el paraíso? ¿Cuándo se nos ofrece a manos llenas una belleza, una ilusión de plenitud, que no queremos o no sabemos aceptar?”, se pregunta Javier Montes, antes de emprender este libro que comienza por carecer de género pero acaba con tono de conferencia erudita sobre la poesía de Elizabeth Bishop. Montes considera que tanto Bishop como los escritores antes tratados, Rosa Chacel, Stefan Zweig y Manuel Puig vivieron una ciudad al mismo tiempo lejana y doméstica, vivieron en Río su verdad y su ilusión. Y como resultado una suerte de decadencia de algo que nunca llegó a estar formado previamente. Esa decadencia, que Monte sitúa en el horizonte y por tanto es el lugar al que nunca llegamos, puede ser atractiva porque no iguala a la fealdad. Pero sí genera expectativas y vivencias de amor y odio que en alguna frase de la escritura deben de reflejarse.
El caso de Zweig es el más evidente y en el que menos se incide. Un tipo como aquel se suicidó en Río porque ya no le quedaban lugares a los que exiliarse sin encontrar algo de sí mismo y sin echar de menos la juventud. Sin embargo, en el tratamiento biográfico de las personas de Manuel Puig o Rosa Chacel, proyecta un hermoso ejercicio de empatía. Al tiempo que refleja, aquí y allá, algo de sus viajes por Brasil, elogia las pequeñas cosas, como la historia del pueblo brasileño, en un ejercicio de recomposición en el tiempo. Se preocupa por reconocer al Río de Janeiro de hace varias décadas. Esa distancia establece el otro principio sobre el que está tratado el libro, el de la investigación abierta. Y por tanto la conciencia de que las cosas pueden suceder o han sucedido en un sentido diferente al supuesto.
Rosa Chacel es tratada con el cariño de una anciana, pese a que su estancia en Brasil fue tan larga que cuando aterrizó todavía conservaba la energía de un adulto bien completo. Su exilio es el de quien abandona una Europa decadente para aterrizar en un Brasil decaído antes de haberse levantado. La senectud de Chacel iguala a la de cualquier otra persona merced a la soledad, o eso supone Montes en un retrato de alguien tan sencillo como carismático, de una persona discreta, que gusta de buscar lo crepuscular en sus confesiones. Pues en este caso, Montes cuenta con el apoyo del Diario de la escritora. Más intenso, por tratarse de alguien que entendía la vida como una montaña rusa, es el caso de Manuel Puig, quien vivió una etapa de alta burguesía que fue muy efímera en el sur de América. Retratado como un excéntrico manipulador, a partir de testimonios de gente que le visitaba, Puig aparece como un tipo malhumorado pero poliédrico. Hasta que le invadió la monomanía por el cine, que fue para él un bálsamo necesario en un Río de Janeiro que terminó por resultar otro valle de lágrimas. Las páginas dedicadas a Elizabeth Bishop, con las que se cierra el volumen, son bastante más doctorales. Parte del síndrome del Holandés Errante de la poeta, principio con el que estudia sus versos, su poesía, que es una traducción directa de su vida bohemia. Y si el bohemio se caracteriza por algo es por vivir en el pasado, por añorar, y por el deseo semioculto de ser pobre.
En algunos momentos, el lector percibirá las costuras con que está hilvanado el texto. Las primeras versiones de distintas partes del libro fueron apareciendo en hasta seis medios y varias conferencias. Pero eso no es ninguna traba. Varados en Río puede ser un libro sin género, como se nos indica en la contracubierta, o un libro que desafía los géneros. Independientemente de dónde y cómo lo ubiquemos, es un libro que nos cuenta muy bien unas personalidades magnéticas, cada una en su estilo, entre las que destaca la de la gran ciudad que se llama Río de Janeiro.


