Mostrando entradas con la etiqueta Eva en los mundos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Eva en los mundos. Mostrar todas las entradas

jueves, 9 de mayo de 2019

EVA EN LOS MUNDOS en LLSS


¿Quiénes son ellas? se preguntarán ustedes al encontrarse con el título de este artículo. ¿De qué ellas vamos a hablar? ¿Es apropiado recurrir al simple pronombre colectivo, sin destacar nombres concretos, aún siendo muchos de ellos un mejor reclamo para atraer al lector? Aquí, en esta “Ventana” que hace el número 49, un número especial porque con él iniciamos una nueva etapa, me valgo yo del plural para homenajear la mirada, la palabra de las mujeres, tantas veces silenciada. Y lo hago a través de un libro muy sugerente que se convierte en una invitación a descubrir, a adentrarse en las obras y trayectos, de 13 escritoras inquietas, tenaces, combativas, capaces de mirar al mundo de una manera diferente, desde un sentido de solidaridad y de justicia del que tan necesitados estamos. 
¿Cómo sería la historia si la hubieran contado también las mujeres? ¿Qué nos hemos perdido sin la aportación femenina, sin el conocimiento de un legado que ha ido corriendo en paralelo, de manera subterránea; un legado que, sin duda, suma, enriquece, nuestra visión de la realidad? Sobre todo esto he vuelto a reflexionar mientras me iba adentrando en la lectura de Eva en los mundos. Escritoras y cronistasde Ricardo Martínez Llorca, publicado por La línea del Horizonte, una entrega valiosa en su sencillez por su capacidad para trazar puentes de complicidad entre sus protagonistas, para demostrar que no hay terrenos vetados a la mujer, ni obstáculos que no sea capaz de atravesar, ni zonas oscuras a las que no pueda acceder para esclarecer y poner de relieve los males de su tiempo, de los tiempos que a cada una de ellas le ha tocado o le toca vivir.
Sofía Casanova, Carmen de Burgos, Marina Tsvetáieva, Rebeca West, Hayashi Fumiko, Martha Gellhorn, Annemarie Schwarzenbach, Edna O’Brien, Joan Didion, Janet Malcolm, Helen Garner, Svetlana Aleksiévich y Leila Guerriero. He aquí los nombres detrás de “ellas”, las protagonistas de un intenso recorrido entre generaciones que, más allá de las vicisitudes, de las biografías, de las obras, individuales, de los paisajes que cada cual contempla, conforma un relato unificado, coherente, una especie de abrazo sin fronteras. Como explica Martínez Llorca, novelista y autor de libros de viaje, artífice de este encuentro entre mujeres, de esta reunión de sentires, aventuras y búsquedas, en su lista podrían haber entrado muchas otras, pero todas las que están, ya hablen en sus obras de la guerra o de lo cotidiano, aportan verdad, iluminan el trecho de tierra que les ha tocado pisar, la mayoría de las elegidas desde la crónica, algunas de ellas a través de la ficción. 




Eva en los mundos. Publicado por la editorial La Línea del Horizonte

Sofía Casanova o Carmen de Burgos asientan las leyes de lo que es la crónica y lo que no: el eje sobre el que se mueven es la verosimilitud; lo que narran no basta con que sea creíble dentro del pacto que proponen al lector, se tiene que identificar como verdad en el sentido en que Kublai Jan quería corroborar si su sueño se correspondía con una ciudad que existe. Aunque leer sus viajes por Europa, en una época en la que apenas se permitía a las mujeres salir de su círculo íntimo, de su barrio y sus tertulias a la luz de las candelas, debió suponer una sacudida mayor (…) El mundo se agranda a medida que ellas avanzaron y nosotros las leemos…”, seguimos el texto introductorio, con el ánimo ya dispuesto a emprender el camino, a avanzar, a partir de las experiencias y desafíos a las que se enfrentaron estas dos mujeres, testigos, a mediados del siglo XX, de una realidad convulsa, marcada por el horror de la guerra.
Casanova, nacida en La Coruña en 1861, fue la primera mujer española corresponsal de guerra en un país extranjero. Católica y conservadora, defensora de la monarquía y en las filas del franquismo durante la Guerra Civil, dio cuenta en sus escritos, en sus diarios, de acontecimientos como la Revolución Rusa, siendo “una de las primeras personas que supo prever lo que se estaba fraguando: en contra del parecer occidental, argumentaba que esa revolución sería duradera e implicaría cambios inconcebibles en el mundo, pues a quienes la seguían lo les faltaba una causa”, nos cuenta el autor de Eva en los mundos, quien sigue los pasos de esta su primera protagonista durante la I Guerra Mundial, como enviada permanente en Europa Oriental del diario “ABC”. “El transcurso de la guerra la obliga a huir a Minsk, a Moscú y a San Petersburgo, llevando consigo una maleta de cartón reforzado con cuero y a sus tres hijas vivas, y a la cuarta en el dolor de la memoria. Hablaría sobre la muerte de Rasputín y entrevistaría a Trotski, a quien consideraba el más inteligente de los líderes de la revolución bolchevique, y a quien llamó “el terrible comisario de Negocios extranjero”, sigue relatando Martínez Llorca, quien traza el retrato de esta mujer que llegó a ser candidata al Premio Nobel de Literaturay cuyos libros están hoy, en su mayor parte, descatalogados. 

