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martes, 12 de diciembre de 2017

CRÓNICA JAPONESA

Crónica japonesa
Nicolas Bouvier
Traducción de Glenn Gallardo y Martín Schifino
La línea del horizonte
Madrid, 2016
248 páginas

“La cultura japonesa resulta más impresionante cuando es espontánea”. Esta afirmación se podría aplicar a cualquier cultura, al menos en los años en que no teníamos que elegir entre una ciudad que simulara a la global, es decir, a imitación americana, o una ciudad que adoptara la representación de un parque temático para venderse al turismo. Nicolas Bouvier (Grand-Lancy, 1929 – 1998) viajó durante esos mejores años, al menos en lo tocante a la cultura japonesa: los años cincuenta, en una travesía en solitario que le permitió asistir a la recomposición de un país tras la destrucción de la Segunda Guerra Mundial, y los años sesenta, cuando se estableció con su familia durante un año para ser testigo de la transformación de esa cultura japonesa, en plena esquizofrenia entre la llegada de los primeros rastros de la globalización y la elegancia por seguir siendo japoneses. “Aquella mañana estábamos muy lejos del desfallecimiento erudito que la mata”, continúa diciendo, hacia el final del libro, en lo que es una confesión de sus intenciones: he vivido Japón sin pretender escrutarlo como un antropólogo con bisturí. Este es el carácter del Nicolas Bouvier que nos encontramos en este libro, o al menos el que su escritura, precisa, y su mirada, abierta, denota: Bouvier viaja asistiendo a lo propio de Japón como si supiera lo que vendrá, pero no se atreviera a delatarlo. Bouvier es un viajero con conciencia, un valor al alza en el mercado de los viajeros.
Así pues, la sorpresa de esos dos momentos de Japón a los que asiste producen cierto extrañamiento, en el que se respeta el orgullo del país, incluso esos restos de creencia en la esencia divina, y ni siquiera el humor que exhibe está destinado a contrarrestar. Su humor, increíblemente, es una herramienta para engordar la empatía hacia lo japonés y los japoneses. En ese sentido, ningún otro viajero ha igualado a Bouvier. Y solo por eso merece la pena considerar esta Crónica japonesa como uno de los mejores libros de viajes publicados este año. Al margen de sus viajes, en los que narra como consigue sobrevivir con apenas dinero, expone la admiración por la historia de un pueblo que ha conseguido, por ejemplo, conciliar dos religiones, el sintoísmo y el budismo, para crear más poesía. Pues ese es el cariz de lo que reconoce Bouvier: la poesía unifica la virtud o la moderación del pueblo japonés. Frente a ella, encontramos los anticuerpos en forma de malentendidos por prejuicios occidentales o por intentar un análisis etnológico. El país, de hecho, en algún momento de su historia ha enfermado de xenofobia, a causa de la llegada de misioneros y comerciantes.
Pero en 1955 Japón era un país que estaba diluyendo la membrana que le separaba del resto del mundo. La modernidad empezaba a integrarse y el mestizaje era agua y aceite. Para comprender el país original, Bouvier vive pobremente. Decide no correr el riesgo de mirar por encima del hombro. Y así conoce el Japón de callejuelas y mercados, pacífico y superviviente. Conoce a los parias y los fotografía. Y narra esos encuentros, cuando ya ha salido del fango, con el espíritu de revivirlos. No existe ningún atisbo de soberbia en Bouvier. En 1964, cuando regresa, busca los lugares donde el país conserva su identidad, aunque reconoce que ha perdido algo de frescura. Se mueve con pies de plomo. Y con cautela se acerca a lo que queda de la religión, al budismo zen que ya apenas existe como pegamento para el alma. Busca a los campesinos, a los ancianos, a la música y a los rituales. Viaja hasta Hokkaido, la isla al norte donde resulta más inhóspito vivir, y transforma su mirada en prosa poética: la sencillez, la alegría y la compasión que le sale al paso, provoca que siga amando Japón. Pero Japón no es un Edén. Lo idílico, bien lo sabe Bouvier, que es tan inteligente como sensible, si es que son cosas diferentes, contiene algún tumor que lo adultera. Y en los momentos de soledad, lo incomoda.

Bouvier será también testigo de la tristeza en un país en el que el confucionismo ya no se eleva a moral del estado. Y en consecuencia elige dar voz a los japoneses reales y explotados. Pero la crónica de Bouvier no acaba en Japón. Queda el viajero, el hombre que se siente vivo, que vive, frente a lo que hacen la mayoría de sus contemporáneos, que es intentar vivir. El viajero que aprende y que cuando considera que sus conocimientos empiezan a deformarle, decide que ya es hora de irse. Por eso, también, admiramos esta excelente Crónica japonesa.

Fuente: Culturamas

lunes, 11 de diciembre de 2017

CONTRA EL CAMBIO y VIAJE A LA PALESTINA OCUPADA

Contra el cambio
Martín Caparrós
Anagrama
Barcelona, 2010
275 páginas

Viaje a la Palestina ocupada
Eric Hazan
Traducción de Sara Álvarez Pérez
Errata Naturae
Madrid, 2010
125 páginas


