«Sueño y verdad: pioneras en la aventura», el último libro de Ricardo Martínez Llorca
Mujeres que han recorrido el planeta trepando por nieve, hielo o roca, en moto, en barco, caminando, corriendo o en avión. Pertenecen a la estirpe de quienes nos enseñaron a soñar y a vivir. Este libro es un homenaje, pero también una celebración del afán de vivir que nos inunda en los sueños y nos enseña la ruta hacia nuestra verdad.
Sueno y Verdad. Pioneras en la aventura. Por Ricardo Martínez Llorca
MARY READ, AMELIA EARHART, CHANTAL MAUDUIT, CATHERINE DESTIVELLE, DIAN FOSSEY, LIV ARNESEN, EMELIE FORSBERG, ELLEN MACARTHUR, ANNE-FRANCE DAUTHEVILLE, LYNN HILL, LIEVE JORIS, EDURNE PASABAN, LAUREN ELKIN.
Los retratos que encierran las páginas del último libro de Ricardo Martínez Llorca no pretenden ser nada diferente a un estímulo para poner en marcha los resortes de la imaginación.
No son semblanzas totalmente objetivas sino que los hechos y sus referencias se mezclan con la propia visión del autor, con sus lecturas e interpretaciones en un amplio telar que va tejiendo con cada una de las historias y cada una de las protagonistas.
Sueño y verdad. Pioneras en la aventura empieza al abordaje con una pirata de finales del siglo XVIII, Mary Read, para pasar a volar con Amelia Earhart, célebre aviadora estadounidense que en 1932 se convirtió en la primera mujer en cruzar el Atlántico en solitario.
Recorremos la vida y la muerte de la célebre alpinista francesa Chantal Mauduit junto con la polifacética escaladora y alpinista Catherine Destivelle, dos de las mujeres del mundo de la montaña que más han inspirado a generaciones de alpinistas y escaladoras.
Y viajamos con Dian Fossey y los gorilas, para luego atravesar la Antártida recorriendo mil doscientos kilómetros en solitario, arrastrando un trineo de cien kilos, con el fin de alcanzar el Polo Sur geográfico de la mano de Liv Ragnheim Arnesen.
Con Emelie Forsberg disfrutamos de los descensos con entusiasmo, creando su propia existencia como le gusta decir, viviendo la naturaleza de manera sencilla, corriendo y esquiando por las montañas y generando proyectos que las cuidan y las sostienen.
«En la actualidad, con horarios tan ocupados, desbordados de trabajo y estrés, además de dedicando tanto tiempo a las cosas materiales, como la televisión, el smartphone o comprando ropa, es incluso más interesante que nunca la práctica deportiva en conexión con la naturaleza».
Emelie Forsberg
Ellen Macarthur nos habla de la economía circular, cuya idea se gestó a lo largo de todos los años que vivió en alta mar, en regatas en solitario o con pequeños equipos, sin otro suelo que el de un trimarán o su querido velero. También damos la vuelta al mundo en moto con Anne-France Dautheville, a pesar de que toda su gente le decía que estaba loca.
«A lo largo de los años puse mi vida en orden, es decir, transformé violencia en fuerza».
Anne-France Dautheville
Y nos detenemos con Lynn Hill y The Nose pero también en sus comienzos, en su filosofía de la escalada y lo que le llena este deporte. «La naturaleza es un lenguaje universal con reglas universales. No sientes límites», dice.
«A lo largo de toda mi vida, una de las cualidades subyacentes que me han inspirado a perseguir lo que es posible, y parece imposible, tiene que ver con confiar en lo que realmente quiero y deseo.Cultivar sentimientos de pasión y convicción es algo que me ha permitido abrir la fuente de mi ser y acceder a la inmensa fuerza del espíritu humano».
La escritora y periodista belga, Lieve Joris nos sumerge en sus libros de viajes y crónica periodística basados en sus viajes por Malí y Senegal. Y Edurne Pasaban nos lleva a las cumbres de los 14 ochomiles y a algunos rincones de su interior.
«Lo importante es quererse a una misma, y rodearse de buena gente».
Edurne Pasaban
Y el viaje termina con la joven escritora neoyorquina Lauren Elkin, que nos plantea que quizá la aventura no está solo en los abordajes de los piratas o en las montañas o en los cielos o en las paredes o en los océanos… también está en la mirada.
Sueño y verdad. Pioneras en la aventurason perfiles de mujeres que demuestran que se puede hacer real lo que se creía imposible. Mujeres que imaginaron, desobedecieron, arriesgaron e hicieron de los sueños la verdad de sus días y sus noches.
«Un libro valiente y extraño dentro del panorama narrativo español, lleno de imágenes deslumbrantes, con la vertiginosa belleza de los Alpes franceses al fondo». Altaïr
«La novela no busca tanto contar una historia cuanto enaltecer un sueño: el de la libertad al aire libre respirando el viento helado de las alturas y tratando de superar metas casi imposibles al filo de la muerte, circunstancia esta a la que se mira de frente como posibilidad casi ineludible.Manuel Talens, Levante
«En torno a la pasión por la montaña vive y sueña un grupo de jóvenes, ilusionados representantes de una concepción vital desligada de las tentaciones burguesas. En ese contexto, las aspiraciones, los objetivos y los deseos que los animan toman una fuerza especial para el lector».Nicolás Miñambres, Tribuna de Salamanca
«Este libro es un descomunal y póstumo homenaje».
