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miércoles, 24 de enero de 2018

VIDAS A LA INTEMPERIE



Nostalgia del mundo campesino

‘Vidas a la intemperie’ es un trabajo de periodismo, de sociología y de literatura en el que Marc Badal defiende la bondad de la idea del campesino tradicional, sin otra intención que la de denunciar y lamentar que “hemos cambiado un mundo sin paisajes por unos paisajes sin mundo”.


Desde Kropotkin y el modelo soviético, desde Goethe a John Berger, pasando por Vassili Grossman, y sobre todo tras tiempo para la reflexión no solo después de las lecturas, Marc Badal (Barcelona, 1976) construye un libro sobre la vida del campesinado sin otro guion que reflejar lo que queda de las ruinas del campo. Badal parte del principio de horfandad: somos huérfanos de un mundo al que echamos de menos sin ni siquiera habernos dado cuenta de su desaparición...

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miércoles, 13 de diciembre de 2017

CUBA EN EL CORAZÓN

Hasta los días de mi vida
Un comentario sobre el libro Cuba en el corazón, de Manuel Talens


Por Ricardo Martínez Llorca


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Que la imparcialidad es un mito burgués no es sólo una afirmación que esgrima el propio Manuel Talens para justificar el tono de este libro, se trata, además, de una certeza que le ha venido acompañando desde que comenzó su obra literaria, una valoración que ha plasmado en todos sus libros hasta alcanzar su máxima cota en esa novela militante titulada La cinta de Moebius, una obra que pretende despertar al lector, recordarle que tanto los Reyes Magos como El Ratoncito Pérez son los padres, aunque los padres no terminen de creérselo.
En esa línea está este ensayo, cuyo título obedece al mismo impulso que le empujó a escribirlo, esas razones del corazón que la razón no entiende. Ni falta que hace. De ahí esa pasión que no oculta, pero que, como el gran escritor que es, la contiene con un estilo limpio, el mismo que ha ido depurando a lo largo de su obra, en el que las frases nos resultan transparentes, pues considera que nada resulta más digno que elaborar un texto intelectual que pueda ser comprendido por todos.
Este ensayo se compone de siete capítulos, dedicados a la serie de siete DVD reunidos bajo el título Cuba: caminos de la revolución, preparados por el Instituto Cubano del Arte e Industria. Cada capítulo contiene una descripción y una valoración de un documental y de sus extras. Aparentemente, el lector se encontrará con unos textos a mitad de camino de la divulgación y la crítica narrativa, pues, a fin de cuentas, la diégesis de un documental también debe funcionar como artefacto narrativo, algo de lo que es muy consciente Manuel Talens en sus comentarios. Y aquí podría terminarse la glosa acerca de la obra, de no ser porque las virtudes de Talens como escritor rezuman de las páginas al resultarle inevitable expresar su compromiso con la literatura, que en su caso no sustituye a la vida, pues, parece considerar, vienen a ser lo mismo.
De ahí que en el primer capítulo, el dedicado a la figura de Che Guevara, detrás de los pormenores y parabienes que destaca en los documentales sobre el personaje, esté algo tan humano como el lamento por no haber conocido a la persona, por no haber trasnochado junto a él o viajado por la misma carretera, ni haber contemplado juntos una puesta de sol mientras liabas el último cigarrillo del día.
En el comentario sobre el documental titulado Antes del 59, en el que se maldice la desfachatez de los gobernantes de Estados Unidos, su demagogia, su ambición y su incultura, sobrevuela la sensación de que la Revolución ha sido el resquicio abierto por el que entra la balsámica brisa de aire fresco. Parecido planteamiento subyace en la interpretación de Los 4 años que estremecieron al mundo, si bien en este caso lo que se pretende transmitir no es la sensación de un alivio, sino la de la fortaleza, el valor de enfrentarse con reformas sociales, agrarias o educativas a la política militar del agresor, de un enemigo que es Goliat armado con la honda de David.
Por el contrario, al hablar sobre Una isla en la corriente, el apartado en el que se trata el asunto de los balseros y la emigración hacia Estados Unidos, Talens se dedica a reivindicar el pensamiento activo, algo que no es muy distinto de la inteligencia; sin recurrir a medios de información alternativos, limitándose a estudiar los mensajes de propaganda, una mente crítica percibe que los mensajes que nos transmiten no se sostienen, que pretenden engañarnos por el burdo sistema del bombardeo, pues es imposible ser hospitalario con las puertas cerradas.
A continuación se revisa la relación que la Revolución ha tenido con la cultura, el arte y sus agentes, analizando el documental Entre el arte y la cultura, y, sin rabia, Talens maldice la visión burguesa del arte por el arte, la que no deja el poso humano en la condición del hombre, y todo el mundo es hombre, todos los que configuran el pueblo son humanos y poseen espíritu.
Antes de terminar el libro con una apología de la figura de Fidel Castro, el hombre que pese a dirigir un país sabe que el mundo es uno y para salvarlo hay que concebirlo como tal, Talens se detiene en las estrategias solidarias del régimen cubano, incitando al pensamiento del lector a comparar esas fórmulas geopolíticas humanitarias con la labor de nuestros gobiernos y tantas ONGs que existen únicamente para que algunos comisionistas reciban dinero.
Este libro nos reconcilia, definitivamente, con la utopía, con esa idea que tanta gente da por muerta porque ignoran que no es que sea imposible, sino que alguien se empeña en trabarla, en partirle las piernas. Y ya está bien, coño.

Cuba en el corazón
Manuel Talens
Alcalá Grupo Editorial
130 páginas



Fuente: Rebelión.org

lunes, 11 de diciembre de 2017

CINEASTA BLANCO

Cineasta blanco, corazón negro. 
Aventuras y desventuras cinematográficas del continente africano.
Jesús Lens
Ultramarina
Granada, 2013
569 páginas