Son muchos los detalles de la biografía, de la obra de Sofía Casanova, que llaman la atención, del mismo modo que sucede con Carmen de Burgos, conocida como Colombine, muy distante de la primera ideológicamente, pero también pionera del periodismo sobre el terreno, de la que se nos hace saber que “su maleta estaba siempre preparada para conocer lugares donde no pesara la mantilla sobre la cabeza de las mujeres”, como decía ella misma. Luchadora por la II República, convencida defensora del sufragio universal, activista por los derechos humanos, durante la dictadura de Franco se requisaron todos sus libros y se prohibió su nombre.
Breves y vibrantes son los distintos retratos que va dibujando el hacedor de esta ruta femenina entre “mundos”. Una ruta en la que, si bien, destacan los detalles, los hechos más llamativos de cada biografía, se valora la calidez y la capacidad de introspección del retratista, capaz de situar a sus creadoras en el contexto de sus entornos vitales e históricos, trascendiendo la anécdota, profundizando en los logros y el alma que sobrevuela las obras y los destinos de sus trece protagonistas; algo muy de agradecer. Vida y creación se cruzan en estos trece perfiles que nos descubren a creadoras muy singulares, unas más conocidas que otras, todas unidas, como decía antes, por el afán de rascar las capas superficiales de la realidad, por ahondar en sus propias circunstancias y en las de su entorno. Todas abrazadas por una fuerte corriente de solidaridad, de sentido de la justicia.
Cada uno de los textos es una pieza literaria en sí mismo, porque el autor aplica su mirada, interpreta, reflexiona, levanta su propio relato, sus relatos, dotando a cada uno de ellos de un particular sentido, de una atmósfera diferente. Siguiendo el recorrido, bajo el título de Un caso de exceso de ternura, nos encontramos con la autora rusa Marina Tsvietáieva (Moscú, 1892 – Yebáluga, 1941). Su poesía es sublime, su historia, dramática: pobreza, abandono, represión, cárcel, exilio, suicidio… De todo ello, absolutamente estremecedor, da cuenta el libro que nos ocupa, pero me quedo con un párrafo que refleja todo lo que os decía anteriormente, del espíritu que anima la entrega:  “Tsvietáieva escribe temerariamente, sobre el caos de un presente, más atroz aún porque no puede ser comprendido. Los fragmentos de sus diarios presagian no solo la tragedia personal, sino también la de un pueblo. Son un testimonio de la vulnerabilidad humana, al tiempo que mantiene ese pulso con la literatura, como si presintiera que ella está hecha del sonido de las palabras, y que estas son el cielo, el alma. Se dispone a hablar de un país fracturado, de un tiempo fracturado hasta la extenuación, y le saldrán, a la fuerza, escritos en los que la fractura se convierte en un estado lírico”.

Crítico literario, guía de destinos, viajero él mismo, Ricardo Martínez Llorca, va atravesando geografías y devenires de la mano de otras mujeres como la londinense Rebecca West (nombre de un personaje de Ibsen adoptado por Cecily Isabel Fairfield), a quien define como “la periodista casi perfecta”, capaz de desaparecer de sus crónicas, movida por la búsqueda de “trazas de dignidad” en aquellos con los que se cruza, con los que conversa. “Sorprendida por la incapacidad de la gente por ver el mundo a través de los ojos de los demás, conserva una mirada inocente y limpia, con tanta obsesión como para considerar que la empatía es una de las ramas del árbol de la nobleza, junto con la ternura”, vamos pasando las páginas a ella dedicadas, en las que adquiere importancia su gran obra, el libro de viajes Cordero negro, halcón grisfruto de un encargo para la revista “Atlantic” en 1936 que se convierte en un largo viaje por ciudades europeas en el que traza un mapa del malestar mundial.
Pese a su brevedad, como decía antes, son muy intensos los itinerarios de esta entrega que se convierte en puerta de acceso a interesantísimas obras literarias. Capaz de avivar la curiosidad y despertar pasiones, el autor consigue que queramos acudir a las fuentes, conocer mejor a las mujeres que nos va presentando. Reconozco que de muchas de ellas apenas había oído hablar, caso de la japonesa Hayashi Fumiko –una biografía corta, llena de dolor, de penurias y de contradicciones–, autora de Diario de una vagabunda, un libro “que es otra obra maestra de lo cruel que puede llegar a ser la vida y la incompetencia que tenemos para entender las razones” (…) “un testimonio de supervivencia en un país, y sobre todo en su capital, Tokio, tras las derrotas de la guerra” (…) “una lectura que nos remite a la actualidad, a esos fenómenos que llamamos crisis, pero cuyo resultado es idéntico al de la guerra”, señala nuestro guía, porque, “hoy”, nos dice, “hay miles de vagabundos, en el mismo sentido en que Fumiko fue la vagabunda fragmentada que ella se representa con una potencia descomunal en un libro clave de la literatura del siglo XX, repartidos por los callejones del planeta”.