Fuente: Culturamas

UNA VUELTA AL TERCER MUNDO


Una vuelta al Tercer Mundo
Juan Pablo Meneses
Debate
Barcelona, 2015
215 páginas

¿Es la inocencia o es el hambre lo que separa a los ricos de los países del Tercer Mundo? Si el hombre fue feliz mientras su carne era yerba, si la felicidad se truncó el día que cambió las nueces por la cecina o el conejo a la brasa, existe una mirada colonial, con el gesto algo estúpido de la caridad, de los habitantes de los países desarrollados hacia los pobres. Y es así como estamos convencidos de reconocer el orgullo de la pobreza, cuando, tal vez, lo que estamos observando son expresiones de orgullo herido. Es posible que esa dificultad para distinguir la versión del orgullo, que a su vez confundimos con dignidad, sea lo que unifique la identidad global tercermundista. Al menos para quienes no padecemos hambre, quienes conseguimos no superar las catorce horas seguidas sin echarnos algo a la boca.
De este cariz parecen ser las conclusiones que uno extrae de la lectura de Una vuelta al Tercer Mundo, excelentemente escrita por el periodista chileno Juan Pablo Meneses (1969). Y sostenemos que son conclusiones nuestras porque Meneses, finalmente, solo aclara una duda: que cada viaje nos aleja un poco más del resto.
En este recorrido, Meneses nos lleva en primer lugar a Italia para atender a la investidura del primer Papa latinoamericano. En este capítulo, sigue reflejando la pervivencia de un sentimiento latinoamericano de país único. No importan las fronteras interiores, Latinoamérica es una única nación, y sabe que no es de las poderosas. Esa utopía sirve para conservar el derecho a la ilusión, privilegio de los ofendidos. A continuación viajamos a Brasil, a la ciudad donde se asentó Mengele y en la que la metáfora de la sobrepoblación queda expresada en la enorme presencia de hermanos gemelos. Aquí ya comienza a aparecer la palabra que imperará constantemente, incansablemente: crisis, crisis, crisis. Pero en realidad llamamos crisis a lo que es una guerra. De Brasil saltamos a Dakar, que ya no es Dakar desde que el más famoso rally, una de las grandes aventuras, abandonó esta ciudad como meta para largarse a Sudamérica. Ahí radica la identificación de la derrota, en que sobre algo que los países ricos inventaron se cimentó una identidad, que hasta los propios habitantes de Dakar llegaron a creerse.
En Addis Abeba se revisa el fenómeno del capital humano. Meneses se aloja en hoteles de lujo para demostrar que la conciencia social, con la que nos educaron, no es la misma que la conciencia sentimental. Meneses sabe que está ejecutando un acto casi grosero, irónico, intencionadamente provocador. Frente a él, transcurre como en el cine el orgullo del hambriento. Pero también existe la muerte, la muerte estúpida, como las que tienen lugar a diario en la frontera entre la India y Pakistán. Aquí Meneses nos ofrece la estampa de una sobreactuación con muertos reales, a la que asisten los espectadores como si vivieran un partido de fútbol, sentados en gradas enfrentadas, chillando.
De su paso por Kuala Lumpur destila la pobreza kitsch de la ciudad. Se trata de una ciberurbe tercermundista, llena de chatarra tecnológica y lucecitas. Los detalles que simulan bienestar, evolución, prestigio, son tan pródigos que no dejan de dar la impresión de fracaso para salir del pantano de la miseria. Sin salir de Asia, busca ese lugar donde poder disparar cinco balas de un AK-47 en las proximidades de Ho Chi Min, como si se tratara de un miembro del vietcong. Se trata de un capítulo colmado de datos bélicos, porque la guerra es un horror del que no puede desprenderse el Tercer Mundo. Tampoco de cierta idea de revolución romántica, cuyo epítome es Chiapas, la revuelta encabezada por el Subcomandante Marcos, de la que sobreviven flecos. Flecos cuya representación viene dada por los voluntarios que se acercan al sur de México para arrimar el hombro.
El último tramo del recorrido de periodismo portátil que practica Meneses tiene lugar en Sudamérica. Primera parada en la ciudad de El Alto, próxima a La Paz, para conocer a las guerreras de lucha libre con su atuendo del altiplano. Allí tropieza con unos turistas que asisten a esa representación de la lucha y se cuestiona en qué consiste el turismo de pobreza; los turistas dejan dinero para ver algo que ellos catalogan como pintoresco, y eso no deja de ser otra grosería. Luego, en Chile, Meneses acompaña a uno de los 33 mineros que sobrevivieron meses enterrados y que ejerce, cuando puede, de guía turístico. Y mientras tanto, en su memoria revive una y otra vez el caos, el infierno. Pero los mineros no dejan de ser otra figura mítica que representa al Tercer Mundo, a la pobreza. Son, en buena medida y a su pesar, leyenda. Finalmente, Meneses doblará el Cabo de Hornos a bordo de un buque ucraniano, otro país pobre. Hasta el punto de que el buque admite pasajeros para sufragar los gastos de una expedición que transformará a la tripulación en marinos con todos los galones.
A todo esto, en cada parada Meneses se pregunta si existe un pensamiento global tercermundista. Y lo más cerca que está de consignarlo es en esta frase: “De los cincuenta basureros más grandes del mundo, dieciocho están en África, diecisiete en Asia y trece en América Latina y el Caribe”. Y, sin embargo, nadie produce más basura que el Primer Mundo.