Viajar con el corazón

Resulta imposible atravesar todas las experiencias. De ahí que se nos haya dado la capacidad de vivir a través de los otros. Reconocer los sentimientos de los demás es empatía. Sentirlos con la intensidad con que los otros los sienten, es compasión. Esta es la explicación que nos ha llevado a cultivar la pasión durante las escenas que pasaban ante nuestros ojos en programas como Al filo de lo imposible. Por no hablar de otras series documentales como las maravillosas Planeta humano o Tierra. Este es el argumento que podría justificar el cine erótico, e incluso el pornográfico si hubiera alguna cualidad estética en él. Porque en el cine erótico uno puede creerse enamorado, algo que no ocurre frente a la pornografía. Y enamorarse genera intensidad de sentimientos, sobre todo de buenos sentimientos. Uno puede enamorarse de una persona, que tal vez sea la forma más sabia de encauzar el amor, pero también de las montañas, de las puestas de sol, de los deportes de naturaleza, de la euforia de la amistad, del oro que baña la piel del melocotón o de la mirada que te devuelven los seres a quienes salvas, aunque sólo sea para que vivan un minuto más. Y también puede enamorarse del cine.
Lo contrario a la dicha del enamorado, puede ser la avaricia o la ambición, la violencia o incluso la inteligencia más epidérmica. Puede ser el asesinato y puede ser la envidia. Como la envidia que se gesta entre el hombre sedentario incapaz de comprender al hombre de acción. Al ver a un par de tipos ascendiendo por las Torres del Trango, uno puede tacharlos de locos o desear ponerse en su piel. A uno le gustaría haber abandonado su hogar para acompañar al Doctor Livingstone, o puede opinar que el misionero británico hubiera estado más a gusto en la mecedora junto al fuego. Se puede desear repetir la ruta de Marco Polo o creer que no hay necesidad de pasar hambre y sueño. Cabe admirar al que recorre América en canal, montado en bicicleta, o preferir no enterarse de que existe esa versión tan apasionada de la existencia, defendiendo a capa y espada la vida de asfalto. La pregunta a que llegamos, tras reflexionar sobre la elección de vida que uno hace, es ¿por qué se considera la vida de acción más intensa que la vida contemplativa?

Afortunadamente, el cine ha venido para enseñarnos que el uso de la compasión no beneficia únicamente a los demás. Cuando vemos una película, los sentimientos que baten dentro de nosotros son tan intensos como los que tendríamos en caso de ser los protagonistas. La contemplación pasa a poseer la potencia de la acción. Y es esta cualidad, la que nos hace reconocer dentro de nosotros buenos sentimientos buenos, como si estuviéramos enamorados, la que hace de obras como El hombre que mató a Liberty Vallance una obra maestra, y reduce a directores como Tarantino al grado de virtuosos energéticos. Ver una película es viajar. Y de todos los continentes, el más romántico y el más peligroso, es África. Jesús Lens ha viajado por África a través de las películas que en él se han rodado. El recorrido nos lleva desde el realismo documental de 14 kilómetros, de Gerardo Herrero, en un viaje hacia el sur, hasta Distrito 9, la obra de ciencia ficción que dirigió Neill Blomkamp. Por el camino quedan clásicos como Casablanca o Memorias de África, documentales tan imprescindibles como La pesadilla de Darwin y obras casi marginales, al estilo de El último tren a Katanga. De todas ellas nos va hablando Jesús Lens con el acierto que es entregarse a la divulgación. Pero con algunos errores que cabría corregir con facilidad, como esa costumbre de relatar los finales. O los lugares comunes a los que recurre en las escasas ocasiones en que entra en análisis crítico, limitándose a unos pocos adjetivos, cuando cabría más cancha al razonamiento, aunque esta pega bien puede ser orgullo de lector. El grueso del  libro lo componen largas sinopsis de las películas, algunas no muy necesarias, dado que casi todo el mundo ha podido verlas en más de una ocasión. Hay alguna intervención directa del autor, reseñando parte de sus viajes o citándose a sí mismo, y alguna intromisión de carácter entre periodístico e histórico, que resultan las más acertadas. Y luego están esas anécdotas de los rodajes, a las que, tal vez, se podría haber sacado más partido, pero que poseen encanto para los amantes del cine. Cineasta blanco, corazón negro, es un libro lleno de buenas intenciones. Algo que puede ser insuficiente, pero que resulta conveniente poseer para gestionar en condiciones la compasión.

Fuente: La línea del horizonte

jueves, 23 de noviembre de 2017

ZONA TEMPLADA

Zona templada
Jonathan Frazen
Traducción de Jaime Zulaika
Seix Barral
Barcelona, 2005
53 páginas
16 euros

La seriedad de una tira cómica

Hace varios años, pude leer el ensayo de Umberto Eco, En defensa del esquema iterativo, en el que un semiólogo analizaba qué resultaba atractivo, qué valores comunicativos particulares presentaba y cuáles eran las virtudes -en la correspondencia social- de las tiras cómicas. Eco utilizaba, a modo de ejemplo, la serie Peanuts, de Charles Schultz, famosa por sus protagonistas: Charlie Brown y el perro Snoopy. Se trataba de unas pocas páginas que más bien parecían escritas por un intelectual juvenil, que pretendía ver restos de contracultura, de resistencia o de denuncia en este tipo de humor, que con tanta frecuencia representa la cara más seria de los periódicos, o al menos la reflexión más profunda. Más tarde, el propio Eco, convertido en editor, traería a Europa a Mafalda, y unos años después nacería la que, tal vez, sea la obra maestra del género, la única que Frazen hubiera antepuesto, en su infancia, a la serie Peanuts: Calvin y Hobbes.
Pues Frazen en poco más de cuarenta páginas, nos habla sobre la importancia que puede tener en su crecimiento, es decir, en la construcción de su ser, un cómic. Y para ello apuesta por un género extraño: el ensayo autobiográfico. Esta paradoja la resuelve con muchísimo estilo, con el de aquel que demuestra que no existe diferencia entre lo que se dice y cómo se dice. Y así, sin rencor, Frazen comienza exponiendo los fundamentos de su tesis, que serán los objetos de su estudio: él mismo y su familia, compuesta por padre, madre, y dos hermanos que le superan en diez años lo cual le convierte en algo así como el hijo único de una familia con cuatro adultos. Por otra parte, asiste, sin defensas, a una época de cambios sociales, la de los sesenta, en la que los hijos se rebelan contra la sociedad y sobre todo contra sus padres. Esta sutil soledad y la tormenta a que está sometido su entorno, le llevan a identificarse con unos seres que todo el mundo amaba, que no existían sino en el imaginario mediático, y en los que encuentra un refugio porque reconoce, en sus comentarios, los asuntos realmente importantes en esta vida: “La perfecta estupidez de cosas como éstas, su cariz indescifrable, al estilo de las paradojas budistas, me extasiaban incluso a los diez años”. A través de la vida de Schultz, de la soledad de Charlie Brown –que es proyección de la de su autor-, o de los relatos sobre su padre y sus hermanos, Frazen busca explicarse. Parece que pretendiera saldar deudas con su pasado, sin que termine de encontrar un anclaje que explique nada: “Quería que todos mis familiares se llevasen bien y que nada cambiara; pero de repente, después de que Tom se hubiera marchado, fue como si los cinco mirásemos alrededor y, al preguntarnos por qué teníamos que pasar el tiempo juntos, no encontrásemos muchas respuestas”. Lo único sólido, en su recuerdo es la sonrisa de los dibujos, y lo único explicable es lo que se deduce del análisis narrativo, gráfico y comunicativo que él hace de algo que supuestamente es un género menor. A no ser que nos atengamos a la grandeza que suponía sus momentos de lectura en nuestra infancia para descatalogar a las tiras cómicas como algo menor: “Cuando notas que sonríes, te imaginas un dibujo de sonrisa, no todo el conjunto de piel, nariz y pelo. Son precisamente la simplicidad y la universalidad de las caras de cómic, la ausencia de detalles “ajenos”, las que nos invitan a amarlas como a nosotros mismos”.
Y cuando uno cierra el libro, se da cuenta de que en realidad ha leído una meditación sobre la culpa, sobre sentirse culpable por causas no definidas, y sobre el perdón, sobre qué cabe perdonar, cuándo y cómo perdonar lo imperdonable, incluyendo la vida que nos dieron nuestros padres. Un libro estupendo.