Más conocidas resulta Martha Gellhorn, aunque en su perfil pese demasiado haber sido la mujer de Ernest Hemingway. Además de dar cuenta de las idas y venidas de la pareja de escritores, Ricardo Martínez Llorca se refiere a ella como una incansable corresponsal de guerra, que siguió ejerciendo su oficio hasta cumplir más de siete décadas, como una “mujer austera hasta la médula, capaz de vivir con lo que le cabía en los bolsillos”, ya que pensaba que “acumular y mejorar posesiones es una manera de perder la vida”. De su obra el autor destaca Cinco viajes al infiernodonde relata las rutas más desastrosas que emprendió en su vida, hacia lugares en los que parece imposible que se pueda vivir. “Una pequeña colección que refleja su única y efímera codicia: la de tener un billete de avión en el bolsillo”; una entrega que tiene mucho de viaje interior y que expresa la sabiduría de vida de alguien incapaz de parar. Gelhorn se convirtió en enfermera durante el desembarco de Normandía para enviar su crónica desde la primera línea de batalla, y se caracterizó por su lucha firme contra el fascismo en la Guerra Civil española. Siempre a punto para ejercer la crítica, la denuncia, frente a los horrores y desmanes del mundo, siguió con firmeza su gran proyecto de vida, aquello a lo que encaminaba todos sus actos, combatir la injusticia allá donde se produjese.

Como vemos destacan en el recorrido las mujeres reporteras, forjadas en la guerra, en territorios que normalmente han sido propiedad del hombre, aportando una sensibilidad diferente, más atenta a la escucha de las víctimas, al relato de las emociones. En ese lado, pero desde su papel de conversadora, de salvadora de voces calladas, se encuentra la Premio Nobel de origen ucraniano Svetlana Alexiévich, autora de libros testimoniales novelados como El fin del Homo SovieticusÚltimos testigos o La guerra no tiene nombre de mujer. A día de hoy, como señala el ensayista, sigue escribiendo desde su modesto piso de corte soviético proletario, de cara al río Svisloch, en Minsk, preocupada por el destino de una nación que sigue alimentando el mito de los valores bélicos, pero ajena a confrontaciones, al cultivo del odio. Sus libros se leen “con reverencia”, nos dice Martínez Llorca, “son muestra de una empatía palpable”. En ellos “no hay narrador, no hay un estilista que impresione, no hay una voz alfa”. tal vez porque su autora “creció entre gente sencilla, cuyas historias destrozaban a cualquiera…” y aprendió el arte de la ingenuidad de niña, escuchando a las mujeres que conversaban por las tardes, con la sombra de la mitad de la población, la masculina, muerta en la guerra.
El volumen termina con Leila Guerriero (Argentina, 1967), la más joven del conjunto, una certera cronista de nuestros días, “una personalidad descorazonadora en la escritura, tan depurada y precisa como tensa, salvo algunos brochazos de color que nos sirven de descanso y adicción”, vamos leyendo acerca de esta mujer que ha escrito para distintos medios sobre la cruel dictadura de Myanmar, sobre la hipocresía del Papa Francisco en el asunto de los abusos sexuales por parte de sacerdotes o sobre el actual y enconado conflicto de la llegada de emigrantes latinos a Estados Unidos, amenazados no sólo por medidas racistas e inhumanas, sino por la animadversión de los de su propio pueblo, que llegaron antes que ellos. “Leila ha traído una mirada existencialista a la crónica, al periodismo narrativo, a la literatura (…) Con el mayor de los pesimismos, en el peor de sus días, sostiene que la humanidad se ha habituado a moverse en la mugre, “a convivir con la basura en su ojo de cíclope hasta que la basura se hace callo y el ojo queda confortablemente ciego”, señala el artífice de Eva en los mundos.
Pero antes de llegar a la autora argentina, artífice de recopilaciones de perfiles, crónicas y artículos sobre periodismo como Frutos extraños, Zona de obras o Plano americanonos encontramos con otras escritoras como la suiza Annemarie Schwarzenbach (1908-1942), a quien debemos títulos como El valle feliz, Muerte en Persia Todos los caminos están abiertos. Adicta toda su vida a la morfina, de aspecto andrógino, herida por un amor imposible hacia Erika Mann, la hija del Premio Nobel alemán y amante de las geografías orientales, tenía, según Ricardo Martínez Llorca, un “talento feroz para la tristeza” y la capacidad de otorgar voz a los perdedores, a través de la palabra escrita y también de la fotografía (viajó por Estados Unidos documentando la época de la depresión). En su obra destaca el contraste entre la felicidad que experimentó en sus viajes a Asia, donde participó en expediciones arqueológicas, y su desolación ante la pobreza, la indefensión y la violencia en la América de la naciente prosperidad, una situación que refleja tanto en su obra como en sus piezas fotográficas, como testigo de la esclavitud en los campos de algodón y de la situación de los obreros más desfavorecidos de la industria, imagen de la puerta trasera del capitalismo. 
A su lado caminan Janet Malcolm (Praga, 1934) y Helen Garden (Australia, 1942). La primera ha construido su trayecto en torno a dos pasiones: Chéjov, a quien dedica una obra en formato de libro de viajes, Leyendo a Chéjov, donde explora los lugares y el trasfondo espiritual que anima la obra del clásico ruso, y Freud, a quien dedica ensayos como En los archivos de Freud, en la corriente del gran periodismo de investigación. La segunda, autora de obras como La casa de los suspiros se cuestiona en sus libros y crónicas asuntos como el sistema jurídico, el funcionamiento de los tribunales, la falta de moral de determinadas normas de convivencia, la educación sexual de los adolescentes, los escándalos de acoso sexual en la universidad. “Garner es una de esas escasas personas preparadas para revelar cosas demasiado íntimas, del tipo de asuntos que consideramos vergonzosos, cosas sobre las que la mayoría de nosotros no nos atreveríamos ni a toser un monosílabo si nos apuntaran con un arma en la cabeza”, comenta Martínez Llorca.  
También se adentra el ensayista en las obras, biografías, vicisitudes y enseñanzas de creadoras con tanta personalidad como Edna O’Brien y Joan Didion, mucho más conocidas por el público español. De la primera, nacida en Irlanda en 1930, analiza el autor una de sus obras más populares, la trilogía Las chicas del campo, que tanto bebe de su biografía, del “dolor de la memoria”, como dijo John Berger. La vida de la autora experimentó un salto trascendente, desde la estricta sociedad rural en la que nació y que retrata en su literatura, hasta la efervescencia cotidiana de urbes como Londres y Nueva York, donde se codeó con destacadas figuras de las letras y el espectáculo, dedicada a la escritura y a labores editoriales. Hoy, pasados los 80 años, vive “una especie de exilio voluntario” en Londres. La soledad, como indica Martínez Llorca, ha sido su gran tema; la escritura su refugio, su manera de vivir hacia dentro, aunque con algunas destacadas incursiones en los luchas del exterior, caso del conflicto de Irlanda del norte, un conflicto que le afectó sobremanera, “hasta el extremo de intentar explicarlo una, cien, mil veces en distintos artículos y hasta a través de una novela, porque lo que publicaban los medios de comunicación tendía al reduccionismo”, haciéndole ganar algún que otro desprecio. 






