Mostrando entradas con la etiqueta Poesía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Poesía. Mostrar todas las entradas

viernes, 10 de noviembre de 2017

TODO EL PASADO POR DELANTE

Todo el pasado por delante

Santiago Alba Rico
La Catarata
Madrid, 2017
223 páginas

Tiempo sin relojes, relojes de sombra, impuntualidades. Esos son los tres epígrafes bajo los que se distribuyen los textos recopilados en este volumen de algo que uno llamaría ensayos, sino tuviera miedo a ofender la humildad de Santiago Alba Rico. No son epígrafes casuales. Para Alba Rico, mencionar el tiempo no es mencionar los relojes. Es mencionar la puntualidad de los mercados financieros o la impuntualidad de la primavera. Porque el tiempo no es una dimensión y no afecta a nuestra vida como lo hacen las distancias, los metros, los kilómetros o su eliminación a través de un beso. Los ensayos (otra vez caemos en el error, pero algún género debemos atribuirle) se han recopilado de Cuarto poder, CTXT, Bostezo o Atlántica XXII. Es decir, aparentan tener un perfil político. Pero Alba Rico no entiende la política como los demás seres. Alba Rico se remite al ágora griega, donde los ciudadanos se reunían para debatir y tomar las mejores decisiones para la Polis. Alba Rico cree que allí donde los partidos políticos, que son unos ejecutores del mercado financiero, no hacen otra cosa que bloquear las iniciativas, debe imponerse la sociedad civil. Lo ideal, que tropieza, por otra parte, con la condición humana, sería que la sociedad civil funcionara al margen de las finanzas. A las finanzas las define el tiempo: cuanto más corto, mejor. A la sociedad civil su ausencia: lo que importa es que llegue la primavera, mientras tanto nosotros debemos trabajar la paciencia y seguir combatiendo contra el invierno.
Pero estos ensayos (maldición, ¿por qué no existe otra palabra?) no son meras reivindicaciones y propuestas. En sus ensayos Alba Rico reniega del género para integrarlos todos en una sola frase. Es un ensayista conservador en lo tocante a la naturaleza, por ejemplo, algo que refleja con poesía, la misma que dedica a la adolescencia. Las flores y dos jóvenes besándose entre los coches son suficiente como para promocionar el optimismo poético. Y Alba Rico encuentra cientos de ejemplos en su cabeza y en las estampas de la realidad. A la par que odia, sí, odia, pero no lo expresa con la maldad propia de los voceros de los medios de comunicación, a quienes siguen promoviendo la destrucción del planeta. Esa destrucción que se rige por los relojes y los calendarios: las decisiones del tupé del presidente de los Estados Unidos o de las empresas petrolíferas.
¿En qué consiste, en definitiva, la parte que no es denuncia del proyecto político o literario, porque nadie escribe tan bien como Alba Rico en este país? Básicamente, en la deconstrucción ladrillo a ladrillo. Ninguna de nuestras acciones, ni siquiera las brutales, mucho menos las brutales, derribarán al imperio transversal que nos gobierna. Solo la proximidad, esa que se acerca tanto a los momentos en que el tiempo del hombre lo regían los ciclos lunares y las estaciones, no la historia y su hermana gemela, que es la mentira, conseguirá que derrotemos al imperio de las finanzas entre nosotros y nuestros amigos. Todo el pasado por delante continúa con el espíritu que ya reflejó su anterior recopilación de ensayos, Penúltimos días, y que también reseñamos aquí. Repetimos, porque nunca sobra recordar las buenas ideas, nuestra impresión de estas pequeñas hazañas literarias de Alba Rico. El día que apague su voz, lástima, nadie vendrá a sustituirle. Por eso debemos seguir escuchando.