Fuente: Tribuna/Culturas

martes, 14 de noviembre de 2017

SOBRE LO AZUL

Sobre lo azul

William h. Gass

Traducción de Ce Santiago
La Navaja Suiza
Madrid, 2017
146 páginas

El libro apenas daría para unos ochenta folios, a doble espacio, tipo arial de 14 puntos, con márgenes de 2,5 centímetros. Aun así, es un libro ambicioso que, para darnos con un canto en los dientes, consigue lo que se propone. Dentro de Sobre lo azul está todo un universo que se llama William H. Gass. Los límites de la traducción nos hacen perder una buena parte de la propuesta, dado que el sonido blue se impone. Como se imponen las primeras asociaciones que el azul traía a la mente de un americano de clase media que se tumbara en el diván vienés en los años setenta. Blue o “blú”, nos reclama por su significante, por su facilidad para armar una rima, al contrario que el azul de nuestro idioma. Pero Gass se salta todo el academicismo por los aires, derribando lo de fondo y forma: “la palabra y la condición, el color y el acto, se las ingenian para contenerse el uno al otro, como si la botella del genio fuese su propio vientre”. Una vez reventada la convención lingüística, el libro puede extenderse como una ameba, como un ser amorfo que va surgiendo y encajando a medida que se expande el espacio y el conocimiento.
Para Gass, azul se impone casi en cualquier contexto, emergencia, dato, conversación, imagen, cultura. Sería algo así como la letra “a” de nuestro alfabeto en el global del mundo. Azul, o blue, es también el sexo. Acostumbrados a pensar en la tristeza o en el cielo, la sangre en las venas, que retorna sin oxígeno, como tras hacer el amor, o los dibujos de Matisse, dictan que el sexo es azul. O lo es Gass, como lo es en la conversación, en la emergencia, en el contexto… Las violaciones, a juicio de Gass, son azules. Porque la parte roja es la obscenidad, lo evidente, lo prolijo, lo efectista. La violación, la parte dura de la violación sucede en la elipsis del relato. Si la elipsis es azul, es porque todo tabú tiene ese color. En cualquier caso, para que la violencia sexual sea azul, hemos debido saltar la distancia que separa el deseo de la carne, que es roja. Ese salto es azul.
Pero no todo en este ensayo es sexo. Gass se centra en lo social, en el amor a las palabras sucias, que deberíamos multiplicar y darnos cuenta de que sin ellas careceríamos de conceptos, de más cultura, de una igualdad social. Porque las palabras sucias, azules, son las de la clase baja. Y son igual de concepto que cualquier vocablo cursi o de buena educación. Enriquecen hasta la poesía si nos atrevemos a utilizarlos en la misma. Y Gass aboga por su divulgación en un ensayo que va y viene, que se rige por el oído, que reinventa la música de la prosa y el verso, lleno de citas poéticas, de adoración por la literatura. Hasta que, finalmente, se centra para estructurar la subjetividad del azul. Su polisemia abarca todas las ciencias: la etnología, la entomología, la mitología, la escatología -incluida la gástrica-, la pintura, la magia, la literatura y la filosofía, desde los clásicos griegos hasta los oftalmólogos. Gass se define en el ensayo, pero define también la naturaleza humana: somos teorías traicionando a otras teorías. Una maravilla.

Fuente: Culturamas

viernes, 10 de noviembre de 2017

TODO EL PASADO POR DELANTE

Todo el pasado por delante

Santiago Alba Rico
La Catarata
Madrid, 2017
223 páginas

Tiempo sin relojes, relojes de sombra, impuntualidades. Esos son los tres epígrafes bajo los que se distribuyen los textos recopilados en este volumen de algo que uno llamaría ensayos, sino tuviera miedo a ofender la humildad de Santiago Alba Rico. No son epígrafes casuales. Para Alba Rico, mencionar el tiempo no es mencionar los relojes. Es mencionar la puntualidad de los mercados financieros o la impuntualidad de la primavera. Porque el tiempo no es una dimensión y no afecta a nuestra vida como lo hacen las distancias, los metros, los kilómetros o su eliminación a través de un beso. Los ensayos (otra vez caemos en el error, pero algún género debemos atribuirle) se han recopilado de Cuarto poder, CTXT, Bostezo o Atlántica XXII. Es decir, aparentan tener un perfil político. Pero Alba Rico no entiende la política como los demás seres. Alba Rico se remite al ágora griega, donde los ciudadanos se reunían para debatir y tomar las mejores decisiones para la Polis. Alba Rico cree que allí donde los partidos políticos, que son unos ejecutores del mercado financiero, no hacen otra cosa que bloquear las iniciativas, debe imponerse la sociedad civil. Lo ideal, que tropieza, por otra parte, con la condición humana, sería que la sociedad civil funcionara al margen de las finanzas. A las finanzas las define el tiempo: cuanto más corto, mejor. A la sociedad civil su ausencia: lo que importa es que llegue la primavera, mientras tanto nosotros debemos trabajar la paciencia y seguir combatiendo contra el invierno.
Pero estos ensayos (maldición, ¿por qué no existe otra palabra?) no son meras reivindicaciones y propuestas. En sus ensayos Alba Rico reniega del género para integrarlos todos en una sola frase. Es un ensayista conservador en lo tocante a la naturaleza, por ejemplo, algo que refleja con poesía, la misma que dedica a la adolescencia. Las flores y dos jóvenes besándose entre los coches son suficiente como para promocionar el optimismo poético. Y Alba Rico encuentra cientos de ejemplos en su cabeza y en las estampas de la realidad. A la par que odia, sí, odia, pero no lo expresa con la maldad propia de los voceros de los medios de comunicación, a quienes siguen promoviendo la destrucción del planeta. Esa destrucción que se rige por los relojes y los calendarios: las decisiones del tupé del presidente de los Estados Unidos o de las empresas petrolíferas.
¿En qué consiste, en definitiva, la parte que no es denuncia del proyecto político o literario, porque nadie escribe tan bien como Alba Rico en este país? Básicamente, en la deconstrucción ladrillo a ladrillo. Ninguna de nuestras acciones, ni siquiera las brutales, mucho menos las brutales, derribarán al imperio transversal que nos gobierna. Solo la proximidad, esa que se acerca tanto a los momentos en que el tiempo del hombre lo regían los ciclos lunares y las estaciones, no la historia y su hermana gemela, que es la mentira, conseguirá que derrotemos al imperio de las finanzas entre nosotros y nuestros amigos. Todo el pasado por delante continúa con el espíritu que ya reflejó su anterior recopilación de ensayos, Penúltimos días, y que también reseñamos aquí. Repetimos, porque nunca sobra recordar las buenas ideas, nuestra impresión de estas pequeñas hazañas literarias de Alba Rico. El día que apague su voz, lástima, nadie vendrá a sustituirle. Por eso debemos seguir escuchando.