La soledad, la humanidad y la serenidad caracterizan el trayecto de O’Brien y de algún modo están presentes también en el de Joan Didion (California, 1934). Si tuviera que elegir de entre todos los retratos que contiene este libro, que no es tarea nada fácil, me quedo, por la técnica de desvelamiento con el que está trazado, con el de esta mujer en cuya obra llevo tiempo queriendo profundizar más. Su vida, llena de talento y de energía, se vio truncada por el dolor ante la muerte de su marido y su hija, experiencias recogidas en dos de sus mejores libros: El año del pensamiento mágico Noches azulesQuien de ella escribe inicia su perfil a través del visionado de un documental realizado por su sobrino, El centro cederáy a partir de ahí, de los movimientos y palabras de la escritora, va aproximándose a ella, analizándola, entendiéndola. “La figura anciana a la que entrevista su sobrino contiene el mismo gesto que la de las fotografías de las épocas más atropelladas, de su temporada de gran vividora, de esa edad en que uno no entiende que mañana la vida puede haberse modificado…”, vamos leyendo.
El brillo, la agitación de la contracultura, el mundo hippie, forman parte de la primera etapa de la vida de Didion. En algunos de sus escritos da cuenta de todo ello y transmite, como señala el autor de la obra que nos ocupa, “la sensación de saber que está viviendo el estallido de la pubertad de Estados Unidos”, pero la muerte, el dolor y el duelo irrumpen en su camino y se inicia otra etapa que encuentra acogida en su literatura, dando lugar a los dos títulos anteriormente citados, donde la autora es capaz –sigo el análisis de Martínez Llorca– de “presentarnos la degradación de la felicidad en esos actos de cada día: desayunar y lavarse los dientes, escribir, contestar al teléfono, sacar la basura o hacer la compra. No hay que ordenar el caos a través de la escritura, porque no hay caos”. Como dice la propia autora: “La vida cambia rápidamente. La vida cambia en un instante. Te sientas a cenar y la vida que conoces termina”.
Los gestos de Joan Didion, que recobra el retratista, su espíritu siempre abierto a las sorpresas, se graban en mí, del mismo modo que acciones y palabras del resto de las protagonistas de este libro (lleno de verdades, de mucho más de lo que he resumido en este artículo), que se convierte en un puerto de salida hacia lugares, geografías, literaturas, que merece mucho la pena descubrir. Estamos ante una entrega hecha de perfiles, de fragmentos, de miradas femeninas, de retazos de lecturas, de acercamientos, de rumbos que acaban juntándose en un único y tentador viaje, el de la apertura al mundo, tanto al exterior como al de los paisajes interiores más profundos.
“Eva en los mundos. Escritoras y cronistas”, de Ricardo Martínez Llorca, ha sido publicado por La línea del horizonte.
Fuente: Lecturas Sumergidas

martes, 7 de mayo de 2019

EVA en LA LÍNEA DEL HORIZONTE

El idioma de las emociones para dibujar injusticias

Trece mujeres, escritoras y cronistas; rebeldes, combativas; algunas muy conocidas, otras caídas en el olvido o censuradas. Puntos en común: su sentido de la solidaridad y de la justicia. Diferencias: su visión de la realidad, su identidad. Son las protagonistas de ‘Eva en los mundos’.


Su periodismo narrativo desafía el pensamiento occidental, caracterizado desde siempre por un sistema binario y jerarquizado, dividido por una línea de demarcación neta entre espacios masculinos y femeninos donde los hombres ocupan el polo positivo y las mujeres el negativo. Una dicotomía que ha conferido al hombre el poder de nombrar el mundo, de crear un lenguaje y sistemas simbólicos según su manera de ver y sentir la realidad, relegando a la mujer a un espacio periférico y marginal.

Es adquisición de la conciencia de identidad y literaria, que les lleva a empezar su proceso revolucionario, a apropiarse de la voz de los miserables, los humillados y los ofendidos para denunciar las injusticias y la falta de humanidad.

A través de su conciencia periodística y su mirada humanitaria, ambicionan con valentía, rectitud y dignidad la trasformación social y dar rienda suelta a la rebelión.

Algunas son perseguidas por sus ideales de justicia social y sus denuncias contra la guerra y los abusos; otras, prisioneras de su cuerpo y con un precario equilibrio interior, reflexionan sobre su propia cultura y subjetividad en una dimensión geográfica y espiritual diferente.