Care Santos, ABC
«Yo pensaba que mi hermano era inmortal. Nunca sabré por qué, o nunca querré saberlo. Seguramente no quería saber que un día iba a recibir la noticia de su muerte, lo que viene a significar que yo deseaba morir antes que él. Podría pasarme toda la vida escribiendo acerca de mi hermano, y ese proyecto destinado al fracaso sería suficiente para justificar mi existencia. Pero tal cúmulo inhumano de buenas intenciones se convertiría en una excusa, o en una de esas desviaciones psicológicas cuyo nombre nunca acierto a encontrar. Luego moriría: morirías sin haber vivido tu propia vida, por muy decepcionante que sea esta. Así de odiosa es la muerte. No quiero que nadie piense que tengo una cruenta obsesión por la muerte: es solo el vértigo de un futuro sin adjetivar. Vine aquí para hablar de mi hermano y para intentar relatar una historia».
A partir de un diario escrito por su hermano, aficionado a la montaña y muerto en una escalada, Ricardo Martínez Llorca reconstruye la historia de un destino marcado por la aventura y el riesgo de la montaña. Esta novela, publicada por primera vez en 1998, nos permitió descubrir a un autor con una excepcional lírica que entrelaza las palabras de su hermano con las suyas para describir la pasión por la montaña, los anhelos, los deseos, la vida y la presencia constante de la muerte.
Ricardo Martínez Llorca (Salamanca, 1966) fue finalista del Premio Tigre Juan con su primera novela, Tan alto el silencio (1998). Posteriormente, ha publicado las novelas El paisaje vacío (Debate, Premio Jaén, 2001), El carillón de los vientos (Alcalá, 2008), Después de la nieve (Desnivel, finalista del Premio Desnivel, 2016), Hasta la frontera de mi sueño (El Desvelo, 2018) y Mi deuda con el paraíso (Desnivel, 2018); además, el libro de relatos Hijos de Caín (Xplora, 2013) y la experiencia testimonial Luz en las grietas (Desnivel, Premio Desnivel, 2016). Ha publicado, también, los libros de viajes Cinturón de cobre (Pre-Textos, 2001) y Al otro lado de la luz (La línea del horizonte, 2013), además de los libros de perfiles El precio de ser pájaro (Desnivel, 2005) y Eva en los mundos (La línea del horizonte, 2019). Asimismo, ha colaborado con diversos medios como crítico literario: Oculta Lit, Revista de letras, Culturamas, Lateral, Quimera, ABC Cultural, FronteraD o Tribuna de Salamanca.
¿Quiénes son ellas? se preguntarán ustedes al encontrarse con el título de este artículo. ¿De qué ellas vamos a hablar? ¿Es apropiado recurrir al simple pronombre colectivo, sin destacar nombres concretos, aún siendo muchos de ellos un mejor reclamo para atraer al lector? Aquí, en esta “Ventana” que hace el número 49, un número especial porque con él iniciamos una nueva etapa, me valgo yo del plural para homenajear la mirada, la palabra de las mujeres, tantas veces silenciada. Y lo hago a través de un libro muy sugerente que se convierte en una invitación a descubrir, a adentrarse en las obras y trayectos, de 13 escritoras inquietas, tenaces, combativas, capaces de mirar al mundo de una manera diferente, desde un sentido de solidaridad y de justicia del que tan necesitados estamos.
¿Cómo sería la historia si la hubieran contado también las mujeres? ¿Qué nos hemos perdido sin la aportación femenina, sin el conocimiento de un legado que ha ido corriendo en paralelo, de manera subterránea; un legado que, sin duda, suma, enriquece, nuestra visión de la realidad? Sobre todo esto he vuelto a reflexionar mientras me iba adentrando en la lectura de Eva en los mundos. Escritoras y cronistas, de Ricardo Martínez Llorca, publicado por La línea del Horizonte, una entrega valiosa en su sencillez por su capacidad para trazar puentes de complicidad entre sus protagonistas, para demostrar que no hay terrenos vetados a la mujer, ni obstáculos que no sea capaz de atravesar, ni zonas oscuras a las que no pueda acceder para esclarecer y poner de relieve los males de su tiempo, de los tiempos que a cada una de ellas le ha tocado o le toca vivir.
Sofía Casanova, Carmen de Burgos, Marina Tsvetáieva, Rebeca West, Hayashi Fumiko, Martha Gellhorn, Annemarie Schwarzenbach, Edna O’Brien, Joan Didion, Janet Malcolm, Helen Garner, Svetlana Aleksiévich y Leila Guerriero. He aquí los nombres detrás de “ellas”, las protagonistas de un intenso recorrido entre generaciones que, más allá de las vicisitudes, de las biografías, de las obras, individuales, de los paisajes que cada cual contempla, conforma un relato unificado, coherente, una especie de abrazo sin fronteras. Como explica Martínez Llorca, novelista y autor de libros de viaje, artífice de este encuentro entre mujeres, de esta reunión de sentires, aventuras y búsquedas, en su lista podrían haber entrado muchas otras, pero todas las que están, ya hablen en sus obras de la guerra o de lo cotidiano, aportan verdad, iluminan el trecho de tierra que les ha tocado pisar, la mayoría de las elegidas desde la crónica, algunas de ellas a través de la ficción.
