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domingo, 11 de febrero de 2018

MIS RINCONES OSCUROS


Mis rincones oscuros
James Ellroy
Traducción de Hernán Sabaté
Literatura Random House
Barcelona, 2018
490 páginas

‘Amo de mi ser las cosas oscuras’.

El verso es de Rilke. Por norma general, tendemos a pensar que de las oscuridades, de las propias, uno no puede sino concluir la propia indignidad. El éxito del diván vienés es el de hacer de la conciencia un lujo, una enfermedad burguesa, porque solo lo burgueses pueden permitirse el recurrir a la terapia con la que sanarán. Lo de que el mejor psicoanalista es un barman, sería de película del Oeste sino fuera porque pertenece a los tópicos de la comedia. Pero el mismo psicoanálisis, es decir, quienes hacen de él que sus pacientes sean sus clientes, o a la inversa, quienes reciben a clientes para transformarlos en pacientes, coloca el posible fracaso sobre los hombros del enfermo. O bien abandona la terapia sin concluirla, o bien se trata de un caso irreparable, de una pieza defectuosa. Al fin y al cabo, una única pieza defectuosa, de cara al empresario psicoterapeuta, en un océano de más de siete mil millones de piezas.
Cuando la indignidad ha venido antes que las cosas oscuras, cuando la conciencia de indignidad o la duda de indignidad es previo al reconocimiento de la semilla del mal, entonces es cuando la búsqueda se efectúa con el recurso propio del hombre: el lenguaje. Y más en concreto, con el lenguaje en forma de narración. Otros seres poseen formas de comunicarse, algunos incluso unos recursos de docenas de signos o sonidos, como las ballenas. Solo los humanos han sido capaces de llegar al relato a través del sistema de comunicación. El psicoanálisis, en definitiva, nos reconcilia con el relato porque es imposible revivir el pasado. Por norma general y desde su origen, la idea es que el paciente, que paga por curarse una cantidad al alcance de muy pocos, se narre a sí mismo la historia. Aunque es consciente de que alguien, muy discreto, le está escuchando. Es como si a uno se le ilumina una solución mientras habla, pero en una terapia de largo, muy largo aliento.
Sobre esta obra, Mis rincones oscuros, se han escrito suficientes reseñas como para que nosotros añadamos nada especial en lo que atañe a su valor literario. Y decimos valor y no calidad, por la polisemia del término. El tiesto que le cae en la cabeza al bueno de James Ellroy (Los Ángeles, 1948) es el asesinato sin resolver de su madre. La primera parte del libro refleja, de forma tan objetiva como un informe, la investigación policial que tuvo lugar. Lo que resulta curioso al hacer una nueva lectura, es darnos cuenta de que el género de la obra ha cambiado. Cuando se publicó pertenecía en buena medida a la literatura negra, y también al autobiográfica. Pero hoy es un testimonio que refleja no solo los rincones oscuros de James Ellroy, y su trabajo, durísimo, para llegar a amarlos. Sino también toda una época. Nos habla de cómo era la sociedad de Los Ángeles en los años cincuenta y, posteriormente, en los sesenta. Ellroy pertenece a la tribu de los humillados y ofendidos. Huérfano de madre y con un padre del que es mejor no saber qué supuesto en su vida, y que también fallece antes de que él alcance la mayoría de edad, nos vemos inmersos en el realismo social. Ellroy se despacha bien a gusto con los rincones oscuros de California: la casta de los desfavorecidos, mucho más numerosa que la de los que se pueden permitir pagar el diván vienés dos veces por semana.