Fuente: Culturamas

viernes, 9 de marzo de 2018

EL COLOR AMARANTO

El color amaranto

Cuentos completos

Antonio Ferres

Gadir
Madrid, 2017
402 páginas

Estas son las cosas que nos hacen seres humanos: querer; la nostalgia y haber tenido una infancia o estar teniendo una infancia, no abandonarla a la suerte de la mala memoria; lo que uno sabe y lo que uno ignora; caminar, el paisaje;  los viajes al sur; la justicia, el sentido de la justicia y maldecir la injusticia; la imaginación, un abrazo, descubrir y volver a descubrir lo que uno ya había descubierto; ese punto de miedo que nos salva la vida; el mar; salir de una celda, de cualquier lugar que uno pueda considerar una celda; la fruta; los hijos que tuvimos; el caballo y las estrellas; uno de los pocos momentos bonitos que uno tuvo junto a su madre, un segundo de poesía; el compañero en la guerra y el compañero en esa otra guerra que es la vejez. En definitiva, todas las cosas que siempre han estado allí, y de las que Antonio Ferres (Madrid, 1924) da fe en los primeros relatos de este volumen. Se trata de piezas breves, en muchos casos un paréntesis en la vida que, como sabemos es algo que nos sucede y que no tiene argumento, ni trama ni desenlace.
Poco a poco los cuentos se extienden, porque Ferres pretende y consigue resumir ese trozo de vida que es la vida de una sola persona, por lo general, un desconocido. Pero todas las vidas forman parte del rompecabezas del universo y por tanto todas merecen un relato, detenerse en ellas un poco. Lo más frecuente, lo más normal, lo cotidiano, lo que supone despertarse, desayunar, lavarse los dientes, salir a trabajar y lo que viene a continuación, merece ser reseñado.
Y luego está la guerra real, la de las bombas y los muertos a sangre, la que arrasa con lo poco de humanidad que queda cuando llega el odio. Esa que condicionó la existencia de Antonio Ferres y junto a ella, su literatura. Estamos frente a uno de los grandes escritores de realismo social de la lengua española. La inquietud por el paso del tiempo es el tema del realismo. Como lo es la eterna pregunta de qué sucede tras la muerte, sobre todo tras la muerte de los demás, de aquellos a quienes queremos o que nos han querido. Ferres haya un refugio, en los peores momentos, en una tangencia con los experimentos literarios. El monólogo interior, la monomanía, el surrealismo y la escritura semiautomática, la gente que no tiene con quien hablar y habla sin saber qué decir, los que han llegado al límite pero conservan la voz, las figuras y las imágenes simbólicas que para alguien deben de poseer un significado que conviene rescatar. Unos pocos cuentos que podríamos calificar como vanguardistas.
Hasta que vuelve a su lugar, donde se encuentra como pez en el agua, pero sabe que el agua está contaminada. Vuelve al realismo a través de los emigrantes en Estados Unidos, los chicanos, cuyo lenguaje reproduce de manera depurada y nos relata utilizando el presente. Es un mal que está sucediendo. El ansia de estar vivo es, tal vez, el tema que atraviesa todos sus cuentos, también los últimos, en los que regresa a la España más profunda, allí donde hubo una dictadura cruel a pesar de la cual uno puede contener en su memoria un momento precioso.

