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lunes, 19 de febrero de 2018

HIELO NEGRO


Hielo negro
Juan Luís Conde
Desnivel
Madrid, 2018
208 páginas
Prólogo de Ricardo Martínez Llorca

Esta es una novela que me hubiera gustado escribir. Ese fue mi primer pensamiento, la conclusión que extraje de la lectura de Hielo negro, la tercera novela de Juan Luís Conde, un escritor empeñado en demostrar que un proyecto literario es algo tan amplio como para dar cabida a los temas más versátiles sin perder su propia personalidad. Así, previamente había nacido El largo aliento, una novela de romanos protagonizada por Tácito, en la que todo sucede durante un banquete, en un lugar cerrado, y en la que la acción transcurre sin que los personajes se muevan; y a continuación Un caso de inocencia, que transcurre en su mayor parte en una clínica mental, e indaga en la extraña relación que negocian un paciente de personalidad abrumadora con una pusilánime psicóloga novata; y ahora nos regala este Hielo negro, una novela de aventuras con sabor clásico a viaje, protagonizada por alguien que se parece a Reinhold Messner, el ser más semejante a Supermán que ha salido de útero de mujer. Buscar lo común a este ciclo es labor más propia de un psicoanalista que de un lector, así pues, nos conformaremos con mencionar vinculación del carácter del hombre con el espacio, que culmina, como él mismo apunta seleccionando una cita de Robert Musil a modo de epígrafe, con la fantasía pasiva de espacios vacíos.
Hielo negro es una novela de aventuras y de ciencia ficción, con dosis teológicas no carentes de ironía, que termina tratando la cuestión de ser o no ser mientras sus protagonistas acometen una investigación casi policíaca sobre la hostil superficie de la Antártida. Tras la lectura de este relato de alpinismo horizontal es fácil interpretar que la forma más evidente de aventura es el viaje, pero no sólo el movimiento, sino también el viaje interior. Pues los protagonistas se ponen en marcha con intenciones de resolver sus luchas contra el sentido común, contra eso que en el mundo cotidiano se llama cordura y que ellos consideran lo más débil de nosotros mismos. Ahí están las debilidades que se conciben en el seno familiar, y, por otro lado, la debilidad más física que representan los probos funcionarios. Familia y funcionarios que, para aceptar al aventurero, tienen que poner, con infinita condescendencia, un nombre de enfermedad psicológica al afán del aventurero: dromomanía. Pero a éste le basta la curiosidad y un disgusto tan mundano como que un comerciante le engañe con una mezcla de cemento, para que se niegue a seguir dudando: sus motivos para anhelar la aventura han de ser, a la fuerza, nobles, por la sencilla razón de que él es él.
Y ahí está el aventurero viajando. Ahí está Ulises, ahí está Don Quijote. Porque Ordino (el protagonista de Hielo negro) comparte vitalidad con estos dos personajes: los tres son hombres que por momentos se sienten mayores, se saben acosados (con mayor o menor placer) por la resignación del hombre sedentario, sienten sus fuerzas mermadas, han acumulado tiempo, es decir, memoria. Don Quijote, envejecido, decide hacerse pastor, Ulises regresa junto a su mujer... pero ¿de verdad Ulises se quedó para siempre junto a Penélope?, ¿y de no haber hecho morir a Alonso Quijano para evitar que otro Avellaneda pudiera pergeñar una nueva aventura, Don Quijote se hubiera resignado a ser pastor? ¿Alguien como Ordino acumulará en vano inmovilidad? ¿De verdad podrá el nómada renunciar a su Arcadia?
Siempre ha sido un misterio para mí cómo se puede vivir sin cielo”, dice Ordino a modo de respuesta. Y este veterano montañero, que comienza a narrarnos la novela desde su retiro, es un hombre acostumbrado a mirar desde lo alto, a observar los espacios vacíos, a conciliar acción y contemplación. No en vano practica la aventura y la escritura, dos acciones opuestas: la del nómada y la del sedentario. Y en la novela él nos habla sobre el hielo negro y sobre el paisaje blanco, sobre un infierno de hielo, es decir, sobre lo que parecen conceptos opuestos. Esto me lleva a pensar que la aventura es en blanco y negro: la aventura es el deseo de vivir en situaciones límite: es la naturaleza en bruto y la mirada cruda: es la convivencia de los sabios con los borrachos: es la lealtad y es la soledad: es el mutismo y la comunicación: es lo oculto en el paraje vacío: es lo desconocido: es el misterio: es la muerte: es resolver preguntas de este tipo: ¿cómo hay que morir?; la aventura son las deserciones y las rebeliones, el sufrimiento o la visión heroica del sufrimiento que es la supervivencia, es el horror y la locura, y también es la consecuencia que tantas veces se ha sacado de estos temas, una consecuencia a la que se ha llamado, con frecuencia, Dios. Y la aventura es el alma, es decir, la memoria que nos mantiene vivos.
Me pregunto si la motivación de alguien como Ordino radica en que le cuesta reconocer los signos culturales propios de la época y reniega de ellos para buscar los de un pasado: Alguien como Ordino ¿huye o busca?
Conocer sus límites significa, para él, en conocer los límites de lo humano. Una forma de sabiduría muy aconsejable para cualquier lector que exija a los libros tanto emoción como inteligencia.