Ellroy espera décadas para protegerse descodificando su vida en esta obra magistral, inmensa y descarnada. La parte en la que refiere su adolescencia y su baño de drogas, junto a las formas de masturbación compartida, duele. Es la espada atravesada entre las costillas de la sociedad americana. Es Ellroy, pero es otros tantos como él, muchos de los cuales no han podido siquiera vivir para contarlo. La intensidad es tal que basta para empujarnos a terminar de un tirón el resto del libro. Hay un trozo que es testimonio de época, el referido a un policía, un detective, pura honradez e inteligencia, y la descripción de los métodos policiales en una época que se nos antoja medieval. El reloj ha corrido demasiado deprisa y los tiempos se han acelerado, a la vez que las redes de posibilidades de obtener información, sin levantar el culo del asiento, se multiplicaron por un millón. En cierta medida, lo leemos con el interés que tiene la pegada de Ellroy, pero también con el de sumergirnos en la deducción sin internet. Stoner, que es el apellido del policía, está más cerca de Guillermo de Barskerville, el héroe de El nombre de la rosa, que de la policía científica de las series de televisión.
No contento con haberse desnudado, Ellroy necesita vestirse. En eso consiste el psicoanálisis: uno se ha construido un andamio para sostener su propio edificio. El psicoanálisis derriba el andamio y lo sustituye por la verdad, o al menos por la verdad del paciente. En este caso, Ellroy considera que los cimientos son la muerte de su madre, que de no haber sucedido no habría sido Jame Ellroy, no habría tenido mala conciencia de sus rincones oscuros. De ahí que en un ejercicio de estilo, y nos referimos al estilo de vivir, no a la prosa, siendo ya un escritor consagrado de novela negra, se valga de los trucos que ha conocido, de sus investigaciones, para aplicarlas a un caso sin resolver. En los asesinatos, a la hora de la verdad, solo existen los evidentes y los imposibles. El género de novela policíaca, el género de novela negra, tal vez sea el más fantástico de todos, por encima de la ciencia ficción. De hecho, la ciencia ficción suele asentarse sobre el análisis de la realidad y hacia dónde nos conduce. Ahora se llama distopía, como antónimo de utopía. La investigación, exhaustiva, de Ellroy, no es ni utópica, aunque las intenciones lo aparenten, ni distópica, aunque se dé de bruces con callejones sin salida. Es, en buena medida, una nueva descripción social. En este caso, formada por un Don Quijote, el propio Ellroy, que se volvió loco a cuenta de la literatura y su obsesión oscura, y un Sancho Panza, Stoner, tan astuto como realista. Uno vuelve a leer esta obra pensando que los años habrán pasado para ella. Pero no es cierto. La solidez de la conciencia como un infierno, sostiene el edificio que ha construido alguien que en lugar de acudir al diván vienés nos ha regalado una obra magistral.