Fuente: Culturamas

jueves, 8 de marzo de 2018

UNA TEMPORADA EN TINKER CREEK


Una temporada en Tinker Creek
Annie Dillard
Traducción Teresa Lanero Ladrón de Guevara
Errata Naturae
Madrid, 2017
395 páginas

Que la filosofía es un subgénero de la poesía lo enunció, hace siglos, Michael de Montaigne. Y hasta hace unas décadas, esa idea fluía incluso por los premios de ensayo. Como el Pulitzer con que se galardonó a este libro sereno y sensato, que se parece más a un rezo que a una tesis:
“Soy la superviviente raída y mordisqueada de un mundo caído y me las arreglo bien. Envejezco y me comen, aunque yo también he comido. No estoy limpia ni soy bella ni tengo el control de un mundo brillante donde todo encaja, pero en cambio estoy deambulando sorprendida sobre un fragmento de madera, vestigio de un naufragio, al que he venido a cuidar, cuyos árboles roídos exhalan un aire delicado, cuyas criaturas ensangrentadas y llenas de cicatrices son mis compañeras queridas, y cuya belleza palpita y brilla no en sus imperfecciones, sino a pesar de ellas, de un modo sobrecogedor, bajo las nubes rasgadas por el viento, aguas arriba y abajo.”
La cita es extensa y se ubica hacia el final de la obra. Aunque bien podría ser el primer párrafo, porque resume la espiritualidad que aflora una y otra vez. Resume la poesía que contiene el paso de Annie Dillard por el arroyo de Tinker Creek, de otoño a invierno, y sin duda bajo la ineludible influencia de Walt Whitman. Es imposible leer este prodigio y no recordarnos al poeta de Nueva York. Hojas de hierba termina como termina Una temporada en Tinker Creek, con el autor ya saciado de la creación, de la naturaleza. Ambos comulgan con la mirada inocente sobre un mundo viejo: “contando algunas historias y describiendo algunas de las imágenes de este valle más bien manso, mientras exploro, con temor y temblor, algunas de las ignotas y tenues extensiones e infames fortalezas a las que nos conducen tan vertiginosamente esas historias e imágenes”. La cita hace referencia a lo que uno hereda de Thoreau. Pero también a la pasión tan razonable de la época en que se reclama el retorno a la naturaleza al tiempo que el desarme nuclear. Es Thoreau y Whitman, sí, pero también es Woodstock. Es una espiritualidad si dios, o que no formula la pregunta qué o quién es dios, porque para eso están los animales y las plantas: los insectos y las arañas, con una belleza atroz, o todo el universo contenido en el polvo de las alas de una polilla. Pero el mundo en el que se asienta huye de la sofisticación de la ciudad, porque uno necesita tener conciencia, pero no exceso de conciencia. Y ese equilibrio lo otorga la ribera de un arroyo.
Dillardo no se detiene en los poetas americanos. La creación de su país se lee entre las líneas, o al menos la creación de la parte de su país que toma buena nota del bien que nos hace el bosque. Pero el sentido de creación es mucho más amplio. La Biblia habita en los párrafos, con citas y con las ceremonias que ella ingenia para sostener su aliento. Al fin y al cabo, Dillard se alejó hasta Tinker Creek para terminar de sanar una neumonía. Y para muchas culturas la respiración, el aliento, es el alma. Los árboles y los pájaros son encantadores compañeros de territorio. Pero la atención más especial es la que presta a los animales pequeños. Como si la etología de insectos, larvas, arácnidos o ranas, como si una célula de uno de estos minúsculos animales fuera el Aleph: si uno la mira atentamente, contemplará el universo desde su creación hasta el futuro. “El universo podría parecerse más a un gran pensamiento que a una gran máquina”, confiesa. Pero no cierra la hipótesis. El universo de Dillard contiene los viajes al norte y la admiración por los inuit, junto a las migraciones de las aves, todo ello representando la extrema convivencia con la naturaleza.
Y la naturaleza se concibe como la Creación, sin decantarse por lo religioso. Porque sí reclama alimentar el espíritu, pero no a través de la tradición, sino con el descubrimiento autónomo, con cierto orientalismo (“soy la superficie del agua con la que juega el viento”), con la constante duda sobre qué es el hombre dentro de lo natural (“o este mundo -mi madre- es un monstruo, o el engendro soy yo”). La naturaleza es forma, pues, pero también es energía. Porque la energía, que puede tener la forma de un poema, será la herramienta que la ingenuidad utilice para descubrir que toda la creación está en el bosque de ribera de un arroyo.