lunes, 4 de diciembre de 2017

SUMMITS OF MY LIFE

Summits of my Life

Kilian Jornet

Now Books
Barcelona, 2017
208 páginas

Un libro sobre la alegría de vivir. Un libro emocionante, en realidad, es una emoción trasladada al papel. Porque nadie contagia tanto en deseo de vivir, los valores de estar vivo, las ganas de sentir, de emocionarse, de enamorarse de saber que el aire libre es uno de tus mejores amigos, de tener compañero de cuerda, que es el cordón umbilical que nos ata con lazos de amistad.
Este libro es un regalo lleno de sorpresas. El proyecto completo de las grandes cimas mundiales corriendo, con sus gráficos explicativos y unas fotografías espectaculares. Como espectacular es el proyecto de disfrutar del mundo de Kilian. Pero todos tenemos que aprender a ser nuestro Kilian. Todos tenemos un Kilian dentro que se puede expresar en el grado de emoción. Carecemos de su talento, de su genética, pero no carecemos de alegría y el planeta está aquí, para todos.
Tal vez no hayamos podido saborear con él esta maravilla de la naturaleza y del deporte, de la aventura de vivir. Pero sí podemos vivirlo a través de él. Este libro es un regalo imprescindible de cara a las próximas fechas y de cara a seguir viviendo. Gracias, Kilian.
Antes de los veinticinco años, Kilian Jornet había ganado todas las carreras de montaña que se había propuesto y ya era una leyenda, alguien admirado en todo el mundo. Con el éxito, sin embargo, llega un período de reflexión, y de las brumas de los recuerdos y la búsqueda de nuevas ilusiones resurge con fuerza una imagen: el póster que presidía su habitación de adolescencia, la silueta de antiguo anhelo: la montaña Cervino.
El proyecto Summits of My Life empieza a tomar forma, y al Cervino se suman cimas que por su leyenda o su belleza hacen que las pulsaciones de Jornet aumenten: Mont Blanc, Elbrús, Denali, Aconcagua, Everest… Pero se necesitaba un porqué, una alma, un hilo conductor que dotara al conjunto de sentido. Y este motor no podía ser otro que unos principios y unos valores basados en la amistad y el respeto por la naturaleza que reunieron Seb Montaz, Emelie Forsberg, Jordi Tosas, Vivian Bruchez, Mathéo Jacquemoud y el desaparecido Stéphane Brosse bajo una misma bandera: el amor hacia la montaña.
Este libro habla de récords increíbles, de cimas legendarias alcanzadas y alguna que se resistió, pero también habla de vidas que la montaña se lleva, como la de Stéphane Brosse, o la de miles de personas que el terremoto del 2015 sepultó en el Nepal.

Kilian Jornet

Kilian Jornet nació en 1987. Pasó los primeros años de su vida en el refugio de Cap del Rec y, desde pequeño, la alta montaña se convirtió en su terreno de juego. A los cinco años culminó la ascensión al Aneto y los Posets, y a los diez años ya había completado la travesía integral de los Pirineos. Es cuatro veces campeón mundial de skyrunning, tricampeón de la UTMB (Ultra-Trail del Mont Blanc, 2008, 2009 y 2011) y campeón del mundo de esquí de montaña. Su palmarés es un récord para cualquier deportista de cualquier modalidad.
Kilian Jornet ya ha superado a sus ídolos de infancia, ha conseguido todos los retos que se ha propuesto y ha establecido récords hasta ahora inimaginables. Kilian Jornet es alguien que ya ha hecho realidad sus sueños, pero que quiere continuar soñando.

lunes, 27 de noviembre de 2017

EL LEJANO OESTE

El lejano oeste

Bret Harte

Traducción de Elvira Cámara
Ilustrado por Adrián Manuel García
Traspiés
Granada, 2017
91 páginas

Lo interesante del oeste, es decir, del Oeste, es que la frontera no era una línea, sino un espacio inmenso, que abarcaba más allá del horizonte, mucho más allá, y en constante movimiento. Lo que se movía no era solo la colonización, el ganado y el pobre agricultor, el hijo de Abel, que escribió la historia, y el de Caín, que era analfabeto y además tenía el espinazo hecho cisco y con ese dolor era con lo que podía pensar. La frontera es también un momento sin reloj. No sabemos cuándo empezó ni cuando caducó, si es que ha llegado a caducar, como lo demuestran los libros de Cormac MacCarthy. Pero aquí estamos frente a una fuente casi original, unas ficciones casi de primera mano, las de Bret Harte (Albany, 1836 – Surrey, 1902), de las que se nos advierte, en el prólogo de Elvira Cámara, que una selección queda sesgada, pero no margina la esencia.
Las ilustraciones de Adrián Manuel García beben de Jean Giraud. Parece mentira que el Oeste lo dibujara un francés especializado en Ciencia Ficción. Pero la calidad de Blueberry es incuestionable y resulta imposible mantenerse ajeno a él. Imposible y un delito. Al igual que en la serie de Blueberry, en que los personajes aparecen y desaparecen, en que en cada tomo hay reflejos y guiños hacia otras historias, en que se crea un mundo de rizos, así sucede en los relatos de Harte, de los que ojalá algún día podamos leer un volumen de sus obras completas. La imaginación nos resulta familiar, como lo es el sentido de la amistad y otra serie de detalles: los fetiches, por ejemplo, desde el sombrero favorito hasta el reloj del abuelo. Está ese sentido moral que ha cambiado cuando uno regresa al lugar del que se despidió unos años antes, pero que nadie vigila porque la moralidad, como en la historia del mundo, es algo que se va improvisando. De ahí que la gente esté siempre yéndose o dé la impresión de que se puede largar en cualquier momento, con lo cual no se molestan en conservar las más mínima higiene.
De la higiene pasamos a la oscuridad, que es incertidumbre, y tal vez al autor más próximo a Harte, que es Ambrose Bierce, o el Bierce más fronterizo, más sureño. En ambos los personajes aprenden a golpes, son tipos incompletos a los que pillamos en un paréntesis de su vida que tiene algo de errabunda, por mucho que se hayan asentado: nadie desea quedarse donde se quedaron. Porque es un Oeste que no se ha formado y que tiende, así, a desterrar a quien pasa por allí. En manos de Harte, es un sitio hiperbólico. También cuando habla de la belleza, utilizando un lenguaje poético con algunos tópicos que llaman la atención, porque parece encontrarse más cómodo si se refiere a climas extremos, a personas que, al contrario que los héroes de La diligencia, la película de John Ford, no son una idealización: son un tanto más cutres, más sucios, más reales.