La conclusión antes del viaje

Lo más admirable en la obra de un escritor de viajes como Paul Theroux es la distancia que establece entre el ineludible autor y las presencias que le salen al paso. Frente a los lugares y las personas, siempre se presenta sin prejuicios, dispuesto a aprender, pero como aprende el hombre inteligente, con un punto preciso de cinismo y de confianza, pero sin ser un cretino ni caer en la autocomplacencia. En ese sentido su último libro, Tren fantasma a la estrella de Oriente, es una obra maestra.
Frente a un autor de viajes como Theroux, otros se plantean, de inicio, crear una obra comprometida, partir a la defensa de unas ideas preconcebidas que en mayor o menor medida merecen ser consideradas. Ese es el caso tanto de Martín Caparrós como de Eric Hazan, dos escritores a quienes los viajes aquí reflejados no consiguen transformar en alguien nuevo, tal vez por un exceso de implicación emocional desde antes de la partida.
El primero de ellos, el periodista argentino, Caparrós, parte en un viaje múltiple que le lleva a lugares tan dispares como Nigeria, Australia o las islas Marshall, para entrar en el debate sobre el cambio climático o, para ser más precisos, sobre la conveniencia de exprimir el fenómeno socioecológico del cambio climático en la medida en que se está haciendo. Escéptico desde el inicio, se preocupa en disparar contra todo lo que le sale al camino: el ecologismo –sin distinguir entre conservacionistas y medio ambientalistas-, la globalización cultural a la baja, los agentes contaminantes, los apóstoles del cambio climático y la desnaturalización del planeta. Para ello se refugia en un estilo que da la impresión de sugerir un pensamiento caótico, en la fragmentación y la digresión, confiando en que la impresión de improvisado resulte natural, preocupándose más por conseguir una frase impactante que por la originalidad de su pensamiento. Y así no termina de elaborar en condiciones los asuntos que reúnen estos textos, los que impulsan al viaje y a todo lo que eso debería de suponer: la denuncia bien transformada en narración. Da prioridad a un humor en ocasiones demasiado tópico, a una intención de mostrar ingenio basada en la primera reflexión que le sugiere la información que recibe, con demasiada frecuencia, a través de segundas fuentes. De ahí que en sus conclusiones no se dé prioridad a la puesta en marcha de soluciones contra el cambio climático, sino que se limite a enunciar los beneficios que este está reportando a la casta de los que saben ver las oportunidades en cualquier desgracia. Para Caparrós, hay demasiado de farsa en todo el revuelo que se está levantando a cuenta del cambio climático.
En el segundo libro, Viaje a la Palestina ocupada, Eric Hazan reincide en la herida de un país y un pueblo abandonado a su suerte y al afán de los opresores. No termina de mostrar ninguna idea que antes no expresara, por ejemplo, Edward Said, en este texto construido en párrafos cortos, transcripciones directas de una libreta de apuntes o del contenido de una grabadora. Pero aunque el mal resulte evidente a estas alturas, conviene detenerse en el individuo. Hazan es un hombre sensible, más próximo al arte que al periodismo, que trata de poner rostro a la ocupación transcribiendo sus encuentros, a través de entrevistas o minúsculas crónicas que representan la biografía del desahuciado. En unas pocas páginas, se preocupa por fabricar un mosaico representativo, una suma que sustituye a la obra coral por un texto de voces sucesivas que no terminan de aceptar la derrota pero no acaban de reconocer dónde está la lucha en la actualidad, como si se hubieran agotado los cartuchos de la resistencia. De ahí la intención de este libro, que es despertar conciencias, soplar sobre los rescoldos para avivar la llama.
Mantener el debate vivo, como hace Caparrós, o las espadas en alto, como en el caso de Hazan, son razones suficientes para justificar una obra. Pero no siempre son argumentos sobre los que construir un relato. Con todo, merece la pena echar un vistazo a ambos libros.


Fuente: Quimera

domingo, 10 de diciembre de 2017

CINCO VIAJES AL INFIERNO

Cinco viajes al infierno
Martha Gellhorn
Traducción de Ana Guelbenzu
Altaïr
Barcelona, 2011
335 páginas


Mis pesadillas favoritas

“Nada mejor para la autoestima que la supervivencia”. La sentencia es de una pionera corresponsal de guerra, alguien que tras atender durante años a expresar la supervivencia de los perdedores, se plantea cuáles han sido los peores destinos para ella y escribe desde la memoria un revulsivo contra la desmoralización. Valiente, decidida y en combate constante contra el aburrimiento, Martha Gellhorn (St. Louis, 1908 – Londres, 1998) se pasó toda la vida, incluida la senectud, viajando como reportera, hasta el punto de enrolarse como camillera en un buque de guerra para vivir un desembarco en primera línea, porque no quería vivir un conflicto como si fuera algo ajeno. Participó como cronista en múltiples conflictos y algunos de sus reportajes, como los que versaban sobre la Guerra de los Seis Días o Vietnam, le valieron no volver a obtener visados para visitar muchos países. Apasionada por la libertad, hasta el punto de elevar a máxima vital el principio que enunció Séneca: “No desear es lo mismo que tener”, confesaba que acumular y mejorar posesiones es una pérdida de la vida, que las posesiones son una trampa, unos grilletes, y que librarse de ellas es una manera de ser más libre: “Tengo las cosas que necesito y no codicio ni colecciono por voluntad propia”, afirmaba.
En su madurez, y trabajando desde la memoria, Gellhorn nos sorprende con el relato de los cinco viajes más desastrosos que ha protagonizado en su vida, una pequeña colección que refleja su única codicia: la de tener un billete de avión en el bolsillo. Tras tantos años como periodista en los rincones más maltratados del planeta, centrando su prosa en rincones oscuros y en ocasiones llenos de moscas comiéndose la sangre de los cadáveres, Gellhorn encuentra cinco lugares en los que resulta increíble que alguien viva allí. ¿Cómo lo hacen y, sobre todo, por qué viven allí? Escrito con una dosis exacta de sarcasmo, lo que resulta incomprensible para ella, lo que configura el infierno, son las condiciones higiénicas, el olor de las letrinas y los lavabos, los colchones con chinches y la basura en las calles. “Tal vez me he vuelto lo bastante sabia para saber cuándo retirarme”, confiesa tras tantas visitas a tantos lugares. Ya ha perdido el interés por lo novedoso y quizás por la nueva gente, y percibe en exceso la epidermis del planeta. Es posible que no sea la sabiduría, pero sí los demasiados paisajes –“no me gusta ningún lugar de forma permanente”, dice– los que la llevan a pensar en dedicar los últimos tiempos de su vida a un viaje más interior. Por eso este libro está escrito con recuerdos, de ahí que resulte tan alejado del clásico cuaderno de campo.
“El único aspecto de nuestros viajes que tiene público garantizado es el desastre”, confiesa Gellhorn, antes de regresar a una China en la que interviene tanto una extraña compasión por los humildes como un rechazo estético. En el recuerdo se combina la pena y la suficiencia, productos del choque cultural. Gellhorn colecciona extrañas imágenes en la retina y reconoce sus prejuicios, sin complejos. El hecho de haber regresado de un viaje por el Caribe en el que toda la magia estaba en los nombres de los lugares, la llevará a lamentar el mundo que se fue sin haber terminado de entenderlo. Cruza África de costa a costa, interesándose por los vividores y exiliados de Occidente, empatizando con unos africanos que la sacan de quicio y sintiéndose aislada. Califica Moscú como la ciudad de la depresión, y describe con mucho desaliento su paso por la entonces capital soviética durante el reinado de Stalin. Y a lo largo de tantos kilómetros, demuestra que es incapaz de comprender las reacciones humanas y que dicha perplejidad la desalienta.
Gellhorn se pasó la vida viajando para aprender algo de la vida a través de las costumbres locales. Y también huyendo de su paisaje natal y de cualquier lastre, pues para ella construir una casa para fundar un hogar permanente es mucho peor que el viaje más horrible. Entre otras razones, porque de los viajes horribles ha regresado y eso la permite trazarlos en su memoria con ternura.