Reseña de Penúltimos días (La Catarata)

El mundo es bipolar: por un lado están las bombas con punta en forma de ojiva que viajan en drones, y por el otro los roces de la piel, el de los amantes, el de los padres, el de los amigos. El tercer polo lo marcaría eso que se conoce como mercado, una palabra neutra que si representamos en términos humanos nos llevaría a mercaderes. No hay mercado sin mercaderes. Y cuando uno oye de nuevo esta palabra lo primero que le viene a la cabeza es esa imagen de un Jesucristo colérico, por única vez en su vida imitando al padre que habíamos conocido en el antiguo testamento, expulsando a latigazos a los dueños del mercado del templo de la oración, donde solo debería caber el amor universal. Mercancías, máquinas y hombres. Sobre los efectos del capitalismo, son los subtítulos que lleva este volumen que recoge ensayos, artículos, fugaces ideas y sentimientos de Santiago Alba Rico (Madrid, 1960), el mejor escritor –sí, han leído bien, el mejor escritor- de nuestro país, ahora afincado en el norte de África.
Alba Rico, conocido por su faceta juvenil como guionista de La bola de cristal, escruta con algo que uno llamaría alma, por no encontrar una palabra más adecuada, las paradojas de la economía capitalista, su efecto sobre los cuerpos y la relación entre los vivos y entre los vivos y los muertos. Si existe la posibilidad de que se desarrolle un ensayo lírico, de que la filosofía, tal y como expresaba Montaigne, sea un género de la poesía, Alba Rico es la única persona capaz de ponernos en paz con esa lectura. Sus argumentos son irrebatibles porque no son razonamientos lógicos, porque obedecen a esas ideas que uno concibe con todas las células del cuerpo, no sol con las del cerebro: “¿Cómo superar un duelo? La casa Roche te vende una pastilla”, afirma cuando lamenta el daño que ha sufrido la memoria colectiva, la que nos enseñaba, por ejemplo, como superar un duelo persona a persona y no en un tiempo uniforme.
Reivindicando una y otra vez la empatía, la compasión –que es la empatía que sentimos con todo el cuerpo, no solo con la lógica-, sostiene que para representarnos el dolor ajeno hace falta imaginación. Algo que no deja de ser parte de su ideario, la imaginación. “Sin imaginación (…) todo es fantasía; y la fantasía asegura los beneficios de Monsanto, la BP y el Banco de Santander”. Para finalmente determinar el extrañamiento que le produce el mundo: “Lo raro –qué raro- es que a la fantasía destructiva del mercado la llamen realismo y a la preocupación por nuestros amigo y sus hijos la llamen utopía”. El que sea capaz de contradecir esa mirada, que venga y lo resuma con la capacidad de síntesis que posee Alba Rico. Como en el ensayo donde defiende que las cosas ocurren en un espacio indeterminado que está lejos pero se adueña de nuestra aura, poniendo a internet como exponente máximo de tal condición: “las verdaderas antípodas, las antípodas de “todo”, son más bien mis vecinos, mis flores y mi cocina. ¿Dónde ocurren las cosas? En todos los lugares del mundo menos aquí, en todos los instantes futuros menos ahora”.
Pero al contrario que Sánchez Ferlosio, por poner un ejemplo de otro gran pensador, en Alba Rico siempre cabe lugar al optimismo: “los seres humanos, criaturas siamesas, tienen un pie en el barro, al que están irremediablemente encadenados, pero otro en las estrellas, desde donde pueden contemplar la inhumanidad de su situación y excogitar soluciones colectivas para cambiarlas”. La razón de que nos veamos abocados a esa bondad que viene de las estrellas la expresa unas líneas más abajo: “¿Tendremos que dejar de inventar caricias porque es más antigua y natural la violación?”. Ahí va la explosión en plena tabla de náufrago, quitándonosla de las manos para que no nos quede más remedio que nadar hasta la orilla con nuestras propias fuerzas. De ese calado es este libro que refleja un pensamiento coherente, poético, lleno de ilusión y de denuncia, contra los efectos de un capitalismo que ha teñido la cara del planeta por el que viajamos: “El capitalismo nos prohíbe todos los lujos. Nada de lujos. Solo lo estrictamente necesario: el derroche, el incendio, la destrucción, la muerte”. Santiago Alba Rico se está convirtiendo en un autor necesario para convertir la supervivencia en vida.

Fuente: Culturamas

miércoles, 8 de noviembre de 2017

EL MUNDO DESPUÉS DE IRAQ

El mundo después de Iraq

Noam Chomsky

Varios traductores
Txalaparta
Pamplona, 2004
320 páginas
18 euros

¿Qué figura en el orden del día?