Lee la reseña completa en LA LÍNEA DEL HORIZONTE

jueves, 14 de marzo de 2019

Presentación EVA EN LOS MUNDOS


“Hacer alma”, decía Jung, “es nuestra única forma de salvarnos”.

No pasa de ser una intuición, y por lo tanto una suerte de nebulosa, esa idea de que existe un amor más allá de la muerte, esa intuición que sugiere que uno no termina de desaparecer en tanto sobreviva el recuerdo del amor que uno ha dado y que le han dado. Se trata de la forma más sencilla, más universal, más asequible, más mundana, la mejor a ciencia cierta, de hacer alma. La idea está en el mejor soneto de Quevedo, ese que termina rezando: “serán ceniza, mas tendrán sentido, / polvo serán, mas polvo enamorado”. Y también en la fiesta de los muertos que con tanta envidia vemos celebrar a los mexicanos. Para quien la desconozca y no pueda viajar al país para celebrarla, les recuerdo el reflejo de la misma que atraviesa la película de Pixar ‘Coco’.

Hacer alma es, por tanto, una forma de traer las sentencias de la ilusión al polvo de la Tierra. El amor, que no existe, dice también Jung, que es una abstracción, dice Jung, pero que, sin embargo, existe el hecho de amar y ser amado, sigue diciendo Jung, el amor no puede desaparecer solo por el estúpido hecho de que uno se muera. No hemos conseguido resolver la duda que nos genera no saber a dónde se va el amor. Pero sabemos, o para ser exactos, queremos saber, que va a alguna parte, que no puede transformarse en nada. Recuerdo que NADA proviene de la expresión latina nulla res nata, cuya traducción literal es ‘ninguna cosa nacida’. Morimos y lo que queda para uno es lo mismo que había antes de nacer: nada. Pero para los demás sobrevive una llamada, la sensación, que no sé si llamar esperanza, de que en algún lugar alguien les acogerá cuando dejemos de ser la materia de la que estamos hechos.

El poeta francés Christian Bobin lo expresa en los siguientes términos:
"Estoy más lejos en el tiempo, pero sigo en el mismo camino. Cada mañana arroja a mis pies los despojos de los perros de la muerte. ¿Cuántas estaciones aún para que el combate siga siéndome favorable? Pienso en esa única vez en que el defensor de mis colores morderá el polvo, cuando se pongan en marcha las bases inmateriales de la carne y tenga que afrontar al jinete negro: mi único recurso, entonces, será lanzarle a los ojos ese puñado de amor apasionado que siempre encerraron mis manos. Esa mirada lenta al niño, al cielo, al vacío."

La intuición, la nebulosa que nos recorre y que puede ser muy acertada, me habla de una última etapa del amor: ese que uno siente hacia el desconocido o, incluso, hacia la multitud desconocida. Ese que azota cuando vemos al pequeño Aylán yaciendo en la playa griega, ese que maldicen algunos críticos cinematográficos cuando atacan a una película como ‘Cafarnaún’. Solo puede atreverse a calificar este relato de pornografía emocional quien no haya paseado por una Villa Miseria, quien no haya conocido los mercados del corazón de África, quien no se perdiera en los barrios de Bombay: lo que cuenta la película no es un truco cinematográfico, es una de las realidades, una de las peores, pero no es inexistente. Es uno de esos relatos que habrían hecho trizas el corazón de Svletana Aleksiévich, de Carmen de Burgos, De Helen Garner, de Rebecca West, de Joan Didion. Uno de esos relatos universales, sin tiempo, que es tanto como decir que pertenece a todos los tiempos, a todas las tristezas.

De alguna manera, nacer y crecer lejos de los centros donde se generan lo que en francés se llama “ideas recibidas”, los lugares comunes, ideas recibidas incluso en el panorama de la supuesta lucha contra la injusticia, permite el desarrollo de un pensamiento más creativo y, no sé si es un atrevimiento decirlo, más libre. Si nos atenemos a argumentos históricos, el hecho de ser mujer ya ha situado a buena parte de la mitad de los seres humanos en esa periferia desde la que verter pensamientos más creativos en la lucha contra la injusticia. Hay que advertir, en estos tiempos en que llueven ladrillos de canto, que dichos centros de poder tienen cada día menos luz, están más dispersos y se van apegando más y más a las pasiones como forma de manipulación. La reciente película ‘Brexit: the Uncivil War’ lo expone de manera contundente. Recordemos: una especie de sociópata muy astuto se hace cargo de una campaña en la que solo termina por importar una palabra: Back: Take Back Control, recuperemos el control, como si alguna vez hubiera estado en nuestro poder, en la capacidad de decidir de la gente.

Pero sin rendirnos, confiamos en esta periferia desprovista de inercias, de lógicas impuestas por el neoliberalismo y eso que llamamos sistema, y de las aspiraciones de lo dominante. Se trata de nadar contra el destino sabiendo que es una guerra perdida, pues este, ya lo hemos aprendido, no es otra cosa que la victoria de los poderosos, de quienes tienen el control, de quienes nos envían las ideas que recibimos. Los que nos dedicamos a la literatura sabemos que las aportaciones de los intrusos, de estas intrusas que nos reúnen, son tan mal avenidas como el aire libre lo era entre los protagonistas de ‘El imperio de los sentidos’, ese retrato de la locura en el que el sexo sustituye a la compañía, esa pareja que no pretendía sino olerse mal para excitar a su amado, que era también un contrincante.