Fuente: Culturamas

UNA VIAJERA POR ASIA CENTRAL


Una viajera por Asia Central
Lo que queda de mundo.
Patricia Almárcegui
Universitat de Barcelona
2016
167 páginas

Todas las mañanas uno se despierta deseando construir su propio Oriente. El sol sale desde la región donde los reyes fueron magos y las mujeres narraban historias interminables que embaucaban a un asesino mil y una noches. El viaje a Oriente es un deseo, como lo es, para el viajero real, echar de menos la época de Alí Bey. Desde esa confesión está escrito este libro que llevó a Patricia Almárcegui a viajar durante cinco semanas por Uzbekistán y Kirguistán. El sentido del viaje de Almárcegui podría llamarse algo así como síndrome de Marco Polo: lo que uno quiere ver pertenece a otra época, cuando la globalización a la baja no había cambiado los rostros de las ciudades, imaginando que el tiempo se detuvo. De ahí esa nostalgia por lo que no conocimos y que ahora apenas podemos encontrar en algún gesto de un vendedor de especias en un mercado de un barrio uzbeko, o en un recodo de un valle de las montañas de Kirguistán, donde el magnetismo viene de unas fuentes termales todavía sin explotar. Almárcegui es el tipo de viajero al que le cuesta entender a los turistas, a quienes ven el mundo en dos dimensiones: las de la ventana de los autobuses y los hoteles, las de las pantallas de las cámaras y teléfonos y tablets. El tipo de viajero que lamenta que ser un viajero con mochila y bajo presupuesto se haya convertido en otra forma, más o menos sofisticada, de turismo. Porque el mundo debería ser tan sencillo como fue antes. El viajero melancólico, o melancólico cuando no viaja: “la idea que se tenía antiguamente del viajero que, a la vuelta a casa, era considerado como un mago o un sabio, portador de noticias de mundos insólitos”.
“Otra vida, otras cargas, otra expresión”. Esa es la bandera de oración sobre la que construye sus viajes. De ahí que elija las ruinas y los monumentos más o menos desconocidos, los mercados, las familias que ofrecen una taza de té, compartir el asiento en el taxi, ver a la gente fuera del centro de las ciudades que, en este caso, mantienen la figura de las viejas formas soviéticas. Le interesa la naturaleza y las puestas de sol, patear senderos y cruzarse con gente con la que no puede entenderse, pero también la arquitectura que es un espacio no habitable, significativo en el aspecto más cultural, pero no habitable, como las madrasas, las mezquitas, las tumbas, las necrópolis, los templos. Todo ello a lo largo de un viaje en el que improvisa y le asaltan los rigores burocráticos, esos que raspan durante el viaje y que dan aspecto cómico cuando uno los narra al regreso.
Y el regreso es, tal vez, la parte fundamental del viaje. La parte fundacional: si uno no regresa, no ha viajado. Interesa, pues, tanto viajar como haber viajado. Para entender mejor lo que esto significa, cualquiera que haya viajado conserva en la memoria los sitios en los que desearía haberse quedado a vivir o a los que desearía volver y que siguieran siendo el mismo río. Guardar ese deseo, el de regresar a esos lugares cuando el viaje ha terminado, es uno de los motivos por los que Almárcegui se embarca en viajes a lugares como el corazón perdido de Asia: “busqué formas que me permitieran recordar el lugar el resto de mi vida”.