Eva en los mundos. Publicado por la editorial La Línea del Horizonte
“Sofía Casanova o Carmen de Burgos asientan las leyes de lo que es la crónica y lo que no: el eje sobre el que se mueven es la verosimilitud; lo que narran no basta con que sea creíble dentro del pacto que proponen al lector, se tiene que identificar como verdad en el sentido en que Kublai Jan quería corroborar si su sueño se correspondía con una ciudad que existe. Aunque leer sus viajes por Europa, en una época en la que apenas se permitía a las mujeres salir de su círculo íntimo, de su barrio y sus tertulias a la luz de las candelas, debió suponer una sacudida mayor (…) El mundo se agranda a medida que ellas avanzaron y nosotros las leemos…”, seguimos el texto introductorio, con el ánimo ya dispuesto a emprender el camino, a avanzar, a partir de las experiencias y desafíos a las que se enfrentaron estas dos mujeres, testigos, a mediados del siglo XX, de una realidad convulsa, marcada por el horror de la guerra.
Casanova, nacida en La Coruña en 1861, fue la primera mujer española corresponsal de guerra en un país extranjero. Católica y conservadora, defensora de la monarquía y en las filas del franquismo durante la Guerra Civil, dio cuenta en sus escritos, en sus diarios, de acontecimientos como la Revolución Rusa, siendo “una de las primeras personas que supo prever lo que se estaba fraguando: en contra del parecer occidental, argumentaba que esa revolución sería duradera e implicaría cambios inconcebibles en el mundo, pues a quienes la seguían lo les faltaba una causa”, nos cuenta el autor de Eva en los mundos, quien sigue los pasos de esta su primera protagonista durante la I Guerra Mundial, como enviada permanente en Europa Oriental del diario “ABC”. “El transcurso de la guerra la obliga a huir a Minsk, a Moscú y a San Petersburgo, llevando consigo una maleta de cartón reforzado con cuero y a sus tres hijas vivas, y a la cuarta en el dolor de la memoria. Hablaría sobre la muerte de Rasputín y entrevistaría a Trotski, a quien consideraba el más inteligente de los líderes de la revolución bolchevique, y a quien llamó “el terrible comisario de Negocios extranjero”, sigue relatando Martínez Llorca, quien traza el retrato de esta mujer que llegó a ser candidata al Premio Nobel de Literaturay cuyos libros están hoy, en su mayor parte, descatalogados.
Son muchos los detalles de la biografía, de la obra de Sofía Casanova, que llaman la atención, del mismo modo que sucede con Carmen de Burgos, conocida como Colombine, muy distante de la primera ideológicamente, pero también pionera del periodismo sobre el terreno, de la que se nos hace saber que “su maleta estaba siempre preparada para conocer lugares donde no pesara la mantilla sobre la cabeza de las mujeres”, como decía ella misma. Luchadora por la II República, convencida defensora del sufragio universal, activista por los derechos humanos, durante la dictadura de Franco se requisaron todos sus libros y se prohibió su nombre.
Breves y vibrantes son los distintos retratos que va dibujando el hacedor de esta ruta femenina entre “mundos”. Una ruta en la que, si bien, destacan los detalles, los hechos más llamativos de cada biografía, se valora la calidez y la capacidad de introspección del retratista, capaz de situar a sus creadoras en el contexto de sus entornos vitales e históricos, trascendiendo la anécdota, profundizando en los logros y el alma que sobrevuela las obras y los destinos de sus trece protagonistas; algo muy de agradecer. Vida y creación se cruzan en estos trece perfiles que nos descubren a creadoras muy singulares, unas más conocidas que otras, todas unidas, como decía antes, por el afán de rascar las capas superficiales de la realidad, por ahondar en sus propias circunstancias y en las de su entorno. Todas abrazadas por una fuerte corriente de solidaridad, de sentido de la justicia.
Cada uno de los textos es una pieza literaria en sí mismo, porque el autor aplica su mirada, interpreta, reflexiona, levanta su propio relato, sus relatos, dotando a cada uno de ellos de un particular sentido, de una atmósfera diferente. Siguiendo el recorrido, bajo el título de Un caso de exceso de ternura, nos encontramos con la autora rusa Marina Tsvietáieva (Moscú, 1892 – Yebáluga, 1941). Su poesía es sublime, su historia, dramática: pobreza, abandono, represión, cárcel, exilio, suicidio… De todo ello, absolutamente estremecedor, da cuenta el libro que nos ocupa, pero me quedo con un párrafo que refleja todo lo que os decía anteriormente, del espíritu que anima la entrega: “Tsvietáieva escribe temerariamente, sobre el caos de un presente, más atroz aún porque no puede ser comprendido. Los fragmentos de sus diarios presagian no solo la tragedia personal, sino también la de un pueblo. Son un testimonio de la vulnerabilidad humana, al tiempo que mantiene ese pulso con la literatura, como si presintiera que ella está hecha del sonido de las palabras, y que estas son el cielo, el alma. Se dispone a hablar de un país fracturado, de un tiempo fracturado hasta la extenuación, y le saldrán, a la fuerza, escritos en los que la fractura se convierte en un estado lírico”.