Fuente: Quimera


viernes, 8 de diciembre de 2017

Las tres mejores revistas de ‘Viajes y Libros’ en Culturamas

Hemos buscado, rebuscado y comprobado todo lo que da de sí unas horas de navegación  por la red.
Y finalmente hemos seleccionado nuestras tres revistas favoritas. El espacio está abierto a sugerencias, pero, esos sí, recordad que el tema no es viaje ni es libro. No buscamos blogs de viajes ni blogs de literatura. Buscamos algo mucho más especial.

1.- TAN ALTO EL SILENCIO

El blog de nuestro colaborador, donde recopila las reseñas que ha escrito para Lateral, Quimera, Culturas, FronteraD, La línea del horizonte, Oculta Lit, Revista de libros y algún inédito. Además de remitirnos a la actualidad: sus avisos de novedades, su recomendación de la semana (infalible), su recomendación del día… Un blog cuidado (se nota que antes fue diseñador gráfico) y de lo mejor que existe para estar llevado por una sola persona. Un pequeño monumento que merece muchos seguidores.

2.- LA LÍNEA DEL HORIZONTE

Está aquí por la variedad de sus colaboradores y su cuidadísima estética. Una revista exquisita. Está aquí porque una buena parte de la revista está dedicada a la literatura, porque Pilar Rubio, su creadora, ama los libros más que nadie y lo demuestra. Un blog de lujo, uno casi se atrevería a decir que demasiado bueno para este país.

3.- LITERATURA DE VIAJES

Lleva mucho tiempo luchando por divulgar una pasión. En este caso, cuenta con la ventaja del formato, que le permite remitirse a muchos más enlaces y categorías. Poco a poco, Francisco Moya ha ido trabajando sobre su pasión, y eso, el tirarse a la piscina por lo que uno ama, se nota. Otro proyecto para quererlo, y mucho, por los que disfrutamos con la literatura de viajes.

lunes, 4 de diciembre de 2017

VERANO EN LOS LAGOS

Este mes, en la revista Quimera reseño este libro. ¿Recomendarlo? Pues sí. Creo que es uno de esos clásicos de literatura de viajes que no lo lee uno como si le hubiera quitado el polvo a un cuaderno encontrado en una excavación arqueológica.



Verano en los lagos
Margaret Fuller
Traducción de Martín Schiffino
La línea del horizonte
Madrid, 2017
165 páginas

De eso trata este hermoso relato, de un deseo que no puede errar, porque es ajeno a cualquier frustración, porque es sencillo, como lo son el coraje o la alegría de las muchachas indias que cargan a un bebé a sus espaldas, cuyos ojos vivaces miran de un lado a otro, ajenos a la “ignominiosa servidumbre y la lenta descomposición”.


domingo, 24 de septiembre de 2017

CON LAS SUELAS AL VIENTO

Con las suelas al viento
Martín Casariego
La línea del horizonte
Madrid, 2017
169 páginas

Los libros de perfiles son un género dentro del cual todas las avispas son reinas. En pocas palabras, uno debe llegar hasta el fondo de los huesos de la persona retratada y el compendio es una atmósfera que invita a seguir conociendo más, pero deja un sabor tan grato como el helado del verano. Eso sí, sobre ellos debe uno dejar caer alguna sospecha, un detalle que no sabemos cómo interpretar, esa parte de la histeria que hace a la gente más atractiva. Cuando, a mayores, el género viene condicionado por el número de caracteres, el escritor se ve presionado para sacar lo mejor de sí mismo. Eso es lo que ocurre con este Viajeros lejanos, en el que Martín Casariego, un escritor con oficio pero que en sus otras obras no asume tantos riesgos.
El género es tan antiguo que no hace falta remontarse a Truman Capote para encontrar antecedentes. De hecho, Marcel Schwob o Borges se apropiaron de él para escribir libros de perfiles sobre personajes que desearían que hubieran existido. El género es tan antiguo como la cultura en la que todavía no se guardaba registro escrito y los perfiles podían extenderse hasta alcanzar la longitud de La Odisea. Casariego se remonta a personajes anteriores a Heródoto para dar comienzo a su pequeña guía, que se centra en la historia antigua y medieval. Existen otros libros de perfiles de viajeros que prefieren arriesgar más por gente contemporánea, al menos en una buena parte de la selección, y que vienen a complementar a este, que recopila los artículos que Casariego escribió entre 2004 y 2007. Pensamos, por ejemplo, en ese volumen, también digno, que es Viajeros lejanos, de Antonio Picazo, publicado en el año 2015, y que uno debe leer si disfruta de las suelas al viento. Se trata de dos obras que se hacen buena compañía en nuestras estanterías y en nuestras memorias.
En este volumen, diseñado y maquetado con un gusto exquisito, se recogen cincuenta historias o trozos de historias. El número no tiene otro sentido que ser redondo, porque la lista es interminable. Basta con darse cuenta de la selección de exploradores españoles que descubrieron América para Europa, que podría ser ingente. Casariego se enfrenta a ellos sin mostrar filias ni fobias, sin entrar en el debate sobre las consecuencias de su paso, limitándose, por una obligación que llega a ser una virtud literaria, a destacar tres apuntes, los más sugerentes. Tanto en el caso de algunos de ellos, que podríamos tachar de delincuentes, como en el de científicos, naturalistas, ilustrados o los que se movían por ambición o curiosidad, lo que se impone es un ritmo al galope, el mismo que nos hace amar la buena música, porque a Casariego no le falta oído para escribir.