Fuente: Culturamas

miércoles, 7 de marzo de 2018

UN VERANO CHINO


Un verano chino
Viaje a un país sin pasado
Javier Reverte
Plaza y Janés
Barcelona, 2015
254 páginas

China era el país más bonito del mundo, sobre todo cuando pensábamos en esos campesinos tocados de inmensos gorros cónicos, recogiendo arroz entre un verde densísimo, con los pies mojados hasta las rodillas y al fondo, al principio del camino que guiaba hasta las montañas azules, una pagoda retocaba la estampa. Pero hoy es, en buena medida, un lugar mecánico, en el que la educación con escaso cariño familiar otorga a la gente un aire de ortopedia, sudado por turistas que viajan de postal a postal, obviando la inmensidad de uno de los países más extensos de la tierra. Y en esa inmensidad también se incluye y se olvida la riqueza étnica. China no es solo China. China va mucho más allá. Sin embargo, Javier Reverte, que acude puntual a su cita con la literatura de viajes, elige viajar a China, de ahí ese subtítulo paradójico del libro: Viaje a un país sin pasado. Porque el pasado está en otros lugares, no arrasados por la Revolución cultural, la economía de libre mercado, la transformación turística, la normativa atávica familiar que libra a los niños, con frecuencia, del cariño de los padres. A estas alturas, los libros y documentales de viajes por China o por la India abundan tanto en las librerías y cadenas de televisión especializadas, que podrían convertirse en un género propio: todos conocemos de primera mano, aunque no hayamos pisado esa tierra, el desastre de cada uno de los países.
Así pues, lo que queda por escrutar leyendo este verano que pasó Javier Reverte en China, acompañado por un amigo y una guía contratada. La fórmula de Reverte nos resulta muy familiar: directo a lo que le interesa, moviéndose en transporte público –porque lo que realmente le fascina es esa imposibilidad de mezclarse con la gente del país-, regado de documentación y lecturas sobre su recorrido. Javier Reverte vuelve a escribir con un poco de urgencia, siguiendo el manual para no equivocarse. Con ese estilo tan reconocible, en el que se destila el deseo de ser lírico, pero que se adapta tan bien a lo épico. De ahí que las páginas en las que narra la masacre de Nanking superen a la descripción del paso del Yang-Tsé por la garganta del tigre. Por cierto, quien no conozca lo que sucedió en Nanking durante la guerra entre China y Japón, previa a la Segunda Guerra Mundial, debería ponerse inmediatamente al día, dado que se trata de uno de los episodios más espeluznantes de la historia de la humanidad. Al margen de los capítulos históricos o las páginas escritas por otros, las citas, a las que recurre, lo que más destaca es la lealtad. Esa cualidad tan humana. Su guía, una joven homosexual, se convierte en la compañía perfecta, en el rostro amable del viaje y de China. En el verano oculto en un invierno. Porque la impresión que da es la de que se acerca a China, con intención de recorrer con flexibilidad el camino que traza el Yang-Tsé, en mal momento. Aunque uno no deja de preguntarse si siempre ha sido y siempre será mal momento para ir a China. Para congraciarse con el mundo, es decir, con el viaje, bajo tales circunstancias, bajo tanta descomposición, Reverte se socorre de una mirada en la que nunca decae el aliento de un hombre que sabe tomarse lo que se le viene encima con humor. Aunque no nos dé demasiadas sorpresas, a estas alturas si deseamos volver a leer a Javier Reverte, es porque sabemos que vamos a topar con la literatura de un buen hombre. Y con eso debería bastar.