Crítico literario, guía de destinos, viajero él mismo, Ricardo Martínez Llorca, va atravesando geografías y devenires de la mano de otras mujeres como la londinense Rebecca West (nombre de un personaje de Ibsen adoptado por Cecily Isabel Fairfield), a quien define como “la periodista casi perfecta”, capaz de desaparecer de sus crónicas, movida por la búsqueda de “trazas de dignidad” en aquellos con los que se cruza, con los que conversa. “Sorprendida por la incapacidad de la gente por ver el mundo a través de los ojos de los demás, conserva una mirada inocente y limpia, con tanta obsesión como para considerar que la empatía es una de las ramas del árbol de la nobleza, junto con la ternura”, vamos pasando las páginas a ella dedicadas, en las que adquiere importancia su gran obra, el libro de viajes Cordero negro, halcón gris, fruto de un encargo para la revista “Atlantic” en 1936 que se convierte en un largo viaje por ciudades europeas en el que traza un mapa del malestar mundial.
Pese a su brevedad, como decía antes, son muy intensos los itinerarios de esta entrega que se convierte en puerta de acceso a interesantísimas obras literarias. Capaz de avivar la curiosidad y despertar pasiones, el autor consigue que queramos acudir a las fuentes, conocer mejor a las mujeres que nos va presentando. Reconozco que de muchas de ellas apenas había oído hablar, caso de la japonesa Hayashi Fumiko –una biografía corta, llena de dolor, de penurias y de contradicciones–, autora de Diario de una vagabunda, un libro “que es otra obra maestra de lo cruel que puede llegar a ser la vida y la incompetencia que tenemos para entender las razones” (…) “un testimonio de supervivencia en un país, y sobre todo en su capital, Tokio, tras las derrotas de la guerra” (…) “una lectura que nos remite a la actualidad, a esos fenómenos que llamamos crisis, pero cuyo resultado es idéntico al de la guerra”, señala nuestro guía, porque, “hoy”, nos dice, “hay miles de vagabundos, en el mismo sentido en que Fumiko fue la vagabunda fragmentada que ella se representa con una potencia descomunal en un libro clave de la literatura del siglo XX, repartidos por los callejones del planeta”.
Más conocidas resulta Martha Gellhorn, aunque en su perfil pese demasiado haber sido la mujer de Ernest Hemingway. Además de dar cuenta de las idas y venidas de la pareja de escritores, Ricardo Martínez Llorca se refiere a ella como una incansable corresponsal de guerra, que siguió ejerciendo su oficio hasta cumplir más de siete décadas, como una “mujer austera hasta la médula, capaz de vivir con lo que le cabía en los bolsillos”, ya que pensaba que “acumular y mejorar posesiones es una manera de perder la vida”. De su obra el autor destaca Cinco viajes al infierno, donde relata las rutas más desastrosas que emprendió en su vida, hacia lugares en los que parece imposible que se pueda vivir. “Una pequeña colección que refleja su única y efímera codicia: la de tener un billete de avión en el bolsillo”; una entrega que tiene mucho de viaje interior y que expresa la sabiduría de vida de alguien incapaz de parar. Gelhorn se convirtió en enfermera durante el desembarco de Normandía para enviar su crónica desde la primera línea de batalla, y se caracterizó por su lucha firme contra el fascismo en la Guerra Civil española. Siempre a punto para ejercer la crítica, la denuncia, frente a los horrores y desmanes del mundo, siguió con firmeza su gran proyecto de vida, aquello a lo que encaminaba todos sus actos, combatir la injusticia allá donde se produjese.
Como vemos destacan en el recorrido las mujeres reporteras, forjadas en la guerra, en territorios que normalmente han sido propiedad del hombre, aportando una sensibilidad diferente, más atenta a la escucha de las víctimas, al relato de las emociones. En ese lado, pero desde su papel de conversadora, de salvadora de voces calladas, se encuentra la Premio Nobel de origen ucraniano Svetlana Alexiévich, autora de libros testimoniales novelados como El fin del Homo Sovieticus, Últimos testigos o La guerra no tiene nombre de mujer. A día de hoy, como señala el ensayista, sigue escribiendo desde su modesto piso de corte soviético proletario, de cara al río Svisloch, en Minsk, preocupada por el destino de una nación que sigue alimentando el mito de los valores bélicos, pero ajena a confrontaciones, al cultivo del odio. Sus libros se leen “con reverencia”, nos dice Martínez Llorca, “son muestra de una empatía palpable”. En ellos “no hay narrador, no hay un estilista que impresione, no hay una voz alfa”. tal vez porque su autora “creció entre gente sencilla, cuyas historias destrozaban a cualquiera…” y aprendió el arte de la ingenuidad de niña, escuchando a las mujeres que conversaban por las tardes, con la sombra de la mitad de la población, la masculina, muerta en la guerra.