Fuente: Oculta Lit

jueves, 28 de diciembre de 2017

MÚSICA NOCTURNA

Fuente: Oculta Lit

Música nocturna
John Connolly
Traducción de Victoria Ordoñez Diví
Tusquets
Barcelona, 2017
445 páginas

Años después, y todavía guardando la sorpresa que supuso el primer volumen de la saga del detective Charlie Parker, Todo lo que muere, uno descubre que las razones del apego hacia Connolly no se deben solo a lo oscuro y a la intriga. Se deben a la literatura. Todo lo que muere representa una revolución en la novela policiaca: tiene mucho de thriller, una trama perfecta, un pulso de altísimo voltaje y añade un trasfondo fantasmagórico. ¿Mezcla de géneros? Tal vez. En cualquier caso, una novedad en las sagas de novela negra: resulta que la razón no es lo que se impone, que no existe una explicación del todo sensata a la resolución del problema. La puerta abierta a otro mundo, uno desde el que llega a la Tierra la maldad, o el origen de la maldad, acierta a dejarnos con el aliento encogido, con ganas de conocer en profundidad a estos personajes. Chalie Parker, el protagonista de la saga, es un tipo normal al que se le atribuye una supervivencia que no es de este mundo. Y los otros personajes, los colaboradores, los amigos, esos sí, esos son creíbles, pero no totalmente verosímiles: contienen un punto hiperbólico que es parte de la propuesta literaria de Connolly. Nuestro consejo es aceptar el pacto y seguir leyendo su obra.
Los siguientes volúmenes de la saga mantienen el tono, que no evita lo gore, lo descarnado, lo atroz, lo sobrecogedor. Aunque le resulta difícil mantener el pulso a lo largo de los ya catorce volúmenes, todos de más de cuatrocientas páginas, en la última entrega, La canción de las sombras, recupera lo mejor de sí mismo y vuelve a azotar a nuestro ingenio y a nuestra razón. A Connolly hay que leerle con todos los órganos del cuerpo, incluida el alma que, para él y para los habitantes de la saga, es un órgano más.
Pero si algo nos ha ido llamando la atención, al margen de la inmensa calidad de quien tal vez sea el mejor autor de novela negra vivo, son los agradecimientos que figuran al final de cada volumen. La cita a numerosos libros, algunos de ellos de compleja relación con lo que acabamos de leer, epata. De ahí que aconsejemos, vivamente, leer esta Música nocturna, un volumen de relatos y un ensayo, que vive al margen de la región noroeste de Estados Unidos, donde habitan tanto Charlie Parker, su detective, como Stephen King, su héroe de adolescencia. Por fin podemos dar fe de las lecturas de Connolly y de que entre las razones por las que seguimos leyéndole, seguimos queriéndole, al margen del cariño que sentimos por los personajes, es la literatura. En este volumen se recogen unos relatos y un ensayo que explican de dónde viene esta dedicación, este enamoramiento. Ser fiel a la adolescencia, sí, a Stephen King, su refugio durante la etapa de formación, su Bildugsroman particular. Pero también a muchos clásicos. Entre ellos a Poe, a Stevenson, a Henry James, a Lovecraft o a cierta parte de Lovecraft, a W.W. Jacobs, a Mary Shelley tan juvenil como demoledora en su Frankestein, a Conan Doyle o a M.R. James, su favorito. Pero también a series como Doctor Who o La cúpula, a clásicos más allá de los mencionados, capaces de crear mundos paralelos, como los creaba Borges, como los creaba Chaucer. Todo ello, y mucho más, está contenido en la literatura de Connolly, que no se queda, como tantos autores de novela negra, en el entretenimiento. Connolly quiere saber la razón del mal, porque nadie, ninguna religión, otro asunto presente en su obra, le ha conseguido explicar no ya de dónde viene, sino en qué consiste. Nadie ha definido qué es la maldad y por tanto no puede saber nada de ella. Así se presentan estos relatos, alguno de ellos encadenados por un libro que representa el infierno o la apertura a la puerta del infierno para que este entre en la Tierra, algunos más suaves, más juegos literarios.
La confrontación de la justicia con el mal, o contra el mal, queda flotando, amargamente, en la obra de Connolly. Ambas pertenecen a otros mundos. En este, tenemos la razón y tenemos la ley. Con un éxito sin precedentes en la historia de la literatura, en su obra conviven ambos mundos, sin que la frecuencia de la literatura choque: coinciden las ondas y monta unos artefactos que nos consumen como lectores. Cuando llega el siguiente volumen de Connolly, los demás libros se apartan. Es él quien mejor explica, en el breve ensayo, cuál es el tema que atraviesa sus páginas: “Sentía curiosidad por la disparidad entre la ley y la justicia, la diferencia entre nuestro imperfecto sistema humano de justicia y la posibilidad de una justicia divina, y las consecuencias que la existencia de esta última podría tener para con los orígenes del mal. También me interesaba crear nuevos formatos literarios, híbridos de tradiciones ya existentes, porque creía que en la experimentación residía el riesgo”. Entonces la literatura se le imponía. Hoy, a pesar de estar catalogado como un autor de género, es él quien dicta en qué consiste la literatura. Hoy, John Connolly es uno de los grandes escritores vivos. Lástima que la academia solo preste atención a lo solemne.