Fuente: Culturamas

martes, 7 de noviembre de 2017

Sal&Roca Noviembre

separacion
Devi-la-intocable


Devi la intocable
Ana García-Arroyo
Kailas
Madrid, 2017
248 páginas




Acostumbramos a pensar en el viaje como un destino: llegar a cierta ciudad, a cierta cumbre, a cierta ola, a cierto arrecife. Pero a no ser que uno se someta a la cuarentena de los viajes organizados y el aire acondicionado de autobuses y hoteles de cinco estrellas, durante el trayecto es cuando conoce. La aventura puede ser la pared del Himalaya, pero el viaje es el camino. Y del camino, con frecuencia plagado de malas pulgas en puestos fronterizos o las manchas de betel en las paredes, lo que cabe rescatar es la gente. Devi es una de esas personas de las que uno se enamora. Es el viaje, algo al alcance de muy pocos, porque para la aventura basta con tener buenas piernas y buenos pulmones. Es la razón por la que sabemos que si existiera la teletransportación, jamás acudiríamos a ella. Bienvenida a nuestras vidas, Devi.
Devi la intocable narra la historia verídica de una mujer y su familia en la India rural. La novela comienza con la boda de los padres de Devi, los rituales, la partida de la novia con un extraño, el seguimiento al maestro, Babasahed, que lucha por abolir la intocabilidad, y la conversión al budismo para sobrevivir al hambre y al desprecio.
Devi describe su vida como una lucha constante entre la tiranía del honor y la tradición y su propia voluntad por recibir una educación, para así liberarse de ataduras, de los abusos de los hombres y de la indiferencia de una madre que considera que su hija se ha rendido a la modernidad y a los valores occidentales.
Una novela sorprendente que nos permite conocer en profundidad las costumbres sociales y culturales de un país fascinante.
Cartografías-nómadas



Cartografías nómadas
Olga Blázquez-Sánchez
Desnivel
Madrid, 2017
128 páginas



¿Una gran pared o una poesía? Sí, es cierto que la admiración se la lleva quien es capaz de superar los retos más difíciles en escalada. Que destacan quienes son capaces de inventarse una vía en los lugares más insospechados del planeta: cuevas, acantilados o condiciones extremas. Pero también que si algo es digno en la creación humana es la poesía. De ahí lo importante que es que alguien preste atención a las pequeñas cosas, a las pequeñas epopeyas, las que podemos compartir con todo el mundo. Este libro es una selección de apuntes líricos para que todos nos sintamos bien durante su lectura. Porque contra la lucha en la piedra vertical, Olga propone acariciarla, como acaricia la yerba, el aire y la respiración del compañero de cuerda.
Luna no puede sacarse de la cabeza el perfil juguetón de una vía que, desde su humilde pero inexpugnable grado, se ríe irónica de sus esfuerzos, sus caídas, sus miedos y sus frustraciones. A través de la perspectiva de una joven escaladora mundana, se viaja a los entresijos de problemáticas que pueblan la realidad de una vida cualquiera plagada de dramas, euforias, aburrimientos y egolatrías. Los problemas cotidianos se entremezclan con las paredes de granito, dando como resultado una realidad enmarañada, con escenas a pie de monte donde árboles, cuerdas, montañas y mosquetones parecen hablar con voz propia.
Cartografías nómadas nos propone otra épica relacionada con la montaña, que no tiene como contexto las hazañas heroicas en la blancura de los ochomiles, sino la realidad palpable que conforma el mundo que pisamos donde, un insignificante V+, puede convertirse en La Aventura, con mayúsculas. Las páginas de este libro están repletas de personajes que dudan, se lesionan, caen, enferman y para los cuales raramente se escriben novelas.
La-vida-interior-de-lo--animales


La vida interior de los animales
Petar Wohlleben
Obelisco
Barcelona, 2017
216 páginas




Gaia no cae en el olvido. De hecho, es hora de volver al espíritu de Gaia, de reproducirlo en medios, de introducirlo en los programas curriculares de estudios, de hablar sobre él en lugar de sobre fronteras, estados y vínculos al que Gaia es totalmente ajena. Gaia es el espíritu dentro del cual se unifican todas las almas de los seres vivos del planeta, además de la belleza de sus paisajes. Tanto el alma como el paisaje son la mirada. De ahí que se nos plantee mirar hacia los animales como si se tratara de parte de un organismo vivo, al cual mutilaríamos si no les respetamos, como mutilamos a Gaia cada vez que una persona muere por la guerra del hambre. Pero la defensa de los animales no se ejerce en base a la denuncia, sino por el inevitable cariño que provocan. En este libro, ellos también son nuestra familia, ellos también poseen los veintiún gramos.
Solícito como una ardilla, leal como un cuervo, compasivo como un ratón de campo, triste como una cierva…
¿Pueden los animales tener tales emociones? ¿Cabe una vida emocional tan vasta que no esté sólo reservada a los seres humanos?
Mediante los más recientes conocimientos científicos, ilustrados con observaciones y experiencias personales con animales, el apasionado guardabosques Peter Wohlleben dirige profundas miradas a un mundo apenas investigado: los complejos comportamientos de los animales del bosque y de granja, su vida emocional y consciente. Y entendemos que tenemos a los animales más cerca de lo que nos imaginábamos. Fascinante, esclarecedor, ¡a veces increíble!
escalada