“No es preciso que nos dirijamos resueltamente a la catástrofe, tan sólo porque figure en el orden del día”. Así termina el libro, como casi todos los artículos y entrevista que desde hace años prodiga Noam Chomsky, la voz de la conciencia más importante de nuestro mundo (tomando por concepto de conciencia la voz de quien se pone de parte de los que sufren), con un alarde de optimismo que sólo es contestado con el uso despectivo de la voz utopía por los que abusan de la retórica infantil. El mundo después de Iraq es una recopilación de textos de variado pelaje, desde entrevistas a artículos ampliados, desde conferencias a foros de internet, mayormente producidos en los momentos anteriores a la guerra de Iraq, entre el año 2000 y el 2003. Con la contundencia de siempre, Chomsky nos recuerda una y otra vez las razones por las que merece la pena embarcarse en el activismo político: las dimensiones del terrorismo aumentadas cuanto más poderoso es el que lo practica, siendo el paradigma el perpetrado por los Estados Unidos; la lucha contra los instrumentos de propaganda y la participación mediática en la colonización de las mentes; los cambios de dirección en las estrategias de política mundial en función del único interés del beneficio inmediato, amparadas en represalias y mentiras que infunden pánico en la población; la impunidad con que asesinan a poblaciones inocentes los amos del mundo con una amplia gama de recursos, desde el bombardeo hasta el estrangulamiento por sanciones; el sistema de apoyo a corporaciones privadas a través de tecnología armamentística y la socialización del gasto en tanto que se privatizan los beneficios; el apoyo a regímenes brutales negando evidencias y abogando por el derecho a actuar unilateralmente por parte del estado más poderoso de la tierra, y su negativa a dejar de participar en el terror, es decir, que justifican la producción y mantenimiento del terror mundial, afirmando que la única solución posible es el exterminio (toda una paradoja). Y un largo etcétera que agotaría el final de estas líneas antes de que cumplieran su cometido.
Como siempre, las hipótesis de Chomsky se encuentran perfectamente documentadas, recurriendo a información aparecida en toda clase de medios, incluyendo los independientes (resulta inconcebible cómo puede llegar a amasar tanta información, a no ser que confiemos en su categoría como recopilador de la que consiguen los batallones de luchadores sociales del orbe) y documentos desclasificados, sin renunciar a la presentada por los medios más reaccionarios que creen estar elogiando a los economistas y políticos neoliberales a la hora de describir sus actuaciones. En alguna de las ocasiones, da respuesta a la confusión terminológica que han prodigado los que deciden el destino del mundo, llegando a negarse a responder a cuestiones que incluyen términos como globalización o antiamericanismo, hasta que la pregunta se formule correctamente, y debatiendo, con énfasis sobre ideas como terrorismo y contraterrorismo, siempre apoyándose en ejemplos de la historia más reciente, la del siglo pasado. Cabe destacar sus idearios anarquistas, justificados en el hecho, bien explicado, de que los estados no son agentes morales, sino sistemas de poder que responden a la distribución interna de poder, generados artificialmente y casi siempre como consecuencia de episodios bélicos. Aunque reconoce que ahora no es el momento para derribar estados. Chomsky, al igual que Eduardo Galeano, Arundathi Roy o Naomi Klein, pretende evitar que caigamos en la depresión con su lectura, pues la depresión es la madre de la pasividad. Busca nuestra intervención, que bien podría comenzar por leer y divulgar libros como éste.


Fuente: Tribuna/Culturas

LA REINA DEL AIRE

La reina del aire

Los mitos griegos de la nube y la tormenta

John Ruskin

Traducción de Alba Esteva y Javier Alcoliza
Pepitas de calabaza
Logroño, 2017
192 páginas

El propósito de ser sublime sin interrupción, ha convertido a muchos autores en una caricatura. Ser sublime sin interrupción, al menos en cuanto a autor, es algo que a muy pocos les sale por naturaleza, como un árbol que solo diera manzanas de oro. Tal vez en la vida de John Ruskin (1819 – 1900) haya más manchas negras que en una novela de piratas, pero en su obra, sin que apenas él se dé cuenta, la filosofía es poesía y la poesía filosofía. Es sublime sin interrupción. De ahí que, si uno se dedica a leer su obra durante varias horas seguidas, salga con el estilo de vida cambiado, anacrónico y mejor. Sus reflexiones sobre el paisaje o el arte han sido divulgadas en cientos de ediciones, pero en lo que se refiere a los mitos griegos, su presencia no ha sido tan frecuente. Al menos como eje central. Porque sí aparecen constantemente en su erudición sin alardes, porque Ruskin es consciente de dónde venimos y sabe la importancia de recordarlo. En este caso, por doble partida. Por un lado, Atenea, la diosa de todo lo hermoso en la Grecia clásica, y por otro Jerusalén, el lugar desde el que surge nuestra cultura, al menos en lo tocante al condicionamiento moral. Por un lado, una cultura sin escrituras sagradas y con millones de relatos a la luz de la lumbre, y por otro una escrituras sagradas que Ruskin ve más afectadas por la poesía que por otro género literario que pudiera comprometerle. La poesía, a mayores, es más universal.
Atenea es la diosa del aire y del fuego, que se alimenta de aire. Y el fuego, a su vez, da calor al corazón, es la energía de la vida. El ejemplo que saca Ruskin a colación es la floración de las plantas. Por un lado Homero y las historias que se refieren a lo concreto, y por otro una cultura que nos dicta a qué debemos aferrarnos y que, desde el Nuevo Testamento, posee cierta dicha que comulga con el resto de la buena parte de las religiones. Por un lado los héroes, que representan ideales vivos, y por otro imágenes corpóreas, que reflejan influencias espirituales. Para Ruskin, cambian los símbolos, no las ideas.
Por ejemplo, la prudencia, la justicia y la templanza serán las tres cualidades de Atenea. El cristianismo traduce esas leyendas a otra escala, más humana, más próxima en lo formal. Pero en ambas culturas, nada es más fuerte que el aire. Los ejemplos a ese efecto se multiplican. Y nada es más bello que la música de la flauta, excepto los cantos de los animales, que también se producen por la circulación del aire. Y es que Ruskin sostiene que la naturaleza es bella incluso cuando provoca algo que nos aterre, como las serpientes. Y será de esta tierra, de la que nos regala la naturaleza de la que esperemos el descanso, pues tanto los griegos de la edad dorada como los cristianos más sinceros, no esperan otra recompensa del cielo que el honor, y de la tierra el descanso. Ruskin no se olvidará de los estudios de historia natural, entonces una ciencia de hipótesis en la que cabían las leyendas, para sostener sus afirmaciones, pero también los representará como mitos. La propia serpiente, en tanto que mito, mide la relación con el pecado, el remordimiento o la aflicción.
La propia serpiente forma parte de Atenea, no solo en la cabeza de la Gorgona que luce en su manto, sino que de ella recibe vida y salud a través del aire del que la diosa es dueña. Y así, la reseña podría continuar hasta extenderse tanto como el libro. Pero este no es nuestro objetivo. Nosotros pretendemos que la gente se aficione a leer a Ruskin, a la lectura sublime que no nos viene mal interrumpir de vez en cuando, porque su continuidad es de las que nos tientan a ser mejores personas.