lunes, 4 de diciembre de 2017

LOS DIECISÉIS ÁRBOLES DEL SOMME


Fuente: Oculta Lit
Un aspirante a escritor con cierto talento y varias lecturas, asiste a un taller de escritura creativa y, después de publicar varios cuentos en revistas, se propone escribir su primera novela. Tiene que ser urbana, porque urbano es el mundo que domina, el que reconoce. Y si la urbe es grande, de más de tres millones de habitantes, cualquier cosa es creíble, incluso inventarse una calle o un barrio entero. Elabora sus fichas de personajes y una estructura. La estructura, ese es el principal problema, porque sin ella todo se desmorona. Pero ya sabe que la novela negra nos facilita un tipo de estructura profesional, en la que todo se asienta, se consolida, se explica. Así que ya solo queda saber cuál de los personajes es el cadáver entorno al que se reunirán los demás para crear una novela urbana. Pero eso, en realidad, no es una novela urbana. Porque en una gran ciudad es extraño que coincidan personajes de variado pelaje, alrededor de nada, y que se conozcan de antaño. En las grandes ciudades la gente no se conoce. Así pues, tenemos que salir de la ciudad para encontrar la que debería ser la principal característica de una novela urbana.
Hay un autor a quien se le ocurrió sustituir el cadáver por otro personaje, o por un suceso, en cualquier caso, por un enigma. Y que sacó a los personajes de la ciudad para permitirles viajar por un país tan grande como Estados Unidos. Si en una ciudad está permitido inventarse una calle, en ese país uno puede inventarse hasta una cordillera. La hazaña es repartir el juego de azar que irá reuniendo a todos a lo largo de una geografía enorme. El autor, ya se ha adivinado, es Paul Auster, y la primera novela en la que asume esos riesgos y sale triunfante, El palacio de la lunaLars Mytting (Noruega, 1968) nos trae un ejercicio de estilo que nos recuerda al mejor Paul Auster. Este Los dieciséis árboles del Somme recopila muchas de las características de las obras que hemos comentado, y supera, de entrada, el atrevimiento de la ubicación del narrador, el personaje central. Se trata de un tipo joven que vive en una cabaña, en los montes de Noruega, con su abuelo desde que cumplió cinco años y murieron sus padres, algo alejado de la aldea pequeña, que es donde existe una agrupación de gente próxima, y no digamos ya de las grandes urbes, que jamás ha visitado. El narrador se pregunta qué tipo de hombre hubiera sido de haber tenido una vida más normal, con una familia que pensara que merecía la pena dedicarle tiempo. Dicho de otra manera, es autodidacta desde la forma en que agarra un tenedor hasta en cómo enamorarse. De las dos suertes, la segunda marcará buena parte del destino del personaje: no saber distinguir si está o no enamorado, porque no sabe distinguir del todo sus sentimientos.
Será, por tanto, una novela de iniciación desde el momento en que el personaje tiene que viajar para resolver un enigma que es su pasado, todo su pasado, incluso la parte que cree conocer. En eso, Mittyng sigue siendo un alumno aventajado de Auster y, por tanto, no nos detendremos mucho: su torpeza, el destino que le domina, la pequeña porción del mundo que va ampliando sabiendo que hay más, mucho más, no creer en la maldad, la soledad suya y la de la gente que irá encontrando, los juegos de paradojas. Todo eso está manejado con precisión y oficio. Incluso con talento. Porque aunque resuenen otras obras, Mytting viste esta novela con la gran marca de Europa, la insuperable barrera de la Segunda Guerra Mundial, a la par que con el cariño a la naturaleza, representado, en este caso, por el epítome de la misma, que son los árboles. Dieciséis nogales cuyo valor es incalculable en el mercado, y que son una herencia que le dejaron, supuestamente, sus padres en Somme, en Francia, y cuya desaparición está relacionada con algún suceso de aquella guerra, aunque date de los años setenta.
Pero para llegar a ellos antes debe pasar de su estancia extrema en soledad a una mayor todavía. Debe viajar a una isla escocesa donde no existe nada. Y mucho menos árboles. Pero ahí, supone, están las pistas que le llevarán a los árboles, porque ahí, supone, residió por voluntad propia su tío abuelo, que, al parecer, se hizo pasar por muerto por razones extremas. Y las razones extremas o tienen que ver con la culpa o con el miedo. O con ambas. En lugar de ello encuentra a una mujer que es lo opuesto a él: de clase alta y con una capacidad para engatusar hablando de la que es imposible no enamorarse. ¿Qué pinta ella allí? Al margen de lo que interviene en el desarrollo, Mytting nos pone sobre la mesa el juego de la bella y la bestia en distintos colores y con variaciones en el fiel de la balanza. Y poco a poco, va descubriendo quién cree que es, porque se trata de alguien que considera que para saber quién es debe haber consultado el calendario y los diarios de sus padres. Pero él es un granjero noruego enamorado de la naturaleza y la sencillez. Aun así, ¿por qué persigue el destino de los árboles? ¿Por codicia o por ser la obra magna de sus padres? Todo esto da lugar a un juego de relaciones que suceden a miles de kilómetros de distancia y que se resuelve en una muy ingeniosa solución final. La intriga no cesa, a pesar de que en ocasiones las descripciones son innecesariamente exhaustivas. Por lo demás, esta es una de esas novelas que uno está deseando dejar de comer y de dormir para seguir leyendo.