UN DÍA COMO UN TIGRE


Un día como un tigre
Alex MacIntyre y el nacimiento del alpinismo ligero y rápido.
John Porter
Traducción de Rosa Fernández-Arroyo
Desnivel
Madrid, 2017
315 páginas

Lo enigmático del título queda resuelto a las pocas páginas de comenzar el libro. Sobre la lápida de Alex MacIntyre, fallecido a los veintiocho años en el Annapurna, se ha cincelado el refrán Más vale vivir un día como un tigre que mil años como una oveja. Alex es un tigre. Como lo es su compañero de cuerda, John Porter, autor de esta biografía y, digámoslo ya, autobiografía escondida, para la que ha necesitado la distancia de años, de décadas. Ellos son los tigres, una acusación que el propio Porter confiesa que contiene una trampa: ¿Quiénes son las ovejas?
El libro se concentra en la época en que el alpinismo en el Himalaya dejó a un lado las grandes expediciones, para concentrarse en la velocidad. No para batir récords, sino por cuestiones de seguridad: cuanto menos tiempo esté uno en las grandes alturas, menos riesgos corre. Fatalmente, la muerte de Alex vino como consecuencia de una piedra que le golpeó el casco, no por faltar el respeto a la montaña. Sí, se convirtió, en palabras del respetado Doug Scott, en un chico ambicioso, hasta el punto de transformarse en su propia némesis. Tras años de formación y demostración de unas cualidades atléticas innatas, no concedía terreno a los más débiles. Los motivos, según Porter, eran la seguridad. El aspecto era la superación hacia la fama: si se adaptaba al ritmo de quienes no podían seguirle, no pisaría la cumbre.
De esta manera, se expone un momento crítico en la historia del alpinismo, sobre todo en el Himalaya. Montañeros potentes demostraban lo que se podía hacer en un nuevo estilo, ligero, eficaz, frente a lo que se venía encima, la maldición de las expediciones comerciales y la saturación de la montaña. Sin importar quién fuera el culpable o a quien le acompañara la razón, los malos rollos vinieron a instalarse en las expediciones y entre expediciones. Porter lamenta la muerte del espíritu de la montaña, a la par que se impone el alpinismo puro, el más ligero, en el que Alex demostró que, de haber vivido más tiempo, se habría convertido en el capitán del barco pirata. De ahí que a lo largo del libro se intercale la historia del alpinismo, desde la primera cumbre en el Mont Blanc hasta los récords increíbles de Uelli Steck.
Hubo una época crítica, la mejor, la que se echa de menos, en la que se convivía con pureza en la montaña, pero no se buscaba protagonismo, fama. Se aceptaba que uno fuera un tigre, pero no que se presumiera de ello. En ese tiempo, era preciso dar los pasos poco a poco: de la escalada local a los Alpes, de los Alpes a las incursiones en el Himalaya, y de ahí hacia la cima. Incluso el viaje en sí era parte de la aventura. Los alpinistas recurrían a trucos para superar las barreras fronterizas, llegando a falsificar pasaportes, y las aproximaciones, conviviendo con la gente del lugar, eran tan vivas como la propia escalada. Pero la cosa no quedaba ahí. El modo de vida fuera de la montaña también era marca de la casa. Alex, un tipo con una melena descomunal, rizada, que de estirarse le llegaría a las rodillas, era conocido como Dirty Alex. Le traía sin cuidado los modales básicos de convivencia, y eso parecía formar parte del tigre o del juego a ser tigre.
Porque este libro, imprescindible para los incondicionales de la montaña, esconde hacia el final un debate sobre el que estaría bien llegar a un acuerdo mundial. Es el debate sobre los pocos tigres y las muchas ovejas. Sobre los sueños y la realización de los sueños. Sobre lo turbia que todavía es la relación entre ambos mundos. Sobre qué es el mundo real, y la maldición que pesa sobre esa palabra: realidad. Como si la realidad fuera exclusiva de las ovejas. Porque Alex, o una parte de Alex, parecía vivir en el mundo del Principito, donde la ilusión se instala. Como si la ilusión solo fuera buena compañía para quienes pueden entregarse a ella, cuando la ilusión ya es un bien en sí, también para las ovejas. De ahí, por ejemplo, el éxito del cine, que nos permite vivir otra realidad en carne propia. Y ya va siendo hora de que se llegue a un consenso. Los demás no sé cómo lo han resuelto. En cuanto a mí, desde hace tiempo tengo muy claro que no puedo vivir la ilusión, el sueño, en primera persona, por razones de salud. Así pues, me queda realizarlo a través de los demás. Por eso leo libros como éste.