Fuente: Culturamas

sábado, 4 de noviembre de 2017

APUNTES SOBRE EL SUICIDIO

Apuntes sobre el suicidio
Simon Critchley
Traducción de Albert Fuentes
Alpha Decay
Barcelona, 2016
110 páginas

“Navegar es necesario, vivir no es necesario”



Para la mayoría de las personas, cínicos de barra de bar, no hay problema que no se solucione con una doble ración de whiskey. Engreídos, ante cualquier circunstancia tienden a alzar los hombros indicando que con dejar que pase el tiempo lo que sea que se haya torcido volverá a su cauce. Pero cualquiera con medio dedo de frente dudaría antes de certificar que el whiskey es razón suficiente para justificar una vida. Aunque tal vez no baste el whiskey, sí sobrarán pequeños milagros cotidianos, desde el aroma de canela y las fresas con nata al beso de un niño o el sol de invierno, o el mar y las olas. Esa es la conclusión a la que llega Simon Critchley (Nueva York, 1960) en este breve ensayo que cabe colocar en la estantería junto a los mejores apuntes sobre el suicidio, a saber: El mito de Sísifo, Levantar la mano sobre uno mismo o algunos aforismos de Cioran que acompañarán a Camus y a Jean Améry. Y para llegar a esa conclusión, lo primero que hace, su decisión más significativa, es aislarse en una casa con vistas al océano para escribir este libro. El libro es una experiencia circular que va de lo vivido a lo vivido.
Aunque la mayor parte del aparato lógico es conceptual. Critchley comienza enunciando las ciencias que han influido en nuestra relación con el suicidio –la moral, la psiquiatría, la lingüística, la sociología- y sus expectativas personales antes de comenzar la investigación. Estas tienen que ver con los límites de lo que uno puede soportar, unos límites que debemos comprender de manera empática, compasiva, recurriendo a la introspección. Pues en los asuntos que conciernen a la muerte no tiene más valor el parecer de un catedrático que el de los labradores. Al fin y al cabo, nada hay más universal. Eso sugiere antes de hacer que resuenen las fuentes religiosas, monoteístas, que maldicen la muerte voluntaria. Critchley comienza aquí un juego de paradojas, aporías y razonamientos sobre la soberanía y la libertad, el amor y la donación, exponiendo contradicciones en un juego intelectual de un profundo ingenio. Baste como ejemplo el que él expone: el mismo Jesucristo eligió la muerte y es la figura más importante de una de las religiones con más seguidores.
Pero no existen únicamente argumentos religiosos. Critchley da un buen repaso a ese ser compartido que es cada una de nuestras existencias, valorando que cada relación humana es una libertad, no una atadura. Por tanto, lo que tenga que ver con el derecho a la vida concierne a la comunidad, que sustituye a Dios en este capítulo. Critchley llega a preguntarse si la comunidad llegaría, en algún caso, a tener derecho a decidir sobre la vida de cada uno de los que la componen.
Y así llega a la parte más interesante, por ser la más propia, la más original, que consiste en reflexionar sobre el suicidio a partir de las notas de suicidio. Sin concluir nada con certeza, expone cómo conviven en la muerte la depresión y el exhibicionismo, en frases que magnifican la autocompasión o la superioridad moral o la venganza. Aunque escasos, da cuenta de testimonios de lucidez. Aunque sólo fuera por descubrir dichos testimonios merece la pena leer este libro sobre esas sensaciones que acompañan a los suicidas y que no se fabrican fuera del corazón humano. Lo cual lleva a la intuición de que es el suicidio lo que nos distingue de lo no humano: a su juicio, además del terror hay en el suicidio “una belleza extrañamente compulsiva”. Hay que ser muy valiente para adjetivar así esa grave realidad. Hay que ser un maestro, un artista de las depresiones, un perito de la condición humana.


Fuente: Quimera

jueves, 2 de noviembre de 2017

LA CIUDAD SOLITARIA

Partiendo de su experiencia a la hora de adaptarse a Nueva York, Olivia Laing escribe ‘La ciudad solitaria’, un ensayo sobre los recursos de algunos artistas para sobrevivir a la soledad. Un libro necesariamente trágico, que Laing narra con el tono exacto para impactar sin herir.

“La soledad es personal y es también política”. Entendemos que política, aquí, está reflejando su significado más depurado: la polis, la ciudad, su gobierno y nuestra intervención en ella.

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MARCA DE AGUA

Marca de agua

Joseph Brodsky

Traducción de Menchu Gutiérrez
Siruela, 2005
92 páginas
15 euros

El arte de mirar


He aquí noventa páginas en las que se fusionan todos los géneros; Marca de agua es un dietario y un libro de poesía, una serie de cincuenta y una narraciones con maceración de ensayo, un libro de viajes necesariamente autobiográfico, una obra de memoria personal, un texto con un contenido tan bellamente madurado que cualquier lector percibe que es una obra que se le ha impuesto a Brodsky, no algo que él se propuso escribir. Y así es como cabe explicar el parecer del propio Brodsky, un hombre de origen ruso pero que escribía en inglés, que entendía la literatura como el ente casi eterno que atraviesa el flujo del tiempo representándose en cada escritor, y también da razón a ese pulcro, natural, elaborado y sorprendente lenguaje que representa el estado térmico de su ánimo, de su forma de mirar. Pues de la mirada es de lo que trata este libro. Joseph Brodsky viajó en varias ocasiones, a lo largo de su vida, a Venecia, una ciudad que significa lo más próximo a ciertos ideales para él, como los que se reflejan en el agua y la idea del agua: “el mismo pensamiento tiene estructura de agua”, llega a decir. Y de agua está compuesta la lágrima, la secreción más autónoma del cuerpo, a juicio de Brodsky, y que no por casualidad escapa a través del ojo.
El libro comienza con unos fragmentos de su llegada o sus llegadas a la estación de tren, en los que se presenta la voz del narrador, que será la definición de una forma de mirar que no es ajena a la meditación, y de una parsimonia que nos congracia con el paso del tiempo y la poesía; se trata de un hombre listo para fundirse con la oscuridad, que entiende que el olor de algas heladas es un sentimiento, más aún teniendo en cuenta que la palabra algas en ruso, vodorosli, es maravillosa. Este narrador, observador, sale al aire frío introduciéndose en su propio autorretrato, y con los ojos cerrados contempla un penacho de algas heladas extendidas sobre una roca mojada. De este cariz es la definición que va haciendo de su entrada en Venecia, en la que lo concreto apenas existe, pues incluso en las direcciones en que se mueve prima una idea gestáltica, un concepto global, como se corresponde a “un hombre nervioso por circunstancias propias y ajenas; pero soy observador”. De ahí esa contención, y esos momentos en los que recurre a la reflexión que no pretende alcanzar en fin de una tesis, pero no renuncia a sus gustos y preferencias, a sus prejuicios y criterios que pueden ser tan aleatorios como bellamente tallados en la experiencia de la vida, pues es consciente tanto de sus perfecciones como de sus malformaciones, y, sobre todo, de su condición de hombre corriente. Pues incluso en los instantes en que recurre a la espiritualidad o al humor -exquisito e imprescindible, todo un descubrimiento para el lector- demuestra ser un hombre humilde: no hay nada de adoctrinamiento ni de cinismo en este libro, y sí mucha poesía, por eso “este optimismo se deriva de la neblina, de su parte de oración”.
El propio Brodsky resume así el alma de esta obra maestra: “Sea como fuere, los objetos no hacen preguntas: en la medida en que el elemento existe, su reflejo está garantizado, ya sea en forma de viajero que regresa o en forma de sueño, porque un sueño es la fidelidad del ojo cerrado. Ése es el tipo de confianza de la que carece nuestra especie, aunque seamos en parte agua”.
Se trata de fragmentos nunca superiores a dos páginas y de un libro fino, para leer despacio. Un libro que nadie debería perderse, la obra de un observador hipersensible.