No es frecuente hallarse frente a alguien no domesticado. Nos creemos libres, creemos estar haciendo alma, y nos limitamos a seguir unos rituales. La osadía es un atributo en declive, entre otras razones porque los centros de poder lo han colocado junto a la ignorancia, y descalifican sin piedad a la ignorancia. La sorpresa surge con lo insólito, y lo insólito es hermano de la ignorancia. Ahí está, por ejemplo, la virtud de reconocer la increíble capacidad de no entender nada, y por tanto discurrir desde una forma que no habíamos previsto, que no se podía imaginar, o que al menos no la veíamos venir quienes asentamos nuestro culo y nuestra cabeza en ideas recibidas. Sean bienvenidas las personas no adiestradas, la gente de pensamiento que, a falta de otra palabra, uno llama contraintuitivo, de pensamiento contra la experiencia o lo que creemos que dicta la experiencia, ese soliloquio de un solo compás, de un único sonido, de una única verdad o de una única mentira, capaz de hacer que ambas, verdad y mentira, sean la misma cosa. La rebelión, aunque no sea intencionada, sigue siendo fundamental en el avance del relato.

He mencionado la película ‘Cafarnaún’, siamesa de los libros de Svletana Alekxiévich o los diarios de vagabunda de Hayashi Fumiko, donde expresa lo que no pudo decir siendo testigo de la violación de Nanking. Hablo de la película ‘Brexit’ y recuerdo algunos artículos de Joan Didion y de Janet Malcolm contra el imperio de los rituales, contra el Derecho mutilado o torcido, contra los lugares comunes. Menciono ‘Coco’ y se me pasan por la cabeza las emociones de los cuadros rústicos y tiernos de Edna O’Brien y, por supuesto, la poesía de Marina Tsvetaieva, que posee una ingenuidad a prueba de la Revolución de octubre de 1917, como se comprueba en sus diarios y su correspondencia. Helen Garner traduce la injusticia a un grado en el que nosotros nos implicamos emocional e intelectualmente; Rebecca West sorprende por el análisis contraintuitivo de un territorio fragmentado en el que se cultivó buena parte del guiso que es Europa; Carmen de Burgos, Annemarie Scwarzenbach o Sofía Casanova hicieron de su biografía una obra maestra de la literatura y del pensamiento no domesticado… escritoras todas ellas en la periferia, en lo insólito, en la osadía. Gente con la increíble capacidad de reconocer que no están entendiendo nada.

Durante la lectura de su obra, uno se da cuenta de que poseen una gran virtud: cuidar la rebelión, sí, pero sin añadir demasiada presión moral a quienes, como a ellas, ya les muerden los tobillos otras presiones: económicas, laborales y de civilización. Porque saben que si a los que no eligen el destino se les presiona demasiado a “ser morales” y alguien con autoridad pública los liberara de golpe de esa carga de trabajo, la culpa reprimida y el consecuente alivio psicológico se pueden transformar en agresividad social o sociopolítica: en racismo, en machismo, en xenofobia, en ultranacionalismo. En cualquier soporte falsamente ideológico que sustituya al humanismo.

La pregunta que me hago ahora es, en consecuencia, ¿qué diablos es el humanismo? La respuesta es la afirmación de Jung: hacer alma, la única forma de salvación. En la película ‘A Private War’, el biopic sobre la reportera de guerra Marie Colvin, el director del periódico para el que ella trabaja, le ruega que no abandone su labor como periodista que da testimonio del fracaso de la humanidad, una tarea que creará alma, pero a costa de que la suya le duela horrores. El argumento del director del periódico es incontestable: “Si tú pierdes la convicción, ¿qué nos queda a los demás?”.

Nos queda la cobardía, que en este caso es lo genuinamente nuestro, una de las pocas cosas que poseemos si nos dejan desnudos. Por eso necesitamos de estas voces, de este amor que entregan a los desconocidos, que somos, ahora, nosotros; ese amor que sobrevive a la muerte, el recuerdo de lo que uno ha dado y le han dado. Ese amor que contiene rabia, sí, porque cuando nos fallaron todas las demás tablas de náufrago, nos queda la rabia para mantenernos a flote. La rabia que empujaba a Marie Colvin a vivir para nosotros lo que nosotros no nos atrevíamos a vivir. Recuerdo, por último, que en la película Marie Colvin muestra en más de una ocasión quién es su escritora de cabecera: Martha Gellhorn. Y confieso, no sin pudor, que aprendí a escribir perfiles de las lecturas de Leila Guerriero.

Me gustaría, para terminar, decir que ojalá este libro sirviera para que los demás caigan en el insólito y osado pecado de leer a nuestras hijas de Eva.


jueves, 7 de marzo de 2019

EVA EN LOS MUNDOS y un punto de rabia

“La buena literatura contiene una dosis exacta de rabia, como la buena cocina contiene un punto de sal”

Charo Ruano entrevista a este autor salmantino, enamorado de la montaña y los viajes, que acaba de publicar ‘Eva en los mundos’