Escalada
James Pearson y Caroline Ciavaldini
Lunwberg
Barcelona, 2017
224 páginas


Este es uno de esos libros que uno lleva años deseando que aparezcan. Los autores recorren el planeta y seleccionan unos pocos templos de la escalada, de la pura escalada en roca. Una cuidadísima edición, con fotografías que quitan el hipo porque quitan el aliento, en la que se da cuenta de la bravura del viaje y la experiencia meditativa que es la escalada. Con mucho amor y paciencia, a lo largo de años los autores han llevado a cabo este proyecto que incluye, por ejemplo, en España lugares como la Pedriza, Montserrat o las mejores cuevas para hacer psicoblock en Mallorca. Una fotografía de esa experiencia será la seleccionada para la portada. No nos extraña. Porque estamos frente al deporte con el terreno de juego más hermoso que existe.
¡Qué suerte la nuestra de tener la maravillosa excusa de recorrer el planeta practicando escalada! Alpinistas y escaladores deportivos compartimos un increíble vínculo que nos motiva a explorar algunos de los paisajes más épicos de la Tierra. Una cosa es ver un país nuevo a más de cien por hora, cómodamente instalado en el asiento de un coche con aire acondicionado, y otra, muy distinta, sumergirte en los matices de la cultura, el espacio y la presencia de un territorio nuevo. Los escaladores soñamos con esos lugares épicos y nos obsesionamos con las pequeñas irregularidades en la roca que hacen que cada escalada sea única. Y el aprendizaje de los detalles requiere de tiempo y paciencia. Afortunadamente, el viaje no termina al ponerse el sol: cuando bajamos del frío de las montañas, esa pasión nuestra compartida nos abre puertas de entrada a muchos lugares, hogares y tiendas de campamentos base, incluso aunque no hablemos la lengua local. Ese es el verdadero regalo que nos brinda la escalada: una excusa para viajar por todo el mundo y conocer a esos nuevos mejores amigos que jamás habríamos imaginado tener.
Un-gran-descubrimiento




Un gran descubrimiento
VV.AA.
Quaterni




Volvemos a incluir un quinto libro, aunque solo sea para mencionarlo por razones de excepcionalidad. No quisiéramos pasar por alto, nuevamente, el país más atractivo para los amantes de la literatura de viaje. Al menos el más atractivo en la última década. Si en la relación anterior nos ateníamos a la ciencia ficción, esta vez será el realismo, tan delicado en nuestra ilusión como sufrido en las frustraciones, que se refleja a lo largo de una selección de cuentos de doce autores contemporáneos japoneses. Un libro para los amantes de la literatura y de los almendros en flor.
Estos cuentos, en sus orígenes, supusieron un gran escándalo para la sociedad de la época y que, con el paso del tiempo, se han convertido en lecturas obligatorias para todo aquel interesado no solo en la literatura oriental, sino simplemente en la buena literatura.

domingo, 22 de octubre de 2017

LAS AVENTURAS DEL CAPITÁN SINGLETON

Las aventuras del capitán Singleton
Daniel Defoe
Traducción de Nicolás Ferrante
Backlist
Barcelona, 2009
309 páginas

La superioridad del destino

Desde el instante en que nace, la vida va eligiendo por él, pues Robert Singleton no es dueño de su destino. De niño, Singleton es raptado y una sucesión de avatares le lleva a desconocer su origen, el que podría definir una identidad, que, gracias a una vida colmada de aventuras, no tendrá ningún interés en conquistar. Singleton será un tipo forjado a sí mismo, sin ataduras, sin más compromiso que algún buen recuerdo vinculado a un lugar geográfico y la lealtad debida a su mejor amigo. De esta seña de identidad hará su patria.
Concebida como una novela itinerante, con una estructura y un tono que lleva a cotejarla con Tom Jones, obra que le debe bastante a Defoe (1660-1731), a la que se le añade la lucha por la supervivencia que ya exploró en Robinson Crusoe (1719, su primera novela, publicada un año antes que Las aventuras del capitán Singleton), junto con temas característicos de la ilustración –el destino, la religión, el mal, la educación o la riqueza- esta obra aporta la novedad de crear un personaje secundario plural, un grupo de aventureros y piratas comandados por Singleton, cuya mera presencia, inteligente, sutil y mostrándose como un hombre de honor, impone un liderazgo indiscutible incluso en las situaciones más conflictivas. La supervivencia aguzará la sabiduría natural del personaje, un tipo con una capacidad de adaptación asombrosa, que irá relatando los sucesos más importantes que le forjaron, que son aquellos que limitan con las experiencias extremas, con situaciones ejemplares muchas de las cuales le someten, tanto a él como a sus compañeros, a dilemas morales emparentados con la necesidad de conservar la vida.
En la primera parte de la novela, Singleton recorre África acompañado por gente sin nombre, es decir, sin rostro. A partir de un motín, asistiremos a tempestades, fieras acosando, batallas contra multitudes, cruces de desiertos y selvas, o la búsqueda de oro y marfil, todo lo que, en definitiva, constituye la aventura más clásica. Defoe sucumbe aquí a la fascinación por África, dejándose llevar por los tópicos de la época a la hora de reflejar los desencuentros con otras culturas, presentando una visión neocolonial y amable de las mismas, una mentalidad que representa la fe en el hombre característica de los buenos pensadores llenos de bonhomía. Pero será en la segunda parte de la obra donde Defoe presente el verdadero conflicto. Ahora Singleton se ha convertido en un codicioso pirata que necesitará de un amigo que ejerza de conciencia y de lucidez. Los personajes secundarios poseerán nombres propios y carácter al margen de su condición de miembros de un grupo. La narración, hasta entonces lineal, se interrumpirá para cruzarse con relatos de un tiempo anterior. Cierto grado de dureza vital sustituye a una mirada romántica. Las disputas son parte del acontecer sobre el barco y los encuentros con indígenas son beligerantes, resolviéndose, habitualmente, con mucha sangre. Si antes la tierra, África, era una geografía sencillamente inexplorada, ahora el mar es un territorio hostil. Y Defoe se preocupará por los problemas económicos y logísticos de una expedición pirata cuyo único fin es acumular bienes para poder retirarse a vivir sin dar un palo al agua, lo cual quizás constituye un atinado comentario del autor sobre el capitalismo. Asistimos, pues, a la diferencia que existe entre un explorador y un pirata, entre quien está hechizado al descubrir el mundo y el que ansía poseer un buen pedazo de sus riquezas.
Defoe narra con un estilo depurado, aristocrático, que convierte al narrador, Robert Singleton, pues la obra está escrita en primera persona, en testigo de los sucesos que está viviendo más que en partícipe de los mismos. Y ese pulso se mantiene a lo largo de todo el texto, incluso en algunos instantes de extrema violencia que resultan así amortiguados. Han pasado muchos años desde que los episodios relatados tuvieron lugar hasta que el Singleton se decide a describirlos, de ahí esa firmeza en el estilo que le lleva, valga la lisonja, a ser sublime sin interrupción.