El volumen termina con Leila Guerriero (Argentina, 1967), la más joven del conjunto, una certera cronista de nuestros días, “una personalidad descorazonadora en la escritura, tan depurada y precisa como tensa, salvo algunos brochazos de color que nos sirven de descanso y adicción”, vamos leyendo acerca de esta mujer que ha escrito para distintos medios sobre la cruel dictadura de Myanmar, sobre la hipocresía del Papa Francisco en el asunto de los abusos sexuales por parte de sacerdotes o sobre el actual y enconado conflicto de la llegada de emigrantes latinos a Estados Unidos, amenazados no sólo por medidas racistas e inhumanas, sino por la animadversión de los de su propio pueblo, que llegaron antes que ellos. “Leila ha traído una mirada existencialista a la crónica, al periodismo narrativo, a la literatura (…) Con el mayor de los pesimismos, en el peor de sus días, sostiene que la humanidad se ha habituado a moverse en la mugre, “a convivir con la basura en su ojo de cíclope hasta que la basura se hace callo y el ojo queda confortablemente ciego”, señala el artífice de Eva en los mundos.
Pero antes de llegar a la autora argentina, artífice de recopilaciones de perfiles, crónicas y artículos sobre periodismo como Frutos extraños,Zona de obras o Plano americano, nos encontramos con otras escritoras como la suiza Annemarie Schwarzenbach (1908-1942), a quien debemos títulos como El valle feliz, Muerte en Persiao Todos los caminos están abiertos. Adicta toda su vida a la morfina, de aspecto andrógino, herida por un amor imposible hacia Erika Mann, la hija del Premio Nobel alemán y amante de las geografías orientales, tenía, según Ricardo Martínez Llorca, un “talento feroz para la tristeza” y la capacidad de otorgar voz a los perdedores, a través de la palabra escrita y también de la fotografía (viajó por Estados Unidos documentando la época de la depresión). En su obra destaca el contraste entre la felicidad que experimentó en sus viajes a Asia, donde participó en expediciones arqueológicas, y su desolación ante la pobreza, la indefensión y la violencia en la América de la naciente prosperidad, una situación que refleja tanto en su obra como en sus piezas fotográficas, como testigo de la esclavitud en los campos de algodón y de la situación de los obreros más desfavorecidos de la industria, imagen de la puerta trasera del capitalismo.
A su lado caminan Janet Malcolm (Praga, 1934) y Helen Garden (Australia, 1942). La primera ha construido su trayecto en torno a dos pasiones: Chéjov, a quien dedica una obra en formato de libro de viajes, Leyendo a Chéjov, donde explora los lugares y el trasfondo espiritual que anima la obra del clásico ruso, y Freud, a quien dedica ensayos como En los archivos de Freud, en la corriente del gran periodismo de investigación. La segunda, autora de obras como La casa de los suspiros se cuestiona en sus libros y crónicas asuntos como el sistema jurídico, el funcionamiento de los tribunales, la falta de moral de determinadas normas de convivencia, la educación sexual de los adolescentes, los escándalos de acoso sexual en la universidad. “Garner es una de esas escasas personas preparadas para revelar cosas demasiado íntimas, del tipo de asuntos que consideramos vergonzosos, cosas sobre las que la mayoría de nosotros no nos atreveríamos ni a toser un monosílabo si nos apuntaran con un arma en la cabeza”, comenta Martínez Llorca.
También se adentra el ensayista en las obras, biografías, vicisitudes y enseñanzas de creadoras con tanta personalidad como Edna O’Brien y Joan Didion, mucho más conocidas por el público español. De la primera, nacida en Irlanda en 1930, analiza el autor una de sus obras más populares, la trilogía Las chicas del campo, que tanto bebe de su biografía, del “dolor de la memoria”, como dijo John Berger. La vida de la autora experimentó un salto trascendente, desde la estricta sociedad rural en la que nació y que retrata en su literatura, hasta la efervescencia cotidiana de urbes como Londres y Nueva York, donde se codeó con destacadas figuras de las letras y el espectáculo, dedicada a la escritura y a labores editoriales. Hoy, pasados los 80 años, vive “una especie de exilio voluntario” en Londres. La soledad, como indica Martínez Llorca, ha sido su gran tema; la escritura su refugio, su manera de vivir hacia dentro, aunque con algunas destacadas incursiones en los luchas del exterior, caso del conflicto de Irlanda del norte, un conflicto que le afectó sobremanera, “hasta el extremo de intentar explicarlo una, cien, mil veces en distintos artículos y hasta a través de una novela, porque lo que publicaban los medios de comunicación tendía al reduccionismo”, haciéndole ganar algún que otro desprecio.