No podemos cerrar la reseña sin destacar que el libro se detiene con Ella Maillart, tal vez la mujer que cerró el sentido del viaje como descubrimiento universal. A partir de ahí, el sentido del viaje cambia. Apenas las expediciones antárticas pueden catalogarse como de aventura en comparación a lo que debieron padecer los tipos con armadura que afrontaban cruzar desiertos, selvas y los Andes, sin brújula ni saber si podrían comer al día siguiente otra cosa que no fueran gusanos. Casariego nos reconcilia con los tiempos en que las rutas no estaban cartografiadas y provoca añoranza por un tiempo que no conocimos, pero que hubiéramos preferido vivir solo en parte, en detalles, en esos que él utiliza para escribir los perfiles.

martes, 6 de junio de 2017

EL TAO DEL VIAJERO



El Tao del viajero
Paul Theroux
Traducción de Ezequiel Martínez Llorente
Alfaguara
Junio, 2012
388 páginas



He aquí un libro feliz. Paul Theroux (Medford, Massachusetts, 1941) nos regala una obra de reflexiones, propias y ajenas, sobre el viaje, que constituyen uno de los textos mejores que puede leer quien pretenda huir de la cárcel de la vida cotidiana. Este libro es un regalo para la inteligencia y una desmitificación de la versión legendaria del escritor viajero o del viajero que escribe. Es posible que Theroux no sea un gran novelista, a pesar de los aciertos que contiene La costa de los Mosquitos, pero es, sin duda, uno de los escritores de libros de viajes con más tablas y que mejor valora la distancia que debe existir entre el viajero y lo viajado. Siempre contenido, siempre observando, siempre aprendiendo, siempre a la búsqueda del desplazamiento en tren, donde no aparece la fiebre de la carretera ni el apagón espacial que suponen los aviones. Y ahora, por fin, tratando de colocar en orden las tensiones de tantas terapias. Porque el escritor viajero debe conciliar los dos extremos de la vida humana, el del ser sedentario enfrascado en una labor intelectual, con el del nómada. Y ambas, confiesa, las ejecuta por motivos bastante poco prácticos, que son los que, finalmente, nos distinguen de los animales.
En este libro, Theroux resume su forma de mirar, que es pensamiento. Porque en los ojos encuentra todo un ideario, el que refleja su estilo sin exceso de estilo, limpio y explicativo. Entre las versiones que puede tomar la prosa, Theroux, un lector estupendo, elige la del narrador frente a la del poeta. No concentra sus ideas, sino que se toma su tiempo para explicarse. De ahí que elija la enumeración como forma de desarrollar sus aclaraciones, en veintisiete capítulos que configuran el poliedro del viaje y las preocupaciones del autor, las que llevan a distinguir al viajero del que practica otra forma de desplazamiento por el planeta, especialmente la del turista.
El libro se inicia con extractos de sus obras en las que pretende definir el viaje, para pasar a intentar detallar el espíritu del viajero que se considera el ombligo del mundo. A continuación busca retomar la idea del tren como desplazamiento embaucador con una aclaración que nos remite a Ana Karenina: “Todos los vuelos son iguales; todos los viajes en tren difieren”. Después se centra en la sinceridad del viaje y en las razones para narrarlo. Para explicar que el tiempo del viaje es diferente y que por tanto el tiempo no es una dimensión, ofrece una relación de viajeros escritores a los que admira. Menciona la conveniencia de viajar ligero, antes de centrarse en las monomanías que nos colocan al filo de la cordura. Luego habla del miedo a la soledad, porque viajar no es divertido en el sentido en que es divertida la risa. Pasa a comentar la pasión sin límites, reflejada en distintas odiseas, la sensación de ser extranjero en su propia tierra, la dificultad de no sentirse turista cuando es inevitable saberse forastero. Elogia el ritmo del caminante y también las grandes hazañas y la excentricidad del retiro voluntario. No se olvida de la fantasía ni de la gastronomía repulsiva, ni de los reporteros de guerra. Recomienda leer viajes en los que los viajeros sufrieron el encuentro. Se enamora de los monstruos y las exageraciones sobre seres que no se han conocido y lugares que no se han visitado, porque necesitamos la fantasía. Comenta la fascinación de un cierto enclave, el viaje sin movimiento que es el conocimiento interior, y que proviene de la disección del destino. Desaconseja guiarse por nombres sugerentes y refleja que, con todo, siempre queda algo por ver. Por último relata alguna anécdota, momentos de plenitud, y resume en diez puntos su personal Tao del viajero, del que cabe destacar el último: haz algún amigo. Porque es la gente la que da sentido al viaje. Es de la gente, del otro, de quien aprenderemos la liturgia del viaje, el respeto. Y así el viajero obtendrá lo que todos, en definitiva, estamos deseando obtener para el resto de nuestros días: unas pequeñas dosis de reposo.




miércoles, 3 de mayo de 2017

‘En el barco de Ise’, de Suso Mourelo

En el barco de Ise. Viaje literario por Japón

Suso Mourelo

La línea del horizonte
Madrid, 2017
214 páginas


La tentación es irresistible: “Mañana parte un tren a la memoria”. Esa es la conclusión de alguien que pasa por Japón sin dejar de beber sake, pero con una suerte de concepción del sake como bebida espiritual: donde otros reconocer en alcohol, él ve alma. En el acto de beber sake hay mucho de ritual compartido y lo que se comparte, si es algo realmente común, solo se puede hacer en armonía. El verbo tal vez sea comulgar. Pero dadas las referencias a que este nos remite, uno no se atreve a exponerlo con precisión. Y, sin embargo, de eso trata este libro delicioso, de comulgar, de poner en común la presencia en Japón de un viajero, Suso Mourelo (Madrid, 1964) y los habitantes de un país que va conociendo sucesivamente, sabiendo que jamás formará otra parte de él que no sea el impulso de la curiosidad y el reflejo del respeto...