Fuente: Quimera


viernes, 26 de mayo de 2017

CITA CON LA CUMBRE

Cita con la cumbre

Juanjo San Sebastián

Desnivel
Madrid, 2005
192 páginas
13,50 euros

Gracias por existir



Publicada por primera vez hace unos cuantos años en una de esas editoriales que se rigen por criterios periodísticos, es decir, para las que una obra pierde su vigencia con la celeridad con que una noticia desplaza a otra en la cabecera de los telediarios, Desnivel rescata este texto para que conste que merece estar entre los fondos de cualquier biblioteca. También de las particulares.
Juanjo San Sebastián es un alpinista que frecuenta toda clase de aventuras, desde la escalada de paredes norte al boxeo aficionado, desde el vuelo sin motor hasta las grandes alturas. Cargados de prejuicios, uno puede pensar que un tipo duro, un superviviente del Himalaya, apenas ha tenido tiempo para cultivarse o para educar su sensibilidad. Y uno puede engañarse. Estamos ante un escritor que se emociona ante un trago de aire. Y, por supuesto, ante la amistad y su expresión más extrema.
El libro se inicia con unas hermosas páginas acerca del aprendizaje y el sufrimiento. Remontándose a su infancia, Juanjo asocia los hechos que moldearon su vida con el tipo de dolor que le produjo. Y ese aprendizaje le resultará imprescindible no sólo para superar la pérdida de algunos de sus dedos tras un escalofriante episodio en el K2, sino también la amputación interna, la más dolorosa, de la pérdida de un amigo que fallece en sus brazos. Y así, a lo largo de las siguientes páginas, en las que detalla los sucesos que se precipitaron en las alturas, los vivacs por encima de ocho mil metros, la dureza de la escalada, las inclemencias meteorológicas, el desfallecimiento, los accidentes, la flaqueza y los encuentros, Juanjo San Sebastián va refutando ese tópico de la conquista de lo inútil con el que se ha calificado con frecuencia a este tipo de aventuras, y que los propios montañeros han hecho suyo. El contenido del libro, en realidad, es elogiar la versión más pura de la utilidad: lo inútil no es lo opuesto a lo práctico, y nadie con una mente armada para lo práctico se lanzaría a trepar cuatro mil metros de pared en una región empobrecida por el oxígeno; lo inútil es lo opuesto a lo útil, y nada hay más útil que vivir. Ese es el objetivo de este libro, demostrar que se está vivo, que se ha vivido. De ahí que se escoja a la amistad como el reflejo más caro del sentido de la vida. Juanjo debe de pensar, como Joseph Conrad, que la mayor de las virtudes humanas es la lealtad.
Resumamos el contenido del libro: grabando un documental para Al filo de lo imposible, cinco alpinistas afrontar la vertiente norte del K2. Dos de ellos hacen cima y descienden, y unos días más tarde, Atxo y Juanjo hacen cima a su vez. En el descenso se ven atrapados en una tormenta y un accidente les separa. Juanjo corre mejor suerte y puede refugiarse en un campo de altura, mientras Atxo afronta su tercer vivac. Sabiendo que es casi imposible que sobreviva, y a riesgo de su vida, Juanjo llega hasta Atxo mientras dos de sus compañeros acuden en su ayuda subiendo desde el campo base. Otro montañero, un italiano, renunciará a la cumbre del K2 para estar junto a ellos las últimas horas de vida de Atxo. Todos actúan bajo una idea no revelada: que Atxo no se sienta solo.
Cita con la cumbre es un libro elegíaco, escrito por un montañero que carece del don poético de la metáfora pero que, milagrosamente, elude caer en la sensiblería apocada. Es un libro para todos, es un homenaje a lo mejor del hombre: “No me ocurre lo mismo con Atxo, ni con unas cuantas personas a las que he perdido en estos últimos años, cuyo vacío puedo conservar ahora, exento de dolor. Si se pudiera inventar alguna clase de estimulador o artilugio que llenase esos huecos, no me lo pondría jamás”.