Ricardo Martínez Llorca, escritor
Hablar con Ricardo Martínez Llorca siempre tiene un punto de aventura y de complicidad, aventura porque siempre está implicado en empresas nuevas, que narra con fruición y complicidad por eso de que nos conocemos hace tiempo y sigo fervorosamente sus recomendaciones lectoras.
La literatura, el montañismo, la naturaleza, los viajes y la amistad son los bastones en los que asienta su vida, una vida que no puede explicarse sin los renglones de un libro de Stevenson, de Conrad, de tantos otros. Escritor con mayúsculas al que deberíamos un reconocimiento mayor  y lector y crítico exigente…Un placer
.-En pocos meses tres libros y muy diferentes, este último Eva en los mundos ciertamente muy particular
La verdad es que este libro surgió casi sin darnos cuenta, pero supuso mucho esfuerzo terminarlo. Sucede con frecuencia con los libros: que los amores no son eternos. Este surge de un impulso potente, pues las primeras propuestas, de la mano de Alfonso Armada, eran casi una urgencia: Janet Malcolm, Joan Didion, Svletana Alexievich y Leila Guerriero. Eran perfiles que surgían de la obra, de las lecturas y de las entrevistas. Casi se escribían solos de tanto como las ha ido uno queriendo a lo largo de los años.
.-En realidad lo que le interesa es hacer literatura eso está claro
Sí. Lo que me cuesta es definir qué es literatura. Sé que tiene que ver con la sinceridad, sobre todo porque se nota cuando una obra no ha surgido por el impulso, porque al escritor se le ha impuesto. Es una suerte que uno vaya cambiando, y que su concepto de literatura vaya cambiando con él. Pero sigo sin soportar los fuegos artificiales si detrás no hay nada que no sea el ánimo de prosperar como intelectual.
.-Creo que a usted se le puede aplicar sin duda, eso de ser un escritor con una obra muy personal, alejado de modas y vanguardias, que igual escribe un  libro de viajes, que una novela de lo más intimista sobre la infancia…
Debería decir eso de que no leo obras contemporáneas y cosas por el estilo, pues empañarían mi mundo personal. Pero mentiría. Cuando uno escribe invoca todo lo que es, pero uno no es nada si no se encuentra en el mundo. Y eso supone saber qué se escribe, aunque solo sea para saber contra qué se escribe. Antes he hablado de sinceridad, pero la buena literatura, creo, contiene una dosis exacta de rabia, como la buena cocina contiene un punto de sal.
.-Me ha gustado la introducción del Génesis la necesidad de morder el fruto y el imperativo viaja, explora, busca
En el Génesis están buena parte de las metáforas de lo que somos, en tanto que seres sociales. Y está la maldición de la conciencia, que parece impuesta por Dios cuando en realidad es una construcción social. La idea del paraíso perdido que nos obliga a aventurarnos en la vida es uno de los grandes logros ocultos del Génesis: la vida como aventura es la metáfora con la que nos gustaría entender nuestros días y nuestras noches, y no la vida sedentaria en el diván de un jardín ideal.
.-Cómo eligió a sus Evas, porque no se trata solo de mujeres especiales, sino de mujeres con una especial mirada y un especial arte para contar
Alfonso Armada tuvo buena culpa de esas elecciones. Comenzó por sugerirme a Janet Malcolm, hace algún tiempo. Luego a Joan Didion y entonces hablamos de una serie de perfiles. Más tarde, buscando otras figuras de esa envergadura le pregunté a Pilar Rubio, la editora de La línea del horizonte, a quien le encantan las cronistas históricas: Martha Gellhorn, Rebecca West, Carmen de Burgos… Se interesó tanto que me habló de la posibilidad de publicar el libro. Yo elegí a algunas escritoras que me parecieron más tangenciales al género del periodismo, pero sin cuya presencia no entenderíamos buena parte del mundo actual, como Edna O’Brien y sus libros autorreferenciales sobre el mundo rural y Marina Tsvetaieva, una poeta inmensa con mucho fondo de tristeza, cuya correspondencia esconde, tras las confesiones de amor, la historia de la condición humana de la mitad del planeta durante el siglo pasado.
.-Son mujeres que hablan de la guerra y hablan de lo cotidiano, mujeres que hacen crónica de lo que ocurre y también literatura y a las que la historia casi ha borrado
La historia no pone a cada uno en su sitio. Nos han colado muchos goles y seguro que se nos han escapado demasiadas cosas buenas. La verdad es que casi es una suerte no pasar a la historia, que está hecha un asquito. Basta con asomarse un poco a ella para comprobarlo. Pero eso no importa. Por suerte, tengo la impresión de que se va equilibrando mucho la balanza en el tema de género. Estas autoras han hecho literatura, y de muy alto voltaje y en diferentes géneros, incluso con su biografía. Me llamó la atención la posibilidad de que fueran Evas, pero por mis amores personales. Cuando leo no me planteo el género de la persona que está detrás de lo escrito. Lo que importa es la empatía, la compasión. ¿Son cualidades más bien femeninas? Es posible. La cultura patriarcal, al menos, así las atribuye. Espero, eso sí, que nadie se olvide de estas mujeres. Su obra merece mucho más que respeto.
.-Me imagino que no me va a decir su o sus preferidas, yo reconozco mi debilidad absoluta por el retrato que hace de Carmen de Burgos, pero a medida que avanzaba todas me iban conquistando, es decir nunca decae el interés y cuando llegas a Svletana Alexiévich o Leila Guerreiro, vivas aún, te dan ganas de llorar a gritos y de aplaudir