La soledad, la humanidad y la serenidad caracterizan el trayecto de O’Brien y de algún modo están presentes también en el de Joan Didion(California, 1934). Si tuviera que elegir de entre todos los retratos que contiene este libro, que no es tarea nada fácil, me quedo, por la técnica de desvelamiento con el que está trazado, con el de esta mujer en cuya obra llevo tiempo queriendo profundizar más. Su vida, llena de talento y de energía, se vio truncada por el dolor ante la muerte de su marido y su hija, experiencias recogidas en dos de sus mejores libros: El año del pensamiento mágicoy Noches azules. Quien de ella escribe inicia su perfil a través del visionado de un documental realizado por su sobrino, El centro cederá, y a partir de ahí, de los movimientos y palabras de la escritora, va aproximándose a ella, analizándola, entendiéndola. “La figura anciana a la que entrevista su sobrino contiene el mismo gesto que la de las fotografías de las épocas más atropelladas, de su temporada de gran vividora, de esa edad en que uno no entiende que mañana la vida puede haberse modificado…”, vamos leyendo.
El brillo, la agitación de la contracultura, el mundo hippie, forman parte de la primera etapa de la vida de Didion. En algunos de sus escritos da cuenta de todo ello y transmite, como señala el autor de la obra que nos ocupa, “la sensación de saber que está viviendo el estallido de la pubertad de Estados Unidos”, pero la muerte, el dolor y el duelo irrumpen en su camino y se inicia otra etapa que encuentra acogida en su literatura, dando lugar a los dos títulos anteriormente citados, donde la autora es capaz –sigo el análisis de Martínez Llorca– de “presentarnos la degradación de la felicidad en esos actos de cada día: desayunar y lavarse los dientes, escribir, contestar al teléfono, sacar la basura o hacer la compra. No hay que ordenar el caos a través de la escritura, porque no hay caos”. Como dice la propia autora: “La vida cambia rápidamente. La vida cambia en un instante. Te sientas a cenar y la vida que conoces termina”.
Los gestos de Joan Didion, que recobra el retratista, su espíritu siempre abierto a las sorpresas, se graban en mí, del mismo modo que acciones y palabras del resto de las protagonistas de este libro (lleno de verdades, de mucho más de lo que he resumido en este artículo), que se convierte en un puerto de salida hacia lugares, geografías, literaturas, que merece mucho la pena descubrir. Estamos ante una entrega hecha de perfiles, de fragmentos, de miradas femeninas, de retazos de lecturas, de acercamientos, de rumbos que acaban juntándose en un único y tentador viaje, el de la apertura al mundo, tanto al exterior como al de los paisajes interiores más profundos.
“Eva en los mundos. Escritoras y cronistas”, de Ricardo Martínez Llorca, ha sido publicado por La línea del horizonte.
El idioma de las emociones para dibujar injusticias
Trece mujeres, escritoras y cronistas; rebeldes, combativas; algunas muy conocidas, otras caídas en el olvido o censuradas. Puntos en común: su sentido de la solidaridad y de la justicia. Diferencias: su visión de la realidad, su identidad. Son las protagonistas de ‘Eva en los mundos’.
Su periodismo narrativo desafía el pensamiento occidental, caracterizado desde siempre por un sistema binario y jerarquizado, dividido por una línea de demarcación neta entre espacios masculinos y femeninos donde los hombres ocupan el polo positivo y las mujeres el negativo. Una dicotomía que ha conferido al hombre el poder de nombrar el mundo, de crear un lenguaje y sistemas simbólicos según su manera de ver y sentir la realidad, relegando a la mujer a un espacio periférico y marginal.
Es adquisición de la conciencia de identidad y literaria, que les lleva a empezar su proceso revolucionario, a apropiarse de la voz de los miserables, los humillados y los ofendidos para denunciar las injusticias y la falta de humanidad.
A través de su conciencia periodística y su mirada humanitaria, ambicionan con valentía, rectitud y dignidad la trasformación social y dar rienda suelta a la rebelión.
Algunas son perseguidas por sus ideales de justicia social y sus denuncias contra la guerra y los abusos; otras, prisioneras de su cuerpo y con un precario equilibrio interior, reflexionan sobre su propia cultura y subjetividad en una dimensión geográfica y espiritual diferente.
Por primera vez en castellano uno de los escasos y valiosos testimonios de una mujer en la historia de la exploración polar.
Uno de los escasos relatos de la época que se adentra en las costumbres y la vida cotidiana de la población aborigen ártica con una riqueza de detalles poco conocidos hasta entonces. Cuenta la vida en compañía de los inuit durante el año que pasó en Groenlandia con ocasión de la segunda expedición de su marido Robert Peary, que habría de ser una de las figuras centrales en la exploración polar. A pesar de las duras condiciones, Josephine construye un relato que es todo un plácido canto a la vida, al placer de los pequeños detalles y a la observación y registro de las costumbres inuits.
Josephine Diebitch Peary (1863-1955) era hija de emigrantes alemanes en Estados Unidos. Conoció muy temprano al que iba a ser su marido, el explorador del Polo Norte, Robert Peary, con quien se casó y realizó sus dos primeras expediciones al ártico. Fue una de las escasas mujeres en participar de la exploración polar y en escribir sobre sus experiencias y su vida con los inuit.
El relato de una mujer sorprendente , protagonista de la
película de Isabel Coixet 'Nadie quiere la noche'.
La única mujer occidental que dio a luz en extremas latitudes
polares.
Un relato vital para conocer las costumbres inuits de la época..