Reseña de Penúltimos días (La Catarata)

El mundo es bipolar: por un lado están las bombas con punta en forma de ojiva que viajan en drones, y por el otro los roces de la piel, el de los amantes, el de los padres, el de los amigos. El tercer polo lo marcaría eso que se conoce como mercado, una palabra neutra que si representamos en términos humanos nos llevaría a mercaderes. No hay mercado sin mercaderes. Y cuando uno oye de nuevo esta palabra lo primero que le viene a la cabeza es esa imagen de un Jesucristo colérico, por única vez en su vida imitando al padre que habíamos conocido en el antiguo testamento, expulsando a latigazos a los dueños del mercado del templo de la oración, donde solo debería caber el amor universal. Mercancías, máquinas y hombres. Sobre los efectos del capitalismo, son los subtítulos que lleva este volumen que recoge ensayos, artículos, fugaces ideas y sentimientos de Santiago Alba Rico (Madrid, 1960), el mejor escritor –sí, han leído bien, el mejor escritor- de nuestro país, ahora afincado en el norte de África.
Alba Rico, conocido por su faceta juvenil como guionista de La bola de cristal, escruta con algo que uno llamaría alma, por no encontrar una palabra más adecuada, las paradojas de la economía capitalista, su efecto sobre los cuerpos y la relación entre los vivos y entre los vivos y los muertos. Si existe la posibilidad de que se desarrolle un ensayo lírico, de que la filosofía, tal y como expresaba Montaigne, sea un género de la poesía, Alba Rico es la única persona capaz de ponernos en paz con esa lectura. Sus argumentos son irrebatibles porque no son razonamientos lógicos, porque obedecen a esas ideas que uno concibe con todas las células del cuerpo, no sol con las del cerebro: “¿Cómo superar un duelo? La casa Roche te vende una pastilla”, afirma cuando lamenta el daño que ha sufrido la memoria colectiva, la que nos enseñaba, por ejemplo, como superar un duelo persona a persona y no en un tiempo uniforme.
Reivindicando una y otra vez la empatía, la compasión –que es la empatía que sentimos con todo el cuerpo, no solo con la lógica-, sostiene que para representarnos el dolor ajeno hace falta imaginación. Algo que no deja de ser parte de su ideario, la imaginación. “Sin imaginación (…) todo es fantasía; y la fantasía asegura los beneficios de Monsanto, la BP y el Banco de Santander”. Para finalmente determinar el extrañamiento que le produce el mundo: “Lo raro –qué raro- es que a la fantasía destructiva del mercado la llamen realismo y a la preocupación por nuestros amigo y sus hijos la llamen utopía”. El que sea capaz de contradecir esa mirada, que venga y lo resuma con la capacidad de síntesis que posee Alba Rico. Como en el ensayo donde defiende que las cosas ocurren en un espacio indeterminado que está lejos pero se adueña de nuestra aura, poniendo a internet como exponente máximo de tal condición: “las verdaderas antípodas, las antípodas de “todo”, son más bien mis vecinos, mis flores y mi cocina. ¿Dónde ocurren las cosas? En todos los lugares del mundo menos aquí, en todos los instantes futuros menos ahora”.
Pero al contrario que Sánchez Ferlosio, por poner un ejemplo de otro gran pensador, en Alba Rico siempre cabe lugar al optimismo: “los seres humanos, criaturas siamesas, tienen un pie en el barro, al que están irremediablemente encadenados, pero otro en las estrellas, desde donde pueden contemplar la inhumanidad de su situación y excogitar soluciones colectivas para cambiarlas”. La razón de que nos veamos abocados a esa bondad que viene de las estrellas la expresa unas líneas más abajo: “¿Tendremos que dejar de inventar caricias porque es más antigua y natural la violación?”. Ahí va la explosión en plena tabla de náufrago, quitándonosla de las manos para que no nos quede más remedio que nadar hasta la orilla con nuestras propias fuerzas. De ese calado es este libro que refleja un pensamiento coherente, poético, lleno de ilusión y de denuncia, contra los efectos de un capitalismo que ha teñido la cara del planeta por el que viajamos: “El capitalismo nos prohíbe todos los lujos. Nada de lujos. Solo lo estrictamente necesario: el derroche, el incendio, la destrucción, la muerte”. Santiago Alba Rico se está convirtiendo en un autor necesario para convertir la supervivencia en vida.