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La línea del horizonte: nuestra editorial de referencia


Tal vez la editorial con un mejor catálogo en literatura de viajes en la actualidad.
Tal vez una de las pocas editoriales que todavía cuidan los libros para fabricar bellas ediciones.
Tal vez una apuesta segura cuando uno quiere leer porque sí, porque leer no es una obligación.
Pero lo mejor que pueden hacer es entrar en su página web, darse un paseo por su catálogo y disponerse a pasarse los mejores minutos del año en esta compañía.




martes, 2 de mayo de 2017

LOS TRES DIOSES CHINOS

Fuente: Culturamas


Los tres dioses chinos
Toni Montesinos
Fórcola
Madrid, 2015
166 páginas
Por Ricardo Martínez Llorca
La mala prensa entre la población viajera se ceba, por encima de todo, en los viajes organizados. Cualquiera que haya pasado dos meses recorriendo Tailandia con una mochila de dos kilos que contenía una caja de aspirinas y un bañador, las chanclas y el cepillo de dientes, se denominará a sí mismo como viajero, o como mochilero si no ha superado los treinta años. A su juicio, esas parejas que emprenden lunas de miel en circuitos organizados se están perdiendo la esencia del viaje. Un recorrido programado desde una agencia es, a sus ojos, una cuarentena. Para conocer la India uno debe haber comido pescado podrido y saturado de especias en un mercado a las afueras de Nueva Delhi, y no limitarse a bajar de un autobús con aire acondicionado para fotografiarse delante del Taj Mahal. Los mochileros, los viajeros que abandonan su país con nada más que el billete de avión y la guía Lonely Planet bajo el brazo, creen que esos otros turistas no están cumpliendo sus verdaderos sueños. Que no se atreven a otra cosa que no sea traicionar los auténticos ideales.
Sin embargo, cualquier forma de viaje, cualquier recorrido atravesando geografías antes desconocidas, no deja de ser una forma más o menos sofisticada de turismo. Como indica Toni Montesinos, que en este libro en que relata su paso por Nueva York, Pekín, Xian, Shangai y Hong Kong en un circuito organizado, el formato no implica que las sensaciones sean más o menos laberínticas o despejadas. O, para igualar cualquier versión del viaje, cita a Schopenhauer: “La vida nómada, que caracteriza al grado más bajo de civilización, vuelve a aflorar en el más alto merced al fenómeno del turismo, que hoy todo el mundo practica. La primera nació espoleada por la necesidad; el segundo, por el tedio”.
Pero, necesariamente, esta elección lleva a Montesinos a un viaje en el que el protagonista es el “yo” que recorre los lugares. No hay apenas encuentros, no hay diálogos, no hay personas. Hay paisaje. Hay hedonismo, que se compensa con la sabiduría de Montaigne o de Thoreau, siempre presente en el pensamiento de Montesinos. Esa combinación es lo que le da su forma de ver, una estética que define cómo ha aprendido a vivir. Para llevarnos de la mano, relata en presente y a un ritmo veloz, con una prosa desatascada. Acumula datos, referencias, registros, sin pausa. Así se obsesiona por dar forma a una voz, porque es la que define lo que ve, que en buena medida son lugares comunes a cualquier turista, pero tamizados por una pequeña dosis de anhelo por ser crepuscular, y por mostrar admiración. Montesinos es consciente de que está visitando la máscara del país. Como ejemplo más claro de ello, se refiere a la transformación del budismo en atracción para los turistas. Así pues, no le queda más remedio que buscar los detalles que hablen del corazón del país: el respeto, la delicadeza. El libro se convierte, así, en un contraste entre la desolación y la ilusión. Una ilusión que implica incrustar digresiones subjetivas, divagar, ensoñar, reflexionar.
Toni Montesinos viaja a China sabiendo con certeza la fecha de regreso. Con demasiada certeza. De ahí esa necesidad de pasarlo bien por la conciencia de lo efímero. Y al igual que cualquier otro turista, en estos tiempos, ve más los paisajes a través del vidrio de la cámara de fotos o de la pantalla del Smartphone, Montesinos siente la compulsión de escribir con inmediatez aquí y allá; para él es fundamental esa sensación de objetividad que da el ser espontáneo. Gracias a lo cual, el lector puede relajarse con la frescura con que está escrito este libro.

sábado, 29 de abril de 2017

“Más allá de vuestras leyes hay una pradera”

Fuente: FronteraD


“Más allá de vuestras leyes hay una pradera”. Acerca del arte y la filosofía de caminar


No existe el caminante que no se haya quedado corto. Y tampoco el individuo que haya cimentado sus ideas sin moverse de la silla que no haya terminado por hacer el ridículo. Porque el caminante es un soñador y lo que importa es soñar, no solo el camino, en tanto que el otro termina por cultivar los pensamientos de un inquisidor. Si uno piensa en Pessoa, por ejemplo, y lee con cuidado su Libro del desasosiego, la conclusión a la que llega es que esos párrafos que escribía en un café habían brotado en el trayecto entre su casa y la oficina. Pero el mundo actual ya no se puede medir en la escala en que lo medía Pessoa. La escala, de hecho, ya no es humana: ni en espacio, ni en tiempo ni en experiencia. Sobre este principio es sobre el que trabaja Rebeca Solnit (San Francisco, 1961) en su libro Wanderlust: una historia del caminar (Capitán Swing), uno de esos ensayos felices, uno de los libros de mejor calado que se publicaron en España a lo largo del año 2015. A su juicio, caminar es incompatible con la propiedad privada, o al menos con la propiedad privada tal y como se impone desde las grandes empresas, entre las que se encuentran muchos estados. A Solnit no se le escapa ninguna de las formas del caminar, desde el caminar juntos con ánimo de transformar el mundo, como en las manifestaciones, hasta la prostitución. Aunque no oculta que caminar es, por encima de la otra opción, caminar al aire libre. En ese sentido escrutando un mapa del mundo en el que ya todo está descubierto, la impresión que uno tiene es que solo cabe caminar por los lugares donde aún no se han impuesto las barreras físicas construidas por el hombre, como sucede en el Sáhara, como sucede en Mongolia.