miércoles, 10 de mayo de 2017

La aventura de 'Luz en las grietas'




La vida como aventura

Galardonado con el Premio Desnivel de Literatura 2016
Luz en las grietas es un libro de la vida, de sus circunstancias, 
de esos recorridos existenciales cargados de obstáculos 
que todos realizamos a lo largo de nuestro caminar por este mundo. 
Ricardo Martínez Llorca es el autor de esta aventura de lucha por la supervivencia. 
Escrito con el corazón herido,
sintiendo cada instante como si fuera el último, escalando montañas físicas y mentales,
descendiendo a los problemas para volver a subir
y utilizando la escritura como vehículo para convertir el alma en un eco en medio de la vida. 
Una colección de momentos, de instantes vividos,
 se dan cita en este libro que abraza el pasado.
El autor regresa a su infancia para reencontrarse consigo mismo
y empezar a pasear en busca de esas grandes pasiones
que se abrazan fuertemente en Luz en las grietas: Viajes, literatura y montaña. 
Con la duda del mañana,
pero con la responsabilidad y la necesidad de ser contada,
Martínez Llorca logra tejer un texto intenso y muy emotivo.
 Con una notable prosa,
con un pulso directo pese a sentir cerca una posible despedida,
 y con el deseo de seguir soñando con la vida,
Luz en las grietas conmoverá al lector que se deje llevar por las emociones,
 por el sentido de la amistad, por la soledad. 
La vida como aventura, la montaña como vida.   

“Y nada es una palabra demasiado frágil,
demasiado endeble para describir eso que no es ni siquiera un desierto,
un espacio desocupado donde los ruidos no hacen ecos.
Ni siquiera vinieron a visitarme los demonios, ni siquiera existía el frío de estar desnudo.
Recuerdo que durante horas y horas luché por no cerrar los ojos.
Porque intuía la salvajada del horror.
Recuerdo a mi padre corriendo mientras me transportaba en brazos;
la cama de lana en la que una mujer me ayudó a vomitar sangre
colocándome un paño untado en alcohol sobre el estómago;
recuerdo el coche torpedeando la docenas de kilómetros que nos separaban de un hospital”. 