“Hacer alma”, decía Jung, “es nuestra única forma de
salvarnos”.
No pasa de ser una intuición, y por lo tanto una suerte de nebulosa,
esa idea de que existe un amor más allá de la muerte, esa intuición que sugiere
que uno no termina de desaparecer en tanto sobreviva el recuerdo del amor que
uno ha dado y que le han dado. Se trata de la forma más sencilla, más
universal, más asequible, más mundana, la mejor a ciencia cierta, de hacer
alma. La idea está en el mejor soneto de Quevedo, ese que termina rezando:
“serán ceniza, mas tendrán sentido, / polvo serán, mas polvo enamorado”. Y
también en la fiesta de los muertos que con tanta envidia vemos celebrar a los
mexicanos. Para quien la desconozca y no pueda viajar al país para celebrarla,
les recuerdo el reflejo de la misma que atraviesa la película de Pixar ‘Coco’.
Hacer alma es, por tanto, una forma de traer las sentencias
de la ilusión al polvo de la Tierra. El amor, que no existe, dice también Jung,
que es una abstracción, dice Jung, pero que, sin embargo, existe el hecho de
amar y ser amado, sigue diciendo Jung, el amor no puede desaparecer solo por el
estúpido hecho de que uno se muera. No hemos conseguido resolver la duda que
nos genera no saber a dónde se va el amor. Pero sabemos, o para ser exactos,
queremos saber, que va a alguna parte, que no puede transformarse en nada.
Recuerdo que NADA proviene de la expresión latina nulla res nata, cuya traducción literal es ‘ninguna cosa nacida’.
Morimos y lo que queda para uno es lo mismo que había antes de nacer: nada.
Pero para los demás sobrevive una llamada, la sensación, que no sé si llamar
esperanza, de que en algún lugar alguien les acogerá cuando dejemos de ser la
materia de la que estamos hechos.
El poeta francés Christian Bobin lo expresa en los
siguientes términos:
"Estoy más lejos en el tiempo, pero
sigo en el mismo camino. Cada mañana arroja a mis pies los despojos de los
perros de la muerte. ¿Cuántas estaciones aún para que el combate siga siéndome
favorable? Pienso en esa única vez en que el defensor de mis colores morderá el
polvo, cuando se pongan en marcha las bases inmateriales de la carne y tenga
que afrontar al jinete negro: mi único recurso, entonces, será lanzarle a los
ojos ese puñado de amor apasionado que siempre encerraron mis manos. Esa mirada
lenta al niño, al cielo, al vacío."
La intuición, la nebulosa que nos recorre y que puede ser
muy acertada, me habla de una última etapa del amor: ese que uno siente hacia
el desconocido o, incluso, hacia la multitud desconocida. Ese que azota cuando
vemos al pequeño Aylán yaciendo en la playa griega, ese que maldicen algunos
críticos cinematográficos cuando atacan a una película como ‘Cafarnaún’. Solo puede atreverse a
calificar este relato de pornografía emocional quien no haya paseado por una
Villa Miseria, quien no haya conocido los mercados del corazón de África, quien
no se perdiera en los barrios de Bombay: lo que cuenta la película no es un
truco cinematográfico, es una de las realidades, una de las peores, pero no es
inexistente. Es uno de esos relatos que habrían hecho trizas el corazón de
Svletana Aleksiévich, de Carmen de Burgos, De Helen Garner, de Rebecca West, de
Joan Didion. Uno de esos relatos universales, sin tiempo, que es tanto como
decir que pertenece a todos los tiempos, a todas las tristezas.
De alguna manera, nacer y crecer lejos de los centros donde
se generan lo que en francés se llama “ideas recibidas”, los lugares comunes, ideas
recibidas incluso en el panorama de la supuesta lucha contra la injusticia,
permite el desarrollo de un pensamiento más creativo y, no sé si es un
atrevimiento decirlo, más libre. Si nos atenemos a argumentos históricos, el
hecho de ser mujer ya ha situado a buena parte de la mitad de los seres humanos
en esa periferia desde la que verter pensamientos más creativos en la lucha
contra la injusticia. Hay que advertir, en estos tiempos en que llueven ladrillos
de canto, que dichos centros de poder tienen cada día menos luz, están más
dispersos y se van apegando más y más a las pasiones como forma de manipulación.
La reciente película ‘Brexit: the Uncivil
War’ lo expone de manera contundente. Recordemos: una especie de sociópata
muy astuto se hace cargo de una campaña en la que solo termina por importar una
palabra: Back: Take Back Control,
recuperemos el control, como si alguna vez hubiera estado en nuestro poder, en
la capacidad de decidir de la gente.
Pero sin rendirnos, confiamos en esta periferia desprovista
de inercias, de lógicas impuestas por el neoliberalismo y eso que llamamos
sistema, y de las aspiraciones de lo dominante. Se trata de nadar contra el
destino sabiendo que es una guerra perdida, pues este, ya lo hemos aprendido,
no es otra cosa que la victoria de los poderosos, de quienes tienen el control,
de quienes nos envían las ideas que recibimos. Los que nos dedicamos a la
literatura sabemos que las aportaciones de los intrusos, de estas intrusas que
nos reúnen, son tan mal avenidas como el aire libre lo era entre los
protagonistas de ‘El imperio de los
sentidos’, ese retrato de la locura en el que el sexo sustituye a la
compañía, esa pareja que no pretendía sino olerse mal para excitar a su amado,
que era también un contrincante.