El mundo se está descompensando por culpa de unas dietas que suponen que alguien eligió por cada uno de nosotros si perteneceremos a la estirpe de los gordos o a la de los hambrientos. La obesidad roba territorio en las manchas de la Tierra donde la gente podría disponer de espacios, tiempos y experiencias para caminar. En alguno de los pasajes de Wanderlust se tiene la impresión de que ese mundo del paseante, ya extinto, del hombre que reconocía una música interior mientras acompasaba su ritmo acompañándola, ya sido sustituido por la grasa. Y esta impide algo que uno llamaría espiritualidad si no fuera porque el término, de tan mal usado, parece cursi, facultara la compasión necesaria para exterminar esa otra parte del mundo, la de los hambrientos. Ahora la gente se mueve dentro de compartimentos estancos, que con frecuencia se llaman automóvil, entre las fronteras de algo que con frecuencia se llama ciudad, lejos de la idea romántica de que la vida rural y humilde es un suelo más fértil para las pasiones esenciales del corazón. Si el romanticismo supuso en su momento una subversión en la forma de entender el sentido del paseo, pues ellos fueron pioneros en sugerir que caminar era un acto cultural, una experiencia estética, Solnit aboga por una nueva revolución. O por la misma del romanticismo, ese caballo de Troya que introdujo el gusto por el caminar, y que acabaría por democratizar el paisaje echando abajo las barreras en torno a las propiedades aristocráticas.

En este sentido, existen pocos textos tan esclarecedores como la novela El sendero en el bosque, de Adalbert Stifter (Impedimenta). En ella se resume la biografía de un urbanita, ocioso, en edad de merecer que su desidia le inclina hacia la soltería. Se trata de una novela de iniciación en la que el protagonista supuestamente cruzó por la adolescencia años atrás. Hasta que un doctor, una especie de sanador místico o de persona que ejerce eso que hoy en día se conoce como Mindfullnesh, le recomienda hospedarse en un balneario durante una temporada para sanar sus dolencias, sus fobias, sus angustias. Allí el protagonista comenzará a conocer el bosque como antes conocía la ciudad, es decir, en lugar de ver un plano general en el que el paisaje cambia suavemente, encuentra particularidades, oportunidades, transformaciones abruptas: el muro de piedra, el sol, el árbol, el sendero, la vegetación que desaparece al ganar altura. Poco a poco, a pesar de sus intentos por mantener la consciencia de quien era antes, pierde la noción del tiempo y esa libertad le permite conocer a los habitantes del valle, generosos, sencillos. A medida que disminuye la ansiedad y descubre el ensimismamiento, el protagonista aprende a valerse por sí mismo. Y el que se vale por sí mismo ya está capacitado para enamorarse.

Ralph Waldo Emerson, en su texto Naturaleza (Olañeta), comienza con la pregunta “¿Para qué la naturaleza?”. La cuestión está planteada de forma muy oportuna, al menos para el urbanita. Al menos para gente como el protagonista de El sendero en el bosque: “para qué la naturaleza” no es lo mismo que “por qué la naturaleza”. Las respuestas de Emerson vienen en reflexiones con especulación de ensayo, pero con afán de imponer el lirismo: la naturaleza se refiere a esencias inalteradas por el hombre, como el aire o la hoja; la naturaleza proyecta cierta luz sobre el misterio de la humanidad; la influencia moral de la naturaleza en todo individuo es la cantidad de verdad que ilustra para él –de nuevo encontramos la respuesta a un “para qué” ingobernable, dado que debe referirse a la naturaleza con la mayor de las construcciones del hombre: el lenguaje–. Y: “…como cuando el verano llega desde el sur fundiendo las masas de nieve, y el rostro de la tierra reverdece de nuevo, así el espíritu que avanza lo adornará todo a lo largo de su camino, llevando consigo la belleza que le acompaña y el hechizo de su canto; diseñará rostros hermosos, corazones afables, discursos sabios y actos heroicos en torno a su camino, hasta que el mal ya no pueda percibirse”. Aunque su cita más sugerente es esa en la que afirma que la salud de la vista parece exigir un horizonte, que nunca nos cansamos mientras podemos ver bastante lejos. Emerson convoca el poder sanador del caminante en el hecho de que el paseo tenga lugar en la naturaleza y el caminante transforme su forma de mirar con los ojos. Se trata, sin duda, de facilitar el entendimiento con quien leyera su discurso. Pues si entre las esencias inalteradas por el hombre está el aire, que es lo invisible, el caminante no fiará todo a la mirada: el aire se hace visible con el viento y con el calor o el frío, que es algo que percibimos a través del tacto.

Regresando de nuevo a Wanderlust, donde Solint actualiza los pocos ensayos que sobre el caminar se han escrito, lo que Emerson llama horizonte, contraponiéndolo a pared, se parte de una serie de presupuestos que, intuitivamente, poca gente se atrevería a rebatir. El caminar está del lado de lo abierto en contraposición a lo secreto, de la propiedad pública en contraposición a la privada, de la vida en contraposición al poder. Se trata de una experiencia de la mirada, sí, pero de la mirada como parte del cuerpo. Caminar es “una experiencia corporal que no produce nada más que pensamientos, experiencias, llegadas”, afirma Solnit. En ese sentido, William Hazlitt, en su clásico ensayo De las excursiones a pie (incluido en Caminar, editado por Nórdica), establece una tetralogía de pensamientos, experiencias y llegadas: libertad, talento, amor, virtud. Algo que, añade, se obtiene paseando en solitario. El ensayo de Hazlitt nos regala la idea de que esos momentos de misantropía, que nos resultan tan necesarios, deberíamos procurar que sucedieran en el campo. Hazlitt reniega del encanto de pasear y charlar al mismo tiempo. Robert Louis Stevenson apoya a conciencia este parecer sugiriendo que la excursión a pie, en solitario, es esencialmente libre. Su Caminatas (incluido también en Caminar), es una defensa del estado de ánimo que siente quien se hace al camino, dispuesto a recibir todo tipo de impresiones y dejar que los pensamientos adquieran el color de lo que vemos. Dicho de otra manera, en el caminar ya no interviene el cuerpo como ser que comulga con el exterior. Stevenson introduce el pensamiento o, con más acierto, los colores de lo que vemos, lo cual hace suponer que nuestro interior también se está tiñendo de colores, al igual que antes marcaba una música, otro arte no muy alejado del color.