domingo, 7 de mayo de 2017

‘HIJOS DE CAÍN’ de Ricardo Martínez Llorca

Hijos de Caín
Ricardo Martínez Llorca
Xplora
Valencia, 2014
178 páginas

Esta es la pregunta:
¿Por qué la mayor parte de la gente no se suicida?
Siendo, como somos, herederos de la marca de Caín, la que se supone que nos señala como condenadamente sucios, la que nos designa como miembros de una gran capitulación, ¿por qué nos empeñamos en mantener el delirio de que existe un buen motivo para mantenernos con vida?
¿Por la confianza en el destino?
¿Por la fe en un Dios benévolo?
¿Por considerar que no somos nuestros propios amos, que nuestra vida no nos pertenece?
¿Por ilusión o por esa artimaña a la que conocemos como esperanza?
¿O, lo que sería más comprensible, por simple y puro miedo?
En realidad, me temo, por ninguna de estas razones. Ninguna de ellas es lo bastante buena para que optemos por desterrar el suicidio. Los verdaderos motivos para seguir viviendo son, a la hora de la verdad, mucho más contundentes que estos, mucho más irreprochables:
No nos suicidamos porque nos gustan las natillas, porque una vez bailamos agarrados a un perfume de fresa en una verbena de pueblo, porque los niños juegan en los columpios.
No nos suicidamos porque el próximo sábado iremos a merendar a casa de Javi o de Luis, porque no hemos terminado de ver la película que dejamos en el DVD, porque nuestro hermano pequeño lloraría.
No nos suicidamos porque si lo hiciéramos no podríamos renovar el bono del gimnasio ni pedir un kilo de peras conferencia en la frutería.
No nos suicidamos porque sabemos que existen los paisajes, y porque esa expresión del deseo que son los sueños, nos alcanza de vez en cuando a las tres de la madrugada para azotarnos con una emoción dulcísima.
Y porque el sol, que acaba de asomar tras el horizonte, y con él las nubes blancas, todavía no está sometido al control del mercado financiero.
Dicho de otra manera: seguimos vivos porque incluso en la derrota, o sobre todo en la derrota, tenemos la convicción de que existe la belleza.
Incluso en su ausencia, sabemos que la naturaleza palpita, y nosotros con ella. Pues somos naturaleza. Somos, como ella, nostalgia, y somos enigma.
Y en los mejores momentos, nos damos cuenta de que también somos dignidad. Eso es lo que nos indica cada átomo de nuestra anatomía durante la contemplación del mar o cuando permitimos a nuestra mirada perderse en el valle.
 Dignos de la naturaleza.
Esa sería la fuente de la verdadera riqueza, esa sería la pauta sobre la que trazar nuestro valor. Una regla mucho más humana que la que estamos acostumbrados a utilizar, que es el trabajo, o al menos ese trabajo ligado al mercado, a la producción, al dinero.
Ahora bien, si anulamos el trabajo como vara de medir, y teniendo en cuenta que uno tiene derecho a no creer en Dios, ¿cómo podríamos valorar la vida humana? ¿Acaso no tenemos ninguna valía que sea realmente nuestra, nada que resuma en un grado mucho más práctico los motivos para no suicidarse?
A riesgo de parecer cursi, voy a acogerme a la palabra amor.
El ser humano también es el producto generado por un trabajo, al que llamamos amor:
A todos nosotros nos han limpiado y peinado, e incluso a muchos nos pretendieron adornar con pachulí.
Nos han protegido contra las enfermedades y nos han curado con mercromina.
Nos han besado.
Nos han alimentado y nos han regalado el sabor de las natillas que nos ayuda a combatir el suicidio.
Nos han enseñado a guarecernos en tiempo de tormenta y a mantenernos a flote.
Han lavado las sábanas en la que nos meamos una noche y nos han consolado, y se han reído con nuestras estupideces y con nuestros chistes.
Al final, resulta que el amor es un trabajo, en el que interactúan los cuerpos, cuya expresión máxima es el cuidado, son los cuidados.
Lo que nos deja atónitos, es darnos cuenta de que esos cuidados, que son bondad, que son belleza, unidos a la risa, a los juegos, a la lealtad y a la pasión, no basten para vencer a las tiranías. Ni siquiera a la tiranía del mercado.
De ahí que en los peores momentos nos sintamos tentados a pensar que el mal es un hecho o una fuerza mucho más real que el bien. Todos creemos que una caricia debería bastar para torcer el rumbo de un planeta presidido por la muerte, que es la peor forma de injusticia.
Rebelarse contra esta corriente que nos lleva es una locura. Y la locura bien puede ser una forma de bendición.
Por otra parte, sea cual sea el destino del mundo, tome este el aspecto que tome, siempre habrá locos.
Unos locos que en sus acciones están divulgando que tantas formas de injusticia, incluida la muerte, permanecen activas, al tiempo que proponen cómo lucir mejor el estandarte contra ellas.
En realidad, se trata de tipos que reparten linternas con las que alumbrarnos en la oscuridad.
Frente a ellos, frente a los hijos de Caín que bucean, escalan, se lanzan desde la estratosfera, o han buceado, escalado y se han lanzado desde la estratosfera, se encuentran quienes aguardan al espectáculo del Apocalipsis con un deseo contenido:
Los que consideran que el Apocalipsis es la única película que les queda por ver desde su sofá, los que ya se hicieron fotos agotando todos los rincones de las guías turísticas, los que ya bebieron desde un matarratas hasta el champán más aristocrático.
Los que necesitan un pretexto como ese, la inminencia del fin del mundo, o gritar que el mundo es una mierda, para justificar que ya pueden volver a fumar, que pueden ser unos canallas, que les está permitido irse a un club de carretera, que pueden faltar a la responsabilidad con sus compañeros de trabajo o con su familia.
Que incluso pueden cometer un crimen como respuesta a alguno de los verdaderos motivos que impulsan a los criminales: que no le salió bien la lazada del zapato, o que el nudo de la corbata quedó torcido, o que había una mancha de mahonesa en el pantalón, una mancha que descubrió demasiado tarde, cuando recibía a su primer cliente, cuando ya no disponía de tiempo para mudarse.
La pregunta, pues, es ésta:
¿Por qué los protagonistas de este libro no se suicidan?
Conscientes de que pertenecieron a la congregación de los locos de la linterna, ahora les pesa el conformarse con aguardar al Apocalipsis mirando a través de la ventana.
Pero ellos, como tantos otros de los que estamos aquí, eligen vivir porque en el último segundo, maldita sea, justo antes de dar el brinco hacia los búfalos de la noche, se dan cuenta de que no les apetece nada morirse solos.

miércoles, 19 de abril de 2017

El libro de viajes mejor valorado en meses: ‘Luz en las grietas’