Fuente: Culturamas

jueves, 26 de octubre de 2017

ESCRITO EN EL JARDÍN

Escrito en el jardín

Xuan Bello

Xordica
Zaragoza, 2017
153 páginas

Se nombra a Paul Valéry o a Juan Ramón Jiménez, por su exactitud y su amplitud al hablar, al escribir, porque Xuan Bello (Paniceiros, 1965) trata al lector como a un amigo. Y, sin embargo, a medida que uno va conociendo más el proyecto literario de Bello, que no es grande, pero no le falta la sinceridad de quien escribe sobre lo que ama, a quien más vemos reflejado es a Antonio Machado. Como el poeta andaluz, residente en Soria, presta atención a las cosas pequeñas, cuya suma da algo más que el total del mundo. Ese algo más se llama poesía. Escrito en el jardín sigue siendo un conjunto de cuadros recogidos en diversos instantes. Captar el instante supone mucho más que una fotografía, supone sacrificar todo para ser uno mismo y reconocer que la visión que muestra ha pasado por el humo de las sensaciones. Y las sensaciones se gestaron en la memoria. Recordar, recordar y recordar, en eso consiste la literatura, en renovar el placer de aquel momento, en intentar volver a sentir de nuevo lo que se sintió entonces. Sabiendo las cicatrices que traza el tiempo, hay que ser muy valiente para intentarlo. Como lo fue Machado, un poeta más del pasado que los otros que van apareciendo por el libro. Como lo fue Claudio Rodríguez, a quien le señala un viejo poeta portugués como el mejor de su generación, por encima de Ángel González o Gil de Biedma. Machado y Claudio Rodríguez eran poetas más libres que los otros, demasiado encadenados al proyecto estético, y Xuan Bello es, en ese sentido, un seguidor de su escuela: las cosas libres son los homenajes a las cosas que nos hicieron libres en el pasado.
Y el pasado soy yo. De ahí que, sabiendo que uno termina por escribir sobre sí mismo, Bello escriba más con rumor que con definiciones. El riesgo que corre es que se le tache de ambiguo, pero sus amores están bien a la vista: lo sencillo, lo rural, la distancia corta, los animales de compañía, la estancia en Roma sin dinero en el bolsillo o la emigración del abuelo. Evitando las palabras que se utilizan en los tópicos líricos, Bello elige así su identidad, su itinerario por un pasado vinculado a un afán de ser curioso. Los capítulos pueden ser cortos, pero como en un trazo de un buen conversador, puede ir asociando ideas, hasta terminar el párrafo preguntándose cómo ha llegado allí si la pregunta era otra.
Fiel a su idea de que el tiempo pasado fue feliz, no cae en el lamento, pues está convencido de que ese pasado es, a su vez, promesa de un próximo tiempo feliz. A lo único que se resiste, es a la velocidad del tiempo. De ahí su búsqueda de un lugar apartado de la civilización para vivir, con un jardín y varios gatos, que son los animales más ajenos al sentido del paso de las horas que puede uno encontrar. Y así traza su mapa del universo, una vez más, que es el que cabe en un grano de arena. Y así nos lleva de la mano, de nuevo, por paisajes que en algún momento han estado ocultos por la niebla.
Fuente: Culturamas

jueves, 21 de septiembre de 2017

LA EDUCACIÓN DEL ESTOICO

La educación del estoico
Fernando Pessoa
Traducción de R. Vilagrasa
Acantilado
Barcelona, 2005
98 páginas
12 euros