Cualquier maestro zen se pronunciaría afirmando que meditar mientras se camina no es caminar e ir meditando: es caminar. Hazlitt se pronuncia en idéntico sentido cuando sugiere que las excursiones a pie nos dejan a nosotros mismos atrás. Aunque, a la hora de la verdad, un buen número de personas parten para librarse de los otros. Hazlitt menciona el silencio, al igual que el maestro zen. Pero su silencio no sería incómodo, de esos que se quiebran bajo los lugares comunes o las tentativas de ingenio; es un silencio al ritmo de la elocuencia perfecta del corazón. Stevenson lo define como un estado de ánimo que comienza con la esperanza y con energía, y con la paz y la saciedad espiritual del descanso de la noche. Los que pertenecen a la hermandad del paseante, a juicio de estos dos clásicos, se enfrascan en unos sentimientos a los que no cabe atribuir definiciones, palabras, porque los sentimientos no se enuncian, no se explican, se aprenden de manera autónoma, en soledad. Y los buenos sentimientos, los más necesarios, son los que generan un estado de ánimo como el que embriaga a quien se hace al camino. Sus ensayos destilan la idea de que nada combate mejor la ansiedad que los paseos a pie por la naturaleza, cuando poco a poco incorporamos el paisaje o nos incorporamos al paisaje, hasta que observamos todo como en un animado sueño, hasta que somos incapaces de crear nada porque, afortunadamente, necesitamos espacio para recomponernos en tanto que nos convertimos en criatura del momento, perdida, hace horas, nuestra tormentosa personalidad. Si Hazlitt es contundente en su conclusión: “No es domesticable nuestro carácter romántico e itinerante”, Stevenson es mucho más expresivo: “No controlar el paso de las horas durante una vida es vivir para siempre”. El propio Chatwin, un andarín contemporáneo, recogería la idea cuando afirmó que el movimiento es la mejor cura para la melancolía. Y la propia Solnit actualiza la enfermedad para que no la temamos, dando por supuesto que para quien necesite reflexionar o crear, como sucede a la mayoría de los caminantes, en pequeñas dosis, la melancolía, la alienación y la introspección se cuentan entre los placeres más refinados de la vida.

Ahora bien, ese Beatus ille que entonan estos dos bardos nos lleva a preguntarnos a qué se debe su anhelo por caminar inmerso en la naturaleza. Al fin y al cabo, ¿a qué ruidos se exponían durante su vida cotidiana en la ciudad?: el paso de cuatro coches tirados por caballos, el grito del afilador o el anuncio del recogedor de chatarra, la luz de gas interrumpiendo la noche, el humo de pipa en los salones para hombres, una docena de personas con las que se cruzaban durante el trayecto entre su casa y la del sastre, las maldiciones que mascullaba el vecino al combatir la plaga de orugas que roían las hojas del rosal. Tiene que ser de nuevo Rebeca Solint, a través de su brillante ensayo, la que actualice a los excursionistas clásicos. En su libro no falta a la cita con el paseante urbano y con el flaneur. Una novedad que se impone para combatir la soledad haciendo del día a día multitud: “Las ciudades han ofrecido siempre anonimato, variedad y conjunción, cualidades las tres que se disfrutan mejor caminando”. Pero unas cualidades que también, según sus criterios, imponen una insalubridad deliciosa: un caminar oscuro que deriva en prostitución, ligoteo, compras, desórdenes, fisgoneos y otras actividades placenteras, pero que difícilmente alcanzan la altura moral del gusto por la naturaleza.

De entre todos los escritos de Henry David Thoreau en este sentido, en los que inevitablemente defiende esa misma idea, si existe uno que merezca la pena leer por su espontaneidad son sus diarios (El diario (1837 – 1861), Capitán Swing). “Toda idea preexiste ya en la naturaleza”, afirma. Una frase que bien podría encabezar Las ensoñaciones de un caminante solitario, de Rousseau, o bien resumir el volumen completo, pues “durante un paseo es capaz de vivir en el pensamiento y la ensoñación, ser autosuficiente y, de este modo, sobrevivir al mundo”. Thoreau era muy radical en su propuesta: “Si estás listo para abandonar a tu padre y a tu madre, a tu hermano y a tu hermana, a tu esposa y a tu hijo y a tus amigos y no volver a verlos, si has pagado tus deudas y has hecho tu testamento y has arreglado todos tus asuntos y eres un hombre libre, ya estás listo para un paseo”. Por otra parte, no dejaba de existir cierta impostura en su propuesta, pues su legendaria estancia en Walden, desde donde partirían buena parte de sus excursiones a pie, es un alejamiento relativo, a tan pocos kilómetros de su Concord natal como para poder llegar a la casa de su familia un mediodía de invierno para comer del puchero común, junto al fuego del hogar. Pero Solnit otorga beneficios para los demás también en esta figura. Descubre el juego, tan a la orden del día en la actualidad, donde las normas federativas sugieren que se debe ir a recoger setas armado con un GPS o no hay mochilero que viaje sin la Lonely Planet de turno, en el que se demuestra que uno no es un vagabundo real. Sin embargo, hay que estar bien asentado para desear semejante tipo de movilidad, lo cual es un elogio del juego. Y nuestro aprendizaje siempre comienza jugando. En cualquier caso, la impureza del caminar también lo hace valioso, a través de los pensamientos con que uno topa o los encuentros ya inevitables hasta para los peregrinos. O sobre todo para los peregrinos que representan en nuestra cultura el viaje espiritual.