Agradezco mucho el elogio. Con Leila pude comunicarme, aunque no nos conocemos personalmente. Es tan interesante como lo que escribe. La verdad es que si le dieran un premio importante, como el merecidísimo de Svletana Alexiévich, me parecería fenomenal. Sí tengo mis debilidades entre los perfiles, pero, efectivamente, no voy a confesarlo, excepto el caso de Janet Malcolm, porque fue la primera. Lo de Carmen de Burgos merece mucho más que este perfil. Todavía se me pone la piel de gallina cuando recuerdo cómo narra algunas de las situaciones que se dieron en su viaje por Europa, cuando estalla la Segunda Guerra Mundial. Una vez en manos del lector, la obra le pertenece; estaría bien que cada uno tuviera su propio perfil favorito. Yo puse mucha buena voluntad y un montón de horas de trabajo.
.-En realidad hay algo que une a sus Evas y es la soledad, pero cada una, una soledad particular e intransferible
Es que esa es la gran maldición, la soledad, la expulsión auténtica del paraíso, la que hace que alguien se rebele y sin rebeldía somos una miseria, un patrón animal. La soledad es una sucesión de batallas que hay que luchar, todas, incluso las que sabemos perdidas. O sobre todo esas, las perdidas. La dignidad está en lucharlas. Nacemos solos y morimos solos, por muy mal que nos siente. De no tener una soledad única, no tendrían un mundo propio en el que merece mucho la pena sumergirse.
.- En estos viajes por el mundo de la mano de estas mujeres que aprendemos diferente a lo que nos hubiera contado un hombre, es una mirada, una sensación, otra forma de contar… o no hay diferencias
Me cuesta admitir que en el año 2019 hay diferencias. No sé si existen entre las cronistas y las escritoras actuales, comparado con los cronistas y los escritores de hoy, ni si las que existen son importantes. Pero varias de las Evas son y han podido ser precisamente por esas diferencias o a pesar de ellas y esforzándose más que si hubieran nacido varones: en ese contexto hay que valorar mucho a Sofía Casanova, por ejemplo. Incluso la propia Martha Gellhorn, conocida por haber estado casada unos años con Hemingway, una temporada en la que ella narraba el rostro de la guerra mientras él bebía ron en las playas de Cuba. No quiero minusvalorar a Hemingway, aunque, con el debido respeto, cabe decir escribió algunas novelas muy malas (no El viejo y el mar y sus relatos cortos son magníficos), pero Martha merece un espacio propio, de hecho, no he leído un solo párrafo de ella que no merezca la pena. En buena medida, es la precursora del reportaje de conflicto contemporáneo. Marie Colvin, la periodista famosa por su parche en el ojo y por su militancia contra la guerra llegando hasta el corazón de quienes de verdad la luchan, que son los civiles, la tenía por escritora de cabecera. No me extraña.
.- Y a usted como le han sorprendido o impresionado lo que estas mujeres hicieron
Me sigue sorprendiendo. Basta con abrir uno de sus libros para darse cuenta: leas lo que leas, uno lo hace como si estuviera sucediendo ahora mismo. Me sorprende mucho su literatura. El libro de Rebecca West, Cordero negro, halcón gris, es una experiencia descomunal, por mucho que uno se cuestione los principios sobre los que se asienta. Yo me lo creí, y eso es lo que importa. Sé de gente que no ha sido capaz de terminar un libro de Alexiévich, de tan impactante como resulta. No me extraña. A uno se le viene el sistema solar encima cuando piensa en las razones que la llevaron a escribirlos.
.- No debió ser fácil elegirlas, habrá más historias sobre mujeres como estas
Me encantaría. Hay todavía un terreno por explorar: las Evas que no nacieron para escribir, pero completaron sus vidas escribiendo: alpinistas, aviadoras, navegantes… Tal vez más adelante. Ojalá.
Ricardo Martínez Llorca nació y vive en Salamanca donde se licenció en Bellas Artes y donde ejerce como profesor de dibujo. La escritura vinculada al mundo de la montaña, la naturaleza y los viajes ha jalonado la biografía de sus últimos años. Como reseñista y articulista ha publicado en diferentes medios y, actualmente, lo hace en la revista Quimera.  
Desde su primera novela, Tan alto el silencio, 1998, en la que evoca la figura de su hermano David, fallecido en el ejercicio del alpinismo, ya asoma su predilección por un género al que aporta una singular maestría literaria. Al mismo tema, pertenece su libro El precio de ser pájaro. Grandes tragedias del alpinismo español, 2000 y, en los siguientes, ya sea a través de la novela o el relato, la realidad inspira muchas de sus ficciones: El paisaje vacío, 2002, galardonado con el Premio Jaén en 2001, El carrillón de los vientos, 2008 y la última, Hijos de Caín, 2013. Al género de viajes pertenece Cinturón de cobre. Un encuentro con Zambia, fragmentos y ficciones, 2001 y el presente Al otro lado de la luz. Una experiencia en Mozambique, 2013
Escritor, crítico literario, alpinista y viajero impenitente. Suyos son los libros 'Tan alto el silencio' (finalista del premio Tigre Juan), en 1998, su primera novela. 'El paisaje vacío' (premio Jaén), 'El carillón de los vientos', 'Después de la nieve', 'Cinturón de cobre', 'Al otro lado de la luz', 'Hijos de Caín', 'El precio de ser pájaro' y 'Luz en las grietas'. Es crítico literario en Quimera, Revista de letras, FronteraD, Oculta Lit, La línea del horizonte, Sal&Roca / Público / Nueva Tribuna, y dirige la sección "Viajes y libros" en  Culturamas. “Hasta la frontera de mi sueño” y “ Mi deuda con el paraíso”  en 2018, son sus libros más recientes, hasta este “Eva en los mundos” que acaba de ver la luz