La incontestable ternura del suicidio

Si no hubiera existido Pessoa, tampoco lo hubiera hecho Bernardo Soares, el autor del Libro del desasosiego, ni este Barón de Teive, que tantas cosas tiene en común con Soares, como demuestra Richard Zenith en el excelente epílogo que titula, no sin ironía “Post Mortem”. Y es que el libro reúne, califica y organiza, los apuntes escritos por Pessoa para otro de sus yoes, unos escritos que definen al heterónimo conocido como Barón de Teive, dispuestos, supuestamente, para aparecer a modo de manuscrito encontrado tras el suicidio del ser que Pessoa había estado creando. Lo más increíble de Pessoa, en este caso, es la capacidad de su soplo para crear vida. Si ninguna de sus versiones humanas nos deja indiferente (la que menos, a mi juicio, la del exquisito Bernardo Soares), esta coquetea con nuestra sensibilidad en un dificilísimo ejercicio que lleva la melancolía al extremo –“El dolor ajeno provocó en mí otros dolores: el de verlo, el de ver que era irreparable, y el de saber que, sabiendo que es irreparable, empobrece incluso la inútil nobleza de querer repararlo”-, pero sin conocer la nostalgia –“Como nada he hecho en mi vida, nada tengo que recordar con añoranza”, “me había vuelto objetivo para conmigo. Pero no alcanzaba a distinguir si con esto me había encontrado o me había perdido”-.
Pessoa no sólo da vida al ser, al narrador, al pensador, sino que elabora un libro especular, en el que Teive se va viendo reflejado: “No he servido para ninguna de las dos maneras de gozar: ni para el placer de lo real, ni para el placer de lo imaginado”. A lo que cabe añadir el buen trabajo del editor, ordenando estos párrafos, tan cortos como intensos, de manera que cobre sentido el despliegue sorpresivo de cada una de las páginas: comienza presentándose, emocionalmente, el narrador, para a continuación explicarnos por qué escribe; se define lo mejor que puede a través de una o dos cualidades y una o dos reacciones, antes de comenzar a explicarnos los principios de su suicidio; habla un poco de su infancia, de las cosas que le faltan en su pasado, los huecos de la memoria sentimental, y lo que ha ido suponiendo su educación en este aspecto, hasta confesar su fragilidad ante el sexo; entonces comienza a preguntarse en qué se ha convertido, reflexiona sobre su obra, entretejiendo estos pensamientos con meditaciones sobre el hombre y la literatura, hasta abocar, de nuevo, en la razón de su muerte voluntaria: “He alcanzado, creo, la plenitud en el empleo de la razón”, como demuestra en las conclusiones: “Hijo, más vale estar a la sombra de un árbol que conocer la verdad, porque la sombra del árbol es verdadera mientras el conocimiento dura, y el conocimiento de la verdad es falso en el conocimiento mismo… el verdor de las hojas puedes enseñarlo a los demás, y nunca podrás enseñar a los demás un gran pensamiento”. “Si el vencido es el que muere, y el vencedor, quien mata, con esto, confesándome vencido, me declaro vencedor”, arguye para cerrar, sin posibilidad de réplica, su decisión.
Así es como provoca un desasosiego sutil y muy estético, gracias a la perfección que Teive confiesa buscar en su escritura, y que alcanza Pessoa en su prosa. Y así este personaje incrédulo, al que no le importa contradecirse en la página siguiente, que ataca los tópicos del pensamiento –“El hecho de que sufro… Sólo demuestra que existe el mal en el mundo, cosa que no supone un gran descubrimiento y que a nadie se le ha ocurrido negar todavía”-, nos lega, desde el principio, una bellísima y triste sensación existencial, tan próxima a nosotros como esto: “He comprendido la saciedad de la nada, la plenitud de ninguna cosa. Lo que me llevará al suicidio es un impulso como el que nos lleva a acostarnos pronto”.


Fuente: Culturas/Tribuna