“Si la vida misma se describe como un viaje, dicho viaje se suele imaginar como un viaje a pie”, dice Solnit. Quien también se refiere a la edad de oro del caminar, la misma que hoy mitificamos, “que comenzó a finales del siglo XVIII y, temo, expiró hace algunas décadas; una época caracterizada por la creación de lugares por donde caminar como por la consideración del caminar como un placer. Esa edad de oro brilló al máximo a comienzos del siglo XX”. Es en esa época, o en la idealización de esa época, que no comienza con ninguna fecha concreta ni, por supuesto, debemos dar por finalizada, en la que se concentra el ensayo de David Le Breton, Elogio del caminar (Siruela), otro libro clásico ya entre la familia de los rompesuelas. Le Breton comienza afirmando que caminar es vivir el cuerpo. Y para ello propone dicha actividad como algo propiamente humano, como una forma de dar sentido al mundo, de comprenderlo y compartirlo, como hizo el primer ser humano cuando se puso en pie y cambió la existencia. Así es como el hombre que comienza a caminar vuelve a transformar el mundo cada vez que da el primer paso. Entonces el mundo queda reducido a las proporciones del cuerpo, también en la escala temporal. También en la travesía por el silencio. Le Breton consigue definir ese silencio donde Stevenson o Hazlitt no acertaron: “El caminante está a la escucha del mundo”. El silencio es un filón moral que nos permitirá retomar el contacto con el mundo. El silencio es un “aliado a la belleza del paisaje”.

Aunque esté escrito a finales del siglo pasado, Le Breton no abandona la tradición de la mirada del caminante que defendieran Stevenson o Thoreau. Para él, caminar es una poda de todas las preocupaciones. La necesidad de orientarnos, de valorar esfuerzos, de afrontar el incesante desequilibrio de la Tierra, nos reduce a una esencia en la que somos una emoción antes que una idea: “una bienaventurada humildad ante el mundo”. “Me paré hoy en el camino para admirar cómo los árboles crecen sin premeditación, indiferentes al tiempo y a las circunstancias. No esperan, como hacen los hombres”, son palabras de Thoreau, escritas a vuelapluma en su diario, que exponen en concreto la hipótesis que en abstracto defiende Le Breton. “El panorama de estos bosques en flor me intoxica: esa es mi dieta”, expone Thoreau; o: “No podía permanecer sentado mientras soplaba el viento”; “todo paisaje me sería agradable, si se me asegurara que el cielo se extiende, como un arco, sobre un único héroe”; “¡Ah, querida naturaleza, el mero recuerdo de los bosques de pinos, después de haberlo brevemente olvidado! Vengo a ella como un hombre hambriento a una corteza de pan”; “el interés que tengo en el sol, en la luna, en la mañana, en la tarde, me lleva a la soledad”, son alguna de las citas que se pueden extraer de la lectura de los diarios y que suponen un avance de la teoría, romántica, de Le Breton quien, a su vez, aporta otra conclusión que firmaría su amigo del alma: “Así como la vida ordinaria es a menudo amnésica respecto a las cuestiones fundamentales –excepto cuando se enfrenta a la ausencia, a la enfermedad o a la muerte–, en el camino cada instante nos enfrenta a una continua interrogación basada en asuntos mínimos”. Pero ese amigo puede ser mucho más concluyente que el intelectual francés: “Más allá de vuestras leyes hay una pradera (…) No hay armonía entre un corredor de bolsa y la puesta de sol”.

Solnit, que reúne el romanticismo de uno, la inteligencia del otro, la curiosidad del tercero, la lectura de todos ellos, también defiende que si hay una historia del caminar, tiene que llegar allí donde el ocio está menguando, donde los cuerpos están en el interior de edificios. Caminar es un acto subversivo en este extraño y disparatado mundo, tan yermo y tan prosaico, hecho más para estar de paso que para ser vivido, que dijo Thoreau. El caminante solitario estaría en el mundo, pero aparte de él, es más que espectador, pero menos que participante. Y pone como ejemplo a John Muir, el pionero en considerar que caminar por el paisaje define la virtud de la defensa de la Tierra, que el caminante batalla contra la explotación económica del medio ambiente en nombre del progreso. Ese progreso, esa economía que nos ha transformado a todos en almas con problemas, eso que en la Edad Media se conocía como un alma errante. Le Breton da por supuesto que la cura es inalcanzable en tanto la sociedad exista bajo las premisas con que ahora tenemos que soportar, esas que toleran tan mal el vagabundeo como el silencio. Basta con reconocer el éxito de los televisores en la colonización del espacio familiar para hacer irrebatible este aserto.

“El caminar como una actividad cultural, como un placer, como un viaje o simplemente como un modo de moverse está decayendo y, al decaer, desaparece una relación antigua y profunda entre cuerpo, mundo e imaginación. Quizás se pueda imaginar el caminar como una ‘especie indicadora’, para usar un término propio de la ecología. Una especie indicadora refleja la salud de un ecosistema y su disminución o puesta en peligro puede ser una temprana señal de alerta de que sufre un problema sistémico. Caminar es una especie indicadora de varios tipos de libertades y placeres: tiempo libre, espacio libre y atractivo y cuerpos sin trabas”. Solnit no es optimista respecto al futuro de quien sana, aunque sea levemente, mientras camina. La falta de espacios y tiempos, la desaparición de los instantes reflexivos no planificados que han suscitado pensamientos y ensoñaciones, concluyen en la decadencia del caminar. “Las máquinas se han acelerado y las vidas les han seguido el ritmo”. Si algo caracteriza a la vida contemporánea es una neurosis con acento urbano. Solnit reivindica la lucha por el espacio libre, por la naturaleza e incluso por el espacio público, lo cual supone tanto como hacer apología de la insurrección. Una lucha que carece de sentido si no va acompañada de la lucha por el tiempo de ocio para recorrer dicho espacio. “De otro modo, la imaginación individual será allanada para montar en su planicie cadenas de tiendas que sacien el apetito consumista, agiten la delincuencia y provoquen las famosas crisis”.