Fuente: Tribuna/Culturas

domingo, 29 de octubre de 2017

SOBRE EL AMOR Y LA MUERTE

Sobre el amor y la muerte
Patrick Süskind
Traducción de Miguel Sáenz
Seix Barral
Barcelona, 2006
69 páginas


El triunfo de Orfeo

En una prodigiosa interpretación del mito de Orfeo, Patrick Süskind rinde cuentas ideológicas acerca del verdadero amor. Espero no estropearle a nadie la lectura de este dulce ensayo al iniciar la reseña comentando el final (si bien no me dispongo a resumirlo), donde se encuentra lo mejor del parecer del escritor germano. Recurriendo a la comparación, una de las más socorridas y mejores estrategias de análisis, contrapone en qué consistía el amor de Orfeo, y que dio lugar a su triunfo y su fracaso, de una pureza muy superior al episodio bíblico cotejado. Y es que éste episodio es el referido a la resurrección de Lázaro, donde Cristo se muestra como un individuo cuyas “manifestaciones están salpicadas de órdenes, amenazas y el reiterante y apodíctico “pero yo os digo”. Así hablan en todos los tiempos los que no aman ni quieren salvar a un solo hombre, sino a toda la Humanidad”. Por el contrario, “la historia de Orfeo nos conmueve hasta hoy porque es la historia de un fracaso. Falló el maravilloso intento de reconciliar los dos poderes de la existencia humana, el amor y la muerte”. Para quien desconozca el mito de Orfeo, cabe mencionar que fue a través de la música, es decir, de la belleza, como consiguió rescatar a Eurídice del reino de los muertos, y que algo que podría interpretarse como vanidad fue lo que provocó un gesto suyo que la devolvió al mundo subterráneo. Sin duda, Süskind toma partido por esta versión del amor de entre todas las que va apuntando, pues el personaje de Orfeo lucha por devolver vida, en tanto que las versiones más románticas del amor, las pasionales, terminan con un suicidio tópico y vacuo, con una muerte voluntaria que no aporta nada a nadie.
Como ya se habrá adivinado, el término amor que utiliza Süskind se refiere tan solo al de contenido erótico. La verdad es que cualquier otra acepción se ha desgastado de tanto utilizarla, y en este caso se utiliza por no encontrar un término que acote mejor el sentido del ensayo. De hecho, en algún momento de la lectura se puede llegar a pensar que resulta una reflexión un tanto anacrónica. Eso sucede en tanto que Süskind menciona a Sócrates, a Stendhal, al Wilde que escribió Salomé, a Novalis, a Goethe, a Wagner, además de algún verso del libreto de La flauta mágica, e incluso, sin saber muy bien cómo, encuentra motivos para mencionar a Baudelaire. A todos ellos los interpreta como buen lector; y como buen habitante del planeta Tierra, también interpreta actos como la última pasión homoerótica de un envejecido Thomas Mann cuyo sexo apenas tiene nada que decir, o la cobardía de un Kleist autocompasivo que se sabe incapaz de suicidarse en solitario. A los episodios históricos añade alguna anécdota de lo cotidiano, de esas de las que uno es espectador inevitable y a las que conviene recibir con el sentido del humor bien engrasado, como hace Süskind.
Partiendo de ese abono, y de calificativos convencionales aplicados al término amor -a saber: importante, misterioso y personal-, sin andar con rodeos a la hora de afrontar su vertiente platónica, sin eludir los tópicos que lo vinculan a experiencias de índole religiosa –de ahí la terminología con que se expresa la gente cuando se refiere al amor- o el lugar común según el cual el auténtico amor se encuentra más cómodo en el campo de lo apolíneo, de la belleza; sin dejar de considerar como atontados a los que practican el amor adolescente (en el sentido más peyorativo del término), reconociendo que el campo de reflexión es el instinto erótico, Süskind no llega a ninguna conclusión nueva, dado que nueva no es la magnífica enseñanza que nos legó el mito de Orfeo, esa que fusiona el amor verdadero con la aceptación de la muerte. Esa que está muy bien recordar de vez en cuando.


Fuente: Tribuna/Culturas

jueves, 19 de octubre de 2017

EL ALMA DE LAS MARIONETAS

El alma de las marionetas
John Gray
Traducción de Carme Camps
Sexto Piso
Madrid, 2015
143 páginas