Fuente: Culturamas

UN AÑO EN LOS BOSQUES


Un año en los bosques
Sue Hubbell
Traducción de Miguel Ros González
Errata Naturae
Madrid, 2016
297 páginas

En esta época en que las pistolas mejor engrasadas las lucen las quijadas y las cuerdas vocales de aspirantes a la presidencia de algún país, o a la presidencia ideológica en los medios de comunicación, un verso de Virgilio debería ser un valor literario al alza. En este caso, el verso se extiende alfombrando de puro bosque el tiempo de lectura: “Quiero azulillos índigo cantando sus pareados a primera hora de la mañana. Quiero leer José y sus hermanos de Thomas Mann otra vez. Quiero hojas de roble y flores de cornejo y luciérnagas. Quiero saber cómo está la tierra en Coon Hollow, al norte. Quiero que Asher se entere de lo que les pasa a los ácaros del oído de las polillas en invierno. Quiero enseñarles a Liddy y a Brian las enormes rocas que hay al fondo de la hondonada del arroyo. Quiero saber mucho más sobre las arañas morgaño. Quiero escribir una novela. Quiero bañarme desnuda en el río al calor del sol.”
No engañarse con pretensiones de alto voltaje ni fuegos artificiales literarios, es ser lo más posmoderno. La sinceridad, tan sagrada, debería ser promovida por ley y premiada sin medallas. Reconocer lo mejor de la educación sentimental, ese apartado que nos une a lo que merece la pena en este peñasco azul, un átomo en el vacío entintado del universo, es lo mejor que uno puede encontrarse durante algunas horas de vida. Leer Un año en los bosques pertenece a ese tipo de experiencias, en las que, sin saberlo, Sue Hubbell (Michigan, 1935) habla de Gaia sin mencionar esa religión. Hubbell habla de su vida en los bosques, donde se gana el pan con la apicultura, con el agrado de participar de los derechos de los seres vivos, una invención que es la más humana. Iguala a las cucarachas que viven en la corteza de los árboles con la música clásica más sencilla. Nada de esperpentos o miedos: su tiempo en la naturaleza pertenece a lo noble, a lo austero sin rencor. El libro está diseñado como si relatara un año de vida, pero en realidad recopila por estaciones las diversas experiencias. Hay alguna mención a su vida anterior, a la ciudad neurótica, y hasta bien avanzado el texto no menciona su infancia, donde se gesta esa vocación de etóloga sin ciencia y la necesidad de sentirse autosuficiente, así como la de intentar que no exista la esquizofrenia del dinero.
En la vida con las abejas encuentra el equilibrio: el ser humano puede intervenir en la naturaleza sin destrozarla. Hubbell pertenece a la estirpe de los ecologistas que no niegan a los hombres el bosque para su conservación. De alguna manera, este libro es un manual de campo, de aprendizaje en el campo, donde la vida se muestra en tantas versiones que merece la pena conocer, que no disponemos de años suficientes para contactar con ellas. De ahí que ella se defina a través de su prosa y su memoria: Hubbell elige lo sencillo, las emociones como manifestaciones de la inteligencia. Y reivindica, también sin darse cuenta, que la cultura no tiene por qué ser ese espectro del conocimiento que siempre peca de filológico. No es más cultura estar al día del arte contemporáneo que conocer los nombres de los pájaros que cantan a primera hora de la mañana. No es más cultura Andy Warhol que los azulillos índigo. Y, sin embargo, los azulillos índigo nos permiten sentirnos más vivos y serenos que el análisis de la obra del pintor neoyorkino.
Si admiramos algo en Hubbell, tras la agradable lectura de este libro, es cómo se las apaña para encontrar tanta paz en el territorio del solitario. Y si a partir de ahora vamos a quererla tanto, es porque nos ha permitido compartir esa armonía con los que somos más esclavos. Durante unas horas, las que dura la lectura y las que alcanza la emoción de haber leído Un año en los bosques, hemos sido más libres.

 Fuente: Culturamas