jueves, 16 de noviembre de 2017

VARIACIONES SOBRE BUDAPEST

SERGI BELLVER: VARIACIONES SOBRE BUDAPEST

escrito por Ricardo Martínez Llorca 
16 noviembre, 2017




Lo importante es el estilo. No ya la forma que adquiere la prosa, sino la decantación de una vida. «Como otro fraile que reza para sí en este monasterio proletario en el que ambos llevamos una disciplina provechosa y sostenida. Antes de ser fraile, sin embargo, creo que en la escritura conviene haberse bregado entre soldados, vagabundos y buscavidas, y por eso hay que ser primero viajero y goliardo». Así es como interpreta Sergi Bellver (Barcelona, 1971) el aprendizaje del estilo. Es preciso un viaje de ida, que en este caso queda en la imprecisión, en su supuesta vida anterior como nómada, sustantivo con el que él mismo se califica y que sirve para dignificar desde al mendigo y al vagabundo, hasta al mercenario y al turista, pero será en el viaje de vuelta, en el regreso, donde termine de construirse. Los meses de estancia en Budapest, divididos en dos etapas, marcan ese retorno de Bellver. A Ulises le supuso diez años la hazaña de un regreso que Bellver, más modesto, resuelve en una epifanía de flâneur en una ciudad donde nadie antes fue paseante. En una ciudad donde más que el Danubio, serán los puentes los que marquen los tiempos, los pasos, las lecciones que uno va aprendiendo. Eso sí, siempre o casi siempre con el sentido de la vista. Lo que refleja Bellver en estas variaciones sobre Budapest es lo observado. El título del libro, por su parte, nos remite al sentido del oído y, a ser posible, a la reinterpretación en clave de distinguido, amable o personal. La influencia en la prosa de Bellver, en un libro como este, procede de otro viajero con semejante actitud: Mauricio Wiesenthal.
Las frases deben respirar historia, la historia de la ciudad, del país, de los lugares, la historia que encontramos en los libros de texto, pero que aquí aparece con el mismo estilo que el humo de un narguile. A medida que avanza su estancia en Budapest, va conociendo. Quedan al margen los prejuicios, pues Bellver se presenta en Budapest sin ninguno, al margen de saber que hubo unas décadas de oscurantismo y la lectura del capítulo de ‘El Danubio’, de Claudio Magris. Bellver pretende ser sensible, culto, escritor, alma errante y romper las suelas lo más lentamente posible: «Al aceptar la estética de la renuncia de mi viaje, asumo también la decisión ética de no verlo ni contarlo todo (…), pues conviven tantas ciudades al mismo tiempo en Budapest como miradas de este nómada que la recorre y la contempla cada día de un modo distinto». Esa confesión de humildad podríamos haberla enunciado cualquiera si hubiéramos dispuesto del don de la palabra. Nadie se despierta siempre con la misma música interior y las ciudades son algo vivo, llenas de gente viva que, a su vez, pasean cada día una música interior diferente.
Bellver ve en esa gente la belleza de las jóvenes, por ejemplo, o las imitaciones de un Sándor Marái que escribió una obra incomprensible, El último encuentro, en la que para representar la decadencia de la aristocracia un aristócrata decide convertirse en decadente, en algo distinto a los demás, en un tipo especial, mejor que nosotros. Pero lo que permanece en la retina de Bellver es la dignidad del vencido y la imposibilidad de recomponerse. El libro está escrito como un adagio, el de un triste siglo XX que padeció la ciudad soñada. En el adagio, como en la belleza, se impone la lentitud. De ahí ese tono que no cambia ni siquiera cuando trata sobre la revolución. Él prefiere mantener el espíritu vintage de la ciudad, porque para poder ser prosista, precisa de la tristeza o de una alquimia que transforme lo que toca en tristeza. Desde la risa de dos adolescentes al Terror Rojo. Porque, al fin y al cabo, la tristeza no es un mal sentimiento. Y en ella busca el patrón armónico que defina este breve libro de viajes, donde bajo la armonía convive el misterio y la humildad que pretende caracterizar a quien nos lleva hasta Budapest en unas pocas líneas.