No es frecuente hallarse frente a alguien no domesticado.
Nos creemos libres, creemos estar haciendo alma, y nos limitamos a seguir unos
rituales. La osadía es un atributo en declive, entre otras razones porque los
centros de poder lo han colocado junto a la ignorancia, y descalifican sin
piedad a la ignorancia. La sorpresa surge con lo insólito, y lo insólito es
hermano de la ignorancia. Ahí está, por ejemplo, la virtud de reconocer la
increíble capacidad de no entender nada, y por tanto discurrir desde una forma
que no habíamos previsto, que no se podía imaginar, o que al menos no la
veíamos venir quienes asentamos nuestro culo y nuestra cabeza en ideas
recibidas. Sean bienvenidas las personas no adiestradas, la gente de
pensamiento que, a falta de otra palabra, uno llama contraintuitivo, de
pensamiento contra la experiencia o lo que creemos que dicta la experiencia,
ese soliloquio de un solo compás, de un único sonido, de una única verdad o de
una única mentira, capaz de hacer que ambas, verdad y mentira, sean la misma
cosa. La rebelión, aunque no sea intencionada, sigue siendo fundamental en el
avance del relato.
He mencionado la película ‘Cafarnaún’, siamesa de los libros de Svletana Alekxiévich o los
diarios de vagabunda de Hayashi Fumiko, donde expresa lo que no pudo decir
siendo testigo de la violación de Nanking. Hablo de la película ‘Brexit’ y recuerdo algunos artículos de
Joan Didion y de Janet Malcolm contra el imperio de los rituales, contra el
Derecho mutilado o torcido, contra los lugares comunes. Menciono ‘Coco’ y se me pasan por la cabeza las
emociones de los cuadros rústicos y tiernos de Edna O’Brien y, por supuesto, la
poesía de Marina Tsvetaieva, que posee una ingenuidad a prueba de la Revolución
de octubre de 1917, como se comprueba en sus diarios y su correspondencia. Helen
Garner traduce la injusticia a un grado en el que nosotros nos implicamos
emocional e intelectualmente; Rebecca West sorprende por el análisis
contraintuitivo de un territorio fragmentado en el que se cultivó buena parte
del guiso que es Europa; Carmen de Burgos, Annemarie Scwarzenbach o Sofía
Casanova hicieron de su biografía una obra maestra de la literatura y del
pensamiento no domesticado… escritoras todas ellas en la periferia, en lo
insólito, en la osadía. Gente con la increíble capacidad de reconocer que no
están entendiendo nada.
Durante la lectura de su obra, uno se da cuenta de que
poseen una gran virtud: cuidar la rebelión, sí, pero sin añadir demasiada
presión moral a quienes, como a ellas, ya les muerden los tobillos otras
presiones: económicas, laborales y de civilización. Porque saben que si a los
que no eligen el destino se les presiona demasiado a “ser morales” y alguien
con autoridad pública los liberara de golpe de esa carga de trabajo, la culpa
reprimida y el consecuente alivio psicológico se pueden transformar en
agresividad social o sociopolítica: en racismo, en machismo, en xenofobia, en
ultranacionalismo. En cualquier soporte falsamente ideológico que sustituya al
humanismo.
La pregunta que me hago ahora es, en consecuencia, ¿qué
diablos es el humanismo? La respuesta es la afirmación de Jung: hacer alma, la
única forma de salvación. En la película ‘A
Private War’, el biopic sobre la
reportera de guerra Marie Colvin, el director del periódico para el que ella
trabaja, le ruega que no abandone su labor como periodista que da testimonio
del fracaso de la humanidad, una tarea que creará alma, pero a costa de que la
suya le duela horrores. El argumento del director del periódico es
incontestable: “Si tú pierdes la convicción, ¿qué nos queda a los demás?”.
Nos queda la cobardía, que en este caso es lo genuinamente
nuestro, una de las pocas cosas que poseemos si nos dejan desnudos. Por eso
necesitamos de estas voces, de este amor que entregan a los desconocidos, que
somos, ahora, nosotros; ese amor que sobrevive a la muerte, el recuerdo de lo
que uno ha dado y le han dado. Ese amor que contiene rabia, sí, porque cuando
nos fallaron todas las demás tablas de náufrago, nos queda la rabia para
mantenernos a flote. La rabia que empujaba a Marie Colvin a vivir para nosotros
lo que nosotros no nos atrevíamos a vivir. Recuerdo, por último, que en la
película Marie Colvin muestra en más de una ocasión quién es su escritora de
cabecera: Martha Gellhorn. Y confieso, no sin pudor, que aprendí a escribir
perfiles de las lecturas de Leila Guerriero.
Me gustaría, para terminar, decir que ojalá este libro
sirviera para que los demás caigan en el insólito y osado pecado de leer a
nuestras hijas de Eva.