Camino de ser el libro del año

Luz en las grietas

Ricardo Martínez Llorca @rimllorca

Desnivel
Madrid, 2016
176 páginas
Luz en las grietas nace como un libro maldito.
Sufrirá la primera maldición, la clásica, la de pasar desapercibido de cara al lector. Porque el tipo de poesía que destila es la poesía de los malditos. Si tuviéramos que emparentar el bellísimo trabajo de Ricardo Martínez Llorca (Salamanca, 1966) con alguien, sería más con Rimbaud, con Shelley, con Claudio Rodríguez, que con los escritores de su época. De hecho, cualquier párrafo de Luz en las grietas transforma las obras de sus contemporáneos en escritura plana. Muy plana. Delante tendremos lo que es un testimonio, pero también un testamento, una narración sincera y brutal, de una lírica desconcertante, que a lo que más nos recuerda es a Ebrio de enfermedad, de Anatole Broyard, o a Esa salvaje oscuridad, de Harold Brodsky. Solo la proximidad de la muerte da sentido al texto, que leemos con el corazón encogido, a la par que con el deseo de que no se termine nunca. Pocas veces se siente tanto como aquí el impulso de volver a leerlo, una vez cerrado el libro.
Pero el hecho de haberse publicado en una editorial de género, del género más respetable, que es la épica y por tanto la resiliencia, hará que se catalogue mal en las librerías y en los prejuicios del lector. Desde aquí sugerimos a quien nos escuche que se acerque al libro sin prejuicios. Se sorprenderá. Por poner un ejemplo con el que comparte cierto espíritu, se sorprenderá como se sorprendió con Hermano de hielo, de Alicia Kopff. La familia y las expediciones son ámbitos comunes a las dos obras. Lo que sucederá es que, Hermano de hielo, que es un libro producto del ingenio y de un buen oído, un libro estupendo y muy digno, empalidece ante el acoso y derribo de honestidad y valor de Martínez Llorca. Porque está escrito con la última sangre y el último aliento, saldando deudas. Por supuesto con los viajes y la montaña, que aparecen reflejados como una metonimia de la ilusión de vivir. Pero también con la familia, un tema recurrente en la obra de Martínez Llorca, que hasta ahora nos había sorprendido por ser el escritor que mejor describe, al menos entre los que hemos leído en mucho tiempo, y su creatividad. Basta echar un vistazo a ese díptico que es Hijos de Caín y Después de la nieve, sus obras anteriores.
Luz en las grietas también será un libro maldito porque el autor sigue viviendo. Y aquí cierra heridas, que quedarán abiertas para otra gente. Los hermanos aparecen en primer término, como ya lo hicieron en Tan alto el silencio. El buen hermano y el hermano canalla son una metáfora ética, del sentido de la ética que tiene Martínez Llorca. Pero hay algo más. El autor nace con un corazón destrozado, deforme, un demonio que le obliga a tener presente a la muerte en cada aliento. Y mientras tanto, la elipsis de los padres en su vida y en el libro es de lo más significativa. Uno no pretende jugar a ser un buen psicólogo, pero se deduce que sus padres sufrieron durante años y años la enfermedad de su hijo, a la que dieron la espalda creyendo que eso era tratarle como a una persona normal. Pero, en realidad, los padres no superan esa barrera y el dolor que sobrellevan es superior a sus fuerzas. Así pues, la relación entre padres e hijo está sobrevolada por una maldición, que consiste en que alguien tiene que tener la culpa de lo mal que lo pasan los adultos, del malestar que ocasiona esa enfermedad. Dado que a los padres no les cabe la idea de culparse entre sí, pero niegan la mutilación del hijo, solo cabe una solución: la culpa del sufrimiento de los padres la tiene el bebé. Y la ha seguido teniendo durante cincuenta años.
Pero todavía nos queda, eso sí, comentar el libro: el libro no es una autobiografía, sino un texto sobre lo vivido con un corazón defectuoso, que ignora que guarda entre las costillas, mientras poco a poco, y a pesar de ello, ganan terreno las pasiones: la literatura, los viajes y la montaña. El autor refiere sus dificultades para no rendirse, en un libro acerca de las memorias sensoriales. Es una historia de dignidad, es una historia sobre la imposibilidad de olvidarse de la vida, que está siempre ahí, clavándose como un punzón en los riñones y que es lo que hacemos cuando todo va bien. El narrador cuenta lo que le pasa, con mucha más fuerza que compasión, y la sinceridad se impone.
Martínez Llorca ejerció de ángel de la guarda de sus hermanos pequeños en casa y en el patio del colegio, donde salía siempre derrotado en las batallas. Sobrevivió a un coma tras un accidente. Se impone la obligación de mantener el tipo, a costa de lo que sea, en los peores momentos que vive su familia, como tras el fallecimiento de su mejor hermano. Y a medida que avanzamos, la prosa se vuelve más reflexiva y el tiempo se vuelve más cercano. El narrador supera la adolescencia, llega a la universidad, se convierte en un adulto. Por fin encuentra un ritmo en el que sus pasiones puedan desatarse sin que peligre el corazón: la soledad y la literatura, la soledad y los viajes, los compañeros de cuerda en la montaña y el reconocimiento de la amistad. Será la amistad la tabla de salvación del náufrago, la representación generosa de la ética de Martínez Llorca, que se desnuda, identificando todo aquello que le transformó en un ser tímido, tal vez por la férula de un hermano mayor incapaz de superar el síndrome del príncipe destronado. La inmovilidad se convierte así en la única defensa frente a cualquier tipo de ataques de quienes son más fuertes que él. Y mientras tanto, el presente, la situación que lleva al narrador a afrontar este texto, que es a la vez una confesión y una carta de despedida, se describe la lucha por sobrevivir, a merced de una medicina más preocupada en controlar una enfermedad que en sanarla.
De alguna manera, la parte de la vida que uno no puede elegir le orienta hacia unas veleidades que ha podido extraer del tiempo libre, del aire libre. Aquí ya no se ocultan las filias y fobias que no llevan a ninguna parte. Aunque lo que predomina sigue siendo esa lucha por la vida, frente a unas enfermedades invisibles, crónicas, congénitas, que se han terminado por imponer y, definitivamente, modelan su temperamento. Pero ya a medida que se avanza en la lectura, se imponen los relatos de viajes y montaña. La sensación final es que se ha de ir librando batalla tras batalla, aunque seamos conscientes de que las posibilidades de derrota son superiores a nuestras fuerzas. Sin perder la orientación ni la conciencia de canto de cisne que implican las enfermedades, la última parte del libro, se centra en las narraciones de los más importantes episodios de su vida de aventuras: los momentos en que la muerte tocó de cerca a las cordadas de las que formaba parte o los agradecimientos a los grandes hombres del mundo de la montaña, que le apoyaron en sus primero pasos en la carrera literaria.
Y ya solo queda menciona a los autores que aparecen a lo largo de la obra, que son nuevos referentes vitales, pues leyendo Luz en las grietas uno conviene en que literatura y vida son sinónimos: Conrad, Montaigne, Whitman, Tolstoi, Pessoa.
Luz en las grietas es un libro híbrido, sin necesidad de aturdirnos con los fuegos artificiales que practican los autores tan en boca de todos hoy en día. Aquí no se lucha contra la complejidad de niveles textuales, metatemas y guiños cultos. Aquí nos sumergimos en relatos reales y reflexiones reales, que hablan de la aventura de vivir o de la intención de hacer de la vida una aventura, pese al tormento de la enfermedad. Huyendo del sentimentalismo, el miedo a la muerte queda vinculado a una vida que comparte pasión y aflicción. El resultado es un libro que consigue una hondura y una belleza que en lugar de iluminar, esclarecen. Una obra maestra, una obra maldita.

Reseña completa publicada en Culturamas