La libertad es un relato



En un tiempo en que se invoca a dioses creados por la propia imaginación, como aquél que nos libró un día del alcohol, pero nos juntó las cejas, o aquel que gobierna la siembra y la venganza como sinónimo de justicia, o ese otro tan frecuente que se asemeja al olvido, John Gray (Inglaterra, 1948), se atreve a retomar el tema que define al hombre como ser: la libertad. El título de este ensayo, tan deslumbrante como balsámico, no es ninguna casualidad: difícilmente podemos hablar de libertad si alguien mueve nuestros hilos; y difícilmente podemos entender que la sensación de libertad se engendre y eche raíces en otro lugar que no equivalga a lo que podríamos llamar, a falta de otro término menos universal, alma. ¿Sería posible una sensación de libertad en una marioneta que, paradójicamente, al tiempo de no ser dueña de sus movimientos no está sujeta a la tiranía de la gravedad? ¿Sería posible que la libertad fuera una idea y no un sentimiento?  De hecho, de tratarse de un sentimiento, a la fuerza la libertad debería ser interior y erradicarse en otras células que no son únicamente las del cerebro. Deberíamos, pues, aceptar que la libertad más auténtica surge del hecho de ignorar. Una vez ganada esa conciencia, la mente nos proporcionará el resto de lo que necesitemos. Si existiera un tipo de dios, cualquiera, moviendo los hilos, ganaríamos la libertad, a juicio de John Gray, al no pretender ascender a los cielos. Muerta la codicia, la libertad queda a ras de tierra.
A lo largo del ensayo, John Gray se vale de un punto de inflexión clave en la historia del pensamiento, como fue el paso del gnosticismo al cristianismo, para cotejarlo con etapas posteriores de la historia de la ética o con el momento actual, donde el cientifismo sustituye a la devoción por deidades. El otro punto fuerte de sus hipótesis bebe de la literatura, igualando a Kleist con Hobbes, a Philip K. Dick con Sócrates, sin ningún rubor. De hecho, la ciencia ficción sirve a Gray para tratar sobre las versiones subversivas o divergentes del pensamiento dominante, que sigue siendo cristiano, así como a las aproximaciones sobre la dirección moral que está tomando el planeta. ¿Dónde coloca a Dios o al destino esta deriva en la que se pretende crear una humanidad superior con ayuda de la ciencia, dándole un objetivo? En realidad, quienes poseen tal fe son a su vez empujados por la energía sin objeto de la materia que estudian. Son también marionetas. La figura de la marioneta se coteja con frecuencia con el mito de Pigmalión y cualquier otro de los mitos equivalentes de otras culturas, como el Golem. Y con frecuencia la iguala a la de las bestias que carecen de razonamiento, ajenas a la maldición del pensamiento sobre ellas mismas y por tanto más libres que el hombre.

Gray partirá de la convicción de que en el pensamiento moderno la libertad es la relación entre seres humanos, y que ojalá suponga eliminar todo conflicto; decidir cómo vivir, que es propio del hombre, genera inquietud. Esta idea lleva a Gray a estudiar como ejemplo la cultura azteca, en la que la libertad y la violencia eran las dos únicas piezas del puzle de la convivencia, que inevitablemente ser repite. Así mismo, reconoce el frágil derecho al delirio reivindicado por los románticos, y estudia, con cierto desagrado, el modelo matemático de conducta humana que cautivó a los economistas y que ha supuesto, entre otras cosas, exportar la violencia: trasladarla de los países occidentales a los territorios empobrecidos. Merece, y mucho, la pena leer este ensayo despacio, escrito por alguien que busca no la inteligencia, sino la sabiduría. Valgan como ejemplo estas frases previas a sus conclusiones: “La libertad entre los humanos no es un estado humano natural. Lo es la práctica de no interferencia mutua, una rara habilidad que se aprende lentamente y se olvida rápidamente”.

Fuente: Quimera

AQUÍ NOS VEMOS

Aquí nos vemos
John Berger
Traducción de Pilar Vázquez
Alfaguara
Madrid, 2005
217 páginas
15 euros

Donde se encuentra la vida



En la solapa del libro, bajo la foto del maestro (pues de ninguna otra manera cabe calificarlo) John Berger, en el texto biobibliográfico, se le cataloga como uno de los pensadores más influyentes de los últimos cincuenta años. Este comentario, tan lleno de bonhomía, no deja de ser un error, o al menos un tópico que se debería completar, porque el pensamiento de Berger es, sobre todo, el de quien persigue la verdad poética. De ahí que su afinidad con el campesinado no resulte paradójica en alguien que tan bien sabe leer el arte. Y de ahí que sus obras maestras sean los relatos de Una vez en Europa (segundo volumen de la trilogía De sus fatigas) y sus personalísimos análisis de imágenes, y que textos tan dispares reflejen una misma esencia del conocimiento.
Ahora bien, para aquél que todavía desconozca su obra anterior y quiera saber a qué nos estamos refiriendo, no le vendría mal dedicar unas horas a leer este volumen, Aquí nos vemos, tan extraño como soberbio. El libro recoge nueve textos nómadas en los que el pensamiento poético de Berger viaja, a través de una memoria en la que hasta los fallos están delicadamente medidos, hacia la consistencia de lo más espiritual que configura sus días. El libro es una recapitulación sobre lo que ha vivido, una selección del aprendizaje sensual, trayendo al presente lo que compuso eso que uno llamaría alma si no fuera porque este vocablo ha perdido su entereza y, al igual que el sustantivo amor, carece de fortaleza para formar parte de un discurso coherente. De hecho, en ningún momento aparecen palabras de las familias de estos dos términos, ni siquiera cuando encuentra algo que debe ser el fantasma de su madre compartiendo minutos con él mientras pasea Lisboa. Su madre y Lisboa son la primera persona y el primer paisaje elegido de entre los que le formaron. Después vendrá Ginebra y la poesía de Borges, Cracovia marcada por la guerra, el barrio de Islington donde vive su amigo de juventud, Le Pont d’Arc y lo que nos hace menos humanos que los hombres de Cro-Magnon (“En lugar de enfrentarse a los misterios, la cultura de hoy persiste en evadirlos”), el horrible hotel Ritz madrileño, la estepa polaca tan colmada de vida, y un interludio sobre la función sensual de las frutas dentro de la Creación.
Ojala fuera cierto que Berger es uno de los pensadores con mayor influencia en el Mundo, pues a este planeta no le vendría nada mal un poco más de poesía, ideas como esta en la que se refiere a su madre: “Todos los libros tratan del lenguaje, y el lenguaje para mí es inseparable de tu voz”. O esta otra con la que resume la sensación de pasear por una plaza de Cracovia: “Aquí no hay seguridades. Lo más cercano aquí a la certeza son las abuelas”. También está el reconocimiento de la sabiduría en los demás, como hace cuando pone en boca de su amigo de Islington, cuya presencia le lleva a recordar a la muchacha con la que descubrió que el sexo estaba aderezado de una estética dorada, y que resume la senectud: “Desde hace algún tiempo necesito mucha tranquilidad por la mañana para poder enfrentarme a él (el día). Todos los días tienes que decidir ser invencible”. Y no olvida su faceta de estudioso de arte, concluyendo, sobre las pinturas rupestres que visita: “Estas pinturas sobre la roca se hicieron donde ya estaban para que existieran en la oscuridad”.
Aunque todo es imprescindible, lo mejor, sin duda, llega al final junto a la historia de Danka y Mirek, en los parajes de la Europa del este donde las cosas suceden de forma tan distinta y tan poco compleja, al menos desde su punto de vista, al menos desde su prosa, al menos desde su sabiduría: “Creo que todos fuimos a Moskie Oko para ver lo que hace el tiempo sin nosotros”.


Fuente: Tribuna/Culturas